| LATANCIO |
¿Contra quién? |
| ARCIDIANO |
Contra quien ha hecho más mal en la Iglesia de Dios que ni turcos
ni paganos osaran hacer. |
| LATANCIO |
Mirad, señor Arcidiano, bien puede ser que estéis engañado
echando la culpa a quien no la tiene. Entre nosotros, todo puede pasar. Dadme vos lo que
acerca desto sentís, y quizá os desengañaré yo de manera que no culpéis a quien no
debéis de culpar. |
| ARCIDIANO |
Yo soy contento de declararos lo que siento acerca desto, pero no en
la plaza. Entrémonos aquí en Sanct Francisco y hablaremos de nuestro espacio. |
| LATANCIO |
Sea como mandáredes. |
| ARCIDIANO |
Pues estamos aquí donde nadi no nos oye, yo os suplico, señor, que
lo que aquí dijere no sea más de para entre nosotros. Los príncipes son príncipes, y
no querría hombre ponerse en peligro, pudiéndolo escusar. |
| LATANCIO |
Deso podéis estar muy seguro. |
| ARCIDIANO |
Pues veamos, señor Latancio, ¿paréceos cosa de fruir quel
Emperador haya hecho en Roma lo que nunca infieles hicieron, y que por su pasión
particular y por vengarse de un no sé qué, haya así querido destruir la Sede
apostólica con la mayor inominia, con el mayor desacato y con la mayor crueldad que
jamás fue oída ni vista? Sé que los godos tomaron a Roma, pero no tocaron en la iglesia
de Sanct Pedro, no tocaron en las reliquias de los sanctos, no tocaron en cosas sagradas.
Y aquellos medios cristianos tovieron este respecto, y agora nuestros cristianos (aunque
no sé si son dignos de tal nombre) ni han dejado iglesias, ni han dejado monesterios, ni
han dejado sagrarios; todo lo han violado, todo lo han robado, todo lo han profanado, que
me maravillo cómo la tierra no se hunde con ellos y con quien se lo manda y consiente
hacello. ¿Qué os paresce que dirán los turcos, los moros, los judíos e los luteranos
viendo así maltratar la cabeza de la cristiandad? ¡Oh Dios que tal sufres! ¡Oh Dios que
tan gran maldad consientes! ¿Ésta era la defensa que esperaba la Sede apostólica de su
defensor? ¿Ésta era la honra que esperaba España de su Rey tan poderoso? ¿Ésta era la
gloria, éste era el bien, éste era el acrecentamiento que esperaba toda la cristiandad?
¿Para esto adquirieron sus abuelos el título de Católicos? ¿Para esto juntaron tantos
reinos y señoríos debajo de un señor? ¿Para esto fue elegido por Emperador? ¿Para
esto los Romanos Pontífices le ayudaron a echar los franceses de Italia? ¿Para que en un
día deshiciese él todo lo que sus predecesores con tanto trabajo y en tanta multitud de
años fundaron? ¡Tantas iglesias, tantos monesterios, tantos hospitales, donde Dios
solía ser servido y honrado, destruidos y profanados! ¡Tantos altares, y aun la misma
iglesia del Príncipe de los Apóstoles, ensangrentados! ¡Tantas reliquias robadas y con
sacrílegas manos maltratadas! ¿Para esto juntaron sus predecesores tanta sanctidad en
aquella ciudad? ¿Para esto honraron las iglesias con tantas reliquias? ¿Para esto les
dieron tantos ricos atavíos de oro y de plata? ¿Para que viniese él con sus manos
lavadas a robarlo, a deshacerlo, a destruirlo todo? ¡Soberano Dios! ¿Será posible que
tan gran crueldad, tan gran insulto, tan abominable osadía, tan espantoso caso, tan
execrable impiedad queden sin muy recio, sin muy grave, sin muy evidente castigo? Yo no
sé cómo acá lo sentís; y si lo sentís, no sé cómo así lo podéis disimular. |
| LATANCIO |
Yo he oído con atención todo lo que habéis dicho, y, a la verdad,
aunque en ello he oído hablar a muchos, a mi parecer vos lo acrimináis y afeáis más
que ninguno otro. Y en todo ello venís muy mal informado, y me parece que no la razón,
mas la pasión de lo que habéis perdido os hace decir lo que habéis dicho. Yo no os
quiero responder con pasión como vos habéis hecho, porque sería dar voces sin fructo.
Mas sin ellas yo espero, confiando en vuestra discreción y buen juicio, que antes que de
mí os partáis, os daré a entender cuán engañado estáis en todo lo que habéis aquí
hablado. Solamente os pido que estéis atento y no dejéis de replicar cuando toviéredes
qué, porque no quedéis con alguna duda. |
| ARCIDIANO |
Decid lo que quisiéredes, que yo os terné por mejor orador que
Tulio si vos supiéredes defender esta causa. |
| LATANCIO |
No quiero sino que me tengáis por el mayor necio que hay en el
mundo si no os la defendiere con evidentísimas causas y muy claras razones. Y lo primero
que haré será mostraros cómo el Emperador ninguna culpa tiene en lo que en Roma se ha
hecho. Y lo segundo, cómo todo lo que ha acaecido ha seído por manifiesto juicio de Dios
para castigar aquella ciudad, donde con grande ignominia de la religión cristiana
reinaban todos los vicios que la malicia de los hombres podía inventar; y con aquel
castigo despertar el pueblo cristiano, para que, remediados los males que padece, abramos
los ojos e vivamos como cristianos, pues tanto nos preciamos deste nombre. |
| ARCIDIANO |
Recia empresa habéis tomado; no sé si podréis salir con ella. |
| LATANCIO |
Cuanto a lo primero, quiero protestaros que ninguna cosa de lo que
aquí se dijere se dice en perjuicio de la dignidad ni de la persona del Papa, pues la
dignidad es razón que de todos sea tenida en veneración, e de la persona, por cierto, yo
no sabría decir mal ninguno, aunque quisiese, pues conozco lo que se ha hecho no haber
seído por su voluntad, mas por la maldad de algunas personas que cabe sí tenía. Y
porque mejor nos entendamos, pues la diferencia es entre el Papa y el Emperador, quiero
que me digáis, primero, qué oficio es el del Papa y qué oficio es el del Emperador, y a
qué fin estas dignidades fueron instituidas. |
| ARCIDIANO |
A mi parecer, el oficio del Emperador es defender sus súbditos y
mantenerlos en mucha paz y justicia, favoreciendo los buenos y castigando los malos. |
| LATANCIO |
Bien decís, ¿y el del Papa? |
| ARCIDIANO |
Eso es más dificultoso de declarar; porque si miramos al tiempo de
Sanct Pedro, es una cosa, y si al de agora, otra. |
| LATANCIO |
Cuando yo os pregunto para qué fue instituida esta dignidad,
entiéndese que me habéis de decir la voluntad e intención del que la instituyó. |
| ARCIDIANO |
A mi parecer, fue instituida para quel Sumo Pontífice toviese
auctoridad de declarar la Sagrada Escriptura, y para que enseñase al pueblo la doctrina
cristiana, no solamente con palabras, mas con ejemplo de vida, y para que con lágrimas y
oraciones continuamente rogase a Dios por su pueblo cristiano, y para que éste toviese el
supremo poder de absolver a los que hobiesen pecado y se quisiesen convertir, y para
declarar por condenados a los que en su mal vivir estuviesen obstinados, y para que con
continuo cuidado procurase de mantener los cristianos en mucha paz y concordia, y,
finalmente, para que nos quedase acá en la tierra quien muy de veras representase la vida
y sanctas costumbres de Jesucristo, nuestro Redemptor; porque los humanos corazones más
aína se atraen con obras que con palabras. Esto es lo que yo puedo colegir de la Sagrada
Escriptura. Si vos otra cosa sabéis, decidla. |
| LATANCIO |
Basta eso por agora, y mirá no se os olvide, porque lo habremos
menester a su tiempo. |
| ARCIDIANO |
No hará. |
| LATANCIO |
Pues si yo os muestro claramente que por haber el Emperador hecho
aquello a que vos mesmo habéis dicho ser obligado, y por haber el Papa dejado de hacer lo
que debía por su parte, ha suscedido la destruición de Roma, ¿a quién echaréis la
culpa? |
| ARCIDIANO |
Si vos eso hacéis (lo que yo no creo), claro está que la terná el
Papa. |
| LATANCIO |
Dicidme, pues, agora vos: pues decís que el Papa fue instituido
para que imitase a Jesucristo, ¿cuál pensáis que Jesucristo quisiera más: mantener paz
entre los suyos, o levantarlos y revolverlos en guerra? |
| ARCIDIANO |
Claro está quel Auctor de la paz ninguna cosa tiene por más
abominable que la guerra. |
| LATANCIO |
Pues, veamos: ¿cómo será imitador de Jesucristo el que toma la
guerra y deshace la paz? |
| ARCIDIANO |
Ese tal muy lejos estaría de imitarle. Pero ¿a qué propósito me
decís vos agora eso? |
| LATANCIO |
Dígooslo porque pues el Emperador, defendiendo sus súbditos, como
es obligado, el Papa tomó las armas contra él, haciendo lo que no debía, y deshizo la
paz y levantó nueva guerra en la cristiandad, ni el Emperador tiene culpa de los males
suscedidos, pues hacía lo que era obligado en defender sus súbditos, ni el Papa puede
estar sin ella, pues hacía lo que no debía en romper la paz y mover guerra en la
cristiandad. |
| ARCIDIANO |
¿Qué paz deshizo el Papa o qué guerra levantó en la cristiandad? |
| LATANCIO |
Deshizo la paz quel Emperador había hecho con el Rey de Francia y
revolvió la guerra que agora tenemos, donde por justo juicio de Dios le ha venido el mal
que tiene. |
| ARCIDIANO |
Bien estáis en la cuenta. ¿Dónde halláis vos quel Papa levantó
ni revolvió la guerra contra el Emperador, después de hecha la paz con el Rey de
Francia? |
| LATANCIO |
Porque luego como fue suelto de la presión, le envió un Breve en
que le absolvía del juramento que había hecho al Emperador, para que no fuese obligado a
cumplir lo que le había prometido, porque más libremente pudiese mover guerra contra
él. |
| ARCIDIANO |
¿Por dónde sabéis vos eso? Así habláis como si fuésedes del
consejo secreto del Papa. |
| LATANCIO |
Por muchas vías se sabe, y por no perder tiempo, mirad el principio
de la liga que hizo el Papa con el Rey de Francia, y veréis claramente cómo el Papa fue
el promotor della, y seyendo ésta tan gran verdad, que aun el mismo Papa lo confiesa
¿paréceos ahora a vos que era esto hacer lo que debía un Vicario de Jesucristo? Vos
decís que su oficio era poner paz entre los discordes, y él sembraba guerra entre los
concordes. Decís que su oficio era enseñar al pueblo con palabras y con obras la
doctrina de Jesucristo, y él les enseñaba todas las cosas a ella contrarias. Decís que
su oficio era rogar a Dios por su pueblo, y él andaba procurando de destruirlo. Decís
que su oficio era imitar a Jesucristo, y él en todo trabajaba de selle contrario.
Jesucristo fue pobre y humilde, y él, por acrecentar no sé qué señorío temporal,
ponía toda la cristiandad en guerra. Jesucristo daba bien por mal, y él, mal por bien,
haciendo liga contra el Emperador, de quien tantos beneficios había recebido. No digo
esto por injuriar al Papa; bien sé que no procedía dél, y que por malos consejos era a
ello instigado. |
| ARCIDIANO |
Desa manera, ¿quién terná en eso la culpa? |
| LATANCIO |
Los que lo ponían en ello, y también él, que tenía cabe sí ruin
gente. ¿Pensáis vos que delante de Dios se escusará un príncipe echando la culpa a los
de su consejo? No, no. Pues le dio Dios juicio, escoja buenas personas que estén en su
consejo e consejarle han bien. E si las toma o las quiere tener malas, suya sea la culpa;
e si no tiene juicio para escoger personas, deje el señorío. |
| ARCIDIANO |
Difícil cosa les pedís. |
| LATANCIO |
¿Difícil? ¿Y cómo? ¿Tanto juicio es menester para esto?
Decidme: ¿qué guerra hay tan justa que un Vicario de Jesucristo deba tomar contra
cristianos, miembros de un mesmo cuerpo cuya cabeza es Cristo, y él su Vicario? |
| ARCIDIANO |
El Papa tuvo mucha razón de tomar esta guerra contra el Emperador,
lo uno, porque primero él no había querido su amistad, y lo otro, porque tenía tomado y
usurpado el Estado de Milán, despojando dél al duque Francisco Esforcia. Et viendo el
Papa esto, se temía que otro día haría otro tanto contra él, quitándole las tierras
de la Iglesia. Luego con mucha justicia y razón tomó el Papa las armas contra el
Emperador, así para compelirle a que restituyese su Estado al Duque de Milán, como para
asegurar el Estado y tierras de la Iglesia. |
| LATANCIO |
Maravillado estoy que un hombre de tan buen juicio como vos hayáis
dicho una cosa tan fuera de razón como ésa. Veamos: ¿y eso hacíalo el Papa como
Vicario de Cristo o como Julio de Médicis? |
| ARCIDIANO |
Claro está que lo hacía como Vicario de Cristo. |
| LATANCIO |
Pues digo quel Emperador contra toda razón y justicia quisiese
quitar todo su estado al Duque de Milán, ¿qué tenía que hacer en eso el Papa? ¿Para
qué se quiere él meter donde no le llaman y en lo que no toca a su oficio? Como si no
toviese ejemplo de Jesucristo para hacer lo contrario, que, llamado para que amigablemente
partiese una heredad entre dos hermanos, no quiso ir, dando ejemplo a los suyos que no se
debían entremeter en cosas tan viles y bajas. ¿Y queréis agora vos que se ponga
entrellos su Vicario con mano armada, sin que le llamen para ello? ¿Dónde halláis vos
que Jesucristo instituyó su Vicario para que fuese juez entre príncipes seglares, cuanto
más ejecutor y revolvedor de guerra entre cristianos? ¿Queréis ver cuán lejos está de
ser Vicario de Cristo un hombre que mueve guerra? Mirad el fruto que della se saca y cuán
contraria es, no sólo a la doctrina cristiana, más aun a la natura humana. A todos los
animales dio la natura armas para que se pudiesen defender y con que podiesen ofender; a
solo el hombre, como a una cosa venida del cielo, adonde hay suma concordia, como a una
cosa que acá había de representar la imagen de Dios, dejó desarmado. No quiso que
hiciese guerra; quiso que entre los hombres hobiese tanta concordia como en el cielo entre
los ángeles. ¡Et que agora seamos venidos a tan gran estremo de ceguedad, que más
brutos que los mismos brutos animales, más bestias que las mesmas bestias, nos matemos
unos con otros! Las bestias viven en paz, y nosotros, peores que bestias, vivimos en
guerra. Y entre los hombres, si buscamos cómo viven en cada provincia, en sola la
cristiandad, que es un rinconcillo del mundo, hallaréis más guerra que en todo el mundo
y no tenemos vergüenza de llamarnos cristianos. E, por la mayor parte, hallaréis que
aquéllos la revuelven que debrían apaciguarla. Obligado era el Romano Pontífice, pues
se precia de ser Vicario de Jesucristo; obligados eran los cardenales, pues quieren ser
colunas de la Iglesia; obligados eran los obispos, siendo pastores, de poner las vidas por
sus ovejas, como lo hizo y lo enseñó Jesucristo, diciendo: Bonus pastor animam suam
ponit pro ovibus suis; mayormente siendo dadas sus rentas al Papa y a estos otros
prelados para que, usando de su oficio pastoral, mejor puedan amparar y defender sus
súbditos. Y agora, por no perder ellos un poquillo de su reputación, ponen toda la
cristiandad en armas. ¡Oh, qué gentil caridad! ¡Doite yo dineros para que me defiendas,
y tú alquilas con ellos gente para matarme, robarme y destruirme! ¿Dónde halláis vos
que mandó Jesucristo a los suyos que hiciesen guerra? Leed toda la doctrina evangélica,
leed todas las epístolas canónicas; no hallaréis sino paz, concordia y unidad, amor y
caridad. Cuando Jesucristo nació, no tañeron alarma, mas cantaron los ángeles: Gloria
in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis! Paz nos dio cuando
nació y paz cuando iba al martirio de la cruz. ¿Cuántas veces amonestó a los suyos
esta paz y caridad? Y aún no contento con esto, rogaba al Padre que los suyos fuesen
entre sí una misma cosa, como Él con su Padre. ¿Podríase pedir mayor
conformidad? Pues aún más quiso: que los que su doctrina siguiesen no se diferenciasen
de los otros en vestidos, ni aun en diferencias de manjares, ni aun en ayunos, ni en
ninguna otra cosa
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