Raimon
Panikkar
"La mirada
contemplativa"
"Mirar a los pájaros del cielo, observad los lirios del campo",
dijo el Maestro de Nazareth. Filósofos y teólogos de todas
clases han reflexionado acerca del origen o autor de los lirios,
pero para ellos pasaron inadvertidos los lirios. Científicos e
investigadores de todo tipo han considerado los componentes y
funciones de los lirios, pero olvidaron los lirios. Políticos y
economistas de todo género han buscado los posibles usos de las
flores. Amantes y adoradores los han encontrado para ponerlos a
los pies de un altar o en el pecho del amado. Artistas y gente
común miran la belleza de los lirios y se esfuerzan por
descubrir o delimitar su forma o al menos oler su fragancia.
Nosotros hemos sido educados para usar intermediarios, pare ser
consumidores de todas las cosas, incluidos los lirios, y sólo
somos capaces o nos interesamos momentáneamente en analizarlos o
comentarlos como buenos periodistas, de tal modo que, más tarde,
bien nosotros mismos u otros puedan aprovecharse de nuestros
experimentos. Si la mayoría de nuestros contemporáneos hubieran
sido testigos, dicen de los sucesos de Belén o del Cenáculo,
hubiéramos tenido muchísimas mas fotografías, pero no hubiéramos
experimentado esos sucesos.
Los creyentes modernos, todavía se quejan de que los
Evangelistas, por ejemplo, fueron demasiado sobrios al describir
los hechos de la vida de Jesús. San José debería haber tenido
una pequeña cámara y una grabadora escondida, entonces nosotros
hubiéramos realmente "sabido".
El
ciudadano moderno medio cree hoy que el Hombre "conoce" casi
todas las cosas sobre los lirios, su vida sexual por supuesto,
la química de su color, la función del polen, los tipos de
variedades, su valor en el mercado, sus usos simbólicos, su
metabolismo con la tierra y ¿cuántas cosas más?
Sin embargo los lirios son. No lo que ellos son "allí", porque
ellos son también "aquí", no lo que fueron (quizás menos
contaminados en la época en que el joven rabino nos dijo que los
observáramos) porque los lirios son también ahora. Observar a
los lirios no es mirarlos fijamente aquí o allí, ahora, antes o
después. Conocer los lirios es más que situarlos en el espacio o
en el tiempo o analizar sus funciones y pares. Conocer es más
que clasificar y que ser capaces de predecir comportamientos.
Para ser precisos, las escrituras nos dicen que miremos a los
pájaros, que tengamos en cuenta a los cuervos y a los lirios y
que de nuevo observemos lirios (Mateo 6:26f. Lucas, 12:24f.).
Este no es el lugar para una exégesis literaria. Los tres verbos
convergen en el mismo significado: Contemplar los pájaros y los
lirios.
Mirar a los pájaros en el cielo, es verlos volar. Uno recuerda
aquellos versos de Acharya Atisa, el gran sabio budista de la
tradición Mahayana en el siglo XI, que decía que un pájaro sin
sus alas desplegadas no puede volar hacia el cielo de igual
forma que un hombre cuya sabiduría primordial no haya sido
desplegada, no podrá contribuir al bienestar de mundo. (Bodhi-patha-pradipa,
35-6) mirar a los pájaros es volar con ellos. Contemplar es la
actividad holística indivisible, la cual nosotros continuamente
dividimos en teoría y práctica.
Contemplar los lirios no es considerar como crecen y sacar la
conclusión de que nosotros no debemos trabajar. No es cogerlos
como un mero ejemplo. Deshacerse de toda ansiedad, puede ser la
consecuencia de mirar los lirios, pero mirarlos es un acto aún
más esencial. Nosotros no miramos realmente los lirios, si lo
hacemos para vencer la ansiedad. Nosotros necesitamos estar ya
en calma ("morando en la calma" como dicen los budistas).
La requerida no-ansiedad, para observar debidamente los lirios y
mirar a los pájaros.
Realmente mirar los lirios es conocerlos, lo que únicamente es
posible si nosotros somos libres, no sólo de los prejuicios,
sino también de todas las otras cosas que puedan perturbar
nuestra mente. En un lenguaje tradicional nosotros sólo podemos
conocer verdaderamente si nuestro espíritu es puro, si está
vacío. Sólo la vacuidad hace las cosas transparentes y cede
espacio a la libertad. "El corazón de la iluminación es el
espacio" dijo Santideva, otro santo budista del siglo XVIII
(como es citado en el ya mencionado Atisa).
Conocer los lirios, es llegar a ser lirio -no como consecuencia
de una transfiguración- desde luego. Esto no es posible si
nosotros tenemos miedo de perder nuestra identidad al
convertirnos solamente en una planta, aún siendo una bonita
flor. Nosotros somos más que flores como el texto nos recuerda.
No estamos hablando de una "participación mística" romántica o
de una identificación amorfa antes de la lógica. Cuanto más
somos el otro más somos nosotros mismos. Amar al vecino como a
uno mismo, no es el tratamiento amable que se le da al vecino
como a otro yo. Para estar seguros nosotros no queremos dejar de
ser nosotros mismos y ser convertidos en un lirio. Pero para ser
nuestro ser verdadero debemos trascender nuestro ego y llegar a
ser también lirios. Esto es, llegar a ser lo que todavía no
somos. Este sobrepasar nuestros límites, tiene designación
filosófica de trascendencia y el simple nombre de amor.
El amor está en la raíz del entendimiento. Este es un
descubrimiento que la mayoría de las tradiciones han hecho. Amor
no es estar catapultado hacia lo amado. Sin conocimiento existe
el peligro de la alienación, no es verdadero amor. Pero conocer
sin amor no es verdadero conocimiento. Sólo es coger,
aprehender, apropiarse, en definitiva un robo, un saqueo. La
Ecosofía debería "saber" esto.
Conocer de verdad es llegar a ser la cosa conocida sin
dejar de ser lo que uno es, "llegar a ser" no es
solamente cambio, no es un movimiento de lo que somos a lo que
deberíamos ser. Llegar a ser es el verdadero crecimiento
del ser -siendo-. Es el verdadero ritmo de la realidad. Tener en
cuenta que los lirios crecen es dejarlos crecer tanto hacia
dentro como hacia fuera, en los campos de la tierra y de igual
forma en el campo de nuestra conciencia y en el reino divino.
Para conocer los lirios tenemos que estar con ellos. Esto es
experiencia. Necesitamos mirarlos más ampliamente. Esto es
observación. No necesitamos arrancarlos, hacer violencia con
ellos. Esto es un experimento.
La experiencia permite que los lirios crezcan en mí, la
observación me deja crecer en los lirios, experimentar es
explorar el crecimiento de los lirios cualquiera que sea el uso
que nosotros creamos que deban tener. Lo primero tiene que
seguir el ritmo de la naturaleza, lo segundo nuestro ritmo, lo
tercero precisa incluirla aceleración y ello tienen que romper
el ritmo. No hay tiempo que perder. Existe un inamovible sentido
de la urgencia. La vida es sentida como una labor urgente (hacer
algo) no necesariamente como un acto importante (ser).
La visión de la Realidad es la visión que la Realidad tiene en
nosotros, es llegar a ser real. Este es el acto humano, ser un
partícipe en el mundo creativo como los Vedas nos
recuerdan (RVI, 164, 37). La visión de la realidad no son
nuestras nuevas o viejas perspectivas acerca de lo real, sino la
visión que la Realidad misma revela en mí.
Cuanto más puro y vacío esté, mayor será la visión, menos
distorsionada la imagen. Nosotros somos espejos de la totalidad.
Esta es la específica dignidad del Hombre, dijeron los
escolásticos cristianos, ser capaz de especular, es decir, ser
un espejo de lo Real.
Pero el texto no olvida mencionar en su contexto, los pájaros
del cielo, las flores del campo. El cielo y el campo forman el
contexto de nuestra visión contemplativa. No hay pájaros o
lirios como tales -no sólo en mí- por supuesto. El cielo y el
campo son os mediadores de nuestra visión, no son los
intermediarios. Pájaro y cielo, lirio y campo se pertenecen
conjuntamente. No hay pájaro sin cielo ni lirio sin campo y
viceversa, no hay cielo o campo sin "algo" dentro. Una visión
holística diferencia pero no separa. Ahora bien, hay un
esplendor en sí mismo de la Realidad, el svayamprakasa de
la tradición hindú. La visión entonces no es ya un dibujo
objetivo o una visión subjetiva. La visión es invisible, como la
luz que ilumina, pero es oscuridad en el aislamiento. Benditos
son aquellos que han alcanzado la infinita ignorancia (III
Centuria, 88) dice Evagrius Pontius, otro sabio de la
tradición del Oeste.
La contemplación no está ciega, pero no es meramente una visión,
un testigo. Es también acción. Es la construcción del templo en
el cual se realiza la Realidad. Nosotros somos espectadores,
actores y autores de la realidad, no cuando estamos solos,
aislados, sino cuando somos todos uno, integrados. Un camino
hacia esta integración y un resultado de la misma (el upaya
anupaya, el camino sin camino, el no hacer nada
especial del Sivaismo de Cachemira) es mirar los pájaros y
observar los lirios.
“La rosa existe sin por qué ni motivo: florece porque florece.
No es consciente de sí misma, no se pregunta si es mirada” (Angelus
Silesius).
[Fuente:
Raimundo
Panikkar.
Viveka, 34 (1993), 10-16]
© José Luis Gómez-Martínez
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