El
pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina
"Bernardo Canal-Feijóo:
la “autenticación” de la cultura"
Leonor Arias
Saravia
Apuntes biográficos
Bernardo Canal-Feijóo representa un
caso particular dentro del ensayismo argentino, fundamentalmente por su
condición de hombre de “tierra adentro”, pues ésta marca indeleblemente
el tenor y las proyecciones de su pensamiento; pero también por la
originalidad y coherencia de sus postulados y por la variedad de cauces
discursivos que escogió para trasmitirlos.
Nacido en Santiago del Estero,
tres años antes de que finalizara el siglo XIX (el 23 de julio de 1897),
cursó sus estudios secundarios y universitarios en Buenos Aires, donde
se doctoró en Jurisprudencia y Ciencias Sociales en 1918. Durante esta
primera estadía juvenil en la Capital, se conectó con los grupos de
poesía vanguardista, tendencia que marcó sus primeras manifestaciones
literarias.
De regreso a su Santiago natal, permanecerá allí hasta sus cincuenta
años, abocado a una ingente e ininterrumpida labor de investigación y
producción literaria. Paralelamente, y mientras ejercía como medio de
vida su profesión de abogado, desarrolló una incansable y visionaria
actividad de proyección cultural y cívico–social, a través de
instituciones que marcaron hitos en la historia de la provincia
santiagueña. Una de ellas es La Brasa, entidad empeñada en
promover las actividades del espíritu que nucleó a un grupo de hombres
de la cultura y a artistas, con el protagonismo evidente de nuestro
autor;
otra, de alcance regional, P.I.N.O.A. (Planificación Integral del
Noroeste Argentino),
constituida por profesionales de diversas áreas preocupados por la
promoción, a partir de un proyecto sistemático, de esa postergada región
mediterránea.
Canal cumplió funciones
directivas en diversos ámbitos educativos: Consejo de Educación de
Santiago del Estero, Facultad de Humanidades de la Universidad de La
Plata, Departamento de Actividades y Relaciones Culturales de la
Universidad de Buenos Aires, y en instituciones literarias de jerarquía:
Pen Club y Academia Argentina de Letras, cuya presidencia ocupaba al
momento de su muerte, el 10 de octubre de 1982.
Pese a la escasa circulación
que tuvo su obra, signada por una suerte de recato provinciano en cuanto
a su difusión, recibió numerosas distinciones nacionales, en particular
por su producción ensayística y dramática.
El pensamiento del autor: Regionalismo y universalidad
Fueron éstos –la ensayística y la
dramaturgia– los dos cauces discursivos más persistentes en el autor, a
partir de 1942, fecha en que apareció su quinto y último libro de poesía
(La rama ciega),
y es sin duda el ensayo el género que lo define por excelencia, y
el más a propósito para el discurrir de su pensamiento, siempre
movilizado por interpretaciones sorprendentes, de cuño absolutamente
personal, y expresadas a través de un decir cadencioso y expansivo, al
que podríamos reconocer cierto barroquismo y un notorio regodeo en la
búsqueda de la palabra y el giro exactos.
Para Canal, el hombre es,
fundamentalmente, un “ser situado”, que sólo puede realizarse en su
dimensión esencialmente humana –la de la cultura– a partir de una
interrelación con el entorno geográfico que le sirve de contexto
existencial. Desde esa perspectiva, que reconoce antecedentes conspicuos
en Hegel y Heidegger particularmente, postula, ya en el primero de los
estudios que dedica al tema de la “cultura nacional” (Proposiciones
en torno al problema de una cultura nacional argentina, 1944),
la necesidad del regionalismo –entendido como “diálogo inmediato
del espíritu con la realidad localizada de la naturaleza y de la
historia”(PPCNA: 14)–, como exigencia para la “justificación” de la
cultura. Incluso como sustrato sine qua non para que una cultura alcance
“universalidad”.
Este supuesto clave en su
perspectiva antropológico–sociológica se irá afianzando a la par que sus
persistentes e incisivos análisis sobre el proceso cultural de
Hispanoamérica –y de la Argentina en particular– le van revelando
ciertas anomalías en cuanto a la relación hombre–tierra en estas
latitudes. Canal aprecia, en una publicación muy temprana, Nivel de
historia (1934),
que la circunstancia de que los conquistadores españoles llegaran a
tomar posesión de una geografía “baldía”, marcaría el modo peculiar de
relacionarse con ella en lo sucesivo.
La dinámica de la historia
En ese mismo estudio plantea su
concepción de la historia, con parámetros en consonancia con los que
apuntalan su visión del hombre en tanto creador de cultura; puesto que
la historia no es otra cosa que el cauce en el que se desarrolla todo
proceso cultural. Para él, el aludido nivel de historia del
título “se da” “en las proporciones de [una] doble relación” (NH: 25),
determinada por el “juego sinérgico” de dos tipos de “factores”, cuyo
“producto” es precisamente “la historia”. Éstos son: los factores
naturales (físicos, étnicos, demográficos) y los factores
artificiales (técnicos, económicos y políticos, espirituales o
culturales) (NH: 16).
Acota el autor que los primeros
“podrían también denominarse nacionales”
mientras los segundos “son voluntarios y en más o menos grado
universales” (NH: 17; dest mío). Y también, que “un sentido general
de la historia podría ser el de que tiende a artificializarse”, pues en
este “juego sinérgico” en el que se resume la dinámica de la historia,
“los factores artificiales [que] surgen como una respuesta eventual a
los factores naturales”, tienden progresivamente a prevalecer sobre los
primeros (NH: 16-17). Se trataría, siempre siguiendo la taxonomía de
Canal, del paso del hecho al acto, definidos así:
La medida en que la acción
de los factores naturales coacciona y supera a la acción
de los factores artificiales o voluntarios, es el
hecho. La medida en que estos últimos resisten y se sirven
de los factores naturales, es el acto (NH: 24;
dest. mío).
Y el corolario en prospectiva que
se desprende de estos postulados es que “la historia futura se habrá
redimido de la geografía, cuando menos” (NH: 17).
El antedicho “juego sinérgico”
reproduce, en dimensión colectiva, la dinámica hombre–espacio/ hábitat
puntualizada en primer término, pues supone la inextricable
interrelación entre la geografía y la historia, clave en la perspectiva
de Canal. [“Toda historia –afirma en el mismo texto que estamos
parafraseando–, cada historia, ocurre en un lugar, – y no en cualquier
lugar, sino en un lugar muy preciso siempre: tiene “su” geografía” (NH:
18)]. Pero al centrar nuestro autor el foco de sus análisis en la
instancia fundacional de esta sección de Hispanoamérica, arriba a
constataciones sorprendentes, como se adelantó. Cuando se está en la
etapa inicial de un proceso, se impone ubicar como elementos
protagónicos de ese “trágico diálogo del comienzo”, de “esa decisiva
encarada” –como él la califica–, a “los dos primeros elementos
naturales: la tierra y la raza”;
instancia “decisiva”, pues “un primer destino provisorio de la historia
saldrá modulado de allí” (ibíd.). A los ojos de este intérprete, tal
“diálogo” presentará características muy peculiares en este caso:
Por una parte, tendrá lugar no más
que entre la raza conquistadora y las latitudes más australes del “nuevo
continente”, pues al momento de su llegada, las razas aborígenes “eran
ya casi metafísicas de tan agotadas y desentendidas de su mundo”. “Las
“nuevas razas” [en consecuencia] entraron a apoderarse de una cosa que
ya no pertenecía a nadie, de un gran baldío, de una geografía vacante”.
Y “éste fue [según Canal] el comienzo de la gran tragedia del destino de
esta parte de América” (NH: 21). Al no poder resolverse a tiempo (por
“razones de técnica conquistadora”[ibíd.]) “el tremendo problema de
llenar el vacío”, empieza a generarse “cierta proporción inversa entre
la [nueva] raza [...] y la geografía”; “poco a poco [aquélla] pierde su
estilo” y va adoptando “el de la tierra”.
Entonces la historia, que
es el movimiento espiritualizado de la vida social, se vuelve
principalmente geografía. El proceso de su dinámica se
ralentiza; se torna más bien vegetativo (NH: 22; dest. mío).
Esta teoría en cuanto a la dinámica
de la historia se complementa con los postulados expuestos en el libro
mencionado en primer término, diez años posterior a Nivel de historia,
Proposiciones en torno al problema de una cultura nacional argentina.
Allí el autor profundiza la cuestión de las relaciones raza–tierra
a partir de la consideración de las que denomina “razones de
horizontalidad/ verticalidad”. En el primero de estos textos había
afirmado: “Fuera de su lugar secular, la raza no es más que un principio
humano nuevo” (NH: 19). En Proposiciones, proyectándose ya hacia
el posterior proceso de configuración del hombre y la cultura
argentinos, desde la óptica de los “contactos”,
Canal señala, una vez más, cierta anomalía –por incompletud– en dicho
proceso. Las apuntadas “razones de horizontalidad/ verticalidad”
explican la evolución normal de toda cultura: llegada a cierto nivel de
desarrollo, experimenta un impulso expansivo –de dirección
“horizontal”–, que da cuenta de los episodios de conquista a lo largo de
la historia; pero una vez que arriba a una nueva tierra, “el destino de
esa cultura entra [...] a una razón de verticalidad. Es necesario que
esa cultura constituya el contenido de un nuevo continente”
(PPCNA: 12). Pues bien, “...si todo parece abonar la presunción de que
lo expansivo y dinámico, los poderes de dirección horizontal, del alma
europea, acaban en América...” (PPCNA: 12), no se aprecia –según la
interpretación propuesta por el autor– que los herederos de aquella
performance hayan llevado a cumplimiento la premisa ínsita en la “razón
de verticalidad”; ésta supone –habida cuenta de que “no hay culturas
despaisadas o despatriadas”– un “imperativo de asunción central en
profundidad”, que consiste “en que el nuevo continente haga suyo el
contenido de cultura que se la ha impuesto en superficie, [...] [o que]
que la cultura [...] [haga lo propio con] el nuevo continente” (ibíd.).
Una historia de “contactos”
Canal analiza este proceso desde la
perspectiva de los sucesivos “contactos” –como se apuntó–, que jalonan
el itinerario hacia la configuración y evolución posterior de la nación
argentina. En el texto al que estamos recurriendo (luego reelaborado),
reconoce tres “contactos” fundamentales: el “lejano contacto”,
correspondiente al encuentro español–indígena; el denominado “gran codo
histórico” (en la segunda versión), que alude al enfrentamiento del
criollo –posterior a la independencia– con la naturaleza americana y el
pasado colonial y la “nueva colonización inmigratoria”. A través de
estos tres vectores históricos va calibrando el modo peculiar de
relacionarse con la tierra, que caracteriza al hombre de nuestras
latitudes.
El “contacto” español–aborigen
Párrafos más atrás se destacaron
las connotaciones particulares que pautaron el primer “contacto” del
español con la tierra americana, en orden a puntualizar el carácter de
espacio “vacío/ baldío/ vacante”, que se le reconoce a la segunda, y las
consecuencias de este factor determinante sobre nuestro desarrollo
histórico. Interesa ahora detenerse en la visión del aborigen y de su
rol dentro de este contexto que nos ofrece Canal, pues ella responde a
una perspectiva muy sugerente y pionera en muchos aspectos. Si en
Nivel de historia había desestimado la posibilidad de un “encuentro”
propiamente tal entre el español y el indígena, en esta parte de
América, a diferencia de lo que ocurriera en otras latitudes habitadas
por comunidades aborígenes con un alto nivel de desarrollo político y
cultural, en textos posteriores irá reelaborando insistentemente este
enfoque.
En Proposiciones en torno al
problema de una cultura nacional argentina, aun suscribiendo ciertas
categorizaciones del mundo aborigen propias de la hora, el
“primitivismo”, la condición “magicista” de su “naturalismo religioso”,
el carácter “enumerativo” de su idioma, carente de “ideas generales”;
todo lo cual correspondería a una “semicultura”, incapaz de
“historicidad”,
Canal se preocupa por puntualizar que su análisis responde a la “mirada
de [la] estirpe europea conquistadora” (PPCNA: 35), planteando
precursoramente la cuestión de “la otredad” como perspectiva teórica.
[Incluso llega a postular: “Para apreciar debidamente en sus perfiles
generales la fisonomía de la acción conquistadora, necesitaríamos
contemplar el fenómeno desde algo así como “el punto de vista del indio”
” (PPCNA: 32)]. Y, como se adelantó, focaliza el antes soslayado
episodio del “encuentro del español con el indio”, calificándolo como
“fenómeno de contacto de culturas” (pese a que una de ellas haya sido
categorizada como “semicultura”), con lo que una vez más se anticipa, en
casi medio siglo, en el encuadre de la tan meneada problemática del
“encuentro de culturas” reactualizada en ocasión del “Quinto Centenario”.
Dos son los aspectos más
destacables en la interpretación que nos propone Canal con respecto a
este primer “contacto”. Por una parte, rescata lo que podría calificarse
de “afinidades” entre las dos etnias en contacto; lo que determina que
el encuentro del español con el indio “llegu[e] a tener menos contornos
de choque que de abrazo”. Para nuestro autor se trata de “dos
sensualismos que se suman” (PPCNA: 39), dado que “el alma española cae
fuera del cuadro de todo “helenismo” [...]. El mismo impulso que pudo un
día declararla “incapaz de filosofía”, la había colocado ya fuera de
Europa [...]. Su substancia estaría hecha de pathos en estado puro y de
ethos en instancia mística. Y [...] por este lado venía a hallarse más
cerca de lo que ella misma podría imaginarlo del alma india” (PCA: 32).
Y pese a que no deben confundirse –según su advertencia– “el sensualismo
de un lado con el sensualismo del otro” (“el sensualismo español lleva
en sí un remanente del viejo demonismo medieval,
el sensualismo indígena es por su parte mágico”), las conductas de ambos
desembocan en el mismo resultado en cuanto a su relación con la
naturaleza –dato este clave en la concepción de la historia de Canal–.
El autor sentencia al respecto:
[...] si el sensualismo
mágico del indio puede tal vez ser denominado de
connaturalización; el sensualismo místico del español podría ser
denominado de rescate frente a la naturaleza. El indio se
pierde, disuelto, horizontal, en la naturaleza [...]. El español
se pierde o anega, vertical, en su eticismo. Uno por sumersión,
otro por abstención, ambos dejan intacta la naturaleza (PCA:
48-49).
Pero, pese a estas afinidades, a la
hora de ponderar la presunta síntesis entre los dos polos de este
primero y “lejano contacto”, Canal desestima que se haya producido un
“mestizaje”, según la catalogación habitual. Desde su óptica se trataría
más bien de una “estratificación”; es decir de “una mera dominación
sobre una mera servidumbre”. “No veo –acota– la conjunción genética
fecunda. El apareamiento no llega a ser matrimonial”. Y es que éste era
muy difícil (imposible, según la primera versión; PPCNA: 37), pues no se
trata sólo de una cuestión de dominio del más poderoso sobre el menos
poderoso, sino de su pertenencia a tiempos distintos: “Colocados en el
mismo plano geográfico se plantea una inavenible discordancia de tiempo
entre uno y otro; el primero reviste un presente que el segundo no ha
asumido aún, que no asumirá ya nunca”; (“[...]el pueblo conquistador
[...] trae consigo todos los fermentos de la edad moderna, más o menos
latentes [...], el alma del pueblo conquistado se ofrece como un
anacronismo imposible, como la forma supérstite de una etapa siglos
antes superada” (PCA: 54).
Y esta situación –del mismo modo
que la referida a la no asunción de la naturaleza dada– determinará otra
de las constantes clave, en la caracterización de la cultura nacional
por parte de Canal: el silencio, la mudez de la co-raíz
indígena en nuestra configuración como país. Ya fueron quedando de
manifiesto matizaciones en la consideración de la problemática aborigen
y su rol en nuestra evolución cultural en las puntualizadas variantes
que se aprecian entre la primera y la segunda versión de este –o estos–
texto/ s fundamental/ es del autor; vale la pena detenerse en algunos
detalles significativos en tal sentido.
Si bien, como se apuntó, en
Confines de Occidente (o En torno al problema de la cultura
argentina), se reiteran algunas afirmaciones vertidas en
Proposiciones, en cuanto a los rasgos de “primitivismo” propios de
una “semicultura” y a la condición “a-histórica” de la performance
aborigen, páginas más adelante se agregan consideraciones que ponen en
tela de juicio algunos de estos supuestos y el autor se explaya en
conjeturas sobre las revelaciones insospechadas que podría ofrecernos la
plástica aborigen. Haciéndose eco de los descubrimientos de los hermanos
Emile y Duncan Wagner, en relación con las investigaciones arqueológicas
que realizaran durante años en Santiago del Estero,
Canal postula que la ausencia de todo rastro de monumentalidad en las
zonas habitadas por los aborígenes en esta parte del continente no da
pie para inferir de ello la inexistencia de cultura ni de historia, sino
una forma peculiar de ambas. Y sentencia:
Estas diferencias [con
respecto a las construcciones imponentes de las civilizaciones
del norte], que a menudo sugieren concepciones del mundo
totalmente opuestas entre sí hablan por sí mismas de una
“historia” (entrec. del autor) de esas “culturas” (entrec. mío)
mucho más profundas de la que suele presumírseles [... ] (PCA:
38).
Y con respecto a las piezas de
alfarería descubiertas, apunta:
Frente a la pirámide y la
fortaleza megalítica, aquí la urna apódica y como ingrávida. De
alguna manera, el testimonio habla de una mentalidad de razas
contemplativas o reflexivas, frente a una mentalidad de razas
dinámicas, teocráticas, guerreras allá (PCA: 39).
En cuanto al “silencio de la
co-raíz indígena”, nuestro autor se lo explica como manifestación, por
parte del mestizo, de “una oscura fidelidad al costado uterino, vale
decir, indio de su filiación”. Y se plantea preguntas e intuye
premonitoriamente revelaciones a partir de sus recónditas virtualidades:
“¿lo indio sería una pasividad omnímoda (en tanto de condición uterina)
[...]; más o menos acechante, la memoria vegetativa de la madre?”. El
caso es que “(n)o hemos pulsado todavía la voz válida del indio en
lo mestizo; lo indígena extrahispánico es todavía una hipótesis
dentro del ser mestizado [...]. Pero algún día podrá hablar [se
entusiasma Canal]. [...]. Y puede sospecharse [...] que su voz tendrá el
acento de alguna gran originalidad en este occidente epigonal y de
segunda mano que nos enorgullece, de alguna gran heterodoxia en este
occidente siempre un poco académico y escolar, y resonará, aun cuando
más no sea que solitaria en el océano de una unanimidad futura
culturalmente desindiada” (PCA: 56).
Es interesante puntualizar que,
junto a esta mayor compenetración con el impredecible destino del
sustrato aborigen, el autor no sólo refuerza, en el segundo texto, la
conciencia de la perspectiva desde la “otredad” en la que
inevitablemente está instalado,
sino que omite párrafos que lo ubicaban, explícitamente, como
“representante” del polo hispano en la versión original [“Nosotros
–había reflexionado en Proposiciones– hemos liquidado al indio
manteniendo intacta la naturaleza que lo envolvía placentariamente” (44;
dest. mío)] .
El segundo “contacto”: “antitelurismo” y “antihistoricismo”
Calificado como “el gran codo
histórico”,
el segundo “contacto” daría cuenta de la particularísima modalidad que,
llegada la etapa de la independencia y la organización nacional, asume
la relación sujeto cultural (en este caso, el criollo) –
naturaleza (hábitat geográfico). Nuestro ensayista apunta, como
resultado de la trascendental performance acometida por los
“organizadores” de la nación argentina, el “licenciamiento histórico del
país” (PPCNA: 46); en otros términos el agenciamiento de una
“superstructura”
(PCA: 62), que dará cuenta, por un lado, de una actitud “antitelurista”
y “antihistoricista”, a contrapelo de los postulados románticos de la
hora (PCA.: 66) y, por otra, de una indomeñable voluntad “constructora”,
sin parangón en la historia de país alguno, según las apreciaciones de
Canal –y de muchos otros intérpretes–. Voluntad que, a su juicio,
estaría sustentada en tres premisas fundamentales, que él enuncia como
“teorías”:
Una peculiar “teoría del
desierto” –según la califica el autor–; concepto éste a partir del
cual se declara la anatematización de la “naturaleza inculta”; esto es
no meramente el aludido espacio “vacío” con el que se topó la conquista,
sino la parte “ocupada” por el indio y por la historia colonial
(PCA: 62). El así calificado desierto detentaba tal virtualidad
operante, para los pensadores del liberalismo romántico y para los
constitucionalistas, que es frecuente en la literatura de la hora
referirse a él a través de la antropomorfización (son particularmente
significativos al respecto los testimonios de Facundo).
En consonancia con esta aversión a
la “naturaleza/ desierto” (que llega a determinar lo que el mismo Canal
designa como “cenestesia geográfica aflictiva” [1951: 94]),
se da la segunda premisa, o “teoría del número demográfico como
condición de civilización” (PCA: ibíd.), que desembocaría en la
proclamadísima fórmula “gobernar es poblar”.
La tercera “teoría” –mucho más
singular aún para el autor– es la de que “la planta de la civilización
[...] prende [...] de gajo” (PCA: 62) (proclamada por Alberdi en las
Bases),
la que daría pie a la postulación “[d]e la inmigración como medio de
progreso y de cultura para la América del Sur”.
En base a estos supuestos, la
estructura constitucional argentina habría nacido “concebida como plan
de destrucción de una estructura natural, y “construcción” en el
desierto”
(PCA:66). En función de ellos, se organizó la agresiva política
inmigratoria, que transformó la fisonomía del país en unas pocas
décadas, conforme al postulado alberdiano que impelía a “mudar la pasta”
de nuestra población.
El tercer “contacto”: la nueva inmigración
Este episodio configura el tercero
de los “contactos” que venimos registrando, desde la óptica del pensador
santiagueño, que la califica de “segunda” o “nueva colonización” –según
las versiones que manejamos–.
Canal no se detiene demasiado en su análisis; se limita a puntualizar
sus diferencias con respecto a la “primera colonización”: producida “por
inmigración desgranada e individual, [...] desprovista de una fuerza
colectiva de fe o voluntad señorial”, “mostrará un despaisamiento mucho
más agudo que el español”. “Daría la impresión [señala] de una
superposición de masa espesa, sorda, al estrato indohispánico
precedente, rico ya de voz tradicional y aquerenciada”. No es de
extrañar que, desde esta perspectiva, los efectos de esta “nueva
colonización” se le presenten como un “debilitamiento” “de las formas de
expresión tradicional” y una “instauración desordenada de formas
abstractas” (PCA: 68-69).
En síntesis, los tres “contactos”
históricos implican para el autor una suerte de “freno” en la evolución
natural hacia una forma propia de cultura; constatación que lo lleva a
concluir: “después de cuatro siglos el estado de la cultura [en nuestro
país] sigue siendo todavía proceso” (ibíd.: 27). Por otra parte, el
análisis de nuestra performance histórica, marcada por los sucesivos
“contactos”, y articulada –“construida”– a partir del proyecto
constitucional, le sugiere una figura interpretativa sumamente sugestiva
–a mi juicio– para sintetizarla: la de la “levitación”, el “vuelo”,
inspirada en buena medida en Alberdi, el prohombre más exhaustivamente
estudiado por nuestro intérprete.
El “pulso levitativo”
Introducida ya en Confines de
Occidente (donde puntualiza: “Cierto pulso levitativo
característico entre un “americanismo” rechazado o reprimido o
contenido, y un “europeísmo” imposible (imposible fuera de Europa),
[...]parece ser el carácter y excelencia de lo argentino, su verdadera
originalidad y medida cualitativa, y su principio de difícil acceso para
gustos poco matizados” [PCA: 21]), será el tema vertebrador del Discurso
de recepción como académico del autor, “La gran metáfora nacional.
¿Dónde estamos?” (1975),
reproducido luego con algunas variantes en uno de sus últimos libros,
Fundación y frustración en la historia argentina (1977).
El punto de partida para esta caracterización metafórica es la
definición alberdiana de nación que, sugestivamente, el autor no
cita de modo textual: “enjambre de abejas flotando en el aire, sin
desmembrarse”.
Canal la reproduce como “enjambre de abejas volando”, y se apoya
especialmente en esa imagen para caracterizar la voluntad
“transfiguradora de la realidad” del proyecto constitucional argentino,
cuyos objetivos capitales califica como “de máxima envergadura
revolucionaria”. Los dos fundamentales fueron: “volver del revés el mapa
geopolítico americano” (“de mediterráneo e interno, a litoral y
marítimo”, en palabras de Alberdi), y “alterar”, “mudar, la masa de
nuestra población” (MN: 271-272), a través de la afluencia inmigratoria.
Objetivos estos que habiendo resultado “sobradamente provistos”, llevan
al autor a postular esta “metáfora” como síntesis del proceso de
“nacionalización del país”:
[...] el destino argentino
ha “volado” por espacio de más de un siglo en alas de una
inspirada abstracción creadora. Reconozcamos que el gran vuelo
cubrió buena parte de la larga etapa con decoro, y en algún
momento hasta con brillo (MN: 277).
“¿Pero [concluye, ubicándose en el
presente de sus reflexiones] a dónde se ha llegado? ¿Dónde estamos?
¿Dónde nos encontramos –si ocurriera que no nos hemos
perdido?...” (ibíd). Y el contexto de su tiempo le sugiere este
desenlace a la “metáfora histórica” propuesta: “[“el gran ‘vuelo’”]
[...]se ve [“ahora”] en trance que no podemos dejar de representarnos
por extensión metafórica como de aterrizaje fortuito” (MN.: 279;
dest. mío).
Canal reconoce un trasfondo
filosófico al proyecto argentino de “nacionalización” (de allí el título
del apartado que recoge el discurso al que estuvimos recurriendo),
que resume como “una filosofía “para” la nacionalidad ([a diferencia de]
las germanas [que] son “de” la nacionalidad) y una nacionalidad “para”
la universalidad”. Dicha filosofía responde a una clara filiación
europea, “encaja [especialmente] en la tradición de la filosofía
francesa más típica” (PCA: 66); pero en su voluntad de apareamiento con
la marcha del Mundo (que por entonces era decir Europa, y Francia en
particular), “alcanza[...] un plano de soberana abstracción” (M N: 273).
Los resultados obtenidos bajo su impronta pueden expresarse con esta
fórmula: la nación –esto es, la “abstracción”, el “ideal”– acaba
imponiéndose sobre el país –esto es, la “realidad”–;
en otros términos, se trata del “licenciamiento histórico del país”, en
función de implantar una “superestructura” (aludido en relación con el
“segundo contacto”).
Es evidente que este análisis, con
su peculiar sesgo interpretativo, parte de un enfoque histórico, y echa
mano, según lo van requiriendo los sucesivos avatares del “proceso de
nacionalización” argentino, a la antropología, la sociología, la
política e incluso la filosofía. El propio Canal se anticipó a declarar
que no era un “historiador al contado rabioso”(TCA: 30), pero hubo
estudiosos que lo reputaron como tal.
El primer exégeta y difusor de su obra, el también santiagueño Octavio
Corvalán, apunta al respecto: “La visión histórica de B.C.F. se
encuentra enriquecida por un ingrediente que él llama “sociológico”
porque incluye, en papel decisivo al hombre” (1988: 97).
Y Gloria Videla de Rivero puntualiza, en un trabajo dedicado a su obra
ensayística: “Su ensayo es fenomenológico y descriptivo. Situado más acá
del positivismo, no tiene pretensión científica o sistemática, como sus
predecesores argentinos [...]. Piensa a partir de intuiciones analíticas
que lo conducen al ensayismo histórico y sociológico, con intención
didáctica y estética y valor expresivo y personal” (1983: 161).
Desarticulación estructural argentina
Precisamente, para completar su
visión del mapa cultural argentino en sus diferentes frentes, debemos
atender a una coordenada clave en su pensamiento, centrada en buena
medida en la dimensión sociológica –o político-sociológica más bien–; es
la que focaliza el análisis en las anomalías –una vez más– en el diseño
estructural del país. Los temas nucleares en torno a esta problemática,
la relación capital – interior y ciudad – campo, fueron
específicamente abordados por el autor en textos como De la
estructura mediterránea argentina (1948)
y Teoría de la ciudad argentina (1951), además de en conferencias
y estudios de menor entidad.
Del mismo modo que en el anterior análisis del proceso de
“nacionalización”, Canal reconoce que los colonizadores, primero, y los
“constructores”, después, actuaron sobre el país en ciernes, en función
del contexto y las imposiciones históricas de la hora. Al considerar las
distorsiones detectables en la articulación política de la nación,
sopesa las razones del mandato constitucional, que derivaría en una
capital monstruosamente sobredimensionada, frente a un país interior
empobrecido y postergado. No opta por ubicar culpables para esgrimir
condenas o descargar responsabilidades (como es frecuente en tantos
enfoques históricos); le interesa proyectar al presente los resultados
de sus análisis, para mejor comprenderlo y poder planificar y operar más
eficazmente sobre él.
Y el resultado, en esta línea de
sus indagaciones, se le presenta –conforme al personal discurrir de su
pensamiento– a través de imágenes muy ilustrativas: las de “nación de
un solo frente biológico” y “país triangular y convergente”
(TCA: 128), para el que Buenos Aires es “la única capital posible”, la
“capital biológica”, según la condición que le adjudica (TCA: 122
y sgtes.), en tanto ángulo–superior y vértice del
triángulo. Ángulo, por su “valor interno, orgánico y
estático”; vértice, por su “valor externo, proyecticio (sic) o
dinámico” (TCA: 120). Este perfil de la estructura política argentina
del presente, en clave geométrica y organicista, tiene su trasfondo
histórico: la capitalización de Buenos Aires puede explicarse como el
corolario de una larga pugna “entre dos ciudades”, entendidas en sentido
arquetípico: la ciudad mediterránea –representativa del
Interior– y la ciudad litoral –Buenos Aires, por antonomasia–.
Esta pugna aparece marcada por una serie de factores concomitantes: la
“ciudad mediterránea” respondería al espíritu inicial de la
conquista–colonización, impulsada por el avance hacia “adentro”,
por una parte y, por otra, al espíritu de la Edad Media, mientras la
“ciudad litoral”, Buenos Aires, nace a impulsos de una necesidad de
“desfondamiento litoral”, a fin de que, “llegada a estas tierras, la
conquiste no termine en un mortal embolsamiento mediterráneo”; es decir,
a partir de un movimiento de adentro hacia afuera, y en tal sentido, se
distingue como “la primera ciudad argentina originariamente necesaria y
‘auténtica’” (TCA: 43-44); pero además, como “ciudad de salida a otra
época” (TCA: 32 y 45), como “ciudad de otro principio” (TCA: 43). Canal
localiza en ella una voluntad contraventora con respecto a la marcha de
la conquista, en la que estaría cifrada, incluso, la futura
independencia. Tales diferencias sustanciales habrían dejado “planteada”
“desde el primer instante”, “una tensión irreductible entre una y otra
[ciudad]” (TCA: 46).
Con este marco como teatro de
operaciones, llegada la instancia de “cerrar” (en la doble dirección
tempo–espacial) el proceso organizativo nacional, aparecía como una
opción predeterminada superponer a la “capital biológica” la “capital
constitucional”. Buenos Aires fue erigida, por tanto, como tal; pero al
ser concebida no tanto como capital “de”, cuanto como capital “para”
(“para un dado hacer, la Nación; como el máximo instrumento
constitucional”) (TCA: 143), su cometido acabaría distorsionándose
progresivamente. Destinada a servir como núcleo unitivo y proyectivo a
la vez, se desentendió del cuerpo del país que daba sentido a su
capitalía, transformándose de “puerta–Puerto” en “puerto–Puerta” (TCA:
153) y de “instrumento” en “fin” (1968:38).
(Poco antes de profundizar en este aspecto clave de la “desarticulación
estructural” del país, había apuntado: “El mal que aqueja al alma
argentina es la falta de imaginación nacional” (1942: 9),
sugiriendo con este diagnóstico, lo que seis años más tarde
explicitaría, en De la estructura mediterránea argentina: la
incapacidad de “el sentimiento patriótico” de asumir “la totalidad
geográfica del país” [1948: 62]).
Así pues, el presente del autor le
revela el estado de cosas que ilustra con las imágenes adelantadas, a
las que varios años después agrega la de “cefalópodo nacional” (1968).
En esta oportunidad destaca los nuevos enfoques sobre la cuestión, en
los que reconoce una intención “analítica”, “destructora”, “antimítica”, frente al “mito cefálico”, “constructivo”,
“sintético”; pero puntualiza –con su dejo de escepticismo– que, pese a
la conciencia de la necesidad del “contramito analítico”, los actuales
intérpretes no aciertan con el “programa de capovolgimento” que
este mito tendría que configurar, por una razón siquiera de “simetría
lógica” con respecto al “mito sintético” (CN: 43). Él ya había sugerido,
tiempo atrás, el “remedio” para contrarrestar la desmesura capitalina:
“hacer un gran país, [...] a su medida”
(TCA: 163). Del mismo modo había alertado sobre los efectos del
crecimiento distorsionado de la ciudad con respecto al campo,
que reproduciría, en escala provincial, la desmesura capitalina en el
plano nacional. Frente al “tiraje ciudadanizador” (TCA: 200, 218, 225)
de los nuevos tiempos, la propuesta insinuada por Canal, como marco
inspirador de las conductas a seguir, es una “planificación de fondo”
(TCA: 227-229), cuyo fundamento inspirador es siempre la restauración
del equilibrio en “la relación cultural del hombre con su medio propio”
(TCA: 215); relación afectada en varios frentes (incluso en el orden
“familiar”; TCA: 236-248), por el nuevo estado de cosas que, no
obstante, no es posible dejar de asumir, pero frente al que el ensayista
deja entrever cierta dosis de pesimismo.
Las propuestas de “autenticación”
Como es dable apreciar, los
reiterados e incisivos análisis de este incansable estudioso de la
problemática nacional lo llevan a constatar una serie de “anomalías” en
el proceso de configuración política de nuestro país, o en el desarrollo
de los presupuestos “imaginados” para constituirlo como tal. Se
señalaron las dificultades para encasillar a Canal-Feijóo dentro de un
área científica determinada; otro tanto ocurre cuando se intenta
adjudicarle filiaciones ideológicas ortodoxas;
es que su pensamiento se desplaza, con llamativa libertad –como se
apuntó– por los más variados campos del saber, en busca de inusitadas y
reveladoras explicaciones y correspondencias.
Pero también se puntualizó, junto a su originalidad, su coherencia en
todos los órdenes: tanto en la fidelidad a un haz de temas rectores
(apreciable en los diversos géneros que maneja), como en los enfoques
propuestos (matizados o ampliados a través del tiempo, desde luego) y
muy especialmente, en cuanto a la intención y la actitud con que los
asume. A nuestro autor no le interesa aportar planteos o propuestas
rigurosamente científicas; su intención –como también fue quedando de
manifiesto– es fundamentalmente “comprender”, con evidente deleite
intelectual en el proceso de investigación–elaboración de sus teorías y
planteos, pero con el no menos evidente objetivo de alcanzar –o
suscitar–, a través de sus personalísimas deducciones, posibles salidas
para los problemas de su patria.
Entiendo que cabe adjudicarle a su ensayística una clara dimensión
“patriótica”.
Por ello, las puntualizadas
constataciones a las que arriba, lo llevan inevitablemente a postular
caminos alternativos, para revertir las antedichas “anomalías” que,
fundamentalmente, aparecen como desarrollos desmesurados o
“monstruógenos” (expresión que le pertenece) de procesos que tuvieron su
razón de ser en sus orígenes. De acuerdo al postulado clave de lo que
–siguiendo al mentado Octavio Corvalán– podemos llamar “sin
remordimientos” la “filosofía” de Canal (1988: 8), es decir el carácter
“situado” del hombre y de la historia, su propuesta cardinal se resume,
a mi juicio, en la necesidad de la autenticación de nuestra
cultura.
Tal autenticación debe procurarse en dos direcciones: por un
lado, en función de superar la señalada “imposesión” de la geografía
dada, por parte de la tradición político–cultural argentina; por otro, a
través de la restauración de la relación elite–pueblo, en tanto garantía
de preservación de la cultura.
La tierra “autenticadora”
En Confines de Occidente,
nuestro autor agrega una serie de reflexiones introductorias sobre
la “dinámica de la cultura”, a las de la versión original de
Proposiciones (en la que sostiene la necesidad del regionalismo,
como sustrato de todo proceso cultural e incluso de toda pretensión de
universalidad). Esta vez pondrá el acento en el “sujeto” creador de
cultura, postulando, –dentro de la misma perspectiva– que el único
camino válido para asumir ese rol es “saberse, sentirse centro, eje de
alguna propia orbitalidad, por pequeña que sea: es decir, sujeto,
siquiera potencial de su destino”; sólo entonces estará dada la cifra de
la autenticidad de la cultura, “mucho más importante [señala el
autor] que la originalidad” (PCA: 15-16). En consonancia
con esa premisa, y habida cuenta de la tendencia levitativa/
abstractiva, que caracterizó nuestra trayectoria político–cultural
–como consecuencia de la señalada imposesión (“culturalmente, el
americano no acaba de ser donde está” [PCA: 27])–,
rematará las reflexiones de sus últimos trabajos sobre esta problemática
con esta apelación indirecta:
¿No será que es llegada la
hora de cambiar de metáfora y de filosofía, y urdir las que en
vez de proyectarnos hacia afuera, hacia lejos, en
embriagueces de vuelo trascendente, nos obliguen hacia abajo,
hacia adentro, en afanes de profundidad y reasunción en
cuerpo y alma?... (1977: 281; dest. mío).
Apelación que reforzará citando al
“gaucho prototípico” (“Derecho ande el sol se esconde / tierra adentro
hay que tirar / algún día hemos de llegar / después sabremos adónde”), y
a Nietzsche (“¡Donde estés, cava profundamente; debajo de tus pies está
la fuente!”) y a Baudelaire (“Plonger au fond du gouffre / enfer ou ciel
qu’importe! / au fond de l’inconnu / pour trouver de nouveau”) (ibíd).
Citas estas reiteradas en el autor y que dan cuenta de su inclaudicable
vocación mediterránea y entrañablemente geocéntrica.
El pueblo “autenticador”
En cuanto a la relación
elite–pueblo, Canal rescata dos dimensiones en ella: la que
corresponde a la dinámica arriba–abajo, por un lado, y
pasado–futuro, por otro. Por su función directiva en la sociedad, la
elite estaría tensionada hacia dos direcciones: hacia arriba,
“con una polaridad sublimizada” del espíritu; hacia abajo, “con
una polaridad” “hacia el substracto (sic) temporal y masivo de la
comunidad humana”. Pero “este movimiento de comunicación [de la elite]
hacia el limo humano que la rodea” (debido “quizá a la necesidad de
granjear a la propia actividad cierta posibilidad de permanencia y
duración”) no siempre encontrará respuesta en la fe que naturalmente el
pueblo está dispuesto a otorgarle; la encontrará sólo en la medida en
que “acierte a dar con los secretos de la vocación íntima de éste”. Y
esta coincidencia será precisamente la que dé cuenta de su
autenticidad (PCA: 109-110).
El sentido de la dinámica
pasado–futuro se explica desde un idéntico movimiento compensatorio
y autenticador. “Presente y futuro –como formas de conciencia [sostiene
Canal]– son funciones de élite”. Y sucede que en toda historia
hay momentos en que se necesita volver al pasado –luego de otros
momentos de abstraccionismo o evasión– en procura del centro
auténtico, de las fuentes del ser. “El pueblo vive y habla siempre
desde el pasado”. Y es al pueblo a quien se “tiene por depositario de
esos bienes que cifran la autenticidad”; bienes que en sus formas
culturales reciben el nombre de tradiciones
(PCA: 111-112).
Coherencia de una trayectoria
Ubicado generacionalmente dentro de
la primera vanguardia argentina, Canal perteneció a un grupo de
escritores que, en determinada etapa de sus trayectorias, se vuelcan
hacia el ensayo con una clara conciencia del sentido ético de su
cometido literario. Irrumpen en el panorama cultural del país en la
década clave del 30, dejando atrás una escritura de corte esteticista, y
se consagran de ahí en más, de modo preferente, a indagar en la
problemática de la nacionalidad. Tres de ellos fueron individualizados
por Don Luis Emilio Soto como “Los rabdomantes del espíritu nacional”;
precisamente Canal-Feijóo, junto a Eduardo Mallea y Ezequiel Martínez
Estrada. Esta temática y la aludida actitud ética que asumen, determina
en ellos una modalidad enunciativa de rango apelativo en general, con
diferentes matices, desde luego, pero que da cuenta de un enunciador en
actitud de magisterio. También en este sentido es ilustrativa la
coherencia en la actitud de Canal con respecto a sus postulados; frente
al profetismo del enunciador taumatúrgico de Martínez Estrada o la
apelación encendida del portavoz “iluminado” de Mallea, el “maestro”
santiagueño ejercita lo que tiempo atrás denominé una “mayéutica
cortés”, encauzada a través de interrogaciones retóricas y una
modalización discursiva en base al Modo Potencial y a expresiones
verbales o modificadores con valor semántico de duda, probabilidad,
suposición, que suavizan la contundencia de las afirmaciones y,
fundamentalmente, juegan con la proyección “dialógica”, propia del
género ensayo.
Por otra parte, Canal puso en
práctica, con su propia obra, todos los postulados que sustentan su
propuesta de autenticación: buceó en los sustratos ancestrales de
su “orbitalidad” santiagueña, estudiando los mitos, leyendas y piezas de
alfarería, en procura de percibir recónditas resonancias y descifrar
imprevisibles claves culturales; retomó y recreó (en sus piezas de
teatro)
arquetipos populares y rescató tradiciones y consejas del folklore
regional, en infatigables pesquisas “de campo”; analizó la trayectoria y
la producción de figuras señeras de la cultura nacional (Alberdi,
fundamentalmente, Lugones, Hernández y el Martín Fierro).
Y en esta tarea –que justifica otro ángulo de análisis de la proficua
labor del pensador santiagueño, en el campo de la antropología y la
crítica literaria– puso de relieve una vez más no sólo la originalidad
de sus análisis e interpretaciones sino su insólito bagaje cultural,
adelantado siempre a su tiempo y sobre todo a su ambiente provinciano.
El evidente “geocentrismo” –si
podemos denominarlo así– que sustenta todos sus postulados, llevó a
estudiosos de su hora –como Bruno Jacovella– a enrostrarle su
desentendimiento de “toda realidad trascendente”, además de acusarlo de
practicar “el diletantismo de la inteligencia”.
Y el propio Canal le da en cierto modo la razón. Particularmente con
respecto a lo primero, declaró en una entrevista, ante la pregunta ¿Cree
en Dios?: –Creo en la creencia de Dios, que muchos saben probar, pero no
tengo un Dios para uso personal”.
Mientras en “Cultura popular y populismo”,
manifiesta: “No falta Dios del cielo (Uno y absoluto, enseña el dogma)
naturalmente, pero no lo hay tanto como hay Diosa de la Tierra
(multiforme y tácita, buscada y rechazada) en el peso específico de la
mística elemental del alma creadora americana. Gozosa o fóbicamente más
se comulga con ella que con Él, todavía...” Y conjetura al respecto:
“Entretanto, quizá sea el sentimiento de un encontrarse suspendido entre
las requisitorias de una mística hacia abajo de una Pachamama
ineludible, amada y rechazada a la vez; y una mística hacia arriba, de
un Espíritu Abstracto inasumido, lo que pueda dar cuenta de esa notoria
especie de conciencia desdichada característica del americanismo del
genio argentino que ha acertado a cifrarla en ya no pocas fórmulas
felices” (86). Octavio Corvalán, por su lado, define a nuestro pensador
por “la pasión mediterránea” y adjudica a su obra intelectual una
“dialéctica de raíces y de alas, de tierra y aire”.
Sin duda las personales teorías e interpretaciones de Canal-Feijóo
pueden no compartirse, o resultar incluso antojadizas para científicos a
“rajatabla”, y podemos también sentir como una ausencia la falta de un
remate trascendente para su empinado pensamiento; pero el rigor de la
investigación y la documentación que lo sustentan, y la brillantez y
originalidad con que razona y argumenta resultan irrefutables.
Del mismo modo que es innegable la coherencia entre vida, obra y teoría
en la trayectoria de este estudioso santiagueño, consagrada a pensar
apasionadamente su país, desde el triple horizonte de la pertenencia
regional entrañable, la argentinidad/ americanidad y la universalidad.
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(*) Sólo se registra la
Bibliografía –tanto de Canal-Feijóo como sobre su obra– édita en libro,
folleto o incluida en Actas, Volúmenes de Homenaje e Historias de la
literatura. En Notas, se cita alguna bibliografía específica y
complementaria de interés. Dejo constancia de mi reconocimiento a
Adriana Canal- Feijóo, por cuya gentileza tuve acceso a parte del
archivo de su padre.
Notas
Los indios de esta parte del continente “no
tenían historia”... Qué concepto puramente espectacular de
la historia no supone este curioso dictado [...].
Ciertamente, los aborígenes que encontraron
los españoles en estas comarcas no desplegaron ante los ojos
de los conquistadores el cuadro monumental e intelectual que
fue su pasmo en Méjico, Centroamérica y el Perú, y que
hablaba tan elocuentemente de una larguísima “historia” de
las civilizaciones locales. No tenían, en verdad, una
historia escrita o dibujada en forma de grandes ciudades de
piedra, o en una organización política unitaria y compleja,
como la que tan claramente ostentaban aquellos otros
pueblos. [...]
Pero el que no tuviesen una historia
objetivada en esos signos, no puede significar que no
tuviesen “su” historia. La tenían, obviamente. [...]
[...] en la sangre, en hábitos sociales bien
definidos, en más de una acabada aptitud industrial, en una
“ciencia” general de los recursos del medio, y sobre todo en
formas de expresión espiritual que ahora vemos que se
hermanan con las que corresponden a culturas indígenas
caracterizadas (1937: 31-31).
En Crítica y
estimación, Buenos Aires, Sur, 1938, p. 75.
Leonor Arias
Saravia
Actualizado, septiembre 2007
| © 2003 Coordinador General Pablo
Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. |
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso
correspondan.