Alfonso de Valdés
 
 

Diálogo de las cosas acaecidas en Roma


Al lector

     Es tan grande la ceguedad en que por la mayor parte está hoy el mundo puesto, que no me maravillo de los falsos juicios que el vulgo hace sobre lo que nuevamente ha en Roma acaecido, porque como piensan la religión consistir solamente en estas cosas exteriores, viéndolas así maltractar, paréceles que enteramente va perdida la fe. Y a la verdad, ansí como no puedo dejar de loar la santa afición con quel vulgo a esto se mueve, así no me puede parecer bien el silencio que tienen los que lo debrían desengañar. Viendo, pues, yo por una parte cuán perjudicial sería primeramente a la gloria de Dios y después a la salud de su pueblo cristiano y también a la honra deste cristianísimo Rey y Emperador que Dios nos ha dado si esta cosa así quedase solapada, más con simplicidad y entrañable amor que con loca arrogancia, me atreví a complir con este pequeño servicio las tres cosas principales a que los hombres son obligados. No dejaba de conocer ser la materia más ardua y alta que la medida de mis fuerzas, pero también conocía que donde hay buena intención, Jesucristo alumbra el entendimiento y suple con su gracia lo que faltan las fuerzas y ciencia por humano ingenio alcanzada. También se me representaban los falsos juicios que supersticiosos y fariseos sobre esto han de hacer, pero ténganse por dicho que yo no escribo a ellos, sino a verdaderos cristianos y amadores de Jesucristo. También veía las contrariedades del vulgo, que está tan asido a las cosas visibles que casi tiene por burla las invisibles; pero acordéme que no escribía a gentiles, sino a cristianos, cuya perfición es distraerse de las cosas visibles y amar las invisibles. Acordéme que no escribía a gente bruta, sino a españoles, cuyos ingenios no hay cosa tan ardua que fácilmente no puedan alcanzar. Y pues que mi deseo es el que mis palabras manifiestan, fácilmente me persuado poder de todos los discretos y no fingidos cristianos alcanzar que si alguna falta en este Diálogo hallaren, interpretándolo a la mejor parte, echen la culpa a mi ignorancia y no presuman de creer que en ella intervenga malicia, pues en todo me someto a la corrección y juicio de la santa Iglesia, la cual confieso por madre.

Argumento

     Un caballero mancebo de la corte del Emperador llamado Latancio topó en la plaza de Valladolid con un arcidiano que venía de Roma en hábito de soldado, y entrando en Sanct Francisco, hablan sobre las cosas en Roma acaecidas. En la primera parte, muestra Latancio al Arcidiano cómo el Emperador ninguna culpa en ello tiene, y en la segunda cómo todo lo ha permitido Dios por el bien de la cristiandad.

Primera parte

Latancio - Arcidiano
  

LATANCIO    ¡Válame Dios! ¿Es aquél el Arcidiano del Viso, el mayor amigo que yo tenía en Roma? Parécele cosa estraña, aunque no en el hábito. Debe ser algún hermano suyo. No quiero pasar sin hablarle, sea quien fuere.-Decí, gentil hombre, ¿sois hermano del Arcidiano del Viso?
ARCIDIANO    ¡Cómo, señor Latancio!, ¿tan presto me habéis desconocido? Bien parece que la fortuna muda presto el conoscimiento.
LATANCIO    ¿Qué me decís? Luego ¿vos sois el mesmo Arcidiano?
ARCIDIANO    Sí, señor, a vuestro servicio.
LATANCIO    ¿Quién os pudiera conocer de la manera que venís? Solíades traer vuestras ropas, unas más luengas que otras, arrastrando por el suelo, vuestro bonete y hábito eclesiástico, vuestros mozos y mula reverenda; véoos agora a pie, solo, y un sayo corto, una capa frisada, sin pelo; esa espada tan larga, ese bonete de soldado... Pues allende desto, con esa barba tan larga y esa cabeza sin ninguna señal de corona, ¿quién os podiera conocer?
ARCIDIANO    ¿Quién, señor? Quien conosciese el hábito por el hombre, y no el hombre por el hábito.
LATANCIO    Si la memoria ha errado, no es razón que por ella pague la voluntad, que pocas veces suele en mí disminuirse. Mas, decíme, así os vala Dios, ¿qué mudanza ha sido ésta?
ARCIDIANO    No debéis haber oído lo que agora nuevamente en Roma ha pasado.
LATANCIO    Oído he algo dello. Pero ¿qué tiene que hacer lo de Roma con el mudar del vestido?
ARCIDIANO    Pues que eso preguntáis, no lo debéis saber todo. Hágoos saber que ya no hay hombre en Roma que ose parecer en hábito eclesiástico por las calles.
LATANCIO    ¿Qué decís?
ARCIDIANO    Digo que, cuando yo partí de Roma, la persecución contra los clérigos era tan grande, que no había hombre que en hábito de clérigo ni de fraile osase andar por las calles.
LATANCIO    ¡Oh, maravilloso Dios, y cuán incomprehensibles son tus juicios! Veamos, señor, ¿y hallástesos dentro en Roma cuando entró el ejército del Emperador?
ARCIDIANO    Sí, por mis pecados; allí me hallé, o por mejor decir, allí me perdí; pues, de cuanto tenía, no me quedó más de lo que vedes.
LATANCIO    ¿Por qué no os metíades entre los soldados españoles y salvárades vuestra hacienda?
ARCIDIANO    Mis pecados me lo estorbaron, y cupiéronme en suerte no sé qué alemanes, que no pienso haber ganado poco en escapar la vida de sus manos.
LATANCIO    ¿Es verdad todo lo que de allá nos escriben y por acá se dice?
ARCIDIANO    Yo no sé lo que de allá escriben ni lo que acá dicen, pero séos decir que es la más recia cosa que nunca hombres vieron. Yo no sé cómo acá lo tomáis; paréceme que no hacéis caso dello. Pues yo os doy mi fe que no sé si Dios lo querrá ansí disimular. Y aun si en otra parte estoviésemos donde fuese lícito hablar, yo diría perrerías desta boca.
LATANCIO    ¿Contra quién?
ARCIDIANO    Contra quien ha hecho más mal en la Iglesia de Dios que ni turcos ni paganos osaran hacer.
LATANCIO    Mirad, señor Arcidiano, bien puede ser que estéis engañado echando la culpa a quien no la tiene. Entre nosotros, todo puede pasar. Dadme vos lo que acerca desto sentís, y quizá os desengañaré yo de manera que no culpéis a quien no debéis de culpar.
ARCIDIANO    Yo soy contento de declararos lo que siento acerca desto, pero no en la plaza. Entrémonos aquí en Sanct Francisco y hablaremos de nuestro espacio.
LATANCIO    Sea como mandáredes.
ARCIDIANO    Pues estamos aquí donde nadi no nos oye, yo os suplico, señor, que lo que aquí dijere no sea más de para entre nosotros. Los príncipes son príncipes, y no querría hombre ponerse en peligro, pudiéndolo escusar.
LATANCIO    Deso podéis estar muy seguro.
ARCIDIANO    Pues veamos, señor Latancio, ¿paréceos cosa de fruir quel Emperador haya hecho en Roma lo que nunca infieles hicieron, y que por su pasión particular y por vengarse de un no sé qué, haya así querido destruir la Sede apostólica con la mayor inominia, con el mayor desacato y con la mayor crueldad que jamás fue oída ni vista? Sé que los godos tomaron a Roma, pero no tocaron en la iglesia de Sanct Pedro, no tocaron en las reliquias de los sanctos, no tocaron en cosas sagradas. Y aquellos medios cristianos tovieron este respecto, y agora nuestros cristianos (aunque no sé si son dignos de tal nombre) ni han dejado iglesias, ni han dejado monesterios, ni han dejado sagrarios; todo lo han violado, todo lo han robado, todo lo han profanado, que me maravillo cómo la tierra no se hunde con ellos y con quien se lo manda y consiente hacello. ¿Qué os paresce que dirán los turcos, los moros, los judíos e los luteranos viendo así maltratar la cabeza de la cristiandad? ¡Oh Dios que tal sufres! ¡Oh Dios que tan gran maldad consientes! ¿Ésta era la defensa que esperaba la Sede apostólica de su defensor? ¿Ésta era la honra que esperaba España de su Rey tan poderoso? ¿Ésta era la gloria, éste era el bien, éste era el acrecentamiento que esperaba toda la cristiandad? ¿Para esto adquirieron sus abuelos el título de Católicos? ¿Para esto juntaron tantos reinos y señoríos debajo de un señor? ¿Para esto fue elegido por Emperador? ¿Para esto los Romanos Pontífices le ayudaron a echar los franceses de Italia? ¿Para que en un día deshiciese él todo lo que sus predecesores con tanto trabajo y en tanta multitud de años fundaron? ¡Tantas iglesias, tantos monesterios, tantos hospitales, donde Dios solía ser servido y honrado, destruidos y profanados! ¡Tantos altares, y aun la misma iglesia del Príncipe de los Apóstoles, ensangrentados! ¡Tantas reliquias robadas y con sacrílegas manos maltratadas! ¿Para esto juntaron sus predecesores tanta sanctidad en aquella ciudad? ¿Para esto honraron las iglesias con tantas reliquias? ¿Para esto les dieron tantos ricos atavíos de oro y de plata? ¿Para que viniese él con sus manos lavadas a robarlo, a deshacerlo, a destruirlo todo? ¡Soberano Dios! ¿Será posible que tan gran crueldad, tan gran insulto, tan abominable osadía, tan espantoso caso, tan execrable impiedad queden sin muy recio, sin muy grave, sin muy evidente castigo? Yo no sé cómo acá lo sentís; y si lo sentís, no sé cómo así lo podéis disimular.
LATANCIO    Yo he oído con atención todo lo que habéis dicho, y, a la verdad, aunque en ello he oído hablar a muchos, a mi parecer vos lo acrimináis y afeáis más que ninguno otro. Y en todo ello venís muy mal informado, y me parece que no la razón, mas la pasión de lo que habéis perdido os hace decir lo que habéis dicho. Yo no os quiero responder con pasión como vos habéis hecho, porque sería dar voces sin fructo. Mas sin ellas yo espero, confiando en vuestra discreción y buen juicio, que antes que de mí os partáis, os daré a entender cuán engañado estáis en todo lo que habéis aquí hablado. Solamente os pido que estéis atento y no dejéis de replicar cuando toviéredes qué, porque no quedéis con alguna duda.
ARCIDIANO    Decid lo que quisiéredes, que yo os terné por mejor orador que Tulio si vos supiéredes defender esta causa.
LATANCIO    No quiero sino que me tengáis por el mayor necio que hay en el mundo si no os la defendiere con evidentísimas causas y muy claras razones. Y lo primero que haré será mostraros cómo el Emperador ninguna culpa tiene en lo que en Roma se ha hecho. Y lo segundo, cómo todo lo que ha acaecido ha seído por manifiesto juicio de Dios para castigar aquella ciudad, donde con grande ignominia de la religión cristiana reinaban todos los vicios que la malicia de los hombres podía inventar; y con aquel castigo despertar el pueblo cristiano, para que, remediados los males que padece, abramos los ojos e vivamos como cristianos, pues tanto nos preciamos deste nombre.
ARCIDIANO    Recia empresa habéis tomado; no sé si podréis salir con ella.
LATANCIO    Cuanto a lo primero, quiero protestaros que ninguna cosa de lo que aquí se dijere se dice en perjuicio de la dignidad ni de la persona del Papa, pues la dignidad es razón que de todos sea tenida en veneración, e de la persona, por cierto, yo no sabría decir mal ninguno, aunque quisiese, pues conozco lo que se ha hecho no haber seído por su voluntad, mas por la maldad de algunas personas que cabe sí tenía. Y porque mejor nos entendamos, pues la diferencia es entre el Papa y el Emperador, quiero que me digáis, primero, qué oficio es el del Papa y qué oficio es el del Emperador, y a qué fin estas dignidades fueron instituidas.
ARCIDIANO    A mi parecer, el oficio del Emperador es defender sus súbditos y mantenerlos en mucha paz y justicia, favoreciendo los buenos y castigando los malos.
LATANCIO    Bien decís, ¿y el del Papa?
ARCIDIANO    Eso es más dificultoso de declarar; porque si miramos al tiempo de Sanct Pedro, es una cosa, y si al de agora, otra.
LATANCIO    Cuando yo os pregunto para qué fue instituida esta dignidad, entiéndese que me habéis de decir la voluntad e intención del que la instituyó.
ARCIDIANO    A mi parecer, fue instituida para quel Sumo Pontífice toviese auctoridad de declarar la Sagrada Escriptura, y para que enseñase al pueblo la doctrina cristiana, no solamente con palabras, mas con ejemplo de vida, y para que con lágrimas y oraciones continuamente rogase a Dios por su pueblo cristiano, y para que éste toviese el supremo poder de absolver a los que hobiesen pecado y se quisiesen convertir, y para declarar por condenados a los que en su mal vivir estuviesen obstinados, y para que con continuo cuidado procurase de mantener los cristianos en mucha paz y concordia, y, finalmente, para que nos quedase acá en la tierra quien muy de veras representase la vida y sanctas costumbres de Jesucristo, nuestro Redemptor; porque los humanos corazones más aína se atraen con obras que con palabras. Esto es lo que yo puedo colegir de la Sagrada Escriptura. Si vos otra cosa sabéis, decidla.
LATANCIO    Basta eso por agora, y mirá no se os olvide, porque lo habremos menester a su tiempo.
ARCIDIANO    No hará.
LATANCIO    Pues si yo os muestro claramente que por haber el Emperador hecho aquello a que vos mesmo habéis dicho ser obligado, y por haber el Papa dejado de hacer lo que debía por su parte, ha suscedido la destruición de Roma, ¿a quién echaréis la culpa?
ARCIDIANO    Si vos eso hacéis (lo que yo no creo), claro está que la terná el Papa.
LATANCIO    Dicidme, pues, agora vos: pues decís que el Papa fue instituido para que imitase a Jesucristo, ¿cuál pensáis que Jesucristo quisiera más: mantener paz entre los suyos, o levantarlos y revolverlos en guerra?
ARCIDIANO    Claro está quel Auctor de la paz ninguna cosa tiene por más abominable que la guerra.
LATANCIO    Pues, veamos: ¿cómo será imitador de Jesucristo el que toma la guerra y deshace la paz?
ARCIDIANO    Ese tal muy lejos estaría de imitarle. Pero ¿a qué propósito me decís vos agora eso?
LATANCIO    Dígooslo porque pues el Emperador, defendiendo sus súbditos, como es obligado, el Papa tomó las armas contra él, haciendo lo que no debía, y deshizo la paz y levantó nueva guerra en la cristiandad, ni el Emperador tiene culpa de los males suscedidos, pues hacía lo que era obligado en defender sus súbditos, ni el Papa puede estar sin ella, pues hacía lo que no debía en romper la paz y mover guerra en la cristiandad.
ARCIDIANO    ¿Qué paz deshizo el Papa o qué guerra levantó en la cristiandad?
LATANCIO    Deshizo la paz quel Emperador había hecho con el Rey de Francia y revolvió la guerra que agora tenemos, donde por justo juicio de Dios le ha venido el mal que tiene.
ARCIDIANO    Bien estáis en la cuenta. ¿Dónde halláis vos quel Papa levantó ni revolvió la guerra contra el Emperador, después de hecha la paz con el Rey de Francia?
LATANCIO    Porque luego como fue suelto de la presión, le envió un Breve en que le absolvía del juramento que había hecho al Emperador, para que no fuese obligado a cumplir lo que le había prometido, porque más libremente pudiese mover guerra contra él.
ARCIDIANO    ¿Por dónde sabéis vos eso? Así habláis como si fuésedes del consejo secreto del Papa.
LATANCIO    Por muchas vías se sabe, y por no perder tiempo, mirad el principio de la liga que hizo el Papa con el Rey de Francia, y veréis claramente cómo el Papa fue el promotor della, y seyendo ésta tan gran verdad, que aun el mismo Papa lo confiesa ¿paréceos ahora a vos que era esto hacer lo que debía un Vicario de Jesucristo? Vos decís que su oficio era poner paz entre los discordes, y él sembraba guerra entre los concordes. Decís que su oficio era enseñar al pueblo con palabras y con obras la doctrina de Jesucristo, y él les enseñaba todas las cosas a ella contrarias. Decís que su oficio era rogar a Dios por su pueblo, y él andaba procurando de destruirlo. Decís que su oficio era imitar a Jesucristo, y él en todo trabajaba de selle contrario. Jesucristo fue pobre y humilde, y él, por acrecentar no sé qué señorío temporal, ponía toda la cristiandad en guerra. Jesucristo daba bien por mal, y él, mal por bien, haciendo liga contra el Emperador, de quien tantos beneficios había recebido. No digo esto por injuriar al Papa; bien sé que no procedía dél, y que por malos consejos era a ello instigado.
ARCIDIANO    Desa manera, ¿quién terná en eso la culpa?
LATANCIO    Los que lo ponían en ello, y también él, que tenía cabe sí ruin gente. ¿Pensáis vos que delante de Dios se escusará un príncipe echando la culpa a los de su consejo? No, no. Pues le dio Dios juicio, escoja buenas personas que estén en su consejo e consejarle han bien. E si las toma o las quiere tener malas, suya sea la culpa; e si no tiene juicio para escoger personas, deje el señorío.
ARCIDIANO    Difícil cosa les pedís.
LATANCIO    ¿Difícil? ¿Y cómo? ¿Tanto juicio es menester para esto? Decidme: ¿qué guerra hay tan justa que un Vicario de Jesucristo deba tomar contra cristianos, miembros de un mesmo cuerpo cuya cabeza es Cristo, y él su Vicario?
ARCIDIANO    El Papa tuvo mucha razón de tomar esta guerra contra el Emperador, lo uno, porque primero él no había querido su amistad, y lo otro, porque tenía tomado y usurpado el Estado de Milán, despojando dél al duque Francisco Esforcia. Et viendo el Papa esto, se temía que otro día haría otro tanto contra él, quitándole las tierras de la Iglesia. Luego con mucha justicia y razón tomó el Papa las armas contra el Emperador, así para compelirle a que restituyese su Estado al Duque de Milán, como para asegurar el Estado y tierras de la Iglesia.
LATANCIO    Maravillado estoy que un hombre de tan buen juicio como vos hayáis dicho una cosa tan fuera de razón como ésa. Veamos: ¿y eso hacíalo el Papa como Vicario de Cristo o como Julio de Médicis?
ARCIDIANO    Claro está que lo hacía como Vicario de Cristo.
LATANCIO    Pues digo quel Emperador contra toda razón y justicia quisiese quitar todo su estado al Duque de Milán, ¿qué tenía que hacer en eso el Papa? ¿Para qué se quiere él meter donde no le llaman y en lo que no toca a su oficio? Como si no toviese ejemplo de Jesucristo para hacer lo contrario, que, llamado para que amigablemente partiese una heredad entre dos hermanos, no quiso ir, dando ejemplo a los suyos que no se debían entremeter en cosas tan viles y bajas. ¿Y queréis agora vos que se ponga entrellos su Vicario con mano armada, sin que le llamen para ello? ¿Dónde halláis vos que Jesucristo instituyó su Vicario para que fuese juez entre príncipes seglares, cuanto más ejecutor y revolvedor de guerra entre cristianos? ¿Queréis ver cuán lejos está de ser Vicario de Cristo un hombre que mueve guerra? Mirad el fruto que della se saca y cuán contraria es, no sólo a la doctrina cristiana, más aun a la natura humana. A todos los animales dio la natura armas para que se pudiesen defender y con que podiesen ofender; a solo el hombre, como a una cosa venida del cielo, adonde hay suma concordia, como a una cosa que acá había de representar la imagen de Dios, dejó desarmado. No quiso que hiciese guerra; quiso que entre los hombres hobiese tanta concordia como en el cielo entre los ángeles. ¡Et que agora seamos venidos a tan gran estremo de ceguedad, que más brutos que los mismos brutos animales, más bestias que las mesmas bestias, nos matemos unos con otros! Las bestias viven en paz, y nosotros, peores que bestias, vivimos en guerra. Y entre los hombres, si buscamos cómo viven en cada provincia, en sola la cristiandad, que es un rinconcillo del mundo, hallaréis más guerra que en todo el mundo y no tenemos vergüenza de llamarnos cristianos. E, por la mayor parte, hallaréis que aquéllos la revuelven que debrían apaciguarla. Obligado era el Romano Pontífice, pues se precia de ser Vicario de Jesucristo; obligados eran los cardenales, pues quieren ser colunas de la Iglesia; obligados eran los obispos, siendo pastores, de poner las vidas por sus ovejas, como lo hizo y lo enseñó Jesucristo, diciendo: Bonus pastor animam suam ponit pro ovibus suis; mayormente siendo dadas sus rentas al Papa y a estos otros prelados para que, usando de su oficio pastoral, mejor puedan amparar y defender sus súbditos. Y agora, por no perder ellos un poquillo de su reputación, ponen toda la cristiandad en armas. ¡Oh, qué gentil caridad! ¡Doite yo dineros para que me defiendas, y tú alquilas con ellos gente para matarme, robarme y destruirme! ¿Dónde halláis vos que mandó Jesucristo a los suyos que hiciesen guerra? Leed toda la doctrina evangélica, leed todas las epístolas canónicas; no hallaréis sino paz, concordia y unidad, amor y caridad. Cuando Jesucristo nació, no tañeron alarma, mas cantaron los ángeles: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis! Paz nos dio cuando nació y paz cuando iba al martirio de la cruz. ¿Cuántas veces amonestó a los suyos esta paz y caridad? Y aún no contento con esto, rogaba al Padre que los suyos fuesen entre sí una misma cosa, como Él con su Padre. ¿Podríase pedir mayor conformidad? Pues aún más quiso: que los que su doctrina siguiesen no se diferenciasen de los otros en vestidos, ni aun en diferencias de manjares, ni aun en ayunos, ni en ninguna otra cosa
  

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La versión digital de este texto de Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma (1530?), ha sido preparada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Lo colocamos aquí con su autorización. la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes es el proyecto más ambicioso en Internet sobre las letras españolas.
    
© José Luis Gómez-Martínez
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