José Luis
Gómez-Martínez
Teoría del ensayo
Der Essay existiert nur als Prosa-Kunstwerk,
oder er existiert nicht.
Oskar Jancke
18. LA VOLUNTAD DE ESTILO EN EL ENSAYO
La libertad del escritor de ensayos en cuanto a la elección del tema puede únicamente
compararse a la del artista, y, al igual que éste, se guía en su producción literaria
por inspiración. Esta libertad, que le permite escribir tan sólo cuando la inspiración
le incita a hacerlo, puede explicarnos la causa de la diferencia que tan a menudo notamos
en la calidad de los ensayos de algunos escritores. Ramón Pérez de Ayala puede ser
calificado con justicia de ensayista. En sus ensayos, sin embargo, encontramos algunos de
calidad muy irregular; así, mientras unos pueden ser considerados, por su estilo, por su
contenido, y más que nada por su perenne actualidad, como modelos del género, otros, en
realidad poco numerosos en Pérez de Ayala, apenas son exposiciones sin vida que se
proyecte más allá de lo que se propone narrar. Y es que hay gran diferencia entre la
reflexión que espontáneamente se nos ocurre al leer un libro o asistir a una
representación teatral, y que perpetuamos voluntariamente en un ensayo, al comentario que
nos comprometemos a hacer sobre dicho libro u obra de teatro, antes de leerlo o de
presenciarla. Son, por tanto, la inspiración y el entusiasmo lo que inyecta vida incluso
en aquello que parecía muerto, y es la libertad la mejor garantía con que cuenta el
artista en su función creadora. Ahora bien, como creador es libre en el elegir, pero como
ensayista se diferencia de los que cultivan los otros géneros literarios en que no es
libre ante los datos.
El hecho de que el ensayista por una parte goce de libertad y elija por inspiración, y
que por otra deba mantenerse dentro de los estrechos límites de la "verdad",
lógica o científica, proporciona al ensayo un carácter peculiar que le permite cabalgar
al mismo tiempo a lomos de la literatura y de la ciencia. Es decir, según la
terminología propuesta en este estudio, hace uso de elementos del discurso depositario,
pero persigue un discurso humanístico. Eduardo Nicol nos dice a este propósito:
"Porque el artificio es literario, pero el producto no es artificial o ficticio, no
es pura literatura, como la novela. El ensayista requiere inventiva, pero su ensayo no es
pura invención. Feliz el novelista, que puede poner en las palabras y en los actos de sus
personajes todas las arbitrariedades que se le antojen, seguro de que así no disminuye su
realidad humana; pues la vida le ofrece más variedad y abundancia de situaciones
extremosas [...] El compromiso con la verdad que tiene el ensayista no le obliga a
desconfiar de esa fluencia de la imaginación, pero sí a canalizarla. Puede decir algo de
lo cual no está muy seguro, pero no debe inventar algo de lo cual no pueda estar seguro
nunca" (206). Esto hace que los límites del ensayo sean vagos y que con frecuencia
se le confunda con los escritos eruditos. Estamos de acuerdo con Fryda Schultz de
Mantovani cuando dice: "¿Son las ideas el principal motor de los ensayos? Sí; pero
las ideas disparadas por el arco de la imaginación" (14). Y esta imaginación a la
que se refiere Schultz, es la imaginación poética del ensayista, la que da valor
estético al ensayo. Hay críticos, filósofos, historiadores, etc. que se acercan en sus
escritos al ensayo, al intentar en ellos una superación estética; del mismo modo que por
carecer de ella, hay pretendidos ensayistas que no pasan de simples divagadores.
En una reducción, quizás excesiva, pero que nos sirve para comprender este aspecto,
se pueden resumir en tres las características esenciales del ensayista: a) es un
pensador; b) se nutre de la tradición, pero en lugar de enterrarse en ella, como el
erudito, la usa para superarla; y c) escribe en un estilo personal y de elevado valor
estético, que por sí sólo hace del ensayo una obra de arte, independiente del mérito
de su contenido. En el ensayo se reemplaza la ordenación científica por la estética, y,
como género literario, se acerca a la poesía, pues se modela a través de la actitud del
ensayista sea ésta satírica, cómica, seria, etc., por lo que lo poético
constituye el trasfondo del ensayo, aunque ésta sea poesía del intelecto. De ahí que el
verdadero asunto del ensayo no sean los objetos o los hechos tratados, sino el punto de
vista del autor, el modo como éstos son percibidos y presentados; por ello, cómo se dice
una cosa es tan importante como qué se dice. Pero en este punto toda explicación parece
pobre; sólo el texto mismo puede proporcionarnos una guía, a modo de ejemplo, de cómo
el ensayista crea y sostiene dicho equilibrio al mismo tiempo que encierra en la unidad
del ensayo las tres características anteriores. Veamos el siguiente párrafo de
"Nuestra América" de José Martí:
Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que taje una nube
de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera
mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen
han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan
los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa
chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una las dos
manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la
sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más
allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus
tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la
bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada
de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y
talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante
de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en
cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes. (37)
El lenguaje metafórico, el giro aforístico, la yuxtaposición de ideas, todo ello
forma parte de un estilo literario, de un conjunto armónico. La preocupación de Martí
por la causa cubana, su "tema de nuestro tiempo", se encuentra aquí fundida en
una filosofía iberoamericanista, "nuestra América", que transciende lo
inmediato y que si recoge el sueño bolivariano de la unidad/hermandad de los países
hispánicos, no lo hace en el sentido anacrónico del pasado, sino en el contexto de la
comunidad de intereses del presente y en la percepción de tener un contendiente común en
el mundo anglosajón del norte, "el gigante de siete leguas".
De las características del ensayo comentadas a lo largo de este estudio se desprenden
también aquellos rasgos peculiares del estilo ensayístico. De entre todas ellas, sin
embargo, hay una que se destaca, o quizás sería mejor decir que en cierto modo resume a
las demás. Me refiero a la "autenticidad". Un ensayo, generalmente, atrae a los
lectores no por el tema que trata, sino por el autor implícito que reflexiona sobre el
tema. De ahí que la autenticidad sea la primera ley del código literario del ensayista y
que ésta nunca se sacrifique ni al contenido ni a la forma. En el ensayo, más que en
ningún otro género literario, el estilo es el hombre, y será tanto más meritorio
cuanto con más exactitud represente al hombre de carne y hueso que palpita en sus
páginas. Del mismo modo que muchos escriben poemas, aun cuando el número de poetas sea
escaso, también podemos decir que a pesar de lo popular del género ensayístico, muy
pocos merecen ser aclamados como ensayistas. Ello se debe a que muy pocos también
supieron proyectar, con voluntad de estilo, su personalidad en los ensayos, de modo que
ésta estuviera presente no sólo en el contenido, sino también en el uso de cada una de
sus palabras. En el ensayo, por lo tanto, difícilmente podemos hablar de un estilo de
época, pues la "autenticidad" produce únicamente individualidades. A una misma
época pertenecen estilos tan dispares como los de Montaigne y Bacon; y en la literatura
hispánica ningún ejemplo mejor que los ensayos de José Martí, Miguel de Unamuno,
Azorín, Alfonso Reyes u Ortega y Gasset.
©
José Luis Gómez-Martínez. Teoría del ensayo. Segunda edición. México: UNAM, 1992 (Esta versión
digital sigue, con modificaciones menores, el
texto de la segunda edición española de Teoría del ensayo).
Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción
destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.
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