José Luis
Gómez-Martínez
Teoría del ensayo
La obra literaria se realiza en la
comunicación humanística, aun
cuando la crítica académica haya
generalizado en las últimas décadas
un sentido depositario de la misma.
4. LA CODIFICACIÓN DEL TEXTO Y
EL AUTOR IMPLÍCITO
A lo
largo de estas páginas, y sobre todo en las secciones que siguen, se hacen con frecuencia
afirmaciones sobre la "sinceridad" y la "autenticidad" del ensayista;
se dice que "el ensayista expresa lo que siente y cómo lo siente", que
"nos hace partícipes del proceso mismo de pensar", y otras aserciones
semejantes con las que se pretende establecer una aproximación al carácter dialógico
del ensayo, a su retórica; pero sin más desarrollo, estas expresiones podrían ser
interpretadas como posturas impresionistas que desconocen la complejidad y dificultad que
conlleva todo intento de significar, de codificar un pensamiento (véase mi estudio Más allá de la pos-modernidad). Es
cierto que el lenguaje del ensayista, como el de cualquier otro escritor, surge siempre en
tensión en el seno de una lengua que lo aprisiona, que en cierto modo lo determina, pero
a la que también, en la medida de su fuerza creadora, supera y modifica. Todo acto de
escribir supone, además, un proceso de codificación de un pensamiento: se trata de
expresar una idea a través de un sistema de signos que a su vez son incapaces de
significar en sí mismos, pues sólo inician un proceso (teóricamente indefinido) de
diferir el acto de significar en una cadena interminable. Tal es la aportación posmoderna
a nuestro discurso narrativo actual: Cada significante, se dice, parece ser a la vez
significado de otro significante en una sucesión repetitiva/circular que se convierte en
un fin en sí misma y que nos impide/pospone llegar al significante original, con lo que
la búsqueda se convierte en un juego intelectual, eso sí, dialógico, pero que se niega
a sí mismo valor cognoscitivo. Nuestra experiencia, sin embargo, atestigua la existencia
del diálogo y, por tanto, la posibilidad de significar.
La falacia del discurso posmoderno reside en la pérdida de lo humano que lleva
implícito. A fuerza de diferir y diferenciar en un progresivo intento de precisión, se
vela el objeto de la búsqueda. El proceso es, en verdad, ilimitado, pero no por no
alcanzar el primer significante, sino porque lo humano, en lugar de ser algo hecho, es un
hacerse. El ser humano no puede definirse precisamente por serlo. El definirse sería
observarse fuera de sí mismo y por tanto dejar de ser. Este estar siendo es lo que causa
la serie indefinida de significantes/significados que se prolongará tanto como el ser
humano mismo. El significante original, el primario, el raíz, del cual derivan todos los
demás, en la complejidad significante/significado, es lo humano, cuya esencialidad, de la
cual todos participamos y que fundamenta la posibilidad dialógica, al mismo tiempo que
así se reafirma, se pospone. Es decir, se reafirma en cuanto a su implicación como
posibilidad de significado y se difiere en cuanto a la imposibilidad de una definición
que significaría su perfectividad, o sea, la paradoja de verse hecho desde un estar
haciéndose. Implicamos, por tanto, al ser humano como referente original y necesario; y
con ello, invertimos el orden posmoderno y hacemos posible el discurso cognoscitivo y por
lo tanto el diálogo. Es decir, la complejidad significado/significante deja de ser un fin
en sí misma para convertirse en un método problematizador que fecunda el diálogo. En
nuestra condición de seres humanos todos participamos, pues, de ese primer referente que
nos permite acceso a una primera dimensión en el acto de significar. Pero coloquemos esta
afirmación en perspectiva.
La estructura comunicativa tradicional implícita en todo signo supone un emisor, un
mensaje y un receptor. La aporía del discurso posmoderno surge cuando nos aproximamos a
la realidad de esta estructura de un modo mecánico; es decir, cuando independiente del
objetivo que dio existencia al "signo", queremos primero determinar
"científicamente" las leyes que regulan los tres elementos del proceso y
establecer una relación unidimensional e "inequívoca" de causa-efecto. Este
paso quizás sea necesario en un concepto depositario de comunicación: las
transformaciones químicas, las leyes físicas, una ecuación matemática, las precisiones
geográficas, la atribución legal de un libro a su autor, son apenas unos ejemplos que
muestran la amplitud de lo que yo denomino, usando terminología de Paulo Freire,
comunicación depositaria. Pero el objetivo del signo literario es diferente.
Desdoblemos artificialmente, sólo para los propósitos iniciales de este desarrollo,
el signo literario en dos componentes: forma y fondo. Aceptemos igualmente que el valor
literario resida primordialmente en su dimensión formal. Pues bien, al considerar ahora
el valor literario de un ensayo, de un poema, o de cualquier otra expresión literaria,
nos enfrentamos a la curiosa situación de que el "emisor", el autor, pasa a un
plano muy secundario. La sensibilidad estética del autor, los propósitos originales y la
fidelidad con que supo codificarlos en un texto son inconsecuentes. Toda obra puede en la
potencialidad de su autor ser la más sublime. Pero el valor literario del texto,
exteriorización y por ello codificación de dicha potencialidad, reside en él mismo en
cuanto se realiza y en el modo cómo se realiza en un lector, y siempre con relación a la
dimensión humana que re-crea. A través de esta última se establece y adquiere sentido
la estructura emisor(autor)-mensaje-receptor(lector), y en ella reconocemos otra vez el
fondo y la forma como elementos inseparables en toda creación literaria, especialmente en
su sentido de comunicación no-depositaria. Pero al colocar de nuevo al ser humano como
referente último, ahora en cuanto objetivo final de toda comunicación, el énfasis en la
relación autor-mensaje-lector no recae más en la exterioridad del signo, sino en la
interioridad del lector (lector y autor de nuevo, para indicar la
recuperación de la dimensión humana que se había perdido al cosificarlos a través de
los términos "emisor" y "receptor").
El énfasis posmoderno en la naturaleza del signo problematiza la posibilidad del
mensaje y pone en duda, difiere, la posibilidad de significar. La aporía surge por partir
de una concepción depositaria de la comunicación; es decir, al querer que el signo
acarree valor en sí mismo como paso previo a su contextualización en el autor, en el
texto o en el lector, al sentir la necesidad de reconocer como entidades diferenciables e
identificables en sí y por sí mismas los tres términos de la ecuación
autor-mensaje-lector. De no ser así, se cree, la comunicación no es posible. El sofisma
arranca de considerar la comunicación científica (que yo denomino depositaria) como la
única comunicación posible (resabio racionalista que hoy colocamos en crisis). La
realidad empírica, sin embargo, nos muestra que en la práctica cotidiana la
comunicación es posible y que junto a la comunicación depositaria existe también otra
comunicación no-depositaria, la comunicación humanística. Se trata de una comunicación
que se construye a partir de un referente común de realidad interna y que es el ser
humano mismo, y mediante el cual el autor y el mensaje se realizan en el lector. Es así
como hablamos de un autor implícito que puede luego coincidir o no con el autor legal, es
decir, con la persona que escribió la obra.
En el ensayo, como composición literaria, el autor que importa es el autor implícito;
es decir, el autor que el lector usa para identificar el texto como producción artística
y reflexión "del otro" en el puente dialógico que incita el texto mismo. De
todas las manifestaciones literarias, la ensayística se destaca, precisamente, por
establecer de modo explícito este proceso. Las reflexiones codificadas en el ensayo se
generan en la confrontación de dos sistemas, a la vez antagónicos y dependientes entre
sí: el discurso axiológico del estar (valores que dominan y diferencian a la vez una
época de otra), y el discurso axiológico del ser (la conciencia del autor de su
historicidad, de estar viviendo ante un horizonte de posibilidades e imposibilidades que
modelan su libertad). El ensayo hace del choque de estos dos sistemas axiológicos el tema
de su reflexión. Su objetivo es, por tanto, problematizador,
"deconstruccionista". El mensaje que se codifica en el signo escrito no es algo
hecho como el que pretende el texto depositario un tratado, o incluso un artículo
"académico" de crítica literaria, sino que el mensaje lo es sólo en la
medida que lo es en el lector. Es decir, el ensayista problematiza un concepto (un
supuesto axiológico), no con el propósito de significar en el sentido externo de definir
(concepto depositario), sino con el objetivo de incitar, inspirar a que el lector, en él
y para él, signifique. De este modo, al no tratarse de un mensaje depositario, tampoco
importa el ensayista-autor, sino el autor implícito: el autor en el lector.
La distinción entre comunicación depositaria y comunicación humanística es de suma
importancia al hablar del ensayo. La obra literaria se realiza en la comunicación
humanística, aun cuando la crítica académica haya generalizado en las últimas décadas
un sentido depositario de la misma. En ambos casos el proceso hermenéutico es diferente:
la lectura depositaria busca la recuperación del discurso axiológico del autor, la
lectura humanística desea su apropiación; la primera tiene como objetivo la
reconstrucción de un sistema, la segunda la deconstrucción del propio discurso
axiológico. La "apropiación" en este sentido no significa aceptar (concepto
depositario), sino asimilar, o sea, cuestionar, problematizar, poseer, en una toma de
conciencia de nuestro discurso axiológico del ser.
Esta comunión con el texto que hace posible la lectura humanística, justifica
también las referencias a la "sinceridad" o a la "autenticidad" del
autor, pues con ellas no hablamos del autor legal de la obra (la persona que escribió el
ensayo), aun en los casos en que pudieran aplicársele tales términos, sino de cómo el
lector, que no problematiza el signo, sino el mensaje, percibe al autor implícito en el
acto de hacer suyas y proyectar las reflexiones que lee. Tanto los títulos como el
contenido de las secciones que siguen giran en torno a la comunicación humanística que
pretende el ensayo (para un desarrollo más detenido de la hermenéutica implícita en
este desarrollo, véase mi estudio Más
allá de la pos-modernidad).
©
José Luis Gómez-Martínez. Teoría del ensayo. Segunda edición. México: UNAM, 1992 (Esta versión
digital sigue, con modificaciones menores, el
texto de la segunda edición española de Teoría del ensayo).
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