José Luis
Gómez-Martínez
Teoría del ensayo
There is one special peculiarity of structure that
may characterize the essay... It is not, indeed,
a peculiarity that all essays have... but it is so far
from uncommon that the student of the essay needs
to have its nature in mind from the beginning and
to recognize its legitimacy, under the proper
circumstances. This is the quality of discursiveness.
Ralph D. O'Learly
14. LAS DIGRESIONES EN EL ENSAYO
El ensayo es como un paseo intelectual por un camino lleno de contrastes, en el que la
diversidad de paisajes motiva abundancia de ideas que emanan con naturalidad en el
discurso. Su supuesta incoherencia es la misma del ser humano pensante ante la inmensidad
de lo creado. Es, sin duda, el "yo" que reacciona, pero también un
"yo" consciente de ser sólo un compuesto de innumerables fragmentos de vida,
hechos propios al reconocerse en lo que le rodea en un esfuerzo por sentirse ser. De ahí
que la unidad estructural en el ensayo no sea la lógica, en cuanto producto únicamente
de un sistema racional externo, sino la orgánica, la emotiva, procedente de la
experiencia que nos muestra el "yo" a través del sentirse reaccionar ante
"lo demás" o ante "lo otro" en sí mismo. Naturalmente, ello no
significa que la unidad estructural externa no tenga cabida en el ensayo, ya que ambas
pueden coincidir y de hecho así sucede en sobradas ocasiones. Lo que sí conviene tener
presente es que ésta queda subordinada a la unidad interior, emotiva.
Del mismo modo que en un paseo por la montaña, la montaña misma puede ser algo
secundario si nos entretenemos en observar los árboles, o en el correr rápido de un
arroyo, o en el revolotear de unas aves, así también en el ensayo el tema propuesto
puede llegar a ser secundario en relación a las posibles digresiones en las que el
ensayista se proyecte. Tales las reflexiones sobre México en el ensayo "Discurso por
Virgilio" de Alfonso Reyes. Virgilio y su obra se convierten en el marco que contiene
y proyecta el pensamiento de Reyes sobre México y que motiva las palabras finales de
"¡Virgilio me ha llevado tan lejos! La ausencia y la distancia nos enseña a mirar
la patria panorámicamente" (64). Desde esta perspectiva todo el ensayo puede ser
considerado como una serie de digresiones: "No puedo nombrar al padre Hidalgo, en
ocasión que de Virgilio se trata, sin detenerme a expresar ..." (51). Pero el ensayo
no trata sobre Virgilio; la conmemoración de Virgilio proporciona el punto de partida y
el punto de apoyo que da unidad externa al ensayo. La conformación interna es el
pensamiento de Reyes sobre México: interpretación y confrontación de su pasado y
presente.
Esta característica, tan común en los ensayos, es tan antigua como lo es el género
ensayístico mismo. Y ningún ensayo más apropiado en un intento de ejemplificar este
aspecto, que "Des coches" de Montaigne, donde se reflexiona sobre el miedo, el
despilfarro o la liberalidad de los reyes, el significado de la ampulosidad de los circos
romanos, o sobre los pueblos recién descubiertos en el continente americano. De las
diecinueve páginas del ensayo tan sólo dos las más flojas se dedican a los
coches, mientras que se consagran ocho a profundas reflexiones acerca del significado de
las nuevas civilizaciones destruídas en América. Otro tanto podríamos decir del ensayo
"Old China", de Charles Lamb, en el que se medita sobre el valor de las cosas y
cómo éste reside más bien en el esfuerzo por conseguirlas que en los objetos mismos.
Dentro de la literatura hispánica podemos remontarnos a los comienzos todavía
incipientes del ensayismo y ver como Antonio de Guevara aprovecha el haber recibido cecina
(Libro I, Epístola 34), para divagar sobre el linaje montañés y realzar su hidalguía
por haber nacido en Asturias. Y ya en el siglo XX, H. A. Murena, por ejemplo, bajo el
título "la voz de Saulo de Tarso", reflexiona sobre la "propaganda"
desde su nacimiento "como corolario de una iluminación religiosa superior",
hasta su contexto actual como producto de la desacralización que promueve la
"propaganda enciclopedista" (76-77). Ortega y Gasset, por su parte, finaliza el
ensayo "La forma como método histórico", con las siguientes palabras:
"Sobre este asunto quería yo haber escrito el presente capítulo. Pero me encuentro
al final con que sólo lo he mentado en el título. ¡Qué le vamos a hacer!" (Espíritu,
31). Sin embargo, como lo que nosotros buscamos en la lectura de un ensayo no son datos
precisos sobre algo concreto, sino las reflexiones que un tema particular pueda sugerir al
ensayista, en realidad lo que menos nos preocupa es si éste trata o no sistemáticamente
el tema propuesto. Ramón Pérez de Ayala titula significativamente
"Divagaciones" un ensayo en torno a una representación de La Bohème,
ópera de Giacomo Puccini. Tanto el título como el contenido del ensayo mismo
ejemplifican esta característica genérica. Pérez de Ayala en su ensayo no pretende
darnos información sobre La Bohème (no menciona ni autor, ni contenido, ni
adaptación); en realidad la ópera constituye sólo el incitante que origina las
relexiones que dan cuerpo al ensayo. En el ensayo mismo prefiere hablar sobre el público,
la opinión pública y el teatro; ello le lleva a Larra y sus dudas sobre el público,
para afirmar él su existencia, lo que une seguidamente con Shakespeare y su conocimiento
del público, y los consejos que por boca de Hamlet da a los cómicos. En fin, termina el
ensayo con una meditación sobre el significado del ser intelectual y del acto de pensar,
que Pérez de Ayala une nuevamente con la ópera La Bohème, cerrando de este modo
el círculo que establece la unidad del ensayo.
En secciones anteriores hemos ya mencionado el carácter conversacional del ensayo, el
cual se consigue precisamente mediante su estructura interior, emotiva, que hace que las
ideas emanen unas de otras como los eslabones de una cadena, sin que la dirección de
ésta se encuentre de ningún modo predeterminada: "Así voy divagando por la índole
de mi íntimo soliloquio" (83), señala Antonio Caso en "Ensayo sobre el
arrepentimiento". De ahí que la siguiente expresión muchas más veces
implícita que explícita en los ensayos de Giner de los Ríos: "Lo que
acabamos de decir nos conduce a hablar de ..." (Ensayos, 69), sea una de las
reglas primordiales en el código íntimo del escritor de ensayos. Esta es la unidad
estructural por excelencia en la obra de Montaigne, cuya fórmula él mismo expresa con
las siguientes palabras en el ya mencionado ensayo sobre los coches: "Lo extraño de
tales invenciones me trae a la mente esta otra divagación" (879). Otras veces parece
que el ensayo es el resultado de una lucha interna entre la digresión que quiere
imponerse y el deseo del ensayista por mantenerse dentro del tema propuesto; claro está
que en estos casos las expresiones al propósito no son nada más que fórmulas retóricas
con las que el ensayista justifica el interrumpir una digresión que no desea continuar.
Ortega y Gasset emplea con predilección este recurso en su obra: "Pero todo esto
anda, por fortuna, muy lejos de nuestro tema actual", o más adelante, "Es tema
en que no quiero entrar".8
Lo más común, sin embargo, es que el ensayista no avise al lector en el momento de
internarse en una digresión, y que éste no sea consciente de ello hasta el final de la
digresión misma, cuando el ensayista hace, con frecuencia, referencia a su deseo de
regresar "al momento" que quedó interrumpido. Es como si estuviéramos soñando
despiertos y sacudiésemos la cabeza para interrumpir el hilo de nuestras divagaciones.
Santa Teresa describe este proceso de un modo admirable con su profunda sencillez:
"Ya no sé lo que decía, que me he divertido [desviado] mucho, y en acordándome de
mí, se me quiebran las alas para decir cosa buena, y ansí lo quiero dejar por ahora,
tornando a lo que os comencé a decir".9 En realidad estas expresiones
formularias han variado poco desde los comienzos de la ensayística. Montaigne dirá al
final del ensayo sobre los coches: "Regresemos a nuestros coches" (894). Rafael
Altamira del mismo modo señala: "Pero volvamos a los artistas verdaderos"
(205). Y Ortega y Gasset: "Pero volvamos a nuestro tema" (Estudios, 117).
Miguel de Unamuno, más directo, nos habla de digresiones: "Mas dejando esta
digresión espinosa, vuelvo a preguntar", "Y dejando esta digresión, paso a
indicar", "Mas basta de digresión y volvamos al hilo" (El caballero,
12, 21 y 62).
Antes de finalizar esta sección conviene hacer algunas observaciones en torno al
término "digresión". el Diccionario de la Real Academia lo define
como "efecto de romper el hilo del discurso y de hablar en él de cosas que no tengan
conexión o íntimo enlace con aquello de que se está tratando". Tal definición,
como ya vimos al principio respecto de aquella otra que se propone para el término
ensayo, resulta, cuando se analiza, inoperante. Quizás los mismos académicos lo
comprendieron así, cuando se sintieron obligados a añadir que "la digresión para
no ser viciosa ha de ser motivada". ¿Motivada? ¿Para quién? La experiencia nos
enseña que las digresiones, y esta es la naturaleza del concepto, siempre son motivadas
para el que habla o escribe; para el que lee o escucha lo serán sólo en la medida en que
la persona que habla o escribe sea la causa del interés. Meditemos un momento sobre el
asunto, y para ello nada mejor que hacer de nuevo referencia a la ópera La Bohème.
Si lo que yo pretendo son datos en torno a la obra, los iré a buscar en un libro sobre
óperas, o, si deseo más profundidad, en un libro crítico sobre La Bohème. De
ningún modo se me ocurriría ir a leer a Pérez de Ayala. Es cierto que entonces
cualquier digresión lo que el autor opine sobre el público de óperas me
parecerá una salida del tema inoportuna; preferiría, como en expresión castiza se dice,
que fuera al grano. En realidad la diferencia está ya en el enunciado: en el primer caso
busco un discurso depositario, deseo leer sobre La Bohème, de modo que el autor
del comentario o estudio me es en cierto modo indiferente; en el segundo caso persigo un
discurso humanístico, quiero leer a Pérez de Ayala, el tema pasa ahora a ser secundario;
pues bien, cuando me pongo a leer a Pérez de Ayala, deseo encontrar al hombre de carne y
hueso implícito en sus escritos y que me haga partícipe de sus experiencias. Y como las
experiencias vivenciales de una persona no se encuentran en el ámbito de lo objetivo,
busco la digresión como el vehículo que me permitirá llegar al "hombre".
Considerada de este modo, la digresión podrá ser positiva o negativa, y su valor
dependerá únicamente de la fuerza del autor y de su capacidad por interesarnos en su
persona, en sus sentimientos, en lo que un tema cualquiera pueda hacerle meditar.
Notas
- 8 José Ortega y Gasset, Velázquez, p. 122 y 174. Expresiones
semejantes se pueden encontrar en la mayoría de sus ensayos. Sírvanos ahora como otros
ejemplos las siguientes: "Mas dejemos por ahora intacto el tema de esa generación
intermedia y retengamos la atención sobre el momento actual" (La rebelión de las
masas, p. 206); "Pero no es ahora ocasión adecuada para internarse en esta
cuestión" (El tema de nuestro tiempo, p. 18); "Pero no podemos
entretenernos en este punto aunque es muy importante" (Tríptico, p. 174).
- 9 Santa Teresa, Las moradas, p. 40. Esta viene a ser la terminación
característica de las digresiones de Santa Teresa: "Pues tornemos ahora a nuestro
Castillo", p. 16; "Pues tornando a lo que decía", p. 135 y 153; "Pues
tornando a este apresurado arrebatar", p. 160; "Pues tornando a lo que
decíamos", p. 230, etcétera.
©
José Luis Gómez-Martínez. Teoría del ensayo. Segunda edición. México: UNAM, 1992 (Esta versión
digital sigue, con modificaciones menores, el
texto de la segunda edición española de Teoría del ensayo).
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