Miguel Catalán González

 

La mentira en el Quijote

 

1. La verdad a ultranza

Pretendo en las páginas que siguen trazar un esbozo del papel capital que desempeña la mentira en el trasfondo ético y valorativo de Don Quijote de la Mancha.

Debe indicarse desde el principio que la disposición del hidalgo manchego ante el engaño y la falsedad es de un radical repudio, tanto en la teoría, cosa bastante habitual, como en la práctica, lo cual resulta por el contrario del todo insólito. La extravagante veracidad a ultranza de Alonso el Bueno determinará no sólo el arranque, desarrollo y desenlace de diversas aventuras del Quijote, sino su misma médula moral.

Que el insigne hidalgo abomine de la mentira se explica en buena parte por su observancia de las reglas del oficio de caballero andante. Pues, en efecto, la veracidad era una de las virtudes principales de la ética de la caballería medieval que alcanzó su cenit en los siglos XII y XIII para luego renacer en las imitaciones novelescas, tan leídas en España, del siglo XVI. Así, en la tradición artúrica la defensa de la verdad constituye una de las normas de conducta que profesan los caballeros cristianos, junto al honor, el coraje, la cortesía o la castidad. Tal asignación refleja el prólogo general de Los cuentos de Canterbury (c. 1387), donde el amor a la verdad aparece como atributo de la chivalry: “A knyght (knight) ther was, and that a worthy man, / That fro the tyme that he first bigan / To riden out, he loved chivalrie (chivalry), / Trouthe (Truth) and honour, fredom and curteisie” (27-31). Un siglo antes ya Raimundo Lulio señalaba en el Llibre de l'orde de cavalleria (1275) que los caballeros andantes son los adalides de una verdad que viene simbolizada por su lanza, arma tan consustancial al oficio que uno de los más célebres caballeros de la tradición artúrica, Lanzarote del Lago (Sir Lancelot), tomará de ella su nombre (Cull 37): “Se da al caballero una lanza, para significar verdad. Porque la verdad es cosa recta, que no se tuerce, y la verdad se adelanta a la falsedad. El hierro de la lanza significa la fuerza que la verdad tiene sobre la falsedad [...] También la verdad es apoyo de la esperanza; y estas, como otras cosas, vienen significadas en la lanza que recibe el caballero” (Lulio 66).

En general, los códigos informales de la caballería contenidos en las Chansons de geste o en la materia de Bretaña no sólo prohíben la mentira, sino que exigen la verdad por sí misma, al margen de los beneficios que pueda reportar, tal como nos recuerda Cervantes por boca del propio don Quijote en I.35[1], cuando Sancho le sugiere llevar a cabo un engaño compartido para bien de su amo y este le contesta que tal cosa “sería contravenir a las órdenes de caballería, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de relasos, y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir”. Este ideal caballeresco de veracidad a ultranza mantiene estrecha relación con el esforzado espíritu del cristianismo primitivo, en especial en su aspecto ascético de lucha contra el mundo. Partiendo de la identificación evangélica de la mentira con el mal (Mateo, 15: 19, Marcos, 7: 22) y hasta con el mismo diablo (Juan 8: 44), así como de la vinculación correspondiente de Cristo con la verdad (el Ego sum veritas de Juan, 14: 6), San Agustín había prohibido categóricamente en el siglo V toda mentira, a la que consideraba pecado con independencia de sus fines o motivos, en una línea rigorista que después siguieron a lo largo de la Edad Media con sus propios matices Gregorio Magno, Pedro Lombardo, Graciano, Enrique de Susa o Tomás de Aquino; este último estableció en el s. XIII que incluso la mentira oficiosa, vale decir, aquella que pretende ayudar al prójimo, es pecado venial, y, por tanto, iniquidad, pues implica desorden de la voluntad. Opuesta al pecado de la mentira, la veracidad (la veritas tomista) llegó a representar en el orbe cristiano una forma concreta de la virtud cardinal de la justicia, de modo parecido a como las cortes de amor medievales francesas o flamencas veían en la sinceridad una forma de lealtad.

Don Quijote ensalza de palabra y obra en diversos pasajes el valor de la sinceridad, y en otros no tolera que se mienta en su presencia. A tal punto llega su heroísmo de la verdad que ni siquiera admitirá los elogios por cuanto puedan tener de aduladora lisonja o falso halago: “No más, cesen mis alabanzas —dijo a esta sazón Don Quijote—, porque soy enemigo de todo género de adulación; y aunque estas no lo sean, todavía ofenden mis castas orejas semejantes pláticas” (I.39). Hamete Benengeli, por su parte, da como argumento de la verdad de las ilusiones quijotescas en la cueva de Montesinos la imposibilidad de que el hidalgo mienta: “Pues pensar yo que Don Quijote mintiese, siendo el más verdadero hidalgo y el más noble caballero de su tiempos, no es posible”.

Como contrafigura de Alonso Quijano, Sancho miente en su beneficio o en el de su amo cada vez que le conviene; lo hace sin tapujos ni remordimientos, en imagen de la acomodaticia moral villana reacia a todo noble esfuerzo: así, en I.23, tras haberse apropiado del contenido de una maleta perdida en la sierra, incluyendo unos escudos de oro y ricas prendas de holanda, afirmará sin pestañear a preguntas del cabrero: “Eso mesmo es lo que digo yo —respondió Sancho—; que también la hallé yo [la maleta], y no quise llegar á ella con un tiro de piedra: allí la dejé, y allí se queda como se estaba; que no quiero perro con cencerro”. También miente Sancho a su propio amo, por pura conveniencia y comodidad, sobre su supuesto encuentro con Dulcinea en el Toboso (I.31), y asimismo cuando le asegura, para evitar nuevas mensajerías, que la bella y discreta Dulcinea es una de las tres labradoras que van montadas en sus pollinos (II.10). Miente para presumir o por prestigio en II.41 al inventar las maravillosas cosas que vio en el cielo. Y miente en II.71 cuando, a fin de desencantar a la tobosina según pauta del mago Merlín, don Quijote le ofrece una paga por azotarse los lomos y él acepta llevado por la codicia; retirándose para la vicaría de su penitencia a un hayedo vecino, Sancho prueba el punzante rigor de los primeros azotes y cambia de idea sobre la marcha para terminar propinando la azotaina a la corteza de los árboles, no sin lanzar suspiros, “que parecía que con cada uno de ellos se le arrancaba el alma”. Flagelarse a sí mismo le parece a Sancho cosa de chiflados, pero no tiene inconveniente en aceptar los dineros por haber llevado supuestamente a cabo tal chifladura.

Uno de los grandes aciertos de Cervantes radica en haber asociado de manera eficacísima la idea de veracidad incondicional con la locura de don Quijote. La veracidad a ultranza ya no es aquí una virtud militar, señorial, cristiana, cortés o caballeresca frente a la puerilidad o villanía del vulgo representada por Sancho u otros personajes de la obra, sino una insensata manía que producirá catastróficas consecuencias. El contraste entre el sensato disimulo sanchesco y la maníaca veracidad quijotesca se percibe bien en I.25, cuando don Quijote pide a Sancho que dé cuenta a Dulcinea de las calabazadas que por su causa va a darse contra las peñas. En ese momento, ante el irrazonable daño que su amo se va a infligir, Sancho le ofrece un acuerdo que contente a todos:

“Por amor de Dios —dijo Sancho—, que mire vuestra merced cómo se da esas calabazadas; que a tal peña podrá llegar, y en tal punto, que con la primera se acabase la máquina desta penitencia; y sería yo de parecer que [...] se contentase [...] con dárselas en el agua, ó en alguna cosa blanda, como algodón; y déjeme a mí el cargo, que yo diré a mi señora que vuestra merced se las daba en una punta de peña, más dura que la de un diamante.

—Yo agradezco tu buena intención, amigo Sancho [...]; más quiérote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas, sino muy de veras [...] Ansí que mis calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada del sofístico ni del fantástico”.

Si don Quijote se aviniera a aliviar su penitencia, el escudero contaría a Dulcinea que se ha dado de frente contra la peña más afilada de Sierra Morena; conservará así la salud y, al tiempo, quedará bien ante su amada (en canción de Antonio Machado, “A las palabras de amor / les sienta bien / su poquito de exageración”). Pero el hidalgo se desentiende de las humanas razones y debilidades en un eficaz ligamen de verdad e insensatez entendida como inadecuación a los fines al disponerse a hacer ante la desesperación de Sancho “una o dos docenas de locuras [...] en menos de media hora”, empezando por quedarse en cueros, para que no tenga que inventarlas.

 

2. Mentira del arte y mentira de la vida

A cuenta de la insensata verdad a ultranza más allá de consideraciones razonables de circunstancia, y en torno al nexo cervantino entre veracidad y locura, conviene recordar que Alonso Quijano cayó en la sinrazón, ya antes de la primera línea de la obra, al confundir invención con descripción. En efecto, don Quijote es, según relata Cide Hamete, una víctima de la mentira artística de los libros de caballerías, obras de ficción que el hidalgo toma imprudentemente al pie de la letra, como si describieran hechos reales. Pues el hidalgo, en su concepción de la veracidad a radice, no puede entender que algo sea dicho si no es para decir verdad, con la misma incompetencia lingüística que mostraban los Houyhnhnm de Swift en los fantasiosos viajes de Gullliver. Debido a esa incomprensión lingüística que confunde la mentira de la vida con la mentira del arte, Cide Hamete tacha en I.8 de ‘libros mentirosos’ a los libros de caballerías; su peligro, arguye, estriba en que un espíritu ingenuo puede tomar por verdades sus invenciones de entretenimiento. Aunque muchos escritores moralistas de su tiempo abogaron por la prohibición o destrucción de los libros de caballerías[2], en términos de hogueras e índices prohibitivos[3] cosa tan inaceptable es quemar los libros de caballerías porque podrían dañar a los espíritus ingenuos como prohibir las funciones de teatro por idéntica razón. Sea como fuere, cuando el hidalgo manifiesta su desengaño de los libros de caballerías en las postrimerías de su vida, quien ya ha vuelto a sus cabales aún atribuirá intención mendaz a unos libros que sólo buscaban entretener, apostrofándolos de “embelecos” (falsedad moral) junto a otros epítetos más ajustados a la realidad como “disparates” (exageración estética): “Ya conozco sus disparates y sus embelecos” (II.74).

El mismo déficit de entendimiento y la misma confusión de registro entre ficción y descripción muestra el ilustre hidalgo al pretender que sea verdadera la representación del retablo de Maese Pedro (II.26); tal pretensión de veracidad causará efectos no menos desastrosos que su lectura inapropiada de las aventuras de Amadís de Gaula o Palmerín de Inglaterra. Don Quijote, que se encuentra entre los espectadores de una representación de títeres en un corral de venta, toma por auténtica la persecución de los amantes Don Gaiferos y Melisendra que emprende a caballo el malvado rey moro Marsilio. Cada vez más nervioso al ver que el títere de Marsilio se acerca con sus títeres soldados a la pareja de títeres fugitivos, don Quijote desenvaina la espada, irrumpe en la escena y destroza a mandobles el teatrillo de los sueños. Al grito de “Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en batalla!”, el confuso hidalgo rompe en pedazos las figuras de pasta y echa a perder la función porque no entiende que lo representado sea falso y al mismo tiempo aceptable, como sí lo entendían en cambio los demás espectadores y lo entiende en general el común de los mortales en pareja situación. Desde luego, no menos disparatado resulta el estropicio de los títeres por su ‘falsedad’ que la quema de los novelones por su ‘mentira’. En ambos casos, don Quijote ha tomado la oratio obliqua (de la novela caballeresca, de la representación escénica) por la oratio recta (de la relación de hechos, de la descripción del mundo). A causa de esa confusión entre ficción y realidad, causa daños irreparables en el tabladillo de Maese Pedro. La pretensión que muestra el hidalgo de obtener veracidad en todos los discursos humanos es patológica o insensata; pues la imagen escénica no representa una situación verdadera, sino una ficción poética, una falsedad no engañosa, y, por tanto, lícita. Que la exigencia moral de veracidad no afecta a la mentira del arte ya lo vieron algunos antiguos como Plinio el Joven con su “A los poetas les es lícito mentir”, un poetis mentiri licet con el que, por cierto y en honor a la verdad, autorizaba a los poetas a mentir en su poesía y no tanto fuera de ella; no en tanto personas que obran a toda hora, sino en tanto poetas y sólo cuando escriben. En nuestro tiempo el filósofo del lenguaje John B. Searle ha explicado con concisa claridad en su artículo “The Logical Status of Fictional Discourse” (319-332) que en los enunciados de ficción las reglas semánticas quedan modificadas o suspendidas. Searle señala que en nuestra vida diaria tomamos parte en dos juegos lingüísticos distintos, el incorporado al ‘discurso de ficción’ y el incorporado al ‘discurso acerca del mundo’, y que solemos pasar del uno al otro con gran frecuencia a lo largo del día sin percatarnos siquiera del cambio de registro. Todos lo hacemos, menos quien debido a algún déficit cognitivo o de experiencia se muestra incompetente para establecer esa distinción.

 

3. Mentira de convivencia

Un aspecto central de la magistral obra de Cervantes que ahonda este vínculo entre insensatez y veracidad radica en que, para convivir con el hidalgo, aun en el escaso tiempo de un convivio en torno a una mesa, para departir con él y su locura idealista, no hay más remedio que mentirle. Esta conducta cuasiforzosa se reitera en innumerables ocasiones a lo largo de la novela y afecta al propio Sancho, quien, aun siendo el único que cree la mayor parte de los dislates de su amo, otras veces, advierte que anda errado y que, así en I.31, II.10, debe seguirle la corriente si quiere permanecer junto a él.

La intratable veracidad de don Quijote tiene una causa bien definida: el hidalgo es veraz, pero iluso. Al tomar sus propias ilusiones por observaciones verídicas, el hidalgo cree de buena fe que quienes las juzgan falsas le están mintiendo; bien porque quieren embromarlo, bien porque pretenden perjudicarle, bien por ambas cosas, como sucede con los malandrines y socorridos encantadores. En general, Cervantes deja ver una y otra vez que el idealista e irascible caballero está pidiendo a gritos que los demás lo engañen: es el “Siguióle el humor Carrasco” referido a la discreta actitud del bachiller en su presencia. El narrador sugiere así seguir la corriente a quien sufre una visión distorsionada del mundo; cualquier persona juiciosa que trabe razones con él advertirá al punto su desvarío y le dará fingidamente la razón para evitar los peligros ciertos a que se expone si contradice sus delirios.

Un revelador pasaje de la intolerancia ante la verdad prosaica por parte de la verdad iluminada de don Quijote la encontramos en I.46, cuando Sancho dice a su señor lo que piensa sobre la reina Micomicona, a saber, que no le parece reina. Esa ingenua declaración provoca uno de los peores accesos de cólera de don Quijote, quien tachará a su escudero entre otras cosas de embustero:

“¡Tales palabras has osado decir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras [...]? [...] ¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades [...]! etc.”. En contraste con Sancho, Dorotea sigue la corriente al hidalgo aun sabiendo que Sancho dice la verdad; sólo así logrará calmar a Don Quijote: “No os despechéis, señor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces que vuestro buen escudero ha dicho [...] que, como en este castillo, según vos, señor caballero, decís, todas las cosas van y suceden por modo de encantamiento, podría ser, digo que Sancho hubiese visto por esa vía lo qué dice que vio, tan en ofensa de mi honestidad”.

Las aguas vuelven a su cauce gracias a la mano izquierda de Dorotea.

 

4. Mentira por diversión

Este fingido dar la razón al desvarío tiene en otros lances que ver, no ya con el deseo de mantener la integridad física ante un maníaco furioso, sino con el deseo de pasarlo bien a su costa. Por ejemplo, en I.3, cuando Don Quijote solicita al ventero que le arme caballero, el ventero, “que era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped [...] determinó de seguirle el humor”; el ventero hará el conveniente paripé de proclamarse a sí mismo castellano del lugar; luego dará con fingida autoridad a quien tanto lo desea un golpe de espada en el cuello y punto seguido el espaldarazo: “Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides”.

El engaño por diversión se sigue en no pocas ocasiones, casi sin solución de continuidad, del propio engaño de convivencia. Así, de camino al entierro de Grisóstomo en I.13, Vivaldo pregunta al Caballero de la Mancha por qué va armado en tierra tan pacífica. Cuando don Quijote le cuenta que no puede andar de otra manera siendo caballero andante, el narrador señala: “Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco; y por averiguarlo más y ver qué genero de locura era el suyo, le tornó a preguntar Vivaldo que qué quería decir caballeros andantes”. Nótese que cualquier pastor o gentilhombre que tomara al ingenioso hidalgo por loco no podría, si quisiera seguir el camino a su lado, sino decirle a todo que sí… como se dice que se hace con los locos. Y cuando don Quijote afirma que espera superar las aventuras de Belianís de Grecia y de Felixmarte de Hircania, Vivaldo deja entender que le parecen muy apropiadas sus anacrónicas armas y le habla con gran naturalidad, como si le creyera en todo momento; no lo hace por maldad, sino para aliviar un poco los rigores del camino, a diferencia de quienes con peor corazón huirían de él o buscarían encerrarlo. El narrador elogia la actitud de Vivaldo: “Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de alegre condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decían que les faltaba [...], quiso darle ocasión a que pasase más adelante con sus disparates”. El paso de la mentira de convivencia a la de diversión es, como vemos, casi imperceptible.

Por último, toda la estancia del caballero andante y su escudero en el palacio de los duques extrae su melancólica comicidad de ese ameno solazarse en la locura ajena sin que el burlado se percate de la burla y, por lo tanto, sin que se sienta agraviado. Cuando los duques fingen creer lo que dice el sedicente caballero andante y ponen los medios para seguir su humor, la obra alcanza algunos de sus episodios más divertidos; divertidos para los duques, pero también para el propio lector, quien tanto en el siglo XVII como en el XXI se ríe de las gallináceas alturas que alcanza Clavileño y de las exclamaciones de terror de Sancho y las valerosas admoniciones de su amo. Al tratarlo de gran caballero, los duques se están mofando de don Quijote, pero este no se siente ultrajado, sino lleno de agradecimiento, al extremo de que pide a Sancho se hinque de rodillas ante el duque cuando este le concede una supuesta ínsula de su propiedad. El eclesiástico, escandalizado por la comedia que se despliega ante sus ojos, ve que no puede reprenderla, porque don Quijote se ofendería, ni tampoco remediarla, pues ha llegado ya demasiado lejos; en semejante brete se levanta y abandona la reunión, no sin ofender de todas formas al caballero andante en una prueba más de la ineficacia de la verdad iluminada (tampoco el canónigo de Toledo en I.49-50 consiguió al contradecirle sino quedar corrido y sin palabras ante las disparatadas razones del caballero andante). Los duques que por diversión siguen el humor al hidalgo también intervienen activamente en el desencantamiento de Dulcinea cuando hacen aparecer a numerosos sirvientes disfrazados de magos y encantadores, y hasta del Diablo mismo para que hable con el caballero; esta escena que termina en un estruendoso simulacro de batalla nocturna enseña cómo la mentira sabrosa y divertida es la esencia irónica de la relaciones entre el mundo real y el ideal de veracidad a ultranza. El mismo regocijo del embuste procura la aparición en II.36 del escudero Trifaldín de la Blanca Barba, servidor de la no menos ficticia Condesa Trifaldi, quien da paso a una nueva burla sobre el falso caballo Clavileño. Este hará volar a ciegas a amo y escudero (“¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!”) por la región del fuego, del granizo y de la lluvia. En II. 44 y 46, Altisidora se hace pasar por enamorada impacientísima del Caballero de la Mancha, poniendo en verdaderos aprietos su fidelidad a Dulcinea.

En torno a la duda sobre si la bacía era bacía o yelmo, diversos personajes siguen el humor del hidalgo para hilar la broma, entre ellos el barbero: “Nuestro barbero [...] como tenía tan bien conocido el humor de Don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla, para que todos riesen” (I.45). Unas damas requiebran con guasa y algo de escarnio a don Quijote en II.62 y el marido de una de ellas, Antonio Moreno, lo embroma con la habladora “cabeza encantada”, un truco de feria que encantó a amo y escudero. Sansón Carrasco lo engaña siguiéndole la corriente por diversión en II.3-8 y el galeote Ginés de Pasamonte finge adivinar en boca del mono hablador la identidad de un amo y criado boquiabiertos en II.26.

 

5. Mentira benévola

Pero otra modalidad, bien distinta a los motivos de la mera convivencia o de la burla discreta, y sin duda la más instructiva en el trasfondo de ideas morales del Quijote, es la del engaño al hidalgo por su propio bien. El bachiller Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, miente a don Quijote por su bien para que vuelva a casa en II.64-5, como también se disfrazó de Caballero de los Espejos por el mismo humanitario motivo: “Sabed, señor, que a mí me llaman el bachiller Sansón Carrasco; soy del mesmo lugar de Don Quijote de la Mancha, cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lástima todos cuantos le conocemos [...]; y así, habrá tres meses que salí al camino como caballero andante, llamándome el Caballero de los Espejos, con intención de pelear con él y vencerle, sin hacerle daño, poniendo como condición de nuestra pelea que el vencido quedase a discreción del vencedor; y lo que yo pensaba pedirle [...] era que volviese a su lugar, y que no saliese dél en todo un año, en el cual tiempo podría ser curado” (II.65). El propio Carrasco le engaña por su bien al declararse dispuesto a componer poemas pastoriles cuando don Quijote concibe la locura pacífica de hacerse pastor. Y no son pocos quienes le siguen el humor para impedir que vuelva a salir de caballerías. Así el barbero y el cura en I.27 ss., para sacarlo de la montaña, es decir, de la expuesta e irrazonable verdad de su ‘vana penitencia’ donde corre riesgo de muerte, se disfrazan para evitar que los reconozca; no sólo lo engañan para sacarlo de Sierra Morena, sino que también meten a Sancho en el saco de la farsa, diciéndole “que el ir de aquella suerte y vestirse era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala vida que había escogido, y que le encargaban mucho que no dijese a su amo quién ellos eran, ni que los conocía”. Sancho accede, pues aquel disimulo “hacía al caso para la libertad de su señor”. En consonancia con su relativa dependencia cognitiva de don Quijote, sin embargo, Sancho no estará en el embuste que lo sacará de Sierra Morena, a saber, el hilarante pasaje donde el cura y el barbero meten a Dorotea a oficiar de princesa Micomicona, reina del reino Micomicón de Etiopía, la cual rogará al ilustre hidalgo que la ayude, fuera de la montaña, contra la mala voluntad que le tiene un gigante. En esta sucesión de benévolas imposturas y falsedades, atan una noche a don Quijote mientras duerme y le hacen creer al despertar que está encantado, a fin de llevárselo de vuelta a casa.

Más vale el engaño y la ignorancia que la sabiduría y la verdad, nos susurra por personajes interpuestos Cervantes a través de los infortunios de su héroe. Esa máxima, simbolizada por la cantidad de ocasiones en que de forma irrisoria el hidalgo hace añicos o embota su lanza, alegoría de la verdad caballeresca (Cull 41), queda corroborada en la historia desgraciada de Dorotea, quien en I.36 señala con el antifaz puesto: “[...] por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas me veo ahora en tanta desventura”, pero, sobre todo, en la historia del curioso impertinente (I.33-5). En este relato de inspiración italiana, Anselmo porfía en saber hasta dónde alcanza la honestidad de su esposa Camila. Para ponerla a prueba, lleva a casa a su mejor amigo, Lotario, y lo deja a solas con ella bajo el acuerdo de que le haga insinuaciones galantes. A partir del extravagante deseo de Anselmo por saber la verdad se multiplicarán las mentiras y las desgracias. En primer lugar, Lotario, debido a su gran amistad con Anselmo, no tiene corazón para poner en pie las armas de seducción acordadas; por tanto, no le queda sino mentirle sobre la fidelidad probada de Camila. Pero Anselmo, que advierte el noble engaño de Lotario, se le queja amargamente. ¿Acaso no tienen confianza dos verdaderos amigos para decírselo todo? Y le convence para que intente seducir, ahora de verdad, a Camila. Una vez Lotario se decide a poner cerco a la plaza, Camila se rinde. Pero el amor se revela más fuerte que la amistad y Lotario engaña ahora a Anselmo en la dirección contraria; su esposa, le dice, sigue firme como una roca. No queda ahí el escarnio de la verdad a ultranza: más adelante, cuando Lotario, por celos infundados ante un tercer hombre, se venga de Camila confesando a Anselmo que, en efecto, su esposa ha cedido, todos mentirán ante Anselmo para reparar la honra perdida de su mujer: la criada Leonela, Lotario y la propia Camila toman parte en una representación donde esta, tras proclamar su inocencia, pretende suicidarse con una daga ante Lotario por haber dicho falsamente que la había seducido. Una representación tan eficaz que “pareció que se habían transformado en la misma verdad de lo que fingían”. Paradójicamente, querer saber una simple verdad promueve una grande y compleja farsa colectiva ante el propio interesado: “Con esto quedó Anselmo el hombre más sabrosamente engañado que pudo haber en el mundo: él mismo llevaba por la mano a su casa, creyendo que llevaba el instrumento de su gloria, toda la perdición de su fama [...] hasta que al cabo de pocos meses volvió Fortuna su rueda [...] y a Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad”.

En ninguna historia como la del curioso impertinente, donde la pretensión de verdad lleva a la multiplicación de las mentiras, a la infidelidad, la deshonra y por fin la muerte, queda más destacado el elogio de la ignorancia y del engaño, incluyendo el autoengaño, como confirma una redondilla del propio Cervantes: “Es de vidrio la mujer / pero no se ha de probar / si se puede o no quebrar / porque todo podría ser”.

 

6. Sinceridad compartida o locura a dos

He dejado las relaciones pragmáticas de Sancho y Alonso Quijano para el final. A diferencia de los demás personajes, cuando el ingenuo Sancho conoce la insensatez de don Quijote sobre ciertas cuestiones más o menos evidentes (la naturaleza de los molinos de viento o de las manadas de carneros, la condición social de Dulcinea…), se empeña en sacar a su señor de esa insensatez empeñándose, a su vez insensatamente, en decirle la verdad. Al final Sancho aprende la lección: antes de señalar que seguirá a su amo, pues ha comido su pan y le quiere bien, reconoce en II.33 ante la duquesa: “tengo a mi señor por loco rematado”; y, aunque discreto en el hablar, “a mí se me ha asentado que es un mentecato”; por ello le ha hecho creer que Dulcinea está encantada, “no siendo más verdad que por los cerros de Úbeda”. Claro que ese saber sólo llega con el tiempo; a lo largo de la obra Sancho juzga dignos de crédito o al menos concede el beneficio de la duda a bastantes desatinos de su señor. Cree en él, y sólo por ello puede seguir a su lado siendo sincero él mismo. Si hubiera advertido desde el principio la locura de su amo, no habría salido a desfazer agravios y sinrazones con él; pero, de haberla advertido a las primeras andanzas, tendría que haberle seguido la corriente para continuar a su lado en una vecindad puramente externa. Ahora bien, la amistad tan genuina, peculiar y literariamente eficaz de los dos hombres se basa en que el amo es él mismo ante su escudero y el escudero es él mismo ante su señor. Se produce aquí una verdadera y genial folie à deux: la veracidad ilusa del señor y la ‘rústica credulidad’ de Sancho combinadas (en palabras de Cervantes, “la locura del amo y la simplicidad del criado”) constituyen la única explicación verosímil de la inquebrantable amistad entre señor y escudero; la locura del señor se desenvuelve y exterioriza más allá de los límites razonables gracias a la irrisoria franqueza del criado. El propio Sancho parece darse cuenta de ello en II.10: “Este mi amo por mil señales he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo”. Ambas credulidades explican su mutuo contento cuando Sancho tenga que gobernar la ínsula Barataria, ese “mando de burlas” que le enfrentará a todos los farsantes de la falsa isla, incluyendo al falso médico que prohíbe las viandas al gobernador Sancho en II.47 o al falso paje, “discreto y agudo” que llama a Teresa Panza “mujer del archigrandísimo gobernador” en II.50.

Resulta significativo que cada uno de ellos, señor y escudero, juzgue al otro según sus propios criterios. Don Quijote, inmerso en su propio mundo de ideales, tiene a Sancho por un igual en punto a veracidad: “Aunque tonto, eres hombre verídico”, le dice con hilarante franqueza en II.41. Suponiendo el mucho suponer de que le afectará tanto un mentís como le afectaría a él mismo, le amenaza en I.23 con llamarle mentiroso: “que si otra cosa dijeres, mentirás en ello, [...] y digo que mientes y mentirás todas las veces que lo pensares o dijeres”. Sancho, por su parte, interpreta también según su modo trapacero la locura de su amo, asegurando a su sobrina en II.2, no que su dueño lo sacó de casa con falsas ilusiones, como sucedió en realidad, sino con engañifas: “él me sacó de mi casa con engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta agora espero”. Sancho confiesa esa sospecha a su propio amo en I.25 a cuenta de la penitencia de Sierra Morena: “Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías y de alcanzar reinos e imperios, de dar ínsulas y de hacer otras mercedes y grandezas [...] debe de ser cosa de viento y mentira, y todo pastraña, o patraña, o como lo llamáremos”.

 

7. La mentira piadosa en la hora de la verdad

La mentira más triste de todas, porque no tiene éxito cuando más lo merece, porque la verdad categórica se impone con toda su crueldad e inhumana pureza, se pronuncia justamente cuando Alonso Quijano ha recuperado la razón en el lecho de muerte; en ese postrer pasaje que resulta imposible leer sin lágrimas en los ojos, Carrasco tachará de “cuentos” la súbita conciencia que Alonso adquiere de su próximo final y la lucidez al reconocer sus errores pasados: “déjese de cuentos”; y, además, le mentirá asegurándole que ya tiene escrita una égloga a fin de que levante el ánimo y deje su tristeza, a fin de que se haga también él pastor y poeta como tenían pensado con Sancho: a partir de ahora serán los pastores Pancino, Quijotiz y Carrascón. Sancho, a su vez, no dejará de intentar mentirle con una nueva salida aventurera que les permita encontrar, detrás de cualquier mata, a una Dulcinea para siempre desencantada. Es entonces cuando Alonso Quijano, quien desde su cama había permanecido en silencio en señal de respeto o indiferencia, ordena detener el curso de la piadosa farsa de Sancho y Carrasco: “Señores —dijo Don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”.

Presto ya a la última, gran verdad del vacío, de la desafección y de la muerte, Alonso el Bueno ordena que cese la función de sus amigos, pero también la representación del mundo, se reconoce cuerdo y pide disculpas a Sancho por haberlo embarcado en su iluso heroísmo: “Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo”. La tragedia del moribundo Alonso Quijano consiste en que ya no se le puede engañar. Sabe que lo engañaron mucho en el pasado por su propia causa, unas veces para aplacar su genio, otras para pasar el rato y aun otras para sacarle del error, pero ahora ya el curso de las humanas quimeras quedó atrás. La tragedia de don Quijote radica en que fue iluso cuando no debía haberlo sido (cuando la ilusión sólo podía perjudicar sus intereses) para venir a recuperar la lucidez en el preciso momento en que ya no la necesita; es más: para venir a recuperar la lucidez en el peor momento posible; cuando tanto se agradece la inconsciencia o, al menos, el autoengaño: en la hora de la verdad que vitupera y mata.

Alonso Quijano ordena a sus amigos que dejen de ofrecerle las ilusiones de la vida (“déjense burlas aparte”), pues una fría verdad se ha apoderado del aire de la alcoba para anular todas las mentiras sabrosas y plebeyas junto a sus antiguos deseos de cálida verdad y justicia vivificadora. El tozudo Sancho, que no se ha separado de la cabecera de la cama los seis días que duró la calentura de Alonso Quijano, no quiere oír esa verdad que vitupera y mata ni siquiera en boca de su amo. Quien tantas veces había pretendido sin éxito llevar a la senda del sentido común a don Quijote quiere ahora sacarlo de esa senda desolada para engañarlo en su última hora y al tiempo para engañarse a sí mismo; pensando en que recupere la ilusión de vivir, en que luche contra toda evidencia, en que se levante de la cama como un resucitado antes de tiempo, le sale como una arcada del alma la mentira verosímil del pastor Pancino: “salgamos al campo”. Ante la terrible lucidez de su amo no se atreve con la bendita, inverosímil falsedad que sin duda albergaba su corazón: “¡Volvamos al camino!”.

 

Referencias

  • Canterbury Tales, “The General Prologue”, 27-31.

  • Cervantes, Miguel. He utilizado las ediciones del Quijote de Rodríguez Marín (Madrid: Espasa-Calpe, 1967-1975) y de Francisco Rico (Barcelona: Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2004).

  • Cull, John T. “The ‘Knight of the Broken Lance’ and hist ‘Trusty Seed’: on Don Quixote and Rocinante”. Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America, 10.2 (1990): 37-53.

  • Lulio, Raimundo. Libro del orden de caballería. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1949.

  • Plinio, Epistulae, 21, 6

  • Searle, John. “The Logical Status of Fictional Discourse”. Expression and Meaning: Studies in the Theory of Speech Acts. Cambridge: Cambridge University Press, 1979.

  • Tomás de Aquino. Summa Theologica, II, 2, cuestión 110.

 

Notas

[1] He utilizado las ediciones del Quijote de Rodríguez Marín (Madrid: Espasa-Calpe, 1967-1975) y de Francisco Rico (Barcelona: Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2004).

[2] Vid. una exhaustiva y casi agotadora lista de estos ardientes prosecutores en Riquer, Martín de, “El Quijote”, p. 754, Diccionario literario Bompiani, Barcelona: Hora, 1992, vol. VIII, pp. 717-756.

[3] Conviene recordar que, por una especie de broma involuntaria de la lengua, la tradición anglosajona denomina “the scene of the Inquisition of the Books” a nuestra escena del escrutinio y quema de los libros.

 

[Fuente: Miguel Catalán González. “La mentira en el Quijote”. Se publicó originalmente en la revista República de las letras, IX (diciembre de 2005), pp. 174-191].

 

 

© José Luis Gómez-Martínez
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