La abolición
de la esclavitud
y el mundo hispano
Discurso
del señor Plaja
(14 de
junio de 1870)
Señores
Diputados, con razón extrañaría la Cámara ayer que al dirigirse
ciertos cargos graves, ciertas inculpaciones de todo punto inconvenientes
a los propietarios de esclavos en las Antillas, no pidiese yo la palabra
como uno de ellos. Eso obedecía a dos ideas: la primera, el creer que
ayer hablaría con motivo de la enmienda que hoy apoyo; y la segunda, que
tenía el firmísimo propósito de no terciar en este debate más que para
pronunciar las palabras indispensables en apoyo de la enmienda que tengo
presentada, que más que enmienda, es una aclaración del proyecto, con el
cual estoy completamente de acuerdo.
Poco
tendré que esforzarme al apoyar mi enmienda, por consiguiente, porque
creo que los dignos individuos de la comisión la han de aceptar.
Decía
que había formado el propósito de no terciar en este debate más que en
lo puramente preciso e indispensable, para que no pudiera dirigírseme el
cargo de que tenía interés en retardar ni entorpecer este asunto. Y en
efecto: nadie más que yo desea que hoy mejor que mañana, y mañana mejor
que pasado mañana, sea esto una ley.
Pero
los cargos que se hicieron ayer tarde, aunque ya fueron contestados por mi
digno compañero y amigo el señor Vázquez Oliva, yo tengo necesidad de
protestar de ello hoy de nuevo, y lo haré con más extensión y con
suficientes datos, a fin de borrar en lo posible el mal efecto que han de
causar en Cuba aquellos dardos venenosos.
Que
la esclavitud ha de desaparecer, esto todos lo sabemos. Esa institución
que en un tiempo tuvo su razón de ser, está hoy anatematizada por las
ideas del siglo. Todos estamos conforme en esto: estamos divergentes en la
forma, y yo estoy muy de acuerdo con el dignísimo señor Ministro de
Ultramar en que ninguna puede ser tan conveniente como aquella que tenga
el apoyo de los interesados. No me permito leer un párrafo de un discurso
pronunciado por el dignísimo señor Ministro de Ultramar hace veinte
meses, porque ya se refirió a él el viernes, si mal no recuerdo; pero
debo decir que el señor Ministro de Ultramar ha sido consecuente, como no
podía menos de serlo, con las ideas que había emitido en actos públicos;
y yo le felicito, porque, si bien deploro que no estén aquí presentes
los diputados de Cuba para tratar esta cuestión y todas las que a las
Antillas se refieren, lo cual está muy de acuerdo con los principios
establecidos en la Constitución de la monarquía y con los principios a
que obedecen todos los actos del Gobierno que hoy nos rige, por más que
encuentre un lunar en no haber presentado este proyecto estando presentes
los Diputados de Cuba, y esto no es una censura de mi parte; si bien
deploro, repito, todo esto, no dejo de reconocer el peso que tienen las
razones que han inducido al Gobierno a obrar así. El señor Ministro de
Ultramar, que siempre ha querido pagar un tributo a ese principio, ha
tenido buen cuidado, y por ello le felicito, de inspirarse, ya que no en
los legítimos representantes de Cuba porque no están en esta Cámara, en
las ideas que en la isla se han emitido en más de una ocasión.
Se
decía ayer aquí: “Para el crimen no hay indemnizaciones; los
propietarios son criminales.” Luego contestaré a esto, que pongo como
pie forzado.
Pregunto
yo: ¿en qué somos responsables los actuales poseedores, ni por qué
hemos de sufrir las consecuencias de la esclavitud? Y no digo ya los
actuales poseedores, sino los primitivos, los insulares, no han sido nunca
ni han podido ser responsables de los actos en que no han tenido parte. ¿Fueron
ellos por ventura los que llevaron a América la esclavitud? No: fue el
Gobierno de la Nación, que obedecía entonces, si no a las leyes políticas,
a las preocupaciones o a las costumbres de aquellos tiempos, el que la
llevó; pero ya que en esta Cámara pocas voces se levantan para defender
la honra nacional, cuando tantas veces se ve atacada, yo en esta cuestión
saldré a la defensa de nuestra Patria; porque he de decir que si bien
sobre el Gobierno recae la culpa, para honra de los españoles debemos
decir que no fuimos nosotros los primeros que allí importaron esa fatalísima
institución. Cierto que fue el Gobierno quien la prohijó; pero los
extranjeros los que la pusieron en práctica: principiaron los genoveses,
siguieron los holandeses y los franceses, y por último, señores, los filántropos
ingleses, que no han cesado un momento de echarnos en rostro esa mancha,
el año 1713 hicieron el célebre asiento, que dio lugar a tantos y tan
lamentables hechos. En el intermedio de contrato a contrato hacíase la
trata, todos sabéis cómo, por administración; el Estado tenía la casa
de Contratación en Sevilla, y se encargaba de llevar los esclavos.
Así,
pues, desde el año 1517 hasta el año 1820, en que se prohibió por el
tratado con los ingleses la trata, se hizo con completo conocimiento y
autorización del Gobierno; porque cuando cesaron los contratos en 1789,
si no recuerdo mal, se declaró completamente libre la trata, pagando los
esclavos a su introducción en la isla, como cualquiera otro objeto, un
derecho fiscal.
Tenemos,
pues, que casi toda la culpa, casi toda la responsabilidad es del
Gobierno; y digo casi y no toda, porque es indudable que después de esa
prohibición, se ha hecho la trata, y de consiguiente, ahí no tiene
responsabilidad ninguna efectiva; que moral, en la conciencia de todos está
que no se hubiera hecho si el Gobierno no hubiese querido. (El señor
Pellón y Rodríguez: ¿Qué gobierno?)
Ya
supondrá el seños Pellón que no es el actual; se habla de hechos
pasados.
Digo,
pues, que si no en todo, la parte principal de la responsabilidad de esa
plaga, que si bien ha desarrollado la riqueza material de las Antillas,
nos ha traído ese tenebroso problema que estamos abogados a resolver,
recae sobre el Gobierno, y la otra parte, puesto que yo uso el casi,
¿recae sobre los propietarios actuales? De ninguna manera. De los
propietarios de Puerto Rico (y sin duda alguna sucederá lo mismo respeto
a la mayor parte de los de Cuba), puedo decir que los que hoy poseemos, no
hemos invertido ni un céntimo en ninguna expedición. Hemos comprado una
propiedad como cualquier otro señor Diputado puede adquirir una finca
cualquiera, como yo mismo la he adquirido aquí. Los esclavos formaban
parte de las fincas, y por consiguiente, ¿qué responsabilidad puede
haber cuando la ley autorizaba aquellas adquisiciones? ¿A que viene,
pues, eso de decir que no hay indemnización para el crimen? ¿A que viene
acusarnos de criminales? Así, pues, yo rechazo la palabra dura e
incalificable de criminales que el señor Díaz Quintero arrojó sobre los
propietarios de esclavos; si bien es verdad que luego quiso paliar el
calificativo cuando rectificó a mi amigo el señor Vázquez Oliva; pero
la intención fue bien marcada; no exceptuó a nadie: “no hay
indemnización para el crimen; los propietarios son criminales.” Yo
rechazo con toda mi alma esta acusación.
EL
SR. VICEPRESIDENTE (Madrazo): Ruego a su señoría que se limite a la
enmienda.
EL
SR. PLAJA: Ya he dicho antes, señor Presidente, que ayer debía haber
consumido turno, y que no lo hice por no molestar a la Cámara, porque
conozco que no tengo las dotes oratorias, no digo yo del cisne de la Cámara,
del señor Castelar, sino ni mucho menos, y quiero molestarla lo menos
posible. Pero ¿he de dejar pasar desapercibidos los duros cargos que se
nos han dirigido? Yo lo dejo a la consideración del señor Presidente.
Digo, pues, que nosotros, los actuales propietarios, poseemos eso con tan
justo título como cualquiera otro español su propiedad, porque después
de todo, nosotros no hemos creado esa propiedad; nos la han garantizado.
Así
lo han reconocido absolutamente todas las naciones: No hay ninguna que
haya intentado la abolición de la esclavitud en nuestras Antillas sin
previa indemnización; pero, señores, aunque yo, como propietario, no
tengo la autorización en nombre de los demás propietarios, agradezco al
señor Ministro de Ultramar sus palabras, y al Gobierno, que haya
consignado el principio de la indemnización, al cual no podía faltar
ningún hombre de gobierno; a ese principio justo que han reconocido todas
las naciones, como acabo de indicar. ¿Pero realmente se nos indemniza?
No; varios Diputados que han hablado en contra de este proyecto de ley lo
han manifestado. Por consiguiente, no se puede decir que nosotros hagamos
hincapié: los Diputados de Puerto Rico y creo que muchos habaneros
piensan con nosotros; pero contrayéndome a los Diputados de Puerto Rico,
nosotros no hemos venido a ponernos en frente al Gobierno en esta cuestión,
no; hemos venido a ponernos a su lado, porque debe creerse que nosotros
debemos poseer algunos conocimientos prácticos par poder hacer algunas
indicaciones que llevan a buen término esa cuestión.
Parece,
pues, que cuando hemos visto en el preámbulo del proyecto que se discute,
después de haber oído al señor Ministro de Ultramar, lo mismo que
procedía en este negocio de acuerdo con los interesados; parecía, pues,
repito, que después de haber dado esa prueba, no ya de desprendimiento,
sino de amor a la humanidad, superior a todo encomio, debía haberse
tenido un poco más de benevolencia y consideración hacia la clase que se
presentaba aquí dispuesta a ayudar al Gobierno con todos los medios que
tenía en su mano, puesto que ellos son sin duda los que los tienen para
auxiliarle, y que resuelva ese problema y sin duda alguna, como lo dijo
con mucho acierto el señor Ministro de Ultramar, sin la experiencia y sin
las aspiraciones de los propietarios, la Asamblea hubiera podido hacer
esto, toda vez que es omnipotente; pero eso podría traer funestísimas
consecuencias para aquellos países, y fatalísimos resultados también
para la madre Patria; porque ninguna madre puede ver, no digo con gusto,
sino con indiferencia, la pérdida de sus hijos.
Y
digo, señores, que yo me prometía que de ningún lado de la Cámara
saldría una palabra que pudiese herir en lo más mínimo a los que nos
presentábamos en el Congreso con tan buenos deseos y con tan humanitarios
propósitos, porque estos son raros, muy raros. Ningún gobierno ha
encontrado en los propietarios el apoyo que ha encontrado el Gobierno
actual en los propietarios de Puerto Rico. Sin embargo, señores, parece
que se hace muy poco caso de esto; al menos parece que lo indican ciertas
demostraciones; pero yo he de decir que ese acto de los propietarios, lo
repetiré mil veces, es humanitario cual hay pocos, porque, señores, ser
humanitario sin dar un centavo para coadyuvar a llevar a cavo el
pensamiento; ser humanitario sin exponer el pellejo, es muy fácil; pero
cuando se reclama el sacrificio del peculio y se expone la vida del
individuo y su familia, ya entonces se piensa de muy distinta manera. Por
esto digo yo que el rasgo que nosotros hacemos, no lo ha hecho ninguna
nación, no se ha visto en ninguna nación, y dudo que hubiera muchas
docenas de esos filántropos a que antes me he referido que lo hiciesen.
Señores,
yo admiro, ¿y cómo no lo he de admirar? La fe y la abnegación de los
primitivos cristianos, aquellos que para redimir cautivos escogitaban
todos los medios que les permitía su fe; y cuando los agotaban, llegaba a
tal punto abnegación, que algunos hasta se daban en cautiverio para
salvar la vida de un padre de familia. Yo, señores, hasta ahora, oigo
hablar a muchos filántropos, pero ninguno ha dado una onza de oro para
redimir un esclavo: la filantropía de los filántropos de hoy día es una
filantropía especial; no es de la humanidad; es de una casta. Todo para
los buenos, entre ¡Bendito sea el pensamiento! Pero no se acuerdan de los
malos. Ayer resonaban en nuestro oídos las correcciones algo más duras
por cierto que las que señalan los reglamentos de esclavos en Puerto
Rico; resonaban, repito, en nuestros oídos ayer mismo los tremendos
castigos que caían sobre el pobre soldado.
Y
a propósito de esto, de la nación por excelencia filantrópica, de
aquella cuyas huellas parece que todos deseamos seguir, durante la guerra
de Crimea entraron en el hospital 1.774 individuos enfermos a consecuencia
de los azotes, de los cuales murieron muchos.
En
Burgos, cuando la guerra civil, se le dieron 800 palos a un soldado, si
bien antes de terminar el número había fallecido. Aun ahora, bien es
verdad que por la ordenanza que nos e castiga; pero he oído a oficiales
de mi amistad y confianza, que muchas veces para evitar un castigo mayor
(porque saben los señores Diputados que la más pequeña falta lleva a un
infeliz soldado, si no al patíbulo, a un presidio), suelen darle 25 o 30
palos.
Pero
al fin y al cabo, si las ideas por las cuales se rigen esos filántropos
son reales, tal como ellos las suponen, para los infelices a quienes creen
favorecer, yo diría: pase; vamos, quizás entre los blancos no haya
ninguno que necesite de la filantropía de esos señores, y con tal que
los negros la obtengan, pase; pero es el caso que si se llevase a cabo la
abolición tal cual ayer se indicaba, se haría la desgracia de esos
mismos individuos a quienes se trata de favorecer.
Y
creo, señores, que no se necesita esforzar mucho el argumento para
probarlo, puesto que sabido es que estos individuos, que toda la vida han
dependido de sus amos, al siguiente día de ser lanzados a la calle, no
solamente no sabrían cómo subvenir a sus necesidades, sino (y esto es lo
peor) serían hasta un motivo de perturbación en aquel país.
Reconozco
que estoy abusando de la bondad de la Cámara: realmente estas no son
cuestiones del momento, son más propias para discutirlas después; creo,
sin embargo, que aunque todo lo que estoy refiriendo y lo que ayer se dijo
nada tiene que ver en sustancia contra el proyecto de ley que se debate,
es sensible que se haga servir un proyecto tan simpático, no ya a todos
los señores Diputados, sino a todos los cristianos, y aunque no sean
cristianos, porque todo el mundo participa de ese sentimiento natural;
sensible es, repito, que se hagan, como ayer aquí se hicieron, inventivas
contra los voluntarios de Cuba (pronuncio bien la palabra), contra quienes
ese buen señor Díaz Quintero, haciéndose eco aquí de los rumores, sin
intención sin duda, yo salvo siempre las intenciones de todo el mundo (El
señor Díaz Quintero pide la palabra para una alusión personal);
pero sí digo que así como al señor Romero Robledo aquel digno cuerpo le
ha felicitado y le ha condecorado con la investidura de aquel noble
cuerpo, las palabras del señor Díaz Quintero habrán resonado de un modo
sumamente satisfactorio en los oídos de los enemigos de España. Y decía
el señor Díaz Quintero, haciéndose eco de una noticia que hasta ahora
no es cierta, porque no se ha hecho más que decir en un periódico, se
dice, haciéndose eco, como se hacen aquí, de otros muchos rumores; es el
sistema que tienen los filibusteros, porque es necesario decir la verdad:
en Puerto Rico para alterar el orden se dice una veces que Caballero de
Rodas está suspenso, así como aquí se dice que en Cuba los voluntarios
se ha rebelado contra el Caballero de Rodas y no obedecen a nadie, y se
fingen otra porción de noticias en otros lugares, ya de que los rebeldes
han tomado Puerto-Príncipe, ya que han tomado a Bayamo, ya de que tienen
buques blindados...
El
Sr. VICEPRESIDENTE (Madrazo): ¿Piensa su señoría continuar por mucho
tiempo en el uso de la palabra?
El Sr. PLAJA: Sí, señor.
El SR. VICEPRESIDENTE (Medrazo): Se suspende esta discusión.
[Fuente:
Diario de sesiones de las Cortes Constituyentes. Número 306, 14 de
junio de 1870, páginas 8855-8858. El señor Plaja tuvo la palabra de
nuevo en la sesión del 17 de junio, donde se refiere otra vez a lo dicho
en este discurso.]
© José Luis Gómez-Martínez
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