El
pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina
"Eugenio Pucciarelli ante la
condición humana"
Roberto J. Walton
Nacido
en La Plata el 28 de agosto de 1907, Eugenio Pucciarelli se graduó de
Doctor en Medicina y de Profesor en Filosofía. Entre sus maestros se
contaron Pedro Henríquez Ureña, Alejandro Korn y Francisco Romero.
Obtuvo en 1937 el grado de Doctor en Filosofía por la Universidad
Nacional de La Plata con una tesis sobre Dilthey bajo la dirección de
Romero. Su actividad docente se prolongó durante casi cinco décadas en
las universidades de Tucumán, La Plata y Buenos Aires, e incluyó cursos
en las de Puerto Rico y Caracas. En la Universidad de Buenos Aires
dirigió el Instituto de Filosofía y la revista Cuadernos de Filosofía,
y fue designado Profesor Emérito. Fue Investigador Emérito en
el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, y miembro
titular de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas y de la
Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, en la que ocupó el cargo
de Presidente y fundó y dirigió el Centro de Estudios Filosóficos, que
hoy lleva su nombre, y la revista Escritos de Filosofía. Falleció
en Villa Ballester el 3 de enero de 1995.
Pucciarelli reconoce que han
gravitado sobre él, primero, el vitalismo, sin llegar a conquistarlo,
luego, la fenomenología, a pesar de sus reservas respecto del método y,
por último, el conocimiento de las nuevas lógicas. Cuatro fueron los
problemas que atrajeron fundamentalmente su atención: la razón, el
tiempo, la técnica y la ideología. Esta primacía no excluye
investigaciones sobre otros campos como la naturaleza de la filosofía y
la cuestión del humanismo. Además, escribió trabajos sobre la historia
de la filosofía y el pensamiento argentino.
1. Hombre y filosofía.
Caracteriza al filósofo el interés
por asir intelectualmente la realidad sin dejar de lado ningún aspecto
parcial importante. Pero se contraponen en esta tarea la aspiración al
saber total y el carácter de la experiencia humana. Como ésta es siempre
limitada, debemos esforzarnos por reconstruir lo que nos falta a partir
del fragmento o perspectiva parcial que nos toca vivir. La actitud
filosófica sólo tiene lugar en una vida individual efímera, y no puede
eludir esta condición aún cuando procure trascenderla. El pensamiento
que de ella resulta no puede sino ser una sola entidad con el ser mismo
del hombre que filosofa. Las posibilidades fragmentarias son, pues, el
primer factor que introduce una dimensión personal en el filosofar. Un
segundo factor atañe a la diversidad de los tipos humanos. Puesto que no
hay un solo modo de reaccionar ante la totalidad, la construcción de una
concepción filosófica sobre una base incompleta refleja la diversidad de
modalidades en que se expresa el tipo común del filósofo. Hay una
correlación entre el sentido de la totalidad del ser y la capacidad
plural de reaccionar intelectualmente ante él. Cada subtipo imprime una
modulación especial a su concepción, porque se corresponde con una
manera de hacer presente la realidad. De allí el interés de Pucciarelli
por el análisis de Dilthey sobre las cosmovisiones que ofrecen una base
a la respuesta personal a los enigmas de la vida. Cada hombre es
permeable a estímulos que los otros no alcanzan a percibir. Pero a la
experiencia de estos otros corresponden a su vez fragmentos distintos
sobre los que se construyen nuevas imágenes de la totalidad. Este
coeficiente de individualidad condiciona el planteo y la percepción de
los problemas, pero no excluye la posibilidad de elevarse sobre la
propia perspectiva y someterla a crítica.
Una consecuencia fundamental es la
consideración pluralista de la filosofía. No se ha de concebir la
historia como una línea única que avanza en el tiempo desplegando sus
posibilidades, sino como un conjunto de series paralelas. Esto exige una
actitud de amplitud y tolerancia hacia las posiciones que se excluyen, y
obliga a un esfuerzo para comprenderlas en su base personal. Además, el
pluralismo favorece el progreso de la reflexión filosófica ya que
promueve el diálogo y la renovación. No menor importancia tiene la
reforma del concepto de verdad, que debe ser entendida, no como
concordancia de un pensamiento impersonal con una situación objetiva que
debe ser reflejada, ni como un desvelamiento de aspectos de la realidad
que se encontraban ocultos, sino como la correcta expresión de un tipo
humano en términos intelectuales, es decir, la congruencia de sistema
filosófico con el tipo humano correspondiente.
Con el desarrollo de la filosofía
se separan y contraponen el espíritu científico y la vocación
ético-religiosa que todavía convivían en Pitágoras. En su vertiente
teórica, la filosofía es amor al saber, y culmina en el ideal de
ciencia. Responde al tipo humano en el que predomina el afán de
conocimiento y la esperanza de satisfacerlo dentro de los marcos de una
ciencia impersonal. En su vertiente práctica, la filosofía es amor a la
sabiduría, y esto implica una manera de existir que revela la existencia
de un orden encarnado en una conducta. Refleja el tipo humano que aspira
a realizar una plena existencia y no a pasar por una experiencia
meramente cognoscitiva. Pucciarelli insiste en que ninguno de los dos
polos puede ser excluyente. De un lado, la dimensión personal del
existir no puede ser ocultada bajo un conjunto de conceptos
impersonales. El ideal de ciencia defendido por Husserl ha de ser
interpretado como un polo que suscita la convergencia de los esfuerzos y
los impele hacia grados más elevados de validez universal. Del otro
lado, la sabiduría consiste siempre en no confundirse con la causa que
se sirve. Los caminos de la acción han de ser iluminados por el análisis
teórico de modo que el impulso práctico no se desprenda del saber.
2. Gnoseología.
Central en las ideas gnoseológicas
es el análisis de la razón según tres órdenes de cuestiones: la índole y
estructura de la razón, la pluralidad de tipos de razón, y la
posibilidad de un enlace de los diversos tipos.
La índole y estructura debe
analizarse en tres planos. Ante todo, la razón es un facultad o función
de conocer que opera en una pluralidad de actos como la percepción, la
abstracción, la generalización, la concepción, el juicio, el
razonamiento, etc. Tales funciones se presentan en un contexto
psicológico de modo que se encuentran afectadas por la incidencia de la
emoción y la voluntad, pero se sobreponen a estas influencias y
perturbaciones porque pueden ser traducidas a esquemas lógicos. En
segundo lugar, la razón es el conjunto de exigencias ideales
relacionadas con la pretensión de alcanzar una fundamentación última y
absoluta de todo saber, esto es, el retroceso hacia la base más sólida
en la que se apoyan los conocimientos. Por último, la razón es un
sistema de categorías o conceptos fundamentales que confieren
inteligibilidad a los diversos sectores de la experiencia. Hay una
pluralidad de sistemas categoriales, y esto significa que la razón puede
ser considerada como un género que engloba en sí una pluralidad de
especies.
Los tipos de razón pueden
diferenciarse según oposiciones como pasiva y activa, intuitiva y
operatoria, amorfa o estructurada, cerrada o abierta, constante o
variable, etc. También se diferencia una razón vital, existencial,
instrumental, retórica, histórica, etc. Respecto de la razón histórica,
Pucciarelli la caracteriza como el sistema de categorías construido para
interpretar los procesos de la acción humana, y distingue las dos
vertientes de la narración orientada a comprender y la argumentación
orientada a persuadir. Mientras que el primer aspecto tiene que ver con
los hechos consumados, el segundo se encuentra en una viva relación con
la acción en estado naciente.
La existencia de una pluralidad
plantea la pregunta por la unidad de la razón. Pucciarelli rechaza las
interpretaciones fundadas en una antropología naturalista, según la cual
la razón se reduce a una función inmanente a la vida y al servicio de
sus necesidades primarias que operan como causas para la evolución según
diversos tipos. También descarta una interpretación autónoma que
explique sus variaciones por una capacidad de renovación de las propias
estructuras según el éxito o fracaso de los conocimientos, porque estima
que el desarrollo está condicionado por el contexto individual o social.
Defiende un punto de vista inspirado en Max Scheler, según el cual los
contenidos se funcionalizan de modo que lo que ha sido objeto de
conocimiento se convierte en órgano para la captación de aquello que
resultaba inaccesible con anterioridad. La conclusión es que la razón
revela una unidad y tiene, a la vez, un carácter temporal, como lo
muestran las figuras que reviste en la historia de la filosofía, la
aparición de la pluralidad de los tipos –cada uno afectado por una
temporalidad propia–, y la construcción más reciente de lógicas
temporales.
3. Metafísica.
Los análisis metafísicos de nuestro
autor se orientan al problema del tiempo, respecto del cual se
diferencian los marcos conceptuales para su comprensión, las actitudes
del filósofo, y los aspectos del problema.
Respecto de los marcos
conceptuales, Pucciarelli destaca que el esfuerzo por tornar inteligible
el tiempo se ha realizado desde diversos ángulos: el cosmos, la vida
orgánica, la conciencia y la vida histórica. Concluye planteando que no
es posible visualizar directamente el tiempo en sí mismo, lo que hace
necesario recurrir a diversas conceptualizaciones que provienen de los
distintos dominios de la experiencia. El tiempo no es un cauce neutral,
sino que se carga en cada caso con predicados atribuibles a los procesos
en los cuales se manifiesta. Por este motivo, Pucciarelli considera
correcto hablar de temporalidades propias de cada tipo de proceso y
caracterizarlas por la continuidad o discontinuidad, la aceleración o
retardo, y la periodización natural o convencional. Esta variable
movilidad no es una propiedad del tiempo, sino de los procesos que
fluyen en él. Se plantea el problema de la unidad del tiempo frente a
esas plurales y variadas temporalidades. Veremos que la cuestión es
enfocada desde el punto de vista de los diferentes estratos del hombre.
Hay una escala jerárquica en que los niveles más elevados asimilan e
integran los niveles inferiores. Puesto que las temporalidades de los
sistemas menores se integran en una unidad superior sin ser aniquiladas,
es posible compatibilizar la pluralidad con el surgimiento de una unidad
superior. Así emerge una teoría jerárquica del tiempo que le asigna una
estructura de niveles superpuestos.
Pucciarelli contrapone la actitud
teórica a la ético-religiosa. Se trata de modos primarios de orientación
filosófica que condicionan la elaboración del problema del tiempo, y que
luego pueden diversificarse en ulteriores direcciones. La actitud
teórica, que remite a Aristóteles, pone el acento sobre el problema de
la naturaleza y las propiedades del tiempo. Pucciarelli señala algunas
dificultades que enfrenta la actitud teórica. No hay acuerdo respecto de
lo que se llama el hecho primitivo o la idea-eje del sistema, que puede
ser la duración vivida, el instante, etc. A ello se añaden las
discrepancias en el terreno del método, que puede ser la intuición, el
análisis racional de la experiencia, etc. A esta actitud se contrapone
una consideración práctica de inspiración religiosa y moral, que se
remonta a Plotino y San Agustín, y sustituye la aclaración de nuestra
participación en la eternidad a la preocupación por saber qué es el
tiempo. Pucciarelli subraya también dificultades en la noción de
eternidad. A las comunes con la actitud teórica, como la determinación
del hecho originario o la idea-clave, se añaden otras. En primer lugar,
la noción oscila entre los polos de lo infratemporal y lo supratemporal
con una tendencia a situarse en la segunda posibilidad. Y definirla como
negación del tiempo o como intemporalidad equivale a sustraerle toda
eficacia. En segundo lugar, no se han explorado debidamente las
conexiones entre la eternidad y los valores cuando se alude a la
perfección de la eternidad, en contraste con la esencial imperfección
del tiempo. Por último, no hay acuerdo en establecer su vínculo con el
tiempo, ya sea al final de su recorrido o en cada uno de sus momentos.
En el primer caso, el tiempo dejaría de fluir y, en el segundo, se
resquebrajaría la unidad de lo eterno.
Pucciarelli deslinda los aspectos
del problema del tiempo. Una primera cuestión es su existencia, que ha
sido cuestionada con argumentos metafísicos o lógicos. Se añade el tema
de su estructura según la dimensión de la sucesión, la simultaneidad y
la duración, y la ulterior dimensión, inherente a la sucesión, del
pasado, el presente y el futuro. Además, se han de considerar las
propiedades del tiempo: unicidad o multiplicidad, continuidad o
discontinuidad, uniformidad o heterogeneidad, etc. Otros aspectos
conciernen a la condición del ahora, que puede ser considerado como un
punto sin espesor o un presente que se prolonga hacia el pasado y el
futuro, a la diferencia cualitativa entre el ahora presente y los ahoras
pasados y futuros, al carácter intratemporal, omnitemporal o
extratemporal de los entes, al fundamento del tiempo que se puede
encontrar en el movimiento físico o en las alteraciones del alma, y a
las modalidades de la conciencia del tiempo. Pucciarelli no deja de
analizar el instante poético como tiempo vertical que tiene la
posibilidad de inmovilizar la vida, quebrando la continuidad horizontal
del tiempo ordinario o de erigirse en un manantial del que surge el
tiempo.
4. Naturaleza humana
Puesto que el tiempo y su escala
jerárquica son rasgos esenciales del hombre, Pucciarelli recurre a los
marcos conceptuales del tiempo para mostrar en el hombre la existencia
de una pluralidad de temporalidades. Ante todo, el hombre está instalado
en el tiempo de los procesos que se desenvuelven en la naturaleza, y se
ve forzado a cumplir acciones elementales que permiten su subsistencia y
la conservación de la especie. Hay un tiempo que deriva de la
observación del movimiento de los astros, y un tiempo que corresponde a
los procesos que tienen lugar en moléculas, átomos y electrones.
Asimismo, el hombre es un organismo en el que ocurren procesos
fisiológicos caracterizados por un equilibrio dinámico que se rompe y
tiene que reconstruirse. Pucciarelli considera que en la biología humana
se distinguen procesos temporales superpuestos que corresponden a las
reacciones enzimáticas, a las reacciones biológicas —como los impulsos
nerviosos—, a la división celular, a la sucesión de las generaciones y a
la evolución.
Un nivel ulterior corresponde al
tiempo anímico, que es personal, íntimo e intransferible y se
desenvuelve en el presente, la expectativa o el recuerdo. Todo lo que el
individuo singular siente, quiere y conoce, aparece teñido por esta
temporalidad. Ella impregna su placer y dolor que puede ser fugaz o
prolongarse, se interpone entre los deseos y los objetivos, obligando a
recorrer lapsos variables, y es condición para que el conocimiento pueda
realizarse. Impone una prospectiva inexorable a nuestra vida, e incide
en el carácter imprevisible de la novedad. Pucciarelli subraya la
existencia de grados de la libertad, en la medida en que el carácter
único del individuo puede reflejarse con mayor o menor fidelidad. Como
caso ejemplar de la libertad, destaca la dimensión personal que la
condición de la vida humana impone al filosofar.
Otras indagaciones sobre la
naturaleza humana conciernen a la corporalidad, en tanto opera como
medio de acceso al mundo y sostén del a priori que asegura la
universalidad de la experiencia. Influidas por la fenomenología,
examinan el cuerpo como realidad bilateral, es decir, como unidad
estesiológica y cosa física. Añaden un análisis del cuerpo como asiento
de necesidades primordialmente biológicas y de una satisfacción de ellas
por medio del trabajo, que instaura una relación dialéctica con la
naturaleza y desencadena el desenvolvimiento de la historia con su doble
proceso paralelo de humanización de la naturaleza y autorrealización del
hombre.
5. Sociedad e historia
La vida social transcurre por
tiempos múltiples, que siguen rumbos diferentes, y que no siempre son
conciliables, porque pueden interferirse y oponerse. Sin renunciar a su
propio tiempo personal, el individuo se desliza de un tiempo social a
otro, adaptándose a sus ritmos. Nuestras múltiples y entremezcladas
actividades tienen su propia temporalidad, y esto plantea el problema
del establecimiento de una jerarquía que permita unificar la pluralidad
de los tiempos sociales, es decir, organizarlos de tal manera que el
individuo no padezca inconvenientes con su actividad. Incluso, el tiempo
de cada actividad está lejos de ofrecer la misma figura.
Del tiempo social hay que
distinguir el tiempo histórico, si la mirada se dirige a los cambios que
sobrevienen y no a las estructuras sociales que, por lo demás, no son
inmóviles. Mientras que el historiador pone el énfasis en la continuidad
de los procesos, el sociólogo se atiene a la discontinuidad, y pone de
manifiesto la existencia de tiempos múltiples. Todo lo que el hombre
hace tiene lugar dentro de esta situación histórica. Un examen
estratificado de las capas y niveles que se superponen en una situación
histórica determinada, muestra que en todo presente perduran elementos
del pasado, a veces con extrema tenacidad a lo largo de milenios. Los
estratos que componen la cosmovisión del hombre y que corresponden a la
situación en la que se encuentra inserto, tiene dos tipos de movilidad:
una modalidad horizontal, que puede ser lenta o rápida, y una movilidad
vertical, según la cual los estratos más viejos influyen, deteniendo o
retardando el movimiento de los estratos superiores, que son más
rápidos, y estos aceleran el movimiento de transformación de los que
están más abajo. Pucciarelli recuerda los estratos mencionados por Max
Scheler: el lenguaje natural de un pueblo, los mitos y leyendas que
renacen en todas las generaciones con otras vestiduras, el dogma
religioso, el saber derivado de la mística, el saber metafísico, el
saber científico y el saber tecnológico. Los dos últimos estratos son
los que dan su fisonomía particular a los tiempos presentes, pero lo
hacen sobre la base de los estratos anteriores. Esto provoca conflictos
en el alma del hombre contemporáneo, que vacila entre mantenerse en los
estratos anteriores o entregarse a los nuevos estratos.
El tema del tiempo histórico está
enlazado con el problema de la razón histórica, y Pucciarelli analiza su
presencia en sus dos vertientes. Mientras que la argumentación se
encamina a comprometer al prójimo y requiere la elasticidad del tiempo
para acomodarse a los imprevistos de situaciones heterogéneas, el relato
histórico articula la multiplicidad de los tiempos sociales en una
totalidad que privilegia el tiempo que se distingue por los cambios más
radicales. La temporalidad es, pues, una nota común de ambas.
Otros temas que han preocupado a
Pucciarelli son los de la violencia y el poder. Procura delimitar y
describir el fenómeno de la violencia, sin olvidar el contexto anímico o
social en que aparece, reconocer y clarificar la pluralidad de sus
formas con su fluctuante intensidad (amenaza, agresión, tortura,
terrorismo, guerra), y establecer entre ellas conexiones que muestran la
interdependencia de los factores en juego en el fenómeno. Respecto del
poder, se centra en el conflicto entre el afán de poder y el sentimiento
de impotencia que impide satisfacerlo, y la naturaleza y las argucias
del poder.
6. Técnica
Pucciarelli considera que el hombre
puede ser calificado como “animal técnico”, porque la técnica lo
acompaña desde sus primeros pasos en tanto prolongación del trabajo de
las manos. Pero la técnica es también un fruto de la razón o de la
ciencia, que se ha de analizar en tres planos: la determinación de la
noción, la función modeladora del medio material y del perfil espiritual
del hombre, y el peligro de masificación.
El signo característico de nuestra
época es la intervención de la razón en todas las esferas de la vida
colectiva e individual y, como consecuencia de ello, la difusión
planetaria de la técnica. Ambos factores dan lugar a una planificación
del futuro, que crea una situación histórica muy distinta de la
anterior. Se ha pasado de una razón visual, de índole contemplativa, que
procuraba acceder a la esencia constante de las cosas, a una razón
instrumental de carácter operatorio. Esta razón, que es la razón
técnica, considera el mundo no en términos de esencia, sino en términos
de cálculo en relación con una acción eficaz para la transformación de
la realidad natural y la realidad anímica. La existencia del individuo y
la supervivencia de la especie dependen hoy de la ciencia y la técnica,
que sólo pueden poner al alcance de todos una vida digna y exenta de
angustias económicas. La ciencia ha influido saludablemente en la
configuración de la vida porque ha contribuido decisivamente a superar
la ignorancia, a destruir creencias que frenaban el desarrollo de la
inteligencia, y a eliminar distorsiones en la imagen de la realidad. Y
la técnica satisface necesidades humanas con un indudable ahorro de
esfuerzo y alivio de fatiga, y no es posible renunciar a ella porque
todo grupo que lo hiciera quedaría necesariamente atrasado en el ritmo
de las historia y quedaría sometido a los más fuertes. Pucciarelli
subraya que nuestro entorno está permanentemente lleno de elementos que
la naturaleza no ha proporcionado, porque son productos que provienen de
talleres y laboratorios. Máquinas, alimentos y medicinas concurren a
mantener una vida que se hace cada vez más artificial, en tanto muchos
hombres sobrellevan la existencia con un vasto arsenal de recursos que
provienen de la terapéutica.
Pero el optimismo frente a la
técnica no deja de ser ingenuo si no se tienen en cuenta las
consecuencias no deseadas ni previstas, de índole negativa, que afectan
al hombre y al entorno natural, y que conspiran contra la aplicación
indiscriminada de la misma técnica. El camino del éxito está sembrado de
amenazas, y los daños comprometen las indudables ventajas: la alteración
del ecosistema, la contaminación, la destrucción de especies, el consumo
acelerado de recursos no renovables, y la agresión intraespecífica con
la eliminación de millones de seres humanos en guerras insensatas. Se ha
producido la paradoja de que en nombre de la racionalización de la
conducta humana frente a la naturaleza se llega a la irracionalidad del
resultado que conspira contra la integridad de la naturaleza que se
quiere aprovechar. Además, el desarrollo de la técnica da lugar a un
proceso de masificación que no es un proceso tan espontáneo, derivado de
la explosión demográfica, como pensaba Ortega, sino que es provocado y
dirigido por finalidades políticas turbias. La técnica ofrece los medios
adecuados para hacer que los hombres se parezcan cada vez más entre sí y
que su cosmovisión se vaya homogeneizando. Se siguen en la acción
consignas sobre las que no se ha reflexionado plenamente en razón de la
enorme masa de conocimientos que nadie puede dominar. Consignas
económicas y políticas inciden en la mentalidad de los hombres y llevan
a pensar y hacer lo mismo. La masificación conduce al eclipse de la
persona mediante la negación de su valor, significación e importancia.
No se obra como persona individual mediante el examen de motivos y
fines, sino por acomodación al grupo social y en vistas de evitar
molestias.
7. Ideología
Pucciarelli reconoce la importancia
de influjos extrateóricos sobre la conciencia y el conocimiento. Sus
investigaciones responden al triple propósito de poner en claro la
naturaleza de la ideología, explorar sus formas y describir sus
funciones.
Su análisis parte de la oposición
entre la ciencia como un sistema de proposiciones plenamente adecuado a
la realidad, y la ideología como un saber limitado y fragmentario sobre
el que inciden factores extrateóricos, como intereses de cualquier
índole o tensiones individuales y colectivas. Esto no significa que
todos los contenidos de la ideología sean falsos: contenidos objetivos
se entrelazan con las deformaciones. Pucciarelli subraya tanto los
motivos ideológicos que impulsan el progreso de la ciencia —la alquimia
precede a la química o la astrología a la astronomía— como aquéllos que
lo inhiben desde el descubrimiento —ocultado por los pitagóricos— de las
magnitudes inconmensurables que instalaban lo irracional dentro de las
matemáticas y comprometían la creencia en el poder cognoscitivo de la
razón. En el siglo XX, en la biología, se ha deformado el curso de las
investigaciones y los resultados alcanzados en función de aspiraciones
políticas. Así, el marxismo ha criticado la genética clásica y ha puesto
énfasis en el primado del medio como modelador de los organismos
vivientes, y el nazismo ha reducido la influencia de los factores
ambientales y sobrevalorado la importancia de la herencia a fin de
cultivar el ideal de una raza pura.
Ahora bien, hay grados del saber, y
no todas las ciencias logran satisfacer los criterios que han conferido
innegable prestigio a las matemáticas y a la física. Por ello,
Pucciarelli llama la atención sobre las limitaciones de una oposición
radical entre ciencia e ideología. El contraste no es tan abrupto en el
caso de las ciencias sociales. Puesto que ellas no pueden dar una
explicación suficiente de la índole y la dinámica de los fenómenos que
estudian, es inevitable un condicionamiento ideológico que contribuye a
distorsionar el conocimiento.
Además de estudiar la génesis y
condiciones de las ideologías, se han de investigar sus formas. Las
ideologías se presentan tanto en el plano teórico de los sistemas de
ideas o representaciones como en el plano práctico de los
comportamientos y actitudes individuales o colectivos. Pueden implicar
la participación de la conciencia y con ella la de la voluntad, o pueden
ser inconscientes, cuando complejos de significaciones inciden en el
individuo sin que lo advierta expresamente. Son parciales cuando afectan
a un individuo, o totales cuando tienen un alcance mayor e implican una
cosmovisión como las ideologías políticas que se expresan en un lenguaje
que exalta valores, muestra itinerarios para su realización y determina
el sentido de la vida colectiva.
Las ideologías pueden ser
examinadas de acuerdo con su función en los planos individual, social e
institucional. Por un lado, hay una función de aglutinación, porque
aseguran la unidad y el equilibrio del cuerpo social como un todo que se
mantiene a través de los cambios históricos. Pucciarelli pone de relieve
las raíces ontológicas que alimentan todo fenómeno ideológico, es decir,
la función mediadora de la ideología en tanto nos ofrece una imagen de
la sociedad y de nosotros mismos que confiere sentido a nuestros
pensamientos y acciones. Por otro lado, las ideologías tienen una
función de disolución, porque se convierten en el instrumento por el que
los menos favorecidos procuran desalojar a los grupos dominantes por
medio de la lucha.
Pucciarelli analiza la relación
entre técnica e ideología. En primer lugar, la técnica transforma la
sociedad, y esta modificación conduce a una revisión por no estar a la
altura de los nuevos tiempos, de las ideologías arraigadas en las
anteriores condiciones sociales. En segundo lugar, el aumento de la
información disponible por obra de la técnica hace necesario apresar y
ordenar los datos mediante esquemas conceptuales que responden a
intereses y, por tanto, son ideológicos. Además, la técnica perfecciona
el control de los medios informativos por parte de centros económicos,
políticos o confesionales y, a través de las nuevas maneras de
comunicación, influye de un modo decisivo en la formación de la
mentalidad. En las democracias, la pluralidad de opiniones estimula el
pensamiento crítico y permite que el individuo advierta esta
manipulación de las conciencias. En cambio, en los países totalitarios o
“socialistas”, reinan la uniformidad en las noticias y la imposibilidad
de expresar opiniones divergentes. En tercer lugar, como la comunicación
recurre cada vez más a componentes icónicos de rápida asimilación, y
cada vez menos a medios conceptuales, la ideología parece ser cada vez
menos importante o, al menos, pierde arraigo en las masas, que son
movilizadas por orientaciones menos intelectuales. En cuarto lugar, la
técnica asume el papel de la ideología porque comparte sus rasgos
fundamentales al ser una visión incompleta de la realidad que consolida
el poder del grupo dominante en la sociedad. Por último, la
racionalización extrema de la vida colectiva, que somete las acciones a
esquemas rígidos, da lugar a irracionalismos que proclaman el primado de
todo lo que se sustrae a la razón y a la construcción, a la que no es
ajena la razón, de ideologías de la violencia como una palanca para
vencer obstáculos.
8. Axiología y ética
La vida moral requiere dos
condiciones. Una es la continuidad, es decir, la solidaridad del pasado
con el presente que se asume como propio y se compromete con el destino
personal, y la otra condición es la congruencia entre los valores que se
proclaman y los actos que se realizan en nombre de ellos. Así, la vida
moral se presenta como un imperativo de continuidad y una exigencia de
fidelidad a ciertos valores libremente elegidos. Al respecto,
Pucciarelli enuncia dos cuestiones que se plantean en la situación
actual. Por un lado, la ruptura temporal inherente a la multiplicidad de
temporalidades parece condenar a la quiebra a la vida moral, y por eso
surge el problema de la compatibilidad entre la unidad y la continuidad
de la vida moral en el tiempo y la admisión de esa multiplicidad; el
hombre vive en razón de la heterogeneidad de sus actividades. Por otro
lado, se plantea el problema de la compatibilidad entre los valores
tradicionales y los actos promovidos en nombre de la técnica. Porque sus
instrumentos se utilizan indiscriminadamente cuando declina la vigencia
de los valores morales que imponen la sumisión a la verdad y el respeto
del prójimo, y cabe preguntarse si esta nueva situación vital no acabará
por imponer otra moral que se aparte de esos valores.
Pucciarelli destaca una moral de la
ciencia en doble sentido: exige ciertas virtudes, como la paciencia, el
desinterés, la perseverancia, la austeridad, el rigor, la veracidad y la
esperanza; y plantea que el trabajo disciplinado por estas cualidades
morales afianza hábitos que contribuyen al progreso de la investigación.
No obstante, señala que una nueva situación moral es configurada por lo
resortes de la técnica, porque se produce una penetración cada vez más
extensa y profunda de sus procedimientos en las relaciones humanas que
conduce a un cambio de conducta sin una indagación suficiente de los
valores que la inspiran. Los avances de la técnica no pueden ser
frenados, porque ella está dotada de una dinámica propia que la empuja
hacia aventuras cada vez más audaces. La técnica se convierte en
autónoma y autosuficiente, y por eso surge el problema de si el hombre
puede subordinar su acción a valores más altos que la mera utilidad
inmediata o la presunta eficacia. Un problema de ética social aparece en
razón de que la técnica, al organizar la vida colectiva a escala
planetaria, impone la aceptación sin reservas de lo que dispone.
El fenómeno de la masificación
produce una escisión de valores individuales y colectivos. Mientras que
los primeros exaltan la iniciativa, la originalidad y la libertad
personal, los segundos presionan a favor del orden público y la
seguridad social. Los valores individuales se resienten frente al
conformismo de las nuevas generaciones en el medio artificial que ha
sido creado por el hombre y del cual resulta cada vez más difícil
evadirse. La separación produce un desdoblamiento en la persona que
lleva a una especie de esquizofrenia moral. Esta disgregación hace que
el individuo sea insensible a los errores y a las atrocidades que se
producen en el mundo social, y esto explica la difusión de fenómenos
como el nazismo, el fascismo, el comunismo y las teocracias.
9. Humanismo
Ante la oposición entre la cultura
científico-tecnológica y la cultura humanista, Pucciarelli considera que
la inteligencia y la imaginación se encuentran asociadas de tal manera
que una no puede avanzar sin la colaboración de la otra, y que las
limitaciones personales no son una condición suficiente para establecer
una oposición radical entre las dos culturas, ya que ella quedaría
asentada sobre fundamentos anímicos. No puede negarse el valor ejemplar
de las humanidades, cuya fuerza estimulante para la formación de la
personalidad y la crítica del medio social se advierte en diversos tipos
de sociedad y no se ha alterado con la aparición de la ciencia y la
técnica. Y éstas no bastan para asegurar una vida plenamente humana, ya
que incitan a considerar las cosas desde un ángulo que omite aspectos de
lo real que constituyen una parte vital de nuestra propia experiencia.
Además, Pucciarelli cuestiona que pueda mantenerse una rígida separación
entre los dominios de la estética y la técnica, ya que una mirada atenta
quiebra el aislamiento generado por un análisis unilateral.
Los dos peligros que acechan el
porvenir de la cultura son los totalitarismos, que se valen de
instrumentos técnicos para fines políticos, y la expansión planetaria de
la técnica, que arrastra consigo una planificación cada vez más severa
que restringe la libertad individual. Uno y otro ponen el peligro los
fines de la cultura, esto es, la humanización del hombre a través
de la realización de valores espirituales, la dignificación de las
personas y la cohesión social lograda sin desmedro de la libertad
personal de cada individuo, a quien ha de asegurarse el derecho a
disentir. Contra ambos peligros se impone una actitud militante de
defensa del ejercicio de la libre creación cultural. Esa actitud no es
otra que la de un humanismo entendido como la única ideología adecuada a
las exigencias de nuestra época sometida a la masificación y expuesta a
peligros como el racismo o el etnocentrismo. Pucciarelli ha subrayado
que sus reflexiones sobre el humanismo no constituyen un examen
desapasionado del tema sino un alegato a favor de valores que permiten
el ascenso a la dignidad humana. Rechaza el aristocrático alejamiento de
los humanistas de otros tiempos, porque el derecho a participar en la
cultura no puede negarse en principio a nadie, pero advierte que la
vigencia del humanismo no está asegurada por la participación de todos
porque se requiere liberar al hombre de la manipulación y del
adoctrinamiento. No hay humanismo sin diferenciación.
La condición de hombre culto
implica tanto un modo de comportamiento como un saber que no se
contempla desde afuera, sino que ha de ser apropiado para convertirlo en
experiencia personal y segunda naturaleza. Se ha de acceder al saber en
sus formas tecnológicas, científicas y filosóficas, pero especialmente a
la última forma. Al lamentar la decadencia del prestigio social de la
filosofía, Pucciarelli manifiesta la esperanza de que vuelva a
desempeñar su papel central en la vida espiritual del hombre y en la
formación educativa del individuo, porque sin filosofía no hay cultura
armónica ni vida plenamente humana.
10. Latinoamérica
Pucciarelli defiende el pluralismo
cultural porque no se trata de un accidente en la vida de la humanidad,
sino que se funda en hechos históricos y responde al imperativo moral
del desarrollo de la personalidad. Este pluralismo se encuentra
amenazado porque la época actual tiende a la nivelación de los rasgos
peculiares y a la uniformidad de gustos, ideas y emociones. Con ello
cesa el diálogo, que es siempre fecundo para todos, y se empobrece la
cultura. A la vez, Pucciarelli destaca la afinidad de los pueblos que
constituyen el abigarrado mosaico de Latinoamérica, y subraya la
identidad de raíz que opera a través de la pertenencia a la misma
religión, la práctica de costumbres semejantes, la posesión de un mismo
idioma o de un idioma semejante, y la experiencia de iguales amenazas.
De ahí que haya podido surgir la idea de una gran comunidad que, por lo
demás, no va unida a la idea de imperio, sino de una confederación
respetuosa de las idiosincracias nacionales. Evoca la “Carta de Jamaica”
del 6 de julio de 1815 en la que Simón Bolívar se refiere a la formación
en América de “la más grande nación del mundo”, y destaca su prudencia
al señalar que no se trata de constituir una superpotencia que rivalice
con otras por la hegemonía. La meta de Bolívar no era material, sino
espiritual, ya que trataba de asegurar para todos el ejercicio de la
libertad y confederar los diferentes estados nacionales en una unidad
política basada en el mutuo respeto de los miembros, es decir, en una
autonomía relativa y en la fidelidad a los propios valores culturales.
Pucciarelli recuerda que Henríquez
Ureña procura dar vida efectiva al programa bolivariano. Considera que
el humanista dominicano asumía su condición de americano con plena
conciencia de los deberes que lleva consigo. Abierto a todas las
orientaciones de la cultura, su meta era la América hispana, a la que
sentía en la influencia de la tierra y el vigor de las tradiciones. Esta
defensa de lo americano no ignoraba defectos, ni renunciaba a lo
universal humano, sino que respondía a la exigencia de participar en la
universalidad del espíritu desde la situación concreta en que nos coloca
el destino. Asimismo, Pucciarelli asigna actualidad y eficacia a las
ideas de Domingo Faustino Sarmiento respecto de la necesidad de no
bregar por la idea abstracta de una cultura importada e implantada en un
medio impermeable y resistente, sino de esforzarse por asimilar una
cultura viva y en crecimiento en otras latitudes, como una manera de
alcanzar un nivel aceptable para emprender creaciones originales. Al
plantear el problema de la filosofía en suelo americano, ve en la obra
de Alejandro Korn un enérgico impulso en la dirección de encarar de
frente los problemas últimos con la más enérgica aspiración de
autenticidad y originalidad.
Bibliografía del autor
Se ofrece una selección
entre más de 250 publicaciones. Una bibliografía preparada por
Blanca Parfait se encuentra en Cuadernos de Filosofía Nº
30-31 (1983): 25-36. Sobre esta base ha elaborado otra con el
agregado de trabajos posteriores a 1983, en Escritos de
Filosofía Nº 27-28 (1995): pp. 139-145.
-
“Introducción a la filosofía de Dilthey”. Publicaciones de la
Universidad Nacional de La Plata, tomo XX Nº 10 (1936): 12-51.
-
Introducción a la filosofía de Dilthey.
Buenos Aires: Losada, 1944.
-
“Ciencia y sabiduría”. Cuadernos Universitarios 7-8 (1955):
22-27. (Reproducido en Vázquez, Juan Adolfo. Antología filosófica
argentina del siglo XX. Buenos Aires: EUDEBA, 1965. pp. 361-367.
-
“La
crisis de la evidencia”. Revista de Filosofía 12-13 (1963):
7-14.
-
“El
tiempo en la filosofía actual”. Revista de la Universidad 18
(1964): 7-45.
-
“La
metafísica en la situación actual”. Cuadernos de Filosofía 9
(1968): 7-20.
-
“La
razón en crisis”. Cuadernos de Filosofía 10 (1968): 209-253.
-
“El
acceso a la esencia de la filosofía”. Cuadernos de Filosofía
11 (1969): 13-28.
-
“Max
Scheler y su idea de la filosofía”. Cuadernos de Filosofía 12
(1969): 191-220.
-
“Dos
actitudes frente al tiempo”. Cuadernos de Filosofía 13
(1970): 7-48.
-
“La
filosofía en la era de la técnica”. Revista de la Universidad
Nacional de La Plata 22 (1971): 93-112.
-
“La
filosofía como expresión de un tipo humano”. Cuadernos de
Filosofía 17 (1972): 7-40. Reproducido en Eugenio Pucciarelli.
Los rostros del humanismo. Buenos Aires: Fundación Banco de
Boston, 1987.
-
“Ciencia y filosofía en el mundo de la técnica”. Cuadernos de
Filosofía 18 (1972): 225-242.
-
“Problemas del pensamiento argentino”. Cuadernos de Filosofía
22-23 (1975): 7-28.
-
“Las
funciones sociales de la ideología”. Humanidades vol. 2, Sâo
Paulo (1976): 49-68. Reproducido en Eugenio Pucciarelli. Los
rostros del humanismo. Buenos Aires: Fundación Banco de Boston,
1987.
-
“Razón”. En G. Vidal, H. Bleichmar y R. J. Usandivaras.
Enciclopedia de Psiquiatría. Buenos Aires: El Ateneo, 1976. pp.
616-622.
-
“La
controversia de los humanismos”. Cuadernos de Filosofía 24-25
(1976): 72. Reproducido en Eugenio Pucciarelli. Los rostros del
humanismo. Buenos Aires: Fundación Banco de Boston, 1987.
-
“Ideología y ciencia”. Escritos de Filosofía 2 (1978): 3-10.
-
“Derroteros recientes de la teoría de la ideología”. Escritos de
Filosofía 2 (1978): 151-168.
-
“El
pluralismo en filosofía”. Cuadernos de Filosofía 28-29
(1978): 5-22.
-
“La
técnica en el horizonte de la filosofía”. Escritos de Filosofía
4 (1979): 169-186.
-
“Los
avatares de la razón”. Escritos de Filosofía 6 (1980): 7-22.
-
“El
instante y el tiempo”. Escritos de Filosofía 7 (1981):
195-210.
-
“Dos
vertientes de la razón histórica”. Escritos de Filosofía 8
(1981): 219-233.
-
“La
filosofía en su diálogo con nuestra época”. Actas del
Tercer Congreso Nacional de Filosofía, Buenos Aires, 1982, Vol.
I. pp. 36-41.
-
“El
hombre y el tiempo”. AA. VV. La evolución, el hombre y el humano.
Tübingen: Institut für wissenschaftliche Zusammenarbeit,
1986. pp. 38-46.
-
“Pedro
Henríquez Ureña, humanista”. Buenos Aires: Centro de Estudios
Filosóficos, 1984, 52 pp.
-
“Sarmiento y los antagonismos de la historia argentina”.
Escritos de Filosofía 19-20 (1987-88): 133-147.
-
“Cultura y conflicto”. Anales de la Academia Nacional de Ciencias
Morales y Políticas XVIII (1990): 427-438.
Bibliografía sobre el autor
Anales de la Academia Nacional
de Ciencias de Buenos Aires, Tomo XXIX.
Buenos Aires: 1995. pp. 189-265. Contiene un homenaje con los siguientes
trabajos: Agulla, Juan Carlos, “Don Eugenio Pucciarelli y su visión de
la ideología”; Albizu, Edgardo, “La historia de la filosofía según
Eugenio Pucciarelli; Biagini, Hugo E., “Eugenio Pucciarelli y la
Juvenilia platense”; Carpio, Adolfo P.; García Bazán, Francisco,
“Eugenio Pucciarelli y la interpretación mítica del tiempo”; Laclau,
Martín, “La libertad en el pensamiento de Eugenio Pucciarelli”; Leserre,
Daniel, “El lenguaje de la filosofía según Eugenio Pucciarelli”;
Maturana, León, “La cultura en el pensamiento de Eugenio Pucciarelli”;
Mandrioni, Héctor D., “El pensamiento de Eugenio Pucciarelli sobre la
esencia de la filosofía”; Massuh, Víctor, “Pucciarelli y el eclipse de
la filosofía”; Walton, Roberto, “Eugenio Pucciarelli y el tiempo”.
Roberto J. Walton
Actualizado, Septiembre de 2004
| © 2003 Coordinador General Pablo
Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. |
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso
correspondan.