El
pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina
"Hacia la perfección
humana:
Raza y evolución en el pensamiento de Carlos Octavio Bunge"
Marisa Miranda y Gustavo Vallejo
CONICET, Argentina
El sociólogo y jurisconsulto
Carlos Octavio Bunge, nació en Buenos Aires el 19 de enero de 1875 y
falleció en la misma ciudad el 22 de mayo de 1918. Desarrolló una
intensa labor intelectual en la Argentina, aunque su impacto se extendió
también a buena parte del subcontinente latinoamericano, donde se
convirtió en una referencia ineludible del pensamiento positivista
cultivado en la región durante la última parte del siglo XIX y la
primera del XX.
Proveniente de una familia de
inmigrantes luteranos alemanes que en Argentina se situó en lo más alto
de la escala social, Bunge realizó sus estudios universitarios en la
Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, graduándose en
1897 con la tesis titulada El Federalismo Americano. En 1901
inició la carrera docente como Profesor Adjunto de Introducción al
Derecho, cátedra cuya titularidad le correspondía a su maestro, Juan
Agustín García. En la misma Universidad dictó clases de Economía
Política en la Facultad de Derecho, y de Ciencias de la Educación en la
Facultad de Filosofía y Letras. Más tarde se hizo cargo de la Cátedra de
Sociología Argentina de la Universidad Nacional de La Plata, institución
creada en 1905 por el Ministro Joaquín V. González, a quien Bunge ya
había prestado su colaboración para realizar el proyecto de Código de
Trabajo que en 1904 trató el Congreso de la Nación.
Bunge también asesoró al Estado
argentino en materia educacional y en ese carácter se dirigió, en 1899,
comisionado a Europa por el Presidente Julio A. Roca y su Ministro
Osvaldo Magnasco. De su viaje surgió el informe titulado El espíritu
de la educación, que luego se publicó en tres tomos bajo el nombre
de La Educación, reeditado en cinco oportunidades.
En 1903 Bunge publicó Nuestra
América y Principios de psicología individual y social,
textos que condensan de manera elocuente los tópicos centrales de su
enfoque psico-sociológico: racialismo, pesimismo, etnopsicologismo e
inferioridad de los pueblos de América Latina. Tópicos que la
historiografía reciente ha relacionado con la pertenencia de Bunge a
élites convulsionadas por la eventualidad del ascenso de las masas en la
joven Argentina de fin-de-siglo.
Los envenenados
(1908), Viaje a través de la estirpe y otras narraciones (1908),
Nuestra Patria (1910), Historia del Derecho Argentino (1912),
El Derecho. Ensayo de una teoría integral
(1916), numerosos
artículos de corte sociológico y ensayos literarios, se agregan a una
vasta producción signada por la constante apelación a argumentos
biológicos para explicar fenómenos sociales.
Evolucionismo y determinismo en la esencia de la naturaleza humana
Una primera aproximación al
pensamiento de Carlos Octavio Bunge permite advertir nítidamente los
rastros de la cultura científica europea, especialmente en lo que atañe
al uso del positivismo socio-darwiniano para explicar el comportamiento
de las sociedades latinoamericanas ante un proceso de intensiva
modernización, acelerado por el arribo aluvional de inmigrantes
ultramarinos[1].
En los albores del siglo XX, el
evolucionismo darwiniano ya era, entre todas las teorías biológicas, la
de mayor impacto en ámbitos ajenos a su contexto de emergencia. Esa
difusión se extendió transversalmente al rediseño epistemológico de las
Ciencias Sociales, dotándolas de un soporte de significación para
sustratos teóricos y metodológicos todavía endebles. Precisamente, la
labor de Bunge es bien representativa de la permeabilidad que las
nacientes disciplinas del campo social ofrecieron en Latinoamérica a las
fundamentaciones de corte biologista. En efecto, con sus
reinterpretaciones del darwinismo, nunca exentas de fuertes componentes
racialistas[2],
Bunge pudo proyectar ese programa ideológico a las instancias
interpretativas y regulatorias de la sociedad. Esto es, a saberes que
involucran la incipiente Sociología y la Psicología de masas, por un
lado, y el Derecho y la Educación, por el otro.
En Bunge puede reconocerse a un
positivista que dotó de singulares matices a esa corriente filosófica,
cultivando un biologismo aristocratizante bajo la elegante prosa de
quien fue visto como un “literato a escondidas” y un “superhombre
nietzschiano” por Ernesto Quesada. Con esos calificativos se aludía
a una faceta que se remonta a textos realizados antes de la publicación
de la tesis bajo el seudónimo de Hernán Prinz (Ensayos efímeros y
la novela Mi amigo Luis), para emerger en un inalterable estilo
narrativo de pretensión científica; proyectándose, a la vez, en su
persona el fin último perseguido por una filosofía particularmente
interesada en ubicar a la perfección humana como un eugénico mandato
biológico-social que tenían los “seres superiores”.
La complejidad del pensamiento
bungeano comprendió llamativas integraciones teóricas, como las que le
permitieron tender un puente entre postulados evolucionistas y las
corrientes historicistas de Fustel de Coulanges y Alexis de Tocqueville,
pasando por las inflexiones idealistas y espiritualistas de Hippolyte
Taine y Ernest Renan. Aunque nunca se apartara del marco conceptual
positivista, Bunge llegó a cuestionar el valor de la “ley” en sí misma,
para remarcar —a la manera de Friedrich Carl von Savigny— la
trascendencia de la costumbre y del volkgeist en la construcción
de las normas sociales.
Pero por encima de las tendencias
eclécticas que se inscriben en todo un estilo que el modernismo cultural
propagó a comienzos del siglo XX en la región, sobrevuela el preciso
factor de decantación de ideas situado en torno al organicismo social y
el racialismo. La primera noción remitía, tanto a una matriz
aristotélico-tomista, como a las reformulaciones modernas que podían
advertirse en August Comte al recurrir a las teorías biológicas para
reconstruir el “lazo o solución de continuidad entre los fenómenos
naturales y los morales” cortados abruptamente por la modernidad. Cuando
las peligrosas connotaciones del igualitarismo legal instaron a las
élites a buscar respuestas para contener la consecuente tendencia
democratizadora, el organicismo social emergió junto a la revaloración
del papel unificador de la Iglesia, tanto en aquel positivista francés
que impulsó una Religión Positiva, como en el inglés Francis Galton que
contemporáneamente lanzó la Eugenesia como una disciplina científica y
una religión del futuro a la vez. Ambas inquietudes fluirán intensamente
en Bunge y en sus estudios relativos a la fenomenología social con los
que se ocupó de desentrañar la vida orgánica de la sociedad, entendiendo
que todos los principios generales de la Biología tenían aplicación “al
organismo humano y hasta a la sociedad-organismo” (Bunge, 1934: 347).
Bunge también ubicó estas ideas en directa correspondencia con la
“teoría del superorganismo”, con la que el entomólogo William Morton
Wheeler en 1911 expresó la necesidad de establecer una estratificación
social conforme los diversos roles humanos, en el marco de la cual cada
individuo debía ser educado “según la parte que le incumba en el trabajo
social” (Bunge, 1920: 65). La competencia impuesta por la selección
natural cobraba mayor fuerza al recurrir a asociaciones trascendentes a
la disputa interindividual que, desde esta perspectiva orgánica,
conseguían hacer que el Estado-Nación pueda valerse de “superindividuos”.
Si la teoría de Charles Darwin descansaba en la supervivencia de
los individuos más aptos —aptitud entendida como eficacia reproductiva—,
el consecuente hiperindividualismo dejaba latente la necesidad de
explicar procesos que escapaban a esos comportamientos. En este sentido,
Bunge se valió de las ideas de Wheeler para armonizar la “Teoría de la
evolución” con el organicismo social, participando así de una búsqueda
que preanunciaba la emergencia de peligrosas legitimaciones biológicas
para Estados corporativos, como también prolongaciones científicas de
pretendida autonomía que llegan hasta los actuales planteos
sociobiológicos. Aquella búsqueda descansaba en la necesidad de dar
cuenta de la existencia de eventuales comportamientos intraespecíficos
altruistas que conviven con la supervivencia del más apto, como se
empeñó en destacar el biólogo William Hamilton (1964), estudiando las
hormigas y otros “insectos sociales” hasta concluir en la existencia de
mecanismos de “selección familiar”que desencadenan una “evolución
parentelar”[3].
Desde estas articulaciones
teóricas, el organicismo bungeano contiene entonces un salto que va
desde la originaria competencia interindividual generalizada hasta la
competencia grupal —que Hamilton involucrará bajo la noción de
“parentela” en un sentido amplio—. Salto que servirá para legitimar la
posición social de élites en la cúspide de un estratificado organismo,
bajo la invocación de deterministas “actos reflejos hereditarios”. Al
organicismo le era asignada, además, una justificación ética en los
procesos biológicos supraindividuales, que exigían de cada individuo
agruparse y colaborar con sus prójimos para detectar claramente quiénes
eran ellos mismos, tal como lo explicitara Juan Álvarez citando a Bunge:
“la dificultad consiste en distinguir al extranjero y al enemigo, del
hermano y del semejante” (Alvarez, 1918: 404-408).
El organicismo, entonces, era para
Bunge una metáfora muy productiva para la comprensión de fenómenos
sociales[4],
como los que emergían de la psicología del hispanoamericano que hilvanó
a partir de su afán por descubrir en ella un “alma nacional”[5].
Esta búsqueda, inspirada indudablemente en una atenta lectura de Gustave
Le Bon, interactuó permanentemente con una epistemología integradora que
proyectó a las instancias normalizadoras de la sociedad. Llegó así a
formular una suerte de ontología del Derecho y la Educación, basada en
interpretaciones socioculturales en las que estaban presentes
constitutivamente los componentes histórico-sociales y contextuales. El
ámbito de emergencia de la norma era situado determinísticamente en el
medio físico, como lo planteara la antropogeografía ratzeliana, llegando
desde allí a interpretar la guerra y la conquista como consecuencia de
la especificidad humana que, a su vez, conformaba las clases sociales, y
éstas al Estado.
El organicismo bungeano tenía como
lógica derivación el racialismo, ideología inscripta dentro de una
preocupación epocal por la constitución biológica de la población que
aunó en Latinoamérica al pensamiento de élites responsables de llevar a
cabo la organización de los estados nacionales. La idea de raza
conllevaba —pese a algunas contradicciones[6]—
una fatalista limitación en el desarrollo de los pueblos, debido a que
las diferenciaciones fenotípicas observables en los individuos
expresaban estadios evolutivos demostrativos de gradaciones
intelectuales y espirituales. Si en 1883 esta perspectiva aparecía en el
diagnóstico sarmientino de Conflictos y armonías de las razas en
América, su perduración posterior permitirá a Bunge valerse de ella
para avanzar en una verdadera hermenéutica de las sociedades.
Particularmente demostrativo de ello resultará el concepto de “aspirabilidad”,
creado para connotar con él a “ese impulso de perfeccionarse al
infinito” (Bunge, 1902: 156) que poseen sólo ciertos individuos. Se
trata, en Bunge, de un atributo identificatorio que permitía reconocer
al “ser superior” pues, por contraste, carecían de él las “razas
inferiores”, como podían serlo, por ejemplo, los negros o los
esquimales, “no muy distantes de los animales”[7].
La adaptación bungeana de las hipótesis evolucionistas en esta clave
comprendió, a su vez, la adopción del monismo, que recuerda a las
reapropiaciones llevadas a cabo por los seguidores de Ernst Haeckel,
luego de su muerte, y en las que muchos vieron un sustento ideológico
del nazismo.
Si el principio darwiniano de la
selección natural producía el perfeccionamiento indefinido de las
especies, su integración al organicismo permitía a Bunge conjugar la
adaptación, devenida de la lucha por la vida, con la herencia y la
supervivencia con el rol social preasignado. Pero este determinismo en
la naturaleza humana también fue articulado, ambiguamente, con factores
ambientales que podían modelar una “evolución ascendente”. Ellos
emergían cuando expresaba que todos los hombres podían ser “débiles o
fuertes, según las oportunidades y los momentos”, debido a que “apenas
si las grandes diferenciaciones étnicas presentan a veces verdadera
superioridad para la civilización, y aún entonces... el concepto de
‘superioridad’ no puede plantearse más que relativa y
circunstancialmente” (Bunge, 1934: 344). De ahí que ensayara una
explicación de la subsistencia del ser humano durante el proceso
evolutivo, pese a “su flaca constitución física y las circunstancias del
medio ambiente”, a partir de la conformación de las normas lógicas en el
intelecto humano, las normas técnicas para la construcción de objetos
materiales y las normas éticas para los efectos de la vida en grupos o
sociedades.
Entre las aparentemente
contradictorias formulaciones deterministas y ambientalistas se ubican
siempre las metáforas biológicas que sustentaban el organicismo y el
racialismo. En este sentido, el “darwinismo social” será en Bunge un
fatalista refuerzo ideológico utilizado para describir y, al mismo
tiempo, naturalizar la inferioridad de los “vencidos” en la “lucha por
la vida” celebrada en América. Orientado por esta línea de pensamiento,
someterá la originaria matriz del evolucionismo biológico —invocada
hasta el cansancio— a ajustes que llegan a decantar en flagrantes
contradicciones, especialmente cuando su elitismo inste a eliminar el
componente azaroso de la “selección natural” y el determinismo opere
como barrera para la evolución.
“Aspirabilidad” y pesimismo gnoseológico
Para Bunge, la lucha de los hombres
entre sí tenía análoga entidad a la que la sostenían las demás especies
en la naturaleza, aunque el triunfo de unos sobre otros quedaba en gran
medida “predeterminado” por la “aspirabilidad”. Ese era el atributo
innato que detentaban solamente algunas “estirpes”, aquellas que estaban
llamadas a conducir el organismo social. A partir del concepto de “aspirabilidad”,
Bunge organizó un sistema pedagógico y jurídico sostenido por la certeza
de que existían diferenciadas potencialidades genéticas que
condicionaban todo comportamiento humano. La raza contenía una carga
determinante en el progreso individual —y social—, operando como una
muralla insalvable al momento de emprender la labor educativa, cuya
probabilidad de éxito dependía menos del esfuerzo presente que de un
inmodificable árbol filogenético.
El triunfo en la lucha por la vida
de un pueblo era imposible si su raza no detentaba la cualidad
trascendental de la condición del progreso, es decir, si no podía
“aspirar” a ascender. Bunge ejemplificaba este aserto aludiendo a los
Estados Unidos, donde pese a extenderse allí la educación tanto a
blancos como a negros, “los afroamericanos han permanecido en una muy
baja condición social, porque no supieron aspirar a elevarse. Las pocas
excepciones son de cruzamiento, o bien de ciertas razas negras que
poseen, siquiera sea incipiente, esa suprema facultad de aspirar” (Bunge,
1920: 33-34).
Ese condicionamiento genético
impregnaba de pesimismo la concepción gnoseológica bungeana,
reflejándose en la precisa delimitación de los destinatarios de sus
propuestas educativas. El hombre era “un producto relativo de la
herencia y del medio, del pasado y del presente” (Bunge, 1920: 28),
siendo la “capacidad de aspirabilidad” la que diferenciaba a las
distintas razas humanas y la que permitía su triunfo o declinación en la
lucha por la vida. A partir de allí, y considerando que había “dos
clases de lucha por la selección de las especies: la lucha animal, o sea
de las diversas especies animales entre sí, y la lucha humana, o sea de
las diversas razas humanas entre sí” (Bunge, 1920: 175-176) —lucha que
daría ganadora a aquella raza más fuerte, es decir, a aquella que mejor
haya aspirado a lo infinito—, adquiere sentido la exclusión de los
“anormales” de los ámbitos educativos comunes. Ellos debían ser
separados para preservar la homogeneidad del orden establecido, evitando
“su mal ejemplo” y proporcionándoles una enseñanza “inferior”, la única
que podía serles “eficaz y provechosa” (Bunge, 1920: 149).
La educación, entendida como
ciencia-arte orientada a desarrollar e inculcar las mayores y mejores
aptitudes para la lucha por la vida, requería de la existencia de
instituciones y personas capacitadas para discernir, por medios como los
que proveía la biometría y la antropometría lombrosiana, si existía en
el joven la potencialidad que lo hiciera permeable a la influencia
positiva del medio. Esta fue la tarea que otro referente del positivismo
pedagógico argentino, Víctor Mercante, emprendió para llevarla hasta el
paroxismo en la Universidad Nacional de La Plata, donde Bunge dictaba
Sociología Argentina[8].
Colocando su pedagogía como custodio de los fines elitistas que poseía
el Internado de esa Universidad[9],
Mercante puso en práctica métodos de detección y clasificación de los
distintos grupos que conformaban el universo de los escolares
latinoamericanos, a través de la “Antropología infantil” —seguida con
vivo interés por el propio Lombroso— con la que creyó poder descubrir
científicamente las diferenciaciones etno-psicosociales enunciadas por
Bunge.
La selección de individuos puesta
al servicio de una educación entendida como la capacitación de los más
capaces, también se asentó sobre una consideración de la heredabilidad
de los caracteres que Bunge tomó de los estudios con los que August
Weissman amplió la tesis de Darwin para aplicarla al desarrollo
embrionario. Bunge describió detalladamente la degeneración producida
por estados patológicos transmitidos de padres a hijos sosteniendo, a su
vez, que los cruzamientos continuos de “gérmenes sanos” con “gérmenes
debilitados por la herencia” incrementaban la “degeneración total o
social”, fundamentos mediante los cuales insistió sobre la necesidad de
excluir a los diferentes, considerados —sólo por ello— inferiores. En
esa instancia, era ineficaz extirpar “uno o dos órganos enfermos”,
puesto que era un “vasto cuerpo” el que se encontraba “apestado por el
acarreo de la sangre”. “El remedio de ciertas amputaciones parciales
(como, por ejemplo, la expulsión de algunos partidos políticos u órdenes
religiosas, o la extirpación de ciertas costumbres o instituciones)” era
“insuficiente o absurdo”, ya que una enfermedad que infecta a todo el
organismo no se cura “cortando un brazo o una pierna tumefactos”. Si la
sociedad podía estudiarse orgánicamente desde las enfermedades que
padecía, la educación no podía sino quedar a la zaga de la medicina.
Antes estaban las consecuencias sociales que tenía el accionar de esta
última disciplina, mejorando la suerte aislada de los individuos
dolientes que desmejoraban la especie. “El cloroformo, el bisturí, la
antisepsia y la aguja” contribuían a difundir la degeneración, puesto
que la civilización atacaba a la naturaleza “en su papel más hermoso: la
selección de las especies, la vida”
(Bunge, 1920: 190-191). Subyacía aquí un determinismo impregnado
de neomalthusianismo eugenésico que instaba a optimizar los recursos del
Estado, desestimando acciones asistenciales que sólo favorecían la
propagación de los “menos aptos” en la lucha por la vida. Ese era uno de
los fundamentos que en 1903 José Ingenieros había volcado a su tesis
doctoral, para desenmascarar a aquéllos que desafiaban el lugar que les
correspondía en la escala social y apelaban a la “simulación” para
triunfar en la lucha por la vida. La medicina debía ocuparse de “la
defensa biológica de la especie humana, orientada con fines selectivos,
tendiendo a la conservación de los caracteres superiores de la especie y
a la extinción agradable de los incurables y los degenerados”. Sólo a
partir de allí podían plantearse estrategias educacionales fundadas en
un “sereno cálculo” que haga desvanecer la educación “que contribuye a
la conservación de los degenerados, con serios perjuicios para la
especie” (Ingenieros, 1903: 131-133). Pero para Bunge, que compartía los
anhelos eugenésicos de Ingenieros y el afán por desenmascarar la
“simulación”, aquel “sereno cálculo” no entraba en la lógica autónoma de
la civilización, y sólo sobre sus fisuras podía la naturaleza imponer su
plan. De ahí que expresara enfáticamente los deseos de que “¡la
civilización avance cuanto antes y se entregue, desfallecida y
derrotada, en brazos de la naturaleza vencedora!” (Bunge, 1920: 191).
El pesimismo gnoseológico de un
Bunge alarmado por enfermedades sociales que la civilización provocaba o
bien se resistía a atender en su conjunto, se traducía también en una
cruzada antidemocrática sostenida desde la inalterable apelación a un
esencialismo profundamente revulsivo a la abstracción contractual. Desde
esta perspectiva, la tradición era una fuente insustituible para la
obtención de derechos a partir de un organicismo que confería a la
sociedad “una fuerza mayor que la que sumarían, aislados o
independientes, sus individuos” (Bunge, 1902: 149). Allí existía una
“lucha humana interna”, que se realizaba dentro de la agrupación social
y que establecía los primeros derechos (los del individuo sobre sus
armas, sus presas, sus mujeres, sus hijos, sus esclavos); y una “lucha
externa”, fundada en especificidades étnicas que originaban tribus
fuertes y tribus débiles, hasta engendrar “un embrión de derechos
políticos sobre el territorio de caza, y luego también sobre el trabajo
de los vencidos” (Bunge, 1818: 49). El rol dirigente de las élites
biológicas completaba el sistema previsto. En definitiva, el
súper organismo social avizorado, instaba a pensar que la sociedad nacía
y se desarrollaba “como cualquier animal poliplastidario”, siéndole
aplicables las leyes de la vida, “especialmente las de los organismos
superiores”. La metáfora biologista se completaba con un sistema
cerebroespinal que era como la “crema social” o la “clase directora” de
una sociedad que pensaba y funcionaba como un primate y especialmente
“como un organismo humano, el más complicado y perfecto que se nos
presenta en la escala animal” (Bunge, 1934: 264).
Los límites del hombre ante la naturaleza. La educación de las élites
El condicionamiento hereditario de
las potencialidades humanas, también fue ubicado por Bunge en directa
correspondencia con su adscripción a las teorías educacionales
anglosajonas. En especial con la New School (también Escuela
Nueva, Activa o Progresiva) y la renovación de los métodos didácticos
operada desde esa corriente pedagógica que comprendió la aplicación de
hipótesis biologistas al desarrollo escolar. Su origen se remonta a las
reformas educacionales introducidas en el Reino Unido, por Cecil Reddie
con la inauguración en 1889 del Colegio de Abbotsholme y por Badley con
el creado, cuatro años mas tarde, en Bedales. Bunge en 1899 conoció esos
establecimientos, interesándose por el programa pedagógico que ellos
implementaron, al que consideró superador del positivismo, por llegar a
las abstracciones desde principios concretos, por propiciar la
observación y la experimentación en directa interacción con la teoría[10].
Si el método positivo era esencialmente inductivo, el de la New
School era deductivo, existiendo entre ambos un posible complemento
que permitiría llegar al “verdadero sistema científico”, el de las
“generalizaciones y las aplicaciones, el principio y el ejemplo, la
descripción y la experimentación” (Bunge, 1900: 236).
El nuevo sistema educativo apuntaba
a la consumación de una verdadera utopía, donde el locus ideal lo
proporcionaba la imagen de una naturaleza en estado puro, cuyo refugio
era un Internado a cargo de un matrimonio de ilustrados maestros que
operaban de sustituto racional de la familia biológica. Este fue el
programa que la burguesía inglesa gestó apropiándose de valores
aristocráticos para llegar a la formación del gentleman,
individuo capaz de desempeñarse en las más altas esferas de la sociedad
después de afirmar su carácter en el autocontrol y el distanciamiento
del mundo de los sentimientos. Para Bunge, la eficaz integración del
método positivo con la New School se alcanzaría cuando el joven,
especialmente seleccionado, se sumergiera en una escenografía
deliberadamente diseñada para recrear, dentro del establecimiento
educacional, un área rural periurbana atendiendo un doble objetivo: por
una parte, acelerar el proceso de “integración” de los iguales y
“exclusión” de los diferentes y, por otra parte, incrementar el contacto
de los futuros dirigentes con la naturaleza —aunque más no sea con una
naturaleza simulada— para estimular el selft goverment
favoreciendo el desarrollo pleno de las potencialidades hereditariamente
detentadas (Miranda, 2003: 126). Un complemento de importancia para esta
pedagogía fueron las excursiones campestres, que Bunge impulsó en base a
las actividades creadas por las primeras New Schools inglesas y
universalizadas cuando el suizo Adolphe Ferriére las incorporó al
B.I.E.N. (Bureau International des Écolles Nouvelles) que
universalizó sus alcances a través de una precisa codificación de
objetivos.
Este sistema pedagógico que Bunge
llamó “The home education”, fue un mecanismo de desarrollo de las
capacidades individuales planteado en directa correspondencia con el
estado de competencia interindividual generalizado en la sociedad
burguesa. En pos de conformar las futuras élites de gobierno, se
propendió a sustraer del torbellino de la vida urbana a jóvenes que eran
trasladados a un entorno rural para que allí recibieran una capacitación
que los preparara para ingresar en la struggle for life de la
metrópolis. A eso apuntaba un modelo, impregnado de la tradición
romanticista inglesa, que Bunge consideró como el mejor, por educar
“desde la nursery, en la independencia del criterio y la voluntad
de los hombres”, haciendo posible dotar a esas futuras élites de una
independencia que garantizaba “el elemento de salud en la raza, de orden
y de fuerza en la política, de riqueza en la economía social, de
sensatez en la religión, de moralidad en la familia, de patriotismo en
la colonización y la conquista” (Bunge, 1901: 217). Pero la formación
del carácter de quienes se ubicarían en la cabeza de la nación, se
proyectaba a los atributos que la nación misma debía poseer para
participar con éxito en una competencia darwiniana, entablada del mismo
modo en que lo hacían los individuos en la disputa por la supremacía
internacional. “El hogar inglés, es modelo de hogares”. En la
institución del Home tenía Inglaterra “el punto de apoyo a todas
sus victorias”, “la clave de su espíritu colonizador que tiende a
conquistar el mundo. Ningún pueblo más apto para colonizar, porque
ningún pueblo sabe implantar mejor su casa en extranjera tierra, como
una semilla estable de moral, de expansión, de nacionalidad; como un
baluarte invulnerable de virtud y de fuerzas; como un refugio templado y
confortable contra los rigores de las cosas y las venganzas de los
hombres; como un pedazo de la Patria misma, a la cual se llega así a
tener presente en la India, en el Canadá, en Australia, en el Cabo” (Bunge,
1901: 231). Así, el colonialismo inglés era el resultado ejemplar del
triunfo en la lucha por la vida de una nación que desarrolló su aptitud
“para gobernarse y gobernar” (Bunge, 1901: 218), ideas que de este modo
demostraban su aplicabilidad a las relaciones internacionales o al
comportamiento del ciudadano común.
Deducción práctica, libertad,
experimentalismo, formación individual del carácter, eran las virtudes
de un sistema que tenía delimitada en la idea de home sus propios
alcances. Era un Internado concebido como un hogar familiar de impronta
inglesa para que no más de una treintena de jóvenes, especialmente
seleccionados, participen de un programa educativo en el que Bunge
encontraba reforzado el idealizado orden social jerárquico. A él le
aportaba garantías de su reproductividad fundadas en exclusiones
orientadas por una exaltación racial de los únicos destinatarios de ese
tipo de educación. Aquellos que poseían “aspirabilidad”.
Relativismo axiológico e historicismo psico-biologista
En la concepción bungeana, el
estudio de las ideas-fuerza de cada civilización era revelador del
origen de los sistemas normativos de cada país. Por eso atenuaba el
significado de los grandes personajes de la historia, debido a que ellos
no eran más que expresiones de su tiempo y de su ambiente. El
relativismo que sustentaba este enfoque epistemológico, requirió de un
método “mixto” o bien “psico-sociológico”, que consistía en basar la
especulación en la descripción y la descripción en la psicología y la
sociología, donde cada caso requería un abordaje particular:
“Considerando el derecho una fase de la vida de los hombres y los
pueblos, hemos debido echar mano de todos los elementos que esa vida nos
revelen” (Bunge, 1912: XXXI).
El relativismo axiológico de Bunge
se inscribía en su organicismo, conllevando una tautológica apelación a
la struggle for life para colocarla como destinataria de un
desentendimiento ético y como incuestionable ley histórica de los
pueblos. Además de operar a modo de refuerzo biológico del orden
establecido, tendía a deslegitimar científicamente cambios sociales “contra
natura”. Para Bunge, “naturalmente, mientras la especificidad
mantenga superiores a las castas que mandan, su dominación es justa;
se impone por la fatalidad de las leyes biológicas e históricas. No así
cuando los dominados alcanzan una energía vital mayor que la de sus
decadentes conquistadores; entonces la dominación resulta, aunque no
todavía injusta, por lo menos irritante. ¡Los inferiores
dominan a los superiores!” (Bunge, 1918: 50).
El relativismo devenía en las
fatalistas determinaciones sugeridas por un historicismo psico-biológico
que oponía las leyes de la naturaleza al cambio social y los derechos
que tenían los seres “superiores” para “mandar” a los “inferiores”. Los
pares dialógicos antitéticos continuaban con el sostenimiento de las
“castas” ante la “lucha de clases” y de la aristocracia ante el
igualitarismo. Bunge proseguía señalando lo que sucede cuando los
“inferiores” desafían el lugar que les corresponde por ley natural y se
rebelan para iniciar “una lucha de clases. La ociosidad de los
victoriosos llega a ser el origen de su ruina, y el trabajo de los
sometidos, la base de su futura grandeza. El ideal de la lucha de clases
será luego, contra una aristocracia oprobiosa, una heroica tendencia
igualitaria. Del mismo modo que las clases dominadoras inventaron
antes el derecho a la desigualdad, las dominadas inventan ahora un
derecho a la igualdad” (Bunge, 1918: 50).
El historicismo también impregnó
los nuevos contenidos de la disciplina jurídica, plasmados en
reformulaciones teóricas como las que Bunge, en 1905, volcó a al
programa de enseñanza de Introducción al Derecho. Además de acentuar la
presencia de la matriz historicista de la filosofía del derecho alemana,
recurría a la metodológica de las universidades francesas desarrollada a
partir de Geny, reduciendo marcadamente la fase enciclopédica. El
relativismo y el historicismo biologista acicateaban redefiniciones de
importancia, instando a que la ley natural no se sometiera a los
designios de la ley positiva. Más allá de ésta última, se abrían vastos
horizontes que el Derecho debía descubrir[11].
Del mismo modo que lo planteara en
la faz pedagógica a través de la Home education, Bunge también
buscó en el Derecho alternativas al sistema positivo que conformaba su
andamiaje teórico. En este sentido, las Ciencias Sociales en general
demostraban que todos los métodos eran “susceptibles de ser clasificados
en dos categorías: los de tendencia especulativa y los de tendencia
positiva”. En la primera predominaba la imaginación sobre la
observación, “siendo sus construcciones producto de procedimientos
deductivos más que inductivos”, mientras que en la segunda, lo hacía la
observación sobre la imaginación, es decir, se procedía induciendo de
los fenómenos y hechos parciales, el principio general (Bunge, 1934:
18). El relativismo de Bunge afloraba aquí nuevamente en la búsqueda de
una integración epistemológica entre inducción y deducción, entre
idealismo filosófico y positivismo experimental para llegar por medio
del conocimiento sensitivo general a su aplicación práctica
particularizada. Desde esta concepción científica integradora, llegó a
presagiar una “íntima y victoriosa unidad de la ciencia”. Unidad que se
daría tanto en el plano metafísico como en el metodológico.
Así, el relativismo historicista, a
partir del cual Bunge concibió el Derecho como un producto espontáneo
del medio y la ley natural —con sus fuertes connotaciones fatalistas—,
también permitió concebir alternativas epistemológicas al dogma
positivista consistente en sostener un principio absoluto, invariable y
extensivo a todos los hombres y a todos los pueblos.
Evolución o revolución. La Biología ante el progreso social
En 1903 fue publicado el ensayo que
mayor difusión alcanzaría dentro de toda la producción de Bunge. Nos
referimos a Nuestra América, un “tratado de clínica social”
dedicado a estudiar la enfermedad que aquejaba a las sociedades
americanas para plantear sobre ellas una precisa acción correctiva.
Acción que devendría naturalmente de garantizar la continuidad del orden
conservador instituido, y para eso propugnaba recurrir a “todo, menos
los cambios bruscos de sistemas, de instituciones, de gobiernos... El
progreso lento por el esfuerzo continuo, y no los golpes de Estado y las
corazonadas demagógicas... En una palabra ¡La Evolución y no la
Revolución!” (Bunge, 1911: 6). Frente al progreso social, Bunge basaba
la desautorización científica del igualitarismo en reinterpretaciones de
las teorías biológicas, donde la evolución era asimilada al gradualismo
político, como el sostenido por conservadores argentinos, para legitimar
la continuidad de un sistema oligárquico de dominación. En los riesgos
de alteración de esa continuidad comenzaba el mal, que se agudizaba
cuando “se perora sobre el sufragio popular, la libertad, la igualdad...
Esa maldita fiebre nos arrastra aun a absurdas revueltas, a utopías
perniciosas, al funestísimo afán de innovarlo todo y reglamentarlo todo”
(Bunge, 1911: 305). El remedio estaba en la acción de “hombres modestos
y conservadores”, “que obren y no declamen que evolucionen y no
revolucionen” (Bunge, 1911: 308).
Como en otras oportunidades, Bunge
recurría a la biología para colocar un freno al avance social, a través
de una manipulación del darwinismo que lo colocó en el centro de un
profundo debate. Hacia 1900, en la Argentina —como en otros países
latinoamericanos—, los términos oposicionales de evolución y revolución
exaltaron una dialéctica que atravesó tout court los campos
biológico, político e ideológico, al momento de posicionarse frente a la
idea de cambio social. La evolución como antídoto de la revolución,
involucraba los medios “civilizados” que el gradualismo político proveía
al poder para evitar saltos imprevistos, atendiendo la linneana
sentencia: “natura non facit saltus” (Vallejo-Miranda, 2004:
403-417).
Bunge construyó entonces una
reinterpretación sociopolítica del evolucionismo “clásico”[12],
que sirvió de refuerzo ideológico del poder, mientras existían intentos
por colonizar para el pensamiento alternativo otras nociones biológicas.
Si “el darwin-lamarckismo” de la segunda etapa del sabio inglés (The
Descent of man, and selection in relation to sex, 1871), introducido
en el campo social vía Haeckel tuvo un fuerte impulso en socialistas
argentinos que confiaban en la movilidad social proveniente de la
superación de los individuos por la influencia del ambiente, la “Teoría
de la mutaciones” del biólogo holandés Hugo De Vries, al sostener que en
la naturaleza podían existir cambios discontinuos o “saltos”, prohijó
propuestas revolucionarias impulsadas por el anarquismo desde el punto
radicalmente opuesto al sostenido por el “evolucionismo” bungeano. Pero
mientras el anarquismo trató sin éxito de encontrar “el Spencer de De
Vries”, Bunge, con su spenceriana relectura social del darwinismo,
aportó un fundamento de notable impacto ante el “inevitable” proceso de
ampliación de derechos de ciudadanía. Precisamente a la tendencia
disgregante de éstos últimos opondría “el” Derecho, entendido como
fuerza biológica que se sobreponía al igualitarismo y al progreso
social.
En este sentido, la asimilación del
evolucionismo darwiniano al gradualismo político, también fue ubicada
por Bunge en correspondencia con la formulación teórica del origen
biológico del Derecho, al que le asignaba la tarea de representar una
exteriorización de la vida llamada generalmente “fuerza”. Para Bunge,
entonces, “¡El Derecho es la fuerza, en su propio significado
biológico!”, a la vez que la norma constituye su sistematización
objetiva, y la conciencia jurídica su sistematización subjetiva. Si el
Derecho era un producto del proceso evolutivo de la sociedad, que no
debía verse alterado por cambios bruscos para no violentar los designios
de la naturaleza, el más avanzado reflejo podía hallarse en los pueblos
que alcanzaron un grado elevado de evolución social. Los fundamentos del
Derecho debían buscarse en el volkgeist (espíritu del pueblo),
siguiendo a historicistas como Friedrich Carl Savigny y Rudolf von
Ihering y a un relativismo cultural que ponderaba el contexto social al
momento de establecer pautas éticas o jurídicas. Como el crecimiento del
Derecho se realizaba a base de lucha —contra la injusticia o con el
objeto de cambio— se imponía la evolución por sobre la revolución para
llegar a entenderlo como un producto de la selección natural y de la
herencia; razón por la cual sólo la Biología podía descubrir la
última ratio de esta manifestación objetiva de la evolución orgánica
(Martínez Paz, 1918: 391).
Si el Derecho era la “fuerza”, la
metáfora biológica reforzaba su función social que, en última instancia,
apuntaba a hacer tolerable, a naturalizar a través de las normas las
desigualdades que eran la ley de la naturaleza. “Así como el hombre
salvaje evoluciona hacia el hombre civilizado, las reacciones jurídicas
primarias evolucionan hacia una justicia social. La sociedad, la
civilización, la historia representan la superevolución del género
homo. Lo mismo puede decirse del Derecho. Por esto, “Derecho”
significa siempre “desigualdad”. En último término, “un derecho es una
desigualdad tolerada o autorizada por el Derecho” (Bunge, 1918: 50).
La vida metropolitana entre el triunfo y la decadencia
En el organicismo, también confluyó
la preocupación con que Bunge siguió el “incumplimiento” del rol que
cada género debía asumir en la sociedad. La metrópolis que
ratzelianamente había alcanzado esa condición imponiéndose en la lucha
sobre su región, y que, cuanto menos por eso, resultaba para Bunge
biológicamente ejemplar, era también un espacio cultural abierto a
peligrosas “contaminaciones” exógenas. Especialmente a la
“degeneración”, en tanto problema que desataba otros como el
“hermafroditismo intelectual” y la “anormalidad del hombre de genio”,
para integrarse a una explicación de la decadencia de Buenos Aires
atribuida a la omnicomprensiva presencia de la “inversión”, con su
proyección metafórica a los cambios de roles en el ejercicio del poder
genérico, y a los que se estaba dando entre argentinos e inmigrantes y
entre obreros y burgueses
[13].
Bunge expresó su preocupación por
la “inversión” en Estudios Filosóficos (1900) y luego en Viaje
a través de la estirpe y otras narraciones (1908), donde el tema se
articuló con su ya habitual invocación a fundamentos biológicos, aunque
ahora exacerbada por medio de curiosos recursos literarios. En efecto,
el cuento que da el nombre a la obra se asienta sobre una aleccionadora
fantasía científica y mística a la vez, que combina a Dios con la
civilización, para construir una reflexión racial fundada en las
lecciones de un viaje que cambiaba el sentido del recorrido clásico para
terminar en el infierno de la degeneración moderna. El protagonista,
Lucas, es quien lo inicia a instancias de Teresa, su esposa, sobre la
que recaen los reproches de aquél por la “inferioridad” de sus hijos. A
diferencia de la “plebeyísima sangre” de Teresa, Lucas posee una buena
estirpe, que le hace imposible atribuirse a sí mismo la responsabilidad
por semejante muestra de decadencia racial. Pero Teresa lo invita a
comprobar “científicamente” ese presupuesto, en un viaje, similar al de
Dante con su maestro Virgilio, que emprende conducido, en este caso,
hacia sus antepasados por un anciano que no es sino Charles Darwin. Tras
el viaje, Darwin lo persuade de que todos descendemos de las más bajas
formas de animalidad, tornando erróneo e injusto el sentimiento de las
aristocracias. “Tu plebeya esposa Teresa no tuvo peores antecedentes que
los tuyos”, concluye.
Aunque estas reflexiones admitan la
lectura de algún sesgo democrático en Bunge, es notorio el pesimismo que
impregna su diagnóstico acerca del devenir de la civilización,
construido con la introducción de claros signos decadentistas a un
discurso cientificista[14].
La flexibilización del determinismo bungeano que parecía expresarse en
esta obra, se desvanece con las posteriores sentencias del Darwin
ficcional advirtiendo: “la humanidad será pronto decrépita si sigue su
evolución... Espera acaso a la Europa y América el destino del Asia,
esto es, la corrupción sexual, el afeminamiento y la decadencia...” (Bunge,
1908: 88). De este modo, una evolución mal orientada ocasionaba la
decadencia de la cultura burguesa viril y, en esa situación de confusión
“asiática”, hasta la estirpe intachable de Lucas podía quedar
inferiorizada por la sangre “plebeya” de Teresa. Esta oposición contenía
un intercambio de valoraciones que resentía el modelo patriarcal
amparado en la superioridad racial del hombre, alimentando la
desconfianza de Bunge, que iba más allá de aquellos que por debilidad
racial perecían en la lucha por la vida, para extenderse hasta alcanzar
a las mejores estirpes a través de un pesimismo generalizado. Las élites
aristocráticas ya no podían quedar a salvo de la decadencia porque el
mal estaba también en sus genes.
Derecho y Educación en el perfeccionamiento humano
Si en Bunge el Derecho era un
producto biológico originado a partir del natural devenir en la historia
particular de un pueblo, donde las desigualdades de la naturaleza hacían
ver su directa relación con el desigual desarrollo de las sociedades, su
formulación doctrinaria requería redefinir el tradicional anclaje en la
“ciencia positiva”. Los aportes de la Historia, la Economía y la
Biología, harían ahora del Derecho una ciencia experimental, superadora
de los riesgos que contenía la dogmática legislativa pero también los de
una supuesta aplicación “fatalmente filosofista” En este sentido, vale
la pena reproducir sus expresiones: “Los comentadores del Código
Napoleónico, con su sistema de interpretación dogmática, considerando un
dogma el texto legal, identificaban y reducían todo el derecho a la ley,
e interpretaban la ley por la ley misma. La reacción de la escuela
histórica inicia las disciplinas del a historia del derecho, incluyendo
en él la costumbre” (Bunge, 1912: XVIII).
Ese eclecticismo bungeano, trasunta
en el enfoque crítico con el que trató de posicionar la teoría del
Derecho más allá de los moldes precisos fijados por historicistas y
evolucionistas. Las respuestas de los primeros “eran vagas y obscuras,
porque desconocían la información biológica y económica”, mientras los
segundos se encargaban de despejar aquellas incógnitas “gracias a los
trabajos científicos”. Sin embargo, sobre los evolucionistas ortodoxos
pesaba un pecado de origen: el “prejuicio de la evolución”, “ese
postulado fatal, ese lecho de Procusto” desde donde se tendía a orientar
igualitariamente a todas las instituciones. Consecuentemente, Bunge
afirmaba que “el bien entendido historicismo no excluye ciertamente el
evolucionismo; pero sí una exageración de su concepto fundamental y de
su método predilecto” (Bunge, 1912: XXIV). En este sentido, consideraba
al evolucionismo “como idea filosófica trascendental” que podía resultar
inapropiada si no se complementaba con la Historia para llegar a
aplicaciones particulares como las que formuló para el Derecho
argentino.
La evolución de cualquier fenómeno
social, no podía reconstruirse sólo siguiendo al pie de la letra a
“Spencer o Letourneau”, radicando precisamente la principal
“deficiencia” de esa corriente en una “concepción uniforme de la
historia” según la cual se suponía que “todos los pueblos” evolucionaron
“por fuerza de idéntica manera, siendo iguales sus instituciones y
costumbres en los mismos estadios de su evolución” (Bunge, 1912: XX-XXI).
Desde esta línea de pensamiento y,
a partir de una lectura causal inversa, que debía permitir inferir las
causas por los efectos, Bunge concibió para las ciencias sociales un
“método genético”, que en investigación se proponía la integralidad,
mientras que en la exposición, la sincronía. Era integral, por cuanto no
desdeñaba “hechos eficientes de la vida argentina, por anónimos,
pueriles o literarios que a primera vista parezcan”; y sincrónico,
porque extraía la filosofía de esos hechos, “sin sujetarse a una
relación cronológica”.
El “método genético”, iluminaba con
la Historia las desigualdades que particularizaban al Derecho de cada
pueblo en su directa intersección con la idea de Patria, y orientaba la
complementaria tarea de la Educación que debía inculcar, desde la más
tierna infancia, principios que operen como “directores supremos de la
conducta de los hombres” y se arraiguen en el alma humana (Bunge, 1902:
52). Las particularidades de “nuestra patria” y la naturalización de las
desigualdades bajo un claro criterio organicista integraban esos
principios que Bunge volcó en textos como el que dirigió a alumnos de 5°
y 6° grados de las Escuelas Primarias en medio de las celebraciones por
el centenario de la independencia argentina. “La Naturaleza ha
diferenciado específicamente a los hombres según su sexo, su edad, su
estirpe, su propia individualidad. Las aptitudes son distintas. Unos,
más inteligentes, sirven para las altas disciplinas de la poesía, las
bellas artes, la ciencia, o sino para el gobierno y la política; otros,
en cambio, sin poseer esa capacidad especulativa, tienen especiales
dotes para las artes manuales. Hay quienes inventan y fijan derroteros;
hay quienes aplican esos inventos y siguen esos derroteros. La humanidad
es como una pirámide: en su base está el trabajo de los agricultores y
de los obreros; en su zona media el de sus técnicos e industriales; mas
arriba el de sus gobernantes y hombres de Estado; hacia la cúspide, el
de sus hombres de ciencia y de pensamiento; y, en la cúspide misma, los
grandes filósofos y poetas, los genios que fijan, queriéndolo o no, el
criterio del Bien y del Mal” (Bunge,
1910: 428-430). El organicismo aristocratizante de Bunge, bajo la forma
del darwinismo social, impregnaba los principios inculcados a los
escolares para afrontar la lucha por la vida en “nuestra patria”. Ante
la incontrastable certeza de que “la vida tiene sus desigualdades”
surgía la pregunta retórica: “acaso piensas tú que, sometidos todos los
niños de una ciudad ideal a una misma educación, llegan a ser iguales en
aptitudes?” (Bunge, 1910: 403-431). La educación no podía igualar lo que
la naturaleza había desnivelado. Sólo sobre la “aspirabilidad” antes
mencionada, podían asentarse las expectativas acerca de los beneficios
de la Educación para el perfeccionamiento humano. Es decir, sólo tenía
sentido educar más allá de la escolarización sobre exclusiones avaladas
por una aceptación del rol social que debía asimilar el joven desde la
más temprana edad. Bunge lo expresaba con elocuencia en su consejo
paternal: “no envidies a quienes la pródiga mano de la Naturaleza ha
dotado mejor que a ti” (Bunge, 1910: 432). Tras esos consejos, Bunge
podía invitar al joven a lanzarse a la ciudad, donde la selección
natural era sabia y el Derecho era la fuerza. Donde, en definitiva, sus
valoraciones positivas se ajustaban al característico pesimismo
selectivo que reposaba en el darwinismo social, imponiéndose sobre el
pesimismo generalizado que expresara en Viaje a través de la estirpe.
“Tú eres el bárbaro que viene del horizonte lejano, para poseerla por el
esfuerzo de tu voluntad y de tu inteligencia. Según tu capacidad, serás
el honesto artesano, en su hogar sencillo y amable; o serás el activo
industrial, lleno de planes y proyectos de lucro progresista; o serás el
estudioso, en su laboratorio o bufete; o bien el gobernante, el
conductor de pueblos, el filósofo, el poeta. Entra en la ciudad. ¡La
ciudad es justa!” (Bunge, 1910: 433).
Entre la “ilustración” y la “irracionalidad”
(o el mestizaje bastardo hispanoamericano)
La cultura hispanoamericana fue en
Bunge un cualificado objeto de preocupaciones, dentro de una producción
que recurrentemente apeló al uso del calificativo “nuestra” para
identificar aquella entidad y sus consecuentes expresiones políticas
locales. Nuestra América
(1903) y Nuestra Patria (1910), son enfáticas apelaciones a una
inalterable tensión que presenta su obra entre lo local y universal.
Dicha tensión no va a resolverse directamente en los términos del
programa civilizatorio sarmientino, sino a través de otras inflexiones
introducidas por un historicismo que lo insta a desestimar la validez de
una cultura universal. Si bien existe la aceptación implícita de un
patrón normativo civilizatorio, desde donde Bunge construye un
racialismo que ubica la diversidad cultural en términos de gradación
evolutiva, la posición de cada pueblo obedece a un fatalista mandato del
determinismo geográfico.
El contacto con las culturas más
avanzadas no era entonces suficiente para sacar a los pueblos
“inferiores” del atraso en el que se encontraban. El cientista social
debía antes valerse del método inductivo-deductivo para comprender a
esos pueblos atrasados y formular un diagnóstico clínico. Bunge puso en
práctica esta orientación en Nuestra América, donde trató de
penetrar en la “psicología colectiva” que engendra la política
hispanoamericana. “Y, para conocer esa psicología, analizo previamente
las razas que componen al criollo. Conocido el sujeto, expongo ya
la política criolla, la enfermedad objeto de este tratado de clínica
social, tratado que, como sus semejantes en medicina, concluye con la
presentación de algunos ejemplos o casos clínicos” (Bunge, 1911: 3-4).
Sus “casos clínicos” de la enferma política hispanoamericana, quedan
sintetizados en “tres grandes políticos”: el argentino Juan Manuel de
Rosas, el ecuatoriano Manuel García Moreno y el mexicano Porfirio Díaz.
Bunge tomaba distancia de la
Generación del ´80 advirtiendo que la “hispanofobia” era “absurda”,
porque renegar de nuestros padres significaba renegar de nosotros
mismos. Pero también de la incipiente reacción nacionalista que después
de los episodios de 1898 derivó en la “hispanolatría”, una “ciega
adoración de la desangrada España actual”. Sin embargo, esta pretendida
objetividad no logra desprenderse de una “oposición y agónica lucha
entre las fuerzas ilustradas, conscientes, europeas y blancas” con los
“instintos irracionales unidos a la tierra salvaje y a los sentimientos
masivos del pueblo bajo, nativo, indio, negro y mestizo” (Cárdenas y
Payá, 1997). En la psicohistoria de Bunge interactúan los factores
étnicos y ambientales resultantes de las poco beneficiosas influencias
españolas, indígenas y negras, que van a confluir en la psicología del
hispanoamericano para connotarla con los que van a ser sus rasgos
distintivos: “pereza, tristeza y arrogancia”, rasgos responsables de los
sucesivos fracasos en la política criolla, a la que se oponía victorioso
el “hermano-enemigo” del Norte que revelaba su superioridad en una
irrecusable vocación y capacidad expansionista.
Siendo “todo mestizo físico” un
peligroso “mestizo moral” (Bunge, 1911: 130), el mestizaje era en
Hispanoamérica el principal problema, el gran un freno a la evolución
que tenían los pueblos de la región. Sólo corrigiendo eugénicamente esas
asimilaciones inadecuadas, Nuestra América podía ser evolucionar
y llegar a colocar a sus pueblos en “relación a los europeos y a los
yanquis”. De ahí que bendijera “el alcoholismo, la viruela y la
tuberculosis por los efectos benéficos que habrían acarreado al diezmar
la población indígena y africana de la provincia de Buenos Aires”
(Terán, 2000: 159). La psicología colectiva era un reflejo de los
componentes raciales del pueblo. La raza contenía el principio y el fin,
la explicación última y esencial del éxito o el fracaso de las
suciedades humanas. La raza contenía “la clave del Enigma”.
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Notas
[1]
En Argentina, la teoría evolucionista fue presentada en sociedad
por el médico devenido en naturalista, Eduardo Ladislao Holmberg,
con la fantasía titulada Dos partidos en lucha (1875).
[2]
Adoptamos el concepto de racialismo utilizado por Todorov para
describir una doctrina, que excede a una mera actitud de odio o
menosprecio dirigido a un grupo social, a la que puede aplicarse
la noción de racismo (Todorov: 1991: 115-155).
[3]
Un panorama del devenir histórico de la Sociobiología, puede
encontrarse en Jaisson, Pierre; La hormiga y el sociobiólogo
(2000: 15).
[4]
“Los evolucionistas, observando el nacimiento y la evolución de
una sociedad, han establecido sus semejanzas con la evolución
del individuo; y como el individuo es un organismo, han
concluido por establecer que la sociedad es un organismo” (Bunge:
1902: 151-152).
[5] “La psicología
individual de un francés, un inglés, un alemán, es un compendio,
un reflejo de la psicología del alma nacional de Francia,
Inglaterra, Alemania... Resulta que la herencia psicológica y el
medio hacen de cada hombre un resumen del carácter de su país.
Este hecho es más constatable, naturalmente, en los hombres de
la clase dirigente que en el bajo pueblo” (Bunge: 1902: 150).
[6] “Nada menos científico,
nada más grotesco que sus ideas (las de antropólogos y
sociólogos) sobre la ‘superioridad’ de los anglosajones, por
ejemplo, o de los latinos...en la raza blanca hay tanta mezcla y
cualidades tan diversas, que resulta ya cómico discutir esas
supuestas ‘superioridades’ absolutas, que Giordano Bruno llamó
la ‘vanagloria de las naciones’. Planteo aquí simplemente el
fenómeno de la diferenciación, que, sin duda, en ciertos
momentos históricos implica superioridad o inferioridad, por lo
menos de aptitud política, económica y militar. Esta
diferenciación ha sido naturalmente mucho más marcada entre las
tribus prehistóricas y los antiguos imperios que entre los
pueblos modernos, pues si aquellos vivieron aislados, éstos se
comunicaban entre sí todos los adelantos y descubrimientos, a
veces hasta con visible imprudencia...” (Bunge: 1918: 50).
[7]
Extraído de la Carta de Carlos Octavio Bunge a Roberto Bunge,
escrita tras el impacto que le produjo ver en el Zoológico de
Londres a un grupo de esquimales en una jaula cercana a la de
los osos blancos. Cfr. Terán: 2000: 156).
[8] Sobre la actividad de
Bunge en la Universidad de La Plata véase Miranda, Marisa,
“Evolución y educación. ´Escuela Nueva´, Carlos Octavio Bunge y
la Universidad Nacional de La Plata” (2003: 121-138).
[9]
El programa elitista del Internado de la Universidad de La Plata
fue abordado por Vallejo, Gustavo, “Teorías educacionales
anglosajonas y élites argentinas” (2003: 253-278).
[10]
Bunge no dejó de destacar el valor de la pedagogía positivista.
“Sean cuales fueren los procedimientos de investigación, no hay
método más claro para la exposición que el positivo”. “La gran
cualidad del moderno positivismo, la que ha engendrado su nuevo
concepto de la verdad moral, consiste sin duda, como dijimos
anteriormente, en su mejor información científica. La
superioridad del sistema de Comte sobre otros contemporáneos
estriba ante todo en sus excelentes bases, tomadas de las
ciencias físicas y matemáticas”. (1934: 90).
[11] Levene, Ricardo; “La
acción de Bunge en la cátedra de Introducción al Derecho”, en
Nosotros, Año XII, Número III, Julio de 1918, (pp.409-415)
p.411. Este artículo fue leído el 1° de Junio en la cátedra de
Introducción al Derecho y Ciencias Sociales de la Facultad de
Derecho de la Universidad de Buenos Aires.
[12]
Nos estamos refiriendo al que fue visto como “el primer Darwin”
(el de On the origin of species by means of natural selection,
or the preservation of favoured races in the struggle for life,
1859), que sirvió al conservadorismo para una pretendida
legitimación científica de sus propios intereses de clase, hasta
confluir en la reinterpretación dada por su primo, Francis
Galton (Véase Barrancos:
1996:
61-97).
[13]
Un análisis de las metáforas bungeanas de la homosexualidad como
mal puede hallarse en Jorge Salessi; Médicos, maleantes y
maricas, Beatriz Viterbo editora, Rosario, 1995.
Especialmente en el capítulo “Los males que llegan de
afuera...”, pp.179-212.
[14]
Esta obra y su relación con el decadentismo fueron analizadas
por Oscar Terán (2000: 164-169).
Marisa Miranda y Gustavo Vallejo
CONICET, Argentina
Actualizado, octubre 2004
| © 2003 Coordinador General Pablo
Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. |
© José Luis Gómez-Martínez
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