Teoría, Crítica e Historia

El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina

 

"Coriolano Alberini ante la condición humana"
 

Clara Alicia Jalif de Bertranou

Datos biográficos

Nacido en Milán, Italia, el 27 de noviembre de 1886 y fallecido en Buenos Aires el 18 de octubre de 1960, fue llevado por sus padres a la Argentina cuando contaba tres meses de edad, en los inicios de 1887. La familia, de condición modesta, se estableció en Buenos Aires. A los tres años de edad, Alberini sufrió un ataque de poliomelitis, enfermedad que lo obligó a usar muletas toda su vida; pero la minusvalía no resultó obstáculo para una realización personal exitosa.

Cursó estudios de bachillerato en el Colegio Nacional de Buenos Aires, ámbito en el que tuvo su primer contacto con la filosofía. En 1906 ingresó simultáneamente en las Facultades de Filosofía y Letras y de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, donde paralelamente realizó los cursos hasta cuarto año, inclinándose definitivamente por la filosofía. Tuvo por maestros a los nombres más granados del positivismo argentino: Horacio Piñero, José Ingenieros, José Nicolás Matienzo, Rodolfo Rivarola, Ernesto Quesada, Guillermo Keiper, Alfredo Ferreira, Carlos Octavio Bunge y Alejandro Korn (antes de que éste abandonara dicha corriente filosófica), entre otros.

Siendo aún estudiante, Alberini publicó su primer trabajo, titulado “Amoralismo subjetivo” en la revista Nosotros, que dirigían Roberto Giusti y Alfredo Bianchi. Fue un buen comienzo de publicista, tanto por el contenido del escrito como por el prestigio que llegaría a tener la revista, fundada en 1907, cuya duración se extendió hasta 1943.

Se graduó en 1911 con un examen general en el que hizo gala de su saber crítico, enfrentado fundamentalmente con el positivismo que comenzaba a fenecer, en la oportunidad representado por el jurado: el decano de la Facultad, José Nicolás Matienzo; Alejandro Korn, quien no había experimentado aún su alejamiento del spencerismo; José Ingenieros; Ernesto Quesada; Juan Chiabra y Rodríguez Etchart. A lo largo de su vida permanecería siempre ligado a la institución: entre 1912 y 1924 como director de la Revista de la Universidad de Buenos Aires; más tarde, durante sus tres decanatos (1924-1927; 1931-1932; 1936-1940) y, simultáneamente, como docente. Así, en 1918 como profesor adjunto de la cátedra de Psicología (luego sería profesor titular de la misma) y a partir de 1920 como profesor de Introducción a la Filosofía, cátedra recién creada. Además, desde 1923 enseñó Gnoseología y Metafísica en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Su tarea docente también fue importante en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires donde dictaba un curso de filosofía destinado a estudiantes ingresantes.

En sus escritos y en sus cátedras dio a conocer a los filósofos más representativos del momento: Bergson, Blondel, Coutourat, Cournot, Maine de Biran, Croce, Meyerson, Renouvier, Royce, Le Roy, Poincaré, Lechelier, Mercier, Duhem y Windelband, entre otros no menos importantes, algunos casi desconocidos en el país, como era el caso de Bergson. Aspecto que cristaliza, por su gestión, en la creación de la cátedra de Filosofía Contemporánea en 1923 y en la visita de distinguidísimas personalidades durante sus decanatos, merced a su capacidad organizativa. Su profundidad filosófica se vio enriquecida por dos viajes a Europa y Estados Unidos. El primero en 1926 para asistir al VI Congreso Internacional de Filosofía en Harvard, donde leyó su trabajo “La filosofía y las relaciones internacionales”, y de allí pasó a Francia e Italia. El segundo, en 1930, para visitar y disertar en Alemania. Conoció entonces a las principales figuras filosóficas europeas: el ya citado filósofo francés Henri Bergson, Husserl, Hartmann, Einstein, Croce, Gentile, Gilson y Cassirer.

Si quisiéramos abrevar su núcleo central de intereses intelectuales, se puede decir que en general sus trabajos giran en torno a cuatro problemas: 1. La naturaleza de la filosofía. 2. Ciencia y filosofía. 3. Ética y teoría de los valores. 4. El pensamiento argentino.

Ideas sobre la condición humana

En el marco del embate contra el positivismo Alberini escribió sus primeros ensayos monográficos. Particular relevancia para el tema de la condición humana tiene su escrito “Introducción a la axiogenia”, que escribiera en 1919 con motivo de un concurso para la suplencia en la cátedra de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Alberini parte allí de la distinción entre axiología (estudio de los valores deontológicamente considerados) y axiogenia, neologismo por él acuñado que alude a la génesis u origen del valor, propósito de su estudio.

El positivismo había extendido su interpretación mecánica de los hechos al mundo social, psicológico y espiritual, contra el cual se yergue la axiología estableciendo una diferencia de ámbitos. Uno es el mundo físico y otro, con caracteres bien distintivos, el mundo espiritual y sus creaciones culturales. Este mundo, a diferencia del orden mecánico, es telético, apunta a fines y es susceptible de cambio, de acuerdo con la libertad del hombre.

En cuanto al origen del valor, Alberini sitúa su estudio en el campo de la psicología biológica. Seis son las tesis que guían su argumentación: “1. la psicología axiológica, con el objeto de contribuir a la solución del conflicto entre logicistas y psicologistas, debe indagar los elementos axiológicos del conocimiento para discernir lo axiológico de lo objetivo. Sólo así se podrá determinar la racionalidad; 2. la evaluación no es privativa del hombre, sino de todos los seres y puede ser, por tanto, inconsciente; 3. el problema del valor es, ante todo, de orden psicológico y biológico; 4. por medio de la noción de valor se reduce la biología a la psicología; 5. la personalidad no es un epifenómeno; 6. sólo un examen profundo del aspecto axiológico del juicio permitirá superar el subjetivismo y, por ende, fundar una pensamiento autónomo” (Alberini 1973: 150).

Se desprende de estas tesis que en el estado de los estudios biológicos es una verdad irrefutable que el conocimiento animal, y aún humano, tiene origen y función biológica.

Pregunta Alberini: ¿qué se entiende, pues, por valor? Y responde: “Denominamos, por ahora, valor a toda actitud telética, la cual puede ser inconsciente o consciente, motriz o contemplativa”. Pregunta secundada por otra: ¿dónde reside el valor? En la psiquis humana o animal. Los axiólogos hasta ahora sólo trataron el problema dentro del terreno metafísico, económico y estético, pero no en el de la psicología biológica, que es donde quiere tratarlo el autor; de allí el nombre de axiogenia en cuanto indagación sobre el origen o génesis del valor, según hemos apuntado.

Dice Alberini que no se discute la capacidad evaluativa del hombre, pero a su modo de ver incluso los animales y las plantas evalúan, por eso el valor tiene también su filogenia. La génesis del valor se confunde con la de la vida psíquica. Axiogenia y psicogenia constituirían idéntico problema. La psiquis, por el hecho de serla, es algo que evalúa. Vida y psiquis constituyen idéntica cosa: “Negamos, nos dice, que la psiquis sea simplemente una propiedad de la vida”. La psiquis es lo esencial de la vida misma y ninguna razón cabe para negarle vida psíquica al vegetal, pues el vegetal tiene también eso que Hans Driesch llamó “base histórica de las reacciones”. Por otra parte ya Claude Bernard (1813-1878) había probado la irritabilidad del vegetal, viendo en la sensibilidad el atributo de la vida, tanto vegetal como animal.

Alberini se pregunta si puede concebirse una individualidad orgánica que no sea psíquica. Para él, organismo, individualidad, psiquis y télesis son términos idénticos. Pero da un paso más y dice que la individualidad necesita persistir, y ello no es posible sin la memoria. Sin la memoria resultaría imposible toda actividad metabólica. Esta facultad es el rasgo más general de la materia viva y es fenómeno idéntico a la finalidad y a la individualidad. Cabe identificar memoria, individualidad, herencia y teleología orgánica, por esto la definición de la vida es psicológica.

Los fenómenos vitales se caracterizan por el proceso de irritabilidad, característica primordial del protoplasma. Esta es una forma rudimentaria de la sensibilidad, que algunos autores emplean indiferenciadamente. Consiste en la facultad de reaccionar ante estímulos externos o internos modificando así su propia forma, posición o intensidad de los procesos vitales. Tiene por objeto proteger la célula ante lo que la perjudica y favorecer la nutrición y su crecimiento, como velar por la conservación de la especie. Se trata, en fin, de una propiedad teleológica que también alcanza a los vegetales.

Biogenia y psicogenia son términos idénticos y la psicogenia implica la axiogenia. La vida tiene su primera manifestación en el carácter electivo de la irritabilidad. El organismo, para vivir, selecciona y este proceso se presenta ya en los vegetales, como se evidencia en la función clorofílica. Si la vida es psiquis, no cabe duda que el rasgo principal de la vida reside en la evaluación, o, como se podría decir en términos tomistas que apunta el filósofo, en la vis estimativa.

Apelando a Bergson, Alberini afirma que es imposible explicar la evolución de la vida en términos exclusivamente mecánicos, pues es insuficiente. La vida no puede tener una explicación exclusivamente mecánica y utilitaria. Ella se adapta al medio, pero esa adaptación no es pasiva. Hay algo más que afán de conservación, y es la tendencia a sobrepujarse. La adaptación mecánica es un episodio de la evolución, pero no lo esencial de la vida misma. Se podría decir que la naturaleza de lo vital interioriza las energías del medio, pero transforma el medio en función de sí misma. La tendencia al cambio no es accidental ni simplemente utilitaria. Hay algo más, pues éstos, los factores utilitarios, serían incapaces de explicar la perpetuación de la vida. Ese algo más es la télesis orgánica. Como tesis, dice Alberini que la adaptación, activa o pasiva, supone selección de estímulos. Es, por tanto, evaluación y ésta se halla en función de la télesis orgánica mencionada.

Pero va más allá. Afirma que el conocimiento no es necesariamente consciente. Probablemente sea imposible afirmar en qué momento de la evolución filogenética aparece la conciencia de la individualidad, pero sí se sabe, nos dice, que en los seres inferiores existe el ansia trófica, o sea la necesidad de alimentación, y esto supone una evidente aptitud discriminativa que, según Alberini, podría decirse que es el origen del conocimiento. “Para nosotros, dice, el conocimiento, consciente o inconsciente, es una modalidad de la psiquis. El sentido discriminativo de la primordial irritabilidad es forma rudimentaria de conocimiento” (Alberini 1973: 173) y éste sería el origen de la mentalidad. Contra Ramón Turró (1854-1926) dirá que no hay sucesión entre hambre y conocimiento, sino que son modalidades concomitantes de la vida.

Por otra parte, Alberini avanza sobre otra hipótesis fuerte. Para él es un hecho que la conciencia existe en muchos seres inferiores y es imposible negarla en el hombre. Afirma al respecto: “Sea lo que fuere, he aquí lo esencial para nosotros: la conciencia [...] se inicia bajo forma de interna percepción hedónica. El placer y el dolor suponen conciencia. Fuera absurdo hablar de un dolor inconsciente” (Alberini 1973: 180). Podrá ignorarse las causas, pero ello no significa que se ignore el dolor mismo.

La conciencia hedónica percibe en forma de juicio, de afirmación vital, las actitudes motrices adaptativas. Lo motriz inconsciente, forma primera del valor, se ha transformado en juicio hedónico. Mas, ¿qué es el juicio? La mayoría de los psicólogos ven en él una operación inconcebible fuera de la conciencia. Dicen que el juicio es distinto de la representación y posterior a ella. Para Alberini el juicio no es necesariamente consciente, como lo demuestran, desde su punto de vista, los casos de ideación durante el sueño. La conciencia fecunda la subconciencia, pero ésta también sabe relacionar. En sus palabras: “Sin duda la conciencia es, fundamentalmente, actividad juzgativa, pero no toda actividad juzgativa es conciencia. La ilusión está en olvidar que la conciencia es juicio sobre juicios, mas éstos, bajo forma de tendencias, es decir, valores motrices, pueden ser previos a la eclosión de la conciencia. Cuando ésta surge en la línea filogenética, y aun ontogenética, la conciencia se encuentra con un complejo de actividades teléticas que, en rigor, ya son juicios vividos. Por eso a nuestra manera de ver, el juicio es previo a la representación, o mejor dicho, no hay representación que no sea juicio. La representación no existe sino en forma de juicios virtuales o explícitos” (Alberini 1973: 182). Nuestro autor entiende por representación un sistema más o menos estable de cualidades organizado por la télesis vital en forma de atención a la vida.

La atención, consciente o inconsciente, es propiamente una facultad abstractiva. Lo que llamamos abstracción es, para Alberini, algo ínsito en la vida misma, pues, la irritabilidad es germen de la abstracción, remota progenitora de la mentalidad humana y, con ello, un modo de la télesis vital. El juicio supone esa actividad selectiva de la abstracción.

Alberini define el valor diciendo que es un juicio cuyo predicado es una reacción vital. En “el seno de la axiogenia nace la logogenia, la racionalidad nace en la evaluación, pero luego, cuando el devenir biológico culmina bajo la forma de personalidad humana, el logos, no obstante su ulterioridad, termina por penetrar, organizar y fundamentar a la misma vis estimativa”. Y remata su idea conclusivamente: “Se diría que el pensamiento, creado por la fuerza axiogénica de la vida, reacciona contra el impulso progenitor, pero continuando su esfuerzo creativo en sentido ascendente. Así el logos, esencia de la personalidad humana, se trueca en valor supremo, en el valor de los valores, pues nadie sino él es capaz de reconocerlos y crearlos” (Alberini 1973: 186).

Desde el fondo de la vida biopsíquica surge la personalidad, tema que Alberini trató en “El problema ético en la filosofía de Bergson” (1925), antes de que el filósofo francés diera a conocer Las dos fuentes de la moral y la religión, donde el argentino ejerciera su fina capacidad crítica.

Para Alberini “la ética es función de la persona y la persona es ante todo individuo”. En este respecto distinguió cinco clases de individualidad: 1. El todo como unidad, es decir, el todo de la realidad. 2. La unidad matemática de carácter abstracto, “susceptible de ser disuelta en otras unidades”. 3. La unidad mecánica. 4. La unidad biológica, cuya característica es la finalidad o télesis, que puede existir sin que haya conciencia de ella. 5. La unidad humana, donde la “individualidad biológica se vuelve autoconciencia, es decir personalidad” (Alberini 1973: 64). Esta autoconciencia es completada por la noción de eficiencia, “lo cual implica la posibilidad de que ciertos actos tengan raíz en la personalidad humana”. Esto demuestra que sería absurdo hablar de libertad sin admitir “la libertad del individuo humano con los caracteres de la auto-conciencia eficiente”. La libertad es siempre genitiva, libertad de alguien, y constituye el rasgo propio del hombre, quien a diferencia del animal es libre, pero lo es relativamente, dado que se halla dentro del tiempo y del espacio, vinculado simultáneamente con el mundo inorgánico, el mundo orgánico, el mundo social, el mundo inconsciente, las creaciones culturales, etc. En sus palabras: “El hombre es un ser relativamente libre. Es libre dentro del espacio y el tiempo....”. Pero esto no es suficiente, pues “Hay que buscar un carácter que sea privativo del hombre, y este rasgo no es sino la libertad, así sea una libertad limitada”.

Contra el antiintelectualismo, Alberini sostiene que el timón de la libertad es el pensamiento. La libertad no es libertad si no es congnoscitiva, cuya coronación es la personalidad. Su mejor estudioso, Diego F. Pró, lo parafrasea: “La personalidad, por su parte, no se confunde con el temperamento, el carácter o el temple de la psiquis. Es la parte de la psiquis que está hecha de acción libre y de la práctica de los valores. [...] La psiquis humana como conciencia volitiva interna o externa, es lo que Alberini llama libertad. La obra no es sino la libertad en fruto. Si se despoja a la voluntad del logos, se la torna acéfala, se la niega y se la convierte en espontaneidad romántica” (Pro 1960: 391-392).

En suma, no se puede hablar de ética sin personalidad, y su argamasa está hecha de libertad y una forma axiológica. Tampoco puede existir una axiología sin racionalidad que, impulsada por la voluntad y el sentimiento, permite el paso del ser al deber ser. La axiogenia culmina en la logogenia. El logos o racionalidad resulta así la más alta elevación de la vida psíquica humana, que descubre como logos la objetividad pura, tanto del valor como de la realidad en la doble dimensión de ciencia y filosofía. El espíritu, siempre subjetivo e individual, rompe de este modo su propio círculo de particularidad para proyectarse a lo objetivo y universal en el orden moral y en la cultura.

Acabamos de señalar que el espíritu es para Alberini básicamente subjetivo. Se forma socialmente a través del llamado espíritu objetivo, “pero éste -apunta Diego Pró- no es más que la actividad de los otros espíritus, ya sean antepasados o contemporáneos”. Y agrega: “Admitir la cultura en sí, o sea, el espíritu objetivo, es incurrir en el llamado realismo social. El llamado espíritu objetivo no progresa. Sólo la actividad espiritual del hombre, en comunión con todos los demás hombres, puede progresar. Alberini -remata Pró- opone así una especie de nominalismo social al realismo social” (Pro 1960: 395).

Por otra parte, no hay seres humanos fuera de la historia. Cada persona es, física y espiritualmente, lo que el ambiente histórico donde ha vivido le ha permitido ser. En la historia, que se desarrolla siempre en un lugar, se fecundan o frustran las potencialidades, de allí la necesidad de crecer en medio de altos valores transmitidos colectivamente. Pero más aún, la humanidad tiene forma concreta en las naciones “de mayor o menor vocación civil”. Dice Alberini: “Movidos por un legítimo y efectivo idealismo ético, alguna vez, se llegará a la armonía de las naciones, mas nunca con la negación de éstas, sino gracias a un entendimiento universal, inspirado en un sincero y activo culto a los valores fundamentales del espíritu humano, siempre uno, en esencia, aunque múltiple en sus inagotables encarnaciones individuales y colectivas” (Alberini 1973: 193). Pensamiento que entronca por propia vocación en una benemérita tradición argentina con Alberdi y con Echeverría y su “escuela”, según nos lo dice, a la luz de las lecturas de Herder. De este modo enraíza su pensamiento en la paradigmática filosofía del “romántico ‘historicismo’”, aquél que bien sabía que “no cabe forjar historia fuera de la historia” (Alberini:1973: 194).

 

Escritos de Coriolano Alberini

  • Problemas de la historia de las ideas filosóficas en la Argentina. La Plata: Universidad Nacional de la Plata, 1966.

  • Escritos de ética. Mendoza: UNCuyo-Facultad de Filosofía y Letras-Instituto de Filosofía, 1973.

  • Escritos de metafísica. UNCuyo-Facultad de Filosofía y Letras-Instituto de Filosofía, 1973.

  • Escritos de filosofía de la educación y pedagogía. UNCuyo-Facultad de Filosofía y Letras-Instituto de Filosofía, 1973.

  • Epistolario. Vol. I. UNCuyo-Facultad de Filosofía y Letras-Instituto de Filosofía, 1980.

  • Epistolario. Vol. II. UNCuyo-Facultad de Filosofía y Letras-Instituto de Filosofía, 1981.

  • “Amoralismo subjetivo”, en Nosotros, Buenos Aires, 1908.

  • “La filosofía y las relaciones internacionales”, en Verbum. Buenos Aires, 1927, nº 69.

  • “Introducción a la axiogenia”, en Revista Humanidades. La Plata, 1921, t. 1. En Coriolano Alberini, Escritos de Etica. Mendoza: Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Filosofía, 1973.

  • “El problema ético en la filosofía de Bergson”, en Anales del Instituto Popular de Conferencias de La Prensa. Buenos Aires, 1925, t. XI. Reproducido en Coriolano Alberini, Escritos de Etica. Mendoza: Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Filosofía, 1973.

  • “La Patria en la Universidad”, en Escritos de Filosofía de la Educación y Pedagogía. Mendoza: Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Filosofía, 1973.

 

Bibliografía sobre el autor

  • Agoglia Rodolfo M. “Coriolano Alberini en la cultura y el pensamiento argentinos”. Revista de Filosofía 12-3 (1963): 75-82.

  • Aznar, Luis. “Los iniciadores de nuestra historia ideológica.” Cuadernos de La Plata 3 (1970): 32-44 [Sobre Korn, Ingenieros y Alberini]

  • Biagini, Hugo. "Coriolano Alberini". Guión y supervisión del video Coriolano Alberini que integra un ciclo de ese género sobre cinco filósofos argentinos auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación (Argentina) en 1999.

  • Estiú, Emilio. “Korn y Alberini frente al positivismo en Argentina”. Revista de la Universidad 13 (La Plata 1961): 11-22.

  • Gonzalo Casas, Manuel. “Coriolano Alberini y la filosofía argentina”. Humanitas 3, no. 8 (1957): 131-149.

  • Pró, Diego F. Coriolano Alberini. Buenos Aires: Imprenta López, 1960.

  • Roig, Arturo Andrés. “El concepto de ‘Historia de las ideas’ en Coriolano Alberini”. Cuyo. Anuario de Historia del Pensamiento Argentino 4 (1968): 71-88.

  • Torchia Estrada, Juan Carlos. “Coriolano Alberini: historiador del pensamiento argentino”. Revista Interamericana de Bibliografía 20.4 (1970): 453-458.

Clara Alicia Jalif de Bertranou
Actualizado, julio 2004

 

© 2003 Coordinador General Pablo Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

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