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ANGÉLICA MENDOZA ANTE LA CONDICIÓN HUMANA
Florencia Ferreira
U. N. Cuyo-CONICET
Vida y obra
Angélica Mendoza nació el 22
de noviembre de 1889 en Mendoza, donde se recibió de maestra y participó
en la actividad gremial. En 1919 conoció a Rodolfo Ghioldi, quien la
incorporó al Partido Comunista. En una huelga general el gobierno la
detuvo, experiencia que volcó en su crónica novelada Cárcel de
mujeres. En 1925 adhirió al Partido Comunista Obrero, dirigió su
periódico La Chispa y en 1928 fue candidata a la Presidencia de
la República por ese Partido. En 1929 renunció a la política e ingresó a
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires para
estudiar Filosofía (1938) y luego pedagogía en el Instituto de Ciencias
de la Educación (1940). Viajó por varios países americanos y europeos y
fue delegada al Congreso Anti-Imperialista en Amsterdam (1932).
Escribió en la Revista Claridad y, más tarde, su amistad con
Victoria Ocampo la aproximó a la Revista Sur y a la Unión
Panamericana. Definió su cambio político en la línea del pensamiento
liberal y democrático. Fue Secretaria
Internacional de la Comisión Interamericana de Mujeres y designada como
la “mujer más sobresaliente de América Latina” por la General Federation
of Women's Clubs (1940). Realizó traducciones de F. Hegel, R. Descartes,
Malebranche y de L. Henry. Su vocación pedagógica la llevó al estudio de
John Dewey, sobre quien escribió Líneas fundamentales de la filosofía
de John Dewey.
Atraída por la cultura norteamericana, viajó a los Estados Unidos con
una beca de Columbia University (Nueva York, 1940), donde se incorporó
al núcleo de los estudios hispanoamericanos. Su tesis doctoral,
Fuentes del pensamiento norteamericano, fue la primera tesis escrita
en español que se aceptaba en el Departamento de Filosofía de esa
Universidad. Enseñó en Sarah Lawrence y en Brooklyn College, entre
otros, y trabajó con Nelson Rockefeller y en las Naciones Unidas, donde
formó parte de un Proyecto de Educación Fundamental en México. Volvió al
país del Norte, donde tuvo una intensa actividad
intelectual y periodística, para escribir Panorama de las Ideas contemporáneas en los Estados
Unidos.
En 1955 regresó a la Argentina, a
Mendoza, y enseñó Filosofía, Sociología y Antropología Filosófica en la
Universidad de Cuyo. Su vida peregrina terminó en esta ciudad el 5 de
febrero de 1960. La identidad de Angélica Mendoza se evidenció en su
trabajo de escritora, a través de la filosofía, historia, sociología,
crónica, reflexión ensayística y crítica de textos. Pero más que todos
sus méritos intelectuales y literarios, fue su personalidad la que le
valió el recuerdo y el reconocimiento de cuantos la conocieron.
Temas de reflexión antropológica
Desde el comienzo de su actividad
intelectual, Angélica Mendoza se interesó por el estudio de las ideas y
el pensamiento filosófico, unido a una preocupación social y a su deseo
de poner su inteligencia y conocimientos al servicio de un programa de
solidaridad humanística. Luego de su primera etapa como militante en el
Socialismo marxista y en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos
Aires, se formó en el pensamiento filosófico de la Modernidad. Sus
estudios y lecturas sobre Descartes y, muy especialmente, Hegel —de
quien tradujo Filosofía del Derecho (Buenos Aires: Claridad,
1938)— la definieron dentro de un racionalismo que superó el carácter
abstracto de sus principios para proyectarse en una filosofía de la
vida.
En estas circunstancias fue
decisivo el descubrimiento del pensamiento de John Dewey, quien también
partía de un racionalismo filosófico, pero cobraba un sentido práctico y
utilitario que facilitaba la apertura a la vida social que en ella iba
predominado con más fuerza:
La investigación o búsqueda
filosófica es una actitud vital del hombre quien no ha tenido
más remedio que adoptarla para poder subsistir a lo largo de su
experiencia natural e histórica. Esa actitud vital de investigar
revela la ansiedad del hombre y el carácter problemático de su
existencia. Esa situación de incertidumbre forma un basamento
permanente de la investigación y no se detiene sino cuando se
produce una situación unificada de pensamiento y acción. El
sentido profundo de la filosofía está en que es una
investigación de la investigación y sus resultados representan
al mundo de lo verificable. El proceso de esa investigación se
concreta en las proposiciones científicas y matemáticas. ...
Para su pensamiento la experiencia no es nada más, en última
instancia, que la historia de la tierra y la filosofía tiene la
tarea de abarcar y recoger esa experiencia y prolongarla
fecundamente (1962: 54-72).
Sin abandonar su adhesión a la
gnoseología racionalista, completó su formación teórica con el sentido
práctico del pensamiento norteamericano y, especialmente, el del
mencionado Dewey. Su fundamento en la filosofía moderna afirmó su
confianza en la capacidad de la razón para el conocimiento de la
realidad, pero el utilitarismo la proyectó a una afirmación
filantrópica, entendida como una vocación transformadora de la vida
social:
América aún puede aprender
mucho [...] porque su existencia histórica se desenvuelve
todavía bajo el primado de la acción y ante la perspectiva de un
futuro [...] Hay pues, en Dewey los fundamentos para una
antropología filosófica cuyo centro activo es el individuo, en
tanto naturalidad y creación social. La categoría espiritual no
se da como opuesta a la vida, sino en la esfera vital [...] En
Dewey el hombre es unitario, carece de antítesis; y si bien el
espíritu es un elemento auténticamente humano y no animal, se da
en el curso de la vida, depende y se halla inserto en el proceso
vital. El pensamiento sólo es una derivación de las formas del
trabajo humano; es subjetivo y personal. El espíritu, entonces,
no es supratemporal; reconoce un categoría temporal, casi
diríamos histórica, inserta en una especialidad (Mendoza: 1940:
3-19).
Su sentido humanístico rehuyó todo
determinismo en el orden de las ideas y en el desarrollo progresista de
la sociedad, pues Angélica Mendoza tuvo siempre confianza en la
capacidad de la inteligencia humana para determinarse libremente a favor
de la educación y de la transformación de la vida individual y
colectiva. Encontró que la idea educativa de Dewey descansaba en la
realidad de una sociedad democrática y en la participación responsable
de todos los miembros del grupo social. La escuela debía ser un grupo
social en miniatura en el cual el estudio y el crecimiento eran
incidentes de una experiencia común:
Un verdadero sistema de
educación, vale decir de “formación y estructuración” de un
individuo debe estar basado en la conexión vida-experiencia, lo
que significa una dirección consciente y querida del fin
educativo dentro de una filosofía de la experiencia, cuyos
criterios de valor son los dos principios: el de continuidad y
el de interacción. Tal pretensión valora el hacer educativo más
allá de una mera práctica, concediéndole una tensión hacia
valores supraindividuales, esto es, humanos. La acción de los
maduros en los inmaduros ha de realizarse en forma viva, actual,
de contacto y comunicación. Así el proceso de crecimiento supera
al individuo y lo enlaza en el desarrollo de la comunidad, en
donde han de cumplirse las aspiraciones fraguadas en el
experiencia (En: Ferreira de Cassone: 1996:81).
Estas circunstancias explican su
vocación pedagógica que, si bien se basó al principio en la filosofía de
Dewey y en el pensamiento político y social norteamericano, se
enriqueció con aportes de la filosofía contemporánea. Como todo
pensamiento de su tiempo, el de Angélica Mendoza fue conmovido por la
corriente ética de la filosofía alemana representada, por ejemplo, por
Max Scheler, cuyas obras traducidas en España tuvieron una influencia
importante en la Argentina, al igual que las obras de la misma corriente
que se publicaron gracias a la acción de Ortega y Gasset y la editorial
de la Revista de Occidente.
Fue decisiva la influencia de uno
de sus maestros, Francisco Romero, a través de quien tomó contacto con
la corriente renovadora que éste encabezaba en la Argentina siguiendo
las huellas de Alejandro Korn y Coriolano Alberini. Se puede decir que
en la filosofía de Angélica Mendoza está presente el concepto de
“libertad creadora” que orienta la filosofía de Korn.
Desde el punto de vista de las
grandes corrientes de pensamiento, la autora estuvo inmersa en el
positivismo y compartió su creencia en la capacidad de la ciencia para
conocer y transformar el mundo. No fue un positivismo dogmático, sino
una de las maneras y, sin duda la más consolidada en ese tiempo, de
aceptar la preeminencia del conocimiento científico. Su formación
filosófica le permitió enriquecer su positivismo gnoseológico con un
optimismo moral que rechazaba todo escepticismo e imponía el progreso
basado en la capacidad perfectiva de la vida humana:
El Hombre no toma las cosas
como están sino que construye, domestica, planta, cruza,
fertiliza, labora, cambia y cuida. Trabaja su mundo y proyecta
su destino, tal como el hombre concebido en la filosofía
cartesiana y cuya resonancia histórica colma todo el pensamiento
moderno (En: Ferreira de Cassone: 1996:69).
Profesó un fuerte optimismo con
respecto a las posibilidades humanas de progreso individual y colectivo
y, a medida que incorporó nuevas relaciones y viajes y conoció otros
países —muy especialmente los Estados Unidos de América—, consolidó su
optimismo con ejemplos históricos, como el que ofrecía el crecimiento de
ese país con su formidable marcha hacia el Pacífico, la conquista de
nuevos territorios y el ensanche del crecimiento económico y cultural,
que resultó en la potencia de nuestro tiempo.
Sus dos libros principales versan
sobre los Estados Unidos: Fuentes del pensamiento de los Estados
Unidos (México: El Colegio de México, 1950) y Panorama de las
ideas contemporáneas en Estados Unidos (México: Fondo de Cultura
Económica, 1958). En ellos estudia en profundidad los procesos
históricos y políticos, junto al impulso religioso protestante que se
encuentra en la base del desarrollo norteamericano.
Ajena a todo escepticismo
filosófico y aunque mantuvo una posición equidistante y agnóstica en
materia de convicciones religiosas, se consolidó su fe en la capacidad
de la inteligencia humana para conocer la realidad a través de las
ciencias y la filosofía:
La investigación misma
—insistimos— es un proceso continuo en cada uno de los campos
donde se pone en marcha. En la investigación científica, el
criterio de lo que se considera establecido, esto es, que es
conocimiento, queda asentado de tal modo que puede ser utilizado
como un recurso en la investigación posterior. En ese proceso
ininterrumpido las conclusiones no pueden tener el carácter de
permanentes, pues la creencia final, por más establecida que
esté, se halla expuesta a los resultados de las investigaciones
futuras (En: Ferreira de Cassone: 1996: 94).
El sentido social de la filosofía
de Angélica Mendoza se reforzó con Victoria Ocampo y el grupo de Sur.
La base teórica que había forjado en la Facultad de Filosofía y Letras,
se enriqueció con la visión americanista que aquel núcleo le aportó,
sumada a la militancia feminista inspirada por la directora de Sur,
quien le presentó este tema como esencial para su filosofía de la vida y
la acción.
En la Argentina surgió una
incipiente corriente feminista, impulsada por movimientos europeos y
norteamericanos que pujaban por conceder a la mujer un mayor predominio
en la vida social. La política argentina de entonces no le había
otorgado a la mujer una función adecuada a sus posibilidades. Pero en
los partidos políticos, sobre todo en el Socialismo y Comunismo, ya se
habían destacado varias personalidades como Alicia Moreau de Justo, las
hermanas Mariana y Sonia Chertkoff, Cora Ratto de Sadosky y la misma
Angélica Mendoza que, como vimos, había sido candidata a Presidente de
la República por el Partido Comunista Obrero.
Victoria Ocampo y su revista no
compartían esta posición política. Angélica Mendoza, que ya no sostenía
que la clase social era más determinante que el género en el progreso
social, aceptó el liberalismo democrático de la cultura de Sur,
acorde con el ejemplo que ofrecía desde los Estados Unidos Eleanor
Roosevelt.
En este contexto Angélica Mendoza
enriqueció su feminismo con la preocupación americanista y viajó por
varios países iberoamericanos estudiando la problemática de la mujer de
acuerdo con las circunstancias de su tiempo. La eficacia de su acción le
ganó un importante reconocimiento: que la Asociación de Mujeres
Interamericanas la designara como Mujer Sobresaliente del año:
En 1940 me interesé mucho
en las relaciones internacionales y particularmente en el
problema de la comprensión y la amistad interamericana. Al mismo
tiempo, estaba interesada en el tema de la situación de la
mujer, en mi país y en el conteniente americano, porque estaba
convencida que uno de los males de nuestra sociedad
latinoamericana era el de la condición subordinada de la mujer y
su peso de desigualdad social. La Unión Panamericana había
iniciado, entonces, una campaña continental por el mejoramiento
del estado social, político y legal de la mujer. Una oficina de
la Comisión Interamericana de Mujeres fue abierta en Buenos
Aires y fui nombrada Secretaría Internacional. [...] Fue en este
período de mi vida, y a causa de mis actividades
interamericanas, que me interesé vivamente por los Estados
Unidos. Pero, a pesar de un conocimiento de su literatura y de
su historia, mucho había que me era desconocido. En 1941, fui
elegida por la Federación General de Club de Mujeres de los
Estados Unidos como “la más sobresaliente mujer de
Latinoamérica” y fui honrada con una beca para estudiar en la
Universidad de Columbia (En: Ferreira de Cassone: 1996: 39-42).
Su feminismo fue uno de los
elementos integrantes de su concepción cultural y filosófica. Nunca lo
abandonó, y cuando años más tarde regresó a Mendoza con una personalidad
muy distinta del radicalismo de su juventud, insistió en exponer los
principios y características de una participación cada vez mayor de la
mujer en el progreso social. No era un feminismo dogmático ni
principista, sino una insistencia matizada y realista de la importancia
creciente de la mujer en el mundo contemporáneo.
Angélica Mendoza no profesó ninguna
religión positiva. No hubo en ella una preocupación explícita por la
existencia de Dios o por los temas específicamente religiosos. Pero
cuando trabó conocimiento con las ideas norteamericanas y, sobre todo,
cuando adquirió la experiencia de la historia de los Estados Unidos,
donde la religión protestante había sido decisiva, se interesó vivamente
por todo lo que se refería al protestantismo, a sus diversas corrientes
y por la influencia de la religión en la historia, la filosofía, la
política y el derecho. También valorizó en grado sumo, la vocación
utópica de construcción de un futuro siempre perfectible que estaba
presente en muchos aspectos de estas convicciones religiosas.
Asimismo, le interesó el utopismo
de algunos librepensadores norteamericanos, desde Thomas Jefferson,
Benjamín Franklin, Stephen Hopkins, George Wythe, Ehtan Allen a Abner
Kneeland, junto a Orestes A. Brownson, que recibía la influencia de
reformadores ingleses como Robert Owen, su hijo Robert Dale Owen y
Francis Wrights. Sin duda, recobraba el impulso inicial utópico que
había vivido en su primera formación socialista y comunista. La
religión, entonces, adquirió una perspectiva distinta y se le revelaron
las posibilidades que ofrecía para una reorganización de la vida social
y colectiva, es decir, más allá de una consideración personal o
subjetiva.
Desde sus primeros momentos,
Angélica Mendoza tuvo conciencia de la existencia del Estado como la
forma moderna de la organización social. Desde el punto de vista del
Socialismo, mantuvo una posición crítica, pero no llegó a la negación
anarquista ni a la propuesta de una abolición del Estado en función de
una organización política que prescindiera del orden estatal.
Prueba evidente de la importancia
que concedía a la organización del Estado, fue su participación en los
grupos políticos que aspiraban a conquistar el gobierno y su candidatura
a Presidente de la República. Creía que el Estado burgués debía ser
reformado para abrirse a formas socialistas que representaran la
superación del dominio que las clases dominantes ejercían sobre el resto
de la sociedad. Fue revolucionaria, pero para cambiar la forma del
Estado, todo ello de acuerdo con los principios de su socialismo juvenil
reforzado más adelante por las convicciones derivadas de su lectura de
la filosofía hegeliana:
La realidad de nuestras
naciones americanas desde el Río Grande al Cabo de Hornos, en la
circunstancia que vivimos, aparece en un ámbito caótico de
dictaduras, gobiernos militares y con una masa de civiles
quienes o llenan las cárceles y sufren persecución o bien
permanecen estáticos y satisfechos con el nuevo orden de cosas.
[...] Esas dictaduras y apatía ciudadanas desenmascaran la
existencia ficticia de las democracias y disimulan la baja
condición de las masas, cuyos derechos políticos casi nunca han
sido gozados en libertad. De ahí la casi completa ausencia del
ejercicio de la voluntad popular y el desarrollo de la demagogia
como método de gobierno para mantener a la población bajo el
señuelo de mejoras económicas y sociales, que para ser
realizadas exigen el control permanente y regular las opiniones
y la entrega total de la masa a la voluntad del grupo que maneja
el país. Dicha demagogia no configura ni permite configurar una
real conciencia de pueblo, pues las masas son manejadas y
mantenidas en plena minoría de edad cívica. Esa situación de
incapacidad ética se agrava al elaborar y difundir desde arriba
ideologías que substituyen a un verdadero pensamiento político,
y cuyos materiales han sido tomados de ciertas corrientes
destructivas que surgieron en Europa en vísperas de la
desagregación final. Es decir que a cambio de ciertas mejoras
pasajeras se empeña el futuro de toda la comunidad nacional. A
pesar de que dichos fenómenos se desarrollan y necesitan
desarrollarse dentro del ámbito vivo de la nación, ésta no es
tenida en cuenta como organismo vivo y consciente. Un hecho de
enorme importancia social, como lo es la concesión del voto a la
mujer, sin que ella haya convivido con la práctica de la
democracia ni con el real ejercicio de la ciudadanía de parte de
los hombres, tiene ciertas notas sombrías para el porvenir de
nuestra América si bien, a la larga, los factores imponderables
que desatan las luchas sociales pueden convertir a la
contribución de la mujer —aunque sea emocional— en un hecho
positivo” (En: Ferreira de Cassone: 1996: 269).
Cuando advirtió que el camino
elegido en la militancia partidaria carecía de posibilidades de
realización, se retiró definitivamente de la política y se consagró a la
vida intelectual, pero sin renegar de su aceptación del Estado como
institución organizadora de la vida colectiva. Su inicial actitud
revolucionaria fue cediendo a las circunstancias concretas de la vida
argentina de su tiempo y aunque mantuvo una permanente aspiración a la
justicia y a la igualdad, buscó una relación con la sociedad basada en
la inteligencia y no en la práctica de la militancia partidaria:
Es verdad que por entonces
mi fe absoluta en la ciencia y en el poder del hombre para
resolver los problemas fundamentales de la humanidad, se estaba
debilitando. Como joven que ha crecido entre guerras y
revoluciones y que era tan ansiosa y curiosa como para
investigar, en la vida real, la naturaleza y el alcance de la
infelicidad humana, yo estaba bajo la tensión y la presión de
una complicada experiencia del mundo. Aún así, proseguí mi línea
original de pensamiento y comencé a escribir ensayos sobre temas
filosóficos y sociales” (En: Ferreira de Cassone: 1996: 40).
Angélica Mendoza sostuvo que los
valores teóricos debían inspirar la formación del hombre y de la mujer,
lo cual equivalía al descubrimiento de la importancia de la educación
como factor transformador. Es decir, pedagogía y educación pasaron a ser
dos disciplinas que la autora cultivó en función de este nuevo programa
de transformación social. Su formación profesional la había preparado
para esta vocación desde su tarea de maestra en la Provincia de Mendoza,
cuando formó un Sindicato de Maestros que reclamaba mejoras laborales
pero muy especialmente una reforma social progresista.
En la Facultad de Filosofía y
Letras y junto a su formación específicamente filosófica, se interesó
por las disciplinas pedagógicas que en ese momento se enseñaban en la
Facultad y que tenían un desarrollo muy notable, tanto por obra de los
profesores Adolfo Cassani y Luis Juan Guerrero, como por la importancia
que el tema educativo siempre había tenido en la Argentina en razón de
la tradición fundada por Domingo Faustino Sarmiento. En esta misma línea
hay que colocar su asistencia a los cursos pedagógicos y educativos, a
la lectura y traducción de las obras del moderno pensamiento pedagógico
y a sus contactos con el grupo de maestros y profesores interesados en
la educación norteamericana.
La etapa norteamericana representó
una íntima fusión de su vocación intelectual y pedagógica. La formación
que adquirió en Columbia University la puso al día con los temas
pedagógicos y filosóficos y, sobre todo, con la proyección que éstos
tenían sobre la vida política de su tiempo:
Estoy pronta para cualquier
programa a favor del buen entendimiento entre los dos mundos
culturales que existen en el continente americano y de una mejor
comprensión de sus instituciones y sistema de valores. Al mismo
tiempo, pienso que para conservar mi enseñanza viva y con
significación debo estar en estrecho contacto con cualquier
nueva corriente en el pensamiento humano que pueda mejorar a la
mayoría en un mundo perturbado (En: Ferreira de Cassone: 1996:
42).
Cuando viajó a ese país ya había
estallado la Segunda Guerra Mundial. En el gobierno de Franklin D.
Roosevelt, por la influencia decisiva de intelectuales que impulsaban el
movimiento progresista, se estaba produciendo una revolución de hondos
alcances en la vida norteamericana. Aquí aparece la influencia de la
personalidad de Eleanor Roosevelt, que tuvo un fuerte impacto en el
movimiento feminista argentino y norteamericano y cuya acción tuvo
enorme importancia para definir muchos principios políticos y sociales
de su tiempo.
Papel de la educación
Filosofía, educación, feminismo y
americanismo fueron la base de su personalidad:
Cuando, en 1929, entré en
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos
Aires, estaba yo buscando una guía para enfrentar los problemas
de la vida y del mundo. La verdad era mi más alta ambición y la
justicia, mi más profunda demanda. El primer año, cuando entré
en contacto con la historia del pensamiento humano, me di cuenta
de inmediato que mi vocación era el estudio y el conocimiento
del desarrollo de la conducta humana enderezada a una mejor
comprensión del destino y de la condición del hombre (En:
Ferreira de Cassone: 1996: 39).
En efecto, en esos años se produjo
el cambio en la perspectiva personal de Angélica Mendoza: descubrió que
a través de la educación con un sentido progresista y social, era
posible lograr las transformaciones con que siempre había soñado; pero
éstas ya no llegarían por medio de la revolución, sino por medio de una
educación integral, abarcadora de pueblo y de razas. Es decir que ahí se
forjó la visión intelectual y política que mantendría el resto de su
vida.
En Angélica Mendoza la concepción
del mundo y de la vida implicó una visión abierta, donde no había lugar
para ningún tipo de exclusión o discriminación de carácter racista.
Dentro de la tradición argentina y por su propia índole de criolla con
fuertes rasgos de sus antepasados mestizos —le decían “India Brava”—,
nunca se planteó el problema del racismo, o sea la discriminación y la
postergación por el color de la piel o la pervivencia de rasgos
culturales indígenas. Su problema inicial no fue la raza sino la lucha
contra la pobreza, la injusticia y la desigualdad. Tampoco vinculó las
características raciales con la postergación social, la cual para ella
tenía que ver con la falta de educación y la imposibilidad de participar
en la vida de la república democrática.
En Estados Unidos tuvo la primera
evidencia de la fuerza de la exclusión racista y de todos los problemas
que el racismo ha planteado en la vida norteamericana. Hay que recordar
que en esos momentos tanto en Columbia University como en muchas
Universidades de Nueva York, se había producido la concurrencia de un
grupo notable de iberoamericanos que habían llegado con los mismos
propósitos de Angélica Mendoza y, en muchos casos, como refugiados de
países donde los gobiernos dictatoriales impedían la libre actividad
política democrática. En estos grupos el rechazo del racismo era unánime
y recogían las advertencias que en su momento habían hecho
personalidades, como la de José Martí. Esto representaba un acicate para
que abordaran de una manera u otra una perspectiva americana de abierta
y total igualdad racial.
En el caso particular de la autora,
el descubrimiento de todo lo que implicaba la raza y la cultura negra se
constituyó en una de las características principales del pensamiento que
elaboró en los Estados Unidos. De ahí sus numerosos ensayos y escritos
en torno a fenómenos de la cultura negra, tales como la música de jazz.
Fue deslumbrada por el fenómeno cultural de los negros norteamericanos y
de todo lo que este despertar implicaba como renovación de un aspecto
parcial, pero no menos importante, de la personalidad de los Estados
Unidos. Con posterioridad, y gracias a sus vinculaciones con los
organismos norteamericanos que se ocupaban de temas de educación y
sociedad en Iberoamérica, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus
ideas. Primero con una beca de la UNESCO que le permitió residir entre
los indios tarascos de México para llevar a cabo el Proyecto de
Educación Fundamental de Pátzcuaro y, más tarde, en Bolivia para
estudiar la escuela indigenal de Huarizata:
He aquí por qué los
objetivos de la Educación Fundamental —que el Centro de
Pátzcuaro intenta lograr— se convierten en requerimientos para
una posible vida auténtica y responsable en los países de
nuestra América. De ahí la importancia capital de su utilización
por países que aún están bajo el dominio de dictaduras y
gobiernos de fuerza. Porque la Educación Fundamental se
transforma en arma de doble filo y es destructiva, si acaso su
aplicación sirve para asegurar ideológicamente y ganar la
voluntad virgen de las grandes masas indias y campesinas. Sin
embargo, el potencial positivo que carga en sus objetivos puede
permitir la creación de una conciencia de pueblo, aún bajo la
acción organizada de un Estado centralizado, si acaso quienes la
ejercen son maestros de verdad y conocen el camino por recorrer
(En: Ferreira de Cassone: 1996: 272).
Aplicó entonces una de las
disciplinas que cultivó con más ahínco y personalidad: la educación
fundamental, es decir, una pedagogía que completaba los elementos
primeros de la alfabetización y la instrucción con una educación que
tenía en cuenta la higiene, alimentación y la salud en el marco real de
la región donde vivían estas comunidades:
Los objetivos de la
Educación Fundamental —decía— se organizan de acuerdo a una
filosofía social y política, la cual tiende a formar ciudadanos
responsables que se integren con la vida de la comunidad.
América Latina no podrá cabalmente realizar esa empresa
educativa si trata de desestimar los requerimientos que ésta
plantea, porque todo proyecto de Educación Fundamental replantea
en nuestros países el trascendental problema de evaluar la
realidad presente y de hacerse cargo de la estructuración del
destino de América Latina (En: Ferreira de Cassone: 1996: 269).
Gracias a esas experiencias
americanas pudo ampliar su comprensión del fenómeno de las razas
indígenas, y se fortaleció su convicción de que la reforma social en
nuestros países debía tener muy en cuenta las peculiaridades de las
culturas indígenas. Compresión y simpatía que coronaron su convicción,
cada vez más profunda, en contra de cualquier tipo de discriminación
racial en América y en el mundo. Su visión universal de la unidad de
género humano la impulsó, pues, a una filosofía abierta a la
universalidad de los problemas sociales dentro de una perspectiva
democrática.
Su humanismo integrador le permitió
proyectarse sobre toda la humanidad sin ningún tipo de reduccionismo
sectario. Para ella, la humanidad formaba un todo que iba desde la
familia hasta la sociedad política universal, dentro de la cual se
incluían todos los géneros y las razas, en una amplia consideración
basada en el respeto irrestricto a los derechos humanos.
Angélica Mendoza siempre tuvo la
percepción de la existencia de valores objetivos sobre los cuales debía
organizar su vida intelectual y social. El tema de los valores, muy
frecuentado en la filosofía alemana de su tiempo, adquirió un fuerte
relieve a la luz de su interés en el pensamiento norteamericano, por
medio del cual clarificó la afirmación de valores intelectuales y
utilitarios, siempre a favor de una actitud que concedía importancia
subordinante a la ética individual y social:
Una vez, en un corrillo de
candidatos al doctorado oí una expresión que me dejó perpleja:
“¿Sabe usted que el pensamiento que aquí se imparte es
operacional?”. Proviniendo yo de un mundo cultural en el cual
aún eran comunes términos universales y absolutos, con valores
trasminados de trascendencia, la palabra “operacional” me
produjo una impresión deprimente. Corrieron los años y los
afanes por aprehender el sentido y la complejidad de la cultura
“americana”; se ahondó mi experiencia en la vida de una
comunidad moderna, protestante y capitalista, en la cual la
técnica ha ejercido un impacto profundo e imborrable
históricamente. Identificado mi pensamiento con la lengua
inglesa-americana y sus giros valorativos, ahincada en el
conocer del pensamiento científico llegué al secreto que siempre
ocultan las lenguas y me di cuenta que en mi labor de
investigación y reconstrucción de mi experiencia yo estaba
también utilizando métodos y procesos “operacionales” para la
obtención de la verdad. Había ingresado pues al orbe del
pragmatismo y del instrumentalismo, sin mayor esfuerzo,
simplemente viviéndolo (En: Ferreira de Cassone: 1996: 87).
En su pensamiento no había
afirmaciones absolutas de carácter metafísico, pero en su filosofía
social había un profundo optimismo en la capacidad del hombre y la
sociedad para lograr transformaciones progresistas superadoras de todo
quietismo pesimista. Aquí reaparece el mencionado principio filosófico
de Korn de la libertad creadora, al cual debemos sumar el de una crítica
pesimista de la situación del hombre y de la sociedad americanas, pero
imbuida de una fe en la posibilidad de construir un nuevo humanismo
afirmativo:
La filosofía de una
sociedad adquisitiva se plasmaba en las leyes y en las normas
éticas y la desigualdad de la riqueza se justificaba con la
antigua suposición puritana de que Dios favorecía a sus
elegidos. Oleadas de inmigrantes se habían volcado en los
barrios bajos de sus metrópolis y en las cuencas mineras. En los
cuales resonaban las voces de una Babel moderna. La ley natural
todavía dominaba en el orbe del trabajo y las leyes mantenían el
principio de que ninguno de los estados del país, al regular el
status de las corporaciones de la gran industria podía
fijar su tasa impositiva a un nivel tan bajo como que llegara a
despojarlas de una justa compensación a su capital. Herbert
Spencer y los economistas clásicos habían sentado las bases a
beneficio de las riquezas de las corporaciones. Más que nunca la
justificación de la desigualdad se la proyectaba a la
trascendencia y en la llamada naturaleza humana. A la vez
surgían doctrinas que explicaban la presencia y la necesidad de
las élites cultas, cuyo desprecio, sin embargo, a los “Mr.
Babbits” del dinero era inmenso (En: Ferreira de Cassone: 1996:
83).
Luego de su experiencia en el país
del Norte, comprobó ciertos beneficios del capitalismo y lo que éste
había significado para aquélla nación. Escribe en un artículo para La
Prensa de Buenos Aires —titulado “Estados Unidos y su épica”— :
Estados Unidos se destaca
por ser la única nación del mundo cuyo sistema social es
auténticamente moderno y capitalista. La realización social,
económica y política de ese mundo ha exigido a su pueblo mucha
voluntad de acción y gran capacidad para sobreponerse a todo
tipo de dificultades. No es posible admitir que semejante
despliegue de coraje y energía humana se haya hecho simplemente
por el móvil de la ganancia pecuniaria; sólo aspiraciones muy
queridas y esperanzas bien arraigadas deben haber movilizado esa
actividad, especialmente en el nacimiento de la nación (Mendoza:
1958).
Sin embargo, advertía que los
problemas de la justicia social de la América Ibera eran muy distintos y
habían proporcionado
[...] material explosivo a
las demagogias, las cuales los han utilizado como arma social y
destructiva. Sin embargo, como las demagogias no poseen el
sentido económico apropiado son incapaces de lograr la posterior
reconstrucción con una forma nueva y más justa de convivencia.
Elevar simplemente los salarios no significa elevar la condición
humana pues deja subsistente otros hechos más profundos:
desigualdad social, autoritarismo, sentido de castas,
inseguridad económica, ausencia de justicia, violación de los
derechos humanos, economía atrasada, aislamiento rural, métodos
y técnicas inadecuados de trabajo, burocracia poderosa y venal,
unicato político y destrucción de las formas organizadas de
oposición, nivelación de las conciencias, destrucción de los
valores culturales independientes, terrorismo policial y, en
consecuencia, envilecimiento cotidiano de las masas. Además,
aumentar la capacidad adquisitiva del individuo sin permitirle
el uso y ejercicio de la libertad y el derecho a una existencia
digna, significa aumentar la incapacidad de una masa de
individuos bien vestidos y bien comidos, cuya digestión impide
el desarrollo de su conciencia cívica y de su patriotismo. Ese
tipo de demagogia basada especialmente en la satisfacción de
necesidades elementales, proporciona un falaz sentimiento de
felicidad con la fácil satisfacción del consumo de productos
inútiles y frívolos que tales sistemas fabrican por falta de una
economía bien organizada. El bienestar que se ofrece es una
substitución de la real existencia ciudadana; viene a ser el
reverso de la conciencia mistificada en la cual vive la masa
(En: Ferreira de Cassone: 1996: 270).
Concepciones sobre el arte y la literatura
Aunque ninguno de sus estudios
estuvo consagrado en forma específica a la literatura, ya sea crítica o
de creación, en sus libros, artículos, notas o ensayos se advierten los
rasgos de un estilo personal de buena estirpe literaria que prueba su
gusto seguro y su capacidad para expresar sus ideas en forma original y
personal:
El amor está implícito en
la total actitud; es el subsuelo vivo de toda actividad y
devoción que aún permanezca libre de racionalizaciones. Es la
ocupación por excelencia, múltiple en sus direcciones, inestable
en su duración y estética en sus motivaciones, aparte de cierto
sesgo social y sentimiento de prestigio personal (En: Ferreira
de Cassone: 1996: 240).
Su maduración cultural hizo que su
vocación docente se completara con una visión antropológica y social con
un objetivo preciso: la sociedad americana. Fue en el sentido más cabal
una auténtica maestra de América y gustaba que se reconociera en su
personalidad estos rasgos que la emparentaban con la mencionada
tradición sarmientina. Este objetivo explica la riqueza de sus
observaciones sobre la condición humana en América y su comprensión de
los rasgos que distinguían al hombre americano para el cual pedía una
pedagogía práctica, basada en el conocimiento directo del campo en el
cual estaba inserta la acción del hombre en toda su variedad de hábitos,
rasgos, costumbres y cualidades.
La pedagogía de Angélica Mendoza,
sobre todo en sus años finales, se enriqueció con sus estudios
sociológicos. Cuando regresó a Mendoza (1955) y ocupó las cátedras en la
Universidad Nacional de Cuyo con posterioridad a la llamada “Revolución
Libertadora”, advirtió que la sociología estaba limitada a los enfoques
teóricos y a la exposición de teorías y doctrinas, más que a los
estudios experimentales basados en el trabajo de campo:
Llegó a Mendoza con toda
esa experiencia, con ese amazonas de ideas y aquí, la sociedad
mendocina, muy pacata, muy conservadora, recordaba a la
agitadora de los maestros y la veía como a la Rosa Luxemburgo de
esa época [...] Y aquí innovó, trajo la práctica del trabajo de
campo, la apertura a una bibliografía universal y no había tema
que no quisiera discutir y sobre lo que no ilustrara a sus
alumnos (Zuleta Álvarez, 1997).
Preconizó entonces una sociología
fundada en los datos empíricos de la realidad captados a través de
investigaciones personales que ella misma llevó a cabo en Mendoza, con
la colaboración de estudiantes y graduados universitarios:
Lucha por conocer siempre
algo más de ese singular fenómeno conocido como hombre en
sociedad, para que tal conocimiento sirviera de base positiva a
las aspiraciones humanas de cambio y de perfeccionamiento. Tal
como con frecuencia lo sintetizaba en la cátedra: “es inútil
querer cambiar algo apasionadamente, si primero no se lo conoce
desapasionadamente”. De allí su decisión de dedicarse a las
ciencias humanas y sociales [...] No sólo enseña: entusiasma. No
sólo expone magistralmente: genera debates. No sólo explica
teorías: fomenta experiencias. Pone en tela de juicio ideas y
conceptos. Obliga a pensar. Exige atenta observación de la
realidad social. Sus (casi radicalizados) empirismo sociológico
y relativismo cultural fueron blanco de serios ataques [...]
Hasta el enojo nos estaría exigiendo —como nos lo exigía
entonces— ser objetivos en el análisis de los hechos (Triviño:
1970).
Sus estudios sociológicos y
antropológicos aprovecharon las obras y experiencias de la sociología
norteamericana, que sirvió como paradigma de los estudios que preconizó
para Mendoza y la Argentina. No alcanzó a desarrollar en plenitud esta
última vocación sociológica, que estaba fuertemente relacionada con
aquella vocación docente, pero emprendió estudios y llevó a cabo
trabajos renovadores que causaron un fuerte impacto en la nueva
Universidad argentina:
Nos impulsó a la
realización de investigaciones puramente empíricas y
descriptivas (en Villas Miserias, Patronato de Menores, Cárcel
Penitenciaria, etc.), casi por completo ajenas a consideraciones
teóricas [...] Fue una “vacuna” contra una cierta abundancia de
teorizaciones con escasa o sin clara base concreta [...] En la
cátedra puso énfasis en el “relativismo cultural”, aporte
valioso de la Antropología a los estudios sociológicos (Triviño:
1997).
En Columbia University, lo mismo
que en otros centros de actividad política y cultural de la vida
norteamericana, se produjo la conjunción, como hemos dicho, de notables
intelectuales y escritores de varios países de Europa y de América. Bajo
la dirección de Federico de Onís y a través de la Revista Hispánica
Moderna, se manifestaron autores y temas que le ofrecieron una gama
amplia y variada de problemas de América, que hasta entonces sólo había
conocido de manera indirecta.
Países como Cuba, México, y
Venezuela, por ejemplo, le ofrecieron un panorama muy atractivo de
experiencias antropológicas, sociales y literarias. México en especial,
se convirtió en el centro de un cúmulo de informaciones y temas que
ocuparon un lugar preponderante en la atención de Angélica Mendoza. Su
residencia entre los indios tarascos y otros elementos de juicio le
permitieron escribir un hermoso y sugestivo ensayo, “México al
pendiente”, es decir, México en espera, porque consideraba que era un
núcleo germinal para la realización plena de la cultura americana:
La exigencia de una
libertad real como requisito previo para el progreso político de
América Latina está planteada desde las luchas por la
Independencia, pero sólo en los últimos cincuenta años ha sido
reclamada y reconocida por las masas. Desde luego, la Revolución
Mexicana es el hecho cuya dinámica ha sacudido a las masas de
América Latina con la certidumbre de poder repetirlo y la
posibilidad de ganarlo a fin de asegurar los beneficios de la
libertad. La exigencia por una libertad real nos lleva
directamente, además, a una revisión de nuestra tradición
jurídica dominante cuyas raíces plantadas en América no han dado
frutos positivos respecto a la responsabilidad del individuo y
al derecho del ciudadano. El falseamiento de la ley, su mal uso
por los de arriba y la impotencia de los de abajo para reforzar
su validez escrita en la realidad, ha creado esa historia
sangrienta de guerras civiles, revoluciones y asonadas que
forman nuestro patrimonio político. La lucha por la libertad de
pensamiento todavía se desenvuelve en un plano individual y, a
veces, requiere un esfuerzo titánico para llevarla a cabo cuando
no el sacrificio de toda una existencia. En nuestros países, a
pesar de la tradición heroica individualista, las masas
permanecen ajenas y acobardadas cuando se trata de decidirse
entre un gobierno de fuerza y la existencia de una prensa libre
(En: Ferreira de Cassone: 1996: 270).
También la impresionaron vivamente
los paisajes, los monumentos y los testimonios arqueológicos e
históricos que conoció en Estados Unidos y que motivaran ensayos de
belleza literaria y notable sensibilidad estética. Es decir que América
dejó de ser una referencia libresca y teórica para convertirse en una
realidad viva que Angélica Mendoza incorporó a su visión humanística.
América no solamente era una notable e incitante realidad cultural, sino
que ofrecía esta singularidad a una visión mayor y universal de la
cultura. No obstante, era muy crítica respecto a la conciencia de poseer
un destino propio, porque nuestra América había vivido de prestado tanto
en ideologías como en imágenes. Un siglo y medio de liberación, decía,
le hizo escuchar el grito de guerra de caudillos junto a los ecos del
pensamiento iluminista, del romanticismo político y de la praxis
positivista:
Nuestra América no ha
querido mirar hacia atrás y ha intentado olvidar al hombre real
que vive, trabaja y pulula en nuestros países. Porque la cultura
ha sido, quehacer de élites, extrañadas de nuestra propia
condición. El hombre común, el indio y el campesino, no han
hecho historia sino en las guerras de la independencia y las
insurrecciones; siendo el hombre real de América ha vivido como
huésped indeseable.[...] América Latina debe comenzar a
pertenecerse a sí misma. No vuelta a Europa sino recogida en sí
misma. Porque aún no ha tenido tiempo de conocerse y de reflejar
su pensamiento, porque aún no ha dirimido su contienda con la
salvaje naturaleza en la cual vive inmersa; porque todavía no ha
terminado de modelar su rostro y expresar su propia imagen con
lenguaje propio. Todavía vive en el mundo imaginífico del mito y
la metáfora. Las abstracciones del pensamiento madurado del
mundo le son muy difíciles de absorber y realizar. Ajena a
exigencias extrañas nuestra América debe forjar su destino a
solas, admitiendo su realidad humana y social, aceptando su
condición, y confiando a su masa humana —con algo de indio y
español, con algo de negro y europeo—, la tarea de elaborar su
propia y auténtica cultura ahincada en la singularidad de la
existencia. Pero debe abrir las puertas al mundo, al Oeste y al
Este, al Sur y al Norte, para recibir el aporte que le conceda
la dimensión universal y su cultura pueda ocupar un rango en el
devenir de la Historia Universal. [...] El hombre de nuestra
América tiene espacio para arriba y para los cuatro puntos
cardinales; para descubrir, transformar y recrear su medio. Aún
tiene esperanza y futuro imprevisto; su apetencia de ideales y
valores está virgen y vacía, porque apenas si ha pisado el
umbral de su historia (En: Ferreira de Cassone: 1996: 272).
El americanismo de Angélica Mendoza
superaba cualquier expresión estrecha y limitada de la singularidad
antropológica y arquitectónica; la visión universal siempre estuvo
presente en su perspectiva intelectual. América propia y valiosa pero,
por ello mismo, con capacidad para universalizar una fisonomía propia.
Palabras finales
Cuando se considera la biografía de
Angélica Mendoza, las diversas etapas de su vida y de su formación
intelectual y política, y se tiene en cuenta que desde el socialismo
juvenil hasta el liberalismo democrático de sus últimos días atravesó
con un fuerte protagonismo personal unos de los momentos más complejos y
conflictivos de la cultura contemporánea, es sorprendente que en ninguno
de ellos eligiera la formulación clara y rotunda de sus diversas
convicciones personales, políticas y sociales.
A pesar de que durante su juventud
socialista se consagró a las posiciones revolucionarias, en sus textos
no se encuentran declaraciones de las razones personales que la animaron
en su carrera política. Algo podría traslucirse en su novela de juventud
—Cárcel de mujeres (obra de la que renegó en sus años
posteriores)— sobre algunas reflexiones en razón de que en este libro se
relataba la horrible experiencia de su propia prisión en la Cárcel del
Buen Pastor de Mendoza cuando se desempeñaba como gremialista en la
huelga de maestros.
En ninguno de sus escritos
posteriores y, desde luego, en ninguno de los textos que corresponden a
los años cuarenta, cuando estaba consagrada a la pedagogía, filosofía y
feminismo, se encuentran confesiones personales, pues su mayor esfuerzo
intelectual estaba en la exposición de las teorías que entonces
defendía.
Sobre su experiencia en los Estados
Unidos y su posterior relación con las culturas indígenas no existen
textos autobiográficos o de justificación personal. Una excepción
notable es su “Autobiografía intelectual”, escrita en ocasión de la
presentación a los organismos norteamericanos que auspiciaban becas y
auxilios profesionales, ocasiones en las cuales se suele solicitar a
quien aspira a estos beneficios una exposición personal de sus
antecedentes, estudios y propósitos.
En los trabajos de mayor
envergadura escritos en su madurez, tales como los mencionados
Fuentes del pensamiento de los Estados Unidos y Panorama de las
ideas contemporáneas en Estados Unidos, Angélica Mendoza asume con
todo rigor su función de historiadora de las ideas políticas y sociales
y, aunque manifiesta su admiración por diversos capítulos de la historia
norteamericana, tampoco deja traslucir impresiones personales o juicios
que perturben la exposición de los hechos que considera.
Asimismo, en ninguno de sus
artículos o ensayos escritos y publicados a partir de la experiencia
norteamericana se advierte esta nota personal, a pesar de que su estilo
vivaz, su agilidad literaria y sus excelentes virtudes de estilo
hubieran permitido que se transparentaran juicios personales en uno u
otro sentido. Sí, en cambio, está presente el reconocimiento generoso a
sus maestros, a los cuales agradeció todo lo que habían hecho a favor de
su formación intelectual y personal.
Angélica Mendoza fue una escritora
de extraordinarias condiciones. Tenía un estilo directo en un castellano
impecable de pura raigambre americana, es decir, sin recursos
estilísticos ajenos a lo mejor de la prosa que se escribía entonces, con
fuerza descriptiva, capacidad para captar situaciones singulares y una
facilidad sorprendente para expresar sus ideas y sentimientos de una
manera vívida y exacta.
Algunos de los estudios que dedicó
a figuras como Enrique Hudson o a costumbres y paisajes americanos,
pueden figurar entre las mejores páginas de la literatura iberoamericana
de su tiempo, virtudes que sin duda apreció y valoró Victoria Ocampo
cuando la incorporó al elenco de escritores de Sur. Pero los
méritos literarios de Angélica Mendoza adquieren su sentido más profundo
cuando se los considera como el medio con que se expresó su vigorosa y
original personalidad, su voluntad de servir a la sociedad argentina y
americana proyectadas al mejoramiento del hombre y la mujer y la
humanidad.
Bibliografía de obras citadas
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Mendoza, Angélica. “John Dewey a los 100 años de su nacimiento
(1859-1959)”. Revista Interamericana de Bibliografía.XII. 1-2
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“Líneas fundamentales de la filosofía de John Dewey”. En Ferreira de
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Triviño,
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Álvarez, Enrique. “Angélica Mendoza era la libertad caminando”.
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Bibliografía de la autora
Libros
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Buenos Aires: Claridad, 1933.
-
Fuentes del pensamiento de los Estados Unidos.
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Traducción
Artículos
y folletos
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“Cómo
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“Una
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“Tres
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Ferreira de Cassone, Florencia.
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Y en Ferreira de Cassone, Florencia. Angélica Mendoza. Una vida
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Angélica Mendoza. Escritos Escogidos.
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Diario, Mendoza, 5 de febrero 1970.
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Zuleta
Álvarez, Enrique. “Evocación de sus ex alumnos”. 1961, inédito.
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______.
“Angélica Mendoza era la libertad caminando”. Los Andes,
Mendoza, 16 noviembre 1997.
Florencia Ferreira
U. N. Cuyo-CONICET
Actualizado, octubre de 2004 |