El
pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina
"Arturo Roig ante la condición humana"
Por Estela
Fernández Nadal
INCIHUSA- CONICET
Mendoza, Argentina
Datos biográficos
Arturo
Andrés Roig nació en Mendoza, Argentina, el 16 de julio de 1922. Él y su
hermano mellizo, Fidel, fueron los primeros de cinco hijos varones del
matrimonio formado por María Elizabet Simón y Fidel Roig Matóns, músico
y notable pintor de las gentes, el paisaje y la historia mendocinos.
Estudió filosofía en la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, donde obtuvo su
título de grado en 1949. Ese mismo año contrajo enlace con Irma Alsina,
a quien había conocido en las aulas universitarias, y con quien tuvo
cuatro hijos: Arturo, Elizabet, Horacio y Hebe.
A partir de 1959 se desempeñó como
catedrático en la misma Facultad, cargo que debió dejar en 1975, cuando
el terrorismo de Estado desatado en la Argentina lo obligó a tomar el
camino del exilio. Luego de una estancia en México, donde fue profesor
en la Universidad Nacional Autónoma de México, se radicó en Ecuador;
allí se desempeñaría en la Pontificia Universidad Católica, en la
Universidad Central y en FLACSO-Quito. Su importante labor como maestro
e investigador del pasado intelectual ecuatoriano y latinoamericano le
ha sido reconocida en el país andino en muchas ocasiones. Además de ser
miembro de la Academia Nacional de la Historia del Ecuador, la
Presidencia de la República de ese país lo designó Miembro de la Orden
Nacional “Honorato Vázquez” en 1992; también el Ministerio de Educación
del Ecuador le otorgó la “Condecoración al Mérito Cultural” en 1993.
En 1984 Roig regresó a Argentina,
donde fue restituido en su cargo universitario, del que se jubiló unos
años después, e incorporado en el Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas (CONICET) como Investigador Principal. En tal
condición, fue director del Centro Regional de Investigaciones
Científicas y Tecnológicas de Mendoza (CRICYT) entre los años 1986 y
1989. Posteriormente dirigió el Área de Ciencias Sociales de ese centro
regional (1990-1995). Finalmente, fue creador y primer director del
Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales (INCIHUSA) del
CONICET (1995-2002). Desde ese Instituto, Roig realizaría hasta el
presente una incansable labor de formación de recursos humanos y de
producción científica, que lo iría convirtiendo paulatinamente en una de
las figuras más representativas y reconocidas de su tierra natal
(Mendoza) y en una prestigiosa personalidad del mundo académico nacional
y continental.
Son numerosas las distinciones que
ha merecido el trabajo de Roig en los últimos tiempos. En la Argentina,
obtuvo en 1996 el “Premio Konex a las cien mejores figuras de la última
década de las humanidades argentinas”, por su aporte teórico en el campo
de la Ética. Ha sido galardonado con el Doctorado Honoris Causa
por las Universidades Nacional Autónoma de Nicaragua (Managua, 1994),
Nacional de Río Cuarto (Argentina, 1996) y Nacional del Comahue
(Argentina, 2001). Ha sido designado “Profesor Honorario” de la
Universidad Andina Simón Bolívar (Quito, 1994) y “Profesor Emérito” de
la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, 2003). En 1989 la Universidad
de Guadalajara (México) publicó en su homenaje el libro Arturo Andrés
Roig. Filósofo e historiador de las ideas, y en 1993 la Universidad
de Santo Tomás (Bogotá) le dedicó un número especial de su Revista
Análisis (N° 53-54). Su nombre ha sido incorporado en la
Enciclopédie Philosophique Universelle, editada por Presses
Universitaires de France.
Condición humana: sujetividad y contingencia
En los textos de Arturo Roig, la
reflexión sobre la condición humana está íntimamente imbricada con la
preocupación por una forma particular de la existencia: la propia de
aquellos hombres y mujeres a quienes ha acontecido la “suerte” de llevar
adelante su proyecto vital (nacer, crecer, morir) en la circunstancia
temporal y social que llamamos (martianamente) “Nuestra América”. Es
desde esa modalidad peculiar de lo humano, que el filósofo mendocino se
dispone a indagar la condición humana general. Y esta especial
perspectiva sesgará todo el recorrido de su mirada, coloreando de un
intenso fervor por lo propio toda la amplia y universalista comprensión
antropológica y filosófica que se irá articulando en su propuesta
teórica.
Ahora bien, para hacer plenamente
justicia al pensamiento de Roig se hace necesario agregar que ese amor
por lo propio no encuentra su impulso generador en alguna motivación
narcisista ni en algún irracionalismo telúrico. El resorte que activa su
interés es la experiencia dolorosa del olvido sistemático de que ha sido
objeto nuestra particular humanidad, tanto en el discurso filosófico
como en la historia occidentales. El reconocimiento de América Latina
como realidad histórico-cultural específica tiene entonces el
significado de un rescate e involucra la elección de pensar desde la
alteridad, entendida entonces como el lugar pertinente para explorar la
condición humana general. Alteridad que, desde esa puesta en valor de la
identidad latinoamericana, se abre a la incorporación de una
multiplicidad de formas de opresión y marginación, igualmente
pertinentes para hacer arrancar el motor de la filosofía.
Con esta estrategia, inversa al
procedimiento habitual, Roig busca deliberadamente develar lo que la
perspectiva hegemónica, legitimada, institucionalizada como universal,
ha ocultado permanentemente o, simplemente, ha invisibilizado. Si la
versión “oficial” del discurso antropológico es la de “el” hombre,
pensado como uno, universal, vencedor, histórico, civilizador, moderno,
científico, etc.; la de Roig se situará en el lugar de la alteridad, del
otro: el vencido, el particular, el natural, el bárbaro, el colonial, el
primitivo. Desde allí se espera iluminar la parte de la realidad que
quedó oculta para la mirada situada en el “buen” lugar.
Subyace a todo esto, como resulta
obvio, una crítica dirigida sobre el contenido de verdad de toda la
filosofía y la ciencia heredadas del mundo occidental, que son puestas
en sospecha en sus pretensiones de “objetividad”.
¿Qué sentido tiene este
develamiento del carácter ideológico de la filosofía? No se trata de
abonar un relativismo autocomplaciente, sino de recordar la génesis
“demasiado humana” de la filosofía universal, sin por ello dejar de
valorar sus diversas formulaciones como expresión, en cada caso, de un
sujeto que se afirma. La legitimidad de esa posición es, empero,
susceptible de crítica y podrá ser cuestionada con menor o mayor
severidad acorde al grado en que la afirmación de sí comporte la
negación de otros hombres, de otras formas de la humanidad.
Lo que interesa es que, en todas
sus manifestaciones, el quehacer filosófico posee una dimensión
antropológica. Por eso la filosofía en sí misma, como objeto de
reflexión, puede funcionar como una ventana desde la cual Roig se asoma
a la problemática de la condición humana. La filosofía de la filosofía
nos conduce a la antropología.
Para nuestro autor, la filosofía,
en tanto saber crítico, no comporta solamente una interrogación por el
mundo objetivo sino también por el modo de ser del sujeto, entendido
como instancia antropológica comprometida en el indagar filosófico y
posibilitante de toda objetividad, de toda relación con los objetos. En
ese sentido, la filosofía es un saber normativo, regulado por
determinadas pautas implícitas de la sujetividad (Roig, 1981: 9-17).
Esta relación entre la filosofía,
por una parte, y el sujeto con su normatividad específica, por otra, se
encontraría formulada por Hegel a propósito del “comienzo de la
filosofía”. En efecto, el filósofo alemán establece que las condiciones
para ese comenzar sólo se dan cuando hace su aparición en la historia un
sujeto con determinadas características: es, por una parte, un sujeto
plural, que representa una comunidad donde lo individual se ha integrado
a lo universal (un “pueblo” en la terminología hegeliana) ; y, por otra
parte, se presenta “posicionado” de una forma específica, esto es, se
tiene “a sí mismo como valioso y tiene por valioso el conocerse a sí
mismo”.
Respecto de lo primero, Roig
subraya la importancia que atribuye Hegel a la instancia social como
condición de posibilidad de la sujetividad: la autoconciencia necesita
del reconocimiento de otra conciencia para constituirse como tal.
Respecto de lo segundo, no basta la presencia fáctica de un sujeto; es
necesario que él mismo se valore a sí mismo, se afirme como valioso. Hay
una instancia axiológica, valorativa, sin la cual el sujeto no deviene
propiamente tal ni funciona como condición posibilitante de la
interrogación filosófica y, en términos más amplios, de la relación
sujeto-objeto como relación de conocimiento o de acción sobre el mundo.
Sin embargo, nuestro autor no
adhiere a todas las connotaciones filosóficas de la teoría hegeliana del
sujeto. Para él está claro que la historicidad separada de la
empiricidad no puede constituir al hombre desde su ser. En tal caso,
estaríamos frente a una temporalidad no humana, extraña a la
contingencia, propia de un ser infinito. Es importante llamar la
atención sobre el hecho de que esa divinización u ontologización de lo
humano como esencia eterna, no sólo no lo potencia como sujeto real,
sino que, por el contrario, opera una depotenciación de su auténtica
temporalidad, pues le cercena sus atributos auténticamente humanos:
contingencia, corporalidad, integración en la naturaleza y en la
sociedad.
Con estas salvedades (ciertamente
contundentes) la argumentación de Hegel es recuperada por Roig y traída
al escenario que a él le interesa: América. Esa América que había sido
desairada precisamente por Hegel, considerada como espacio puramente
geográfico, inhábil para el pensamiento, continente vacío de humanidad,
materia inerte a la espera del espíritu vivificador de Europa. En
definitiva, una América construida a la medida del hombre europeo y de
su necesidad de visualizarse a sí mismo como civilizador y dominador
legítimo, así como de pensar al otro como un hombre inferior, justamente
sometido por tanto, y puesto al servicio de las grandes causas de la
Razón y de sus astucias. Esa América, decíamos, mero reflejo imaginario
y justificación teórica del proyecto moderno-occidental de dominio y
colonización de las culturas no occidentales, resulta inesperadamente
reivindicada por Roig a partir de una intervención curiosa, por la cual,
valiéndose de Hegel consigue transformar su argumentación en otra de muy
diverso signo. Como resultado de la misma, América deviene, como
cualquier otra realidad socio-histórica, una tierra fértil para la
filosofía.
El acto de un sujeto colectivo de
ponerse a sí mismo como valioso constituye la condición de posibilidad
de la filosofía, que es lanzada y relanzada cada vez que esa posición
sujetiva se ejerce (Roig, 1991: 11-103). Roig lo denomina “a priori
antropológico”, término con el cual se señala la prioridad del sujeto
respecto de cualquier desarrollo objetivo —incluido el discurso
filosófico— (Roig, 1981: 18-23). En la interpretación de nuestro autor
resulta fundamental subrayar el sentido de esa prioridad: la afirmación
del sujeto, su autovaloración y su autorreconocimiento como principio y
fundamento, configura, como su producto, el sistema social e histórico
de códigos, sin los cuales no es posible ningún discurso sobre lo real
ni ninguna objetividad.
Sólo a partir de ese acto
valorativo originario es posible la toma de distancia frente al mundo,
alejamiento necesario para generar la diferencia entre sujeto y objeto,
para enfrentar la realidad como objetiva. “Sólo la constitución del
hombre como sujeto hace nacer al mundo como objeto y el ‘tomar
distancia’ del que hemos hablado es, primariamente, un hecho
antropológico. Inversamente la inexistencia de sujetividad
implicaría el estar sumergido en una realidad absorbente”, imposible de
diferenciar de uno mismo (Roig, 1981: 77). Aunque la conciencia no sea
ontológicamente anterior al mundo, toda relación humana con el mundo
supone como acto previo esa posición sujetiva.
El a priori antropológico,
que hace posible la filosofía y la experiencia en general, es histórico
y remite a un sujeto que se constituye como tal a partir de su
ejercicio, pero siempre dentro de un mundo epocal y socialmente
determinado. Esas coordenadas socio-temporales representan un límite
infranqueable: son las condiciones no elegidas, el ámbito de la
necesidad y de la finitud que limita el terreno en que deberá
desplegarse la libertad.
Ahora bien, ese sujeto, a
diferencia del postulado por la filosofía moderna, cuyo máximo exponente
fue Hegel, no posee los rasgos del Espíritu Absoluto ni de ninguna
expresión descorporizada y deshistorizada de los seres humanos reales y
concretos. Al contrario de toda la metafísica occidental, donde el
sujeto corre el riesgo de disolverse en un mítico sujeto absoluto, el
a priori antropológico es para Roig el acto de un sujeto empírico,
inmerso en la historia y en una sociedad determinada; por tanto, con una
temporalidad específicamente humana y atravesado por la contingencia
como condición ineludible de su modo de ser corporal y finito.
La empiricidad no resuelve la
sujetividad en subjetividad. Roig sostiene la integración del individuo
en una totalidad social, por obra de la cual la afirmación del sujeto
como valioso, aunque se exprese en la formulación individual de un
hombre concreto, se lleva a cabo desde un lugar social determinado y con
pretensión de universalidad. “Así como no hay objetividad sin
sujetividad, tampoco hay individualidad sin universalidad. ‘Tener
como valioso el pensarnos a nosotros mismos’ implica la acción de
pensarse en general, de darnos una determinación que va más allá de la
subjetividad, ya que es connatural al pensar plantear sus respuestas en
relación con lo universal” (Roig, 1981: 77).
La empiricidad o capacidad de
experimentarse como ser histórico y de tener conciencia de la propia
historicidad es, enfatiza Roig, común a cualquier hombre. Se opone, por
esta vía, al etnocentrismo moderno occidental, que distingue entre
hombres históricos y no-históricos: unos hacen la Historia, otros son
incorporados a ella gracias a la iniciativa emprendedora de los
primeros. Se trata, entonces, de una manifestación inmediata de la
historicidad, y no requiere previamente una toma explícita y
desarrollada de conciencia histórica, aunque en sentido estricto supone
siempre una forma elemental y primaria de aquella conciencia, por la
cual captamos que determinados hechos o procesos son nuestros modos de
realización y nos percibimos a nosotros mismos como moviéndonos en un
tiempo no natural, abierto a la nuestra propia capacidad de acción y
transformación. Para Roig, esta conciencia supone la comprensión de una
temporalidad propia del hombre, y está presente en todas las épocas y
culturas.
Además de la historicidad, otra
determinación propia de la empiricidad es la contingencia. Contra toda
concepción de la dialéctica histórica como decurso necesario, para Roig
la historicidad propiamente humana se caracteriza por la apertura del
futuro a la novedad radical, que puede venir a negar cualquier
objetividad previa. La necesidad histórica es un expediente ideológico
por el cual se otorga absoluta legitimidad a un proyecto (generalmente
el hegemónico), al punto de que su despliegue se presenta como dotado de
racionalidad propia y de validez universal para la totalidad social. Lo
cuestionable reside en que esta concepción se basa en el ocultamiento de
otros proyectos, que pueden reclamar su prerrogativa desde argumentos
ciertamente fundados en demandas y aspiraciones también legítimas. En la
medida en que los sectores sociales que portan este reclamo también
tienen capacidad de hacer historia, su emergencia puede romper con el
desarrollo histórico en marcha. Esas rupturas del continuo histórico
muestran con toda evidencia el carácter contingente y no necesario del
decurso que había sido ontologizado. Son momentos reveladores, en los
cuales la dialéctica real —diría Roig— pone en su lugar a la dialéctica
discursiva (Roig, 1994: 71-90).
La estructura típica del discurso
opresor habita en esas filosofías de la historia hegemónicas se levanta
en la modernidad europea y se basa en la negación de la historicidad del
otro; negación que alcanza su formulación paradigmática en la relación
de Europa occidental con el mundo colonial. Aunque en su seno
proliferaron formulaciones autoproclamadas “humanistas”, se trata de un
discurso profundamente negador de la dignidad humana. El otro, el
colonial, es rebajado a pura naturaleza; pero también el colonizador es
desconocido en su humanidad, en la medida en que su entidad, despojada
de la finitud, la historicidad y la contigencia propia de su condición,
es cercenada y pensada como réplica óntica de un Otro absoluto, puro
pensamiento. Esta estructura es internalizada luego en el mundo colonial
y su reproducción justifica la diferencia entre dominadores y dominados.
Frente a esa estructura básica del
discurso opresor que hemos señalado, Roig recuerda la advertencia de
José Martí: “con los oprimidos había que hacer causa común, para
afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los
opresores” (Roig, 1981: 185). La estrategia del discurso opresor sólo
puede ser quebrada desde el lugar del oprimido, del otro excluido del
círculo discursivo de privilegio y dominación, porque es él
precisamente, el que sufre en carne propia la marginación y la opresión,
la llave que permite iluminar el lado oscuro de la condición humana.
Ese sujeto tiene como modo
predilecto de manifestación la rebelión frente al atropello de su
dignidad. Se constituye como tal en ese acto de desobediencia por el
cual busca liberarse de la opresión. La rebeldía o la resistencia, en
sus diversas formas, configuran modos de afirmación de sí frente a una
negación que lo ha convertido en objeto, que lo ha subordinado con
respecto a cualquier mundo de bienes cosificados o hipostasiados, que
Roig llama “totalidades objetivas” (el legado cultural, la ley, la
propiedad). Por eso los símbolos preferidos de la sujetividad son, para
Roig, Calibán y Antígona: el esclavo que revierte el significado de
dominación de la “cultura espiritual” que le ha sido impuesta por el
amo, hasta convertirla en un instrumento de liberación; y la mujer que
desconoce la autoridad de la ley institucionalizada y la denuncia, desde
una moralidad de raíz sujetiva que exige justicia (Roig, 1993: 182-187).
Si la atención puesta en Nuestra
América resulta reveladora de la condición humana, es porque esta no es
ajena a la dominación. Y la dominación nunca es más evidente que cuando
se lucha contra ella. Esa dialéctica es lo que América pone a
consideración de la reflexión filosófica: “inventada” por el europeo en
el marco del proceso de organización del mundo colonial, fue pensada por
primera vez como una “unidad” y dotada de alguna identidad desde ese
horizonte de comprensión imperial. Por tanto, el hombre americano fue
desconocido en su condición de sujeto histórico. Esta negación es el
punto de partida de la dialéctica de dominación puesta en marcha con el
“descubrimiento”. Y es porque el destino de América fue el del dominado,
que la condición humana se muestra, de este lado del océano,
particularmente ligada al proceso dialéctico de autoafirmación. Una
autoafirmación que arranca de la demoledora negación del propio ser,
expresada en el aniquilamiento de la conquista que Las Casas sintetizó
en la fórmula de la “destrucción de las Indias” (Roig, 1993: 168 s.).
El proceso de Calibán, del esclavo
sometido que se levanta contra su amo es complejo, y no está exento de
miserias, de renuncias y de repetición de los mismos gestos del
dominador. La aclaración, por tanto, se impone: no se trata de instituir
el mito de la inocencia americana, sino de comprender e interpretar
nuestra identidad de hombres y mujeres latinoamericanos en su
especificidad y con conciencia de nuestra pertenencia a la realidad más
amplia de la humanidad. Nada humano nos es ajeno, aunque nuestra
historia sea particular.
Ahora bien, esa historia de ningún
modo es la de un sujeto metafísico, unitario a lo largo del proceso,
idéntico a sí mismo. Por el contrario, lo que interesa a Roig mostrar es
la complejización del proceso por aparición de sujetos nuevos (Roig,
2001: 133-154). Es la emergencia de sectores sociales antes no
conformados o invisibilizados lo que interesa recuperar para el
análisis, pues su aparición viene a mostrar el carácter relativo de todo
horizonte de comprensión y, particularmente, el de aquel que, por
hegemónico, resulta naturalizado en la sociedad (Roig, 2002a: 107-125).
Por tanto, si el proceso al que
hacemos referencia partió de la negación de América y de su oposición a
Europa, sucedió luego un ingreso en una etapa diferente, de asimilación,
donde por obra de la “civilización” el nuevo continente fue incorporado
a la Historia europea (“mundial”). A fines del siglo XVIII, la
emergencia de nuevos sujetos trocó la incorporación en la civilización
en el enfrentamiento colonial. Una vez alcanzado el objetivo de la
independencia política, ese enfrentamiento se transformó radicalmente:
de la guerra contra el ocupante extranjero se pasó al desconocimiento
del otro social interno, que alcanzaría diversas formas históricas a lo
largo del período de constitución de las sociedades capitalistas
nacionales (Roig, 1984: 11-47).
Todo este proceso se dio al mismo
tiempo articulado con formas de dominación externa: antes de que el
peligro de la reconquista europea estuviera definitivamente disipado,
hizo su entrada en escena la nueva potencia expansionista de Estados
Unidos. A medida que avanzaba el siglo XX, la creciente participación
política y social de las masas impulsó el desarrollo de nuevos proyectos
de identidad, que fueron diversamente respondidos desde arriba, por los
sectores dominantes de cada sociedad, en un proceso que continúa abierto
(Roig, 2003a: 11-41).
En definitiva, no es la ubicación
geográfica lo que puede otorgar legitimidad al ejercicio del a priori
antropológico. No es un problema de lugar físico sino una determinación
sujetiva, en la que se juega una toma de posición histórica y social que
puede abrir o cerrar el horizonte de comprensión a la alteridad. En todo
caso, el contacto con la realidad latinoamericana, el conocimiento por
su historia y el interés por su identidad, lo que nos brindan es una
singular oportunidad para descubrir esa alteridad. Sin embargo, aunque
el otro se encuentra mucho más a la mano de la conciencia filosófica en
nuestro contexto que en los centros del poder mundial, su entidad puede
ser igualmente obviada por obra de idénticos expedientes ideológicos.
Si retomamos lo que veníamos
diciendo acerca de la iluminación que la rebelión del sujeto dominado
(el esclavo, la mujer, el mundo colonial) produce sobre la condición
humana, ahora podemos avanzar en el esclarecimiento de la relación
existente entre este énfasis y la comprensión de lo humano como
natura naturans, que insistentemente postula Roig.
A partir de un marco categorial que
reconoce algunas deudas con el pensamiento de Giambattista Vico, Roig
sostiene que concebir lo humano como natura naturata es abordarlo
como una realidad “substante” y acabada, en buena medida pensada a
partir de la metáfora de su producción por obra de un agente externo,
que la trae a la existencia a partir de un modelo previo. Por oposición
a este esquema, para el pensador mendocino el hombre es el ser que se
produce a sí mismo, sin modelo y como resultado de un proceso permanente
de enfrentamiento y transformación del entorno natural y social.
En este proceso, la alteridad es el
factor de irrupción, que cuestiona la objetividad dada e impulsa la
novedad histórica. De esta manera, en el desarrollo dialéctico, tal como
lo concibe Roig, no se acentúa el momento de la síntesis (totalización),
sino el momento anterior de la particularidad, desde la cual se
deconstruyen y reconstruyen sucesivas totalizaciones. “La verdad no se
encuentra primariamente en la totalidad, sino en determinadas formas de
particularidad con poder de creación y recreación de totalidades, desde
fuera de ellas mismas, en cuanto alteridad [...]. El hombre es anterior
a las totalidades objetivas” (Roig, 1981: 113).
En el par antitético natura
naturata / natura naturans, el primer término acentúa el
concepto de “naturaleza” como realidad dada y, en el caso del hombre,
remite a una esencia intrínseca, inmodificable y fundante: una sustancia
que lo define. En cambio, aunque en el segundo también está presente el
término “naturaleza”, el énfasis se coloca muy diversamente sobre el
carácter no dado sino en proceso de una realidad cambiante, histórica,
autogenerada. Podríamos decir que en el caso de natura naturans,
la fuerza del participio activo produce un particular contenido
semántico, por el cual la expresión remite paradójicamente no a
“naturaleza” sino a “historia”. En el terreno antropológico, esa
remisión a la historia como producto del hombre, a la que no es ajena la
propia construcción de si mismo, habilita el tratamiento de lo humano
como una “condición” más que una “naturaleza”. El término no admite una
filiación esencialista y supone una comprensión de lo humano más amplia
que la definición por género próximo y diferencia específica, pues
incluye un conjunto de factores que integran la circunstancia exterior o
accidental, pero sin la cual no es posible nuestra existencia humana
real, concreta e histórica.
En síntesis, entender al hombre
como natura naturans significa afirmar el carácter a priori
del sujeto respecto de cualquier objetividad. De allí se sigue que
“historicidad” significa también capacidad de transformación y de
autocreación. Esa historicidad es activada, para Roig, desde el lugar
donde la misma ha sido negada, aplastada, olvidada. La “posición de
sujeto” —que llama “a priori antropológico” y que configura el
rasgo distintivo de la humanidad— implica siempre una emergencia y una
resistencia frente a formas de sometimiento o marginación (Roig, 2002a:
137-141).
Por eso Aristóteles, a pesar de su
esfuerzo por enriquecer la “racionalidad”, como esencia universal y
necesaria del hombre, con la consideración de otros rasgos
“accidentales”, tales como la sociabilidad, el lenguaje y la
corporalidad, no consiguió empero escapar a las dificultades teóricas
que el substancialismo plantea. Los límites de su interesante intento
aparecen con su afirmación de que hay “esclavos por naturaleza”,
posición ideológica que lleva al absurdo de sostener que los mismos
participarían de una esencia distinta a la “humana”. Los esclavos, las
mujeres, los bárbaros, son la alteridad que incomoda al pobre paradigma
humano de Aristóteles (Roig, 2002b: 23-25).
Los cínicos y los estoicos,
Agustín, los pensadores renacentistas, representan momentos estelares en
que esa concepción esencialista de lo humano es puesta en crisis por
otra de signo existencial, donde la empiricidad y contingencia remiten
el problema de la condición humana a la categoría ya señalada de
natura naturans (Roig, 2002b: 26-28). En todos estos intentos Roig
valora la vocación por ampliar la teoría de la definición aristotélica,
desde el señalamiento de la esencia interior y universal, hacia la
recuperación de los modos exteriores, empíricos, cualitativos,
individuales y “accidentales” de la existencia humana. En esas
modalidades de definición, en las que el sujeto se ha trasladado desde
la esencia a sus atributos contingentes, históricos, particulares,
aparece la concepción del hombre como creación de sí y desde sí. En
efecto, el estatuto diferencial de esencia y accidente, necesidad y
contingencia, sólo se sostiene si está operante la metáfora de la
creación a partir del modelo. En la medida en que esta tradición se
opaca, aparece la idea del hombre como ser autogenerado, fuera de todo
modelo y sobre la base de un prototipo que él mismo ha de generar y
proyectar (Roig, 2003b: 110-116).
Decíamos que las concepciones del
hombre como natura naturata, privilegian una comprensión estática
y definitiva de lo humano, donde los factores determinantes son de tipo
sustancial, necesario, eterno. Este vaciamiento de la empiricidad de la
condición humana tiene como expresión concomitante el desprecio por todo
aquello que connote la corporalidad del sujeto. Por esta vía, la
“tenencia” es despreciada y opuesta a la “esencia” como lo material a lo
espiritual. Empero, si partimos de una comprensión de la corporalidad
humana como un rasgo inherente a su condición, debemos reconocer que,
para que no perezca, sus necesidades deben ser satisfechas, y que la
satisfacción de necesidades supone la apropiación de los bienes
materiales necesarios para la reproducción de la vida. Por este camino,
Roig concluye que el a priori antropológico es a la vez un
principio de tenencia y de entidad.
A diferencia de las filosofías de
la historia construidas a partir de la discursividad opresiva que ya
hemos analizado, el sujeto que se afirma como valioso y que, con esta
afirmación, opera un recomienzo del filosofar, en la medida en que es un
sujeto empírico, histórico y contingente, no puede estar despojado de su
corporalidad.
El desprestigio de la “tenencia”
como atributo humano unido a la corporalidad encuentra su origen también
en Hegel; para ser más precisos, en su insistente diferenciación en dos
tipos humanos: amos y esclavos. El gran filósofo idealista percibió el
carácter social del hombre, como se desprende de la concepción plural
del sujeto que se afirma como valioso (el “pueblo”) y en su idea del
reconocimiento del otro como condición indispensable para la
constitución de la autoconciencia. El problema radica en que en su
filosofía el reconocimiento es arrancado mediante la violencia. En la
figura del amo y del esclavo, el reconocimiento que recibe el primero no
se reduce a un hecho cognoscitivo, sino que también es un acto de
posesión de otro rebajado en su dignidad humana y de apropiación del
producto del trabajo ajeno. En el marco de esa relación de violencia, el
esclavo es privado de la satisfacción de sus necesidades, y obligado a
clamar por los bienes necesarios para su subsistencia. Desde la
perspectiva del amo satisfecho, el esclavo es un ser grosero, movido por
apetitos materiales, desinteresado por las cosas del espíritu. Su
superioridad espiritual es justificada obviando el hecho básico de su
existencia igualmente corporal y necesitada, sólo que en su caso las
necesidades están satisfechas, plenas.
Toda esta edificación
argumentativa, como toda ideología justificadora de las relaciones de
dominación y de explotación, parte de declarar una incompatibilidad
entre ser y tener, el espíritu y la materia, la creación cultural y las
necesidades corporales, el significado y el significante, donde el
primer término es elevado a un nivel de realidad ontológicamente
superior, el orden del ser, a costa de la estigmatización de la tenencia
, la corporeidad, la empiricidad, la emergencia social y, en definitiva,
todo lo que connota nuestra real condición humana, finita, natural y
material. Con la consiguiente definición de este ámbito de la vida como
lo meramente óntico, se reedita el viejo y remanido dualismo de cuerpo y
alma.
La concepción esencialista del
hombre, expresada en la tradición europea moderna es contrastada por
Roig con su propuesta no esencialista a través del análisis de dos mitos
de origen, conceptualmente antagónicos (Roig, 1981: 198-208). Uno es la
“fábula de Cura”, rescatada por Heidegger del Liber Fabularum de
Higinio, e incorporado a Ser y Tiempo. En este relato el hombre
resulta creado por obra de un “proceso analítico”, donde se incorporan
dos elementos parciales que, por su unión, configuran una totalidad. El
primero es el cuerpo, que se modela sobre el barro húmedo de las
márgenes de un río. Luego, a esa materia inerte se le agrega el soplo
vivificante. Esta forma de creación establece claramente una diferencia
ontológica y axiológica radical entre corporeidad y espiritualidad. A
partir de ese dualismo, el fin de lo humano resulta estar determinado
desde el momento mismo de la creación: es la disgregación de esos
elementos diferentes ontológicamente, esto es, la muerte. El hacerse y
gestarse del ser humano es, por este camino, una espera de la muerte:
liberación del alma y sentido de la condición humana, al mismo tiempo.
El hombre tiene un destino preestablecido; es una natura naturata.
La segunda narración se encuentra
en el libro sagrado del pueblo Quiché, el Popol Vuh. Allí, el
método de creación de los primeros seres humanos es sintético. Los
dioses no buscan una materia pasiva, entendida como mero sustrato sobre
el cual se agregaría un elemento superior y activo, un soplo vivificador
externo. Desde el inicio se busca una materia entendida como principio
de la totalidad de lo humano. Luego de varios intentos creadores
infructuosos, en que se prueba con diferentes sustancias (entre ellas,
el barro) los dioses recurren a la “pasta de maíz”, materia que
encuentran dotada de una potencia de vida propia, de un impulso propio
suficiente para producir la vida humana. No resulta casual que esa
sustancia creadora venga a ser la base del alimento que los humanos
preparan para su sustento. De este modo, el hombre resulta creándose y
recreándose a sí mismo, desde su propia corporeidad y como totalidad. Es
una natura-naturans, en la que el hacerse y gestarse está
remitido al trabajo, del cual surge el alimento que permite la
producción y reproducción de la vida.
A diferencia de los mitos más caros
a la tradición moderna occidental, en esta narración fuertemente
enraizada en las cosmovisiones indígenas americanas anteriores a la
conquista no se plantea el dualismo entre cuerpo y alma, ni la
contraposición entre tenencia y verdadero ser. El mito muestra la
existencia corporal del hombre, no como enfrentada al espíritu, sino
como su condición básica y posibilitante de cualquier desarrollo
espiritual.
A la luz del relato del Popol
Vuh y de su capacidad para quebrar los esquemas de pensamiento
moderno-occidentales, Roig retoma el concepto de “condición humana”,
para pensarlo desde dos ángulos complementarios.
Por una parte, la expresión remite
al conjunto de condiciones de posibilidad de nuestra existencia, esto
es, subraya el carácter condicionado y finito de la misma como hecho
ineludible, sin que por ello se concluya que nuestra condición
represente un régimen causal de tipo necesario. Por el contrario, dentro
de nuestra finitud debemos y podemos ensayar la libertad.
Por otra parte, “condición humana”
significa también “índole” o “carácter”. El alcance y sentido de esta
acepción surge positivamente del conjunto de las condiciones anteriores:
en primer lugar, el cuerpo, al que Roig define como “el modo como desde
la cultura nos encontramos con la naturaleza”; en segundo lugar, el
“mundo”, como el entramado de relaciones que conforman la “posada” donde
nacemos y morimos; y finalmente el “lenguaje”, “universo de signos” a
través del cual mediamos “todos los mundos posibles”. Pero además de
definirse como síntesis de las tres condiciones señaladas, cabe agregar
que nuestra índole nunca resulta afirmada de modo más contundente y
pleno que cuando es una respuesta a una negación previa. La condición
humana se pone de manifiesto cuando el ser humano, aplastado,
despreciado, marginado, responde afirmando: “yo también soy humano” .
Afirmamos nuestra condición o índole cuando ejercemos el a priori
antropológico, esa “posición de sujeto” que emerge, resiste y
recomienza. En este sentido, la condición humana es una meta y un camino
de lucha para alcanzarla. Recomenzar el camino no es, por tanto,
“regresar a alguna ‘naturaleza perdida’, sino comenzar a luchar de nuevo
por nuestra índole de seres humanos”. Y las luchas contra las diversas
formas de alienación “sólo son posibles si el sujeto comienza sabiéndose
sujeto” (Roig, 2003b: 107-109).
La sujetividad es esa fuente de
disconformidad respecto de una existencia opresiva y deshumanizadora. Es
el conatus de Spinoza: esfuerzo que se pone en seguir siendo
hombre, en no desfallecer, en perseverar en el ser y en hacerlo cada día
más plenamente. Es el fundamento de toda moralidad y la voz de la
existencia humana no hipostasiada, que, dentro de los insuperables
límites de contingencia y finitud (empiricidad, temporalidad,
corporalidad), aspira a establecer el conjunto de condiciones de la vida
como un marco que posibilite la dignidad del hombre. Una dignidad que
siempre peligra, que siempre es avasallada, y que, sin embargo, debe ser
permanentemente recuperada. Ser sujeto: allí reside el secreto de la
condición humana.
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Estela
Fernández Nadal
INCIHUSA- CONICET
Mendoza, Argentina
Actualizado, agosto 2004
| © 2003 Coordinador General Pablo
Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. |
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso
correspondan.