Bernardo Canal-Feijóo

 

Bernardo Canal-Feijóo:
la “autenticación” de la cultura

Leonor Arias Saravia de Perramon

Apuntes biográficos:

Bernardo Canal-Feijóo representa un caso particular dentro del ensayismo argentino, fundamentalmente por su condición de hombre de “tierra adentro”, pues ésta marca indeleblemente el tenor y las proyecciones de su pensamiento; pero también por la originalidad y coherencia de sus postulados y por la variedad de cauces discursivos que escogió para trasmitirlos.

Nacido en Santiago del Estero, tres años antes de que finalizara el siglo XIX (el 23 de julio de 1897), cursó sus estudios secundarios y universitarios en Buenos Aires, donde se doctoró en Jurisprudencia y Ciencias Sociales en 1918. Durante esta primera estadía juvenil en la Capital, se conectó con los grupos de poesía vanguardista, tendencia que marcó sus primeras manifestaciones literarias[1]. De regreso a su Santiago natal, permanecerá allí hasta sus cincuenta años, abocado a una ingente e ininterrumpida labor de investigación y producción literaria. Paralelamente, y mientras ejercía como medio de vida su profesión de abogado, desarrolló una incansable y visionaria actividad de proyección cultural y cívico–social, a través de instituciones que marcaron hitos en la historia de la provincia santiagueña. Una de ellas es La Brasa, entidad empeñada en promover las actividades del espíritu que nucleó a un grupo de hombres de la cultura y a artistas, con el protagonismo evidente de nuestro autor[2]; otra, de alcance regional, P.I.N.O.A. (Planificación Integral del Noroeste Argentino)[3], constituida por profesionales de diversas áreas preocupados por la promoción, a partir de un proyecto sistemático, de esa postergada región mediterránea.

Canal cumplió funciones directivas en diversos ámbitos educativos: Consejo de Educación de Santiago del Estero, Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata, Departamento de Actividades y Relaciones Culturales de la Universidad de Buenos Aires, y en instituciones literarias de jerarquía: Pen Club y Academia Argentina de Letras, cuya presidencia ocupaba al momento de su muerte, el 10 de octubre de 1982.

Pese a la escasa circulación que tuvo su obra, signada por una suerte de recato provinciano en cuanto a su difusión, recibió numerosas distinciones nacionales, en particular por su producción ensayística y dramática[4].

El pensamiento del autor: Regionalismo y universalidad

Fueron éstos –la ensayística y la dramaturgia– los dos cauces discursivos más persistentes en el autor, a partir de 1942, fecha en que apareció su quinto y último libro de poesía (La rama ciega)[5], y es sin duda es el ensayo el género que lo define por excelencia, y el más a propósito para el discurrir de su pensamiento, siempre movilizado por interpretaciones sorprendentes, de cuño absolutamente personal, y expresadas a través de un decir cadencioso y expansivo, al que podríamos reconocer cierto barroquismo y un notorio regodeo en la búsqueda de la palabra y el giro exactos[6].

Para Canal, el hombre es, fundamentalmente, un “ser situado”, que sólo puede realizarse en su dimensión esencialmente humana –la de la cultura– a partir de una interrelación con el entorno geográfico que le sirve de contexto existencial. Desde esa perspectiva, que reconoce antecedentes conspicuos en Hegel y Heidegger particularmente, postula, ya en el primero de los estudios que dedica al tema de la “cultura nacional”, (Proposiciones en torno al problema de una cultura nacional argentina, 1944[7]), la necesidad del regionalismo –entendido como “diálogo inmediato del espíritu con la realidad localizada de la naturaleza y de la historia”(PPCNA: 14)–, como exigencia para la “justificación” de la cultura. Incluso como sustrato sine qua non para que una cultura alcance “universalidad”.

Este supuesto clave en su perspectiva antropológico–sociológica se irá afianzando a la par que sus persistentes e incisivos análisis sobre el proceso cultural de Hispanoamérica –y de Argentina en particular– le van revelando ciertas anomalías en cuanto a la relación hombre–tierra en estas latitudes. Canal aprecia, en una publicación muy temprana, Nivel de historia (1934)[8], que la circunstancia de que los conquistadores españoles llegaran a tomar posesión de una geografía “baldía”, marcaría el modo peculiar de relacionarse con ella en lo sucesivo.

La dinámica de la historia

En ese mismo estudio plantea su concepción de la historia, con parámetros en consonancia con los que apuntalan su visión del hombre en tanto creador de cultura; puesto que la historia no es otra cosa que el cauce en el que se desarrolla todo proceso cultural. Para él, el aludido nivel de historia del título “se da” “en las proporciones de [una] doble relación” (NH: 25), determinada por el “juego sinérgico” de dos tipos de “factores”, cuyo “producto” es precisamente “la historia”. Éstos son: los factores naturales (físicos, étnicos, demográficos) y los factores artificiales (técnicos, económicos y políticos, espirituales o culturales) (NH.: 16).

Acota el autor que los primeros “podrían también denominarse nacionales[9]” mientras los segundos “son voluntarios y en más o menos grado universales” (NH: 17; destacado mío). Y también, que “un sentido general de la historia podría ser el de que tiende a artificializarse”, pues en este “juego sinérgico” en el que se resume la dinámica de la historia, “los factores artificiales [que] surgen como una respuesta eventual a los factores naturales”, tienden progresivamente a prevalecer sobre los primeros (NH: 16-17). Se trataría, siempre siguiendo la taxonomía de Canal, del paso del hecho al acto, definidos así:

La medida en que la acción de los factores naturales coacciona y supera a la acción de los factores artificiales o voluntarios, es el hecho. La medida en que estos últimos resisten y se sirven de los factores naturales, es el acto (NH: 24; destacado mío).

Y el corolario en prospectiva que se desprende de estos postulados es que “la historia futura se habrá redimido de la geografía, cuando menos” (NH: 17).

El antedicho “juego sinérgico” reproduce, en dimensión colectiva, la dinámica hombre–espacio/hábitat puntualizada en primer término, pues supone la inextricable interrelación entre la geografía y la historia, clave en la perspectiva de Canal. [“Toda historia –afirma en el mismo texto que estamos parafraseando–, cada historia, ocurre en un lugar, – y no en cualquier lugar, sino en un lugar muy preciso siempre: tiene “su” geografía” (NH: 18)]. Pero al centrar nuestro autor el foco de sus análisis en la instancia fundacional de esta sección de Hispanoamérica, arriba a constataciones sorprendentes, como se adelantó. Cuando se está en la etapa inicial de un proceso, se impone ubicar como elementos protagónicos de ese “trágico diálogo del comienzo”, de “esa decisiva encarada” –como él la califica–, a “los dos primeros elementos naturales: la tierra y la raza[10]”; instancia “decisiva”, pues “un primer destino provisorio de la historia saldrá modulado de allí” (NH: 18). A los ojos de este intérprete, este “diálogo” presentará características muy peculiares en este caso:

Por una parte, tendrá lugar no más que entre la raza conquistadora y las latitudes más australes del “nuevo continente”, pues al momento de su llegada, las razas aborígenes “eran ya casi metafísicas de tan agotadas y desentendidas de su mundo”. “Las “nuevas razas” [en consecuencia] entraron a apoderarse de una cosa que ya no pertenecía a nadie, de un gran baldío, de una geografía vacante”. Y “éste fue –según Canal– el comienzo de la gran tragedia del destino de esta parte de América” (NH: 21). Al no poder resolverse a tiempo (¿por razones de técnica conquistadora?) “el tremendo problema de llenar el vacío”, empieza a generarse “cierta proporción inversa entre la [nueva] raza [...] y la geografía”; “poco a poco [aquélla] pierde su estilo” y va adoptando “el de la tierra”.

Entonces la historia, que es el movimiento espiritualizado de la vida social, se vuelve principalmente geografía. El proceso de su dinámica se ralentiza; se torna más bien vegetativo (NH: 22; destacado mío).

Esta teoría en cuanto a la dinámica de la historia se complementa con los postulados expuestos en el libro mencionado en primer término, diez años posterior a Nivel de historia, Proposiciones en torno al problema de una cultura nacional argentina. Allí el autor profundiza la cuestión de las relaciones raza–tierra a partir de la consideración de las que denomina “razones de horizontalidad/verticalidad”. En el primero de estos textos había afirmado: “Fuera de su lugar secular, la raza no es más que un principio humano nuevo” (NH: 19). En Proposiciones, proyectándose ya hacia el posterior proceso de configuración del hombre y la cultura argentinos, desde la óptica de los “contactos”[11], Canal señala, una vez más, cierta anomalía –por incompletud– en dicho proceso. Las apuntadas “razones de horizontalidad/verticalidad” explican la evolución normal de toda cultura: llegada a cierto nivel de desarrollo, experimenta un impulso expansivo –de dirección “horizontal”–, que da cuenta de los episodios de conquista a lo largo de la historia; pero una vez que arriba a una nueva tierra, “el destino de esa cultura entra [...] a una razón de verticalidad. Es necesario que esa cultura constituya el contenido de un nuevo continente”[12] (PPCNA: 12). Pues bien, “...si todo parece abonar la presunción de que lo expansivo y dinámico, los poderes de dirección horizontal, del alma europea, acaban en América...” (PPCNA: 12), no se aprecia –según la interpretación propuesta por el autor– que los herederos de aquella performance hayan llevado a cumplimiento la premisa ínsita en la “razón de verticalidad”; ésta supone –habida cuenta de que “no hay culturas despaisadas o despatriadas”– un “imperativo de asunción central en profundidad”, que consiste “en que el nuevo continente haga suyo el contenido de cultura que se la ha impuesto en superficie, [...] [o que] que la cultura [...] [haga lo propio con] el nuevo continente” (PPCNA: 12).

Una historia de “contactos”

Canal analiza este proceso desde la perspectiva de los sucesivos “contactos” –como se apuntó–, que jalonan el itinerario hacia la configuración y evolución posterior de la nación argentina. En el texto al que estamos recurriendo (luego reelaborado), reconoce tres “contactos” fundamentales: el “lejano contacto”, correspondiente al encuentro español–indígena; el denominado “gran codo histórico” (en la segunda versión), que alude al enfrentamiento del criollo –posterior a la independencia– con la naturaleza americana y el pasado colonial– y la “nueva colonización inmigratoria”. A través de estos tres vectores históricos va calibrando el modo peculiar de relacionarse con la tierra, que caracteriza al hombre de nuestras latitudes, según sus apreciaciones[13].

El “contacto” español–aborigen

Párrafos más atrás se destacaron las connotaciones particulares que pautaron el primer “contacto” del español con la tierra americana, en orden a puntualizar el carácter de espacio “vacío/baldío/vacante”, que se le reconoce a la segunda, y las consecuencias de este factor determinante sobre nuestro desarrollo histórico. Interesa ahora detenerse en la visión del aborigen y de su rol dentro de este contexto que nos ofrece Canal, pues ella responde a una perspectiva muy sugerente y pionera en muchos aspectos. Si en Nivel de historia había desestimado la posibilidad de un “encuentro” propiamente tal entre el español y el indígena, en esta parte de América, a diferencia de lo que ocurriera en otras latitudes habitadas por comunidades aborígenes con un alto nivel de desarrollo político y cultural, en textos posteriores irá reelaborando insistentemente este enfoque.

En Proposiciones en torno al problema de una cultura nacional argentina, aun suscribiendo ciertas categorizaciones del mundo aborigen propias de la hora, el “primitivismo”, la condición “magicista” de su “naturalismo religioso”, el carácter “enumerativo” de su idioma, carente de “ideas generales”; todo lo cual correspondería a una “semicultura”, incapaz de “historicidad”[14], Canal se preocupa por puntualizar que su análisis responde a la “mirada de [la] estirpe europea conquistadora” (PPCNA: 35), planteando precursoramente la cuestión de “la otredad” como perspectiva teórica. [Incluso llega a postular: “Para apreciar debidamente en sus perfiles generales la fisonomía de la acción conquistadora, necesitaríamos contemplar el fenómeno desde algo así como “el punto de vista del indio” ” (PPCNA: 32)]. Y, como se adelantó, focaliza el antes soslayado episodio del “encuentro del español con el indio”, calificándolo como “fenómeno de contacto de culturas” (pese a que una de ellas haya sido categorizada como “semicultura”), con lo que una vez más se anticipa, en casi medio siglo, en el encuadre de la tan meneada problemática del “encuentro de culturas” reactualizada en ocasión del “Quinto Centenario”[15].

Dos son los aspectos más destacables en la interpretación que nos propone Canal con respecto a este primer “contacto”. Por una parte, rescata lo que podría calificarse de “afinidades” entre las dos etnias en contacto, lo que determina que el encuentro del español con el indio “llegu[e] a tener menos contornos de choque que de abrazo”. Para nuestro autor se trata de “dos sensualismos que se suman” (PPCNA: 39), dado que “el alma española cae fuera del cuadro de todo “helenismo” [...]. El mismo impulso que pudo un día declararla “incapaz de filosofía”, la había colocado ya fuera de Europa [...]. Su substancia estaría hecha de pathos en estado puro y de ethos en instancia mística. Y [...] por este lado venía a hallarse más cerca de lo que ella misma podría imaginarlo del alma india” (PCA: 32). Y pese a que no deben confundirse –según su advertencia– “el sensualismo de un lado con el sensualismo del otro” (“el sensualismo español lleva en sí un remanente del viejo demonismo medieval[16], el sensualismo indígena es por su parte mágico”), las conductas de ambos desembocan en el mismo resultado en cuanto a su relación con la naturaleza –dato este clave en la concepción de la historia de Canal–. El autor sentencia al respecto:

[...] si el sensualismo mágico del indio puede tal vez ser denominado de connaturalización; el sensualismo místico del español podría ser denominado de rescate frente a la naturaleza. El indio se pierde, disuelto, horizontal, en la naturaleza [...]. El español se pierde o anega, vertical, en su eticismo. Uno por sumersión, otro por abstención, ambos dejan intacta la naturaleza (PCA: 48-49).

Pero, pese a estas afinidades, a la hora de ponderar la presunta síntesis entre los dos polos de este primero y “lejano contacto”, Canal desestima que se haya producido un “mestizaje”, según la catalogación habitual. Desde su óptica se trataría más bien de una “estratificación”; es decir de “una mera dominación sobre una mera servidumbre”. “No veo –acota– la conjunción genética fecunda. El apareamiento no llega a ser matrimonial”. Y es que éste era muy difícil (imposible, según la primera versión; PPCNA: 37), pues no se trata sólo de una cuestión de dominio del más poderoso sobre el menos poderoso, sino de su pertenencia a tiempos distintos: “Colocados en el mismo plano geográfico se plantea una inavenible discordancia de tiempo entre uno y otro; el primero reviste un presente que el segundo no ha asumido aún, que no asumirá ya nunca”; (“[...]el pueblo conquistador [...] trae consigo todos los fermentos de la edad moderna, más o menos latentes [...], el alma del pueblo conquistado se ofrece como un anacronismo imposible, como la forma supérstite de una etapa siglos antes superada” (PCA: 54).

Y esta situación –del mismo modo que la referida a la no asunción de la naturaleza dada– determinará otra de las constantes clave, en la caracterización de la cultura nacional por parte de Canal: el silencio, la mudez de la co-raíz indígena en nuestra configuración como país. Ya fueron quedando de manifiesto matizaciones en la consideración de la problemática aborigen y su rol en nuestra evolución cultural en las puntualizadas variantes que se aprecian entre la primera y la segunda versión de este –o estos– texto/s fundamental/es del autor; vale la pena detenerse en algunos detalles significativos en tal sentido.

Si bien, como se apuntó, en Confines de Occidente (o En torno al problema de la cultura argentina), se reiteran algunas afirmaciones vertidas en Proposiciones, en cuanto a los rasgos de “primitivismo” propios de una “semicultura” y a la condición “a-histórica” de las realizaciones aborígenes, páginas más adelante se agregan consideraciones que ponen en tela de juicio algunos de estos supuestos y el autor se explaya en conjeturas sobre las revelaciones insospechadas que podría ofrecernos la plástica aborigen. Haciéndose eco de los descubrimientos de los hermanos Emile y Duncan Wagner, en relación con las investigaciones arqueológicas que realizaran durante años en Santiago del Estero[17], Canal postula que la ausencia de todo rastro de monumentalidad en las zonas habitadas por los aborígenes en esta parte del continente no da pie para inferir de ello la inexistencia de cultura ni de historia, sino una forma peculiar de ambas. Y sentencia:

Estas diferencias [con respecto a las construcciones imponentes de las civilizaciones del norte], que a menudo sugieren concepciones del mundo totalmente opuestas entre sí hablan por sí mismas de una “historia” [entrecomillas del autor] de esas “culturas” [entrecomillas mío] mucho más profundas de la que suele presumírseles [... ] (PCA: 38).

Y con respecto a las piezas de alfarería descubiertas, apunta:

Frente a la pirámide y la fortaleza megalítica, aquí la urna apódica y como ingrávida. De alguna manera, el testimonio habla de una mentalidad de razas contemplativas o reflexivas, frente a una mentalidad de razas dinámicas, teocráticas, guerreras allá. (PCA: 39).

En cuanto al “silencio de la co-raíz indígena”, nuestro autor se lo explica como manifestación, por parte del mestizo, de “una oscura fidelidad al costado uterino, vale decir, indio de su filiación”. Y se plantea preguntas e intuye premonitorias revelaciones a partir de sus recónditas virtualidades: “¿lo indio sería una pasividad omnímoda (en tanto de condición uterina) [...]; más o menos acechante, la memoria vegetativa de la madre? El caso es que “no hemos pulsado todavía la voz válida del indio en lo mestizo; lo indígena extrahispánico es todavía una hipótesis dentro del ser mestizado [...]. Pero algún día podrá hablar” –se entusiasma Canal–. [...]. Y puede sospecharse [...] que su voz tendrá el acento de alguna gran originalidad en este occidente epigonal y de segunda mano que nos enorgullece, de alguna gran heterodoxia en este occidente siempre un poco académico y escolar, y resonará, aun cuando más no sea que solitaria en el océano de una unanimidad futura culturalmente desindiada” (PCA: 56).

Es interesante puntualizar que, junto a esta mayor compenetración con el impredecible destino del sustrato aborigen, el autor no sólo refuerza, en el segundo texto, la conciencia de la perspectiva desde la “otredad” en la que inevitablemente está instalado[18], sino que omite párrafos que lo ubicaban, explícitamente, como “representante” del polo hispano en la versión original [“Nosotros –había reflexionado en Proposiciones– hemos liquidado al indio manteniendo intacta la naturaleza que lo envolvía placentariamente” (44; destacado mío)] .

El segundo “contacto”: “antitelurismo” y “antihistoricismo”

Calificado como “el gran codo histórico”[19], el segundo “contacto” daría cuenta de la particularísima modalidad que, llegada la etapa de la independencia y la organización nacional, asume la relación sujeto cultural (en este caso, el criollo) – naturaleza (hábitat geográfico). Nuestro ensayista apunta, como resultado de la trascendental performance acometida por los “organizadores” de la nación argentina, el “licenciamiento histórico del país” (PPCNA: 46); en otros términos el agenciamiento de una “superstructura”[20] (PCA: 62), que dará cuenta, por un lado, de una actitud “antitelurista” y “antihistoricista”, a contrapelo de los postulados románticos de la hora (PCA.: 66) y, por otra, de una indomeñable voluntad “constructora”, sin parangón en la historia de país alguno, según las apreciaciones de Canal –y de muchos otros intérpretes–. Voluntad que, a su juicio, estaría sustentada en tres premisas fundamentales, que él enuncia como “teorías”:

  • Una peculiar “teoría del desierto” –según la califica el autor–; concepto éste a partir del cual se declara la anatematización de la “naturaleza inculta”; esto es no meramente el aludido espacio “vacío” con el que se topó la conquista, sino la parte “ocupada” por el indio y por la historia colonial[21] (PCA: 62). El así calificado desierto detentaba tal virtualidad operante, para los pensadores del liberalismo romántico y para los constitucionalistas, que es frecuente en la literatura de la hora referirse a él a través de la antropomorfización (son particularmente significativos al respecto los testimonios de Facundo).

  • En consonancia con esta aversión a la “naturaleza/desierto” [que llega a determinar lo que el mismo Canal designa como “cenestesia geográfica aflictiva” (1951: 94[22])], se da la segunda premisa, o “teoría del número demográfico como condición de civilización” (PCA: ibíd.), que desembocaría en la proclamadísima fórmula “gobernar es poblar”.

  • La tercera “teoría” –mucho más singular aún para el autor– es la de que la planta de la civilización prende de gajo” (proclamada por Alberdi en las Bases), la que daría pie a la postulación “[d]e la inmigración como medio de progreso y de cultura para la América del Sur”[23].

 En base a estos supuestos, la estructura constitucional argentina habría nacido “concebida como plan de destrucción de una estructura natural, y “construcción” en el desierto”[24] (PCA:66). En función de ellos, se organizó la agresiva política inmigratoria, que transformó la fisonomía del país en unas pocas décadas, conforme al postulado alberdiano que impelía a “mudar la pasta” de nuestra población[25].

El tercer “contacto”: la nueva inmigración

Este episodio configura el tercero de los “contactos” que venimos registrando, desde la óptica del pensador santiagueño, que la califica de “segunda” o “nueva colonización” –según las versiones que manejamos[26]–. Canal no se detiene demasiado en su análisis; se limita a puntualizar sus diferencias con respecto a la “primera colonización”: producida “por inmigración desgranada e individual, [...] desprovista de una fuerza colectiva de fe o voluntad señorial”, “mostrará un despaisamiento mucho más agudo que el español”. “Daría la impresión –señala– de una superposición de masa espesa, sorda, al estrato indohispánico precedente, rico ya de voz tradicional y aquerenciada”. No es de extrañar que, desde esta perspectiva, los efectos de esta “nueva colonización” se le presenten como un “debilitamiento” “de las formas de expresión tradicional” y una “instauración desordenada de formas abstractas” (PCA: 68-69) [27].

Hay que apuntar que, en síntesis, los tres “contactos” históricos implican para el autor una suerte de “freno” en la evolución natural hacia una forma propia de cultura; constatación que lo lleva a concluir: “después de cuatro siglos el estado de la cultura [en nuestro país] sigue siendo todavía proceso” (ibíd.: 27). Por otra parte, el análisis de nuestra performance histórica, marcada por los sucesivos “contactos”, y articulada –“construida”– a partir del proyecto constitucional, le sugiere una figura interpretativa sumamente sugestiva –a mi juicio– para sintetizarla: la de la “levitación”, el “vuelo”[28], inspirada en buena medida en Alberdi, el prohombre más exhaustivamente estudiado por nuestro intérprete[29] .

El “pulso levitativo”

Introducida ya en Confines de Occidente, donde puntualiza: “Cierto pulso levitativo característico entre un “americanismo” rechazado o reprimido o contenido, y un “europeísmo” imposible (imposible fuera de Europa), [...] parece ser el carácter y excelencia de lo argentino, su verdadera originalidad y medida cualitativa, y su principio de difícil acceso para gustos poco matizados” (PCA: 21), será el tema vertebrador del Discurso de recepción como académico del autor, “La gran metáfora nacional. ¿Dónde estamos?” (1975)[30], reproducido luego con algunas variantes en uno de sus últimos libros, Fundación y frustración en la historia argentina (1977)[31]. El punto de partida para esta caracterización metafórica es la definición alberdiana de nación que, sugestivamente, el autor no cita de modo textual: “enjambre de abejas flotando en el aire, sin desmembrarse"[32]. Canal la reproduce como “enjambre de abejas volando”, y se apoya especialmente en esa imagen para caracterizar la voluntad “transfiguradora de la realidad” del proyecto constitucional argentino, cuyos objetivos capitales califica como “de máxima envergadura revolucionaria”. Los dos fundamentales fueron: “volver del revés el mapa geopolítico americano” (“de mediterráneo e interno, a litoral y marítimo”, en palabras de Alberdi), y “alterar”, “mudar, la masa de nuestra población” (MN: 271-272), a través de la afluencia inmigratoria. Objetivos estos que habiendo resultado “sobradamente provistos”, llevan al autor a postular esta “metáfora” como síntesis del proceso de “nacionalización del país”:

[...] el destino argentino ha “volado” por espacio de más de un siglo en alas de una inspirada abstracción creadora. Reconozcamos que el gran vuelo cubrió buena parte de la larga etapa con decoro, y en algún momento hasta con brillo (MN: 277).

“¿Pero –concluye, ubicándose en el presente de sus reflexiones– a dónde se ha llegado? ¿Dónde estamos? ¿Dónde nos encontramos–si ocurriera que no nos hemos perdido?...” (MN: 277). Y el contexto de su tiempo le sugiere este desenlace a la “metáfora histórica” propuesta: “[“el gran ‘vuelo’”] [...]se ve [“ahora”] en trance que no podemos dejar de representarnos por extensión metafórica como de aterrizaje fortuito” (MN.: 279; destacado mío).

Canal reconoce un trasfondo filosófico al proyecto argentino de “nacionalización” (de allí el título del apartado que recoge el discurso al que estuvimos recurriendo)[33], que resume como “una filosofía “para” la nacionalidad ([a diferencia de] las germanas [que] son “de” la nacionalidad) y una nacionalidad “para” la universalidad”. Dicha filosofía responde a una clara filiación europea, “encaja [especialmente] en la tradición de la filosofía francesa más típica” (PCA: 66); pero en su voluntad de apareamiento con la marcha del Mundo (que por entonces era decir Europa, y Francia en particular), “alcanza [...] un plano de soberana abstracción” (MN: 273). Los resultados obtenidos bajo su impronta pueden expresarse con esta fórmula: la nación –esto es, la “abstracción”, el “ideal”– acaba imponiéndose sobre el país –esto es, la “realidad”–[34]; en otros términos, se trata del “licenciamiento histórico del país”, en función de implantar una “superestructura” (aludido en relación con el “segundo contacto”).

 Es evidente que este análisis, con su peculiar sesgo interpretativo, parte de un enfoque histórico, y echa mano, según lo van requiriendo los sucesivos avatares del “proceso de nacionalización” argentino, a la antropología, la sociología, la política e incluso la filosofía. El propio Canal se anticipó a declarar que no era un “historiador al contado rabioso”(TCA: 30), pero hubo estudiosos que lo reputaron como tal[35]. El primer exégeta y difusor de su obra, el también santiagueño Octavio Corvalán, apunta al respecto: “La visión histórica de B. C. F. se encuentra enriquecida por un ingrediente que él llama “sociológico” porque incluye, en papel decisivo al hombre” (1988: 97)[36]. Y Gloria Videla de Rivero puntualiza, en un trabajo que dedica al autor: “Su ensayo es fenomenológico y descriptivo. Situado más acá del positivismo, no tiene pretensión científica o sistemática, como sus predecesores argentinos [...]. Piensa a partir de intuiciones analíticas que lo conducen al ensayismo histórico y sociológico, con intención didáctica y estética y valor expresivo y personal” (1983: 161).

Desarticulación estructural argentina

Precisamente, para completar su visión del mapa cultural argentino en sus diferentes frentes, debemos atender a una coordenada clave en su pensamiento, centrada en buena medida en la dimensión sociológica –o político-sociológica más bien–; es la que focaliza el análisis en las anomalías –una vez más– en el diseño estructural del país. Los temas nucleares en torno a esta problemática, la relación capital–interior y ciudad–campo, fueron específicamente abordados por el autor en textos como De la estructura mediterránea argentina (1948)[37] y Teoría de la ciudad argentina (1951), además de en conferencias y estudios de menor entidad[38]. Del mismo modo que en el anterior análisis del proceso de “nacionalización”, Canal reconoce que los colonizadores, primero, y los “constructores”, después, actuaron sobre el país en ciernes, en función del contexto y las imposiciones históricas de la hora; al considerar las distorsiones detectables en la articulación política de la nación, sopesa las razones del mandato constitucional, que derivaría en una capital monstruosamente sobredimensionada, frente a un país interior empobrecido y postergado. No opta por ubicar culpables para esgrimir condenas o descargar responsabilidades (como es frecuente en tantos enfoques históricos); le interesa proyectar al presente los resultados de sus análisis, para mejor comprenderlo y poder planificar y operar más eficazmente sobre él.

Y el resultado, en esta línea de sus indagaciones, se le presenta –conforme al personal discurrir de su pensamiento– a través de imágenes muy ilustrativas: las de “nación de un solo frente biológico” y “país triangular y convergente” (TCA: 128), para el que Buenos Aires es “la única capital posible”, la “capital biológica”, según la condición que le adjudica (TCA: 122 y siguientes.), en tanto ángulo–superior y vértice del triángulo. Ángulo, por su “valor interno, orgánico y estático”; vértice, por su “valor externo, proyecticio (sic) o dinámico” (TCA: 120). Este perfil de la estructura política argentina del presente, en clave geométrica y organicista, tiene su trasfondo histórico: la capitalización de Buenos Aires puede explicarse como el corolario de una larga pugna “entre dos ciudades”, entendidas en sentido arquetípico: la ciudad mediterránea –representativa del Interior– y la ciudad litoral –Buenos Aires, por antonomasia–. Esta pugna aparece marcada por una serie de factores concomitantes: la “ciudad mediterránea” respondería al espíritu inicial de la conquista–colonización, impulsada por el avance hacia “adentro”[39], por una parte y, por otra, al espíritu de la Edad Media, mientras la “ciudad litoral”, Buenos Aires, nace a impulsos de una necesidad de “desfondamiento litoral”, a fin de que, “llegada a estas tierras, la conquiste no termine en un mortal embolsamiento mediterráneo”; es decir, a partir de un movimiento de adentro hacia afuera, y en tal sentido, se distingue como “la primera ciudad argentina originariamente necesaria y ‘auténtica’” (TCA: 43-44); pero además, como “ciudad de salida a otra época” (TCA: 32 y 45), como “ciudad de otro principio” (TCA: 43). Canal localiza en ella una voluntad contraventora con respecto a la marcha de la conquista, en la que estaría cifrada, incluso, la futura independencia. Tales diferencias sustanciales habrían dejado “planteada” “desde el primer instante”, “una tensión irreductible entre una y otra [ciudad]” (TCA: 46) [40].

Con este marco como teatro de operaciones, llegada la instancia de “cerrar” (en la doble dirección tempo–espacial) el proceso organizativo nacional, aparecía como una opción predeterminada superponer a la “capital biológica” la “capital constitucional”. Buenos Aires fue erigida, por tanto, como tal; pero al ser concebida “no tanto como capital “de”, cuanto como capital “para” (“para un dado hacer, la Nación; como el máximo instrumento constitucional”) (TCA: 143), su cometido acabaría distorsionándose progresivamente. Destinada a servir como núcleo unitivo y proyectivo a la vez, se desentendió del cuerpo del país que daba sentido a su capitalía, transformándose de “puerta–Puerto” en “puerto–Puerta” (TCA: 153) y de “instrumento” en “fin” (1968:38[41]). [Poco antes de profundizar en este aspecto clave de la “desarticulación estructural” del país, había apuntado: “El mal que aqueja al alma argentina es la falta de imaginación nacional” (1942: 9), sugiriendo con este diagnóstico, lo que seis años más tarde explicitaría, en De la estructura mediterránea argentina: la incapacidad de “el sentimiento patriótico” de asumir “la totalidad geográfica del país” (1948: 62)].

Así pues, el presente del autor le revela el estado de cosas que ilustra en las imágenes adelantadas, a las que varios años después agrega la de “cefalópodo nacional” (1968). En esta oportunidad destaca los nuevos enfoques sobre la cuestión, en los que reconoce una intención “analítica”, “destructora”, “antimítica” [42], frente al “mito cefálico”, “constructivo”, “sintético”; pero puntualiza –con su dejo de escepticismo– que, pese a la conciencia de la necesidad del “contramito analítico”, los actuales intérpretes no aciertan con el “programa de capovolgimento” que este mito tendría que configurar, por una razón siquiera de “simetría lógica” con respecto al “mito sintético” (CN: 43). Él ya había sugerido, tiempo atrás, el “remedio” para contrarrestar la desmesura capitalina: “hacer un gran país, [...] a su medida”[43] (TCA: 163). Del mismo modo había alertado sobre los efectos del crecimiento distorsionado de la ciudad y el campo, que reproduciría, en escala provincial, la desmesura capitalina en el plano nacional. Frente al “tiraje ciudadanizador” (TCA: 200, 218, 225) de los nuevos tiempos, la propuesta insinuada por Canal, como marco inspirador de las conductas a seguir, es una “planificación de fondo” (TCA: 227-229), cuyo fundamento inspirador es siempre la restauración del equilibrio en “la relación cultural del hombre con su medio propio” (TCA: 215); relación afectada en varios frentes (incluso en el orden “familiar”; TCA: 236-248), por el nuevo estado de cosas que, no obstante, no es posible dejar de asumir, pero frente al que el ensayista deja entrever cierta dosis de pesimismo.

Las propuestas de “autenticación”

Como es dable apreciar, los reiterados e incisivos análisis de este incansable estudioso de la problemática nacional lo llevan a constatar una serie de “anomalías” en el proceso de configuración política de nuestro país, o en el desarrollo de los presupuestos “imaginados” para constituirlo como tal. Habíamos adelantado las dificultades para encasillar a Canal-Feijóo dentro de un área científica determinada; otro tanto ocurre cuando se intenta adjudicarle filiaciones ideológicas ortodoxas[44]; es que su pensamiento se desplaza, con llamativa libertad –como se apuntó– por los más variados campos del saber, en busca de inusitadas y reveladoras explicaciones y correspondencias[45]. Pero también puntualizamos, junto a su originalidad, su coherencia en todos los órdenes: tanto en la fidelidad a un haz de temas rectores (apreciable en los diversos géneros que maneja), como en los enfoques propuestos (matizados o ampliados a través del tiempo, desde luego) y muy especialmente, en cuanto a la intención y la actitud con que los asume. A nuestro autor no le interesa aportar planteos o propuestas rigurosamente científicas; su intención –como también fue quedando de manifiesto– es fundamentalmente “comprender”, con evidente deleite intelectual en el proceso de investigación–elaboración de sus teorías y planteos, pero con el no menos evidente objetivo de alcanzar –o suscitar–, a través de sus personalísimas deducciones, posibles salidas para los problemas de su patria[46]. Entiendo que cabe adjudicarle a su ensayística una clara dimensión “patriótica”.

Por ello, las puntualizadas constataciones a las que arriba, lo llevan inevitablemente a postular caminos alternativos, para revertir las antedichas “anomalías” que, fundamentalmente, aparecen como desarrollos desmesurados o “monstruógenos” (expresión que le pertenece) de procesos que tuvieron su razón de ser en sus orígenes. De acuerdo al postulado clave de lo que –siguiendo al mentado Octavio Corvalán– podemos llamar “sin remordimientos” la “filosofía” de Canal (1988: 8), es decir el carácter “situado” del hombre y de la historia, su propuesta cardinal se resume, a mi juicio, en la necesidad de la autenticación de nuestra cultura[47]. Tal autenticación debe procurarse en dos direcciones: por un lado, en función de superar la señalada “imposesión” de la geografía dada, por parte de la tradición político–cultural argentina; por otro, a través de la restauración de la relación elite–pueblo, en tanto garantía de preservación de la cultura.

La tierra “autenticadora”

En Confines de Occidente, nuestro autor agrega una serie de reflexiones introductorias sobre la “dinámica de la cultura”, a las de la versión original de Proposiciones (en la que sostiene la necesidad del regionalismo, como sustrato de todo proceso cultural e incluso de toda pretensión de universalidad). Esta vez pondrá el acento en el “sujeto” creador de cultura, postulando, –dentro de la misma perspectiva– que el único camino válido para asumir ese rol es “saberse, sentirse centro, eje de alguna propia orbitalidad, por pequeña que sea: es decir, sujeto, siquiera potencial de su destino”; sólo entonces estará dada la cifra de la autenticidad de la cultura, “mucho más importante –señala el autor– que la originalidad (PCA: 15-16). En consonancia con esa premisa, y habida cuenta de la tendencia levitativa/abstractiva, que caracterizó nuestra trayectoria político–cultural –como consecuencia de la señalada imposesión (“culturalmente, el americano no acaba de ser donde está”; PCA: 27), rematará las reflexiones de sus últimos trabajos sobre esta problemática con esta apelación indirecta:

¿No será que es llegada la hora de cambiar de metáfora y de filosofía, y urdir las que en vez de proyectarnos hacia afuera, hacia lejos, en embriagueces de vuelo trascendente, nos obliguen hacia abajo, hacia adentro, en afanes de profundidad y reasunción en cuerpo y alma?... (1977: 281; destacado mío) [48].

Apelación que reforzará citando al “gaucho prototípico” (“Derecho ande el sol se esconde / tierra adentro hay que tirar / algún día hemos de llegar / después sabremos adónde”), y a Nietzsche (“¡Donde estés, cava profundamente; debajo de tus pies está la fuente!”) y a Baudelaire (“Plonger au fond du gouffre / enfer ou ciel qu’importe! / au fond de l’inconnu / pour trouver de nouveau”) (ibíd). Citas estas reiteradas en el autor y que dan cuenta de su inclaudicable vocación mediterránea y entrañablemente geocéntrica.

El pueblo “autenticador”

En cuanto a la relación elite–pueblo, Canal rescata dos dimensiones en ella: la que corresponde a la dinámica arriba–abajo, por un lado, y pasado–futuro, por otro. Por su función directiva en la sociedad, la elite estaría tensionada hacia dos direcciones: hacia arriba, “con una polaridad sublimizada” del espíritu; hacia abajo, “con una polaridad” “hacia el substracto (sic) temporal y masivo de la comunidad humana”. Pero “este movimiento de comunicación [de la elite] hacia el limo humano que la rodea” (debido “quizá a la necesidad de granjear a la propia actividad cierta posibilidad de permanencia y duración”) no siempre encontrará respuesta en la fe que naturalmente el pueblo está dispuesto a otorgarle; la encontrará sólo en la medida en que “acierte a dar con los secretos de la vocación íntima de éste”. Y esta coincidencia será precisamente la que dé cuenta de su autenticidad (PCA: 109-110)[49].

El sentido de la dinámica pasado–futuro se explica desde un idéntico movimiento compensatorio y autenticador. “Presente y futuro –como formas de conciencia [sostiene Canal]– son funciones de elite”. Y sucede que en toda historia hay momentos en que se necesita volver al pasado –luego de otros momentos de abstraccionismo o evasión– en procura del centro auténtico, de las fuentes del ser. “El pueblo vive y habla siempre desde el pasado”. Y es al pueblo a quien se “tiene por depositario de esos bienes que cifran la autenticidad”; bienes que en sus formas culturales reciben el nombre de tradiciones [50](PCA: 111-112).

Coherencia de una trayectoria

Ubicado generacionalmente dentro de la primera vanguardia argentina, Canal perteneció a un grupo de escritores que, en determinada etapa de sus trayectorias, se vuelcan hacia el ensayo con una clara conciencia del sentido ético de su cometido literario. Irrumpen en el panorama cultural del país en la década clave del 30, dejando atrás una escritura de corte esteticista, y se consagran de ahí en más, de modo preferente, a indagar en la problemática de la nacionalidad. Tres de ellos fueron individualizados por Don Luis Emilio Soto como “Los rabdomantes del espíritu nacional”[51]; precisamente Canal-Feijóo, junto a Eduardo Mallea y Ezequiel Martínez Estrada. Esta temática y la aludida actitud ética que asumen, determina en ellos una modalidad enunciativa de rango apelativo en general, con diferentes matices, desde luego, pero que da cuenta de un enunciador en actitud de magisterio. También en este sentido es ilustrativa la coherencia en la actitud de Canal con respecto a sus postulados; frente al profetismo del enunciador taumatúrgico de Martínez Estrada o la apelación encendida del portavoz “iluminado” de Mallea, el “maestro” santiagueño ejercita lo que tiempo atrás denominé una “mayéutica cortés”, encauzada a través de interrogaciones retóricas y una modalización discursiva en base al Modo Potencial y a expresiones verbales o modificadores con valor semántico de duda, probabilidad, suposición, que suavizan la contundencia de las afirmaciones y, fundamentalmente, juegan con la proyección “dialógica”, propia del género ensayo[52].

Por otra parte, Canal puso en práctica, con su propia obra, todos los postulados que sustentan su propuesta de autenticación: buceó en los sustratos ancestrales de su “orbitalidad” santiagueña, estudiando los mitos, leyendas y piezas de alfarería, en procura de percibir recónditas resonancias y descifrar imprevisibles claves culturales; retomó y recreó (en su piezas de teatro[53]) arquetipos populares y rescató tradiciones y consejas del folklore regional, en infatigables pesquisas “de campo”; analizó la trayectoria y la producción de figuras señeras de la cultura nacional (Alberdi, fundamentalmente, Lugones, Hernández y el Martín Fierro[54]). Y en esta tarea –que justifica otro ángulo de análisis de la proficua labor del pensador santiagueño, en el campo de la antropología y la crítica literaria– puso de relieve una vez más no sólo la originalidad de sus análisis e interpretaciones sino su insólito bagaje cultural, adelantado siempre a su tiempo y sobre todo a su ambiente provinciano[55].

El evidente “geocentrismo” –si podemos denominarlo así– que sustenta todos sus postulados, llevó a estudiosos de su hora –como Bruno Jacovella– a enrostrarle su desentendimiento de “toda realidad trascendente”, además de acusarlo de practicar “el diletantismo de la inteligencia”[56]. Y el propio Canal le da en cierto modo la razón. Particularmente con respecto a lo primero, declaró en una entrevista, ante la pregunta ¿Cree en Dios?: –Creo en la creencia de Dios, que muchos saben probar, pero no tengo un Dios para uso personal”[57]. Mientras en “Cultura popular y populismo”[58], manifiesta: “No falta Dios del cielo (Uno y absoluto, enseña el dogma) naturalmente, pero no lo hay tanto como hay Diosa de la Tierra (multiforme y tácita, buscada y rechazada) en el peso específico de la mística elemental del alma creadora americana. Gozosa o fóbicamente más se comulga con ella que con Él, todavía...” Y conjetura al respecto: “Entretanto, quizá sea el sentimiento de un encontrarse suspendido entre las requisitorias de una mística hacia abajo de una Pachamama ineludible, amada y rechazada a la vez; y una mística hacia arriba, de un Espíritu Abstracto inasumido, lo que pueda dar cuenta de esa notoria especie de conciencia desdichada característica del americanismo del genio argentino que ha acertado a cifrarla en ya no pocas fórmulas felices” (86). Octavio Corvalán, por su lado, define a nuestro pensador por “la pasión mediterránea” y adjudica a su obra intelectual una “dialéctica de raíces y de alas, de tierra y aire”[59]. Sin duda las personales teorías e interpretaciones de Canal-Feijóo pueden no compartirse, o resultar incluso antojadizas para científicos a “rajatabla”, y podemos también sentir como una ausencia la falta de un remate trascendente para su empinado pensamiento; pero el rigor de la investigación y la documentación que lo sustentan, y la brillantez y originalidad con que razona y argumenta resultan irrefutables[60]. Del mismo modo que es innegable la coherencia entre vida, obra y teoría en la trayectoria de este estudioso santiagueño, consagrada a pensar apasionadamente su país, desde el triple horizonte de la pertenencia regional entrañable, la americanidad y la universalidad.

Bibliografía (*)

Obras de Bernardo Canal-Feijóo:

Poesía:

  • Penúltimo poema del fútbol. Santiago del Estero: Ramón Rivas, 1924 (Ilustraciones del autor).

  • Dibujos en suelo. Buenos Aires: Juan Roldán y Cía., 1927.

  • La rueda de la siesta. Buenos Aires: El Inca, 1930.

  • Sol alto. Buenos Aires: La Facultad, 1931.

  • La rama ciega. Buenos Aires. Compañía Impresora Argentina, 1942.

Teatro:

  • Pasión y muerte de Silverio Leguizamón. (Mito popular heroico). Buenos Aires. Compañía Impresora Argentina, 1937.

  • Los casos de Juan (El ciclo de la picardía criolla). Buenos Aires: Compañía Impresora Argentina, 1954.

  • Tungasuka. (Tragedia americana en tres jornadas). Buenos Aires: Argentores, 1968.

  • Los cuentos de Don Andrónico. (Edición de Mercedes Falcón). Revista Prisma/Cabral. University of Maryland, Nº 9-10, Spring, 1983.

  • Asesinato en el palacio. (Cantata trágica). Cuadernos de Cultura Santiago del Estero. Año XXIV, Nº 30 Santiago del Estero, Municipalidad de Santiago del Estero, Subsecretaría y Dirección de Cultura, mayo, 1994.

Ensayo:

  • La unidad de procedimientos judiciales en la República Argentina. Santiago del Estero: Ramón Rivas, 1918.

  • Ñan. Revista de Santiago, Nº 1, Santiago del Estero: La Brasa, 1932.

  • Nivel de historia y otras proposiciones. Ñan, Nº 2, Santiago del Estero: El Liberal, 1934.

  • Ensayo sobre la expresión popular artística en Santiago del Estero. Buenos Aires: Compañía Impresora Argentina, 1937. (Primer Premio de la Comisión Nacional de Cultura , Zona Centro).

  • Mitos perdidos. Buenos Aires: Compañía Impresora Argentina, 1938.

  • El reverso humorístico de la tristeza criolla. Santa Fe: Universidad, 1940.

  • El norte (Antología. Selección y prólogo de B.C.F.). Buenos Aires: Emecé, 1942.

  • La expresión popular dramática. Tucumán: Facultad de Filosofía y Letras (serie “Cuadernos de Historia”, 2), 1943.

  • Proposiciones en torno al problema de una cultura nacional argentina. Buenos Aires: Institución Cultural Española, 1944.

  • De la estructura mediterránea argentina. Buenos Aires: Ed. del autor, 1948.

  • Teoría de la ciudad argentina. Idealismo y realismo en el proceso constitucional. Buenos Aires: Sudamericana, 1951.

  • Burla, credo y culpa en la creación anónima. Buenos Aires: Nova, 1951.

  • Confines de Occidente. Notas para una sociología de la cultura americana. (Reelaboración muy ampliada de Proposiciones en torno al problema de una cultura nacional argentina). Buenos Aires. Raigal, 1954.

  • Constitución y revolución. Buenos Aires: F.C.E. 1955.

  • Una teoría teatral argentina. Buenos Aires: Fray Mocho, 1956.

  • Integración constitucional argentina. Universidad Nacional de La Plata, 1957.

  • La frustración constitucional. Buenos Aires: Losada, 1958.

  • Alberdi y la proyección sistemática del espíritu de Mayo. Buenos Aires: Losada, 1961.

  • Los fundadores. (Antología. Selección y prólogo de B.C.F.). Buenos Aires: CEAL, 1967.

  • La literatura virreinal. En Historia de la literatura argentina. Buenos Aires: CEAL, 1967.

  • La leyenda anónima argentina. Buenos Aires: Paidós, 1969.

  • De las “aguas profundas en el Martín Fierro. Buenos Aires: Fondo Nacional de las Artes, 1973.

  •  “La gran metáfora nacional. ¿Dónde estamos?”. (Discurso de recepción como académico de la Academia Argentina de Letras). En Boletín de la Academia Argentina de Letras, Tomo XL, Nº 157-158, Julio-diciembre, 1975, pp. 265-281.

  • Lugones y el destino trágico. Erotismo, teosofismo, telurismo. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

  • Fundación y frustración en la historia argentina. Buenos Aires: Juárez Editor, 1977.

  • El canto de la ciudad. Buenos Aires: Albino y Asociados, 1980.

  • En torno al problema de la cultura argentina. (Reedición, sin variantes –no hay advertencia del editor en tal sentido– de Confines de Occidente), Buenos Aires: Docencia, 1981.

Inéditos:

  • Ensayo sobre Baudelaire (inconcluso; en Archivo en poder de su hija Adriana Canal-Feijóo).

 

Sobre Canal-Feijóo.

  • Arias Saravia, Leonor, “Bernardo Canal-Feijóo o el reverso de la antinomia sarmientina”. En Actas Congreso Nacional de Literatura Argentina. Tucumán, Dirección General de Cultura. Departamento de Literatura, 1980.

  • ______. “Algunos ejes clave en la ensayística de Bernardo Canal-Feijóo”. En Homenaje a Augusto Raúl Cortazar. Instituto de Literatura Regional “Augusto Raúl Cortazar”. Universidad Nacional de Salta, Facultad de Humanidades. 1998.

  • ______. y Chibán, Alicia, “Discursividad e interpretación histórica en tres ensayistas de la argentinidad”. Actas de las II Jornadas regionales de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales. Universidad nacional de Jujuy, 1994.

  • ______. La Argentina en clave de metáfora. Un itinerario a través del ensayo. Buenos Aires: Corregidor, 2000. (Segunda Parte, III, 2.2. “El fondo postergado”, III. 2.4. “El silencio de la co-raíz indígena, según B.C.F.”, III. 5. “El vuelo – la abstracción vs. la realidad – la tierra americana y III. 6. “Las consignas de la autenticación”, especialmente).

  • Corvalán, Octavio, La obra poética de Bernardo Canal-Feijóo. Universidad Nacional de Tucumán Facultad de Filosofía y Letras, Cuadernos de Humanitas, 50, 1976.

  • ______. Bernardo Canal-Feijóo o la pasión mediterránea. Santiago del Estero: Universidad de Santiago del Estero, 1988.

  • Falcón, Mercedes, El teatro de Canal-Feijóo. La tradición oral y el discurso histórico en cuatro textos dramáticos. Buenos Aires: Ed. El Caldero, 1992.

  • Gorelik, Adrián, “Mapas de identidad. La imaginación territorial en el ensayo de interpretación nacional: de Ezequiel Martínez Estrada a Bernardo Canal-Feijóo”. Prismas. Revista de historia intelectual. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes. Año 5, Nº 5, 2001, pp. 283-312.

  • Rafael, Juan, Conversando con Bernardo Canal-Feijóo. A 150 años de la Constitución Nacional. Buenos Aires, Ed. Dunken, 2003.

  • Rivas, José Andrés, “Dos lejanas conferencias de B.C.F.”. Estudios de Literatura santiagueña. Santiago del Estero: Dirección de Cultura de la Provincia, 1987.

  • ______. El ojo detrás del espejo. La poesía de Bernardo Canal-Feijóo. Universidad de Santiago del Estero, 1997.

  • Soto, Luis Emilio, “Los rabdomantes del espíritu nacional”, en Crítica y estimación. Buenos Aires: Sur, 1938.

  • Videla de Rivero, Gloria, “Los problemas de la cultura argentina según Bernardo Canal-Feijóo. Revista de Literaturas Modernas. Tomo XVI, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Literaturas Modernas, 1983.

 

(*) Sólo se registra la Bibliografía –tanto de Canal-Feijóo como sobre su obra– édita en libro, folleto o incluida en Actas, Volúmenes de Homenaje, Historias de la literatura. En Notas, se cita alguna bibliografía específica y complementaria de interés. El Doctor Ramón Leoni Pinto elaboró un pormenorizado registro de las publicaciones de y sobre el autor, aparecidas en diarios y revistas; desconozco si está publicado y dejo constancia de que tuve acceso a él por la generosidad de este estudioso, lo mismo que a parte del archivo del propio Canal- Feijóo, por gentileza de su hija Adriana.

 

Notas

[1] Los poemarios Penúltimo poema del fút-bol y Dibujos en el suelo. (En el segundo de ellos se incorporan, además, las experiencias como piloto de avión, del joven Canal).

[2] Desde “La Brasa” [que nace en 1925 y “lentamente [...] se extingue” cuando Canal parte para radicarse en Buenos Aires (C. de Hamann, Marta, p. 189)] se organizaban ciclos de conferencias, para los que se convocó a disertantes de primer nivel internacional, como Waldo Frank, Hermann Keyserling, Roger Caillois (contaron con el apoyo de V. Ocampo y de Sur); se editaba un periódico mensual y libros de diverso carácter, literario y científico, obra de sus integrantes; se organizaban exposiciones y se prestaba apoyo a cuanta “actividad espiritual” lo mereciera. (Cf. Marta Cartier de Hamann, La Brasa”: una expresión generacional santiagueña. Santa Fe: Ed. Colmegna, 1977).

[3] Cf. el Apéndice de De la estructura mediterránea argentina, del mismo Canal (cf. Bibliografía).

[4] Primer Premio de la Comisión Nacional de Cultura (1938), Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires (1944), Segundo Premio de la Dirección Nacional de Cultura (1958), Primer Premio Losada (1962), Gran Premio de Honor de la SADE (1963), Primer Premio Nacional de Teatro (trienio 1962/64), Premio Pluma de Oro de la Fundación Argentina para la Poesía (1980), Premio Sixto Pondal Ríos (1981), Premio de la Agrupación Cultural Gente de Letras (1981).

[5] El autor habría seguido cultivándola, pero no volvió a reunirla en libro. Cabe destacar que desde el tercer título, La rueda de la siesta, la temática y la escritura de Canal poeta acusan una significativa evolución, con respecto a sus comienzos vanguardistas. En consonancia con las preocupaciones centrales y reincidentes que darán la tónica a toda su producción desde la temprana madurez de nuestro escritor, su poesía se nutrirá a su vez de la problemática regional–argentinista–americanista, que es su veta más característica.

[6] Canal es un manifiesto introductor de neologismos: miraje, certitudes, aboriginal, raizal, despaisada, descomprendida, desapoderación, virreinaría, monstruógeno, macropolitano, insurmontable, doctrinada, jurística, vocacionado/a, enfrontados, indecisorios, caducibles, frustráneos, ingencia, civilizatriz, ciudadanizador/a, entre otros (de carácter eminentemente morfológico, como se aprecia), además de un muy conspicuo usuario de la lengua; la vastedad y justeza en cuanto a la referencia etimológica de su vocabulario son notables.

[7] Texto reelaborado, diez años después, bajo el nuevo título de Confines de Occidente, versión ésta reeditada, casi treinta años más tarde –sin variantes– como En torno al problema de la cultura argentina (1981) (cf. Bibliografía). Citaremos por la única edición de la primera versión (1944) y por la sigla PPCNA, cuando se trate de partes no incluidas en la versión definitiva; en los restantes casos, nos atendremos a la edición de 1981 con la sigla PCA .

[8] Se trata del volumen segundo –y último– de una publicación iniciada con intención de periodicidad, y cuyo nombre es, en realidad Ñan –del quichua, “camino”–; pero en esta segunda entrega prevalece el nombre de uno de los estudios que integran el tomo –y no el de mayor extensión–, por sobre el título original. (Esta publicación, encarada como una convocatoria a los intelectuales del medio a colaborar con estudios interdisciplinarios sobre la realidad santiagueña, cristalizó en sus dos únicas entregas con trabajos debidos a la sola pluma de su promotor). Enadelante citará por la sigla NH.

[9] Cabe apuntar que, en orden a esta categorización, el calificativo nacional resulta llamativamente circunscripto a lo pre-determinado, como supuesto de la nacionalidad, lo que no parecería aplicable a la visión global del autor sobre esta problemática, visión mucho más matizada y hasta adelantada a su tiempo, como se apreciará más adelante, en relación con textos posteriores.

[10] Canal apunta que usa este lexema “en un sentido muy intaxativo”; es decir –colegimos– con una connotación de no mera tipología biológica.

[11] Este ensayo nació a pedido de José Luis Romero, para integrar una publicación de la Institución Cultural Española, junto a otros dos estudios, del propio Romero y de Augusto Raúl Cortazar, sobre el tema de los “contactos culturales”.

[12] El autor destaca al respecto: “... el haber llamado a América “Nuevo Mundo” contenía una intuición fundamental que todavía escapa a muchos” (1934: 20).

[13] Adrián Gorelik, desde un original enfoque (basado en la categoría de mapas de identidad, que caracteriza el modo peculiar de interpretar el país, a partir de lo que denomina la “imaginación territorial”), extrapola de la perspectiva de Canal un esquema susceptible de oponerse al utilizado por Martínez Estrada en su ensayo por antonomasia. Mientras en Radiografía de la pampa la composición de los “mapas de identidad” responde a un “espiral sincrónico (sic) de planos superpuestos”, la perspectiva de Canal ofrece “una secuencia de planos sucesivos correspondientes a épocas históricas, que explican el pasado y el presente y conducen a un proyecto de país futuro” (2001: 307; destacado mío). Gorelik califica de “Atlas” a este esquema, cuya “estructura general” aparecería “realizada en Teoría de la ciudad argentina” específicamente (no lo refiere a los textos que estamos considerando, con los que no obstante cabe relacionarlo).

[He encontrado muchos puntos de contacto en el enfoque de este investigador, cuyos estudios llegaron mis manos estando ya prácticamente armado este trabajo, con respecto a mis personales apreciaciones sobre el tratamiento de esta temática por parte de nuestros ensayistas, en mi Tesis Doctoral La Argentina en clave de metáfora (cf. Bibliografía)], y en “Desterritorialización/reterritorialización, parámetro identitario de la argentinidad” (en Biagini, H.E. Roig, A.A., El pensamiento alternativo en la Argentina del Siglo XX. Buenos Aires: Biblos, 2004, Tomo I)].

[14] Debe destacarse al respecto, la aparente contradicción entre las afirmaciones sobre la condición “a-histórica” del aborigen –aunque siempre remitida a los parámetros en vigencia– apuntadas en Proposiciones y las referencias a la cuestión incluidas en Ensayo sobre la expresión popular artística en Santiago (1937), varios años anterior. Afirma allí, en el capítulo titulado precisamente “Medida espiritual del aborigen “sin historia” ”:

Los indios de esta parte del continente “no tenían historia”... Qué concepto puramente espectacular de la historia no supone este curioso dictado [...].

Ciertamente, los aborígenes que encontraron los españoles en estas comarcas no desplegaron ante los ojos de los conquistadores el cuadro monumental e intelectual que fue su pasmo en Méjico, Centroamérica y el Perú, y que hablaba tan elocuentemente de una larguísima “historia” de las civilizaciones locales. No tenían, en verdad, una historia escrita o dibujada en forma de grandes ciudades de piedra, o en una organización política unitaria y compleja, como la que tan claramente ostentaban aquellos otros pueblos. [...]

Pero el que no tuviesen una historia objetivada en esos signos, no puede significar que no tuviesen “su” historia. La tenían, obviamente. [...]

[...] en la sangre, en hábitos sociales bien definidos, en más de una acabada aptitud industrial, en una “ciencia” general de los recursos del medio, y sobre todo en formas de expresión espiritual que ahora vemos que se hermanan con las que corresponden a culturas indígenas caracterizadas (1937: 31-31).

[15] Cabe puntualizar que el propio Canal le reconoce a Adán Quiroga –jurista y poeta, dedicado como él a los estudios históricos y antropológicos– haber sido “quizá el primero en representarse la historia de la Conquista, no en la inveterada perspectiva unilateral de la historiografía oficial, de una hazaña de “civilizados” lanzados contra “bárbaros” en misión redentora, sino como choque de razas y culturas heterónomas, con magnitudes de epopeya vista de uno y otro bando, y de mayor ejemplaridad enfocado desde el bando indígena” (“Los grandes epígonos de ‘El 80’”, en La Prensa, 30 de noviembre, 1980).

[16] Canal alude a una “doble faz del sensualismo español”, derivada del hecho de que el llamado “demonismo medieval” desemboca en la edad moderna atravesado por la corriente del nuevo misticismo; con lo que se daría, por un lado, “una especie de hiperestesia de lo corporal”, y por otro, “una vocación extática, en raro transporte de abstracción de la sensualidad, de una verdadera sensualidad de lo abstracto” (1981: 48).

[17] Canal colaboró, junto a su gran amigo, el Doctor Mariano R. Paz, en la traducción de la significativa obra La civilización Chaco-Santiagueña y sus correlaciones con las del Viejo y Nuevo Mundo, de los hermanos Wagner, editada en 1934. Por esta tarea los autores recibieron del gobierno francés la distinción de “Caballeros de la Legión de Honor” y los traductores, la de “Oficiales” de la misma. Hay que aclarar que nuestro autor no suscribía todos los supuestos de la teoría de los Wagner (particularmente en el sentido de que habría existido una civilización chaco-santiagueña autónoma y más antigua que la andina), pero fue un entusiasta difusor del interés por el estudio de estas cuestiones que despertaron y de los caminos que abrieron en cuanto a su revalorización.

[18] Cf. pág. 57, donde entre otras consideraciones, apunta: “No quedaría yo tranquilo si no advirtiera que la precedente caracterización de la doble raíz inicial de la formación típica y cultural argentina, no puede dejar de ser extremadamente limitada y convencional [...]. Mientras el método interpretativo es directo para [...] [“el presunto principio superior de la formación” –el del conquistador–], para el segundo [el del conquistado] debe ser cuando menos analógico, y partir de una premisa muy sui generis de “primitivismo”, no menos hipotética y prejuiciosa en sí misma”.

[19] En el texto de Proposiciones se introduce bajo el subtítulo “Una extraordinaria etapa histórica” (p. 46).

[20] Es de destacar la coincidencia con los planteos de Ezequiel Martínez Estrada al respecto, en Radiografía de la pampa, más allá de las insoslayables diferencias de valoración perceptiva entre ambos autores.

[21] El autor destaca al respecto que “el fantasma del “desierto”, como dato constitucional, [...] recibe su bautismo nominal en el notable congreso “unitario” de 1826” (1951: 186).

[22] En Teoría de la ciudad argentina (ibíd. nota anterior). En adelante se citará por la sigla TCA.

[23] Ambas citas de Alberdi corresponden al cap. XV de las Bases.

[24] Resulta procedente señalar la lucidez con que –tan prematuramente, en relación con las actuales teorías sobre las “nacionalidades”– Canal percibe la dimensión “imaginaria” de la nación, en tanto proyecto o “constructo”.

[25] Bases, cap. XXX.

[26] “La nueva colonización inmigratoria”, subtítulo en Proposiciones; “segunda colonización” a secas, sin configurar subtítulo, en Confines de Occidente/ En torno al problema de la cultura argentina, p. 68.

[27] Vale destacar que, en la segunda versión (Confines/En torno), se agrega un último párrafo en el apartado en el que se trata este punto, con una reflexión ponderativa y esperanzada, que resulta un tanto abrupta como corolario de las afirmaciones precedentes: “¿A la inmigración le habría faltado [...] algo así como una razón teórica y orgánica previa y profunda [...]? Esta falta –casi totalmente providencial en el siglo que teorizó las jerarquías diferenciales de las razas y el struggle for life, y marchaba en alas de los imperialismos– es el suceso tal vez más favorable para el destino americano, y el que acaso da la clave de algún rasgo presente que haga la mayor excelencia del carácter general” (PCA: 69).

[28] “Figura interpretativa”, así categorizada en mi Tesis Doctoral La Argentina en clave de metáfora (2000; cf. Bibliografía), en la que le dedico un apartado especial (S. Parte, III. 5: El vuelo–la abstracción vs. la realidad–la tierra americana”, pp. 591 y sgtes.). Canal remite la tendencia “levitativa”, “idealizadora” al topónimo debido a Martín del Barco Centenera, que habría devenido en “cauta profecía”, dejando “definitivamente designado el cuño platónico, o algo así como la matriz capital [...] de las representaciones más genuinas o auténticas del espíritu argentino ( 1977: 98).

[29] Autor al que dedica dos libros fundamentales: Constitución y revolución (1955) y Alberdi y la expresión sistemática del espíritu de Mayo (1961).

[30] En adelante se citará por la sigla MN.

[31] En el capítulo “Filosofía y metáfora constitucional”.

[32] En Escritos Póstumos. Vol. VIII. Buenos Aires: Imp. J.B.Alberdi, 1900 (p.568).

[33] Cf. nota 31. A la vez que reconoce “un fondo poemático esencial” en las Bases de Alberdi, que le sugiere comparaciones con Whitman (cf. MN: 272).

[34] Hay que destacar que Ricardo Rojas adelantó un enfoque similar, aunque sin llevarlo al grado de desarrollo que le procura éste. En el capítulo “La tiranía de Rosas”, en el volumen Los Proscriptos, de su Historia de la Literatura Argentina, apuntó: “Concibo la historia [nacional], no como una lucha entre la civilización y la barbarie, abstracciones mitológicas que no tienen realidad separadamente; sino como una transformación paulatina de la realidad animada y moldeada por el ideal” (1957, vol. V, p. 279; destacado mío).

[35] De modo particular su comprovinciano Ramón Leoni Pinto, en el artículo “Bernardo Canal-Feijóo. Obra historiográfica. Valor de su teoría y método de análisis” (La Gaceta, Tucumán, 9 junio, 1991). Este estudioso destaca además que Canal-Feijóo se habría adelantado, por su teoría y método de trabajo, a las corrientes historiográficas de su tiempo, y puntualiza especialmente la significación que concede al espacio, el enfoque temporal de “larga duración”, el uso de “las mal llamadas ‘ciencias auxiliares’” (la sicología, filología y semiótica, entre otras ya mencionadas), las fuentes en las que abreva, normalmente desestimadas (como la literatura popular y la tradición oral), además de reputarlo como el primero en concebir una “historia provincial” integral. (Referencias debidas, además de al artículo citado, a exposiciones del Dr. Leoni Pinto).

[36] El único además, hasta donde me consta, que ha dedicado un estudio al análisis de la totalidad de la obra del autor, además de otros estudios sobre aspectos parciales de la misma (cf. Bibliografía).

[37] Texto que, en su concepción original, respondía en realidad a un plan más amplio, para el que el autor había previsto el título de Sociología mediterránea argentina (como él mismo lo apunta en el prólogo).

[38] Integración constitucional argentina (1956) y “El cefalópodo nacional” (1968) , especialmente.

[39] Canal postula, como criterio amojonador de las cuidades nacidas bajo este signo, el cambio de tonada dialectal de las primitivas poblaciones aborígenes, ya que no habría operado un criterio de necesidad militar o de asistencia. Aquel criterio de distancia tonal se combinaría con el de distancia geográfica, la necesaria para hacer desistir de cualquier intento de abandonar los nuevos núcleos poblacionales (cf. Teoría de la ciudad argentina, op. cit.: pp. 18 y sgtes.).

[40] Es interesante apuntar la observación de Canal en el sentido de que “en 1880, Buenos Aires se imponía formalmente [...] como la capital biológico–política del país hacia lo ancho, no hacia lo largo”. Su “poder capitante” “no alcanzaba al Sur patagónico” (“sólo irradiaba sobre el torso del país, no alcanzaba a sus miembros inferiores”). Y alude a la Tercera Ciudad, que “había faltado ganar”, la de la tercera dimensión longitudinal del país, la Ciudad Austral por antonomasia” (TCA: 131).

[41] En adelante se citará por la sigla CN.

[42] Supondría una típica actitud “deconstructora”.

[43] Lo que, en última instancia –colegimos–, reproduciría el proceso del gigantismo porteño, según lo explica el propio Canal: “La eficaz política contrageográfica (esgrimida como antídoto y represalia contra el “miedo instintivo e ideológico” “a la desmesura geográfica”) habría conducido al agigantamiento de Buenos Aires (1951: 262).

[44] Lo que se puso especialmente de manifiesto en el Congreso sobre la obra del autor, organizado por la Universidad Nacional de Santiago del Estero, en agosto de 1988.

[45] Apunta al respecto Marta Cartier de Hamann: “Canal es un hombre penetrante, sagaz, observador, incisivo. Sabe descubrir relaciones entre las cosas de un modo imposible de prever” (op.cit.: 189) (cf. nota 2).

[46] Esta voluntad “transformdora” del statu quo por parte de Canal, lleva al antes citado Adrián Gorelik a ubicarlo dentro del pensamiento “planificador”; sus postulados implicarían la superación del “diseño constitucional”, “biológico”, por el “diseño planificador” (cf. “Buenos Aires y el país: figuraciones de una fractura”; en La Argentina en el siglo XX, Carlos Altamirano (ed.). Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes, 1999). Se trata de una propuesta de “planificación regional” que lo ubica –siempre siguiendo a Gorelik– en la línea de Juan Álvarez, como referente nacional, (con su visión histórica alternativa de las de Mitre y el revisionismo histórico, en la que se puntualiza el desajuste entre los límites provinciales y las “regiones naturales”, supuesto clave para Canal) y en el orden internacional, en la de Lewis Mumford, cuya concepción de la región como “obra de arte colectiva”, heterogénea y múltiple, en permanente intercambio con sus centros urbanos, apuntala la propuesta “reformista/progresista” que reconoce al ensayista. Este tipo de pensamiento “planificador”, que después sería retomado por el “desarrollismo”, configuraría –en el esquema de Gorelik– la segunda escala en la evolución del pensamiento social sobre la ciudad, en el siglo XX, en América Latina (cf. “Cultura urbana y pensamiento social en América Latina”, presentación en el Seminario del Centre of Latin American Studies, Cambridge, 27 de mayo, 2002).

La postura y la filiación intelectual del pensamiento de Canal llevan a Gorelik a definirlo –muy acertadamente a mi juicio– como “un hombre del interior, convencido de la potencialidad simbólica que encierra su ciudad natal”, pero a la vez como “una personalidad cosmopolita y moderna, reacia al tradicionalismo en que iría a derivar buena parte de la intelectualidad [identificada] con las mismas causas” (2001: 300).

[47] El propio autor lo puntualiza explícitamente, en el último capítulo de su Teoría de la ciudad argentina: “El presente ensayo corresponde a una serie en su mayor parte inédita [así lo manifiesta en esa oportunidad], dedicada a la busca de una autenticidad en el ser y la historia argentinos” (251). No obstante, con su característica ponderación, Canal no llega a calificar directamente de “inauténtica” –pese a las constataciones puntualizadas– a la cultura argentina; habla de un “déficit” cultural, de “una demanda de autonomía mal discernida y desoída, de un sujeto potencial postergado” (PCA: 108), en las mejores expresiones del pensamiento americano.

[48] En la versión de 1975 dice: “...vuelo transmarino...” (281).

[49] En el mismo texto, el autor puntualiza, páginas antes, “la soledad del pensador argentino” (99 y sgts.); vale destacarlo.

[50] En un trabajo veinte años posterior al que registra estas premisas, se referirá con manifiesto desencanto, a la deformación contemporánea del pueblo en masa y a los nefastos efectos del “populismo” (“Cultura popular y populismo” (en Bayer, Osvaldo y otros. El populismo en la Argentina. Buenos Aires: Plus Ultra, 1974). Gorelik, que aprecia evidentemente las proyecciones y la apertura modernizadora de las propuestas de Canal, señala no obstante una “contradicción” (particularmente en sus trabajos de la primera etapa), dada por “la tensión entre la visión negativa de la cultura que produjo la situación de fractura del país [...] y la creencia optimista en su superación a través del instrumento modernizador por excelencia, la planificación, como si ésta pudiera ser llevada adelante por actores sociales que no tuvieran que ver con la situación que se llama a superar ni fueran su producto” (2001: 311; destacado mío).

[51] En Crítica y estimación, Buenos Aires, Sur, 1938, p. 75.

[52] Del tipo “¿no será?”, “parece ser”; “quizá”. Atendí a estos aspectos en La Argentina en clave de metáfora (op. cit.) y en trabajos específicos sobre estos autores.

[53] Pasión y muerte de Silverio Leguizamón (Misterio popular) y Tungasuka (Tragedia americana). En su obra dramática póstuma Asesinato en el palacio (Cantata trágica) evoca las figuras de Sarmiento y Urquiza.

[54] Con respecto a Alberdi cf. nota 29; sobre Hernández, De las “aguas profundas” en el Martín Fierro; sobre Lugones, Lugones y el destino trágico. Erotismo, teosofismo, telurismo. Dedica además medulosos medallones a Rivadavia, Echeverría, Rosas, San Martín y Sarmiento, en el apartado final del citado Alberdi o la proyección sistemática del espíritu de Mayo, bajo el subtítulo “Figuras de la pasión argentina” (cf. Bilbiografía).

[55] Como lo destaca el citado Octavio Corvalán, Canal es también un precursor en cuanto a los intentos de interpretación de mitos precolombinos a partir de los aportes metodológicos más avanzados entonces. En Mitos perdidos se aplican por primera vez las enseñanzas de Freud en Totem y Tabú a un mito americano y se da cuenta de la vastedad de la bibliografía manejada sobre el tema. Y en los textos sobre Martín Fierro y Lugones, nuestro autor se embarca en sorprendentes explicaciones, a partir de la relación con la masonería, en el caso de Hernández, y con el esoterismo teosófico, en el de Lugones.

[56] “Es un neutro, un epiceno del espíritu. Escribe y no es escritor, investiga y no es científico, persigue universalidades y no es filósofo. No es más que un diletante, y el fruto del diletante es el ensayo”, llega a afirmar Jacovella, en el incisivo perfil intelectual “Canal-Feijóo o las Miserias de la Inteligencia” (artículo periodístico s/d; tomado del archivo de Canal-Feijóo).

[57] “‘Busco un símbolo de lo americano’, dice B C-F”, por Hugo Ezequiel Lezama, en diario El Mundo, Buenos Aires, 23 de junio, 1960.

[58] Cf. Nota 50.

[59] Cf. título del libro op. cit., de 1988. Allí completa la última apreciación en estos términos: “ha logrado una dichosa conjunción entre lo raigal y lo fugitivo, entre lo denso y lo etéreo. Nada humano le es ajeno, pero su punto de apoyo es siempre su contorno (p. 113).

[60] Debe recordarse que los ejes rectores de la problemática en la que centró su ensayística, la “cultura nacional”, entroncan con enfoques adelantados por otros estudiosos de los sustratos nacionales, provincianos mediterráneos como él, muy particularmente su cuasi comprovinciano Ricardo Rojas (cf. nota 34) y el poco recordado sanjuanino-catamarqueño-tucumano Adán Quiroga (cf. nota 15), a los que dedicó algunos trabajos, lo mismo que Joaquín V. González; pero desde luego que todo lo que se incorpora al sistema interpretativo de nuestro autor, funciona iluminado por la luz de su personal impronta.

 

Leonor Arias Saravia de Perramon
Actualizado, febrero 2007

 

© 2003 Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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