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| Andrés Terzaga |
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Andrés Terzaga ante la condición humana
Carlos Pérez Zavala
Datos biográficos: el personaje y su medio Las palabras del epígrafe nos revelan que nos hallamos ante un espíritu inquieto, profundo, no convencional: Andrés Terzaga; librepensador, teósofo, orientalista, pesimista radical. Nos proponemos rescatar esta personalidad que florece en el primer tercio del siglo veinte en el sur de Córdoba y reflejar, a la vez, una faceta del ambiente intelectual de Río Cuarto durante esa época. Omar Isaguirre, escritor riocuartense, dijo de Andrés Terzaga:
Leopoldo Durán se refiere a
Manuel Gálvez, hablando de los colaboradores de Ideas, recuerda que en su mayoría provenían de las provincias:
Hijo de Andrés Terzaga y Amelia Ramallo, nuestro autor nació en Río Cuarto el 4 de agosto de 1882. Antigua familia de españoles, los Terzaga se instalaron primeramente en Villa Nueva en la primera mitad del siglo XIV. Ya en Río Cuarto, su padre se dedicó a la política y a regentear una farmacia, centro de caracterizadas reuniones en las que se intercambiaban inquietudes literarias y se apoyaban iniciativas encaminadas al bien público, al arte, al teatro. Estudió como alumno interno en el Instituto Nicolás Avellaneda, de la Capital Federal, concluyendo sus estudios secundarios en 1901. Después de realizar el servicio militar regresó a su pueblo natal. Sólo salió de allí en sus esporádicos viajes a Buenos Aires y a Córdoba, ciudad donde falleció el 21 de noviembre de 1931. Su primera esposa fue Ermelinda San Millán. De ese matrimonio nacieron tres hijos, entre ellos el futuro escritor e historiador, Alfredo Terzaga. Ermelinda falleció joven en un sanatorio de Buenos Aires en 1924. Su segundo matrimonio ocurrió en 1925, uniéndose a Manuela Cabral, de la cual nacieron dos hijos, Emilio, que sería catedrático en España, y Daniel. Manuela Cabral, su segunda esposa, era una persona muy inteligente, de gran sensibilidad y firme carácter, que supo captar la fibra de su marido. Las cartas de Manuela a sus amigos ayudan a penetrar en lo hondo de la personalidad del escritor:
En Terzaga, como ocurrió con los románticos, se entrelazaban el amor, el misterio, la vida, la muerte... En cuanto a su fisonomía, Durán lo muestra
El Río Cuarto de la segunda década del siglo, del primer mandato de Yrigoyen y de la Reforma Universitaria, tenía una destacada vida cultural y social. El primer periódico fue La Voz de Río Cuarto, que apareció en 1875. En 1912 salió a la calle El Pueblo. En la segunda década del siglo se publicaban en Río Cuarto La Revista, El Ideal, Río Cuarto Ilustrado, Ariel, El Fígaro (revistas) y el diario Justicia. Hubo muchas publicaciones menores sostenidas por instituciones educativas o por líricos y espíritus cultos, como La Alborada (1923) Iris (1925) y Juvenilia (1930) y revistas estudiantiles como Logos (1923) y Alma argentina (1923). Los conservatorios de música datan de la primera década del siglo. En el arte musical no se puede olvidar la obra de Alesio Ianaccone, forjador de grandes valores locales. En cuanto a pintura, la figura más prominente es la de Herminio Malvino, quien llega a Río Cuarto en 1904 y a quien José León Pagano considera un precursor de la pintura en Córdoba. El teatro municipal fue inaugurado oficialmente en 1909, con la presentación de un elenco italiano dirigido por Pablo Giacometti presentado “La morte civile”. En 1911 ya existían en Río Cuarto sociedades masónicas como “La estrella de Río Cuarto”, de rito escocés, con templo propio; “Víctor Hugo 2th”, del rito azul en sueño; y “Lautaro”, del rito confederado, en sueño. Hay, además, un “Centro de librepensadores”, con local propio. La Reforma universitaria de Córdoba de 1918 tuvo ecos profundos en Río Cuarto, sobre todo en los centros de estudiantes secundarios que la apoyaron fervorosamente. Desde el punto de vista del valor documental, la Biblioteca del Convento de San Francisco siempre fue la más importante, pero desde su fundación, el 10 de abril de 1905, la Biblioteca Pública del Centro de la Juventud, antecedente inmediato de la actual Biblioteca Pública “Mariano Moreno”, difundió la cultura en la ciudad y prestó grandes servicios a los estudiantes. En 1919, a instancia de los socialistas, se inauguró la Biblioteca “Luz y Progreso”. En 1923 tiene lugar la primera huelga general declarada por los gremios obreros de Río Cuarto, en protesta por el asesinato del dirigente Kurt Wilkens. En ese año, en agosto, se constituye el Centro de Estudios Teosóficos, siendo Andrés Terzaga uno de sus fundadores. El 16 de mayo de 1926, a raíz de la conferencia ofrecida por la feminista italiana Condesa Pagani de Paci, se constituye la Sociedad de Cultura femenina “para contribuir a la dignificación de la mujer”. No podemos extendernos aquí sobre las actividades de otros grupos como el del partido radical, el socialismo o sobre las pintorescas querellas entre conservadores y liberales, clericales y anticlericales, patriarcalistas y antipatriarcalistas, hedonistas y pesimistas, todo bien documentado por la prensa de la época. No faltaban, en Río Cuarto, manifestaciones culturales y los índices de apertura ideológica no resultaban un dato menor. Filloy, el gran escritor y promotor del boxeo como deporte (pasión de Andrés Terzaga), ya trabajaba y escribía en esta ciudad. Cuando Terzaga se queja de la soledad que sufre en este lugar “horrible”, ¿se trata de un problema suyo o de la sociedad en que vive? Los defectos de la sociedad riocuartense, el afán de lucro, por ejemplo, eran comunes a la sociedad argentina tensionada entre la Argentina criolla y la Argentina aluvional. La idea de que la protesta de Andrés desborda los límites de su ciudad, aunque se desquita primeramente con el entorno, se confirma cuando, en 1917, experimenta:
Además, el hombre que escribió “estoy solo en medio de la canalla” es el mismo que dice “Siempre estoy enfermo y de un humor sombrío, como consecuencia, acaso, de lo primero; aunque eso del humor sombrío podría también justificarse por lo de los ojos muy abiertos” (1944: 67; 73). Ese sentimiento de desterrado era común en la época. El se sentía lejos de Buenos Aires y muchos argentinos “tan lejos” de Paris. Faltaba conciencia de la centralidad del sujeto propio, que está cerca de todo. A veces faltaban los estímulos que dan los diálogos con almas similares y los medios que hoy tenemos de comunicación y de información. La soledad de Terzaga tenía mucho que ver con su actitud personal ante la vida, pero no era atribuible al nivel cultural de la ciudad. Por lo contrario, la presencia de los movimientos heterodoxos sólo se explica por un apreciable florecimiento del pensamiento, del arte y de la preocupación social y política. El heterodoxo y sus creencias
En Terzaga no hay sistema. Ha leído a Nietzsche, a Schopenhauer, a Voltaire, pero también a los pitagóricos; se ha nutrido de la sabiduría de los grandes maestros de Oriente y ha bebido en fuentes árabes como la obra de Kahlil Gibrián, sobre el cual observa: “Ese espíritu tiene la estatura del cielo, del silencio, del mar, de la vida, de la muerte. No conozco, en veinte años consecutivos de lecturas y meditaciones, cosa más grande. Toda la inteligencia, todo el dolor, toda la tristeza, toda la duda y toda la fe de los hombres están en él. No he visto, tampoco, claridad más clara, ni he sondado, tampoco, más honda hondura de pensamiento. Hay en Kahlil Gibrán la muestra única, en letras humanas, de la capacidad de síntesis del genio. La fatalidad de pensar, hermanada a la de vivir y esperar, aparecen en el árabe estupendo concretas y reales: como puñales de hierro que hieren y llamas que devoran. ¡Qué poesía, Dios mío! “El loco” me ha quemado –hasta la médula– en dos hornos: uno de gloria y otro de infierno” (Terzaga: 1916: 23). En agosto de 1924, se define a sí mismo: “el Terzaga de alma cuasi eslava, contradictoria, atormentada, pasiva, asiática, budista, que siempre he sido” (1916: 14). Su orientalismo es patente cuando dice de La Revista de Occidente: “No hay ignorancia que no sea suspicaz; y la mía ...ha olfateado más de una cosa viejísima en las páginas “nuevas” de esa revista. Esa revista vuelve hacia Oriente mucho más de lo que parece, e ideas contenidas ya en los Vedas, y en su cuerpo principal –los Upanishads– están canalizadas, sistematizadas, occidentalizadas, trajeadas de ‘nuevo’. Sí...pero...” (Terzaga: 1916: 54:55). Terzaga se inscribe entre los bohemios, como Emilio Becher y Edmundo Monteavaro, cuyo centro de reunión era el Café de los Inmortales. En Río Cuarto se reunían en el Centro de librepensadores, que Terzaga había contribuido a formar. Su sincretismo es claro en algunos escritos. Uno de ellos, breve, se titula “Y los tres no son más que uno”:
Un Himno a la vida:
Esa carta fue redactada un mes antes de la muerte de su autor. El 11 de octubre de 1929 les había escrito a los Durán: “Madre Catalina, Leopoldo, Carlos: no me olviden, que siempre me hará bien, como un envío al corazón, el recuerdo de todos Vds. ¿Mi vida? La de siempre: amar, aborrecer, holgazanear, vagar, putear, vivir. Viva la vida, viva el combate, viva el dolor” (Terzaga: 1916: 87; 89). Aunque en las citas anteriores aparecen rasgos teosóficos, hemos preferido ubicarlas dentro de una tendencia sincretista. Su adhesión a la teosofía muestra perfiles más profundos, más interiores y nunca prestó una adhesión externa que supusiera un acatamiento disciplinado a una organización, eso no estaba en su temperamento. Terzaga adhería interiormente a la teosofía, admitiendo los principios esenciales de la doctrina esotérica, según la cual “el espíritu es la sola realidad y la materia su expresión interior, cambiante, efímera”. La gnosis, o mística racional de todos los tiempos, es el arte de encontrar a Dios en sí, desarrollando las profundidades ocultas, las facultades latentes de la conciencia. En sus Cartas, Terzaga habla del consuelo que significaron para él, luego de la muerte de su primera esposa, algunas obras teosóficas como “Luz en el sendero”, “Por las puertas de oro” y otras:
En una suerte de pesimismo radical Terzaga solía decir: “Soy contradictorio, vehemente, abúlico, desorientado, inútil para la lucha por la vida, lleno de exabruptos, herido desde niño en el alma por no sé qué mal misterioso, doloroso, vago, sin nombre...” ¡Inútil para la lucha por la vida! Ese era en gran parte su drama, acaso de vinculaciones karmánicas. No pudo ganarse la vida con la pluma, no tenía habilidades manuales o comerciales. Se le escuchó decir: “¡Paradoja soy ¡ Estremecida, enturbiada, sangrienta, viva paradoja”. Julio Carri Pérez escribe en el diario El Pueblo el 31 de marzo de 1917:
Terzaga escribía en 1918: “No tengo sino un solo respeto sin dudas: Nuestro Señor Jesucristo”. Y en 1921:
Un año más tarde le escribía a Montagne “No soy católico, aunque mi aspiración sea profundamente cristiana. Siento el Cristo, pero no siento la Iglesia, no pertenezco a ninguna, ortodoxa o heterodoxa. Jesús está, para mí, en los cuatro Evangelios. Jesús y el Cristo” (López: 1955). El Jueves Santo de 1923 le escribe al mismo amigo: “Por supuesto que la divina semana nos ofrece meditaciones fuera de toda ortodoxia. Pero no importa: ortodoxos o heterodoxos vivimos todos para El. Ni la justicia, ni la verdad, ni la belleza pueden existir fuera de sus palabras y de sus actos. Y morirse es testificarlo. Este acto último, absolutamente involuntario, es la puerta secreta que se nos abre a su absoluta sabiduría. Todo lo demás carece de importancia, inclusive eso que amamos tanto y que tan orgullosamente llamamos nuestro dolor” (López: 1955). Andrés Terzaga, un heterodoxo de las primeras décadas del siglo XX, representa el signo de una rica, aunque embrionaria vida cultural en una pequeña ciudad de la pampa argentina.
Bibliografía del autor
Bibliografía sobre el autor
Carlos Pérez Zavala |
| © 2003 Coordinador General para Argentina,
Hugo Biagini. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de
2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan. |