Maximiliano E. Korstanje
"De Cara al Bicentenario: el
discurso europeizante en el Imaginario Colectivo Argentino
moderno. "
Resumen: La dinámica
del prejuicio y el racismo son fenómenos que no
necesariamente deben ser estudiados con grandes y complejas
escalas tomando grandes muestras de población o en
experimentos de laboratorio controlados. Una perspectiva
micro-social y etnográfica precisa de 30 minutos y “no
intrusiva” no sólo puede ser suficiente metodológicamente en
el estudio de estos problemas sino a veces esclarecedora. El
prejuicio al igual que el discurso discriminador obedece a
dinámicas complejas y profundas enraizadas en construcciones
cuya génesis es puramente cultural y social. El siguiente
trabajo versa sobre el discurso anglófilo que ha
caracterizado a la generación del 37 y continúa presente en
lugares tan recónditos e ignotos como la cola de un banco.
Introducción
A diferencia de otras
épocas, el prejuicio y el discurso discriminatorio se han
mantenido fuera del alcance público. Eso no implica que haya
disminuido sino que al contrario su manifestación se ha
circunscripto a la esfera privada de las personas. No huelga
decir que a esta clase de prejuicio, se la conoce como
encubierto; debido a las sanciones que caen sobre aquellos que
se hacen eco de discursos discriminatorios, en la mayoría de los
casos se requiere de métodos no intrusivos para estudiar esta
clase de problemas. El prejuicio al igual que el discurso
discriminador obedece a dinámicas complejas y profundas
enraizadas en construcciones cuya génesis es puramente cultural
y social. Metodológicamente, se ha trabajado con el análisis de
discurso oral según el subtipo análisis de conversación
respaldada por la etnometodología y la etnolingüística
interactiva de Goffman con rol encubierto.
Asimismo, tomamos también contribuciones de otros autores como
M. Foucault, M Douglas o N. Elías entre otros para dilucidar la
relación existente entre la pureza, la raza y la alteridad. El
siguiente artículo se deriva de una conversación entre tres
mujeres “jubiladas o pensionadas” de unos 60 años discutían
sobre diferentes temas políticos y de actualidad. De esos
interesantes 30 minutos que duró la conversación, se han
extraído las ideas más interesantes que responden a que es y
como opera el prejuicio en las sociedades modernas así también
como un prejuicio se transforma en discriminación. La dinámica
del prejuicio y el racismo son fenómenos que no necesariamente
deben ser estudiados con grandes y complejas escalas tomando
grandes muestras de población o en experimentos de laboratorio
controlados.
Presentación del problema
En lo personal y tras haber
sido padre por segunda vez y con motivo de la asignación por
hijo que paga el Estado argentino, me decidí –el 09 de Junio de
2009- por negligencia personal a acercarme al Banco de la Nación
Argentina con domicilio en Corrientes 3302, frente al Abasto a
las 09:20 de la mañana con mi documento en mano. Inicialmente la
conversación comienza con una queja puntual;
Mirta reclama mayor seguridad y ataca a quienes ocupan casas
deshabitadas en la ciudad de Buenos Aires. Según su punto de
vista, por experiencia de una amiga a quienes les entraron 5
personas de nacionalidad peruana, le costó mucho sacarlos por
vía legal, para ser exactos casi 5 años. Los extranjeros parecen
tener cierta fascinación por ocupar casas que pertenecen a otras
personas y que en apariencia se encuentran deshabitadas. Pero
estos extranjeros no son los inversores anglosajones que compran
costosas mansiones o departamento en las zonas exclusivas, estos
extranjeros son migrantes de países limítrofes ubicados en
barrios porteños periféricos –como el mío-. En este sentido, se
observa una lógica de la “marcación” sobre los inmigrantes
limítrofes pero una indiferencia hacia otro tipo de extranjeros
con mayor poder adquisitivo quienes por vía legal compran
terrenos, y propiedades a precios irrisorios.
Continúa la conversación
con Mirta furiosa. La culpa de la situación es del Estado quien
no solo promueve la inmigración ilegal de “peruanos, bolivianos
y paraguayos” sino que no los deporta una vez que la policía los
aprende en un hecho delictivo. En consecuencia, las otras dos
participantes -en la conversación- sugieren que el problema se
debe al carácter “blando del gobierno”. Rosa trae a discusión el
tema de los “desaparecidos” término utilizado para los
desaparecidos durante el gobierno de facto de 1976-1982; por un
rumor que había escuchado en la radio se le va a pagar $ 600.000
a cada madre o familia de “desaparecidos”; este hecho “inaudito
y vergonzoso” se debe a la afiliación partidaria del matrimonio
Kirchner con la política de los años 70 y de los “subversivos”.
En lo personal, nos reservamos para otros trabajos la posición
de las entrevistadas con respecto a la desaparición física y su
impacto en el imaginario colectivo. Estas prácticas, amen de ser
repudiables, obedecen a lógicas castrenses originadas en el
mundo antiguo (grecorromano) asociado al rapto de las sabinas y
los rehenes que tomaban los generales romanos luego de cada
triunfo sobre sus enemigos; tema que nos llevaría mucho tiempo y
dedicación.
Al respecto dice Alicia:
—“es
una vergüenza, las madres de plaza de mayo tienen una flota de
autos exorbitantes, de donde sacan la plata?, laburando seguro
que no… es por afiliación política; además yo recuerdo que Perón
los echó a los Kirchner de un acto público porque son unos
cobardes, si que me van a venir a contar se fueron a la
Patagonia por miedo; si se escondieron!!!”
Las tres coincidían en que
el gobierno no atiende a las demandas sociales de todos los
ciudadanos por igual.
—“Cómo
puede ser que nosotros tenemos que hacer una cola tan larga
cobrar una miseria y estos cobran tanta plata”.
Por otro lado, se toma a
Perón (Juan Domingo Perón) ex presidente argentino como un
personaje mítico, el cual en tiempos antiguos negó su apoyo a
grupos de poder disidentes entre los cuales hipotéticamente
formarían parte Néstor y Cristina Kirchner. Entonces, responde
Mirta quien hasta ese entonces sólo escuchaba,
—“en
Estados Unidos eso no pasa la gente es trabajadora y educada,
hay una cultura del trabajo”. Por ejemplo, “yo me atendí
en un hospital y me cobraron todo!!!, acá cualquier extranjero
se atiende gratis a costa nuestra, bolivianos y peruanos viven a
expensas nuestras, nos sacan las camas”.
Cuenta Mirta que una vez de
paseo por Estados Unidos, se accidentó la llevaron al hospital
más cercano en donde sólo le hicieron un vendaje que le cobraron
$ 500; como ella no lo pagó le mandaron las facturas a la casa
una vez que regresó a Argentina. Es por demás interesante su
comentario posterior:
—“tenía
miedo que no me renovaran la visa por la deuda, pero gracias a
Dios la pude renovar por diez años; ahora puedo entrar a Estados
Unidos”.
Replica entonces Alicia
—“yo
tengo una amiga que vive en Israel y me contó que no existen
mendigos ni gente que no trabaja, el gobierno los manda a los
kibutz, así debería ser aquí”.
Expresa Mirta nuevamente,
—“mi
marido es de Dinamarca, allá vos tenés todo cobertura social,
atención gratuita, todo; ese sí es un país en serio, allí tienen
una cultura de trabajo”.
Luego de unos minutos
hablando sobre el mismo tema y donde se achaca al gobierno
nacional ser demasiado “tolerante con los inmigrantes
extranjeros” a quienes se les atribuyen delitos y robos de
diversa índole, las tres señoras conversan sobre temas de
estética; teñidas las tres de rubio -como la mayoría también de
las jubiladas mujeres que conformaban esa cola en el banco-
Alicia pregunta a Mirta como es que tiene esa piel “tan blanca y
suave”; el secreto dice Mirta
—“es
no tomar sol y lavarse con cremas”, cuidarse del sol es lo
esencial.
Nuevamente, tema obligado
de Rosa,
—“ahh
viste la boca de la Cristina, eso sale de nuestros impuestos no
tienen cara estos tipos”.
Finalmente, las puertas del
banco abrieron y las tres señoras sacaron sus documentos y se
callaron; la cola del banco hasta la ventanilla se hizo en el
más mínimo silencio hasta que una de ellas me advirtió que yo
tenía los cordones de mis zapatillas desabrochados a lo cual
agradecí con una sonrisa; luego cobraron y se alejaron juntas
del banco con rumbo desconocido. ¿Cómo comprender el discurso
que se presentaba ante mis ojos?
Prejuicio, discriminación y racismo
En primera instancia, se
entiende por prejuicio al “mantenimiento
de posturas sociales despectivas o de creencias cognitivas, la
expresión de sentimientos negativos, o la exhibición de conducta
hostil o discriminatoria hacia miembros de un grupo en tanto que
miembros de ese grupo”.
Sin embargo no todos los autores concuerdan con dicha
definición; para Bettelheim y Janowitz todo prejuicio debe ser
comprendido como una clase de intolerancia étnica hacia ciertos
grupos minoritarios. Para estos autores, el prejuicio surge como
parte reaccionaria a todo cambio repentino como por ejemplo las
crisis económicas; es así que Bettelheim y Janowitz observan que
a mayor nivel de movilidad social descendente, mayor grado de
prejuicio. Sin embargo, se demuestra que también existen casos
en donde la movilidad ascendente tiene correlación con el
prejuicio. La definición, anteriormente mencionada,
trae algunos problemas cuando se intenta distinguir entre
prejuicio, agresión racial, antisemitismos o racismos; más aún
es complicado definir que es un grupo étnico y que criterios
intervienen en su formación.
Por su parte, T. Adorno
esbozó una teoría basada en el arquetipo autoritario y presentó
su escala F para medir tendencias autoritarias en la población.
Obsesionado con sus propias experiencias como refugiado de la
segunda guerra, Adorno no estaba
orientado crear una teoría del prejuicio (en sí) sino más bien
en explicar el antisemitismo en Estados Unidos. Analíticamente,
el autor desarrolla su trabajo en tres puntos: a) el
antisemitismo, b) el etnocentrismo y c) el fascismo potencial.
Una crítica a su trabajo sugiere que en realidad el estudio se
basa en el autoritarismo y no en el prejuicio; por otro lado, la
escala creada por Adorno se encuentra sesgadas por ideas a
priori que intentan vincular exclusivamente el autoritarismo con
la “derecha política”.
El autor sostiene la idea que las actitudes sociales son parte
de las tendencias de la personalidad individual. La represión
que implica el desarrollo del niño y su constante redirección de
los impulsos deben ser modelados por los agentes socializadores.
Aquellos niños que fueron criados en hogares con reglas de
disciplina estricta y estrictamente severas desplazan sobre
objetos sustitutos esa agresividad en su edad adulta.
Por el contrario, la
teoría estructural introduce una distinción conceptual operativa
clara entre prejuicio y discriminación. La teoría estructural no
desarrolla una noción de prejuicio y en ocasiones la confunde
con discriminación. Para esta corriente teórica, la
discriminación es un mecanismo social (ideológico) cuya función
es reproducir en forma sistemática las pautas culturales y
económicas de la sociedad.
Wallerstein sostiene que la discriminación no es solamente el
rechazo al otro diferente, sino que debe ser entendido dentro de
la práctica de la “economía-mundo”. Es a través del prejuicio y
la discriminación que la sociedad alcanza la eficiencia
económica al menor esfuerzo y costo posible.
En parte, el prejuicio
comienza cuando el tipo de categorización basado en el
estereotipo es irracional, emocional e injustificado y por otro
lado excesivamente generalizado; los estereotipos permiten un
orden coherente al mundo que percibimos, sin ellos los eventos
carecerían de comprensión; si bien el prejuicio opera con el
estereotipo sólo lo hace en forma ideológica. Por el contrario,
cuando ese conglomerado de ideas se transforma en una práctica,
se está en presencia de la discriminación la cual a su vez puede
ir desde un insulto hasta el aislamiento y consecuencia
exterminio. Sin embargo, el autor es sumamente cauto al respecto
y aclara
“he aquí
precisamente el criterio que nos ayudará a distinguir entre
el error común de juicio y el prejuicio. Si una persona es
capaz de rectificar sus juicios erróneos a la luz de nuevos
datos, no alienta prejuicios. Los prejuicios se hacen
prejuicios solamente cuando no son reversibles bajo la
acción de conocimientos nuevos”.
Ahora bien, Allport
reconoce que si bien hay prejuicios de “odio” de los cuales
vemos en las noticias y en la vida diaria, también existen
prejuicios de “amor” relacionado con los estereotipos positivos
los cuales gozan ciertos grupos. Un Ejemplo de G. Sorman,
ayudará a comprender que se entiende por prejuicio positivo. Un
joven “negro” fue seleccionado para entrar a una prestigiosa
universidad estadounidense, cuando se le pregunto al comité de
admisión sobre las bajas calificaciones que tenía este
estudiante para ingresar a la carrera, el presidente de la
comisión respondió que cubría la cuota “racial” del
establecimiento. En este hecho, advierte Sorman, se observa un
prejuicio invertido el cual no discrimina al solicitante pero lo
acepta por el sólo hecho de pertenecer a un grupo determinado
sin exigirle los créditos correspondientes. Paralelamente, los
prejuicios positivos hacia ciertos colectivos se oponen en
diálogo con los negativos e incluso coexisten en la vida del
sujeto. Sin ir más lejos, en Argentina los brasileros son
considerados positivamente en temas relacionados a la
“sensualidad” o la “danza” pero en el trabajo son catalogados
como “vagos”, “holgazanes” y “perezosos”.
Prejuicio moderno y aversivo
Algunos teóricos
sostienen que en la actualidad existe una cierta tendencia a la
disminución del prejuicio en comparación a la mitad del siglo XX.
No obstante, no queda claro si el prejuicio ha cambiado o se
está reduciendo. El prejuicio del hoy difiere del prejuicio del
ayer. La discriminación abierta y descarada ya corre contraria a
las normas institucionales y sociales. En este sentido, Dovidio
y Gaertner no dudan en advertir que la forma del prejuicio ha
cambiado; los autores creen que el prejuicio abierto está en
disminución mientras que surgen en una nueva forma “el prejuicio
aversivo”. Los autores, sostienen que muchas personas blancas
pueden sugerir cierta tolerancia y sincerarse con los principios
básicos de igualdad étnica verbalmente, pero cohabitan con una
ansiedad, una tendencia a las imágenes negativas hacia las
minorías que fueron y son socializadas a través de la cultura.
Para ellos, es insuficiente medir el prejuicio mediante
encuestas o entrevistas como soporte. El fenómeno, es en esencia
situacional y está vinculado a las expectativas normativas y
roles del grupo.
Para Kleinpennig
y Haagendorn el prejuicio obedece a una lógica acumulativa.
Puede comenzar evitando discretamente a la persona estigmatizada
(prejuicio aversivo), continua con la convicción de superioridad
del propio grupo y la idea de que la minoría en cuestión merece
más de lo que tiene (Prejuicio moderno), y finalmente termina
con la declaración abierta de la inferioridad genética de la
minoría y la demanda de su inmediata repatriación o
discriminación (prejuicio anticuado).
Uno de los errores más
comunes a la hora de estudiar el prejuicio y la discriminación
radica en confeccionar entrevistas o cuestionarios que resalten
exclusivamente la percepción que tiene el sujeto que es
discriminado sobre el fenómeno. Esto lleva a que muchas veces,
por un tema de defensa, el entrevistado niegue absolutamente
haber sido victima de prejuicio o discriminación. En otras
ocasiones, el intentar medir el prejuicio con grabaciones u
otros métodos intrusivos producen que los entrevistados
respondan por lo que es socialmente correcto. Según Bogdan y
Tylor, en su carrera como investigadores hubo casos de
entrevistados que se abstuvieron de manifestar comentarios
racistas durante la entrevista, pero una vez terminada y apagada
la grabadora se suscitaban una cantidad considerable de
manifestaciones prejuiciosas.
En una de sus
investigaciones de campo, T. Van Dijk descubrió que en la
mayoría de los discursos narrados por quienes eran prejuiciosos
existían dos patrones que se daban en casi todas las historias:
la primera era la existencia de un malentendido, conflicto o
discusión que exagerado llevaba al narrador a ponerse en el
papel de víctima, la segunda era que en la mitad de los relatos
carecían de una solución al problema.
El discurso racista o discriminatorio, en este sentido, sugiere
un recurso ideológico meta-pragmático y jerárquico que legitima
ciertos grupos en detrimento de otros; por el otro, presupone
que el grupo privilegiado forma parte de una cosmología sagrada
basada en el sacrificio y el orgullo. ¿Porque lo autóctono ha
sido considerado en América como algo despreciativo?, ¿Por qué
la claridad es preferida a la oscuridad?, ¿se puede hablar de un
orden pigmentocrático en América Latina?
Historia de la conquista de América
La herencia hispánica
ha jugado un rol fundamental en el condicionamiento de nuestra
“idiosincrasia”, por ende en nuestra forma de ver el mundo. A
diferencia del inglés; el español que vino a América, entendía
“al otro” a través de un código honorífico-estamental absoluto.
Su principal característica no radicaba en el ensayo y error,
como los exploradores anglosajones, sino en la escolástica
religiosa. Sus objetivos eran también diferentes; mientras los
anglosajones, llegaron a América con el fin de comercializar,
los españoles nunca tuvieron esa intención, sus asentamientos
(de estirpe netamente militar) nunca intentaron comprender la
dinámica de la América india que estaba frente a sus ojos.
El siglo XIX encuentra
a España empobrecida en lo económico y financiero y debilitada
en el orden político interno. Sus posesiones en América no
representaban uno de sus intereses más prioritarios. Fue de esta
manera que los nuevos Estados Latinoamericanos se vieron en una
situación inusual; por un lado no tuvieron un marco de
referencia que pudiera regular sus relaciones, por el otro
heredaron las fronteras territoriales que se habían establecido
tras el dominio ibérico.
Una España ausente
para poder resolver los conflictos fronterizos en América; una
formula de convivencia de pluralidad étnica no definida; una
situación de partidocracia y militarismos en la región;
y finalmente la herencia de un código bipolar absoluto para
concebir “el mundo” han provocado a lo largo de la historia una
falta de cohesión para consolidar una identidad colectiva entre
las naciones latinoamericanas.
Ello dio como resultado un proceso de racialización u orden
pigmentocrácito orientado a “lo europeo” tanto en la función
política, la literatura y la ciencia. El papel de los
intelectuales en la primera mitad del siglo XX y los
nacionalismos han jugado un rol preponderante con respecto a la
aversión hacia lo indígena, invisibilizando años de tradición. A
la figura “del indio” despojado de sus tierras y espoleado en lo
económico se contrapuso la figura del “inmigrante europeo,
católico y blanco” que arribara a la Argentina a fines de siglo
XIX. El imaginario colectivo se concentró en una cultura del
trabajo, de la racionalidad y de lo europeo como símbolo de
civilización.
A la idea de pujante progreso civilizador se le opuso “lo
autóctono” como sinónimo de anomia, de “atraso cultural” y de
resistencia al trabajo. Tales estereotipos fueron ampliamente
difundidos en todo el sistema educativo argentino y continúan
presentes en los valores culturales de la sociedad argentina
toda hasta nuestros días.
La
Racialización de clase.
Es cierto que el término
racialización trae consigo cierta polémica. El vocablo fue
acuñado inicialmente por Margullis y Urresti quienes estudiaron
la discriminación en la ciudad de Buenos Aires y alrededores;
una suerte de discriminación de la urbanidad. Por un lado,
observaron que los entrevistados demostraban un “etnocentrismo”
mayor hacia los inmigrantes de nacionalidad chilena (2.31) en
comparación con un etnocentrismo leve hacia aquellos de
nacionalidad brasilera (1.7).
En este contexto, también peruanos y bolivianos adquirían
puntajes de etnocentrismo mayor a otros grupos como uruguayos.
Los autores, desagregan la muestra por profesiones y afirman que
los profesionales, empleados y estudiantes poseen un
“etnocentrismo encubierto”, más acentuado en comparación con
obreros, amas de casa y comerciantes en quienes el
“etnocentrismo” toma un carácter “frontal”.
Asimismo, los motivos que manifiestan los entrevistados con
respecto a los chilenos están ligados a los litigios históricos
entre Argentina y el vecino país de Chile. En forma general los
datos muestran que el principal criterio discriminatorio es la
“nacionalidad”, seguida por la “clase”. Los sujetos que mayor
discriminación reciben son “los extranjeros“, y le siguen
“villeros y provincianos”. Cabe aclarar que “el villero” es un
término denostativo aplicable a los residentes de las “villas”
comparables con las ranchadas mexicanas o las favelas
brasileras. Por lo general, muchas villas fueron formadas por
personas provenientes de las provincias argentinas o países
limítrofes. Por ese motivo, los vocablos villeros y provincianos
parecen emparentados.
En este contexto, los
inmigrantes peruanos y bolivianos también reciben una alta
categorización de etnocentrismo. Los investigadores entienden
que las respuestas se explican por su teoría de “la
racialización clasista”. La tesis de Margullis y Urresti se basa
en “la racialización de clase” transmitida culturalmente a
través del sistema educativo. Este mensaje reivindica la cultura
Europea, preferentemente angloparlante, en detrimento de lo
autóctono. Para ello y como fuente histórica, se analizan las
obras que escribieran en el siglo XIX pensadores como Sarmiento,
Alberdi e Ingenieros. Los discursos de la generación del 37
contenían cierta admiración hacia lo europeo, mayoritariamente
nórdico y una denostativa mirada hacia lo autóctono cuya figura
máxima ha sido el mestizo o indígena. Mientras el inmigrante
europeo era considerado un paladín de la civilización,
laborioso, racional, ordenado e industrioso, el trabajador
nativo tomaba características totalmente opuestas, holgazán,
irracional, incivilizado, y predispuesto al conflicto. En esta
misma línea de trabajo, consideramos que el mismo discurso
continúa presente hasta nuestros días.
Utilizando la
fenomenología de Schutz y Luckmann, Carlos Belvedere señala que
en muchas ocasiones la discriminación no reconoce la
familiaridad con las personas que pertenecen a grupos
discriminados. En toda relación social existe una “orientación
ellos” abstracta e impersonal y una “orientación tú” ligada a la
interacción personal y concreta. Muchas veces, el prejuicio
puede alojarse en la orientación ellos sin ser modificado por el
contacto personal que se desarrolla en la “orientación tú”. De
esta forma, el contacto y la cercanía exacerban los mecanismos
discriminatorios.
Las contribuciones de Belvedere al estudio del problema radican
en comprender como las ideologías y los discursos se mantienen
intactos durante un largo tiempo y son reaplicados a lo largo de
todo el tejido social.
En localidades del sur
de Argentina se han hecho estudios comparativos sobre la
integración chileno-argentina. En concordancia con Mirtha
Lischetti (2005), la antropóloga Verónica Trpin encontró que en
el barrio Perón en Río Negro, los hombres chilenos reclamaban
ser objetos de discriminación apelando a la construcción étnica
nacional mientras que las mujeres reivindicaban su pertenencia
nacional a través del contacto y la interacción con mujeres
argentinas del mismo barrio. En este punto, la integración,
señala el autor, está también sujeta a una cuestión de género y
de contexto social.
En un interesante
trabajo sobre la racialización de los grupos “indígenas”, C.
Briones afirma que ni raza ni
etnicidad corresponden a atributos biológicos propios de la
individualidad humana sino que por el contrario son procesos de
“marcación” de construcción de “alteridad”; para ser más
exactos, ambos conceptos se ubican dentro de la “indexicalización
metaprágmatica “de las grupidades con arreglo a
ordenamientos jurídico-políticos específicos. Como ejemplo, la
autora cita al caso “catalán” como forma de construcción frente
al Estado Español. La identidad catalana se observa operante en
cuanto a una dialéctica con la identidad hispana. Las
diferencias aún dentro del grupo catalán se funden en mismidad
frente a un “otro” que los indaga e interpela en su alterización.
En primer lugar, este desarrollo teórico, le permite a la autora
llegar a la última sección del libro en donde su objetivo
principal es analizar la construcción “del cuarto mundo” de los
pueblos “indígenas o tribales” como forma de apropiación por
parte de los estados postcoloniales. Fiel a su principio de
“marcación” socio-históricamente construida, la autora sostiene:
“Procesos
coloniales y postcoloniales han creado la noción de indio
como condición estructural más o menos permanente que
instala profundas asimetrías. En la medida en que la
categorización social del indio o aborigen ha sido producida
en y por sociedades coloniales que así han llamado a los
descendientes de poblaciones pre-existentes”.
Las semejanzas tanto
como las diferencias que los propios y otros grupos se otorgan o
proclaman son sólo elementos socio-históricos producto de
procesos estructurales de mayor complejidad. El hecho de que X
sea diferente a Y, es el problema de que Y es no X, en
consecuencia se habla de una “disociación étnica”. Como
individuo parte de un grupo con determinadas características me
conformo acorde a las diferencias de un “alter” percibido. Pero
en las semejanzas, también existen “similitudes silenciadas” que
parten de dinámicas de demarcación y naturalización tal que todo
X es igual a Y entonces XY se constituye como identitario frente
a un otro constituyente. Los diferentes grupos indígenas han
sido (a lo largo de los años) un caso ejemplar en cuanto a lo
expuesto: en primer lugar, debido a que en su diversidad han
sido agrupados e interpelados como un todo “orgánico” resumido y
estereotipado en lo “indio”; segundo, a la demarcación que
presupone lo “europeo” frente a lo “indio”. En pocas palabras,
los diferentes grupos “migratorios” europeos (aún cuando en
Europa constituyeran grupos antagónicos precisamente por sus
diferencias) en América se conformaron como homogeneizados en
una misma grupidad frente a lo “indígena” y a lo “africano”. Así
diferentes grupos europeos se constituyeron en oposición a
un-otro-no-europeo al cual subordinaron. De esta dinámica, se
crearon discursos meta-pragmáticos de marcación “étnica” que los
visibiliza frente al imaginario colectivo. Precisamente, ello
supone que quienes marcan sean desmarcados de toda
estigmatización. Hoy a un año del bicentenario de la revolución
de 1810, los discursos europeizantes vuelven a tomar presencia
en el tejido social argentino.
Genealogía del Racismo
El código y el poder
parecen dos fenómenos que deben estudiarse conjuntamente. Como
sugiere el sociólogo alemán N. Luhmann, el poder se constituye
como un instrumento de la comunicación, un código cuya función
es hacer inteligible las opciones entre alter y ego. Si el
lenguaje crea una realidad ambivalente, el poder intenta cerrar
esa posibilidad. En la vida diaria existen códigos generalizados
que permiten la comprensión inter-subjetiva por medio del
lenguaje. La comunicación intentará, por todos los medios,
resolver la contingencia. Al respecto, nuestro autor sugiere que
“el poder
funciona como un medio de comunicación. Ordena las
situaciones sociales con una selectividad doble. Por lo
tanto, la selectividad del alter debe diferenciarse de la
del ego, porque en la relación de estos dos factores surgen
problemas muy diferentes, especialmente en el caso del
poder. De acuerdo con esto, una suposición fundamental de
todo poder es que la inseguridad existe en relación con la
selección del alter que tiene poder. Por las razones que
sean, alter tiene a que disposición más de una alternativa.
Puede producir y quitar inseguridad en su compañero cuando
ejerce su elección”.
A diferencia de otros
autores que vieron en éste fenómeno algo acumulable en una sola
persona, Luhmann enfatiza en el carácter relacional y
comunicacional del poder, dirigida por un código el cual
moviliza las relaciones entre las personas. La posibilidad del
subordinado de elegir como comportarse se encuentra vinculada a
la expectativa que alter ejerza alguna acción. Existe, en
consecuencia, una dicotomía (un binomio) entre las acciones
posibles que una persona puede seguir. A bueno se le opone malo,
a blanco se le opone negro, a alto, bajo y sucesivamente.
Siguiendo las contribuciones estructuralistas, el autor afirma
que se dan sustitutos que permiten una comprensión del mensaje
de poder y su relación con la ideología.
Específicamente, sobre
el tema S. Zizek afirma que los regímenes recurren a la
ideología no sólo para afianzar su legitimidad sino también en
momentos de turbulencia, precisamente para no colapsar. La
estructura ideológica o la ideología “puede designar
cualquier cosa, desde una actitud contemplativa que desconoce su
dependencia de la realidad social hasta un conjunto de creencias
orientadas a la acción, desde un medio indispensable en el que
sus individuos viven sus relaciones con una estructura social
hasta las ideas falsas que legitiman un poder político
dominante”
. En este sentido, Zizek explica
que la necesidad ideológica de construcción sentido oculta un
contra sentido que amenaza la estabilidad política del actor que
la elabora. Éste toma como ejemplos, la espectacular puesta en
escena que los medios de comunicación hicieron de la guerra de
Bosnia y del Golfo para disfrazar las incapacidades diplomáticas
de Occidente en la resolución de conflictos geo-políticos.
Sin embargo, “la
ideología no tiene nada que ver con la ilusión”, como supuso
Marx y los neo-marxianos quienes señalaban a la ideología como
una falsa representación de una estructura económica basada en
el antagonismo de clase; entre otras cuestiones esta hipótesis
de trabajo debe ser puesta bajo la lupa crítica del debate y en
consecuencia reformulada.
Las contribuciones de Zizek en cuanto al estudio crítico de la
ideología versan en tres puntos principales. En primer lugar, el
filósofo esloveno vincula la razón instrumental con la
construcción deificada de hegemonía; segundo, las acciones en
determinada dirección generan resultados contrarios (el espectro
ideológico y su antagónico) y por último, la solución al
problema del populismo-organicismo. Conviene aclarar en palabras
del propio autor que
“quizás una
comparación con la teoría de los sueños de Freud podría ser
útil aquí. Freud señala que dentro de un sueño encontramos
el núcleo duro de lo Real precisamente bajo la forma de un
sueño dentro de un sueño: es decir, donde la distancia
respecto de la realidad parece duplicada. De un modo
parecido, encontramos el límite inherente de la realidad
social, lo que debe ser excluido para que emerja el campo
coherente e la realidad, precisamente bajo el aspecto de la
problemática de la ideología, de una superestructura, de
algo que parece ser un mero epifenómeno, un reflejo, de la
vida social verdadera. Aquí nos enfrentamos a la topología
paradójica en la que la superficie (la mera ideología) se
vincula directamente a – ocupa el lugar de, representa-lo
que es más profundo que la profundidad misma, más real que
la realidad misma”.
Originalmente en su
trabajo académico, M. Foucault se encontraba avocado a dilucidar
la relación que existe entre las estructuras sociales, el poder
y la imposición de la verdad como mecanismo simbólico de
adoctrinamiento interno. Defender la Sociedad se compone
de varias lecciones durante 1970 en el College de France en
donde el autor re-organiza, retoma y articula algunas de sus
tesis sobre la microfísica del poder y la genealogía de la raza
o racismo (para algunos en la misma, para otros en otra
dirección de lo que ya venía trabajando hasta ese entonces). Por
lo menos, eso demuestra la primera de sus conferencias, un texto
de excelente calidad académica –sino el mejor de todo el libro-
en donde el filósofo francés desarrolla su propia concepción de
hegemonía, territorio y política. En esta misma línea Foucault
observa que
“en una
sociedad como la nuestra … múltiples relaciones de poder
atraviesan, caracterizan, constituyen el cuerpo social; no
pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una
producción, una acumulación, una circulación, un
funcionamiento del discurso verdadero. No hay ejercicio de
poder sin cierta economía de los discursos de verdad que
funcionan en, a partir y a través de ese poder. El poder nos
somete a la producción de la verdad y sólo podemos ejercer
el poder por la producción de la verdad. Eso es válido en
cualquier sociedad, pero creo que en la nuestra esa relación
entre poder, derecho y verdad se organiza de una manera muy
particular”.
Del párrafo precedente
se desprende la idea de “una economía de la verdad” cuya función
principal es sentar las bases sociales e institucionales para el
ejercicio del poder. El discurso, por su parte, que se construye
en torno a determinado valor social el cual se encuentra
estructurado por una producción, circulación y recepción de la
“supuesta verdad”. En consecuencia, Foucault infiere que el
poder adquiere su razón de ser (práctica) en la credibilidad de
lo que llaman “verdad”. La Ciencia
considerada el instrumento hacia la verdad no escapa tampoco a
la crítica exhaustiva del pensamiento de este brillante
filósofo. Foucault llama “genealogía” al bagaje teórico popular
que no llega a articularse como una Ciencia propiamente dicha.
Desde su perspectiva, las genealogías (como la antipsiquiatría)
se mantienen en el pensamiento popular intentando dialogar con
la Ciencia. Sin embargo, ésta última no sólo la ignoraría sino
que bajo un inmutable silencio tendería a trivializar los
hallazgos de la primera. Particularmente, las genealogías deben
definirse como “anti-ciencias” o “como una insurrección de
saberes. La Ciencia es en sí una voluntad fuerte de ser poder, y
en consecuencia los intelectuales serían de alguna manera
funcionales a la estructura política. El sistema se reserva para
sí el adoctrinamiento por parte del pensamiento de la misma
manera que lo hace con el cuerpo; por medio de la regla moral.
Explica el profesor
Foucault que el derecho no se constituye necesariamente como un
instrumento de legitimidad (luego de la caída del Imperio Romano
y el advenimiento de la Edad Media) sino por el contrario como
una forma de poder coactivo y de dominación de un grupo sobre el
resto de la sociedad. El derecho romano ha sentado las bases de
la jurisprudencia y la soberanía de los Estados-Nación generando
lazos de adoctrinamientos internos. Aquellos en disidencia con
los postulados del derecho son encerrados en prisiones o
institutos mentales bajo amenaza de castigo físico. El postulado
foucaultiano desafía la concepción inicial de T. Hobbes con
respecto a Leviatán, construcción figurada en donde todos
depositan su confianza. El Estado y el derecho serían según el
desarrollo del filósofo francés construcción de pocos para el
adoctrinamiento voluntario de todos. Pero dicho adoctrinamiento
no puede ser posible sin un discurso que le de sustento y
excluya a quienes no forman o no pueden calificar como parte de
la población (normal).
La proposición del discurso
político habla de un “nosotros” disfrazando los verdaderos
intereses del yo. La verdad sólo es una construcción arbitraria
asociada a la fuerza de quien ejercer el poder. El discurso del
poder intenta trastocar los valores desde lo oculto, desde
abajo, desde lo confuso, por todo aquellos que es “condenado al
azar”; la oscuridad de la contingencia y el futuro con el fin de
pedir a los dioses que iluminen el camino por medio del trabajo
y el orden. Se obtiene de este razonamiento un eje construido en
la irracionalidad en forma tosca y bruta en la cual
“resplandece” la verdad, a medida que ella se va haciendo más
elevada la racionalidad se hace frágil y temporal, vinculada
ésta última a la ilusión y la maldad. En el otro ángulo del eje
se encuentra la brutalidad que se encuentra en oposición a la
maldad. De esta forma, la doctrina jurídica separa la justicia,
el bien y la verdad de aquellos azares violentos enraizados en
la historia.
La centralización y
posterior reconversión del discurso con respecto a la lucha,
adaptación y eliminación de las “razas” sugiere la idea mítica
que sólo una de ellas es la verdadera, la autorizada a ejercer
el poder. La norma, de la raza que se autodenomina “superior al
resto” se encuentra asociada a la idea de “degeneración” del
grupo subordinado e instituye su cuerpo de acción legal-racional
en un supuesto consenso del Estado Nación. Escribe textualmente
Foucault
“a partir de ahí, el
discurso cuya historia querría hacer, abandonará la
formulación fundamental del comienzo, que era ésta: tenemos
que defendernos de nuestros enemigos porque en realidad los
aparatos del Estado, la ley, las estructuras del poder no
sólo no nos defienden de ellos sino que son instrumentos
mediante los cuales nuestros enemigos nos persiguen y nos
someten. Ahora, ese discurso va a desaparecer. No será:
tenemos que defendernos contra la sociedad, sino: tenemos
que defender la sociedad contra todos los peligros
biológicos de esta otra raza, de esta subraza, de esta
contrabraza que, a disgusto, estamos construyendo”.
La genealogía de los reyes
medievales no se encontraba enraizada en las historia de unos
pueblos “bárbaros germánico” carentes de “logos” como lo había
sido en la Antigüedad, sino de las costillas de una flamante y
gloriosa Roma. Este discurso, que el profesor Foucault ha
explicado con exactitud en todo su libro se fundamentaba en el
derecho, el respeto a ley, la lógica del conflicto entre dos
opuestos, la soberanía, y la genealogía. La reivindicación del
conflicto y la imposición de la guerra como forma económica
productiva va a reivindicar, según el modelo expuesto, que
existen dos grupos cuya conformación étnica no ha sido
“mezclada”, que no sólo no han tenido lazos de cooperación o
intercambio en el pasado, sino que por diferencias sustanciales
(explicadas por incompatibilidad biológica) se han excluido
mutuamente. En ese contexto, la historia fundamenta semánticas
las bases de lo que hemos de conocer como ideología. La historia
crea sentido, y precisamente, por ser lejana en el tiempo se la
sacraliza como incuestionable y dogmática. La historia no sólo
es la narración de los vencedores sino también de los valientes
que han defendido a la sociedad de las fuerzas del “mal”. La
cobardía es un criterio que en la mayoría de los casos se
encuentra presente en los discursos discriminatorios. De esta
forma, la huída es el legado que deja la cobardía.
Territorio, Trabajo y Población
En un segundo trabajo,
Seguridad, Territorio, Población, Foucault admite que las
sociedades consideran su seguridad interna en base a la buena
fortuna y a los criterios de escasez que de ella se desprenden.
En efecto, la escasez debe comprenderse como un estado de
impotencia que cualquier Estado quiere evitar. A la
interpretación que la sociedad hace de la contingencia, Foucault
la llama problema del acontecimiento. La penuria que provoca
cualquier alza de precios debido a la escasez está asociada a la
autopercepción de que tal estado se ha debido a una falta por
parte de la humanidad, ya sea por excesiva ambición o
credulidad. Entendida, entonces, la escasez como parte de la
“mala suerte” y ésta última de la “mala índole humana”, existe
alrededor todo un sistema jurídico y disciplinario con el fin de
amortiguar los efectos de la escasez en la población: el control
de precios.
Ahora bien, ¿cuál es
según Foucault la diferencia entre un dispositivo disciplinario
y uno de seguridad?. El dispositivo disciplinario aplica sobre
el desvío a la norma jurídica mientras el segundo regula de
antemano los factores que infieren en la seguridad interna. Por
ejemplo, la articulación de una estrategia de restricción en
importación o exportación de granos puede subir o bajar su
precio según el resultado deseado en forma anticipada al
acontecimiento propiamente dicho. En otros términos, la
seguridad tiende a lidiar con la continencia de las decisiones
en materia de organización. Asimismo el concepto de seguridad
comprende también al disciplinario y legal. El adoctrinamiento
de los individuos en sociedad da lugar a la población como un
concepto más complejo destinado a formar parte de un sistema
holístico de oferta y demanda. Según Foucault, una mala cosecha
puede despertar hambre, una suba generalizada en el precio del
grano en un país determinado, no obstante, sabiendo de esa
situación los países circundantes especularán sobre cual es el
momento oportuno (según sus propios intereses) para venderles
granos. Como ellos no saben cual será la estrategia de otros
proveedores se lanzarán compulsivamente a vender granos e
indefectiblemente bajarán los precios.
Si la disciplina fija
la estrategia, la seguridad hace lo propio con el caso, el
riesgo y la crisis. La función de la seguridad es crear dentro
de la sociedad el consenso necesario para aceptar la situación
dentro de ciertos límites que llevan a aislar la peligrosidad.
Es precisamente, lo que el autor llama “normalización
disciplinaria” la cual consiste en crear un modelo con el cual
se identifican los miembros de cierto grupo. Partiendo de la
base que lo normal es aquello que puede ser adecuado a la norma,
Foucault arguye que las prácticas médicas con respecto a las
enfermedades representan un claro ejemplo de cómo trabajan y se
crean los dispositivos de seguridad. La seguridad opera sobre la
contingencia de un problema que puede afectar a la población
pero no agobiarla. Su función de ser es ganar mayor legitimidad.
Un Estado se fomenta gracias al poder, a un espacio denominado
territorio pero por sobre todo a la población la cual simboliza
el rebaño que todo “buen pastor” debe cuidar. La población, como
no puede ser de otra forma, encontrará diversos problemas. La
función de la seguridad es crear dentro de la sociedad el
consenso necesario para aceptar la situación dentro de ciertos
límites que llevan a aislar la peligrosidad. Es precisamente, lo
que el autor llama “normalización disciplinaria” la cual
consiste en crear un modelo con el cual se identifican los
miembros de cierto grupo.
Partiendo de la base
que lo normal es aquello que puede ser adecuado a la norma,
Foucault arguye que las prácticas médicas con respecto a las
enfermedades representan un claro ejemplo de cómo trabajan y se
crean los dispositivos de seguridad. La vacuna, el ejemplo
traído a colación por el autor es sobre la viruela que azotó
Europa en el siglo XVII, tiene como característica tomar un
aspecto de la enfermedad e inocularla (en dosis reducidas)
disminuyendo su peligrosidad sobre el organismo. La vacuna no
intenta suprimir la enfermedad, acepta su existencia pero la
circunscribe dentro de cierta normalidad fijada arbitrariamente.
Estamos, en consecuencia, en presencia del caso el cual tiene
como función servir de barómetro a las autoridades médicas. En
ocasiones, la enfermedad o el peligro pueden enquistarse en
cierto territorio dando origen a lo que Foucault denomina
“enfermedad reinante”. Identificada a un especio y tiempo
específico, los nacidos en ese territorio poseen cierto riesgo
de contraer la enfermedad en tanto que su proximidad geográfica
remite a la idea de peligrosidad. A medida que más cerca se esté
del territorio infectado o de los grupos infectados mayor será
el riesgo de contraer la enfermedad. Lo cierto, en su
explicación parece ser que –a diferencia de la disciplina que
prohíbe- la seguridad opera desde y en la realidad aceptando la
contrariedad pero limitando sus efectos.
Bajo dicha lógica, los
riesgos diferenciales implican una idea de peligrosidad o
amenaza. En el momento en que los casos de contagio duplican o
exceden los rangos de normalidad a pesar de las medidas llevadas
a cabo para reducirlos, surge el estado de crisis. La distancia
geográfica entre los enfermos y los sanos remite al aislamiento
como mecanismo de profilaxis que articulan las sociedades para
mantener un grado acorde de normalidad. Las explicaciones del
profesor Foucault apuntan a la ciudad como lugar paradójico de
seguridad e inseguridad para la población y su príncipe. El
siglo decimonónico es testigo de una nueva forma de concebir la
población vinculada a la forma de gobierno en situaciones
favorables y adversas. El gobierno de la población y la
introducción de la economía como instrumento que permitirá
legitimar ese gobierno son dos factores capitales en la
construcción de poder. Un poder aplicable a la población en
forma recursiva, de arriba hacia abajo (descendente) y de abajo
hacia arriba (ascendente). La primera hace referencia al poder
de policía mientras la segunda al carisma del príncipe (la
posibilidad de dar soluciones a los problemas cotidianos).
La segregación de ciertos grupos tildado “de indeseados”
corresponde a una medida tendiente a crear seguridad sobre la
población. Claro que, los “chivos expiatorios” lejos de
solucionar completamente el problema pueden desencadenar una
política de constante exclusión. La explicación sobre las
enfermedades como la territorialización del riesgo es válida y
aplicable a procesos de estigmatización y posterior
discriminación como la que estudiamos en el presente trabajo.
La delincuencia y el
temor por el crimen se constituyen también como fenómenos
subordinados a la lógica hegemónica de un grupo europeo que
intenta (por medio de discursos políticos) subordinar a grupos
mayoritarios en América Latina. El profesor G. Kessler, con
respecto a la inseguridad pública en Argentina, sugiere que
“la extensión
de la sospecha y de la presunción de peligrosidad es un
riesgo profundo y subrepticio en nuestra sociedad, porque,
si bien no se plantea como estigmatizador en la intención,
indudablemente lo es. Por otro lado, no sostiene la
impugnación de toda diferencia, sino que puede convivir con
la aceptación de formas de diversidad y alteridad,
rechazando sólo las que parezcan potencialmente amenazantes”.
Una de las
características que demonizan a grupos similares en su
conformación étnica como “villeros, delincuentes, inmigrantes de
países limítrofes, piqueteros, etc.” es una supuesta propensión
al trabajo.
El trabajo es el
criterio de diferenciación principal entre “los chicos buenos” y
“los chicos malos”; pero no el único. La propiedad, también, se
configura como un importante criterio de diferenciación. El
miedo parece tornarse terrorífico cuando las generaciones más
jóvenes están en peligro. A la pregunta del profesor Kessler de
si las demandas de seguridad implicaban un movimiento
autoritario, agregaríamos, que las demandas de seguridad se
encuentran imbricadas en un proceso nacionalista exclusivo de
ciertos grupos “europeos” cuyos intereses y expectativas se
encuentran ligados a la subordinación “del mestizo, el cholo, el
indígena” o como también lo llaman “el cabecita negra”. Estos
rasgos discriminativos disfrazados de seguridad apuntan a
espacios específicos como los barrios carenciados o las villas
miserias.
En este punto, la Argentina
del bicentenario continúa replicando los arquetipos míticos o
estereotipos que la generación del 37 quiso implantar en el
país. Una “clase” blanca, europea y trabajadora que con su
pujanza cambiarías las bases sociales y económicas de la
Argentina desplazando a grupos o “razas” inferiores a roles
subordinados. El trabajo y el desarrollo acompañados bajo la
figura del sacrificio serán los baluartes culturales a tener en
cuenta en la promoción de la gran migración del 80. Todos
aquellos que no comparten el perfil necesario al ideal
discursivo son estigmatizados bajo diferentes pretextos. En la
mayoría de los casos, a diferencia del siglo XIX en donde se
hacía expresa mención a la raza o al color de piel, en la
actualidad la falta de “apego hacia el trabajo y el clientelismo
político” es una de las características las cuales adquieren
estos grupos segregados. En otras palabras, el sacrificio y la
pureza siguen cumpliendo un rol primordial en la articulación
del discurso “racista”.
El
sacrificio y la pureza
En un trabajo publicado
en español en 1998, N. Elías examina
ciertas cuestiones que hacen a la vida
política en sí misma. Centrado en la vida social de un pueblo
llamado Winston Parva, Elías se pregunta sobre cuales son los
medios por los cuales un grupo se cree superior a otro y cómo
fundamenta y sostiene esa creencia. Según el caso del autor,
existían en el pueblo dos grupos que se marginaban mutuamente:
las “viejas” y “las nuevas familias”. Las primeras establecían
una especie de apatía que los nuevos a lo largo del tiempo
parecían aceptar con resignación. De esta forma, el grupo
establecido se asignaba asimismo atribuciones superiores y
prohibía el contacto con los externos al grupo (tabú). La
legitimidad de su hegemonía se basaba en mecanismos sociales
como el chisme cuya función era regular el tabú establecido de
acuerdo a ciertos valores meritocráticos.
El rasgo distintivo,
de este caso, radica en que no existen diferencias de
nacionalidad, educación, étnica o de clase en las viejas o
nuevas familias, sino solamente un criterio de antigüedad en lo
que respecta a la residencia en el lugar. Por otro lado, Elías
explica que los cargos jerárquicos dentro de la misma comunidad
estaban reservados para las viejas familias quienes demostraban
mayor cohesión y pertenencia de grupo como así también una
esmerada propensión por el sacrificio y el trabajo. El parámetro
evaluativo de auto percepción del grupo (dominante) se basa en
los casos de “los mejores miembros” del grupo, es usado como
evidencia de una supuesta “superioridad” sobre el otro
colectivo. Según Elías la pieza central de la configuración
política está anclada en una estigmatización de un grupo
dominante sobre uno marginal. Para la visión de Elías, la pieza
central de la configuración política está anclada en una
estigmatización de un grupo dominante sobre uno marginal. En
este misma línea, el carisma de grupo se encuentra estrechamente
ligado con la aceptación del individuo a las normas que se
requieren para formar parte de ese grupo, y de esta manera se
refuerza su pertenencia. Esta exclusividad sólo puede mantenerse
en el no-contacto con miembros de otros grupos. Posiblemente, el
rol de anárquicos, desorganizados y anómicos son los principales
estereotipos que reciben aquellos que no pueden ingresar al
grupo exclusivo.
La imagen del
sacrificio como criterio distintivo de la afiliación de grupo se
transforma en Elías en un aspecto esencial de toda su obra. Un
tema que análogamente ha retomado M. Douglas en su trabajo sobre
Pureza y Peligro. La antropóloga estadounidense crítica la
posición relativa del “materialismo médico” con respecto a la
higiene. Es evidente que Occidente ha conocido por medio de los
microbios patógenos ciertas enfermedades que otros grupos
humanos no reconocen aún; sin embargo, su noción de higiene y
pureza es harto más antigua a ese descubrimiento. Acertadamente,
Douglas considera que la idea de suciedad (nuestras y de otros)
expresan sistemas simbólicos (de origen taxonómico) que demarcan
una línea, muestra una forma en que las cosas deben hacerse para
evitar la desintegración.
En efecto, a medida
que el tiempo transcurre las experiencias comienzan a acumularse
por medio de un sistema previo de clasificaciones a la vez que
cada sociedad o grupo humano construye sus propias ideas
conservadoras acerca del mundo. En cuanto más se acercan en
similitud al pasado, mayor es la aceptación por estos nuevos
sucesos y en consecuencia crece la confianza sobre el sistema
simbólico. En este contexto, la ambigüedad que surge de los
actos los cuales no han sido debidamente clasificados por el
grupo, sugiere la noción de suciedad y peligro. En este punto,
la anomalía desafía el sistema simbólico de taxonomías y por
ende la forma de comprender las “cosas”. Claro que, Douglas
explica que al imponer un sistema de símbolos articulados en una
dirección determinada, existe la posibilidad de que otros
acontecimientos desafíen ese sistema. Por ese motivo, todas las
culturas no sólo poseen su simbología sino también su
ambigüedad. Más específicamente, luego de una trasgresión (a un
tabú previo) y la emergencia del peligro, es el ritual
expiatorio aquel que devuelve al grupo la certeza en su sistema
de clasificaciones. La dicotomía entre la pureza y la suciedad
se encuentra investida por un esquema cultural cuyo discurso fue
asentándose a través del tiempo mediante la articulación de
procesos de mito-poiesis.
A modo de
conclusión
Hasta aquí se ha intentado
describir los hechos tal cual fue relevado –lo más objetivamente
posible en la medida en que el método de estudio lo permite-. En
primer lugar, tanto Alicia, como Rosa y Mirta se encuentran
insertas en un meta-discurso relacionado a racialización de
clase. En este contexto, su mirada se encontraba ubicada en dos
polos antagónicos. Por un lado, de abajo hacia arriba, se
ubicaban países como Estados Unidos, Israel, o Dinamarca como
ideal de lo que las observadas llamaban “alta cultura” mientras
otros países como Bolivia, Paraguay y Perú simbolizaban el
atraso y la desidia. Como han señalado Allport y Foucault lo
autóctono (como estereotipo negativo) queda vedado a ciertas
prácticas que discursivamente se presentan como peligrosas para
la comunidad pero en esa supuesta peligro subyacen intereses
hegemónicos; “todos los inmigrantes de países limítrofes roban y
delinquen”. La frase vinculada “a la amiga” implica una imagen
reprimida del propio ser, es una forma legitimante que intenta
convencer al otro sobre los propios pensamientos.
En concordancia con Elías,
Belvedere y Margullis y Urresti, encontramos que el grupo que se
reivindica como privilegiado debe demostrar ser merecedor de tal
honor; la figura del sacrificio se ve vinculada a “el mísero”
sueldo que cobran como jubiladas y a todo lo que deben soportar.
Sin embargo, ellas tienen claro “que la cultura del trabajo y el
sacrificio” en oposición discursiva con la cultura del
inmigrante de frontera boliviano o peruano, que no trabaja, es
merecedora de “la gracia divina”. Cabe aclarar que hoy el
trabajo y la posición “clasista” han reemplazado a la afiliación
étnica o la raza del siglo XIX. Por lo menos, en expresiones que
vinculan lo sagrado a la renovación de una visa.
Por otro lado, existe una
fuerte resistencia al sol; esta actitud sólo puede comprenderse
dentro de un marco más profundo y amplio en donde su acción
deslegitima la acción del orden pigmentocrático; lo que subyace
a la exposición solar tiene relación directa con el descenso
social con el miedo a ser excluidas aún dentro de sus propios
miedos y prejuicios. El no pertenecer o lo que es peor, el
pertenecer al grupo que se discrimina es un temor muy presente
en esta clase de discursos. Por demás interesante, es también la
relación que existen entre el prejuicio de clase y género.
Cristina Kirchner en su cargo de mandataria nunca ha sido
mencionada como figura autónoma a la subordinación de su marido
o dentro de la figura del matrimonio. Sólo cuando Alicia, Mira y
Rosa se refieren burlonamente a los costos de su vestidor o a
las cirugías estéticas que se ha hecho, la mencionan ajena “al
matrimonio Kirchner”. Tampoco se la llama Fernández solamente
sino “Fernández de Kirchner”; para el caso, el prefijo “de”
denota un sentido de propiedad.
La idea de pureza, hoy
inextricablemente ligada al de cultura y trabajo también es un
aspecto a considerar en el siguiente análisis. Estos criterios
son estrictamente culturales, creados y legitimados socialmente
con arreglo a dinámicas de origen económico. La anglofilia
propia de la generación del 37, y la idea de progreso y
civilización no sólo aún continúan presentes en gran parte de la
población sino que crea discursos en donde entran en diálogo
diferentes perspectivas. Los desaparecidos del 70 con la
democracia, “lo negro con lo blanco”, lo puro con lo impuro y lo
civilizado con lo bárbaro”. La “cola” como momento de espera
invita a la resistencia, al diálogo a repensar ciertas
circunstancias en las cuales está inserto el sujeto mientras que
una vez entrado al banco, el silencio se apodera de manera
discursiva e interpeladora del Estado frente a quienes en forma
ambigua, por un lado lo increpan mientras por el otro viven
subordinados a él. Es precisamente, el discurso del racismo el
cual se de-construye en hegemonía y subordinación económica.
Quedaría como pendiente de abordar en futuras investigaciones el
papel que jugará “lo indígena” en el imaginario europeo que se
construirá en 2010 con motivo del segundo Centenario de la
revolución de 1810. ¿Será invisibilizado una vez más?
Notas
Brown, R.
Prejuicio, su Psicología Social.
Madrid, Alianza Editorial, 1998, pp. 27.
Clark, K.
Ghetto Negro: los dilemas del poder social. Buenos
Aires, Fondo de Cultura Económica, 1968. De Franciso,
Andrés. Sociología y Cambio Social. Buenos
Aires, Editorial Ariel, 1997. Essed, P. “Multi
Identification and Transformations: reaching beyond
racial and ethnic reductionisms. Social Identities.
2001. Vol. 7, Number 4. Branscombe, N. y Schmitt, M.
“The meaning and consequences of perceived
discrimination in disadvantage and privileged social
groups”.Kansas: University of Kansas, 2002.
Margulis, M. y
Urresti, M (compiladores). La Segregación Negada:
Cultura y discriminación social. Buenos Aires,
Editorial Biblos, 1999.
En el año 1760, el monarca español,
Carlos III realizó un conjunto de reformas con el fin de
mantener su hegemonía dentro de las Américas. Estas
reformas implicaban la reorganización de sus fuerzas
armadas dándole cabida a todo aquel nacido dentro de
territorio español; de este modo ingresaron al ejercito
español un sinnúmero criollos para quienes la carrera
militar significaba el único modo de movilidad social en
ese entonces. Paradójicamente, esta medida provoca una
creciente militarización en América Latina que encuentra
su punto máximo en la declaración de independencia. En
cierta forma, la intención de Carlos III fue evitar la
disgregación de sus colonias pero sus medidas no
encuentran sino un resultado adverso. Para mayor
información véase – Lieuwen, E. 1960. Armas y Política
en América Latina. Páginas 34 a la 50.
Lischetti,
Mirtha. “Diversidad e integración: Chilenos en
Argentina.”. Revista Claroscuro Vol. 2. Num. 4, 2005.
Pp. 30-40. Trpin, V. “Entre
ser beneficiario social y trabajador rural: migrantes
chilenos en un barrio de Alto Valle, Río Negro”. En
Grimson, A. y Jelin, E. (compiladores). Migraciones
regionales hacia la Argentina: diferencia, desigualdad y
derechos. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2006, pp.
349.
Zizek, S. “El
Espectro de la Ideología”. En Ideología: un mapa de
la cuestión. Zizek, S
(Compilador). Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, pp. 10.
[Fuente: Maximiliano E. Korstanje. "De cara al
bicentenario: el discurso europeizante en el imaginario
colectivo argentino." HAOL 20 (Otoño, 2009: 187-200.]
© José Luis Gómez-Martínez
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correspondan.