Fernando Rodríguez Genovés

 

"El ensayo y lo sopesado"

 

Sopesar las cosas. Más las que más importan. Como no piensan, todos los necios se equivocan: nunca entienden de las cosas la mitad y, como no perciben el daño o la oportunidad, tampoco actúan con rapidez. Algunos hacen mucho caso de lo que importa poco y poco de lo que importa mucho, sopesando siempre al revés.
Oráculo manual y arte de  prudencia
Baltasar Gracián

[...] me considero como una especie de embajador que proviene del mundo del estudio y que viaja al de la conversación.
Sobre el género ensayístico
D. Hume

 1. Actualidad e intemporalidad del ensayo

¿Qué ocurre con el ensayo en España? ¿Qué tipo de ensayo se está realizando y cuál es su consideración general, por parte del público, de los escritores y de la industria editorial? Y, en la línea de nuestro objetivo cardinal: ¿Es el ensayo un adecuado ámbito genérico en el que manifestarse o expandirse el discurso de la filosofía? Aunque con matices, la mayoría de comentarios —periodísticos, editoriales, críticos— coinciden en la revitalización y recuperación del ensayo dentro de la cultura española. Ciertamente, no con la pompa y luminaria de la narrativa o de la novela, pero sí con un digno papel de secundario con cierto renombre; cometido que, como en el cine, está a cargo de los llamados actores de reparto, y no sirve tanto para atraer público como para dar cuerpo y consistencia a la obra. No obstante, como la cultura típicamente española sigue siendo la cultura de la queja, semejante expresión de tímido júbilo, cuando se trata de un producto cultural,  provoca una sospecha en torno a la verdadera naturaleza del fenómeno; porque cuando se habla del género ensayo, ¿de qué se está hablando realmente? Verdaderamente, el ensayo se define como un “género literario” (en el sentido de que se sirve de la escritura como medio de expresión y  no —como tantas veces se confunde— porque pertenezca a una sección de la Literatura) que incluye como suyos los denominados textos de “no ficción”. De tal caracterización dimanan múltiples equívocos que invitan a más interrogantes: ¿todo lo que abarca esta marca se puede identificar como ensayo?, ¿merece el mismo grado de reconocimiento todo lo que se publica bajo este epígrafe?, ¿cuál es la valoración que se ofrece desde el espacio universitario y académico, y desde los que frecuentan las obras de filosofía y de pensamiento? Y, finalmente, la que se intuye como cuestión determinante: ¿el término “ensayo” estigmatiza como sustantivo o califica como clase?

La ambigüedad que sigue arrastrando el término ensayo proviene, entre otros motivos, de su pública (y publicitaria) indefinición o de su definición negativa. Se ha convertido ya en un lugar común dividir los libros en dos categorías: ficción y no ficción. De esta manera se confeccionan, por ejemplo, las listas de ventas que aparecen en diarios y otras publicaciones, que con mayor o menor fuerza condicionan el gusto, el criterio y la opinión del público. Sobre el calibre del impacto de estas tablas de la ley del mercado hay disparidad de opiniones, pero sobre el poder de la clasificación categorial no hay, de momento, recusación ni alternativa que la impugne. Las cosas se quieren dejar muy claras: una novela o un cuento o un libro de poemas pertenecen al género de ficción (y aparecen en la columna correspondiente), y esto otro, en cambio, que es no-novela o no-cuento o no-poesía, no importa lo que sea, lo buscaremos (como en la sección de actividades diversas o el almacén de objetos perdidos) en la columna de “no-ficción”. El efecto de este criterio es correcto en su dimensión epistemológica, pero no tan aclarador en el juicio organizador, pues de tan vaporoso y vago como resulta, deviene desconcertante para la dilucidación del estatus comprensivo y práctico del ensayo —y para sus lectores que ya no saben lo que tienen entre manos—, al verse obligado a compartir lugar y clasificación junto a otras publicaciones que se ocupan de manuales de autoayuda, mapas de carreteras, guías con encanto, escándalos políticos, recetarios de cocina y otras obras de no menor enjundia o poder escatológico.

En alguna ocasión se ha apuntado que una peculiaridad del ensayo, en cuanto elección de medio expresivo, desde su acta inaugural con los Ensayos de Michel de Montaigne, lo sitúa en una disposición según la cual cualquier tema o motivo se convierte en materia de reflexión filosófica y de discurso ensayístico. Básicamente comparto esta caracterización, pero esta situación lo coloca en un lugar comprometido que exigirá más de una puntualización.

En primer lugar, habrá que manifestar lo que se me antoja más próximo a lo evidente: todo ensayo pertenece al género de la no-ficción, pero no todo lo que se encuadra bajo el título de “no-ficción” se puede calificar como ensayo. Esta confusa amalgama no incomoda ni molesta a aquellos autores que lanzan al mercado sus libros al amparo de la demanda de los escritos de rabiosa actualidad (a veces más movidos por lo primero que por lo segundo) y que son simples derivaciones del “género periodístico”, del “género divulgativo” o del “género recreativo”, y la razón es que fundidos en la misma columna les concede un valor de ley y una alineación pareja a la de los ensayos (género que entiendo como perteneciente al pensamiento), al poseer éstos, al lado de aquéllos, una reconocida aleación más noble y seria que la de los simples libros de usar y tirar.

El desorden que conlleva esta mezcolanza tiene su motivo y hasta una leve justificación, aunque deberemos replicarla por inexacta e imprecisa. El medio periodístico posee las características de recepción que proporciona la preocupación por los asuntos del presente y la fuerza que le concede la intervención activa en los temas que afectan al hombre, por el interés que concita siempre lo actual y lo cotidiano. Muchos de los grandes ensayistas han frecuentado este medio, con tanto agrado como notables resultados, y sus nombres (Larra, Voltaire, Sartre, Camus, Ortega y Gasset, etcétera) no sólo no han sufrido merma en su prestigio sino que se han visto fortalecidos al ganar en calidad y energía intelectuales. Por otra parte, es de todos conocido que el término “intelectual” quedará para siempre asociado desde sus inicios a un artículo periodístico, “J´Accuse... Lettre à M. Félix Faure, Président de la Republique”, a un periódico, L´Aurore, y a un escritor, Émile Zola.

Así pues, desde el ensayismo y desde el periodismo se ha dado un vigoroso impulso de ilustración para acercar a la población el poder de la palabra y de la reflexión de los hombres de letras. Pero no son lo mismo. Sus diferencias son de grado, pero diferencias al fin y al cabo: en el periodismo prima el suceso sobre el acontecimiento (el fragor de la información frente a la cuestión que acontece y sobre la que se diserta), la urgencia sobre la calma (la furia de la noticia frente a su meditación), lo perentorio y lo efímero sobre lo asentado (la relación con el día a día frente al vínculo con lo perdurable). El valor de un artículo periodístico[1], verbigracia, está en ser leído en el momento (puede recortarse y leerse más tarde, pero pierde gas o gracia, por así decirlo, como ocurriría si vemos la final de la Copa del Mundo de fútbol en una grabación de vídeo tres días más tarde de producirse el evento en vez de seguirlo en vivo y en directo), momento que es el instante en el que adquiere la energía y la conmoción de la vivisección de la actualidad y, finalmente, porque el redactor sabe todo esto antes de escribirlo. La garra y el éxito de la información periodística se encuentran en la inmediatez de lo presto: en el mundo de la comunicación y del espectáculo el tiempo es oro.

Desde hace tiempo, difícilmente puede utilizarse lápiz y papel en los escritos de los media, y mandar por fax un texto escrito a mano, resultará pronto tan antiguo como la imprenta de caracteres móviles: hay que trabajar con celeridad, lo que se esté pergeñando tiene que maquinarse literalmente en la pantalla del ordenador y mandarse por correo electrónico. Todo esto no supone que los artículos periodísticos, al margen de su motivación y alcance de la actualidad, no contengan páginas o fragmentos de proyección memorable, conservados en la memoria de las hemerotecas y en el entendimiento de muchos, pero tal circunstancia no altera su significado genérico y depende, en suma, del talento y la fortuna de los colaboradores. Ensayismo y periodismo surgieron, y siguen evolucionando, con inmediación en el espacio y en el tiempo, aunque sus distancias se nos aparecen mayores que sus similitudes. En fin, el mundo de la información no reposa, pero el ensayista necesita de reposo para componer los textos. Y es que la función del escritor de ensayos no consiste en proporcionar información sino en aportar conocimientos.

 

2. Enemistad y prejuicio hacia el ensayo en el pensamiento español

En el ámbito del mundo académico y del saber oficial, el ensayo no ha recibido mejor consideración. Generalmente, la acepción que recibe allí apunta también al significado negativo del término, aquello que aún no es (por ejemplo, un libro o una tesis), pues su ser es carencia de ser y de esencia, carne de esbozo, materia sin forma. No es incluida como voz propia en el Diccionario de la Real Academia Española hasta 1869 y desde entonces no ha variado su descripción que connota privación e insuficiencia: “Escrito, generalmente breve, constituido por pensamientos del autor sobre un tema, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia.” (el subrayado es mío). No es difícil evocar en esta definición un eco hegeliano, probablemente no consciente  (causada sin duda por la “astucia de la Razón”), según el cual lo fragmentario y tanteado no superará jamás el nivel de mera aspiración en el pensar, pues “la Verdad es el Todo”, y éste se encuentra proyectado exclusivamente en un tratado completo. La parcialidad del ensayo proviene no de una carencia sino de condiciones específicas que le otorgan su propiedad: en primer término, un ensayo nunca es impersonal, muestra un punto de vista, el del ensayista y la parte de realidad en la que vive y piensa; en segundo término, un ensayo se encamina al ámbito de la experiencia y ésta siempre es apropiada por partes, las que delimitan la circunstancia y la actitud del ensayista. Como decía Aldous Huxley, el ensayo es “un artificio literario que sirve para hablar de casi todo, diciéndolo casi todo”. Aquí hay bastante complejidad pero en absoluto ánimo acomplejado, pues qué hazaña encontramos más animosa y brava que iniciar un discurso y saber hasta dónde podemos llegar…

Como cada ensayo contiene, por contenidos y pretensiones, su propia razón de ser,  con frecuencia de naturaleza muy variada y distante, voy a referirme a las razones de ser un ensayo. El género ensayístico —al menos, el referido estrictamente al pensamiento y a la filosofía, que es el que ahora interesa— arrastra desde largo tiempo unos severos prejuicios y malentendidos que espero poder despejar. Todos ellos derivan de un presupuesto más pedante que crítico, a saber: sólo existe una forma de libro filosófico, el tratado, entendido como un desarrollo sistemático y teorético de la filosofía. Veamos qué sostienen estos prejuicios.

A) El ensayo filosófico no puede ser calificado como filosofía auténtica, sino como acomplejado  y vergonzante género menor que no demuestra nada sino que tan sólo muestra la impotencia y la incapacidad filosófica de quienes la ejercen.

Acepto la denominación de ensayo como género menor dentro de la escritura, pero no aprecio en tal denominación ningún rasgo peyorativo o vergonzoso, pues frente al tratado sistemático o doctrinal, los ensayos no sólo no suelen contener menos filosofía que aquél, sino que en la mayoría de los casos encontramos en ellos no sé si más filosofía, aunque sí mejor escritura filosófica. Esta postura de infravaloración no comporta siempre desprecio hacia la forma del ensayo, pero sí está acompañado frecuentemente de un sentimiento de mala conciencia cuando se recurre a él, como si fuera un mal menor.

En el pensamiento español contemporáneo pueden encontrarse suficientes ejemplos que justifiquen el sentimiento reservón o melindroso al que me refiero. A veces se ha dicho, por ejemplo, que el ensayo, como prueba o tentativa que es, debe considerarse no como un objetivo en sí mismo, sino como un camino para el libro auténtico, real (normalmente identificado con un tratado o sistema, obras máximas y completas). Ensayo y libro resultan, de este modo, entidades no equiparables, como el medio y el fin, lo menor y lo mayor, la potencia y el acto. Constreñir el ensayo al estatuto de medio respecto a otro fin superior ya supone en sí misma una atrevida sentencia, pero lo es todavía más reducir sus propósitos a los de mero borrador. Si el ensayo se entiende como medio de conocimiento no es porque después de él le espere un estadio definitivo donde el saber alcance su finalidad y su expresión elevada, sino porque la sabiduría no es otra cosa que búsqueda, demanda y pesquisa, pensamiento en movimiento. No parece justo ni está justificado desdeñar un género de tan digna trayectoria. Relegarlo, en la proyección filosófica o del pensamiento, a un trasunto de vía de en medio, modo de atajo para acortar el camino, especie de senda para caminantes perezosos o torpes, o campo de ejercicios espirituales o de maniobras en donde iniciarse y dar los primeros pasos para aprender a caminar por el recto camino, supone la simplificación de un asunto que merece para su tratamiento mayor anchura de miras.

Si el ensayo es una aventura del pensamiento, lo propio de ella es arriesgarse sin complejos ni retraimientos, aventurarse y disfrutar del ejercicio que se lleva a cabo, con respiración profunda y mirada limpia, pensar en lo que se está haciendo y no en aquello que supuestamente nos estamos perdiendo... al no estar en otro lugar. Aprecio en este último gesto un tipo de prejuicio no sólo generacional, porque participan de él sucesivas promociones de intelectuales, pasadas y presentes, sino también una aprensión, resultado, en la mayoría de los casos, de la deformación profesional. Y es que tanto en el pensamiento como en los viajes se adoptan maneras de turista o de viajero. El primero no arriesga, el atrevimiento y la exploración los juzga empresa imprudente, inspecciona el terreno antes de penetrar en sus entrañas y todo lo tiene previsto, pues lo importante al pensar o al viajar es saber adónde nos va a llevar... Para el segundo, viajero o caminante o flâneur, para el ensayista, en fin, toda excursión se torna de inmediato una incursión, una conquista de terreno que avanza y crece al mismo tiempo que el propio espíritu: una experiencia en la que contamos los éxitos y los errores, las dudas y las evidencias. Hay osadía en el ensayo porque todo en él nos invita a la curiosidad y a la intromisión: auténtica ruta plena  de observaciones (más que de contemplaciones) y una misión que naciendo desde el interior se expande en una peripecia hacia el exterior, un mundo común y extendido (más por amor al saber que por obligación o por delegación).

Lo más preocupante de estas actitudes que he denominado “reservonas” (amparadas por respetables y prestigiosos pensadores, apreciados expertos en materia filosófica), proviene del hecho de que fácilmente promueven un recelo sobre el ensayo, o simplemente lanzan sobre él una sombra de duda, o lo marcan con unas señales lastimosas, estigmas indelebles que lo tachan de género diletante, propedéutico y vasallo del Saber, sólo apropiado para aficionados.

Olvida esta actitud inconveniente y arrogante, cargada por el peso del prejuicio, que toda compostura que en filosofía tome la tarea aficionada como algo inferior se torna impostura muy pretenciosa. La práctica del ensayo conduce al autor al terreno del intento y de la prueba, lo ejercita y lo educa en una idea de indagación intelectiva dentro de unos límites, de aquellos en que se ciñen tema y autor. Los problemas filosóficos no poseen solución final, sino principalmente aproximaciones y tanteos que no sabemos plenamente adónde nos van a llevar. He aquí el significado preciso de la investigación filosófica: rastreo de vestigios, búsqueda inabarcable. Aquel que a la hora de conocer lo anhele todo y en su exposición quiera decirlo todo, el ámbito del ensayo le está vedado, no porque se le excluya sino porque se incapacita él mismo para tal menester. Por este motivo, el ensayo cumple más una función persuasiva —para inducir con su texto a provocar reflexión y a asegurar precisión en los razonamientos que en él se contienen— que una tarea demostrativa —para deducir en su discurso una vía de resolución de problemas que permita cancelar unos interrogantes abiertos—.

El ensayista se caracteriza, ciertamente, por la traza de aficionado, propia del que se aplica más por gusto que por profesión a la tarea de conocer, que siente el afecto por la verdad y la interrogación más que el prurito de la afectación, que, en suma, más que conocimiento posee voluntad de conocimiento: ¿no sería ésta una precisa definición de lo que llamamos “filósofo”? Considerarse aficionado no supone, sin embargo, decantarse por las planicies de la actitud diletante. No discutiré sobre estos matices. Si así lo desean denominar los enemistados con el ensayo, lo concedo. Tan sólo les recordaré estas palabras de Max Weber (que, sin duda, ya conocerán, pero quizá no en ellas se reconocerán), quien sin avergonzarse por su vocacional condición de Dozent afirmó sin deshonor: “Casi todas las ciencias deben algo a los diletantes, muchas veces valiosos puntos de vista.” (Weber, M., 1992, vol. 1: 23).

B) Escuchemos otro prejuicio: el ensayo se mueve en el dominio de la creencia o en la opinión caprichosa más que en el del conocimiento, al carecer de poder demostrativo y de objetividad.

Con respecto a la primera reprobación será interesante recordar la definición que sobre el ensayo ofreció Ortega y Gasset: el resultado de una demostración sin la carga de la prueba. (La afirmación precisa de Ortega es ésta: “[Estas Meditaciones] Son simplemente unos ensayos. Y el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita”. (Ortega y Gasset, J., 1961, I: 318). Comoquiera que una característica del ensayo señala el rechazo de las citas como recurso de autoridad y poderío, no sólo no utilizaré como réplica el poder de esta definición de sabio con tanto crédito, sino que con su permiso (quiero decir, con el del Ortega, pero además con el suyo, lector) le daré la vuelta, por así decirlo, y entenderé el ensayo como el resultado de una prueba sin la carga de la demostración. Desde Michel de Montaigne, ensayo significa “prueba” o “intento”, aproximación a los problemas del hombre, y en ellos no hay, en efecto, nada que demostrar, mas sí mucho que decir. El ámbito de la racionalidad no se completa con el peso de la demostración sino que se desenvuelve con soltura y vitalidad en otros espacios, como acontece con los ensayos: concibo a éstos como pruebas sin demostración, de forma que en ellos se contiene y se intuye siempre una puerta abierta a la continuación, un continuará... posterior a la lectura, labor ésta que le corresponderá al lector. El ensayo no ofrece la tarea hecha sino que pone tareas: presenta pensamientos para hacer pensar.

Por otra parte, el hecho de que el ensayo no se reconozca por la objetividad (ya que su punto de partida y su energía se hallan, más bien, en la subjetividad) no quiere decir que se desentienda de la proyección y descripción del mundo exterior objetivo. El ensayo permite otra manera de conocer, por la cual no se conoce desde otro (como es habitual en el tratado o simple manual), o desde una mirada despersonalizada (como acontece en la experimentación científica), sino desde uno mismo, y no para quedarse en sí mismo —como ensimismado— sino para abrirse a la realidad mediante el instrumento intersubjetivo del lenguaje y la fuerza universalizadora de la racionalidad. Nuevamente es Ortega quien nos permite avanzar por esta senda comprensiva. Según entiende acerca de este caso, las ideas del hombre dirigidas a la realidad son inseparables de quien las produce, pero no las dice sólo a sí mismo, sino que las lanza al orbe humano de la inteligibilidad mediante el diálogo (la palabra y la razón compartida en “humanísima conversación”). Ahora bien, el acto de pensar y de escribir el ensayo es un ejercicio realizado desde la unicidad inevitable del compositor y desde una presencia que más que evitarse se muestra, acto no de exhibición sino de veraz presentación: “yo estoy presente en cada uno de mis párrafos, con el timbre de mi voz, gesticulando y que, si se pone el dedo sobre cualquiera de mis páginas, se siente el latido de mi corazón.” (Ortega y Gasset, 1961, VIII: 17).

El espacio del ensayo se descubre efectivamente limítrofe (¿qué territorio del arte, la literatura o la ciencia no lo es?), podemos distinguir en él unos límites. A diferencia del Ser parmenídeo, finito pero ilimitado, aquí defiendo una noción del ser organizativo de la actividad creadora e intelectual del hombre más aristotélica, es decir, más pluralista, de manera que ese ser se diga y se entienda de muchas maneras, estrictas y reconocibles, con su propia y privativa razón de ser. Esto nos lleva a afirmar que el ensayo se encuentra a medio camino entre la Literatura y el Conocimiento: como en la literatura, el autor (el ensayista) escribe desde la subjetividad y desde la experiencia, y no tiene nada que demostrar; como en el conocimiento, el texto se estructura y se articula con pruebas (con razones) y comparece en cuanto tal ante el lector con una aspiración de verdad y de discernimiento racional, es decir, de comprensión.

C) Finalmente, se ha pretendido deslegitimar al ensayo mediante la apelación al hábito ensayístico español como testimonio de la ausencia de una verdadera filosofía española. Se ha dicho, así, que “el problema de la filosofía española se explica porque no ha habido en ella verdaderos filósofos sino simples ensayistas”, citándose a continuación los clásicos referentes de Gracián, Feijoo, Ortega, Unamuno, Azorín o Marañón (como sorprendente y paradójico recurso de pruebas o testigos de cargo en contra de una manera de escribir que ha pasado por sus manos de forma tan notable). José-Carlos Mainer en el escrito “Apuntes junto al ensayo”, que preludia una reciente y magnífica antología sobre el ensayismo español (Gómez, J., ed., 1996), cita los casos de Ferrater Mora, de Ernesto Giménez Caballero y Eduardo Nicol como variado muestrario (es más amplio) de voces que reprueban el influjo, a su juicio, perverso para la causa filosófica patria. De este último autor recuerda el criterio defendido en el libro El problema de la filosofía hispánica, según el cual “pensar por ensayos” entraña la renuncia al pensamiento mismo y por ello, continúa, fracasaron Unamuno, Ortega y d´Ors, en cuyas manos la filosofía “será del tipo ideología, pertenecerá al género ensayo”, sustentando de esa manera una semejanza conceptual entre ámbito ideológico y ensayístico tan caprichoso como peregrino.

Por mi parte, y por el contrario, juzgo que el problema de la filosofía española no se encuentra en su intensa o extensa tradición, en duración y número de seguidores, del ensayismo, pues esta es cosa acreditada, sino en su insuficiente reconocimiento. Frente a voces aprensivas y pletóricas en su prejuicio, sostengo que lo peor del pensamiento español no es lo que ha sido ensayo sino lo que ha pretendido pasar por ensayo (cuando se ofrecía más bien, o más mal, como otro producto) o lo que frontalmente se ha opuesto a él (desacreditándolo desde púlpitos de toda clase). Se ha impuesto, así, una forma de instrucción española rancia y mostrenca, la cual ha evolucionado como una historia apologética y/o hermenéutica de textos, es decir, algo semejante a la exégesis, que le confiere un aroma escolástico que no lo puede remediar, y la convierte en variante de una inevitable ascética, responsable de que muchos autores o escuelas de pensamiento se hayan decantado con más facilidad por la vocación teológica (religiosa o laica) que por la preocupación estrictamente filosófica (el ejemplo de María Zambrano lo considero paradigmático en este sentido, pero no el único).

Creo que esta tendencia se ha impuesto en el panorama de la filosofía española, dominante desde su reclusión en departamentos de escuelas y universidades, bajo custodia de sus valedores numerarios. Con esta persuasión, y dentro de este dominio, se ha creado una unidimensional idea de la actividad filosófica identificada irremediablemente con la Tesis, el Concepto, el Sistema y la Autoridad, que ya retrató Montaigne al referirse al uso dogmático y pedantesco de los libros: “Hay más quehacer en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros que sobre otro tema: no hacemos sino glosarnos unos a otros”. Para practicar un género literario hay que amarlo. No obstante esto, un gran número de profesionales de la filosofía que se lanza a la producción de ensayos lo hace con tal desgana y mala conciencia que sería conveniente recordarles que no es una dirección de obligado recorrido y acaso sea preferible reservarla para aquellos que sinceramente la aprecian. Un género que se deja querer, aprecia y honra la mano que la acaricia.

No se trata de patrimonializar el ensayo, al que le es ajeno toda propensión de monopolizar y totalizar el saber, pero tales actitudes y maneras reactivas no son las reconocibles en los legítimos ensayos, pues éstos tienden a la meditación personal y a la intervención propia —y no prestada—, genuina marca de calidad de la filosofía. Y no le ha faltado a ésta tradición principal y fértil. Sin necesidad de volverse hacia los remotos antecedentes de Séneca o Marcial, sí hay que convenir en que el ensayo, dentro de sus variantes (epístolas, discursos, anotaciones, misceláneas, situaciones, carnets o dietarios), ha destacado en las letras hispanas con suficiente acervo y fortuna como para tenerlo presente y bien valorado. Digámoslo, empero, con sobriedad y sin ceder a fogosas muestras de orgullo patrio que ven en España la “tierra madre del ensayismo europeo” (Marichal, J., 1984) o declaran que “aunque Montaigne pusiera nombre al género, la prosa española del siglo XVI significa la primera época del ensayismo europeo.” (Rallo, A., 1987).

Se da, pues, el caso de que en el pensamiento filosófico español se enfrentan dos tendencias opuestas, cada una con sus particulares inclinaciones y recelos, no importa que se hayan cruzado a menudo en el camino, sea para mirarse con desconfianza o altivez, sea para colaborar entre sí. Pueden ser condensadas en dos estatutos de desigual proyección: la filosofía academicista y la filosofía ensayística. Cada una de ellas se distingue por la naturaleza de sus fundamentos: por un lado, la que se asienta sobre el saber escolástico y las summas, del otro, en los diálogos y las epístolas de los clásicos; una didáctica doctrinal y magistral enfrentada a una pedagogía basada en consejos, diatribas o confortaciones; el tecnicismo positivista frente al humanismo racional; los ideales de sistematicidad y uniformidad de manual encarados a la idea de diversidad de temas; el corporativismo opuesto al individualismo; el dominio de la esfera oficial rivalizando con el predominio del ámbito civil. Bástenos de momento con consignar estos contrastes para dar idea de lo dicho y poder pasar a otro aspecto del tema.

 

3. El ensayo, el artículo periodístico y el tratado: cuestiones de estilo

La disposición del ensayo como forma de construir los textos filosóficos y de pensamiento comporta, sin duda, unas consecuencias para el estilo expresivo y para el estilo de vida que acompañan tal elección.

El estilo expresivo del ensayo (o forma de utilizar los recursos lingüísticos en un discurso), tal y como yo lo entiendo, se identifica por la ausencia de gravedad, es decir, una manera de decir  alejada de la prosa seca y adusta (lo cual no deberá suponer ligereza); por la ausencia de seriedad y pomposidad (aunque lo que en él se diga haya que tomárselo en serio); y por una voluntad de hacerse entender (sin renunciar a un rigor más crudo que duro o rudo).

El ensayo aspira a ganarse la atención y el favor del público, porque entiende que su fundamento no es la trascendencia del discurso para iniciados, sino iniciar la comunicación con el lector e invitarle a compartir con él sus experiencias y reflexiones. El problema surge cuando advertimos que ese público se transforma progresivamente en gran público y se hace cada vez más mayor (desgraciadamente no en madurez sino en vastedad y masificación). Esta tendencia, que se va confirmando y aumentando con el tiempo, da pábulo a esa confusión que ya he mencionado entre periodismo y ensayismo. El afán que mueve y caracteriza al ensayista por intervenir e influir con sus ideas en la sociedad (no necesariamente en las ideas de la sociedad), le hizo acercarse desde los inicios modernos del género a la prensa, espacio y medio escrito de alcance por excelencia, donde el encuentro entre autor y lector se hace activo, goza de cierta efectividad y es rápido (principalmente, cuando el tema de reflexión ha sido motivado por algún acontecimiento inmediato). El impulso que empuja al ensayista a realizar su producción en tal destino posee la garantía de que la divagación (la cual le interesa y juzga interesante para los demás) va llegar a las manos del público con prontitud. Éste también se acerca ansioso al espacio letrado del pensador para conocer su punto de vista sobre el que convergen sus intereses y su necesidad de disponer de opinión contrastada. Semejante labor pedagógica (en el mejor sentido de la palabra, es decir, en el clásico) fue la que inspiró, por ejemplo,  lo más meritorio de la obra intelectual de la Ilustración y de la emblemática producción enciclopedista.

Sin embargo, el público lector de aquellos tiempos no concuerda por  composición ni por inclinación con el de ahora. Actualmente nos encontramos frente al gran público de la sociedad de masas, y este hecho no puede ser ajeno a la génesis del género y al ánimo de sus protagonistas. El género periodístico se va separando del género ensayístico a medida que el crecimiento en la tirada de ejemplares de los diarios se hace imparable, como efecto del desarrollo demográfico, del acceso de la población a la educación y del estímulo de la competencia entre medios de comunicación. Incluso para un país como España tan poco aficionado a la lectura de periódicos (en comparación con nuestros vecinos occidentales), los contenidos que se esperan en los mismos no pueden recoger las pretensiones ni los fines de antaño. Los géneros cambian con los tiempos y con los medios, circunstancia que exige que los consideremos diacrónicamente.

En los siglos XVIII, XIX y principios del XX, el ensayista y el lector podían ver en los diarios satisfechas sus exigencias comunicativas e intelectuales (piénsese, por ejemplo, en los artículos de Voltaire, Larra u Ortega, como ejemplos de los periodos respectivos). Del mismo modo, durante esta etapa muchas novelas se publicaban fragmentadas (por entregas) en la prensa y dadas a conocer al público, antes de ser recogidos sus pedazos (sus capítulos) en una unidad que los convertirían en libro. En el presente, ambos objetivos y modos de proceder se ven tan limitados por las nuevas circunstancias, que ya no podemos contemplarlas sino como modelos residuales de la historia del periodismo. Hoy es necesario que el ensayista, en el momento de escribir, sepa distinguir si lo que tiene entre manos, o entre teclas, se va a concebir como ensayo o como artículo periodístico —de lo contrario, escritor y lector experimentarán una decepción considerable—, porque sus resultados no pueden ya solaparse.

El destino del ensayista como escritor sigue, con todo, vinculado a la prensa y a los medios de comunicación, en general, y este aspecto le diferencia de los doctos tratadistas que no se acercan a la tinta fresca de las páginas de los diarios que se apilan en los quioscos, para no ensuciarse las manos, y si lo hacen, sin rebajar su estilo al propio en el que aparece, resulta su escrito tan circunspecto y seco como las esquelas que se pueden observar en el mismo ejemplar. El tratado suele estar tan vinculado al mundo académico que esta circunstancia le influye grandemente en el estilo expresivo, hasta el punto de reconocerse mutuamente. La mayoría de tratados no necesitan de la seguridad vital que proporciona la solicitud del lector porque tiene el público asegurado—aunque sea éste reducido y especializado—: se trata, generalmente, de los libros que se escriben y se distribuyen con fines escolares. Este fin define el estilo tratadista: no precisa hacerse entender, pues lo deben entender. El tratado o el manual se leen sin remedio porque se leen por obligación (en función de las tareas antes referidas), de modo que el autor se esmera en ellos sin contemplaciones ni concesiones a la claridad o al placer de la lectura (más bien al contrario, para el modelo tratadista de escribir, un estilo claro y placentero se considera a priori severamente sospechoso: poco aconsejable para aprobar la asignatura, asegurarse el cum laude o superar las notarías, y mucho menos para ser citado en referencias bibliográficas).

El ensayista, en cambio, tiene que ganarse la atención del lector, debe seducirle con la fuerza de su estilo y de su personalidad que se transparenta tras él. Pero no a cualquier precio. El ensayo no puede distanciarse de la reflexión y del conocimiento sin perder su razón de ser. Por ello la dinámica discursiva ya no queda circunscrita al medio periodístico. Aunque el ensayista, como escritor que es, continúe colaborando en él (como el académico, el catedrático, el poeta o el novelista), su registro estilístico, por así decirlo, se altera y se concentra en el lugar que le espera (he aquí una muestra más del efecto del ámbito en el saber). Por motivos semejantes, hoy tampoco es el periódico un escenario adecuado para dar a conocer los últimos poemas del autor lírico o una novela por entregas, como sí acontecía anteriormente. Hoy en día ese espacio queda reservado para la publicación de crónicas, relatos breves o cuentos (generalmente escritos por encargo), de aspiración tan efímera como el resto del cuerpo que lo contiene (progresivamente creciente en grosor y en prótesis adjuntas, sobre todo los fines de semana).

Al estilo hay que tenerle aprecio y, al mismo tiempo, tratarlo con cautela, porque cuidar la apariencia exterior y mostrarse en público exige la sabiduría práctica que proporciona la equilibrada combinación de elegancia y discreción. Semejante apreciación también se puede encontrar en las siguientes palabras de Mario Vargas Llosa, notable caballero de los medios escritos, el periodístico, el ensayístico y el novelístico: “Toda ficción es un engaño y todo estilo lo es también. Por eso, hacen tan buenas migas el uno con la otra. El problema surge cuando un pensador, un ensayista, que escribe no para dar un semblante de la realidad a unos fantasmas de la imaginación sino con el propósito de describir un aspecto de lo vivido, averiguar una verdad o defender una tesis, posee ese temible instrumento encantatorio. Porque, entonces, es capaz, valiéndose de él, mareando y distrayendo a sus lectores con la gracia, elegancia, astucia y coquetería de su estilo hacerlo comulgar, como se dice, con ruedas de molino.” (Vargas Llosa, 1996).

El ensayo supone también la descripción de un estilo de entender la vida (o cómo observar y enfrentarse al mundo con un lápiz y papel en la mano), porque en él hallamos una búsqueda de relación con el mundo de la vida a través de las ideas, y no al contrario. Empero, en el ensayo el sentido del gozo por la vida y por la escritura se manifiesta con mayor libertad. No es necesario suponerle ánimo ascético sino ganas de intervenir en nuestra vida. Para ciertos autores lo que no se escribe con sufrimiento no tiene valor. Bien, allá ellos. No todos lo entienden así, y buscan gozo y vida en el acto de escribir. Esta disposición es más afín al ensayo, tal y como en sus resultados queda reflejado.

 

4. Ensayo, escritura y conocimiento

El ensayo filosófico se localiza, por tanto, entre el conocimiento práctico y la escritura libre y personal, pero no sería justo confundirlo con la Ciencia o con la Literatura —ni mucho menos con la Retórica—. El autor en la literatura o en el ensayo no desarrolla la misma empresa, porque no se ocupa de lo mismo. En ambos casos, el texto se concibe desde el yo, pero este yo desde la literatura se plasma en un discurso que no deja de ser un ejercicio interior de imaginación, donde lo que cuentan son la belleza del lenguaje y la capacidad de generar emociones, mientras que el ensayo no renuncia a la pretensión cognoscitiva ni a la intervención en el mundo interior y exterior, para modificarlo y mejorarlo, aspiración que no podemos exigir a la literatura. El ensayo penetra en el terreno del conocimiento porque se sirve de razones, cuando está persuadido de que se aproxima a la verdad y a la razón; aunque sepa que no podrá abarcar toda la razón ni toda la verdad, sí las siente como instancias próximas y de su progenie. Por ello traslada las razones al lector, con quien busca compartir su experiencia, el cual la aceptará o la refutará, pero, sin duda, acabará haciéndola más plena, posibilitando así una experiencia común, raíz y base constituyente con la que instaurar un mundo objetivo común.

Tanto el ensayo como la literatura se definen como formas de narrar nuestra experiencia en el mundo, mas el sentido y el valor que contiene esa experiencia son muy dispares entre sí. En la narración literaria, las palabras dominan el ámbito, y se quedan siempre, en última instancia, en el nivel de imágenes de lo real; en la indagación ensayística, se transforman en propuestas de pensamientos y en soporte de ideas, es decir, en ámbito de dominio del saber.

Los ensayos ofrecen en sus páginas más una prueba de prudencia que de humildad —de una prudencia en el sentido de la phronesis aristotélica, la cual no deja de ser una suerte de sabiduría práctica—. El calificado “escepticismo” de Michel de Montaigne, por ejemplo, no lo contemplo como una exhibición de ignorancia ni una postración por una razón vencida. Sus palabras no suscitan inseguridad sino firmeza en sus razones. El escepticismo inteligente sabe también que tiene razón, pero no toda la razón. Los Ensayos se suelen interpretar como expresión de un pensar escéptico, cuando yo veo más bien en sus dudas e incertidumbre una consecuencia de sus propios "ensayos" o intentos de expresar y registrar unos tiempos y unas gentes perturbados por la intolerancia y el fanatismo de creerse en la Verdad hasta el punto de matar por ella y de desvivirse por ella. El saber recogido en los ensayos de Montaigne representa una sabia manera (tal vez la única factible y útil) de experimentar el presente agitado por las pasiones, un intento de sobrevivir a él y un propósito de cincelar con la escritura meditada una existencia expandida y una individualidad enriquecida por el esfuerzo de crecer al tiempo que progresaba el libro. Esa muestra ejemplar de aproximar vida y libro, experiencia y sabiduría, progreso humano y conocimiento la expresa el ensayo mejor que ningún otro género o medio de expresión. Los Ensayos de Montaigne y el Montaigne de los Ensayos son el más vivo ejemplo de lo que digo.

 

5. Cita con el ensayo

Otra vía fiable a la hora de reconocer un escrito ensayístico consiste en reparar en el uso que se hace de las citas en un texto. Las citas inundan, es cierto, los Ensayos de Michel de Montaigne, pero la forma y la oportunidad en las que aparecen ha perfilado una seña de identidad por la cual las citas dentro del ensayo no se instituyen como carta de autoridad o como un edicto que contiene la última palabra sobre un asunto, sino, por el contrario, se aprecian como voces que saltan en los escritos para abrir boca, permitiendo que salgan las próximas palabras. Las citas se entienden de esta forma como sugerencias que sazonan el texto con sus variedades de gusto, y no como tropezones en la sopa de letras que mezclan sabores y ponen a prueba nuestra resistencia trituradora.

En los tratados su presencia cumple una función bien distinta a la que se sigue en los ensayos: se ordena con (y como) verdadero aparato, organizado en un trabajoso dispositivo logístico de notas y de bibliografía, muchas veces con mayor extensión que el propio texto escrito, dando la impresión de cumplir un papel más erudito y pedante que explicativo y heurístico. En estos escritos con gran muestrario y alarde de anotación, las citas explicitan que el autor está haciendo uso de la misma por la autoridad del citado (“por ser vos quien sois”): todo ello con plena severidad y detallismo, a los que denominan sus usuarios rigor. Según este proceder, las citas han de estar registradas según una reglamentación y normativa inapelables. Todo lo citado quedará remitido sin excusa a su fuente originaria con exactitud y minuciosidad extremas: autor, editorial, traductor (si procede), ciudad y año de impresión, número de la edición, páginas, comparación con otras versiones, y muchas otras exigencias que, francamente, no conozco muy bien, pues no son estos lugares los que suele frecuentar un ensayista y, por tanto, el dominio que puedo exhibir sobre semejante protocolo no lo estimo demasiado competente.

Tanto alarde de notación evoca más bien un escrito con vocación notarial que comunicativo. Una tesis doctoral, como una escritura de propiedad, exigen por su propia naturaleza la seriedad y pompa que distinguen su destino y en ocasiones a sus autores. Pero los ensayos representan otro tipo de escrituras. En ellos se cita con el autor y no por el autor. La disposición es más libre, más espontánea, más connotativa, a partir de la recepción personal que hace el ensayista del autor mentado. Esta actitud permite que el fragmento traído a cuento  se utilice como asociación libre de ideas y palabras, como apoyo ilustrador, aspirando más a la complicidad que al encubrimiento (aquí encontramos un sólido sentido de la convivencia entre autores que en su colaboración le distingue mucho de la connivencia de otros).

Las citas salen, de esta suerte, a colación, como se sale a pasear con un amigo o se comparte una mesa en una agradable cena, es decir, buscando compañía (motivos sinceros por lo que nos hemos citado), pero no necesariamente lucimiento. Hay otra clase de citadores, aquéllos que sacan a relucir fragmentos principalmente como expresión de poderío y muestra de afición al coleccionismo, recordándonos a esos personajes galantes que para presentarse en sociedad, y causar buena impresión, se cuelgan del brazo un bello ejemplar, con el fin de ser vistos y admirados, sin importar —claro está— por dónde se pasea o de qué se habla.

En muchos ensayos se pueden hallar incluso algunas citas sin justificación referencial, y tampoco es insólito comprobar que se cita de memoria, lo cual produce a veces expresiones y párrafos inexactos, en cuanto a la procedencia. Este desacato que provocará, sin duda, la ira del rigorista celoso de los orígenes, traerá, no obstante, sin cuidado al perspicaz, escéptico y desmemoriado ensayista, porque sabe que cuando cita no deja de pensar por sí mismo; ante el gazapo salta un híbrido, el cual no es extraño que pueda ser muy afortunado e incluso consiga mejorar el referente original. De producirse tal circunstancia, no creo que llegue a molestar al citado, que si es finado no se levantará de la tumba para recriminar el hecho infiel y si su ser aún está animado supongo que tampoco se incomodará, porque se escribe para compartir, no para poseer, como acontece con el registro de la propiedad (que ésas son otra clase de escrituras), ni para recitar, como ocurre con los Evangelios (que ésas son también otras Escrituras, y muy sagradas por cierto).

 

6. Gracias y miserias del ensayo: del sopesar a lo sopesado

En resumen, el objeto del texto con forma y fondo de tratado apunta a una disputa sobre conceptos —y con conceptos— con el fin de inspeccionar y verificar su interacción con el mundo, para trabar así una teoría explicativa del mundo en la cual orden conceptual y orden ontológico se correspondan (adecuada o inadecuadamente, según el éxito de la empresa del tratadista). En la literatura, el estilo se entiende como la forma de expresar el juego con el lenguaje para crear un mundo propio (sin tener que salir necesariamente de él ni con la obligación de que éste se avenga bien con el real, o que aquél le convenga). En el ensayo, por fin, reconocemos un intento por sopesar las cosas del mundo con palabras, pero no para jugar simplemente con ellas sino para dialogar o polemizar con la realidad a través de ellas.

El término “ensayo” procede etimológicamente de la voz del latín tardío exagium, voz afín a las formas clásicas exigere, que significa “pesar”, y de examen que denota también “acción de pesar” o, justamente, “examen”. Es a partir del año 1100 cuando empieza a aplicarse este concepto a las determinadas composiciones que se realizan por escrito para comunicar pensamientos. Pero, en un principio, desde su aplicación latina (y antes en expresiones griegas y del sánscrito), la genealogía de la palabra se asociaba al pesaje de los minerales, en particular el oro y la plata, con el propósito de averiguar la calidad, su naturaleza, para atribuirle una ley y asignarle un valor. De esta “aquilatación” tan material se pasó a considerar otros objetos y hechos a los que poder evaluar su importancia: la acción de sostenerlos, de sopesarlos, se convertía en la acción de examinarlos. A su vez, el vocablo “pesar” procede del latín pensare (intensivo de péndere), de donde rápidamente colegimos que han derivado los términos actuales pensador o pensamiento.

Creo, pues, que con este excursus por las raíces de la palabra estamos en condiciones de aportar más luz a la significación del concepto objeto de este capítulo. Lo que vienen haciendo los ensayistas —desde los inicios generadores de su tradición— posee una base material y una base intelectual. Por la primera, se trata de verificar la cualidad de algo mediante la aproximación, es decir, consiste en situarse literalmente debajo de las cosas para sentir su peso: soportamos la realidad sopesándola. El ensayo se involucra con aquello que aborda, pues apreciar su sentido implica “levantar una cosa para tantear su peso” (María Moliner, Diccionario del uso del español, voz “sopesar”). Con ese esfuerzo, el ensayista siente la realidad porque la toca, porque mete las manos en ella, la palpa y la vive desde dentro, donde con atrevida —aunque inocente— audacia se entromete. Ese ejercicio asegura la fuerza y la ley del sujeto y del objeto, de tal forma que el tema examinado y el ensayista salen juntos marcados por un valor, el más importante, a saber: haberse medido con el mundo y en el mundo.

Según el segundo sentido de lo que entendemos por ensayo, surge la noción de pensamiento al que está asociado, y que algunos aún pretenden cuestionar por su presunta incapacidad para crear ideas, es decir, conocimiento. A ciertos filósofos, la identificación entre pensamiento y padecimiento se les antoja un hecho natural, algo así como una asociación de términos sinónimos e inseparables. Entendido todo ello en su doble sentido: producir ideas, por parte del pensador, ha de ser una gestación tan dolorosa como un martirio y recibirlas, por parte del lector, una experiencia sólo comparable con la ascesis de la verdad, marcada a fuego en la razón o el corazón de los hombres. Por esta vía ha transcurrido el largo devenir de la Filosofía de los Profesores, que con su escolasticismo, laico o religioso, ha erigido más una teología que una filosofía. La causa de este largo despropósito se halla en haber olvidado que la medida de la verdad y del entendimiento está tanto en el peso como en el sentido de la medida: cuando este equilibrio se rompe, cuando se desliza el pensar por las pendientes de lo desmedido y lo elevadísimo, no se logra una fórmula más transcendental y grandiosa, sino que produce un ser demasiado pesado.

El ensayo ha sabido dotar a la razón de un medio y de un estilo de expresión más acorde con las medidas y proporciones humanas que el resto de los géneros donde se propaga el pensamiento. Para tal fin ha hecho falta tiempo, pruebas y tentativas: “Muchos ensayos debieron hacerse —afirmó el ilustrado historiador británico Edward Gibbon— antes de que yo encontrara el tono justo entre la crónica tediosa y la declamación tediosa.”. Es probable que la contemplación del Ser y su medición temporal (desmedida), que la ontología del límite de la esencia (sin contemplación con el sentido de la paciencia), la metafísica de la caída (por la que nos precipitan al vacío) o la fenomenología del espíritu (que abre nuestras entrañas con un desgarro parejo al de la vivisección), precisen de los trabajos y de los días hercúleos y de la aspereza de lo coriáceo. No voy a ser yo quien les quite importancia, aunque tampoco debamos concederles todos los méritos. Los caminos del pensar son variados y el paisaje del conocimiento diverso. Por ellos deambulamos, ahora optando por las elevaciones de la escalada hacia las cimas, luego por la penumbra de la fronda, después una travesía por el vértigo de los acantilados, en otro momento descendiendo a la placidez de los valles y siempre con la posibilidad de regalarse una ensoñación de paseante sin rumbo fijo. Todos los caminos conducen al conocimiento, cuando nos acompañan la razón y la reflexión en el curso de las palabras. Con su concurso sabemos más y nos sabemos mejor. Se trata de sopesar qué es lo que queremos saber y con qué instrumentos, destrezas y estilos. Porque de su resultado, en fin, depende que nos encontremos ante una obra próxima y sopesada por la gracia y el gusto del ensayo o ante la pesadumbre y la gravedad del tratado dispuesto menos a lo comedido que a lo pesado.

 

Bibliografía

  • Gómez, J., (ed.) (1996). El Ensayo español, Los orígenes: siglos XV a XVII. Vol. 1. Barcelona: Páginas de Biblioteca Clásica, 1996.

  • Marichal, J. (1984). Teoría e historia del ensayismo hispánico. Madrid: Alianza, 1984.

  • Ortega y Gasset, J. (1961). Obras Completas. Vol. 12. Madrid: Revista de Occidente.

  • Rallo, A. (1987). “Los modelos ensayistas del erasmismo”. La prosa didáctica del siglo XVI. Madrid: Taurus, 1987.

  • Vargas Llosa, M. (1996). “El canto de las sirenas”. El País, 14 de julio.

  • Weber, M. (1992). Ensayos sobre sociología de la religión. 2 vols. Madrid: Taurus, 1992.

 

Notas

[1] Me limito en todo momento al "artículo periodístico" como ejemplo de escrito dentro de los márgenes de los media, y me abstengo aquí de hacer mayores precisiones acerca de su composición, así como de sus relaciones con otros tipos de "género periodístico", como son la noticia, el editorial, la crónica, el reportaje, la crítica (literaria o política), la entrevista, etcétera, que exceden el propósito del presente capítulo.

 

[Fuente: Fernando Rodríguez Genovés. “El ensayo y lo sopesado”. Se publicó originalmente como parte del libro de Rodríguez Genovés Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía. Madrid: Síntesis, 2001. págs. 33-57. El libro fue recibió el Premio de Ensayo Juan Gil-Albert 1999, en el marco de los Premios Ciudad de Valencia convocados ese año.]

Actualizado, octubre 2004

 

© José Luis Gómez-Martínez
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