Teoría, Crítica e Historia

El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina

 

"Hacia la perfección humana:
Raza y evolución en el pensamiento de Carlos Octavio Bunge"

 

Marisa Miranda y Gustavo Vallejo
CONICET, Argentina

El sociólogo y jurisconsulto Carlos Octavio Bunge, nació en Buenos Aires el 19 de enero de 1875 y falleció en la misma ciudad el 22 de mayo de 1918. Desarrolló una intensa labor intelectual en la Argentina, aunque su impacto se extendió también a buena parte del subcontinente latinoamericano, donde se convirtió en una referencia ineludible del pensamiento positivista cultivado en la región durante la última parte del siglo XIX y la primera del XX.

Proveniente de una familia de inmigrantes luteranos alemanes que en Argentina se situó en lo más alto de la escala social, Bunge realizó sus estudios universitarios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, graduándose en 1897 con la tesis titulada El Federalismo Americano. En 1901 inició la carrera docente como Profesor Adjunto de Introducción al Derecho, cátedra cuya titularidad le correspondía a su maestro, Juan Agustín García. En la misma Universidad dictó clases de Economía Política en la Facultad de Derecho, y de Ciencias de la Educación en la Facultad de Filosofía y Letras. Más tarde se hizo cargo de la Cátedra de Sociología Argentina de la Universidad Nacional de La Plata, institución creada en 1905 por el Ministro Joaquín V. González, a quien Bunge ya había prestado su colaboración para realizar el proyecto de Código de Trabajo que en 1904 trató el Congreso de la Nación.

Bunge también asesoró al Estado argentino en materia educacional y en ese carácter se dirigió, en 1899, comisionado a Europa por el Presidente Julio A. Roca y su Ministro Osvaldo Magnasco. De su viaje surgió el informe titulado El espíritu de la educación, que luego se publicó en tres tomos bajo el nombre de La Educación, reeditado en cinco oportunidades.

En 1903 Bunge publicó Nuestra América y Principios de psicología individual y social, textos que condensan de manera elocuente los tópicos centrales de su enfoque psico-sociológico: racialismo, pesimismo, etnopsicologismo e inferioridad de los pueblos de América Latina. Tópicos que la historiografía reciente ha relacionado con la pertenencia de Bunge a élites convulsionadas por la eventualidad del ascenso de las masas en la joven Argentina de fin-de-siglo.

Los envenenados (1908), Viaje a través de la estirpe y otras narraciones (1908), Nuestra Patria (1910), Historia del Derecho Argentino (1912), El Derecho. Ensayo de una teoría integral (1916), numerosos artículos de corte sociológico y ensayos literarios, se agregan a una vasta producción signada por la constante apelación a argumentos biológicos para explicar fenómenos sociales.

 

Evolucionismo y determinismo en la esencia de la naturaleza humana

Una primera aproximación al pensamiento de Carlos Octavio Bunge permite advertir nítidamente los rastros de la cultura científica europea, especialmente en lo que atañe al uso del positivismo socio-darwiniano para explicar el comportamiento de las sociedades latinoamericanas ante un proceso de intensiva modernización, acelerado por el arribo aluvional de inmigrantes ultramarinos[1].

En los albores del siglo XX, el evolucionismo darwiniano ya era, entre todas las teorías biológicas, la de mayor impacto en ámbitos ajenos a su contexto de emergencia. Esa difusión se extendió transversalmente al rediseño epistemológico de las Ciencias Sociales, dotándolas de un soporte de significación para sustratos teóricos y metodológicos todavía endebles. Precisamente, la labor de Bunge es bien representativa de la permeabilidad que las nacientes disciplinas del campo social ofrecieron en Latinoamérica a las fundamentaciones de corte biologista. En efecto, con sus reinterpretaciones del darwinismo, nunca exentas de fuertes componentes racialistas[2], Bunge pudo proyectar ese programa ideológico a las instancias interpretativas y regulatorias de la sociedad. Esto es, a saberes que involucran la incipiente Sociología y la Psicología de masas, por un lado, y el Derecho y la Educación, por el otro.

En Bunge puede reconocerse a un positivista que dotó de singulares matices a esa corriente filosófica, cultivando un biologismo aristocratizante bajo la elegante prosa de quien fue visto como un “literato a escondidas” y un “superhombre nietzschiano” por Ernesto Quesada. Con esos calificativos se aludía a una faceta que se remonta a textos realizados antes de la publicación de la tesis bajo el seudónimo de Hernán Prinz (Ensayos efímeros y la novela Mi amigo Luis), para emerger en un inalterable estilo narrativo de pretensión científica; proyectándose, a la vez, en su persona el fin último perseguido por una filosofía particularmente interesada en ubicar a la perfección humana como un eugénico mandato biológico-social que tenían los “seres superiores”.

La complejidad del pensamiento bungeano comprendió llamativas integraciones teóricas, como las que le permitieron tender un puente entre postulados evolucionistas y las corrientes historicistas de Fustel de Coulanges y Alexis de Tocqueville, pasando por las inflexiones idealistas y espiritualistas de Hippolyte Taine y Ernest Renan. Aunque nunca se apartara del marco conceptual positivista, Bunge llegó a cuestionar el valor de la “ley” en sí misma, para remarcar —a la manera de Friedrich Carl von Savigny— la trascendencia de la costumbre y del volkgeist en la construcción de las normas sociales.

Pero por encima de las tendencias eclécticas que se inscriben en todo un estilo que el modernismo cultural propagó a comienzos del siglo XX en la región, sobrevuela el preciso factor de decantación de ideas situado en torno al organicismo social y el racialismo. La primera noción remitía, tanto a una matriz aristotélico-tomista, como a las reformulaciones modernas que podían advertirse en August Comte al recurrir a las teorías biológicas para reconstruir el “lazo o solución de continuidad entre los fenómenos naturales y los morales” cortados abruptamente por la modernidad. Cuando las peligrosas connotaciones del igualitarismo legal instaron a las élites a buscar respuestas para contener la consecuente tendencia democratizadora, el organicismo social emergió junto a la revaloración del papel unificador de la Iglesia, tanto en aquel positivista francés que impulsó una Religión Positiva, como en el inglés Francis Galton que contemporáneamente lanzó la Eugenesia como una disciplina científica y una religión del futuro a la vez. Ambas inquietudes fluirán intensamente en Bunge y en sus estudios relativos a la fenomenología social con los que se ocupó de desentrañar la vida orgánica de la sociedad, entendiendo que todos los principios generales de la Biología tenían aplicación “al organismo humano y hasta a la sociedad-organismo” (Bunge, 1934: 347). Bunge también ubicó estas ideas en directa correspondencia con la “teoría del superorganismo”, con la que el entomólogo William Morton Wheeler en 1911 expresó la necesidad de establecer una estratificación social conforme los diversos roles humanos, en el marco de la cual cada individuo debía ser educado “según la parte que le incumba en el trabajo social” (Bunge, 1920: 65). La competencia impuesta por la selección natural cobraba mayor fuerza al recurrir a asociaciones trascendentes a la disputa interindividual que, desde esta perspectiva orgánica, conseguían hacer que el Estado-Nación pueda valerse de “superindividuos”. Si la teoría de Charles Darwin descansaba en la supervivencia de los individuos más aptos —aptitud entendida como eficacia reproductiva—, el consecuente hiperindividualismo dejaba latente la necesidad de explicar procesos que escapaban a esos comportamientos. En este sentido, Bunge se valió de las ideas de Wheeler para armonizar la “Teoría de la evolución” con el organicismo social, participando así de una búsqueda que preanunciaba la emergencia de peligrosas legitimaciones biológicas para Estados corporativos, como también prolongaciones científicas de pretendida autonomía que llegan hasta los actuales planteos sociobiológicos. Aquella búsqueda descansaba en la necesidad de dar cuenta de la existencia de eventuales comportamientos intraespecíficos altruistas que conviven con la supervivencia del más apto, como se empeñó en destacar el biólogo William Hamilton (1964), estudiando las hormigas y otros “insectos sociales” hasta concluir en la existencia de mecanismos de “selección familiar”que desencadenan una “evolución parentelar”[3].

Desde estas articulaciones teóricas, el organicismo bungeano contiene entonces un salto que va desde la originaria competencia interindividual generalizada hasta la competencia grupal —que Hamilton involucrará bajo la noción de “parentela” en un sentido amplio—. Salto que servirá para legitimar la posición social de élites en la cúspide de un estratificado organismo, bajo la invocación de deterministas “actos reflejos hereditarios”. Al organicismo le era asignada, además, una justificación ética en los procesos biológicos supraindividuales, que exigían de cada individuo agruparse y colaborar con sus prójimos para detectar claramente quiénes eran ellos mismos, tal como lo explicitara Juan Álvarez citando a Bunge: “la dificultad consiste en distinguir al extranjero y al enemigo, del hermano y del semejante” (Alvarez, 1918: 404-408).

El organicismo, entonces, era para Bunge una metáfora muy productiva para la comprensión de fenómenos sociales[4], como los que emergían de la psicología del hispanoamericano que hilvanó a partir de su afán por descubrir en ella un “alma nacional”[5]. Esta búsqueda, inspirada indudablemente en una atenta lectura de Gustave Le Bon, interactuó permanentemente con una epistemología integradora que proyectó a las instancias normalizadoras de la sociedad. Llegó así a formular una suerte de ontología del Derecho y la Educación, basada en interpretaciones socioculturales en las que estaban presentes constitutivamente los componentes histórico-sociales y contextuales. El ámbito de emergencia de la norma era situado determinísticamente en el medio físico, como lo planteara la antropogeografía ratzeliana, llegando desde allí a interpretar la guerra y la conquista como consecuencia de la especificidad humana que, a su vez, conformaba las clases sociales, y éstas al Estado.

El organicismo bungeano tenía como lógica derivación el racialismo, ideología inscripta dentro de una preocupación epocal por la constitución biológica de la población que aunó en Latinoamérica al pensamiento de élites responsables de llevar a cabo la organización de los estados nacionales. La idea de raza conllevaba —pese a algunas contradicciones[6]— una fatalista limitación en el desarrollo de los pueblos, debido a que las diferenciaciones fenotípicas observables en los individuos expresaban estadios evolutivos demostrativos de gradaciones intelectuales y espirituales. Si en 1883 esta perspectiva aparecía en el diagnóstico sarmientino de Conflictos y armonías de las razas en América, su perduración posterior permitirá a Bunge valerse de ella para avanzar en una verdadera hermenéutica de las sociedades. Particularmente demostrativo de ello resultará el concepto de “aspirabilidad”, creado para connotar con él a “ese impulso de perfeccionarse al infinito” (Bunge, 1902: 156) que poseen sólo ciertos individuos. Se trata, en Bunge, de un atributo identificatorio que permitía reconocer al “ser superior” pues, por contraste, carecían de él las “razas inferiores”, como podían serlo, por ejemplo, los negros o los esquimales, “no muy distantes de los animales”[7]. La adaptación bungeana de las hipótesis evolucionistas en esta clave comprendió, a su vez, la adopción del monismo, que recuerda a las reapropiaciones llevadas a cabo por los seguidores de Ernst Haeckel, luego de su muerte, y en las que muchos vieron un sustento ideológico del nazismo.

Si el principio darwiniano de la selección natural producía el perfeccionamiento indefinido de las especies, su integración al organicismo permitía a Bunge conjugar la adaptación, devenida de la lucha por la vida, con la herencia y la supervivencia con el rol social preasignado. Pero este determinismo en la naturaleza humana también fue articulado, ambiguamente, con factores ambientales que podían modelar una “evolución ascendente”. Ellos emergían cuando expresaba que todos los hombres podían ser “débiles o fuertes, según las oportunidades y los momentos”, debido a que “apenas si las grandes diferenciaciones étnicas presentan a veces verdadera superioridad para la civilización, y aún entonces... el concepto de ‘superioridad’ no puede plantearse más que relativa y circunstancialmente” (Bunge, 1934: 344). De ahí que ensayara una explicación de la subsistencia del ser humano durante el proceso evolutivo, pese a “su flaca constitución física y las circunstancias del medio ambiente”, a partir de la conformación de las normas lógicas en el intelecto humano, las normas técnicas para la construcción de objetos materiales y las normas éticas para los efectos de la vida en grupos o sociedades.

Entre las aparentemente contradictorias formulaciones deterministas y ambientalistas se ubican siempre las metáforas biológicas que sustentaban el organicismo y el racialismo. En este sentido, el “darwinismo social” será en Bunge un fatalista refuerzo ideológico utilizado para describir y, al mismo tiempo, naturalizar la inferioridad de los “vencidos” en la “lucha por la vida” celebrada en América. Orientado por esta línea de pensamiento, someterá la originaria matriz del evolucionismo biológico —invocada hasta el cansancio— a ajustes que llegan a decantar en flagrantes contradicciones, especialmente cuando su elitismo inste a eliminar el componente azaroso de la “selección natural” y el determinismo opere como barrera para la evolución.

 

“Aspirabilidad” y pesimismo gnoseológico

Para Bunge, la lucha de los hombres entre sí tenía análoga entidad a la que la sostenían las demás especies en la naturaleza, aunque el triunfo de unos sobre otros quedaba en gran medida “predeterminado” por la “aspirabilidad”. Ese era el atributo innato que detentaban solamente algunas “estirpes”, aquellas que estaban llamadas a conducir el organismo social. A partir del concepto de “aspirabilidad”, Bunge organizó un sistema pedagógico y jurídico sostenido por la certeza de que existían diferenciadas potencialidades genéticas que condicionaban todo comportamiento humano. La raza contenía una carga determinante en el progreso individual —y social—, operando como una muralla insalvable al momento de emprender la labor educativa, cuya probabilidad de éxito dependía menos del esfuerzo presente que de un inmodificable árbol filogenético.

El triunfo en la lucha por la vida de un pueblo era imposible si su raza no detentaba la cualidad trascendental de la condición del progreso, es decir, si no podía “aspirar” a ascender. Bunge ejemplificaba este aserto aludiendo a los Estados Unidos, donde pese a extenderse allí la educación tanto a blancos como a negros, “los afroamericanos han permanecido en una muy baja condición social, porque no supieron aspirar a elevarse. Las pocas excepciones son de cruzamiento, o bien de ciertas razas negras que poseen, siquiera sea incipiente, esa suprema facultad de aspirar” (Bunge, 1920: 33-34).

Ese condicionamiento genético impregnaba de pesimismo la concepción gnoseológica bungeana, reflejándose en la precisa delimitación de los destinatarios de sus propuestas educativas. El hombre era “un producto relativo de la herencia y del medio, del pasado y del presente” (Bunge, 1920: 28), siendo la “capacidad de aspirabilidad” la que diferenciaba a las distintas razas humanas y la que permitía su triunfo o declinación en la lucha por la vida. A partir de allí, y considerando que había “dos clases de lucha por la selección de las especies: la lucha animal, o sea de las diversas especies animales entre sí, y la lucha humana, o sea de las diversas razas humanas entre sí” (Bunge, 1920: 175-176) —lucha que daría ganadora a aquella raza más fuerte, es decir, a aquella que mejor haya aspirado a lo infinito—, adquiere sentido la exclusión de los “anormales” de los ámbitos educativos comunes. Ellos debían ser separados para preservar la homogeneidad del orden establecido, evitando “su mal ejemplo” y proporcionándoles una enseñanza “inferior”, la única que podía serles “eficaz y provechosa” (Bunge, 1920: 149).

La educación, entendida como ciencia-arte orientada a desarrollar e inculcar las mayores y mejores aptitudes para la lucha por la vida, requería de la existencia de instituciones y personas capacitadas para discernir, por medios como los que proveía la biometría y la antropometría lombrosiana, si existía en el joven la potencialidad que lo hiciera permeable a la influencia positiva del medio. Esta fue la tarea que otro referente del positivismo pedagógico argentino, Víctor Mercante, emprendió para llevarla hasta el paroxismo en la Universidad Nacional de La Plata, donde Bunge dictaba Sociología Argentina[8]. Colocando su pedagogía como custodio de los fines elitistas que poseía el Internado de esa Universidad[9], Mercante puso en práctica métodos de detección y clasificación de los distintos grupos que conformaban el universo de los escolares latinoamericanos, a través de la “Antropología infantil” —seguida con vivo interés por el propio Lombroso— con la que creyó poder descubrir científicamente las diferenciaciones etno-psicosociales enunciadas por Bunge.

La selección de individuos puesta al servicio de una educación entendida como la capacitación de los más capaces, también se asentó sobre una consideración de la heredabilidad de los caracteres que Bunge tomó de los estudios con los que August Weissman amplió la tesis de Darwin para aplicarla al desarrollo embrionario. Bunge describió detalladamente la degeneración producida por estados patológicos transmitidos de padres a hijos sosteniendo, a su vez, que los cruzamientos continuos de “gérmenes sanos” con “gérmenes debilitados por la herencia” incrementaban la “degeneración total o social”, fundamentos mediante los cuales insistió sobre la necesidad de excluir a los diferentes, considerados —sólo por ello— inferiores. En esa instancia, era ineficaz extirpar “uno o dos órganos enfermos”, puesto que era un “vasto cuerpo” el que se encontraba “apestado por el acarreo de la sangre”. “El remedio de ciertas amputaciones parciales (como, por ejemplo, la expulsión de algunos partidos políticos u órdenes religiosas, o la extirpación de ciertas costumbres o instituciones)” era “insuficiente o absurdo”, ya que una enfermedad que infecta a todo el organismo no se cura “cortando un brazo o una pierna tumefactos”. Si la sociedad podía estudiarse orgánicamente desde las enfermedades que padecía, la educación no podía sino quedar a la zaga de la medicina. Antes estaban las consecuencias sociales que tenía el accionar de esta última disciplina, mejorando la suerte aislada de los individuos dolientes que desmejoraban la especie. “El cloroformo, el bisturí, la antisepsia y la aguja” contribuían a difundir la degeneración, puesto que la civilización atacaba a la naturaleza “en su papel más hermoso: la selección de las especies, la vida” (Bunge, 1920: 190-191). Subyacía aquí un determinismo impregnado de neomalthusianismo eugenésico que instaba a optimizar los recursos del Estado, desestimando acciones asistenciales que sólo favorecían la propagación de los “menos aptos” en la lucha por la vida. Ese era uno de los fundamentos que en 1903 José Ingenieros había volcado a su tesis doctoral, para desenmascarar a aquéllos que desafiaban el lugar que les correspondía en la escala social y apelaban a la “simulación” para triunfar en la lucha por la vida. La medicina debía ocuparse de “la defensa biológica de la especie humana, orientada con fines selectivos, tendiendo a la conservación de los caracteres superiores de la especie y a la extinción agradable de los incurables y los degenerados”. Sólo a partir de allí podían plantearse estrategias educacionales fundadas en un “sereno cálculo” que haga desvanecer la educación “que contribuye a la conservación de los degenerados, con serios perjuicios para la especie” (Ingenieros, 1903: 131-133). Pero para Bunge, que compartía los anhelos eugenésicos de Ingenieros y el afán por desenmascarar la “simulación”, aquel “sereno cálculo” no entraba en la lógica autónoma de la civilización, y sólo sobre sus fisuras podía la naturaleza imponer su plan. De ahí que expresara enfáticamente los deseos de que “¡la civilización avance cuanto antes y se entregue, desfallecida y derrotada, en brazos de la naturaleza vencedora!” (Bunge, 1920: 191).

El pesimismo gnoseológico de un Bunge alarmado por enfermedades sociales que la civilización provocaba o bien se resistía a atender en su conjunto, se traducía también en una cruzada antidemocrática sostenida desde la inalterable apelación a un esencialismo profundamente revulsivo a la abstracción contractual. Desde esta perspectiva, la tradición era una fuente insustituible para la obtención de derechos a partir de un organicismo que confería a la sociedad “una fuerza mayor que la que sumarían, aislados o independientes, sus individuos” (Bunge, 1902: 149). Allí existía una “lucha humana interna”, que se realizaba dentro de la agrupación social y que establecía los primeros derechos (los del individuo sobre sus armas, sus presas, sus mujeres, sus hijos, sus esclavos); y una “lucha externa”, fundada en especificidades étnicas que originaban tribus fuertes y tribus débiles, hasta engendrar “un embrión de derechos políticos sobre el territorio de caza, y luego también sobre el trabajo de los vencidos” (Bunge, 1818: 49). El rol dirigente de las élites biológicas completaba el sistema previsto. En definitiva, el súper organismo social avizorado, instaba a pensar que la sociedad nacía y se desarrollaba “como cualquier animal poliplastidario”, siéndole aplicables las leyes de la vida, “especialmente las de los organismos superiores”. La metáfora biologista se completaba con un sistema cerebroespinal que era como la “crema social” o la “clase directora” de una sociedad que pensaba y funcionaba como un primate y especialmente “como un organismo humano, el más complicado y perfecto que se nos presenta en la escala animal” (Bunge, 1934: 264).

 

Los límites del hombre ante la naturaleza. La educación de las élites

El condicionamiento hereditario de las potencialidades humanas, también fue ubicado por Bunge en directa correspondencia con su adscripción a las teorías educacionales anglosajonas. En especial con la New School (también Escuela Nueva, Activa o Progresiva) y la renovación de los métodos didácticos operada desde esa corriente pedagógica que comprendió la aplicación de hipótesis biologistas al desarrollo escolar. Su origen se remonta a las reformas educacionales introducidas en el Reino Unido, por Cecil Reddie con la inauguración en 1889 del Colegio de Abbotsholme y por Badley con el creado, cuatro años mas tarde, en Bedales. Bunge en 1899 conoció esos establecimientos, interesándose por el programa pedagógico que ellos implementaron, al que consideró superador del positivismo, por llegar a las abstracciones desde principios concretos, por propiciar la observación y la experimentación en directa interacción con la teoría[10]. Si el método positivo era esencialmente inductivo, el de la New School era deductivo, existiendo entre ambos un posible complemento que permitiría llegar al “verdadero sistema científico”, el de las “generalizaciones y las aplicaciones, el principio y el ejemplo, la descripción y la experimentación” (Bunge, 1900: 236).

El nuevo sistema educativo apuntaba a la consumación de una verdadera utopía, donde el locus ideal lo proporcionaba la imagen de una naturaleza en estado puro, cuyo refugio era un Internado a cargo de un matrimonio de ilustrados maestros que operaban de sustituto racional de la familia biológica. Este fue el programa que la burguesía inglesa gestó apropiándose de valores aristocráticos para llegar a la formación del gentleman, individuo capaz de desempeñarse en las más altas esferas de la sociedad después de afirmar su carácter en el autocontrol y el distanciamiento del mundo de los sentimientos. Para Bunge, la eficaz integración del método positivo con la New School se alcanzaría cuando el joven, especialmente seleccionado, se sumergiera en una escenografía deliberadamente diseñada para recrear, dentro del establecimiento educacional, un área rural periurbana atendiendo un doble objetivo: por una parte, acelerar el proceso de “integración” de los iguales y “exclusión” de los diferentes y, por otra parte, incrementar el contacto de los futuros dirigentes con la naturaleza —aunque más no sea con una naturaleza simulada— para estimular el selft goverment favoreciendo el desarrollo pleno de las potencialidades hereditariamente detentadas (Miranda, 2003: 126). Un complemento de importancia para esta pedagogía fueron las excursiones campestres, que Bunge impulsó en base a las actividades creadas por las primeras New Schools inglesas y universalizadas cuando el suizo Adolphe Ferriére las incorporó al B.I.E.N. (Bureau International des Écolles Nouvelles) que universalizó sus alcances a través de una precisa codificación de objetivos.

Este sistema pedagógico que Bunge llamó “The home education”, fue un mecanismo de desarrollo de las capacidades individuales planteado en directa correspondencia con el estado de competencia interindividual generalizado en la sociedad burguesa. En pos de conformar las futuras élites de gobierno, se propendió a sustraer del torbellino de la vida urbana a jóvenes que eran trasladados a un entorno rural para que allí recibieran una capacitación que los preparara para ingresar en la struggle for life de la metrópolis. A eso apuntaba un modelo, impregnado de la tradición romanticista inglesa, que Bunge consideró como el mejor, por educar “desde la nursery, en la independencia del criterio y la voluntad de los hombres”, haciendo posible dotar a esas futuras élites de una independencia que garantizaba “el elemento de salud en la raza, de orden y de fuerza en la política, de riqueza en la economía social, de sensatez en la religión, de moralidad en la familia, de patriotismo en la colonización y la conquista” (Bunge, 1901: 217). Pero la formación del carácter de quienes se ubicarían en la cabeza de la nación, se proyectaba a los atributos que la nación misma debía poseer para participar con éxito en una competencia darwiniana, entablada del mismo modo en que lo hacían los individuos en la disputa por la supremacía internacional. “El hogar inglés, es modelo de hogares”. En la institución del Home tenía Inglaterra “el punto de apoyo a todas sus victorias”, “la clave de su espíritu colonizador que tiende a conquistar el mundo. Ningún pueblo más apto para colonizar, porque ningún pueblo sabe implantar mejor su casa en extranjera tierra, como una semilla estable de moral, de expansión, de nacionalidad; como un baluarte invulnerable de virtud y de fuerzas; como un refugio templado y confortable contra los rigores de las cosas y las venganzas de los hombres; como un pedazo de la Patria misma, a la cual se llega así a tener presente en la India, en el Canadá, en Australia, en el Cabo” (Bunge, 1901: 231). Así, el colonialismo inglés era el resultado ejemplar del triunfo en la lucha por la vida de una nación que desarrolló su aptitud “para gobernarse y gobernar” (Bunge, 1901: 218), ideas que de este modo demostraban su aplicabilidad a las relaciones internacionales o al comportamiento del ciudadano común.

Deducción práctica, libertad, experimentalismo, formación individual del carácter, eran las virtudes de un sistema que tenía delimitada en la idea de home sus propios alcances. Era un Internado concebido como un hogar familiar de impronta inglesa para que no más de una treintena de jóvenes, especialmente seleccionados, participen de un programa educativo en el que Bunge encontraba reforzado el idealizado orden social jerárquico. A él le aportaba garantías de su reproductividad fundadas en exclusiones orientadas por una exaltación racial de los únicos destinatarios de ese tipo de educación. Aquellos que poseían “aspirabilidad”.

 

Relativismo axiológico e historicismo psico-biologista

En la concepción bungeana, el estudio de las ideas-fuerza de cada civilización era revelador del origen de los sistemas normativos de cada país. Por eso atenuaba el significado de los grandes personajes de la historia, debido a que ellos no eran más que expresiones de su tiempo y de su ambiente. El relativismo que sustentaba este enfoque epistemológico, requirió de un método “mixto” o bien “psico-sociológico”, que consistía en basar la especulación en la descripción y la descripción en la psicología y la sociología, donde cada caso requería un abordaje particular: “Considerando el derecho una fase de la vida de los hombres y los pueblos, hemos debido echar mano de todos los elementos que esa vida nos revelen” (Bunge, 1912: XXXI).

El relativismo axiológico de Bunge se inscribía en su organicismo, conllevando una tautológica apelación a la struggle for life para colocarla como destinataria de un desentendimiento ético y como incuestionable ley histórica de los pueblos. Además de operar a modo de refuerzo biológico del orden establecido, tendía a deslegitimar científicamente cambios sociales “contra natura”. Para Bunge, “naturalmente, mientras la especificidad mantenga superiores a las castas que mandan, su dominación es justa; se impone por la fatalidad de las leyes biológicas e históricas. No así cuando los dominados alcanzan una energía vital mayor que la de sus decadentes conquistadores; entonces la dominación resulta, aunque no todavía injusta, por lo menos irritante. ¡Los inferiores dominan a los superiores!” (Bunge, 1918: 50).

El relativismo devenía en las fatalistas determinaciones sugeridas por un historicismo psico-biológico que oponía las leyes de la naturaleza al cambio social y los derechos que tenían los seres “superiores” para “mandar” a los “inferiores”. Los pares dialógicos antitéticos continuaban con el sostenimiento de las “castas” ante la “lucha de clases” y de la aristocracia ante el igualitarismo. Bunge proseguía señalando lo que sucede cuando los “inferiores” desafían el lugar que les corresponde por ley natural y se rebelan para iniciar “una lucha de clases. La ociosidad de los victoriosos llega a ser el origen de su ruina, y el trabajo de los sometidos, la base de su futura grandeza. El ideal de la lucha de clases será luego, contra una aristocracia oprobiosa, una heroica tendencia igualitaria. Del mismo modo que las clases dominadoras inventaron antes el derecho a la desigualdad, las dominadas inventan ahora un derecho a la igualdad” (Bunge, 1918: 50).

El historicismo también impregnó los nuevos contenidos de la disciplina jurídica, plasmados en reformulaciones teóricas como las que Bunge, en 1905, volcó a al programa de enseñanza de Introducción al Derecho. Además de acentuar la presencia de la matriz historicista de la filosofía del derecho alemana, recurría a la metodológica de las universidades francesas desarrollada a partir de Geny, reduciendo marcadamente la fase enciclopédica. El relativismo y el historicismo biologista acicateaban redefiniciones de importancia, instando a que la ley natural no se sometiera a los designios de la ley positiva. Más allá de ésta última, se abrían vastos horizontes que el Derecho debía descubrir[11].

Del mismo modo que lo planteara en la faz pedagógica a través de la Home education, Bunge también buscó en el Derecho alternativas al sistema positivo que conformaba su andamiaje teórico. En este sentido, las Ciencias Sociales en general demostraban que todos los métodos eran “susceptibles de ser clasificados en dos categorías: los de tendencia especulativa y los de tendencia positiva”. En la primera predominaba la imaginación sobre la observación, “siendo sus construcciones producto de procedimientos deductivos más que inductivos”, mientras que en la segunda, lo hacía la observación sobre la imaginación, es decir, se procedía induciendo de los fenómenos y hechos parciales, el principio general (Bunge, 1934: 18). El relativismo de Bunge afloraba aquí nuevamente en la búsqueda de una integración epistemológica entre inducción y deducción, entre idealismo filosófico y positivismo experimental para llegar por medio del conocimiento sensitivo general a su aplicación práctica particularizada. Desde esta concepción científica integradora, llegó a presagiar una “íntima y victoriosa unidad de la ciencia”. Unidad que se daría tanto en el plano metafísico como en el metodológico.

Así, el relativismo historicista, a partir del cual Bunge concibió el Derecho como un producto espontáneo del medio y la ley natural —con sus fuertes connotaciones fatalistas—, también permitió concebir alternativas epistemológicas al dogma positivista consistente en sostener un principio absoluto, invariable y extensivo a todos los hombres y a todos los pueblos.

 

Evolución o revolución. La Biología ante el progreso social

En 1903 fue publicado el ensayo que mayor difusión alcanzaría dentro de toda la producción de Bunge. Nos referimos a Nuestra América, un “tratado de clínica social” dedicado a estudiar la enfermedad que aquejaba a las sociedades americanas para plantear sobre ellas una precisa acción correctiva. Acción que devendría naturalmente de garantizar la continuidad del orden conservador instituido, y para eso propugnaba recurrir a “todo, menos los cambios bruscos de sistemas, de instituciones, de gobiernos... El progreso lento por el esfuerzo continuo, y no los golpes de Estado y las corazonadas demagógicas... En una palabra ¡La Evolución y no la Revolución!” (Bunge, 1911: 6). Frente al progreso social, Bunge basaba la desautorización científica del igualitarismo en reinterpretaciones de las teorías biológicas, donde la evolución era asimilada al gradualismo político, como el sostenido por conservadores argentinos, para legitimar la continuidad de un sistema oligárquico de dominación. En los riesgos de alteración de esa continuidad comenzaba el mal, que se agudizaba cuando “se perora sobre el sufragio popular, la libertad, la igualdad... Esa maldita fiebre nos arrastra aun a absurdas revueltas, a utopías perniciosas, al funestísimo afán de innovarlo todo y reglamentarlo todo” (Bunge, 1911: 305). El remedio estaba en la acción de “hombres modestos y conservadores”, “que obren y no declamen que evolucionen y no revolucionen” (Bunge, 1911: 308).

Como en otras oportunidades, Bunge recurría a la biología para colocar un freno al avance social, a través de una manipulación del darwinismo que lo colocó en el centro de un profundo debate. Hacia 1900, en la Argentina —como en otros países latinoamericanos—, los términos oposicionales de evolución y revolución exaltaron una dialéctica que atravesó tout court los campos biológico, político e ideológico, al momento de posicionarse frente a la idea de cambio social. La evolución como antídoto de la revolución, involucraba los medios “civilizados” que el gradualismo político proveía al poder para evitar saltos imprevistos, atendiendo la linneana sentencia: “natura non facit saltus” (Vallejo-Miranda, 2004: 403-417).

Bunge construyó entonces una reinterpretación sociopolítica del evolucionismo “clásico”[12], que sirvió de refuerzo ideológico del poder, mientras existían intentos por colonizar para el pensamiento alternativo otras nociones biológicas. Si “el darwin-lamarckismo” de la segunda etapa del sabio inglés (The Descent of man, and selection in relation to sex, 1871), introducido en el campo social vía Haeckel tuvo un fuerte impulso en socialistas argentinos que confiaban en la movilidad social proveniente de la superación de los individuos por la influencia del ambiente, la “Teoría de la mutaciones” del biólogo holandés Hugo De Vries, al sostener que en la naturaleza podían existir cambios discontinuos o “saltos”, prohijó propuestas revolucionarias impulsadas por el anarquismo desde el punto radicalmente opuesto al sostenido por el “evolucionismo” bungeano. Pero mientras el anarquismo trató sin éxito de encontrar “el Spencer de De Vries”, Bunge, con su spenceriana relectura social del darwinismo, aportó un fundamento de notable impacto ante el “inevitable” proceso de ampliación de derechos de ciudadanía. Precisamente a la tendencia disgregante de éstos últimos opondría “el” Derecho, entendido como fuerza biológica que se sobreponía al igualitarismo y al progreso social.

En este sentido, la asimilación del evolucionismo darwiniano al gradualismo político, también fue ubicada por Bunge en correspondencia con la formulación teórica del origen biológico del Derecho, al que le asignaba la tarea de representar una exteriorización de la vida llamada generalmente “fuerza”. Para Bunge, entonces, “¡El Derecho es la fuerza, en su propio significado biológico!”, a la vez que la norma constituye su sistematización objetiva, y la conciencia jurídica su sistematización subjetiva. Si el Derecho era un producto del proceso evolutivo de la sociedad, que no debía verse alterado por cambios bruscos para no violentar los designios de la naturaleza, el más avanzado reflejo podía hallarse en los pueblos que alcanzaron un grado elevado de evolución social. Los fundamentos del Derecho debían buscarse en el volkgeist (espíritu del pueblo), siguiendo a historicistas como Friedrich Carl Savigny y Rudolf von Ihering y a un relativismo cultural que ponderaba el contexto social al momento de establecer pautas éticas o jurídicas. Como el crecimiento del Derecho se realizaba a base de lucha —contra la injusticia o con el objeto de cambio— se imponía la evolución por sobre la revolución para llegar a entenderlo como un producto de la selección natural y de la herencia; razón por la cual sólo la Biología podía descubrir la última ratio de esta manifestación objetiva de la evolución orgánica (Martínez Paz, 1918: 391).

Si el Derecho era la “fuerza”, la metáfora biológica reforzaba su función social que, en última instancia, apuntaba a hacer tolerable, a naturalizar a través de las normas las desigualdades que eran la ley de la naturaleza. “Así como el hombre salvaje evoluciona hacia el hombre civilizado, las reacciones jurídicas primarias evolucionan hacia una justicia social. La sociedad, la civilización, la historia representan la superevolución del género homo. Lo mismo puede decirse del Derecho. Por esto, “Derecho” significa siempre “desigualdad”. En último término, “un derecho es una desigualdad tolerada o autorizada por el Derecho” (Bunge, 1918: 50).

 

La vida metropolitana entre el triunfo y la decadencia

En el organicismo, también confluyó la preocupación con que Bunge siguió el “incumplimiento” del rol que cada género debía asumir en la sociedad. La metrópolis que ratzelianamente había alcanzado esa condición imponiéndose en la lucha sobre su región, y que, cuanto menos por eso, resultaba para Bunge biológicamente ejemplar, era también un espacio cultural abierto a peligrosas “contaminaciones” exógenas. Especialmente a la “degeneración”, en tanto problema que desataba otros como el “hermafroditismo intelectual” y la “anormalidad del hombre de genio”, para integrarse a una explicación de la decadencia de Buenos Aires atribuida a la omnicomprensiva presencia de la “inversión”, con su proyección metafórica a los cambios de roles en el ejercicio del poder genérico, y a los que se estaba dando entre argentinos e inmigrantes y entre obreros y burgueses [13].

Bunge expresó su preocupación por la “inversión” en Estudios Filosóficos (1900) y luego en Viaje a través de la estirpe y otras narraciones (1908), donde el tema se articuló con su ya habitual invocación a fundamentos biológicos, aunque ahora exacerbada por medio de curiosos recursos literarios. En efecto, el cuento que da el nombre a la obra se asienta sobre una aleccionadora fantasía científica y mística a la vez, que combina a Dios con la civilización, para construir una reflexión racial fundada en las lecciones de un viaje que cambiaba el sentido del recorrido clásico para terminar en el infierno de la degeneración moderna. El protagonista, Lucas, es quien lo inicia a instancias de Teresa, su esposa, sobre la que recaen los reproches de aquél por la “inferioridad” de sus hijos. A diferencia de la “plebeyísima sangre” de Teresa, Lucas posee una buena estirpe, que le hace imposible atribuirse a sí mismo la responsabilidad por semejante muestra de decadencia racial. Pero Teresa lo invita a comprobar “científicamente” ese presupuesto, en un viaje, similar al de Dante con su maestro Virgilio, que emprende conducido, en este caso, hacia sus antepasados por un anciano que no es sino Charles Darwin. Tras el viaje, Darwin lo persuade de que todos descendemos de las más bajas formas de animalidad, tornando erróneo e injusto el sentimiento de las aristocracias. “Tu plebeya esposa Teresa no tuvo peores antecedentes que los tuyos”, concluye.

Aunque estas reflexiones admitan la lectura de algún sesgo democrático en Bunge, es notorio el pesimismo que impregna su diagnóstico acerca del devenir de la civilización, construido con la introducción de claros signos decadentistas a un discurso cientificista[14]. La flexibilización del determinismo bungeano que parecía expresarse en esta obra, se desvanece con las posteriores sentencias del Darwin ficcional advirtiendo: “la humanidad será pronto decrépita si sigue su evolución... Espera acaso a la Europa y América el destino del Asia, esto es, la corrupción sexual, el afeminamiento y la decadencia...” (Bunge, 1908: 88). De este modo, una evolución mal orientada ocasionaba la decadencia de la cultura burguesa viril y, en esa situación de confusión “asiática”, hasta la estirpe intachable de Lucas podía quedar inferiorizada por la sangre “plebeya” de Teresa. Esta oposición contenía un intercambio de valoraciones que resentía el modelo patriarcal amparado en la superioridad racial del hombre, alimentando la desconfianza de Bunge, que iba más allá de aquellos que por debilidad racial perecían en la lucha por la vida, para extenderse hasta alcanzar a las mejores estirpes a través de un pesimismo generalizado. Las élites aristocráticas ya no podían quedar a salvo de la decadencia porque el mal estaba también en sus genes.

 

Derecho y Educación en el perfeccionamiento humano

Si en Bunge el Derecho era un producto biológico originado a partir del natural devenir en la historia particular de un pueblo, donde las desigualdades de la naturaleza hacían ver su directa relación con el desigual desarrollo de las sociedades, su formulación doctrinaria requería redefinir el tradicional anclaje en la “ciencia positiva”. Los aportes de la Historia, la Economía y la Biología, harían ahora del Derecho una ciencia experimental, superadora de los riesgos que contenía la dogmática legislativa pero también los de una supuesta aplicación “fatalmente filosofista” En este sentido, vale la pena reproducir sus expresiones: “Los comentadores del Código Napoleónico, con su sistema de interpretación dogmática, considerando un dogma el texto legal, identificaban y reducían todo el derecho a la ley, e interpretaban la ley por la ley misma. La reacción de la escuela histórica inicia las disciplinas del a historia del derecho, incluyendo en él la costumbre” (Bunge, 1912: XVIII).

Ese eclecticismo bungeano, trasunta en el enfoque crítico con el que trató de posicionar la teoría del Derecho más allá de los moldes precisos fijados por historicistas y evolucionistas. Las respuestas de los primeros “eran vagas y obscuras, porque desconocían la información biológica y económica”, mientras los segundos se encargaban de despejar aquellas incógnitas “gracias a los trabajos científicos”. Sin embargo, sobre los evolucionistas ortodoxos pesaba un pecado de origen: el “prejuicio de la evolución”, “ese postulado fatal, ese lecho de Procusto” desde donde se tendía a orientar igualitariamente a todas las instituciones. Consecuentemente, Bunge afirmaba que “el bien entendido historicismo no excluye ciertamente el evolucionismo; pero sí una exageración de su concepto fundamental y de su método predilecto” (Bunge, 1912: XXIV). En este sentido, consideraba al evolucionismo “como idea filosófica trascendental” que podía resultar inapropiada si no se complementaba con la Historia para llegar a aplicaciones particulares como las que formuló para el Derecho argentino.

La evolución de cualquier fenómeno social, no podía reconstruirse sólo siguiendo al pie de la letra a “Spencer o Letourneau”, radicando precisamente la principal “deficiencia” de esa corriente en una “concepción uniforme de la historia” según la cual se suponía que “todos los pueblos” evolucionaron “por fuerza de idéntica manera, siendo iguales sus instituciones y costumbres en los mismos estadios de su evolución” (Bunge, 1912: XX-XXI).

Desde esta línea de pensamiento y, a partir de una lectura causal inversa, que debía permitir inferir las causas por los efectos, Bunge concibió para las ciencias sociales un “método genético”, que en investigación se proponía la integralidad, mientras que en la exposición, la sincronía. Era integral, por cuanto no desdeñaba “hechos eficientes de la vida argentina, por anónimos, pueriles o literarios que a primera vista parezcan”; y sincrónico, porque extraía la filosofía de esos hechos, “sin sujetarse a una relación cronológica”.

El “método genético”, iluminaba con la Historia las desigualdades que particularizaban al Derecho de cada pueblo en su directa intersección con la idea de Patria, y orientaba la complementaria tarea de la Educación que debía inculcar, desde la más tierna infancia, principios que operen como “directores supremos de la conducta de los hombres” y se arraiguen en el alma humana (Bunge, 1902: 52). Las particularidades de “nuestra patria” y la naturalización de las desigualdades bajo un claro criterio organicista integraban esos principios que Bunge volcó en textos como el que dirigió a alumnos de 5° y 6° grados de las Escuelas Primarias en medio de las celebraciones por el centenario de la independencia argentina. “La Naturaleza ha diferenciado específicamente a los hombres según su sexo, su edad, su estirpe, su propia individualidad. Las aptitudes son distintas. Unos, más inteligentes, sirven para las altas disciplinas de la poesía, las bellas artes, la ciencia, o sino para el gobierno y la política; otros, en cambio, sin poseer esa capacidad especulativa, tienen especiales dotes para las artes manuales. Hay quienes inventan y fijan derroteros; hay quienes aplican esos inventos y siguen esos derroteros. La humanidad es como una pirámide: en su base está el trabajo de los agricultores y de los obreros; en su zona media el de sus técnicos e industriales; mas arriba el de sus gobernantes y hombres de Estado; hacia la cúspide, el de sus hombres de ciencia y de pensamiento; y, en la cúspide misma, los grandes filósofos y poetas, los genios que fijan, queriéndolo o no, el criterio del Bien y del Mal” (Bunge, 1910: 428-430). El organicismo aristocratizante de Bunge, bajo la forma del darwinismo social, impregnaba los principios inculcados a los escolares para afrontar la lucha por la vida en “nuestra patria”. Ante la incontrastable certeza de que “la vida tiene sus desigualdades” surgía la pregunta retórica: “acaso piensas tú que, sometidos todos los niños de una ciudad ideal a una misma educación, llegan a ser iguales en aptitudes?” (Bunge, 1910: 403-431). La educación no podía igualar lo que la naturaleza había desnivelado. Sólo sobre la “aspirabilidad” antes mencionada, podían asentarse las expectativas acerca de los beneficios de la Educación para el perfeccionamiento humano. Es decir, sólo tenía sentido educar más allá de la escolarización sobre exclusiones avaladas por una aceptación del rol social que debía asimilar el joven desde la más temprana edad. Bunge lo expresaba con elocuencia en su consejo paternal: “no envidies a quienes la pródiga mano de la Naturaleza ha dotado mejor que a ti” (Bunge, 1910: 432). Tras esos consejos, Bunge podía invitar al joven a lanzarse a la ciudad, donde la selección natural era sabia y el Derecho era la fuerza. Donde, en definitiva, sus valoraciones positivas se ajustaban al característico pesimismo selectivo que reposaba en el darwinismo social, imponiéndose sobre el pesimismo generalizado que expresara en Viaje a través de la estirpe. “Tú eres el bárbaro que viene del horizonte lejano, para poseerla por el esfuerzo de tu voluntad y de tu inteligencia. Según tu capacidad, serás el honesto artesano, en su hogar sencillo y amable; o serás el activo industrial, lleno de planes y proyectos de lucro progresista; o serás el estudioso, en su laboratorio o bufete; o bien el gobernante, el conductor de pueblos, el filósofo, el poeta. Entra en la ciudad. ¡La ciudad es justa!” (Bunge, 1910: 433).

 

Entre la “ilustración” y la “irracionalidad”
(o el mestizaje bastardo hispanoamericano)

La cultura hispanoamericana fue en Bunge un cualificado objeto de preocupaciones, dentro de una producción que recurrentemente apeló al uso del calificativo “nuestra” para identificar aquella entidad y sus consecuentes expresiones políticas locales. Nuestra América (1903) y Nuestra Patria (1910), son enfáticas apelaciones a una inalterable tensión que presenta su obra entre lo local y universal. Dicha tensión no va a resolverse directamente en los términos del programa civilizatorio sarmientino, sino a través de otras inflexiones introducidas por un historicismo que lo insta a desestimar la validez de una cultura universal. Si bien existe la aceptación implícita de un patrón normativo civilizatorio, desde donde Bunge construye un racialismo que ubica la diversidad cultural en términos de gradación evolutiva, la posición de cada pueblo obedece a un fatalista mandato del determinismo geográfico.

El contacto con las culturas más avanzadas no era entonces suficiente para sacar a los pueblos “inferiores” del atraso en el que se encontraban. El cientista social debía antes valerse del método inductivo-deductivo para comprender a esos pueblos atrasados y formular un diagnóstico clínico. Bunge puso en práctica esta orientación en Nuestra América, donde trató de penetrar en la “psicología colectiva” que engendra la política hispanoamericana. “Y, para conocer esa psicología, analizo previamente las razas que componen al criollo. Conocido el sujeto, expongo ya la política criolla, la enfermedad objeto de este tratado de clínica social, tratado que, como sus semejantes en medicina, concluye con la presentación de algunos ejemplos o casos clínicos” (Bunge, 1911: 3-4). Sus “casos clínicos” de la enferma política hispanoamericana, quedan sintetizados en “tres grandes políticos”: el argentino Juan Manuel de Rosas, el ecuatoriano Manuel García Moreno y el mexicano Porfirio Díaz.

Bunge tomaba distancia de la Generación del ´80 advirtiendo que la “hispanofobia” era “absurda”, porque renegar de nuestros padres significaba renegar de nosotros mismos. Pero también de la incipiente reacción nacionalista que después de los episodios de 1898 derivó en la “hispanolatría”, una “ciega adoración de la desangrada España actual”. Sin embargo, esta pretendida objetividad no logra desprenderse de una “oposición y agónica lucha entre las fuerzas ilustradas, conscientes, europeas y blancas” con los “instintos irracionales unidos a la tierra salvaje y a los sentimientos masivos del pueblo bajo, nativo, indio, negro y mestizo” (Cárdenas y Payá, 1997). En la psicohistoria de Bunge interactúan los factores étnicos y ambientales resultantes de las poco beneficiosas influencias españolas, indígenas y negras, que van a confluir en la psicología del hispanoamericano para connotarla con los que van a ser sus rasgos distintivos: “pereza, tristeza y arrogancia”, rasgos responsables de los sucesivos fracasos en la política criolla, a la que se oponía victorioso el “hermano-enemigo” del Norte que revelaba su superioridad en una irrecusable vocación y capacidad expansionista.

Siendo “todo mestizo físico” un peligroso “mestizo moral” (Bunge, 1911: 130), el mestizaje era en Hispanoamérica el principal problema, el gran un freno a la evolución que tenían los pueblos de la región. Sólo corrigiendo eugénicamente esas asimilaciones inadecuadas, Nuestra América podía ser evolucionar y llegar a colocar a sus pueblos en “relación a los europeos y a los yanquis”. De ahí que bendijera “el alcoholismo, la viruela y la tuberculosis por los efectos benéficos que habrían acarreado al diezmar la población indígena y africana de la provincia de Buenos Aires” (Terán, 2000: 159). La psicología colectiva era un reflejo de los componentes raciales del pueblo. La raza contenía el principio y el fin, la explicación última y esencial del éxito o el fracaso de las suciedades humanas. La raza contenía “la clave del Enigma”.

 

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Notas

[1] En Argentina, la teoría evolucionista fue presentada en sociedad por el médico devenido en naturalista, Eduardo Ladislao Holmberg, con la fantasía titulada Dos partidos en lucha (1875).

[2] Adoptamos el concepto de racialismo utilizado por Todorov para describir una doctrina, que excede a una mera actitud de odio o menosprecio dirigido a un grupo social, a la que puede aplicarse la noción de racismo (Todorov: 1991: 115-155).

[3] Un panorama del devenir histórico de la Sociobiología, puede encontrarse en Jaisson, Pierre; La hormiga y el sociobiólogo (2000: 15).

[4] “Los evolucionistas, observando el nacimiento y la evolución de una sociedad, han establecido sus semejanzas con la evolución del individuo; y como el individuo es un organismo, han concluido por establecer que la sociedad es un organismo” (Bunge: 1902: 151-152).

[5] “La psicología individual de un francés, un inglés, un alemán, es un compendio, un reflejo de la psicología del alma nacional de Francia, Inglaterra, Alemania... Resulta que la herencia psicológica y el medio hacen de cada hombre un resumen del carácter de su país. Este hecho es más constatable, naturalmente, en los hombres de la clase dirigente que en el bajo pueblo” (Bunge: 1902: 150).

[6] “Nada menos científico, nada más grotesco que sus ideas (las de antropólogos y sociólogos) sobre la ‘superioridad’ de los anglosajones, por ejemplo, o de los latinos...en la raza blanca hay tanta mezcla y cualidades tan diversas, que resulta ya cómico discutir esas supuestas ‘superioridades’ absolutas, que Giordano Bruno llamó la ‘vanagloria de las naciones’. Planteo aquí simplemente el fenómeno de la diferenciación, que, sin duda, en ciertos momentos históricos implica superioridad o inferioridad, por lo menos de aptitud política, económica y militar. Esta diferenciación ha sido naturalmente mucho más marcada entre las tribus prehistóricas y los antiguos imperios que entre los pueblos modernos, pues si aquellos vivieron aislados, éstos se comunicaban entre sí todos los adelantos y descubrimientos, a veces hasta con visible imprudencia...” (Bunge: 1918: 50).

[7] Extraído de la Carta de Carlos Octavio Bunge a Roberto Bunge, escrita tras el impacto que le produjo ver en el Zoológico de Londres a un grupo de esquimales en una jaula cercana a la de los osos blancos. Cfr. Terán: 2000: 156).

[8] Sobre la actividad de Bunge en la Universidad de La Plata véase Miranda, Marisa, “Evolución y educación. ´Escuela Nueva´, Carlos Octavio Bunge y la Universidad Nacional de La Plata” (2003: 121-138).

[9] El programa elitista del Internado de la Universidad de La Plata fue abordado por Vallejo, Gustavo, “Teorías educacionales anglosajonas y élites argentinas” (2003: 253-278).

[10] Bunge no dejó de destacar el valor de la pedagogía positivista. “Sean cuales fueren los procedimientos de investigación, no hay método más claro para la exposición que el positivo”. “La gran cualidad del moderno positivismo, la que ha engendrado su nuevo concepto de la verdad moral, consiste sin duda, como dijimos anteriormente, en su mejor información científica. La superioridad del sistema de Comte sobre otros contemporáneos estriba ante todo en sus excelentes bases, tomadas de las ciencias físicas y matemáticas”. (1934: 90).

[11] Levene, Ricardo; “La acción de Bunge en la cátedra de Introducción al Derecho”, en Nosotros, Año XII, Número III, Julio de 1918, (pp.409-415) p.411. Este artículo fue leído el 1° de Junio en la cátedra de Introducción al Derecho y Ciencias Sociales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

[12] Nos estamos refiriendo al que fue visto como “el primer Darwin” (el de On the origin of species by means of natural selection, or the preservation of favoured races in the struggle for life, 1859), que sirvió al conservadorismo para una pretendida legitimación científica de sus propios intereses de clase, hasta confluir en la reinterpretación dada por su primo, Francis Galton (Véase Barrancos: 1996: 61-97).

[13] Un análisis de las metáforas bungeanas de la homosexualidad como mal puede hallarse en Jorge Salessi; Médicos, maleantes y maricas, Beatriz Viterbo editora, Rosario, 1995. Especialmente en el capítulo “Los males que llegan de afuera...”, pp.179-212.

[14] Esta obra y su relación con el decadentismo fueron analizadas por Oscar Terán (2000: 164-169).

Marisa Miranda y Gustavo Vallejo
CONICET, Argentina
Actualizado, octubre 2004

 

© 2003 Coordinador General Pablo Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

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