El
pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana: Argentina
"Saúl Taborda ante la condición humana"
Gerardo Oviedo
Datos biográficos
Saúl Taborda nació el 2 de
noviembre de 1885 en su estancia paterna del interior de la provincia
argentina de Córdoba. Desarrolla sus estudios primarios en la Escuela
Normal de Córdoba, y, posteriormente, los secundarios en el Colegio
Nacional del Oeste, de Buenos Aires, egresando finalmente del Colegio
Nacional de Rosario, en 1906. Cursa sus estudios universitarios en la
carrera de Derecho, en la Universidad Nacional de la Plata, durante
1908-1910, y se doctora 1913, esta vez en la Universidad del Litoral.
Allí es nombrado profesor de Sociología en 1920, al tiempo que se
desempeña como abogado. La Reforma Universitaria de 1918 lo encuentra
como uno de sus principales protagonistas, junto a los jóvenes Deodoro
Roca, Raúl Orgaz y Carlos Astrada, todos amigos personales. En 1921 es
nombrado rector del Colegio Nacional de la Universidad de la Plata;
también es Consejero de la Facultad de Derecho de Córdoba. Pronto, hacia
1922, marcha a cursar estudios en Filosofía a la Universidad de
Marburgo. Prosigue los mismos en la Universidad de Zurich, luego en la
Universidad de Viena, y finalmente en la Universidad de París. Regresa a
la ciudad de Córdoba en 1927, donde reabre su estudio de abogado.
Durante ese mismo año co-dirige la Revista Clarín, junto a Carlos
Astrada. En 1932 promueve el F.A.N.O.E (Frente de Afirmación del Nuevo
Orden Espiritual) junto a otros intelectuales. En 1935 funda la Revista
Facundo. En 1937 intenta crear el primer Instituto Pedagógico de
la provincia. En 1942 es nombrado ad-honorem para dirigir el Instituto
Pedagógico. El ejecutor de las ideas pedagógicas de Saúl Taborda, su
discípulo Antonio Sobral, llega a asumir la presidencia del Consejo
General de Educación, implementando reformas que cumplen cabalmente con
el ideario de su maestro, quien así puede ver en vida parte de su obra
llevada a la práctica. Saúl Taborda fallece en la ciudad de Unquillo, en
su provincia natal, el 2 junio de 1944.
Concepción del humanismo y
de una antropología filosófico-política:
En Saúl Taborda la condición
humana es inseparable del ideal de formación de una humanidad
hispanoamericana, soberanamente integrada. Nuestro autor forma parte de
la gran tradición intelectual del humanismo hispanoamericano, en su caso
enriquecido con fuentes filosóficas alemanas, en las que abrevó de
manera directa. Influyeron decisivamente en la construcción de su
arquitectónica conceptiva el cosmopolitismo pacifista de Kant, el
historicismo humanista de Georg Herder, el socialismo económico de Karl
Marx, el vitalismo historicista de Whilem Dilthey, la fenomenología
gnoseológica de Edmund Husserl y la fenomenología ética de Max Scheler,
aunque en sus últimos escritos se deja sentir, por su temario y también
por sus citas, el fuerte influjo del nacionalismo integrista de Johann
Fichte, de la sociología formalista de Georg Simmel y de la pedagogía
formativa de Edward Spranger, que contribuyen a su edificación de un
humanismo ecuménico orientado a exaltar el contenido comunitario de la
co-existencia social.
Aunque no hay que dejar de
decir, si se es fiel a su espíritu, que dicho humanismo fue en todo
momento deudor de una motivación anarquista in-declarada, flotante, que
oficiaba de ideal último de libertad, sólo metafóricamente aludido,
dejándose asir más bien en el revés de trama de su retórica politicista.
Por ello, no dejaríamos de ser fieles a su ideario más auténtico si
caracterizamos el proyecto teórico tabordiano como la tentativa de
elaboración de una antropología política argentina e
hispanoamericana de inspiración libertaria y autonomista. Esta
dilemática conjunción de motivos tradicionalistas e integristas con
aspiraciones libertarias y autonomistas tampoco queda cabalmente
reflejada en la recepción de su obra,
en la que de todos modos prima el reconocimiento de la dimensión
nacionalista de su reflexión.
El ideal de humanidad herderiano
opone el sentido de la unidad cósmica a la dispersión del mundo que
anuncian las ciencias particulares. Es preciso salvar la armonía
preestablecida del sentido de la totalidad de la disolución con que la
amenaza el capitalismo con sus saberes funcionales, mutiladores de la
visión orgánica de la realidad del ser como orbe de cultura. La
pedagogía se eleva como praxis conducida de la formación del individuo
en la época de la desintegración de la imagen tradicional del mundo,
inspirada en ese ideal ecuménico. Las reflexiones antropológicas de
Taborda esculpen su ideal pedagógico desde la figura del hombre corpóreo
impulsivo y afectivo, consignado teleológicamente a su entorno
circundante pero trascendiéndolo en su función simbólica, del que brota
su esencia espiritual en conexión con las condiciones prácticas de
adaptación y reproducción de la vida. Pero el hombre no es únicamente un
ser corporal-anímico, puesto que reposa en la participación de la
legalidad sustancial del espíritu, que cualifica su estructura
ontológica como persona. El individuo es, por tanto, portador de
valores esenciales ideales.
La educación se rige por el
principio de la incorporación subjetiva de la objetividad de las
creaciones espirituales. En la perspectiva de Taborda el Espíritu es,
eminentemente, objetividad, entendiendo por ésta la categoría más
formal del lado lógico de la cultura, en el sentido neokantiano de
esfera de validez. La objetividad espiritual de la cultura se manifiesta
en las producciones culturales de una comunidad histórica de la vida,
escorzada en último término como Nación, que es el espacio simbólico
fundamental del despliegue del individuo, y por tanto de la mediación de
su subjetividad con la realidad objetiva del sentido transmitido. Con
Dilthey, Taborda considera que el mundo del hombre como experiencia
vital es aclarado por el arte, la historia y las ciencias abstractas. En
tanto el artista comprende el alma ajena, por la objetivación de su obra
nos hace participar en el mundo interior de la individualidad
descubierta por él, de manera que su manifestación estética es el órgano
de la comprensión de la vida, que expresa lo típico y lo esencial de la
estructura anímica y lo típico y lo esencial de la estructura
axiológica, donde se acusa toda fisonomía peculiar dentro del mundo de
las relaciones sociales. Asimismo, discurre Taborda en sus
Investigaciones Pedagógicas, los actos intencionales pueden
dirigirse a otras personas o a la vida de la comunidad, tal como
acontece en el amor, en la simpatía, en el darse generoso y en la más
alta expresión amistosa, que es la conciencia moral de la solidaridad
espiritual y de la corresponsabilidad de todas las personas, y en esta
actitud la persona se afirma como miembro de una comunidad total, de
cualquier especie que sea, cuya existencia le es dada originariamente en
su conciencia como mundo interno y como mundo exterior.
En el dominio del espíritu objetivo
se decantan los productos de la cultura. Pero el espíritu objetivo no se
define por sus contenidos históricos, cuanto por el sustrato de su
creatividad inmanente, que pespuntea el hilo de la temporalidad en cada
nuevo espacio de experiencia. Es que la historia es una totalidad: a
pesar aún de sus fragmentaciones y sucesiones interrumpidas, conserva su
sentido tal como los arcos rotos de un puente conservan intacta la idea
del puente, nos dice Taborda, empleando una bella y concisa imagen. El
hecho de constituir una totalidad le confiere el carácter de suelo común
de todo acontecer de valores y normas. El suelo de la historia, su humus
vital, es lugar donde se opera “la autorreflexión de la especie acerca
de su esencia, de su origen y de sus esperanzas.” La historicidad
entraña el movimiento temporal de la reflexión en la formación de la
autoconciencia de un pueblo. Mas esta conciencia experiencial se nutre
de “ideales formativos” que cada vez habilitan la hermenéutica de las
legaciones del espíritu. La hermenéutica histórica tabordiana, en su
celo por captar el flujo vital del hontanar de la autorreflexión
argentina, ha hallado en el Facundo la clave formativa de una
tradición. La forma viviente y nuda de su contrariado espíritu
objetivo, a saber, la nacionalidad misma.
La realización del hombre
argentino y el sentido comunal de lo nacional:
sobre “lo facúndico”
Para Taborda, la Nación es una
forma de vida cultural que se realiza en el tiempo. En Taborda la
Nación no solamente es una comunidad orgánica originaria preformada por
una unidad étnico-anímica primordial, que el idioma y la historia
elevarían como alma colectiva y conciencia pública, sino que también es
un acto espiritual constituyente que según su última ratio procede en
términos de guiarse por un destino político, regido por la
voluntad. Definir la nación, al modo de Renán, como un acto de
voluntad que constituye una asociación de hombres para la vida común
concertada por la voluntad plebiscitaria de todos los días, se resuelve,
según Taborda, en un concepto de “lo político”. De modo que,
prescindiendo de la naturaleza y de la cultura, ese concepto define la
nación moderna por el principio orgánico del Estado. La constante que la
preside es siempre la unidad nacional que se decide, según dicha
premisa, por la voluntad política. Esta es la concepción que subyace a
nuestra formación nacional-estatal, que como pueblo formalmente
emancipado según una pura organización política estadual, siguió desde
la independencia el modelo francés posrevolucionario. Pero esta
construcción estatadual obliteró la nacionalidad preexistente, que
Taborda descubre en “lo facúndico”.
El “genio nativo” es propiamente
lo facúndico, en donde se preserva la esencia de la nacionalidad
preexistente. Aquí arraiga el comunalismo federalista, cuya expresión
natural es el caudillismo. La falsa modernización estatalista
republicana (centralismo unitarista) pretendió suprimir esta raíz
comunal castellana, y clausurar la voluntad radical autonomista
inherente a su sede genésica telúrica. La unificación estadual conlleva
la denegación de la voluntad independiente de las comunas, y la
extensión del capitalismo apareja la ruptura del lazo solidario de
co-responsabilidad entre el individuo y su grupo, pulverizado bajo la
atomización agonal de la sociedad burguesa. Pero la propia esencia
telúrica nativa está aunada a la mística del alma castiza, de donde
extrae su fondo milenario y su sentido de trascendencia. De modo que la
mística española decantada en el nuevo hombre americano es lo que
alienta, en último término, el impulso volitivo y anímico que
caracteriza la tipología caracterológica facúndica del ser nacional.
Taborda eleva así el principio de “lo facúndico” a fisonomía espiritual
y destinación histórica, que es lo contrario del diagrama estatal
programado para la modernización capitalista:
Cegada por la desestimación del
genio nativo, de ese genio que llamamos facúndico porque lo facúndico es
lo que imprime sello peculiar a nuestra fisonomía, la política
inmigratoria no ha entendido nunca traernos hombres, hombres definidos
como ejemplares plenos de humanidad, destinados a enriquecer nuestra
humanidad aportándole en la intimidad de la fusión anímica y espiritual
la aptitud para aquellos valores que significan una mayor amplitud en la
concepción del mundo y de la vida, sino máquinas de trabajo,
instrumentos de producción aforados como valores bursátiles por las
transacciones capitalistas (Taborda: 1951: 209).
De modo que la
preexistencia del estilo de vida de las comunas argentinas en su
raigambre castellana constituye la heredad del espíritu objetivo del
genio nativo que troquela el alma del pueblo en dirección de la
realización de la voluntad política de sus comunas. En síntesis, el
federalismo comunalista expresado en el caudillismo, vale decir, la
legitimidad inherente de “lo facúndico”, constituye la tradición
política radical de la nacionalidad hispanoamericana preexistente. En
parte, la Revolución de Mayo realiza el ideario comunalista y, en parte,
se desvía del mismo, cuando el unitarismo de tendencia iluminista
pretende organizar la cultura en sentido racionalista e individualista.
Mas la nacionalidad hispanoamericana contiene el mandato de la
politicidad facúndica como el destino de la realización emancipatoria
inherente al hombre argentino.
Es entonces en el orden de la
tradición donde a juicio de Taborda debe fundamentarse filosóficamente
el planteo político radical del comunalismo confederativo, en su
carácter de autorrealización política popular válida más allá de la
época burguesa y de los límites formales de los regímenes
jurídico-políticos liberales (sistemas representativos parlamentarios).
Porque la comuna es considerada la unidad instituyente de nuestro
federalismo de consejos deliberativos asociados, comúnmente organizada
en municipios. Siendo la comuna aquella forma de vida real y concreta
definida como un acuerdo armónico y co-responsable del individuo con su
agrupamiento humano, el Estado del federalismo comunalista debe basarse
en una coordinación democrática sometida al control de sus entidades
básicas constituyentes. Entonces el Estado Federal Intercomunal se
instituirá por voto directo de los consejos comunales a cargo de los
ciudadanos mismos, destinado a romper la hegemonía del Estado Unitario
burgués, que ha gobernado las repúblicas americanas hasta el presente.
Transcribimos a continuación lo
esencial de las proposiciones políticas programáticas del temario del
comunalismo federalista (Taborda: 1997-1998):
-
La comuna es la base esencial de
nuestro federalismo. La comuna es aquella forma de vida real y concreta
definida como un acuerdo armónico y co-responsable del individuo con su
medio social.
-
Todas las comunas argentinas, tanto
las ya existentes como las que se formen en lo sucesivo, integran en
igualdad de derechos, la estructura política del federalismo
comunalista.
-
De acuerdo al concepto de la comuna
que queda expresado, el Estado del federalismo comunalista es una
coordinación democrática sometida al contralor de las entidades
constituyentes.
-
En ningún caso y por ningún motivo
el Estado federal tendrá facultades discrecionales. Todos sus actos
estarán sujetos a la revisión por parte de las comunas.
-
El Estado federal se constituirá
por el voto directo de los consejos comunales.
La función axiológica de la
tradición y
los límites inmanentes de la democracia burguesa
La pérdida de un cosmos de valores
culturales que sirva de complexión orgánica donde repose el orden
político de la vida civil, abre el camino al nihilismo disgregante y a
la rehabilitación del despotismo bajo formas representativas aparentes,
que en la sociedad burguesa se inviste como técnica parlamentaria.
Cuestión esta de la representación formal que atañe a la democracia en
su médula vital. Porque en la crisis de la democracia está en
juego el destino del hombre. De modo que la alternativa de la
hora -para el Taborda de 1936- es el destino del hombre -de su comunidad
política como filía- en la época de la crisis de la democracia
liberal, y de la descomposición de la concepción burguesa del mundo,
grávida de individualismo egoísta y cientismo deshistorizado. La moderna
democracia representativa creó el problema de la formación de la
voluntad general y de la cuestión de la norma de derecho calculada para
conciliar los intereses contradictorios, partiendo del supuesto
axiomático -iusnaturalista- de un estado agonal subsistente en la
coexistencia de los miembros del cuerpo político. De modo que la
instauración de un cosmos axiológico fundamental aparece en Taborda como
la vía regia de la recuperación de la nacionalidad ocluida por una
modernización catastrófica, fagocitada por la unilateralidad alienadora
del imperialismo expansivo y del corporativismo partidocrático. Esta
concepción del Estado tutelar afirmado sobre un contrato entre los
individuos que queda justificado en términos de derecho natural, entra
en crisis por la contraposición que establece entre los derechos del
hombre y la coacción jurídica, por un lado, y la paradoja de la voluntad
general donde no tiene lugar la unanimidad empírica, por el otro. Al
justificarse según una doctrina individualista, la voluntad estatal
niega en la mecánica parlamentaria el supuesto constitucional de la
preexistencia de un todo pactado de la nación. La democratización de
masas y la industrialización de las “ciudades tentaculares” presionan
sobre los límites internos y externos del Estado, que en las condiciones
del capitalismo monopólico se torna una corporación más, forzándolo a
competir en el mismo terreno que le proponen la lucha de intereses de
los grandes negocios y la manipulación comercial de la opinión pública.
La cuestión cardinal de la política hispanoamericana es entonces la
realización de la auténtica democracia: la de las comunas
autoorganizadas.
Si el destino del hombre no depende
sólo de las fuerzas económicas puestas en marcha por la modernización
capitalista, la actitud de las masas animadas por un ideal ético posee
una función histórica creadora más allá de todo determinismo material,
economicista. Pero ese sentimiento ético debe arraigar en algún punto
firme: Taborda lo encuentra en el “alma precapitalista”. Allí reside el
elemento tradicional en su esencia hermenéuticamente despejable. No es
que esta alma precapitalista flote en una niebla indeterminada. Por ello
hay que buscar en el animismo colectivo la figura de un hombre movido
por un ideal de justicia que le dicta su fondo emocional. Mas ese ideal
atañe al hombre total, y por tanto al socialismo. La conciliación entre
el hispanismo precapitalista (la tradición orientadora) y el socialismo
revolucionario (la modernidad emancipatoria) tiene un elemento mediador:
la reforma agraria. Es decir la disposición colectiva de los bienes del
suelo en cuanto reapropiación de la tierra por parte de la comunidad.
Puesto que la tierra es a la vez medio de producción y sede genésica del
sentido cósmico y sagrado de la existencia. La tradición demoradical
hispanoamericana preanuncia así el socialismo en su pretensión
anti-liberal de superación, o dicho más hegelianamente, de la abolición
de la democracia puramente formal:
Libres las manos de trabas
tradicionales y de prevenciones hereditarias, las repúblicas americanas
llegaron a la vida autónoma en el amanecer risueño de una civilización
que se anunció con signos felices y promisores. Antes que flameara sobre
las viejas sociedades la bandera roja de 1848, antes que el credo
marxiano clarease los talleres y las fábricas, antes que las almas se
inflamaran con las vehementes aspiraciones de humanidad, de justicia
social y de mejoramiento proletario, la conciencia de América,
trasponiendo los horizontes de la democracia parlamentaria, había medido
con exactitud los transitorios e insuficientes recursos de la política
liberal (Taborda: 1934: 70).
Pero esta dirección hacia la
realización de una democracia sustantiva americana no es posible
encararla sin un concepto de lo político. El fenómeno de lo
político no se da en el hombre aislado sino en la comunidad, en la
relación entre el tú y el yo y, por tanto, se nutre de un
contexto de amor y de fuerza. Lo político es un acontecer vital
originario anterior a la democracia concebida como forma de gobierno
fundada en la voluntad popular y a las contradicciones económicas
capitalistas. El fenómeno de lo político se expresa, según Carl Schmitt,
en la relación amigo-enemigo, que atañe a aquello que respecto a una
comunidad aumenta la fuerza y aquello que la amenaza. La idea del
enemigo alude existencialmente a otro, es decir, a un extraño con el que
son posibles conflictos existenciales. La determinación del concepto de
lo político prescinde de toda concomitancia moral, estética o económica,
y de cualquier otra consideración espiritual. La figura del enemigo
pertenece a cada pueblo de un modo exclusivo y excluyente:
La dualidad amigo-enemigo se
refiere siempre a la actitud de un pueblo como tal frente a otro pueblo
como tal; pues, acusa, dentro del pluriverso político que es el mundo,
una situación de lucha que, por no ser susceptible de ser allanada ni
por las normas ni por el arbitraje de un tercero en discordia, infunde a
las partes comprometidas la más fuerte conciencia de una unión o
de una desunión, de la cual se nutre el concepto existencial de
la enemistad (Taborda: 1936:71).
Todo el fenómeno de lo político se
caracteriza por la voluntad de poder que, movida de amor, dimana la
fuerza de la unión. El deseo de poder circula en todos los agrupamientos
humanos como su pathos fundamental. Pero es en el descubrimiento
del moderno racionalismo que lo político asume su radical sustancia
potente como praxis deliberativa obrante. El discernimiento puesto al
servicio de la vida política entraña la afirmación del poder de la
razón. Puesto que el poder de la razón pone en movimiento lo político
en un sentido deliberativo. Su actividad señala aquel momento en que el
hombre se desprende del favor de la providencia y se adueña así de su
propio destino, es decir, a partir de la deliberación fundada en
la razón. De modo que la democracia se refiere a una pluralidad -demos-
de individuos razonadores de una comunidad que, al menos en un buen
número, dialogan, deliberan y deciden sobre las cuestiones de la
comunidad. Grecia creó la democracia y la creó porque creó la razón,
sentencia Taborda ciñéndose a Schmitt. De manera tal que, en tanto
fenómeno originario y permanente, la deliberación es la que le
concierne de pleno derecho: ella le comunica un sello de plebiscito y la
distingue de toda otra manifestación de lo político. Si bien lo político
no se manifiesta exclusivamente en la democracia, el absolutismo es lo
opuesto a la democracia; y el absolutismo es también una expresión de lo
político. Corresponde, entonces, definir el absolutismo diciendo que es
aquel sistema político que excluye la deliberación; aunque conviene
aclarar que la democracia formal, privando a una parte de la población
de las gestiones de la cosa pública, se comporta como absolutismo, es
decir como la recaída despótica de la gobernabilidad
burocrático-parlamentaria que elude fácticamente el pleno ejercicio de
la soberanía popular concreta.
Pero en el concepto de lo político
debe subrayarse la amistad, señala Taborda, y no la enemistad, como
sucede en Schmitt. Es la amistad política el centro esencial de la
democracia concreta americana y, por tanto, el corazón práctico de una
filosofía americana que no hace una denegación racionalista del
pathos del amor que pulsa su voluntad de poder liberadora.
La guerra civil mundial y
el pacifismo argentino
A partir de su exégesis del
pacifismo alberdiano, Taborda observa que “dominando el afán de esta
hora, está el deseo, la aspiración unánime y vehemente de excogitar un
medio que en lo sucesivo haga imposible el crimen de la guerra”.
Taborda, en efecto, resume la teoría alberdiana del pacifismo indicando
la unicidad del derecho para todo el género humano como ley jurídica
universal. Las fuerzas morales inherentes a su propia naturaleza, la
industria universalizada y el intercambio comercial irrestricto, así
como la consolidación de cada país bajo un gobierno común, de igual
manera contribuirán a esta asociación de pueblos que facilitará la
sustitución de las naciones beligerantes por los tribunales destinados a
resolver pacíficamente la contiendas. Taborda reivindica “para nuestro
alto pensador la gloria de haber sabido enriquecer con ella el idearium
americano.”
Para Taborda, sólo el ideal
político de la democracia socialista es aquél que se fundamenta
apodícticamente en los valores universales del humanismo orientado a la
liberación de los oprimidos con un sentido de totalidad orgánica, es
decir, instituyendo la estructura de lo estatal como una forma de
conciencia. De ahí que la conceptuación de la democracia socialista
implica necesariamente afirmar la superación de la mera soberanía
electoral en beneficio de la soberanía popular integral. No habría otra
resolución política verdaderamente humana para la realización pacifista
de una amistad cosmopolita perpetua:
Para hacer efectiva la paz duradera
y para satisfacer con ella el anhelo íntimo de todos los pueblos, es
necesario modificar la antigua noción de la democracia ligando de una
vez su régimen a la idea de fundamentales innovaciones en la estructura
social; es necesario dejar de lado las rectificaciones formales y hendir
la piqueta en la propia naturaleza de los valores de vida; es necesario
crear una orientación integral que no solo tenga espedita la vía del
comicio sino que también ponga al servicio de todos los seres humanos la
riqueza, la justicia, la moral , la ciencia, la cultura y el arte, en
una palabra, todos los elementos nobles que aseguran, que realzan y que
dignifican la vida (Taborda: 1933: 172).
Es de la constatación del
agotamiento del régimen parlamentario del republicanismo burgués que
Taborda reafirma la concepción de la soberanía del humanismo liberal de
Alberdi, imprimiéndole una inflexión socialista, a su vez concebida como
reforma moral e intelectual del pueblo-nación. Al adoptar la tesis del
Estado armado como forma de despotismo interior que se expresa como
fuerza bélica exterior, Taborda vuelve revolucionariamente contra las
repúblicas burguesas en su fase de expansión imperialista, el humanismo
liberal de Alberdi. Así, su crítica del imperialismo parte del humanismo
alberdiano:
Órgano de tiranía en la vida
interna, este Estado de clase es también, a virtud de su propia
dinámica, una potencia de dominación en lo externo. Solo está contenido
ahí por la fuerza de los Estados que coexisten en el tiempo y lo limitan
en el espacio. Se define, pues, como una franca negación del
internacionalismo y de la humanidad (Taborda: 1933: 173).
De ahí que con un Alberdi leído
ahora desde Karl Marx y Carl Schmitt, Taborda detectará en la formación
de los Estados liberales la condición agonal de una internacionalización
de la política en forma de estado crónico de guerra civil mundial. Este
combate a muerte entre pueblos agredidos y pueblos agresores del globo
aparece como la conversión espacial y fronteriza de una invariancia
epocal del género alienado bajo la forma de vida burguesa: la lucha
entre potencias económicamente dominantes. Entonces el despotismo formal
(absolutismo partidocrático) hacia el interior del Estado liberal como
vigilante nocturno, se expresa necesariamente como imperialismo
expansivo y belicismo exterminador hacia el exterior, es decir como
sojuzgamiento belicista hacia el resto de los pueblos del globo:
Cuando Alberdi atribuyó una función
esencialmente beligerante a la legislación romana, no tomó el signo por
cosa significada [...] Vió claro, así, que detrás del código y de la ley
está el orden establecido y que, toda vez que este reposa sobre una
constante beligerancia de clase y de fracciones, todas sus
manifestaciones, en lo interno como en lo externo, hacia dentro y hacia
fuera, deben ser necesariamente, de acentuado carácter guerrero (1933:
174).
Hasta aquí hemos pasado somera
revista a los ejes fundamentales del “ideario argentino” de Saúl
Taborda. No hemos querido dejar de aludir a los temas cruciales que
obsesionaron su mentalidad teórica: la proposición de un programa de
reformas educativas dirigido al rescate de las tradiciones nativas con
un sentido de soberanía cultural y universalismo espiritual; el
autonomismo comunal como clave anarco-nacionalista de la formación de la
voluntad popular; la superación de la crisis existencial-política de la
democracia liberal y la necesidad de elaborar un concepto de “lo
político” referido al lazo amistoso y filial de la co-responsabilidad
solidaria; la búsqueda de una filosofía autóctona de la nacionalidad
hispanoamericana de inspiración radicalmente humanista; el problema del
estado de guerra civil mundial y la posición del humanismo pacifista
argentino guiado por un ideal ecuménico de justicia, entre otras
preocupaciones de índole estética, hablan de una obra que todavía merece
devotos lectores y, desde ya, ejecutores prácticos. En ella se despliega
su concepción de la condición humana, que es también la condición del
hombre americano emancipado. Indicar la perentoria pertinencia de su
pensamiento para la hora actual sería acotar una nota redundante.
Bibliografía de obras
citadas:
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Buenos Aires: Teoría, 1974.
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Artículos:
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“Significado, trascendencia y evolución del sentido reformista”.
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“Análisis de la Universidad”. Revista de la Enseñanza I-1 (1933)-(Este escrito
posteriormente forma parte de “Investigaciones Pedagógicas”).
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______.
Facundo. Crítica y
polémica. Director saúl
taborda, Córdoba, Argentina, 1935-1939: N° 1 (1935), 8 pp,
indice:
Meditación de Barranca Yaco / Una “Historia de la Nación Argentina” /La
unificación de los impuestos / Dos líneas a Doll, por Saúl Taborda / En
torno al ’90. N° 2 (1935); 5 pp,
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Esquema de nuestro comunalismo / Tribulación ministerial. N° 3 (1935); 6 pp,
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El Código Civil y la vida / Acotaciones al “Anti Marx”de Hugo Calzetti /
Pantomima de Ginebra. N° 4 (1936); 8 pp,
indice:
Comuna y federalismo / Temario del comunalismo federalista /
Proposiciones fundamentales / El fenómeno político / Las comunas
coloniales / Términos precisos. N° 5 (1938); 26 pp,
indice:
Sarmiento y las posibilidades de un Arte nacional, por Santiago
Monserrat / Filosofía de Sarmiento hombre, por Manuel Gonzalo Casas /
Sarmiento y el ideal pedagógico, por Saúl Taborda /Revolución y
comunidad histórica, por Oscar Marcó del Pont / Temario del
Comunitarismo federalista. N° 6 (1939); 6 pp,
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Notas
Si bien no puede decirse que la figura de
Saúl Taborda fuese preterida y cegada de la genealogía del
pensamiento argentino del siglo XX –sobre todo en el ámbito
cordobés, donde han tenido curso continuadas tareas de recepción
interna-, también es cierto que no es un autor que goce de un
amplio reconocimiento bibliográfico, y mucho menos doctrinario,
a nivel nacional (vaya en esto una nota de la condición
argentina). Acaso debamos a José Luis Romero, en El
desarrollo de las ideas en la sociedad argentinas del siglo XX
(1965), su incorporación liminar a la galería de la
ensayística vernácula, aunque ya había sido elevado a pensador
nacional en 1956 -en clave nacional-populista- por Fermín
Chávez, en su Civilización y Barbarie -luego
paradójicamente desalojado de allí por Juan José Hernández
Arregui, en La formación de la conciencia nacional,
de 1962, que le debía al filósofo cordobés más de la
cuenta en cuanto a su socialismo nacional-. Pero a Taborda
finalmente le llegó la hora de ser colocado en el panteón
canónico de la historia de la filosofía académica en Argentina
-precedido por el estudio señero de Luis Farré en 50 años de
Filosofía Argentina, de 1958, y por el intento más bien
didáctico de Juan Adolfo Vázquez en su Antología filosófica
argentina del siglo XX, de 1965-, quedando su
consagración, ahora, a cargo de Alberto Caturelli -precedido por
su propio intento de 1971, a raíz del II Congreso Nacional de
Filosofía- cuya contribución al campo de la historia de la
filosofía argentina es irreprochable por su caudalosa erudición,
aunque tal vez no pueda decirse lo mismo de la ontología
política que la anima. Sucedió en el célebre número doble de los
Cuadernos de Filosofía del Instituto de Filosofía de la
Universidad de Buenos Aires, en 1975, donde compartía su puesto
de fundador de la “filosofía normalizada” (expresión de
Francisco Romero que recogía Eugenio Pucciarelli) junto a un
calificado elenco compuesto por Coriolano Alberini, Alejandro
Korn, Alberto Rougés, el propio F. Romero, Carlos Astrada, entre
otros algo más jóvenes, como Vicente Fatone y Luis Juan
Guerrero. Su última gran aparición en la historia académica de
las ideas la debemos al monumental trabajo de recepción schmittiana realizado por Jorge Eugenio Dotti en su Carl
Schmitt en Argentina (2000), nuevamente inscripto nuestro
filósofo en la no demasiado cómoda figura de intelectual
nacionalista. Actualmente el joven sociólogo Matías Rodeiro
-nieto de Manuel Rodeiro- está preparando una selección de los
escritos políticos de Taborda con un estudio preliminar sobre su
obra, en donde se revele más bien su pertenencia al espectro
ideológico de las izquierdas y su no fácil adscripción a las
tradiciones libertarias, seguramente a aparecer en 2005.
Gerardo Oviedo
Actualizado, Noviembre 2004
| © 2003 Coordinador General Pablo
Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Coordinador General para Argentina, Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. |
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
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correspondan.
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