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| Alberto Ghiraldo |
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ALBERTO GHIRALDO ANTE LA CONDICIÓN HUMANA Marcos Olalla
La
humanidad, esto es, el estudio apasionado El escritor argentino Alberto Ghiraldo nació, presumiblemente, en Buenos Aires en el año 1875. La prematura muerte de su padre diez años después de su nacimiento determinó para Ghiraldo una educación más bien fragmentaria, así como una pronta disposición laboral por la cual antes de sus quince años ya sería testigo de las condiciones de la clase obrera en el puerto de Buenos Aires. Para entonces, la temprana influencia en materia ideológica de Leandro Alem permitiría la participación de Ghiraldo en la llamada Revolución del Parque de 1890. Al mismo tiempo estaba comenzando su quehacer literario, plasmado ya en 1891 con la publicación de una serie de escritos inéditos de importantes autores, a los que Ghiraldo agrupó bajo el título El año literario, en el que se hallaba incluido un poema propio. En 1892 publica ¡Ahí van!, libro de poemas en los que el joven escritor ya acusa cierta influencia decadentista. En 1893 participó de la revolución radical de junio. También comienza a trabajar en la revista literaria La Quincena. Para entonces conoce a Rubén Darío, cuya influencia sería determinante en un joven escritor que pugnaba por hacerse un lugar en el escenario intelectual porteño. Los últimos años del siglo XIX encuentran a Ghiraldo editando su poesía, una serie de cuentos, artículos periodísticos y un semanario literario llamado El Sol, espacio de promoción de las intuiciones modernistas de su creador. Para 1900 el triunfo del sector parlamentarista y moderado en el Partido Socialista Argentino determinaría la definitiva filiación anarquista de Ghiraldo. Los artículos producidos en estos años, como la impronta asumida por su militancia, constituirían la ocasión de su detención y procesamiento por parte de las autoridades nacionales, al par de acentuar su perfil de intelectual comprometido vinculado fuertemente a la Federación Obrera Argentina (FOA). 1904 y 1905 son años en los cuales la labor intelectual y política de Ghiraldo se desarrolla en la revista Martín Fierro, de su creación, así como en la dirección de La Protesta Humana, órgano teórico del anarquismo. El carácter de publicista de Ghiraldo no cesaría en los años siguientes, por cuanto crearía una nueva revista literaria, Ideas y figuras, sin constituir esto último óbice alguno para que entre los años 1910 y 1916 encontremos su producción literaria más prolífica en el teatro, verdadero exponente de una literatura de tesis que constituye una manifestación de su discurso anarquista. En 1916 Ghiraldo se radica en España, donde sufriría nuevos apremios y persecuciones por parte de la policía. Su producción, signada por el teatro, el periodismo, la política y una autobiografía novelada, no decaería sin embargo. Se convertiría además en albacea literario de Benito Pérez Galdós. Los últimos doce años de su existencia vive en Chile, donde muere en 1946. En su obra reconocemos la trama de un discurso en el que confluyen la bohemia literaria y la militancia anarquista, ambas sustentadas en ideales humanistas. El temprano idealismo que Ghiraldo hereda del decadentismo, promovería en el joven escritor la percepción de la praxis anarquista como un verdadero combate moral contra la sociedad mercantil. La moralidad de tales acciones constituye una carga que atraviesa trágicamente la acción y la producción literaria ghiraldiana. El sentido diferenciador en el que se encontraba impregnado el quehacer literario de la bohemia porteña de principios del siglo XX y sus personales pretensiones libertarias aparecían tanto en su obra, como bajo el tamiz de la legitimidad de su praxis política como dilema. Este espacio así constituido entre dos extremos en apariencia contradictorios, moldea la concepción de la condición humana en términos trágicos. Creemos ver en ello un eje discursivo que sustenta la concepción de la literatura como “literatura de ideas” y su percepción del escritor como héroe trágico. Tales núcleos constituyen los objetos del discurso ghiraldiano, ambos traspasados por su compromiso político.
Una literatura de ideas A comienzos del siglo XX, Alberto Ghiraldo exigía para la creación literaria el deber de consumar la expresión formalmente bella de las ideas socialmente más relevantes cuando reclamaba, en un artículo varias veces aparecido en la primera década de dicho siglo como credo estético, “el drama por la idea” (Díaz: 1991: 111. Exigencia que, en común con otros modernistas de izquierda, debía comenzar por señalar cuáles eran tales ideas, al compás de las cuales avanzaba el nuevo siglo. Se trataba por tanto de las Ideas Nuevas, conferencia que el escritor argentino brindara el 16 de septiembre de 1900 y que publicara el periódico El Sol (Díaz: 1991: 101-108). El discurso en el que Ghiraldo desarrolla tales ideas posee como eje una dicotomía básica de impronta positivista: se trata de una lucha por establecer definitivamente ideales libertarios que, al mismo tiempo, constituyen “convicciones científicas” frente al hegemónico mercantilismo que corroe a la sociedad de la “estruendosa Cosmópolis”. Ciudad que condena al aislamiento a los bohemios libertarios, y que los caracteriza como “sentimentales” o también “enfermos”. No deja de asombrar a Ghiraldo el hecho de que los conflictos aparejados por las injusticias promovidas por el desarrollo del capitalismo resulten regularmente soterrados. Aquí se halla la barbarie para el intelectual anarquista, la cual no es lo otro del desarrollo, sino el reverso de su dirección capitalista. Es el resultado de la injusticia. Afirma el escritor:
Este alegato explicita los habituales recursos del discurso revolucionario de la bohemia anarquista. Si el despertar ha de realizarse, aún con la violencia aquí prescripta, es porque la palabra profética del escritor, transida de fuerte moralismo, se constituye en verdadero “conjuro”. La condición oracular de tal discurso es al mismo tiempo signo de cierta incomprensión respecto de tan vanguardista pretensión de parte del escritor y de su eventual aislamiento. Aún así es capaz de señalar la hora de una revuelta esperada, pero no por ello dejando su tono prematuramente nostálgico, y en solitario ruego reclama: "Disculpadme. Estas palabras son el desahogo de un alma de luchador que en medio del combate, acosado sin tregua, alza la frente y redoblando el ímpetu formula al enemigo el más terrible de sus retos" (Díaz: 1991: 102). Como vemos, y en la línea de lo que señalara David Viñas en Literatura argentina y política. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista, la solitaria lucha del bohemio libertario es regularmente conjurada por el fragor retórico de la palabra grandilocuente (Viñas: 1995: 220-224). La praxis bohemia, al parecer condenada a una imposible organicidad, tiene -a juicio de Ghiraldo- su razón en el predominio de los valores burgueses contra cuya barrera la lucha libertaria hará posible la identidad de lo bueno y lo bello. El Estado es, en este contexto, la herramienta principal de dicho predominio y, en relación con ello, la práctica electoral constituye “una de tantas comedias necesarias” (Díaz: 1991: 106). Alberto Ghiraldo retoma el motivo marxiano para señalar el carácter prioritariamente económico de la lucha anarquista, de la cual no es dable esperar transiciones parlamentarias hacia el socialismo, sino la destrucción definitiva de los sistemas políticos, epígonos del poder burgués. La lucha así propuesta requiere de un sujeto promovido —como sostiene Hugo Biagini en “Las ideas fuerza” (1998), respecto de los libertarios de esta generación— en clave juvenilista, pero también, como denunciaba Viñas, en ademán intelectualista. Dice Ghiraldo:
La literatura es para nuestro autor una forma del arte a través de la cual el señalado convencimiento se expresa como discurso utópico. El arte, para el escritor, asume, por tanto, la figura del “redentor”, cuyo objeto son los sueños de libertad de los oprimidos. Por eso es al mismo tiempo el movilizador de la pasión rebelde. El poeta consuma su radicalizada bohemia en su papel de encarnación de tales ideales. “Hay que hacerse hombre para saber hablar a los hombres”, dice en El ideal del arte (Díaz: 1991: 112). Dicha pretensión decanta en Ghiraldo de tal modo que lo hace detener en la discusión acerca del fin del arte, respecto de la cual y bajo la autoridad de Tolstoi, Taine, Nietzsche o Maëterlink, señala, contra toda épica lejana, la necesidad de que la literatura exprese las pasiones aquende las cuales se nutre el drama de la sociedad local, aunque con un talante universalista. Efectivamente, el sufrimiento del obrero portuario argentino constituye la cabal manifestación del dolor del campesino ruso, de los mártires de Chicago, de quienes, como Dreyfus, son, por causas políticas y raciales, presidiarios en la Isla del Diablo. Estas luchas engendran nuevos héroes cuya gesta es el desarrollo, siempre con lenguaje definitivo, de la “epopeya de la idea nueva”. En efecto, es el arte un movilizador del agente de tales luchas, el pueblo, y respecto del cual el escritor no hace más que reconocer su lejanía promoviendo su contrario: "Si hemos de ser, si somos artistas y hombres, es perentoria nuestra marcha hacia el pueblo. Vamos a él, a confundirnos con su grandeza que es la de todos, a templarnos en su dolor que es el nuestro" (Díaz: 1991: 115).
La tragicidad de lo humano El tono idealista del discurso ghiraldiano asume en principio una impronta dialéctica que consiste en disolver la particularidad del escritor en los fines universales así encarnados por la clase obrera. Sin embargo, aquella disolución es experimentada como un despojo tal que convierte en renuncia a la ineludible politicidad de la literatura. El conflicto, al par de su inherencia, entre literatura y política resulta conciliable sólo a fuerza del sacrificio del héroe. Los héroes de Ghiraldo son héroes trágicos. Pero ellos simbolizan a los únicos capaces de revelar con su muerte el valor de la vida humana así representada su verdadera condición. Lejos está Ghiraldo de asumir dicha tragicidad en términos de la corrección marxista del idealismo lasalleano, por la cual ésta se revelaba en función de las contradicciones materiales entre las fuerzas sociales revolucionarias y las condiciones para su realización. El anacronismo es la sustancia marxista de lo trágico. Para Ghiraldo, en cambio, se juega la redención utópica del discurso, la vitalidad renovada del entusiasmo revolucionario. No es casual que algunos autores hayan caracterizado el discurso del escritor argentino como “cristianismo ateo” (Sux: 1911; Cordero: 1962). Así, en lo que constituye un tópico característico en la obra de Ghiraldo, la “cárcel” es el locus desde donde se enuncia la palabra libertaria, revelando un sentido estético naturalista que da cuenta de una cierta inevitabilidad del encierro, como en La canción del deportado:
La pasión reivindicada se vuelve “compasión” de la mano de la experiencia del otro frente al cual la autoridad ha ejercido su impronta. La solidaridad es entonces un espacio para la transgresión:
En efecto, la legalidad se manifiesta para el escritor en un registro distinto al de la solidaridad ahora emanada de la corporalidad misma del sufrimiento. La condición inmediatamente empática de esta forma de vínculo humano moviliza la duda ghiraldiana referida a su misma naturaleza:
La recurrente cercanía inducida por el lenguaje naturalista entre la alienación promovida por el orden legal, al que Ghiraldo se opone, consecuentemente con su discurso anarquista, y la inevitabilidad de la misma, profundizada por el tópico señalado de la cárcel, conducen al escritor argentino a destacar el motivo del sacrificio como el único camino libertario en tal contexto. El sentido redentor de dicho sacrificio moviliza, con cierto tono extemporáneo respecto de sus ideas filosóficas y políticas, un lenguaje impregnado de cristianismo sólo justificable, desde la perspectiva del discurso, por la virtual perversión de la naturaleza compasiva en egoísmo, suscitado por efecto del desarrollo capitalista, promovido por la expansiva civilización occidental.
“¿De esta manera se paga/ mi amor a la humanidad?”. La tragicidad se revela pues en clave romántica como pasión. La memoria de su dramática revuelta constituirá al mismo tiempo una nueva forma de la interpelación revolucionaria, como así también su definitiva renuncia a la palabra para deslizarse al territorio de la corporalidad. De modo que redimido ahora su “instrumento”, la ambivalencia del pensamiento, en términos de lo que denuncia, al par de su natural dificultad de hallar legitimidad en el horizonte de la praxis política del anarquismo, es ahora su riqueza. La culposa grandilocuencia del martirio es también su gesto libertario, su verborrágica expiación; en fin, un modo de afirmación individual:
No es extraño reconocer otro tópico en la “incomprensión” del intelectual. Sus ideas son la condición de la imposible percepción tanto de su luminosidad como de su carga.
Las ideas, índices de la plenitud humana, deben ser, para Ghiraldo, acompañadas por la pasión así articulada en la realización del drama destinado para sus portadores:
La dialéctica así construida por Ghiraldo en torno a la disolución de lo personal en praxis, del compromiso en encierro, como de la vida en la muerte, en cada caso para permitir la pervivencia del ciclo revolucionario, resulta el horizonte desde donde el escritor argentino da cuenta de una posibilidad cierta de metamorfosis vital de las ideas. El caudal de lo ideológico es el terreno para determinar el triunfo del cambio sobre lo establecido, en tanto que también es ahora la posibilidad de invertir el esquema de la tragedia revolucionaria, presagiando un nuevo triunfo, el de la vida sobre la muerte:
Ghiraldo es un “cruzado” en cuya soledad fecunda la auto-representación medieval. El motivo del “caballero” presente en los poemas El caballero incansable y Los caballeros del ideal dan cuenta de esta impronta idealista. La riqueza es para él la onírica condición del utopista, el entusiasmo de la locura, el inevitable curso de la historia en sentido revolucionario. La nobleza de aquella lucha es resultado de su heroico ideal, pero también de su resuelta dramaticidad. La idea así blandida y la disposición sacrificial de aquellos héroes, torna el discurrir poético de Ghiraldo en un modo particular de articulación trágica de la teoría y la praxis revolucionaria. “Filósofos, guerreros/ modernos luchadores” (1924: 70), agentes de la señalada articulación esgrimen bravamente el drama de una victoria que se presume ineludiblemente futura.
Sin embargo, la iluminación es sólo asequible al precio de la ceguera. Percibirse elegido es al mismo tiempo una amenaza. Mientras el concurso histórico de precedentes mártires asegura victoria, la voz de la soledad reclama detención. El costo del heroísmo es impredecible, mas la experiencia del honor conviene a una búsqueda homologable al motivo paulino de conversión:
Al par de promover un compromiso intenso con las ideas libertarias de una sociedad perfecta, la persistencia de símbolos cristianos recoge una concepción rigorista de la acción política constituyendo una tradición de fuerte influencia en la historia de la izquierda argentina. Por otra parte, como bien ha señalado Hernán Díaz, esta síntesis de anarquismo y cristianismo ateo permite la profusión de un discurso que asienta sobre tópicos como el “sacrificio”, la “autocastración”, el “maniqueísmo” y los “modelos ideales”. Cierto es que el concurso de invectivas grandilocuentes refleja cierto idealismo irracionalista que reivindica como materia de toda acción política a la pasión. Se trata de un modo particular de sentimentalismo que obliga a Ghiraldo a construir sus obras en clave melodramática. Éste es el registro en el que produce sus obras de teatro. Aquí comentaremos brevemente dos de tales obras por cuanto consideramos que constituyen una clara expresión del pensamiento estético y político de nuestro autor. Decíamos que el melodrama ghiraldiano promueve grandes pasiones: dramáticas conversiones, expiadoras renuncias y entusiasmos redentores, revelan en clave didactista una obra de fuerte sentido programático. Sus diálogos son discursos y sus personajes recogen una tipicidad que podríamos vincular a las pretensiones críticas del realismo socialista, si no fuera por el tamiz anarquista de sus obras encarnado en el fin trágico del héroe. El idealismo con tintes románticos de Ghiraldo es objeto de un discurrir a medio camino entre el realismo y el naturalismo. Cierta premura por la resolución trágica da cuenta de una percepción de la historia cercana a la estética de la inevitabilidad de corte naturalista, no atribuible, sin embargo, a rasgos estilísticos del drama ghiraldiano. En efecto, sus personajes se encuentran lejos de representar contradicciones morales o psíquicas vinculadas a una cotidianidad opresiva. Al contrario, el destino de tales personajes se reduce al lugar que ocupan en el decurso lineal de la historia. En 1906 se estrenó en Buenos Aires la obra Alma gaucha (Ghiraldo: 1946). En esta pieza vemos a Cruz, un conscripto de origen campesino que, luego de ser herido por un oficial instructor y engañado al serle prometida su baja, resulta preso en una lejana cárcel militar. Allí participa en una sublevación que pronto lo convertirá en mártir. Alma, su mujer, renunciará a su libertad a favor de la compañía de su amado. En dicha obra el objeto de la crítica anarquista es la institución militar, que funciona como escenario de la pasión desatada en torno de la injusta represión de un hombre humilde y sangre gaucha. Su condena por desertor es índice de inequidad y da cuenta, recuperando el motivo carcelario para invertirlo aduciendo el carácter justo de su existencia pero en la Casa de Gobierno, del carácter equívoco de sus instituciones. La legalidad por el gobierno promovida constituye un cruel instrumento de dominación y es causa de su muerte, incapaz de incorporar los ideales libertarios de este espíritu indómito: “A vos te mata la ley. Te matan los hombres malos, gaucho...”, dice Alma (1946: 61). La vitalidad atribuida al gaucho manifiesta cierto apego romántico de Ghiraldo a una instancia pre-política cercana a la propuesta de Jean Jacques Rousseau como locus originario de la libertad. La lenta, pero no menos definitiva, marcha de Cruz (aquí la simbología de Ghiraldo se ha despojado de la más mínima pretensión de sutileza) hacia su muerte es la imposibilidad de refundación de la señalada impronta originaria. El precio de esta pérdida, si bien conduce una crítica política de verdadera sistematicidad también resulta en un trágico desenlace.
La voz del defensor de Cruz en el inicuo juicio militar reconoce la intensidad de esta forma de voluntarismo sólo asequible en un orden de cosas en el que se convive con la muerte como un a priori revolucionario. “La taba de mi vida está tirada”, resuena el dicho de Cruz camino de una sentencia tan injusta como inevitable. El héroe trágico es la representación más fiel para Ghiraldo de la condición humana concebida como conquista. Pero el final de esta lucha depara para los hombres “serenidad”.
No extraña, por tanto, la significatividad de aquello que constituye el objeto de la amargura del protagonista en el instante final de su existencia. Es apenas una evocación de autosuficiencia que interpretamos vinculada a la magnitud de la pérdida de aquel momento fundacional de la libertad: “¡Quisiera dir solo! Pero ¡no puedo!...¡no puedo!" (1946: 66). En La columna de fuego de 1913 (Ghiraldo: 1946: 125-179), nuestro autor nos ofrece el mejor de sus dramas. A pesar de que no puede escapar de los vicios estilísticos de la literatura de tesis, es su obra menos maniquea. Cada uno de sus personajes importantes revela un perfil cercano a sus propios dilemas. Constituye una obra inquietante cuyos matices dan cuenta de un cambio de perspectiva. León y Marcos son dos obreros que han perdido su trabajo producto de su previa participación en una huelga. Frente a la promoción de una nueva protesta obrera, León decide participar, pero las urgencias familiares aducidas por Marcos condicionan su negativa a formar parte de ella. Por su parte, Salvador (claramente el alter ego de Ghiraldo) es el intelectual que poco a poco va acercándose a este movimiento, aunque con una visión menos exaltada que la de los personajes precedentes. Telma, la hija de Marcos, enamorada de León, debe renunciar tanto por el conflicto suscitado con su padre como por la inviabilidad atribuida por León a una relación amorosa en un contexto revolucionario. Todos los personajes revelan una inflexión determinante: Marcos, ex líder huelguista y unos de los mejores entre los suyos, ha debido mudar, aunque amargamente, su compromiso político en obsecuencia; Salvador aparece reinterpretando el proceso revolucionario, si bien con previas intuiciones, también con la convicción promovida por el sacrificio de León; Telma debe lidiar con el rechazo de León para reconciliarse con su causa; finalmente, León será asesinado por Marcos en un conflicto destinado a resolverse trágicamente. Por tanto se trata de una obra que tematiza la renuncia como tópico característico del discurso ghiraldiano. En efecto, la renuncia es la materia prima de la acción política, por cuanto ella es conducida por un discurso de naturaleza utópica que asume como su núcleo la “ilusión” que posee por objeto:
La aparente inasequibilidad del fin promovido crea en la obra una continua disyuntiva que permite organizar el discurso en función de extremos precisos. Así, las luchas sociales son caracterizadas como “batalla eterna” pero, al mismo tiempo, la condición revolucionaria de la praxis anarquista incluye la disposición a luchar contra las leyes de la naturaleza si esto fuese necesario (“Si la naturaleza se opone a nuestros destinos lucharemos contra la naturaleza y la venceremos” [1946: 129]). Por otra parte, el espacio constituido por un extremo revelado por el sentido orgánico con el que Salvador quiere introducir la “filosofía” y la “prudencia” en materia política, y que resultan para León “adormidera” frente al entusiasmo revolucionario reflejado aquí en la caracterización de León por parte de Salvador como “optimista”, constituye otro de estos opuestos. En efecto, el aporte de Salvador al diagnóstico revolucionario consiste en afirmar el valor de lo simbólico en la formación de la conciencia revolucionaria, sin cuya operatividad el conflicto entre trabajadores y desocupados se manifiesta irresoluble. Finalmente, reconocemos la que a nuestro juicio constituye la bipolaridad básica que anima la concepción trágica de la historia en la obra de Ghiraldo. Recrea un verdadero sentido profético para el revolucionario capaz de renunciar a la vida cuando ésta se concibe como grado cero de cultura. La mera manifestación del principio biológico de persistencia de la misma supone, para Ghiraldo, al igual que sus epifenómenos —es decir, una vida cotidiana que actúa como refuerzo—, una forma de “apego animal y miserable a la vida”. Frente a tal impulso, la vida es asumida como conquista y la praxis como objeto de moralidad al interior de las luchas libertarias del héroe anarquista que, aunque paradójicamente, debe morir para consumar aquella pretensión:
La incomprensión, la cárcel, el exilio y la muerte, como ya hemos señalado, son para Ghiraldo rasgos cuya pretensión tiende a investir de legitimidad al papel de los intelectuales en el proceso de transformación política promovido por los sectores progresistas de la sociedad argentina. La condición humana representa en Ghiraldo, no tanto un a priori, sino un final, un espacio de conflicto, un lugar de revuelta. Asumirse de este modo consiste en la disolución del individuo en sus hermanos. El individualismo del altisonante discurrir ghiraldiano es resultado de tal rodeo. El héroe trágico es quien puede realizarlo. Se conquista en la idea libertaria que concibe como definitivo porvenir y se asume en la medida de su renuncia para de ese modo expiar la autosuficiente heroicidad. La literatura conjura en Ghiraldo el dolor de su manifiesta testimonialidad. No deja de bullir el autor en su obra. El escritor anarquista se encuentra en sus personajes y éstos constituyen la representación de la búsqueda por “escapar de la médula trágica del conocimiento” (Casullo: 1998: 85). La humanidad es, al fin de cuentas, el objeto de semejante peregrinaje que, destinado a encarnar una matriz anarquista, se consuma en solitaria tragicidad.
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Marcos Olalla |
| © 2003 Coordinador General para Argentina,
Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan. |