Pensamiento
ecológico
Gloria Comesaña Santalices
"Reconciliarse con Gaia en un
mundo dominado por la razón tecnológica"
RESUMEN: Aunque construir el mundo humano
implica violencia, hemos de reducir la depredación de la
naturaleza y los riesgos de la industrialización y consumo
masivos que amenazan con destruir totalmente nuestro soporte
biótico. La necesidad de reconciliarnos con Gaia es
imperativa, y para ello debemos construir una ética
ecológica basándonos en el reconocimiento de nuestra
responsabilidad como seres en los cuales la totalidad del
cosmos toma conciencia de sí mismo y asume la obligación de
administrar la realidad que nos rodea. La educación
ambiental es aquí fundamental. Una filósofa, Hannah Arendt y
una teóloga ecofeminista, Rosemary Radford Ruether, serán
nuestras guías.
Desde tiempos
inmemoriales los seres que hemos llegado a llamarnos humanos,
hemos luchado, con mayor o menor conciencia de ello, para
sobrevivir en el planeta. Y esta lucha ha sido en innumerables
ocasiones devastadora para la naturaleza. Hemos construido lo
que Hannah Arendt llama un mundo común, fruto del trabajo de
nuestras manos y mentes, y en esta
construcción del mundo, necesaria para que los autodenominados
humanos pudiésemos sobrevivir con menores dificultades, hemos
depredado el planeta de una manera inmisericorde en todos sus
aspectos, pues como Arendt señala, para construir aquello que es
el artificio mundano, tenemos que hacer violencia a algún ser o
elemento del mundo natural. En efecto, al fabricar, con lo cual
añadimos algo al artificio mundano,
producimos una reificación que le otorga solidez a los
materiales trabajados, los cuales son ya extraídos por las manos
humanas de su nicho natural, y ello siempre mediante la
violencia, como hemos dicho. Así nos lo dice Arendt:
“El
material ya es un producto de las manos humanas que lo han
sacado de su lugar natural, ya matando un proceso de vida, como
el caso del árbol que debemos destruir para que nos proporcione
madera, o bien interrumpiendo uno de los procesos más lentos de
la naturaleza, como el caso del hierro, piedra o mármol,
arrancados de las entrañas de la tierra. Este elemento de
violación y de violencia está presente en toda fabricación, y el
homo faber, creador del artificio humano, siempre ha sido
un destructor de la naturaleza.”
A
esto opone la autora la actividad del laborante, de la labor,
que ella diferencia del trabajo y del trabajador u homo
faber, llamándole animal laborans y señalando que
éste último, “con su cuerpo y la ayuda de animales domesticados
nutre la vida (y) puede ser señor y dueño de todas las criaturas
vivientes pero sigue siendo el siervo de la naturaleza y de la
Tierra; sólo el homo faber se comporta como señor y amo
de toda la tierra.”
De modo que para construir el mundo humano, el homo faber
destruye inevitablemente parte de la Naturaleza creada por
Dios/a. Es interesante leer al respecto la cita que la autora
coloca en colofón de esta afirmación. En ella señala que la
noción del hombre como señor de la Tierra es característica de
la Época Moderna, mientras que en el medioevo se interpretaba la
creatividad humana a imagen de la de Dios, que crea ex nihilo,
mientras que el homo faber lo hace a partir de la materia
ya creada previamente por Dios. En todo caso, señala,
“Ambas están en contradicción con el espíritu de la Biblia.
Según el Antiguo Testamento, el hombre es el dueño de todas las
criaturas vivas (Gen., 1), que fueron creadas para
ayudarle (II.19). Pero en ninguna parte figura que se le haya
hecho señor y amo de la Tierra; por el contrario, fue puesto en
el jardín del Edén para servirlo y conservarlo (II.15). Resulta
interesante observar que Lutero, rechazando conscientemente el
compromiso escolástico con la antigüedad griega y latina,
intenta eliminar del trabajo y de la labor humana todos los
elementos de producción y fabricación. Según él la labor humana
es únicamente “búsqueda” de los tesoros que Dios ha puesto en la
Tierra. Siguiendo el Antiguo Testamento acentúa la total
dependencia del hombre con respecto a la Tierra, no su dominio”.
El
desarrollo tecnológico, que según nuestra autora implica la
sustitución de útiles e instrumentos por maquinaria, tiene
principalmente tres etapas en la Época Moderna. En la primera de
ellas, la invención de la máquina de vapor que condujo a la
revolución industrial, seguía caracterizándose por la imitación
de los procesos naturales y por el empleo de fuerzas naturales
para objetivos humanos. El uso de la electricidad caracterizó
fundamentalmente a la segunda etapa. A partir de aquí se empieza
a desencadenar procesos naturales propios que nunca se hubieran
dado sin la intervención humana, implicando ello que, en lugar
de proteger el artificio mundano de las fuerzas elementales de
la naturaleza, lo que se hace es dirigir esas mismas fuerzas,
con todo su poder, hacia el propio mundo, lo cual,
evidentemente, puede también revertirse contra él.
La
automatización representa aquí la última y más reciente etapa, y
de lo que se trata ahora es de “manejar en la vida cotidiana de
nuestra Tierra energías y fuerzas que sólo se dan en el
universo.”
Arendt se inquieta aquí por el hecho de que ahora lo que la
tecnología está haciendo al canalizar hacia la naturaleza de la
Tierra, las fuerzas universales del cosmos, puede llegar a
alterar o transformar lo que hasta ahora hemos conocido como
naturaleza, lo cual además, puede evidentemente acabar
completamente con toda vida en la Tierra, y ¿quien sabe si con
el planeta mismo? Explícitamente nuestra autora incrimina aquí a
la energía nuclear y todo el potencial destructivo que de ella
se deriva, del cual ya hemos tenido pruebas suficientes.
La
pregunta que nos acucia de inmediato es la siguiente: ¿no hay
según esto una forma armoniosa y equilibrada en que pueda darse
la relación ser humano- naturaleza? ¿Para sobrevivir hemos de
destruir siempre algo? Es posible que la ciencia ecológica pueda
ayudarnos a encontrar una respuesta. En este sentido
comenzaremos por acoger la definición de ecología que
encontramos en el libro Gaia y Dios, de la teóloga
ecofeminista norteamericana Rosemary Radford Ruether, que
afirma:
“La
ecología es la ciencia biológica de las comunidades bióticas que
demuestra la leyes por las que la naturaleza, sin ayuda del
hombre, ha generado y conservado la vida. Por añadidura, su
estudio también sugiere pautas para que el hombre aprenda a
vivir como miembro defensor, y no destructor de esas comunidades
bióticas. Así a diferencia de las ciencias físicas y biológicas
modernas que pretenden ser sólo descriptivas, la ecología
postula que se le devuelva a la ciencia su papel clásico de
normadora y preceptora”.
La
autora que estamos mencionando nos indica que la ética
ecológica, que es lo que necesitamos para responder a nuestras
preguntas, debería derivarse de la descripción del
comportamiento de la naturaleza. No debemos pensar que la ética
resulta de una derivación de verdades superiores, sino que
nuestra conciencia, que forma parte del proceso evolutivo, está
capacitada, no sólo para reorganizar los patrones naturales,
sino también obligada por el sistema ecológico natural, a
responder a sus necesidades dentro del marco trazado por el
mismo sistema de la naturaleza, una de cuyas lecciones básicas
es que todo está interrelacionado. Esta constatación de la
interrelación de todos los seres, es la respuesta a muchos de
nuestros interrogantes éticos e inclusive espirituales. No sólo
estamos emparentados con todos los seres de la Tierra, sino con
las estrellas y galaxias, pues de la explosión de las estrellas
proceden todas las cosas que nos rodean y también nosotr@s
mism@s. Todos los elementos que nos conforman han pasado
millares de veces a través de otros seres durante la larga
historia del planeta.
Pero
no le resulta fácil a la arrogancia humana, alimentada a lo
largo del tiempo por tantos ilustres textos, muchas veces mal
leídos, o por comportamientos negativos y destructivos que se
han convertido en una especie de “segunda naturaleza,” aceptar
su parentesco con todas las cosas y seres existentes, desde los
animales superiores hasta la más humilde planta, la bacteria, la
roca, el suelo, la corriente de agua o el aire. Sin embargo,
cada día se hace más urgente que entendamos que formamos parte
de una totalidad cuyas partes están imbricadas estrechamente
unas con otras, de modo que nadie ni ningún grupo puede salvarse
solo, pues todo lo que se hace en cualquier parte del conjunto
repercute en el resto. Debe estar claro para nosotros, que, tal
como lo revela la historia de la Tierra, dependemos
absolutamente de las plantas, que son las creadoras no sólo de
la cadena alimenticia que sustenta a los animales, sino las
responsables de que tengamos una atmósfera respirable. Aunadas
al sol, las plantas son las creadoras de las condiciones de la
vida en nuestro planeta. Por otra parte, la evolución conjunta
del aire, el agua y el suelo, sustentan la vida, lo cual dentro
del ciclo vital es tan importante como la interdependencia de
plantas y animales.
Y no
podemos dejar de referirnos a nuestra interdependencia con
respecto a las cadenas alimenticias, y el ciclo de producción,
consumo y descomposición. En la medida en que la energía que
para su subsistencia absorben y aprovechan los distintos
eslabones de la cadena alimenticia, es apenas una parte de lo
que reciben, debería quedarnos claro que cada una de las etapas
de dicha cadena alimenticia no debe superar un décimo de aquella
de que depende si queremos conservar una relación sustentable.
Es
por ello que el aspecto demasiado carnívoro de la dieta
occidental debe corregirse, en la medida en que el
apacentamiento excesivo de animales para el consumo, elimina
grandes extensiones de tierra para la actividad agrícola, además
de producir un exceso de contaminación en tierras y ríos, al no
poder reciclar como es debido los residuos de los animales. Y
eso sin hablar de la utilización, para alimentar al ganado, de
productos que aprovecharían más bien a la dieta humana, sobre
todo en los países más desfavorecidos. Todo ello, aunado al
dolor y a las aberraciones que se hace sufrir a los animales
para acelerar su crecimiento o para transformar partes de su
cuerpo para satisfacción del consumidor. Un ejemplo terrible lo
tenemos en los métodos utilizados en Francia para producir el
“famoso” paté de foie gras. En este campo, el equilibrio con la
naturaleza nos señala a gritos que debemos regresar a formas más
sustentables de alimentación, consumiendo fundamentalmente
plantas, que están en la primera etapa de la cadena alimenticia.
Eso reduciría también muchas de las enfermedades que nos aquejan
en occidente por el excesivo consumo de carne de res,
fundamentalmente.
Otro
aspecto muy importante de la cadena alimenticia es el de la
descomposición, a través del cual y por intervención de
insectos, hongos, bacterias etc. los nutrientes de los
organismos muertos retornan a la tierra para hacer fértil el
suelo y así recomenzar el ciclo. Esto implica también que no hay
desperdicios, constituyendo un excelente ejemplo para los
humanos en cuanto al manejo, hasta ahora desastroso, de sus
desechos. Nos bastaría pues con copiar el sistema de la
naturaleza para aprender a aprovechar y reciclar nuestros
desperdicios, con lo cual habría menos polución por las basuras
de todo tipo que contaminan extensas capas de la superficie
terrestre. Y más grave aún si se trata de desechos tóxicos,
resultantes muchas veces de esas energías cósmicas ahora
manipuladas hacia la tierra sin pensar en las proporciones
destructivas e inmanejables que pueden llegar a tomar.
Y ya
es hora, en estas reflexiones que vamos hilvanando en nuestro
pensar sobre lo que da título a nuestro trabajo, de determinar a
qué le llamamos humano y qué es lo natural, la naturaleza. Lo
humano nos parece ser más una aspiración que una realidad que
pudiese ser definida de una vez por todas. Seria más bien un
ideal, un ideal dotado de una serie de características que
varían según l@s pensador@s
y las épocas.
Colocándonos en una perspectiva evolucionista al estilo
teilhardiano, pensamos que es preciso asumir al ser humano como
punto emergente y más elevado de dicha evolución, que no está
aún culminada, de modo que lo humano debemos entenderlo
preferiblemente como un ideal, como hemos dicho, o una utopía
que hemos de seguir construyendo. Pero separándonos un poco de
Teilhard, nosotros insistiremos en destacar que lo humano es
parte del proceso total, que todo está unido y relacionado, y
que quizás ahora, esos seres a los que llamamos humanos, estén
orientando el proceso evolutivo por un camino equivocado…A ello
podría oponérsenos que todo lo que hacemos es natural, porque el
ser humano es también parte de la naturaleza, y que si de
nuestra especie ha surgido eso que llamamos cultura y que parece
oponerse a lo natural, en realidad lo cultural es también un
aspecto de la natural evolución… Todo ello parecería bastante
lógico, un buen razonamiento que obligaría a aceptar todo como
está y a maniobrar dentro de estrechos márgenes para tratar de
reorientar las cosas…es decir continuar con pequeños cambios por
el mismo camino que llevamos.
Pero
de lo que se trata es de entender que nuestro camino está errado
porque hemos de redescubrir el orden interno de las cosas para
derivar de allí una Ética que llamaremos ecológica, como dijimos
antes, una Ética que nos permita reconciliarnos con el origen,
con eso que llamaremos Gaia, la Tierra como planeta, que al
igual que nosotr@s está enmarcada en una realidad más amplia que
de momento no queremos denominar con una palabra reductora.
¿Mas, qué Ética puede aproximarnos a una reconciliación con Gaia
en este mundo globalizado y tecnologizado en extremo, en el cual
las tecnologías no están al servicio de la especie ni del
planeta que la sustenta, sino que configuran un mundo cada vez
más complejo, más causante de dolor, violencia, confusión y
dispersión? Pues si bien se habla de la aldea global y de
comercio mundial, o de intercambios culturales a todos los
niveles, por otra parte la mayoría de las culturas se sienten
amenazadas por la imposición de un modelo único, y tienden a
encerrarse en sí mismas y a retornar, en aras de la defensa de
su identidad, a modelos de vida que no siempre son beneficiosos
para las mujeres y hombres de la especie, aunque por otra parte,
esos modelos coexistan con la utilización de las más modernas
tecnologías para apoyarlos. A ello debemos añadir, que dichas
tecnologías, las más de las veces, destruyen nuestro soporte
natural, contribuyendo a desbalancear el equilibrio, la
autorregulación que Gaia ha ejercido siempre sobre sí misma,
exponiéndonos a tremendos peligros, el menor de los cuales no es
el cambio climático que ya se está manifestando por todas partes
con consecuencias terribles.
Y
junto a eso, se busca ponerse “al día” con formas de progreso
que son precisamente las que, utilizadas en exceso, e
indiscriminadamente, nos han llevado al borde del precipicio en
el que nos encontramos. Con toda razón las naciones menos
desarrolladas industrialmente y que aún no pueden proporcionar a
su población los considerados “beneficios” de los que gozan l@s
habitantes de las naciones “avanzadas”, buscan alcanzar los
niveles de “progreso”, industrialización y comodidades de dichas
naciones, contribuyendo así a complicar más el desequilibrio ya
existente en Gaia, nuestra Madre Tierra. Con gran cinismo,
muchos de los países “desarrollados” que se niegan a tomar las
medidas urgentes y necesarias, mientras se resignan a que
ciertos países emergentes económica y tecnológicamente hablando,
se vuelvan depredadores también, pretenden hacer recaer el peso
de la solución de los desequilibrios ecológicos que nos conducen
a nuestra destrucción, sobre los países que se esfuerzan por
lograr un nivel de “progreso” similar al alcanzado por ellos.
Muchos de los que desde el “primer mundo” se inquietan por la
problemática ecológica, sin asumir el cambio radical que en sus
países deben dar a sus estilos de vida, pretenden que en el
“tercer” y el “cuarto” mundo, poblaciones enteras se mantengan
al margen de avances tecnológicos y de modos de vida que sí
asumen para ellos, y que no tengan acceso al desarrollo
industrial, permaneciendo en la dependencia y en un
subdesarrollo casi siempre inhumano, por insalubre, duro y
sometido a los deseos y necesidades de los privilegiados. So
pretexto de que las gentes del mundo industrializado no
aceptarán cambiar ni un ápice de sus comodidades para proteger
al planeta, exigen a más de la mitad de la humanidad que salven
ell@s la humanidad y la Tierra, nuestra Madre Gaia, mientras
ell@s continúan en su loca carrera de orgiástica destrucción.
¿Cómo puede aceptarse esta injusticia mayúscula? Pero también es
verdad que no podemos seguir con la venda en los ojos, y
enfrentarnos unos países a otros como si las consecuencias no
fuesen a afectarnos a tod@s por igual. ¿Qué hacer entonces?
Como
hemos escrito más arriba, “la ecología postula que se le
devuelva a la ciencia su papel clásico de normadora y
preceptora” en palabras de Rosemary Radford Ruether. ¿Qué puede
significar esto? ¿En qué sentido se apunta aquí al logro de una
Ética ecológica y qué quiere decir esto? Hablar de una Ética
partiendo del plano ecológico, no puede significar caer en
ilusiones románticas, esperando voluntariosamente en una
transformación de la humanidad como consecuencia de una
evolución indetenible, o suscribir a utopías muy hermosas pero
sin asidero ninguno en la realidad. Esto sólo puede conducir a
paliar los problemas con soluciones limitadas, o a calmar
nuestras conciencias atormentadas por el desastre de violencia,
caos y expoliación desenfrenada que nos rodea y a veces sumerge.
La respuesta debe venir más bien a partir del reconocimiento de
nuestra responsabilidad como seres en los cuales la totalidad
del cosmos toma conciencia de sí mismo y asume la obligación de
administrar la realidad que nos rodea guiándola en el sentido en
el que apuntan las fuerzas motrices de la evolución y del
proceso dentro del cual nos encontramos. Y es allí donde la
ciencia, y cierta concepción de la misma, pueden orientarnos y
ayudarnos a establecer pautas de desarrollo sustentable y
armonioso, reconciliando a todos los seres. Pero aquí la
responsabilidad nos incumbe a tod@s, nos agrade o no. Y para
ello es preciso que las gentes de los países más avanzados se
sometan a ciertas resctricciones, mientras que los países en
ascenso deben desarrollar políticas idóneas para que, sin
abandonar su lógico deseo de cierto tipo de desarrollo, éste se
logre asumiendo lo que ya se conoce como errores graves en
relación con la tierra, y buscando formas de avanzar que estén
en paz con Gaia.
Si
tomamos en cuenta, como hace la autora que acabamos de
mencionar, tanto la necesidad de una nueva espiritualidad, de
una nueva manera de situarnos frente a la naturaleza y frente al
mundo de lo humano, que reconcilie lo que hasta ahora ha estado
opuesto, y lo cotejamos con los avances en el campo de la
energía subatómica, encontraremos la orientación que necesitamos
para guiar nuestras reflexiones. La ciencia que se ocupa de lo
infinitamente pequeño, nos hace ver que en el nivel más
elemental lo que encontramos son campos de energía cuyos efectos
aparecen y desaparecen. De modo que en el nivel subatómico la
distinción entre materia y energía ya no es pertinente, pues la
materia no es otra cosa que energía moviéndose en patrones
definidos de interrelación. Estos patrones de energía, que son
los que dan forma a la apariencia de los objetos que captamos
como materiales, son la matriz que está en la base de todas las
interconexiones que conforman nuestro universo.
“Esta matriz de energía danzante opera con una
racionalidad,
siguiendo patrones predecibles que resultan en un número fijo de
posibilidades. Entonces se conjunta lo que tradicionalmente se
ha llamado Dios, la mente o patrón racional que
mantiene todas las cosas juntas, y lo que hemos llamado materia, la
base de los objetos físicos. La
desintegración de la diversidad en porciones
infinitamente pequeñas, y el Uno, o totalidad unificante que
conecta a todas las cosas, coinciden”
Partiendo de tener esto último muy claro, es evidente que esta
visión del universo puede llenarnos de esperanza en cuanto a la
posibilidad de lograr la reconciliación que anhelamos, tanto con
Gaia, como con el ente espiritual que somos, pues el espíritu es
precisamente eso: energía en su más pura destilación… Y aquí es
preciso dar un paso más y señalar que, más que vernos como seres
privilegiados porque somos, hasta prueba de lo contrario, los
únicos seres reflexivos en el universo, los mediadores entre lo
infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, hemos de vernos
como aquellos que tenemos en nuestras manos la responsabilidad
única de llevar a buen puerto la barca de la evolución, pues
somos, como dice nuestra autora, “la mente del universo,
el lugar en que el universo adquiere conciencia de sí mismo”.
Sin
embargo, hasta ahora, como hemos dicho antes, no parece que este
privilegio de ser “el lugar en que el universo toma conciencia
de sí mismo”, haya sido de mucho beneficio al planeta y a todos
y cada uno de sus habitantes de todas las especies… ¿Qué
necesitamos para funcionar realmente y avanzar en la dirección
correcta? ¿Ser conciencias reflexivas es de por sí una garantía
de avances evolutivos en el sentido adecuado? Lamentablemente
no. Este privilegio se ha tornado las más de las veces en un
peligro. Y aquí concordamos, y cómo no hacerlo, con nuestra
teóloga, cuando nos dice que los varones de la clase dominante,
durante los miles de años de historia de nuestra cultura,
entiéndase, desde que vivimos en un mundo patriarcal, han
desvirtuado este privilegio de la mente para dominar a la
totalidad de las mujeres, y a la mayoría de los varones, y para
colocarse en absoluta contradicción con lo que las leyes de la
naturaleza nos invitan a respetar.
“Así, han negado la trama de relaciones que nos une y dentro de
la cual estos varones son una parte absolutamente dependiente.
La urgente tarea de la cultura ecológica es abrir la conciencia
humana a la realidad de la Tierra, de modo que podamos utilizar
nuestras mentes para comprender la trama de la vida y podamos
vivir dentro de esa trama como sus sostenes, no como sus
destructores.”
La
idea de nuestra autora, nos invita pues a basarnos en la ciencia
considerada como ya hemos señalado, no sólo como descriptiva,
sino como normadora y receptora. Esto para construir una ética
ecológica que nos permita reconciliarnos con todo el complejo
sistema micro y macro del cual formamos parte como el eslabón
que debe guiar la marcha. Y ello, no estableciendo diferencias
ni superioridades con respecto a los demás seres, sino
insistiendo en nuestro parentesco con todo lo existente,
parentesco a partir del cual, quedará claro que debemos no sólo
aprender de ello, sino establecer en cada caso, con cada una de
las especies existentes, el tipo de relación adecuada que el
estudio de la ecología nos permite conocer y elegir como el que
mantendrá el equilibrio.
Cuando hablamos de reconocerle un papel normador y preceptor a
la ecología como ciencia y a las demás ciencias físicas y
biológicas, ello no quiere decir sin embargo que consideremos a
las ciencias a la manera clásica, como saberes basados en la
exactitud y sujetos a propuestas de dominación dogmática, que
constreñirían nuestra libertad de una forma casi dictatorial.
Desde este punto de vista la cultura y el mundo del artificio
mundano, para usar la terminología arendtiana, quedarían
totalmente descalificados, e incluso incriminados como
causantes, en gran medida, del desastre planetario. Pero sabemos
que ningún extremo es bueno, de modo que se trata de entender la
cultura, el mundo de lo humano en todos sus aspectos, como un
producto más de la evolución, como el camino evolutivo de la
mente humana y sus construcciones. Es precisamente en este plano
de la cultura y del artificio mundano, con todo lo que ello
implica, donde ahora debemos dar la batalla. Pues es a partir de
nuestros saberes, científicos o no, como podremos evaluar la
situación y hacer propuestas de desarrollo sustentable,
propuestas éticas que tomen en cuenta todos los derechos de
todos los seres, valiéndose de una lectura inteligente del
comportamiento y funcionamiento de las diferentes comunidades
bióticas o abióticas con las que estamos entrelazados.
A
este nivel, es evidente que la formulación de una ética basada
en la ecología y la inclusión de la educación ambiental en todos
los ejes curriculares en forma transversal, pueden revelarse
como eficaces instrumentos de combate contra la destrucción del
planeta, aunados a las leyes de todo tipo a nivel nacional,
regional o internacional y a la lucha por la consecución de
tratados de cumplimiento posible y creíble, firmados por todos
los países. Para ello precisamos incluir la política entre
nuestros intereses y formas de lucha, evitando que ésta se
burocratice y anquilose, como ya ha pasado muchas veces.
Para
que nuestro propósito pueda tener canales de posible
realización, es preciso que procedamos a examinar los
fundamentos en que se basa nuestra perspectiva ética. Es
evidente que lo que llamamos bien o mal, es un
punto clave de toda esta problemática. Nuestra definición de lo
que es bueno o malo, es un punto clave para enfrentar la
proposición de una postura ética. Ante todo debemos reconocer
que hablamos desde una tradición, la judeo-greco-cristiana,
derivada ésta última de las dos primeras. Para los griegos, el
problema del mal era de tipo metafísico, causado por el dualismo
que implica el encierro de un espíritu eterno en un cuerpo
mortal. Desde esta perspectiva, el cuerpo es el enemigo que debe
ser controlado y dominado por la mente, debe ser mortificado y
castigado en la medida en que impide la elevación espiritual de
la persona. La solución a todo esto según esta postura se
encuentra, trascendiendo esta vida perecedera, en un más allá en
que sólo el espíritu ha de prevalecer, y por ello, todo lo
relacionado con este tiempo finito, y con la vida
biológico-material, es visto sólo como un tránsito, un camino
hacia un supramundo de salvación, de modo que nada de este mundo
y esta tierra tiene importancia real. Como puede apreciarse de
inmediato, esta mentalidad no es en absoluto propicia a la
constitución de una perspectiva ecológica que pudiese
reconciliarnos con Gaia y con el resto del universo.
Desde la perspectiva hebrea, la causa del mal estriba en la
desobediencia de los humanos a la voluntad divina, expresada en
los mandamientos. Por lo general escogemos el camino del no
cumplimiento, y por ende el del mal y la injusticia. Pero somos
seres libres, y podemos escoger el camino correcto, teniendo en
cuenta que aquí la solución no se encuentra pospuesta en otra
vida o mundo trascendente, sino que debe darse en el seno de la
historia humana. En ambas perspectivas, que se combinaron
imbricadamente para producir nuestra cultura occidental
cristiana, es el sentimiento de culpa y el de inseguridad con
respecto a esta realidad
material lo que se
afirma, acrecentados estos sentimientos por los niveles de
violencia, corrupción y monstruosidad a los que se ha llegado
como consecuencia de los avances tecnológicos que aumentan el
alcance de la maldad, tanto a nivel humano como en los daños
ocasionados al planeta, que a su vez repercuten y pesan de una
manera terrible sobre las vidas de las personas.
Y
una de las formas en que estos niveles de culpa e inseguridad se
manifiestan, es en nuestra inveterada costumbre de considerar
enemigos y culpables a quienes son otros diferentes a
nosotros o nuestro grupo, encontrando siempre un chivo
expiatorio a través del cual exorcizar, pero no resolver el
problema. Estos otros a través de los cuales pretendemos
expiar la maldad, han sido muy diversos a lo largo de la
historia, cambiantes según las épocas y los pueblos, pero
siempre, y en todos los casos, las mujeres en conjunto han sido
los chivos expiatorios por excelencia, y por eso este
mundo patriarcal es un mundo que no solo está en deuda con la
Tierra, sino con las mujeres en su totalidad, que son quienes,
entre los humanos, han sufrido más duramente y continúan
sufriendo los rigores del desastre ecológico.
Hemos de partir entonces de una adecuada definición del mal, una
definición como la que expusimos al comienzo, en la que el mal
es la mala relación, la proliferación egoísta de un grupo
biológico o humano específicamente en este caso, más allá de los
márgenes que le corresponde, mientras que el bien sería aquella
relación que respeta los límites y el equilibrio dentro del
propio nicho biológico. Teniendo esos conceptos claros, podemos
lograr propuestas éticas realizables y sensatas, amén de
recuperadoras para el ecosistema y para nuestra relación con él
y con los demás de nuestra especie.
Sin
embargo, a pesar de que, como dice Radford Ruether, “La
sabiduría de la naturaleza estriba en el desarrollo de límites
interconstruidos a través de una diversidad de seres en mutua
relación, de manera que ninguno excede su propio nicho”,
los humanos no hemos tomado para nada en cuenta este modelo tan
adecuado y simple en su elemental funcionamiento. A diferencia
de todos los demás seres, y desequilibrando todo el sistema, los
seres humanos hemos sobrepasado los límites existentes en el
interior de otras especies, e incluso en el de la nuestra
propia, al pasar, desde los tiempos de la agricultura, a los de
la caza-recolecta y finalmente al modo industrial terriblemente
agresivo para la naturaleza, de producir los alimentos. Pero no
es sólo en este plano el desastre, que trae destrucción y
sufrimiento a todo tipo de seres vivos, sino en el plano en
general de un mundo industrializado y con pretensiones de cada
vez mayor globalización, en el cual la lógica del
producir-acumular-consumir es la única que funciona.
Todo
ello nos ha conducido a vivir dentro de una sociedad humana
dividida en dominadores y dominados, con una especial
preponderancia de los varones en el grupo de los dominadores,
donde constituyen la mayoría, pues incluso las escasas mujeres
que puedan encontrarse en este grupo, son también sometidas a
los dominantes varones. Pero ahora, cuando la capacidad de
explotación de todo tipo de seres y objetos ha llegado a su
punto culminante, se está haciendo cada vez más evidente la
capacidad destructora de este modo de vida, que comienza ya a
minar los cimientos de todo el sistema social y ecológico en que
vivimos. Y como nadie quiere ceder ni un ápice de sus
comodidades y sus riquezas y prefiere taparse ojos y oídos
frente al colapso que se avecina, dicho colapso se acerca cada
día más, a menos que algun@s hagamos algo de inmediato, y
logremos que se nos unan cada vez más personas.
En
este plano la educación para el respeto y puesta en práctica de
una ética ambiental, es uno de los factores claves en el intento
de detener el colapso y lograr una reconciliación con Gaia, la
Tierra, que de paso nos conduzca a nuevas y más profundas formas
de espiritualidad. Pero este rol fundamental de la Educación
Ambiental, debe ir apuntalado por otra serie de medidas, de
mayor o menor envergadura, demandando todas ellas planificación
y seguimiento a largo plazo, y la capacidad de llegar a
convencer e involucrar en cada caso a quienes están en cargos de
toma de decisiones, pues si no hay una real voluntad política de
promover el cambio a todos los niveles, pocas mejoras veremos en
la situación ecológica del planeta, y de nosotros en él.
Entre esas medidas podemos señalar, sin pretender ser
exhaustiv@s, las de carácter legal, imponiendo límites a la
depredación que sufre la Tierra, al saqueo ecológico de grandes
zonas para dedicarlas al turismo, a inversiones industriales o
inmobiliarias, al pastoreo de grandes manadas de animales para
el consumo humano, con lo cual las superficies dedicadas a
cultivos vegetales para alimentación vegetariana disminuyen,
pero además las zonas de pastoreo hacen desaparecer también
grandes zonas boscosas, necesarias para el equilibrio ecológico,
y los desechos de los animales, no siempre bien manejados,
contaminan grandes zonas. A todo ello hay que añadir que es
necesario evitar que desaparezcan zonas de bosque y vida salvaje
que son necesarias a la autorregulación que Gaia ejerce sobre sí
misma, pero que están desforestándose a gran velocidad con el
fin de cultivar plantas para los biocombustibles o para el
consumo humano manejado en forma industrial.
Es
preciso lograr que las potencias que dominan el mundo, tanto en
el aspecto político como en el económico, cambien de mentalidad
con respecto al exceso de industrialización y al exceso de
tecnologías no siempre necesarias ni justificables, que nos
apartan de todo contacto con la realidad de Gaia y nos hacen
vivir en un mundo totalmente artificial, tan dependiente de
ellas, que al menor fallo de cierta envergadura todo podría
colapsar rápidamente a nuestro alrededor…Debemos lograr que se
firmen y cumplan tratados internacionales y que los organismos
internacionales asuman realmente su rol y puedan obligar o
convencer a todos de firmar y cumplir.
Todas las investigaciones sobre manipulaciones genéticas en
animales y en plantas deben cesar, pues en poco tiempo casi no
quedará ninguna especie original sobre la tierra, y no sabemos
los daños que a largo plazo producirá en nosotros el consumo de
transgénicos, y los grandes problemas que causan a la tierra y
al equilibrio entre las tierras cultivables y los diferentes
organismos que proliferan en ellas, equilibrio que los cultivos
transgénicos fragilizan cada día más. Estos cambios deben ir
acompañados por cambios en los estilos actuales de vida de l@s
human@s, que se establecen preferentemente en grandes
conglomerados donde el nivel de problematicidad social,
ecológica y de todo tipo se duplica o triplica comparativamente
a la vida mejor organizada en comunidades pequeñas o medianas,
donde los problemas son más manejables.
Todo
esto implica un cambio a veces casi radical en nuestro modo de
estar en el mundo y de relacionarnos con los demás seres, hasta
alcanzar niveles de equilibrio que destierren las formas de
dominio y explotación que hasta ahora han caracterizado nuestra
manera de convivir en y con el planeta, de modo que nos sintamos
parte equiparable de él y no sus dueños o amos autorizados o
señalados por Dios para dominarlo y explotarlo hasta agotar sus
recursos. Esta perspectiva, apoyada en creencias religiosas y
apuntalada por los avances científicos a veces de dudosa
envergadura, ha sido vehiculada también por el triunfalismo de
la industrialización creciente en el mundo desde los comienzos
de la época moderna.
Es
preciso pues que entre otras acciones a tomar, busquemos fuentes
de energía no contaminantes como el petróleo o los combustibles
fósiles. Algo se está haciendo en este campo con el desarrollo
de la energía eólica, que sin embargo implica otro tipo de
problemas en algunos casos, que es preciso resolver o minimizar,
o la energía derivada de la fuerza controlada del agua
(represas), que trae algunos problemas consigo, y que también
deben ser resueltos de manera sensata. Desde este punto de vista
de la contaminación por combustibles, se avanzaría mucho si los
sistemas de transporte público se organizaran en forma eficiente
y racional, de modo que fuese posible convencer a la mayoría de
l@s ciudadan@s de utilizar lo menos posible los vehículos
particulares. Esto implicaría menos consumo de combustibles, así
como ayudaría grandemente en ese sentido el diseño de
maquinarias más eficientes, que hiciesen más o el mismo trabajo
con menos demanda de energía.
Los
gastos de combustible en viviendas podrían también disminuir con
el desarrollo de una arquitectura bioclimática al alcance de
todos, aprovechando al máximo los recursos de materiales de
construcción propios de cada región y construyendo de acuerdo al
clima, como ciertamente se hacía en otros tiempos. En el campo
de la agricultura, debemos abocarnos a buscar nuevos métodos de
cultivo que no agoten la tierra, y métodos de pastoreo y crianza
de animales que no agoten las tierras que podrían ser dedicadas
al cultivo, pero que además sean respetuosos con los animales
destinados al consumo humano. Allí hay toda una problemática de
respeto a los derechos de los animales y de las demás especies,
que ya está comenzando a ser tomada en serio, particularmente
por la filosofía, empeñada en reflexionar sobre una más
auténtica ética de la vida. No podemos seguir consumiendo carne
en la forma en que lo hacemos, sobre todo en Occidente, aunque
este es un problema que afecta de algún modo a todas las
civilizaciones. Hemos de recordar como ya se dijo, que no
debemos superar para nuestra alimentación el servirnos de más de
un décimo de la escala biótica de la que nos alimentamos.
Otro
grave problema es el de los desechos y su manejo,
por lo que debemos
tratar de acabar en lo posible con todas las formas de basura no
reciclable, eliminando sobre todo los desechos tóxicos no
naturales, entre ellos los desechos nucleares, los
fluorocarbonos y otros restos de la actividad industrial o de
consumo, pues la mayoría de ellos no pueden ser reciclados sin
peligro. Esta lucha contra la sociedad productora de desechos,
implica la búsqueda de productos fabricados que duren lo más
posible y puedan ser utilizados muchas veces.
Aquí
no podemos dejar de mencionar lo que señala James Lovelock en su
último libro, La venganza de la Tierra,
en el sentido de que los aerosoles pueden contribuir a demorar
el aumento de la temperatura terrestre, parte del cambio
climático en el cual él ve una de las mayores y casi
irreversibles amenazas para nuestra supervivencia en Gaia. Por
otra parte resulta interesante la defensa y justificación que
hace de la energía nuclear como fuente limpia de energía,
demostrando que el miedo que le tenemos a lo nuclear se debe a
los efectos de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y
a los ensayos nucleares y desarrollo de armas atómicas, que
supuestamente han dejado de proliferar gracias a la firma de
diversos tratados internacionales. Para él, los beneficios del
uso de las centrales nucleares son mayores que sus peligros,
para demostrar lo cual desarrolla toda una argumentación a
primera vista convincente. Lo que en este sentido nos causa
problemas y nos impide afiliarnos sin más a sus propuestas, es
que, aunque compartimos su pesimismo, que nos parece muy
realista, y sus afirmaciones acerca de la necesidad de dejar que
Gaia se autorregule como lo hizo en el pasado, pero a la vez,
salvar a la civilización que hemos construido, es que nos
parecen propuestas muy ambiguas, pues no queda claro qué
entiende por civilización exactamente, cómo quedan en esa
propuesta los países en vías de desarrollo, y por qué asume sin
problemas la supuesta inercia de la gente que se niega a cambiar
sus estilos de vida. Con esto justifica aparentemente la
necesidad de tener fuentes de energías limpias, la más limpia de
las cuales, eficiente y segura sería la nuclear…
Regresando a nuestra enumeración de acciones a tomar, hemos de
añadir que el poder de la toma de decisiones debe pasar a manos
de las comunidades locales, que son las que se verán afectadas
por dichas decisiones. Por otra parte eso implica que el poder
deje de ser ejercido por las compañías transnacionales, a las
que poco les importan, ni el planeta ni sus habitantes, y que en
su carrera loca en pos del dinero, no ven ni oyen los mensajes
de alarma que la propia Gaia nos envía.
Es preciso construir una
sociedad sana, cambiando poco a poco pero sin desmayo lo
existente. Una de las condiciones indispensables para lograr
esto es la desaparición gradual del militarismo, del
armamentismo y de la constante amenaza de guerras y violencia
cuando algo funciona mal, o cuando se quiere imponer por la
fuerza algo a la totalidad de un pueblo. Ciertamente los
ejércitos siguen siendo necesarios, pero en la medida en que los
conflictos se resuelvan de otra manera, mediante el diálogo, en
las mesas de negociaciones en que al final acaban resolviéndose
después de tantos inútiles derramamientos de sangre y del daño a
la naturaleza en los lugares en guerra, los militares serán más
bien fuerzas dedicadas al apoyo de la paz, con múltiples tareas
en medio de los civiles.
Entre las propuestas
para este cambio, no podemos dejar de mencionar la necesidad de
acabar con las desigualdades sociales existentes, con la
inequidad entre varones y mujeres particularmente, porque es la
clave de todas las demás y la que se mantiene a través de las
demás y las atraviesa en profundidad. Pero hemos de detallar aún
más. Hemos de buscar la equidad entre hombres y mujeres, entre
grupos humanos diversos, entre la especie humana y las otras
especies, y finalmente entre las diferentes generaciones de
seres vivientes: los que vivimos ahora y los que están por
venir.
Un punto
álgido de toda esta “agenda” que mencionamos tiene que ver con
el control de la población humana, pues también en este sentido
puede decirse que hemos superado los límites de nuestro nicho
ecológico como especie. Aquí hay que mencionar la apropiación
que del cuerpo de las mujeres han hecho a lo largo de la
historia los varones. Las mujeres deben ser consultadas sobre el
manejo de su fecundidad y reconocidas como agentes morales de su
propia capacidad reproductiva. Esto implica también acabar con
el poder que el patriarcado se ha arrogado siempre en este
campo, manejando las decisiones acerca de la reproducción,
valorando más el nacimiento de un varón y reduciendo a las
mujeres básicamente a la función procreadora. El nacimiento de
una niña debe ser tan celebrado como el de un niño, y la
participación de las mujeres en los asuntos sociales y
políticos, debe ser a parte entera en equidad de condiciones con
los varones, reconociendo que las mujeres adultas son seres
autónomos, agentes culturales y económicos activos, y no sólo
seres dependientes y por ello sometidas los varones, como lo
quiere el mundo patriarcal.
Si volvemos a apoyarnos
en las ideas de Rosemary Radford Ruether, para lograr todos
estos cambios que se requieren, para salir de las relaciones
patriarcales entre mujeres y varones, y transformar las
relaciones con la Naturaleza, lo que hay que cambiar
radicalmente según ella, y compartimos obviamente su idea, es el
estilo de vida masculino, más que el femenino.
“(...) La liberación
de las mujeres no puede ser considerada simplemente como su
incorporación, aunque con muchos menos beneficios, a los
enajenados estilos de vida masculinos, lo que significaría
sumarlas llanamente a los patrones de vida enajenada creados por
y para los hombres. De hecho, es imposible integrar
completamente a las mujeres a esta vida alienada de los hombres,
ya que el enajenado estilo de vida masculino sólo es posible a
través de la explotación de las mujeres que permanecen atadas a
su naturaleza.”
Para concluir, hemos de
señalar, que ese ser humano ya humanizado, o en vías de serlo,
surgirá más fácilmente en el seno de las comunidades locales, a
través de las instituciones locales sobre las cuales es más
fácil ejercer la influencia sanadora de la Educación Ambiental:
el hogar, la escuela, la iglesia, la granja, pueden ser los
proyectos pilotos para una vida ecológica. De allí partirían
redes organizativas que deberían extenderse constante y
continuamente, tanto a nivel internacional como mundial, en una
lucha por cambiar las actuales estructuras de poder. Aquí,
evidentemente se requiere un cambio de conciencia que sea
radical y comience por cada un@ de nosotr@s promoviendo además
la transformación de nuestro entorno.
Para que esto pueda ser
aún más factible, todas estas propuestas deben implicar una
forma de espiritualidad fuerte, básica, pero liberada de todo
dualismo como hemos dicho. Una espiritualidad que reúna a la vez
las características del Dios del poder y de la ley, el de los
mandamientos para proteger al más débil, pero ahora no
formulados con atronadora voz desde cualesquiera alturas
intimidantes, sino que hable a cada un@ en el interior de su
conciencia y de su corazón; y las características de Gaia, que
habla desde lo íntimo de la materia, y que, aunque acallada por
tanto tiempo de cultura patriarcal depredadora, no cesa de
llamarnos a la comunión con todo lo existente, en el mutuo
respeto biofílico entre todos los seres que conforman nuestro
nicho planetario. No debe olvidarseno obstante, en esta
personificación sacralizada que hacemos de Gaia, que, aunque
Radford Ruether no lo plantea así, Gaia que es nuestra Madre
Tierra, así como nos protege y acoge nuestra vida en ella, puede
castigarnos duramente, y de hecho lo hace, con catástrofes
terribles de las cuales somos por lo general l@s únicos
culpables. Esas dos voces, la de Dios y la de Gaia, han de
confundirse en una sola, tomando de cada tradición religiosa los
mejores aspectos de alianza y sacramentalidad. Al respecto, nos
dice nuestra autora que
“Necesitamos ambas voces
sagradas. No podemos depender sólo de la voluntad para rescatar
selvas y especies en peligro de extinción, para poner límites a
la explotación de animales y sancionar a los que abusan.
Necesitamos sistemas organizados y normas para las relaciones
ecológicas. De lo contrario, no sólo la mayoría de las personas
no actuarían de acuerdo con lo requerido, sino que además no
podrían hacerlo, ya que no tendrán los recursos para satisfacer
sus necesidades diarias, excepto a través de un sistema que
responda a las exigencias actuales. No obstante, sin la otra
voz, nuestras leyes no tienen corazón, no tienen raíces en la
compasión ni en el sentimiento de fraternidad, y por lo tanto
fracasarían al intentar fomentar un deseo que motive una vida
biofílica.”
Será entonces bajo la
forma de una espiritualidad fuerte y bien estructurada, basada
así mismo en ciertos avances de algunas ciencias como la física
cuántica, como lograremos organizar comunidades en las que
podamos vivir a la vez celebrando la vida y luchando con firme
resistencia contra todos los desequilibrios que nos impiden
reconciliarnos plenamente con Gaia, nuestra Madre Tierra, que es
el soporte real y espiritual de nuestra vida en este planeta y
de toda vida sobre él. En este esfuerzo por reconciliarnos con
Gaia, es preciso armarnos de fe y de amor, superando todo
pesimismo fatalista pero también todo optimismo ilusorio y
negador de la realidad. Debemos entender que la solución no
estará nunca dada de una vez por todas, o pospuesta utópicamente
para algún nuevo atardecer o milenio próximo. Nuestra vida es
aquí y ahora, y en medio del cotidiano esfuerzo, debemos
celebrar con alegría lo que ya tengamos y cada nuevo avance que
se consiga. Sólo así podremos vislumbrar ya un mundo
reconciliado, y estar segur@s de que estamos sembrando la mejor
semilla y dejando el mejor camino, parcialmente andado ya, a
nuestr@s hij@s y a l@s hij@s de nuestr@s hij@s, y más allá,
donde ya nuestros ojos sólo pueden atisbar la infinita Luz que
se esconde en medio del bosque sagrado.
Gloria Comesaña
Santalices
Universidad del Zulia
Facultad de Humanidades y Educación
Doctorado en Ciencias Humanas
Cátedra Libre de la Mujer
gsantalices@cantv.net
[Fuente: Gloria
Comesaña Santalices. "Reconciliarse
con Gaia en un mundo dominado por la razón tecnológica".
Utopía y Praxis Latinoamericana Año 15, No. 51 (Octubre-Diciembre,
2010): 127-140.]
© José Luis Gómez-Martínez
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