Juan Carlos Dido
"EL ENSAYO Y LA IDENTIDAD
ARGENTINA"
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Itinerario
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La visión con rayos X
(Martínez Estrada)
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Una historia apasionada
(Mallea)
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El vivo y el zonzo (Mafud
y Jauretche)
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Sentir y pensar la
Argentina (Massuh e Isaacson)
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Otros itinerarios
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El rostro difuso
ITINERARIO
Todo ensayo es, por
añadidura, un libro de viajes por rutas interiores. Cuando la
indagación pregunta por la inserción de la persona en la
compleja conjunción de fuerzas que llamamos Patria, el ensayo se
convierte en un documento testimonial. El rastreo se vuelca en
una carta topográfica que va diseñando el ensayista y adquiere
la figura de un rostro. Es el mismo rostro del autor, que iba
buscando sus raíces y dibujó el autorretrato. Y en la figura,
descubrimos semejanzas con nuestra propia fisonomía. Allí
estamos. Se ha transformado en la voz colectiva, que suena como
un coro en el que descubrimos el rumor de nuestra garganta. Y
comprobamos que nosotros, viajeros silenciosos durante el
laborioso trayecto, compartimos la voz prodigiosa, el verbo
fundante del ensayista. Y comprobamos que nosotros, cada uno y
todos, hemos sido el territorio de la búsqueda.
LA VISIÓN CON RAYOS X
La aparición de
Radiografía de la Pampa,
en 1933, constituyó un cambio profundo de su autor, Ezequiel
Martínez Estrada. Hasta entonces había publicado colecciones de
poemas y algunos relatos. Cuando calló su voz poética, en 1930,
no hubo alarma ni escándalo en el mundo literario. Cayó como
poeta. Regresó como prosista. Encontró en el ensayo la forma
capaz de contener y expresar su canto. Su regreso no pasó
inadvertido. Después de tres años, volvió con una proclama.
Retornó como un guerrero que ha dado su batalla y viene a contar
los incidentes de la lucha.
En el título,
Martínez Estrada anuncia su punto de observación y sus elementos
de diagnóstico. Toma a la Argentina como un cuerpo sometido al
análisis. La realidad geográfica se le impone como un hecho
dominante y poderoso: la pampa actúa como naturaleza primaria y
condicionante. En este sentido, retoma el principio de
Sarmiento, al reconocer en le extensión el mal fundamental de la
Argentina. El ensayista asume la función de radiólogo literario
para penetrar en la estructura interna de ese cuerpo-símbolo que
es el país. La radiografía no es un documento irrefutable, sino
un instrumento que privilegia el punto de vista, pero exige un
estudio más riesgoso. La imagen codificada de la radiografía
requiere la intervención del intérprete que descifre el código
para que esa realidad se torne accesible.
El autor formula un
esquema básico que enmarca sus observaciones. Entiende que los
conquistadores de América no vieron la realidad nueva en la que
se sumían por obra de un imprevisto e insospechado error. Esa
ceguera inicial quedó como modo permanente de enfrentarse con el
mundo y se transmitió en herencia a todas las generaciones, que
llevan desde entonces la carga ancestral sin conseguir apartarla
del subconsciente. Nuestros antepasados vieron por debajo y por
encima de la realidad, que borró su perfil disuelta en la doble
visión deformante. Se negaron a reconocer las condiciones
objetivas que presentaba el mundo que tenían delante. Vieron,
por un lado, una infrarrealidad, apenas algo más que nada; seres
menos que humanos, valores incomprensibles, naturaleza hostil.
Por otra parte, instalaron una suprarrealidad, porque los
viajeros venían cargados de sueños, una inagotable bodega de
fantasías. Entre ambos niveles, la realidad ocultaba su poder.
Desde las profundidades de la conciencia, la realidad pujará por
surgir a la superficie, doblegando al ensueño –suprarrealidad– y
a la desesperanza –infrarrealidad– que dominan nuestros gestos y
nuestras rutinas.
A partir del error
inicial, se crea en América una historia artificial,
falsificada. Porque la historia la hace el hombre en relación
con la tierra. Los dos son protagonistas solidarios y juntos
entrelazan un destino. El hombre solo no hace historia ni
civilización; a lo sumo acumula cierta experiencia. La tierra
sola no produce historia. Apenas fenómenos naturales. El vínculo
se vuelve históricamente fructífero cuando se asocian en
condiciones provechosas de integración. En la interpretación de
Martínez Estrada, la naturaleza argentina predominante, la
pampa, impone sus condicionamientos, quitándole toda posibilidad
de trascendencia a la presencia humana:
“No en todos los
lugares que el hombre habita se produce historia, aunque
sucede algo semejante a lo que la historia propiamente dicha
ha conservado en sus páginas y monumentos. La inhistoricidad
del paisaje, la enorme superioridad de la naturaleza sobre
el habitante y las fuerzas del ambiente sobre la voluntad,
hacen aflorar el hecho con la particularidad del gesto sin
responsabilidad, sin genealogía y sin prole. Técnicamente,
en estas regiones no hubo nadie ni pasó nada.”
De tal desvinculación entre
el hombre y la tierra no puede surgir sino un sentimiento de
profunda soledad. La soledad por ausencia e lazos cordial
constituye, paradójicamente, el nexo entre el individuo y el
paisaje. Pero es una unión fatal:
“La soledad que se abre
en el alma como una congoja inmotivada y quita el interior
humano al espectáculo de la belleza panorámica es la falta
de historia. Sobre este suelo sin pasado humano somos los
primeros pobladores del mundo.”
La desligazón
hombre-paisaje, causa remota del desarraigo, no es elemento
adquirido en la existencia personal. Martínez Estrada sostiene
que es componente genético que heredamos de los primeros
conquistadores. El pesimismo esencial de Martínez Estrada está
basado en una serie de dicotomías. En este aspecto, fundamental
en la visión del ensayista, persiste en la línea sarmientina de
civilización y barbarie. Los polos de Martínez Estrada son:
infrarrealidad y suprarrealidad; hombre y naturaleza; sueño y
frustración; promesa y falsedad.
UNA HISTORIA APASIONADA
Martínez Estrada se instala
en una perspectiva espacial para el análisis. Eduardo Mallea
elige la visión temporal. En aquel, la amplitud del espacio es
la sustancia que impregna el mundo natural y humano. En Mallea,
el tiempo, revelado en experiencia, en maduración, en espera, es
el que define la realidad. El tiempo histórico no es para él
mero transcurso cronológico que deja sus huellas para la
posteridad. Se trata de un tiempo y una historia interpretados
como vivencia personal. Mallea procura encontrar la Historia en
la historia particular de su pasión. Hay en él una actitud
inicial emotiva. A medida que avanza en su experiencia, se
vuelve un acto racional sobre el propio sentimiento. Pero no
analiza un aspecto emocional de su ser. Una vez entregado al
sentimiento, ya no es el autor el que tiene en su poder un
sentimiento y lo observa. El sentimiento es el ámbito global y
Mallea es su ocupante. Hay un sentimiento enorme, confuso.
Mallea es el invasor, un navegante apasionado de ese sentimiento
que anota en su bitácora el derrotero y somete a su intelecto
ordenador el escenario oscuro, revuelto, de su travesía,
esporádicamente cruzada por claridades de relámpagos que lo
vuelven discernible. En el mar navegado queda una imborrable
estela de dolor, pero desde la cubierta, el navegante vislumbra
el porvenir y su mirada tensa cruza, desde atrás, el mascarón de
proa, que tiene la forma de la esperanza.
Tres años separan
Historia de una pasión argentina, de
Eduardo Mallea, de Radiografía de la Pampa. La distancia
del calendario es insignificante. La distancia espiritual es
gigantesca. La esperanza corona la marcha de Mallea. Martínez
Estrada realiza un viaje de ida al infierno, a nuestro infierno,
y allí nos deja para que salgamos. Mallea testifica acerca de su
travesía, sin mostrarla como calamidad, y nos asegura el
regreso. Con aquel bajamos soportando la resignación de los
condenados. Con este, descendemos para poder subir
posteriormente. La trayectoria de Mallea va acumulando energía
cinética en el descenso para tener en la profundidad el impulso
que nos permitirá ascender y terminar más alto que el punto del
comienzo.
La evidencia fundamental
que percibe Mallea es la coexistencia de dos argentinas: una
visible y otra invisible; una superficial y otra profunda. El
primer anuncio de la dualidad tiene una expresión simplista:
asimila el país visible a la geografía urbana, y el invisible al
ámbito rural. Pero esta división esquemática es la intuición
primera, que orienta el rumbo de la búsqueda posterior. Mallea
define a la Argentina visible como el territorio de la
representación. Cuando menciona la llegada de las legiones de
inmigrantes, dice que “su contacto se producía con esos hombre
que ‘representaban’ a la Argentina”. Y especifica:
“La peor, la más
nociva, la más condenada de todas las personas actuantes en
la superficie de la Argentina es la persona que ha
sustituido su vivir por un representar.”
En el concepto de Mallea,
la representación se opone a la esencia. Representar es lo
contrario de ser. Es una apariencia que no se corresponde con la
verdad, sino que la disfraza para que permanezca oculta. Se
trata de aparentar para despistar, para cerrar los accesos a la
realidad. En el plano de la apariencia, uno evita enfrentarse
consigo mismo y se calza una armadura que impide a los demás
ingresar en el espacio humano propio. Conocedores del truco,
nosotros siempre desconfiamos de las apariencias. Los antiguos
reclamaban la correspondencia entre el ser y el parecer. El
postula válido para el argentino visible que: “hay que parecer
sin ser”. Mallea describe a estos argentinos visibles,
representadores:
“De ellos recibimos,
con triste frecuencia, gobierno, voz, magisterio, proclamas
y con lo que ellos digan nosotros debemos contentarnos
todos. Falsos espíritus, falsos emersonianos, pragmatistas
peregrinos, disertadores enfáticos todos, concilian muchos
de ellos en forma extraña un nacionalismo de expresión
violenta y solemne con la gestión in situ de fuertes
empresas capitalistas extranjeras.”
Mallea denuncia el fraude
de quienes representan una Argentina visible para que nadie
descubra su esencia; destruye con ese gesto las prebendas con
las que ellos construyen su existencia falsificada. La única
arma que puede defenderlo del contagio malsano es la soledad,
que se logra mediante el apartamiento de ese mundo de
exteriorizaciones y el compromiso con la propia interioridad. La
experiencia de la soledad lo enfrenta consigo mismo y le permite
presentir una comunidad de solitarios o de soledades, reducto de
la conciencia en el que uno puede mirarse tal cual es, sin
disfraces ni artimañas, y puede cruzar miradas con los otros
iguales, para encontrarse en la realidad esencial de su persona
y en la relación franca de ser a ser. Están dadas, entonces, las
condiciones para descubrir la otra Argentina y su habitante:
“Había que mirar con
otros ojos, más fidedignos, más difíciles, más profundos
para ver la otra forma considerablemente más consistente,
incalculablemente más consistente, incalculablemente más
íntegra en su resistencia de cuerpo y moral: la forma
interior de este pueblo, la Argentina invisible.”
Para Mallea, la Argentina
invisible, que resume los valores del ser nacional, está en el
interior. No obstante, advierte que esa identificación
simplista, en lugar de claridad puede ocasionar confusión.
Porque su dualismo de argentinas no consiste en establecer una
separación de áreas geográficas, adjudicando a una las virtudes
y a otra los defectos. La intuición primera le abre camino hacia
la identificación del argentino auténtico, que es aquel formado
e integrado con su naturaleza y que es más fácilmente detectable
alejado de las grandes ciudades:
“La diferencia estriba
en que existe un hombre cuya fisonomía moral es el de las
grandes ciudades y otro cuya fisonomía moral es el de
nuestra naturaleza no desvirtuada, de nuestra naturaleza
natural.”
Mallea reconoce en el
argentino invisible una serie de virtudes. Esas cualidades
definen al argentino auténtico. ¿Se trata de un ser real, de
carne, hueso y espíritu que reúne en su individualidad la
existencia profunda la una persona fundida con su tierra?
¿Tienen tales virtudes, en su unidad completa, alguna
posibilidad de encarnadura en alguien que pueda ser un prócer
glorioso o un vecino anónimo?
“...continente grave
sin solemnidad; silencioso sin resentimiento; alegre sin
énfasis; activo sin angurria; hospitalario sin cálculo de
trueque, naturalmente pródigo; amigo de los astros, las
plantas, el sol, la lluvia y la intemperie; pronto a la
amistad, difícil a la discordia; humanamente solidario hasta
el más inesperado y repentino sacrificio; lleno de exactas
presciencias y zumos de sabiduría; simple sin alarde de
letras; justo de fondo, más amigo del bien directo, de la
ecuanimidad de corazón que del prejuicio teorizador; viril,
templado en su vehemencia, tan morigerado en la vida
–morigerado en su codicia- que no le espanta con su ademán
la muerte pues nada le arrebata que él no haya ofrecido
antes con humana dignidad...”
¿No es posible que,
arrastrado por su pasión, Mallea haya caído en una actitud
retórica y haya creado un tipo estético, una hermosa imagen
literaria a propósito de una idea de hombre, pero que es una
figura imaginaria, no el hallazgo de la apasionadamente buscada?
El riesgo es real. Y el compromiso más serio del ensayista es
avalar con su propio testimonio de vida el alcance de su
opinión. Él es el criterio de verdad. Mallea es la única
garantía.
Para ahondar en la
identidad, Mallea también debió partir en dos a la Argentina y a
los argentinos. Su visión consigue retratar una identidad que
considera verdadera. Pero es resultado de la partición. El corte
que practica parece una cesárea fructífera y vivificante. No
deja por eso de ser una ruptura que reinstala la dualidad.
EL VIVO Y EL ZONZO
“El vivo vive del zonzo y
el zonzo de su trabajo”, dice el refrán, seguramente inventado
por uno de los vivos que quiso poner en claro cuál es el
objetivo de su existencia. Lo cierto es que uno y otro
constituyen dos modelos de la tipología argentina y cada uno
define una perspectiva cultural: la de la viveza y la de la
zoncera.
En 1965, Julio Mafud
publica Psicología de la viveza criolla,
obra en la que propone caracterizar la personalidad básica, el
carácter nacional o la sociedad global en el ámbito argentino,
según las expresiones elegidas por el autor. Para ello describe
un conjunto de rasgos distintivos a los que asigna distinta
importancia. Los básicos son dos: el desarraigo en lo social, la
viveza en lo individual. Dos factores que configuran anverso y
reverso de un mismo fenómeno. Mafud atribuye el desarraigo,
principalmente, a la situación de las masas argentinas:
“Dejando aparte otros
factores que producen desarraigo, hay uno en el proceso
argentino que es decisivo: la marginalidad de las masas. Las
masas en todas las situaciones argentinas de crisis parecen
acumular una fuerza psicológica explosiva latente o
subyacente que tiende a aflorar con permanencia cuando se
les excluye y se les margina.”
Entre los efectos que
provoca la personalidad desarraigada están el afán de lucro, la
indiferencia, la falta de responsabilidad. Falta en la persona
el lazo estrecho que determina su pertenencia a un conjunto en
el que encuentra un eco, una resonancia que la ayuda a reconocer
su identidad, a expresarla y a aceptar las otras en franca
convivencia para desarrollar el espacio social común. El
desarraigo afecta a toda la persona en relación con el entorno
social. El cuerpo, la mente y el espíritu están alcanzados por
la experiencia. Faltan los contactos unitivos. Los cuerpos se
rozan, se tocan, pero están sueltos, no se necesitan ni se
extrañan. Hay barreras invisibles que dificultan o impiden los
vínculos que podrían consolidar un recíproco anclaje solidario.
Entiende el autor que el afán de lucro compensa engañosamente el
sentimiento de desarraigo, mediante una seguridad frente a las
contingencias, mediante la afirmación de la individualidad que
crea la sensación de que uno está bien plantado en su sitio.
Si el afán de lucro es el
efecto primordial del desarraigo, la viveza es la actitud
primordial que provoca en el individuo. Es el arma que
desarrolla el desarraigado para contrarrestar la angustia, la
soledad, el aislamiento, los miedos. La viveza es un negocio que
le permite al vivo existir en permanente actividad de lucro, en
su más amplio sentido: con esa herramienta se dedica a sacar
rédito de todo.
“Las comodidades y el
confort ya están preparados para recibirlo. Los anhelos, las
ansias o esperanzas se apelotonan a su alrededor. Su madre
que lo incuba ya lo comienza a mimar con sus alimentos y
ejercicios. Lo acaricia desde adentro en su prehistoria
fetal. Le anticipa el nuevo mundo de holgura y facilidad. El
padre piensa en él y ya lo quiere hombre. Es decir: macho.
En una palabra: el vivo nace coronado.”
Para él no existe más
virtud que la viveza. Todo acto destinado a poner de manifiesto
que él es un vivo estará justificado de antemano. Está siempre
por encima de los demás, con los que únicamente puede establecer
la relación de victimario a víctima. El propósito que lo
estimula para su actividad social es exclusivamente demostrar
que su viveza le permite someter a los que no son tan vivos como
él, y que puede sacar beneficios aun de las circunstancias más
adversas.
La autoestima que el vivo
se prodiga no se debe sólo a la sobrevaloración personal. Es
también consecuencia del coro de beneplácito que le da la
sociedad, que aplaude sus proezas. La viveza tiene, entre
nosotros, valor positivo, de virtud. Por eso actúa impunemente,
porque los que no son tan vivos adhieren a su triunfo mediante
el elogia y comparten con él la satisfacción de lastimar o
destruir a la víctima más débil del conjunto. El vivo no forma
una clase social. Se lo encuentra en todo nivel y en cualquier
oficio o profesión.
En el otro platillo de la
balanza está el zonzo. Si bien su existencia es tan antigua como
la del vivo, el descubrimiento y la presentación en la sociedad
argentina se deben a Arturo Jauretche, en su libro Manual de
zonceras argentinas, de 1968. La
primera diferencia que Jauretche establece entre el vivo y el
zonzo es la amplitud de miras:
“...somos inteligentes
para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y
no cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las
que hacen a la colectividad y de las cuales en definitiva
resulta que sea útil o no aquella viveza de ojo.”
Viveza y zoncera son
conceptos y actitudes opuestas, como el vivo y el zonzo son
personajes antagónicos. Sin embargo, ideas y figuras se asemejan
en el carácter negativo y desalentador que tienen para la
sociedad. Un punto en que esos polos se tocan está en el origen
y en el uso de la zoncera. Surge como el pensamiento de un vivo
y son los vivos quienes la emplean para lograr propósitos
particulares. Se plantea como una tesis a priori, que no
necesita demostración y, en consecuencia, tampoco promueve
refutación, aunque la visión crítica descubriría pronto sus
flaquezas dialécticas ocultas en su trama retórica:
“Su fuerza no está en
el arte de la argumentación. Simplemente excluyen la
argumentación actuando dogmáticamente mediante un axioma
introducido en la inteligencia –que sirve de premisa- y su
eficacia no depende, por lo tanto, de la habilidad en la
discusión como de que no haya discusión. Porque en cuanto el
zonzo analiza la zoncera deja de ser zonzo.”
La zoncera y la viveza
integran nuestra personalidad básica. Mafud no vio la doble faz
del mismo rostro. Jauretche encontró la contracara de la viveza.
Hay individuos que son una de las dos cosas: vivos o zonzos. Hay
otros que son a la vez ambas cosas. La superioridad de la viveza
consiste en que hace aparecer a la zoncera como una avivada, y
entonces el zonzo se cree “piola”, con lo cual refuerza su
zoncera. El vivo no quiere ni puede librarse de su condición. En
el ejercicio de la viveza, refuerza su reputación y consolida
sus méritos. El zonzo puede librarse de la zoncera y plantarse
frente a la realidad. En la base de la zoncera, el autor
considera que existe una ofensa a la patria. Aun en las de
apariencia más ingenua, encuentra un descrédito de lo propio a
favor injustificado de lo ajeno. De este modo la zoncera origina
una cultura extraña, que disfraza la identidad.
SENTIR Y PENSAR LA ARGENTINA
Cuando Víctor Massuh
publica La Argentina como sentimiento,
en 1982, el país parece entrar de golpe en la historia mundial,
sin estar preparado para que el mundo volviera la mirada hacia
su geografía, su historia, su sociedad y su sistema político. De
pronto, fue el epicentro de la atención mundial y tuvo la grave
sensación de balancearse en equilibrio inseguro como el fiel de
la balanza que no encuentra el punto inmóvil porque cada
platillo empuja para su lado. La guerra de las Malvinas desnudó
con crueldad la situación en que se encontraba el país en sus
diversos órdenes. Todo estaba podrido. Y el hedor resultó
insoportable. Hasta ese momento, el país era un ornamento, una
pura apariencia de imágenes positivas cuyo trasfondo no convenía
ni se permitía averiguar. Era un gigantesco disfraz con aspecto
de uniforme que sólo dejaba ver lo exterior, los ademanes
convencionales, los ritos artificiosos. Se invirtieron los
términos de Mallea y la Argentina visible se impuso como la
verdadera. La Argentina falsificada se presentó y se instauró
como la auténtica. La obtención del campeonato mundial de fútbol
en 1978 fue la culminación de esa impostura. El régimen militar
estimuló la metonimia para que el torneo no se limitara
estrictamente al aspecto deportivo, sino que se extendiera a
todo lo argentino. Éramos campeones del mundo en fútbol, lo cual
demostraba que también lo éramos en muchas otras cosas.
Campeones del mundo en todo... y también en la guerra.
Pero la guerra de las
Malvinas nos arrebató el campeonato. Fue el sopapo que recibe el
payaso y le arranca las máscaras y las pinturas, dejando
expuesto su verdadero rostro. Entonces nos dimos cuenta de que,
en el mundial de fútbol y en la guerra de las Malvinas, los
grupos militares, económicos y políticos que detentaban el poder
habían manipulado nuestros auténticos sentimientos. Como el
médico le pega a la criatura recién nacida, que ingresa con el
llanto a una nueva realidad, así ingresamos a un mundo doloroso,
destruido, manchado. Fue un alumbramiento, un dolor con
esperanza, porque la realidad manifiesta agitó conciencias y
movilizó las fuerzas populares a favor de un proceso democrático
que nos rescatara de tanta frustración, tanta mentira y tanta
muerte.
La Argentina como
sentimiento aparece en un tiempo
colmado de estímulos para preguntarse por el sentido de la
existencia como nación, por los valores que todavía quedaban en
la base de la nacionalidad y por la relación del ciudadano con
su patria, conmovida hasta los cimientos por una crisis de
gravedad insospechada. Tiempo propicio para que los espíritus
reflexionaran sobre el ser de esta Argentina sacudida y
temblorosa y sobre sus confundidos habitantes. Eso intenta
Massuh. Su libro actuó como un acicate para que otro escritor,
motivado directamente en aquel texto, redactara aceleradamente
el suyo, a fin de responder las apreciaciones de Massuh con
observaciones y juicios que corregían las fallas que, a su
criterio, había cometido, y para plantear una visión distinta
del país. En La Argentina como pensamiento,
publicada a los pocos meses de la aparición del libro de Massuh,
José Isaacson procura aportar elementos más racionales para
comprender los aspectos sobresalientes de la Argentina. El
sentimiento solo no basta, porque no llega a las causas.
Isaacson intenta una concepción integral: pensar sobre el
sentimiento y sentir sobre el pensamiento.
Massuh enumera bienes y
males de la Argentina y expone tres dicotomías que resumen el
problema de la cultura y la identidad argentinas:
-
Lo vernáculo y lo
europeo, que componen los aspectos de población,
europeización e inmigración.
-
El poder caudillesco y
el intelectualista, que agrupa al populismo, a los
intelectuales, a los dirigentes.
-
Mayorías y minorías,
que conjugan a todos los elementos anteriores.
El planteo dicotómico lo
aproxima a Mallea. Como él, declara la existencia de dos
argentinas que se presentan como la coexistencia de dos almas:
“Se diría que el
argentino está habitado por dos almas: la que se recuesta en
el fracaso y allí se adormece, y la que se empeña en suplir
las carencias con reservas insospechadas, con ingenio y
sentido de aventura.”
[...]
“Sé bien que estas dos almas habitan en un solo cuerpo, que
acaso son una sola, o que una es el alimento de la otra. Por
momentos pareciera que el argentino necesita convivir con
estas dos dimensiones para sentirse verdaderamente instalado
en su tierra.”
Al refutar a Massuh, José
Isaacson confiere preeminencia al pensar, aunque no desconoce el
valor del sentimiento:
“Sin el sentimiento
raigal hacia mi patria no me hubiera detenido a pensar sobre
ella. Me interesa poner de manifiesto que para mejor
quererla debo pensarla.”
No hay pensamiento sin
intervención de la sensibilidad, ni sentimiento sin
participación intelectual. Es legítimo el punto de partida de
Isaacson, que declara la necesidad de tener claro el pensamiento
sobre el país para que el sentimiento se exprese sin tropiezos,
Toma el libro de Massuh como motivación de sus reflexiones y se
presenta como un observador dispuesto a denunciar los errores en
donde crea que se anidan. No descarta la mirada interior para
descubrir y describir nuestros modos de ser y actuar. Pero su
posición se apoya en el reconocimiento de que los problemas no
están dentro de nosotros mismos, sino que son el resultado de
factores estructurales definidos que obran mediante agentes
identificables. Nuestros fantasmas tienen nombre e Isaacson
intenta reconocerlos. Después de Martínez Estrada y Jauretche,
es el que denuncia más resueltamente las estructuras
institucionales como factores determinantes de las condiciones
de vida de una nación. En Martínez Estrada estos factores
operaban como fuerzas ciegas y desde las sombras. En Jauretche
se organizaban como retórica social de la zoncera. En Isaacson
actúan como producto de la voluntad individual o colectiva. Las
circunstancias surgen del ejercicio del poder en los distintos
niveles.
“Esto no es así por
fatal decisión de un ‘fatum’ irreparable; más bien es el
resultado de la creciente corrupción impulsada por los
factores de presión que todo lo deciden, lo saber, lo
comprenden, y del saber público.”
El autor rechaza la idea de
las dos argentinas, presente en Mallea y Massuh, entre otros
ensayistas, y exhorta a develar con valentía la realidad
nacional para favorecer el crecimiento en comunidad:
“Debemos aproximarnos a
la Argentina real, la única que existe, exponer sus
contradicciones, dejar de lado los oportunismos y bucear en
las razones profundas que impiden el despegue nacional. Esta
actitud exige valentía, pues razonar el país pondrá al
descubierto estructuras supérstites que es imprescindible
transformar.”
OTROS ITINERARIOS
Diferentes rumbos siguieron
las indagaciones de otros ensayistas. En El ensueño argentino
(1985) Carlos Alberto Loprete distingue la Argentina atlántica y
la mediterránea. Para Marco Denevi, la Argentina es La
República de Trapalanda (1989) donde vive un pueblo
adolescente. Desde un mirador nacionalista, Marcelo Sánchez
Sorondo, en La Argentina por dentro (1990), considera que
el país se fue definiendo como resultado del juego dinámico de
las energías que ponen en movimiento las personalidades de
cierto genio. Un país de novela, de Marcos Aguinis,
propone que el argentino es una persona habitada por la
contradicción, hecho que no le preocupa demasiado. El autor no
profundiza sobre el tema en su más reciente El atroz encanto
de ser argentinos, limitado a la anécdota y al recorte
periodístico.
EL ROSTRO DIFUSO
El ensayo argentino
representa una búsqueda intensa y continua para construir y
retratar el rostro del argentino. Tal actitud de los ensayistas
implica que todavía desconocemos cuál es nuestra identidad.
Pocas cuestiones quedan claras:
-
Todos los ensayistas
que indagan en el ser nacional piensan en el varón, indicio
de un machismo generalizado.
-
Domina una dualidad
expresada de diferentes modos, reveladora de una
personalidad partida.
-
La inmadurez social se
filtra por los poros de los individuos y los grupos,
incapaces de conformar una comunidad.
-
Fuerzas poderosas,
telúricas y estructurales, resisten el afianzamiento de la
identidad.
Los ensayistas nos proveen
un identikit inconcluso. ¿Será esta condición parte de la
respuesta? ¿Seremos los argentinos seres incompletos inmersos en
una cultura provisional?
Fuentes de las citas
-
ISAACSON, José (1983): La Argentina como
pensamiento, Buenos Aires, Plus Ultra.
-
JAURETCHE, Arturo (1979): Manual de
zonzeras argentinas, Buenos Aires, Plus Ultra..
-
MAFUD, Julio (1970):Psicología de la
viveza criolla, Buenos Aires, Siglo Veintiuno..
-
MALLEA, Eduardo (1968): Historia de una
pasión argentina , Buenos Aires, Emecé.
-
MARTÍNEZ ESTRADA, Ezequiel (1965):
Radiografía de la Pampa, Buenos Aires, Editorial
Losada.1965.
-
MASSUH, Víctor (1982): La Argentina como
sentimiento, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
Lic.
Juan Carlos Dido
Universidad Nacional de la Matanza
(República Argentina)
Actualizado: abril de 2010
© José Luis Gómez-Martínez
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