Gonzalo Aguirre Beltrán

 

La condición humana en la obra de
Gonzalo Aguirre Beltrán

 

Sofía Lilí Reyes Serrano

Semblanza

La semblanza que reseño sobre Gózalo Aguirre Beltrán, está basada en los comentarios de sus amigos y críticos como Guillermo Bonfil, Arturo Warman, Andrés Medina, Guillermo de la Peña, Ángel Palerm, entre otros. Gonzalo Aguirre Beltrán nació en Tlacotalpan, Veracruz el 20 de enero de 1908 [Aguirre Beltrán, 1991: 9]. Se graduó como médico cirujano en la UNAM en 1931. Por una parte, fue el médico con su carga de conocimientos acerca de las enfermedades y su tratamiento en el contexto de la medicina occidental; por otra, fue el antropólogo, alumno de Manuel Gamio y después de Melville J. Herskovits, con una amplia visión de la cultura que le obligó al investigar la medicina tradicional al trascender las limitaciones del modelo médico-biológico-lesional [Aguirre Beltrán, 1992: 13].

Con inteligencia, persistencia y disciplina por el conocimiento heterodoxo, el médico Aguirre Beltrán publicó en 1940 una investigación del municipio de Huatusco. Fue pionero de la moderna etnohistoria regional mexicana y precursor de los estudios sobre la lucha y resistencia agraria. Decidió realizar la carrera de científico social. Hasta su muerte trabajó para lograr la igualdad del indio. Apuntaló un campo de investigación que luego siguieron estudiosos mexicanos y extranjeros al analizar los antecedentes históricos del movimiento zapatista y la concentración de los grandes dominios territoriales [Aguirre Beltrán, 1991: 7-15].

En su obra, Problemas de la población indígena de la cuenca del Tepalcatepec -dedicada al General Lázaro Cárdenas-, marcó el inició de una nueva época en cuanto al ámbito de las investigaciones regionales hasta entonces reducidas al estudio de comunidad. Se interesó por la población negra -tercera raíz de México-, la integración regional, la educación, y los problemas de salud entre las poblaciones indígenas. Implementó acciones para hacer del indio un ciudadano igual a los otros.

Pero la pregunta sobre ¿qué nos hace diferentes y desiguales? subyace en todos los temas que le preocupan. Su ámbito de análisis es el de la nación, concebida como la construcción histórica del pueblo mexicano cristalizada por la Revolución y su ideología. Diversidad, injusticia y nación estructuran la variedad en sus temáticas de estudio [Aguirre Beltrán, 1991: 7-15].

Aguirre abrió nuevos campos de debate para el conocimiento, ellos cimientan el calificativo de nombrarlo gran clásico, por sus sólidas elaboraciones teóricas. Sus conceptos básicos fueron: zona del refugio, región intercultural, ciudad primada, y el proceso dominical. Su concepto de aculturación es considerado como una de las contribuciones más importantes de las ciencias sociales en Latinoamérica, en tanto que conjuga los paradigmas científicos con las propuestas de un programa político de inspiración nacionalista. Avanzó en el reconocimiento a la diversidad teórica y en la definición de tendencias políticas cuando confrontó de forma critica el legado científico de la antropología mexicana [Aguirre Beltrán, 1991: 7-15]. Cabe destacar que Bonfil Batalla dice que, posteriormente, el desarrollo étnico reemplazó a la aculturación, y que la autogestión, tiene el lugar de la integración, dado que la nueva intelectualidad, emerge por las personas que recuperan su identidad india, que pregonan una política con los indios y no para los indios [Bonfil Batalla, 1994: 805].

Para Arturo Warman, Aguirre es autodidacta, clásico de la antropología social mexicana, con rigor metodológico y del lenguaje. Dice, que tuvo una sólida formación literaria y humanista, que acaso más influyó el ambiente familiar que su formación escolar [Aguirre Beltrán, 1991: 14]. Aguirre aclara, que debe mucho a la lectura de pensadores como Bakunin, Hegel, Marx, y Alhtuser, al reconocer que “penetraron muy hondo aquellas lecturas y condicionaron mi vocación como humanista y como científico social” [Aguirre Beltrán, 1991: 13-14]. En su obra se nota también la influencia de Francisco Javier Clavijero, Ricardo Flores Magón, Francisco Flores, Moisés Saénz, Rafael Ramírez, Vicente Lombardo Toledano, Manuel Gamio, Alfonso Caso, Juan Comas, Alfonso Villa Rojas, Julio de la Fuente y Ángel Palerm Vich. Me llamó la atención la frecuencia con que se refiere a Francisco de Asís a lo largo de su obra.

Finalmente, opina Bonfil Batalla: ”...Aguirre Beltrán, uno de los indigenistas de mayor influencia en América, resume en pocas palabras el núcleo del proyecto indigenista al concebirlo como ideología del mestizaje, métodos y técnicas de unificación nacional” [Bonfil Batalla, 1994: 805].

Aguirre generó y trasformó varias instituciones como el Instituto Nacional Indigenista y el Instituto Nacional de Antropología e Historia; fue editor de SEP/Setenta; produjo 20 libros y 300 artículos [Aguirre Beltrán, 1991: 7-14], su obra, en su mayoría la realizó fuera de las instituciones académicas. Además desempeñó altos cargos públicos: Subsecretario, Rector de la Universidad Veracruzana y Subdirector Investigador.

Introducción

Con base en la obra de Gonzalo Aguirre Beltrán, armé este breve análisis respecto a sus temas de las diferentes expresiones de lo humano. Empiezo por la integración de la diversidad racial, la biodiversidad y los diferentes espacios geográficos que coexisten en la nación mexicana. Para el efecto retomo la organización sociocultural, la economía, las artes, la política, la religión, la ideología, la cosmovisión, y la violencia que desintegra, y que se manifiesta en la situación de dominio que caracteriza la unidad regional. El análisis concluye en que la desigualdad, según Aguirre Beltrán, es problema de la desintegración y no de la variabilidad ambiental, racial o sociocultural.

Gonzalo Aguirre Beltrán aborda diversos temas sustentados por un eje articulador que fue su preocupación, la integración. Cabría decir con Arturo Warman, que a este gran eje se le puede llamar diversidad sociocultural, diferenciación social, dominio, subordinación, o desigualdad [Aguirre Beltrán, 1991: 9-14]. Contrario a la desigualdad pregona la integración nacional a la que entiende como “el proceso de cambio que emerge de la conjunción de grupos que participan en estructuras sociales distintas y que se caracteriza por el desarrollo continuado de un conflicto de fuerzas entre sistemas de relaciones de sentido opuesto que tienden a organizarse en un plano de igualdad y se manifiestan objetivamente en su existencia a niveles variados de asociación” [Aguirre Beltrán, 1992: 44].

La integración, es, pues, un proceso de cambio para eliminar la marginación de la población indígena y generar una nueva organización igualitaria entre los diferentes sectores de la sociedad nacional.

Respecto al concepto sociológico de asociación, al que también se refiere anteriormente, Aguirre piensa que sólo se limita a la relación fundamental que une a los individuos en grupos [Aguirre Beltrán, 1992: 48].

Ángel Palerm refiere:

Asistían a mi conferencia... adeptos... Pero Aguirre no pareció interesado en mis experiencias personales ni en mis ideas, con algún desencanto de mi parte. Se interesó en los totonacos en su vida concreta, en su cultura en sus relaciones con los mestizos y en sus problemas sociales y económicos... me di cuenta de su profunda seriedad de su determinación... [Aguirre Beltrán, 1992: 9].

Al analizar la obra de Aguirre Beltrán, me di cuenta de su convicción y por ello, espero plasmar sus ideas con acierto. Dice que la cultura nacional de México se integró con una población considerable de grupos étnicos que fueron y son aún los que le dan su sello y sabor genuinos y su perfil distintivo [Aguirre Beltrán, 1995: 7]. Comenta que al concurrir en la Nueva España amerindios, africanos y españoles se contactaron individuos de las tres grandes razas -caucasoides, negroides y mongoloides-, en las que se acostumbra dividir a la humanidad. La consecuencia o resultado de la convivencia, de los diferentes tipos humanos, en un estrecho territorio, dio un intercambio de genes, que desembocó en la formación de una población mestiza [Aguirre Beltrán, 1989: 153]. No olvidó a las diferentes oleadas migratorias europeas, para ello se remitió al siglo XIX, caracterizado por los grandes movimientos de población europea hacia tierras de América [Aguirre Beltrán, 1993: 137]. De ellos, resalta la migración alemana y su impacto en nuestro país.

El hábitat y la población

Asevera Aguirre, que las poblaciones de bandas tribales, indias o negras, pueden ser consideradas, como aquellas que en virtud de su aislamiento y conservatismo, lograron retener características somáticas predominantes y rasgos culturales prehispánicos o africanos, pero no son en realidad, sino mestizos, producto de un mezcla biológica y resultantes de la dinámica de aculturación, a la que define como “... el proceso de cambio que emerge del contacto de grupos que participan de culturas distintas. Se caracteriza por el desarrollo continuado de un conflicto de fuerzas, entre formas de vida de sentido opuesto, que tienden a su total identificación y se manifiesta, objetivamente, en su existencia a niveles variados de contradicción” [Aguirre Beltrán, 1992: 44]. En el sector de la población indígena, la diversidad del hábitat es un obstáculo para la igualdad, por estar dentro de la región territorial hostil, inhóspita y aislada.

Afirma Aguirre que en la época precortesiana tanto la banda chichimeca como la compleja azteca se acoplaban como grupo humano al medio físico en que estaban establecidos. El ajuste lo determinaba la interacción entre el ambiente y los instrumentos culturales ideados por el grupo y su tecnología [Aguirre Beltrán, 1991: 127]. En contraste, en su trabajo de campo a mediados del siglo XX, constató el hábitat de las poblaciones, indias, negras y tribales.

 Las culturas tribales, cazadoras recolectoras, con agricultura incipiente, dice, habita regiones selváticas y sobreviven gracias, en gran parte, al aislamiento, pero sujetas a la dependencia [Aguirre Beltrán, 1992: 146]. Observó que habitan un área de geografía inhóspita. Si bien, la diversidad es ostensible, convergen ecológicamente en un área configurada por un territorio hostil, redefinida por el establecimiento humano, por la domesticación de las plantas, los animales y por la introducción de nuevas especies. Pero los grupos carecen de un medio de relación común.

 Agrega Aguirre Beltrán que las poblaciones indias y sus redes de cultura agraria, organizadas en comunidades corporadas y autocontenidas, fueron arrojadas de su hábitat por el sistema de explotación colonial y por el liberalismo de la independencia. Permanecen enclaustrados, en regiones de refugio, fuertemente acogidas a su territorialidad, en condición de pueblos. Residen en una ecología enemiga, constituida por una estructura con un núcleo, muchos parajes, varios pueblos y una ciudad ladina [Aguirre Beltrán, 1992: 11].

Afirma Aguirre que la geografía de las regiones de refugio también está ocupada por una comunidad biótica que tiene como nicho ecológico dominante y de importancia clave a grupos culturales económicamente más avanzados en un centro rector o ciudad primada ladina y mestiza. Tal sector, configura una amplia red de relaciones asimétricas. Ejercen dependencia, el control de la tierra, la energía y mueven a las poblaciones indias subordinadas. Lo anterior, de acuerdo a los conocimientos y las destrezas de su tecnología atrasada. Así pues, concibe a una región como el hábitat ocupado por las comunidades indias, y los sectores no indígenas o ladinos en el núcleo, que ejercen interminables actitudes y relaciones dominicales o de dominio hacia los indios [Aguirre Beltrán, 1991: 19-74].

Respecto a la estructura social

Refiere Aguirre, que en el hábitat de Mesoamérica y Aridoamérica ya se había dado una integración y la ejemplifica con grupos precortesianos. Ellos cimentaron su estructura social en un sistema extenso familiar, con lazos de parentesco. Era un gran clan territorial, que valoraba la liga con la tierra en que vivían y ganaban el sustento. La variabilidad existía ya que los clanes podrían ser patrilineales, rígidos, igualitarios, pero el común denominador era que el individuo persistía leal y se identificaba, no como parte de una unidad biológica, sino como integrante de un grupo de parientes que formaban el calpulli. Ahí, la propiedad de los recursos era comunal en su uso y disposición. También, constituía la base de la supervivencia biológica y cultural. Se caracterizaba por sancionar la poliginia, se heredaban derechos, obligaciones y lealtades limitadas a descendientes del mismo sexo. La sucesión era unilineal. Los grupos étnicos se organizaban en sistemas de inestable equilibrio demográfico, por el poco control que tenía la mortalidad, que los inducía a una ansiedad de reproducción con base en la seguridad del grupo y en el respaldo de la comunidad. Aprovechaban la capacidad fecunda del hombre y de la mujer. Los patrones culturales estaban dirigidos a la reproducción patrilinial. El status de la mujer hacía que, con el matrimonio pasara, a formar parte de un linaje opuesto [Aguirre Beltrán, 1993: 27].

Con relación a la estructura social de los grupos negros, Aguirre señala que era similar a la de los indígenas, pero su condición de migrantes en que lo investían, les impidió construir su organización, con excepción de los que radicaron como cimarrones en los palenques que poblaron los trópicos. Agrega que negros y españoles arrastraron un problema sexual por edades que influyó en el futuro de la población.

El mestizaje biológico y la aculturación masculina, tuvieron como base el arribo de 90% de españoles adultos, pero la influencia de los elementos de la cultura indígena fue el acento femenino de la mujer en las actividades, las relaciones domésticas, y su impacto fue de carácter dominante. Con la introducción compulsiva del nuevo patrón de poblamiento se desintegró la estructura social antes referida. Produjo, según Aguirre, la necesidad ineludible del nuevo ajuste al hábitat y otro en la organización socio-económica. Por ello, voy a resaltar los datos que refieren dichos cambios en la economía y en las expresiones artísticas. Aguirre, cita a Bernardino de Sahagún quien refiere que, por ejemplo, los tarascos eran “artesanos superiores, plumistas superiores, carpinteros, ebanistas, pintores, canteros... hacen telas con hermosas listas, de mil colores y con lindos dibujos... y hacen mantas con pliegues para el uso” [Aguirre Beltrán, 1989: 126].

Aguirre afirmó, que desde tiempos precortesianos, tal cúmulo de especialización implicaba intercambio de los lugares donde se producían las materias primas. Esta especialización, digámoslo de una vez, no fue implantada de la noche a la mañana por el genio utópico de don Vasco de Quiroga, fue resultado lógico de un lento proceso del desarrollo de la tribu [Aguirre Beltrán, 1989: 127]. Además resalta que es infinita la potencialidad de la naturaleza y la cultura humana para el cambio, pero no puede actualizarse de pronto, requiere tiempo, un tiempo que está regulado por aptitudes socialmente determinadas. Dijo que la capacidad de absorber lo nuevo, de asimilar formas de vida distintas a las habituales y reinterpretarlas para que se adapten al contexto de la aculturación y la asociación, se incrementa en las regiones de refugio indias, como sucedió, en el caso mexicano, cuando la Revolución produjo cambios estructurales que abrieron los canales de la movilidad social.

En su estudio, Aguirre comenta que la adaptación al cambio es incesante, pero el trasfondo, como los rasgos que dan identidad al modo de ser de un pueblo no varían. Por ejemplo, con la economía de subsistencia, se fundamentaron los rasgos del sentido de solidaridad, seguridad intensa y a ellos se apegan los grupos indígenas sin importar los siglos de contacto dentro de la economía de cambio [Aguirre Beltrán, 1992: 81-85].

Para Aguirre, la desigualdad se dio, en gran parte, por la tendencia a la concentración que caracterizó a la economía feudal y la capitalista, se monopolizó la industria artesanal en manos de los españoles recién llegados. Las ordenanzas gremiales excluyeron a los indios, mestizos y mulatos de toda participación. Obligaron al indio a un forzoso intercambio de los productos de la única actividad que se le permitía, la agricultura [Aguirre Beltrán, 1992: 63-80]. Así, a los artesanos superiores que refiere Sahagún se les impusieron:

Las profesiones encaminadas a resolver las nuevas necesidades de la burguesía o, lo que también fue trascendente, las necesidades de consumo conspicuo de los indígenas sometido a la dependencia citadina. Gremios como los de los coheteros, veleros, santeros, floreros, plateros, sombrereros, otros estaban, en gran parte, destinados a satisfacer necesidades indígenas [Aguirre Beltrán, 1992: 80].

Se puede constatar, que la desigualdad de las condiciones de su hábitat, lo sociocultural y la monoproducción, constituyen obstáculos para la igualdad.

Contrario a lo que escribe Guillermo Bonfil Batalla sobre que Aguirre menciona “...algunos valores nunca precisados” [Bonfil Batalla, 1994: 805], su pensamiento, respecto a los valores indígenas como la educación, la religión, la lengua, la fiesta y la cosmología, contraria a la ideología, se pueden precisar. Aguirre Beltrán valora a todas las lenguas habladas en México porque tienen capacidad expresiva, estructura gramatical y riqueza léxica. “Su inferioridad no es intrínseca sino socialmente determinada; condición subalterna que internaliza la generalidad de los indios y a pesar de ello persisten fieles al habla de la lengua materna...” [Aguirre Beltrán, 1993: 11].

Afirma Aguirre, que la educación en los pueblos indios se funda en el aprendizaje cotidiano más que en la enseñanza. En la educación nacional, es al contrario, más en la enseñanza que en el aprendizaje. Y si va a ser inducida desde el Estado, junto con Julio de la Fuente, piensa que: la educación indígena es aquella que nosotros, los componentes no indígenas de la sociedad mayor impartimos a los grupos de población originalmente americanos, además, es la educación que estamos obligados a promover a los no indios (ladinos) para ordenar la convivencia que hace posible la formación nacional [Aguirre Beltrán, 1992: 191-213].

Respecto a la persistencia de la religión popular, Aguirre, dice que se debe a la sobrevivencia de elementos prehispánicos y a la posterior aceptación selectiva y adaptación de creencias y prácticas católicas. Resalta que lo más importante es el hecho de la existencia de una organización local de las ceremonias populares que constituye la base en la vida económica y política de la comunidad [Aguirre Beltrán, 1992: 197-198]. Al referirse a los macehuales, asevera que sienten obstruidos todos los caminos de expresión política a través de grupos seculares de acaudillados caciques, y también se vuelcan en la organización local religiosa como única tabla de salvación.

Agrega que en el periodo de transición que se da cuando la lucha de castas pasa a ser la lucha de clases, surge un incipiente nacionalismo revolucionario, que busca, a través de los movimientos religiosos, recuperar su identidad perdida y procrear una sociedad nueva [Aguirre Beltrán, 1956: 21]. Piensa que la adopción de los nuevos cultos como la teología de la liberación y las confecciones protestantes, con evidentes tonalidades revolucionarias, bien pueden ser la forma de esconder los aspectos políticos, en un país que está dominado por el Partido Revolucionario Institucional. Otra vez, constatamos que la diversidad cultural, la religión, en este caso, no es obstáculo, sino herramienta en defensa de la desigualdad.

Para Aguirre, las formas y los valores originales del gobierno indígena se encuentran en el calpulli,

... unidad segmentada que conjunta varios linajes. Linaje y exogamia, residencia exogámica y la territorialidad donde se asientan parentescos y que tiene igual valor como símbolos de membresía. La unión de dos o más calpultin constituye una comunidad corporada, un pueblo étnico, compuesto por el común de macehuales con derechos y obligaciones asignadas. Por lo general uno de los linajes gana y mantiene, por el consumo conspicuo, gran prestigio y de él salen, con alguna excepción, los gobernantes del calpulli o de la comunidad... [Aguirre Beltrán, 1993: 27].

Congruente con su pensamiento, años posteriores a la publicación de las Formas de gobierno indígena, resalta la ponencia de la delegación mexicana que concurrió al II Congreso Indigenista celebrado en Cusco, Perú. La ponencia planeó la propuesta siguiente:

Pídase a las naciones americanas la estricta vigilancia de los principios democráticos que norman sus respectivas constituciones. A efecto de que las comunidades indígenas ejerzan realmente el derecho, que le corresponde, de elegir a sus propias autoridades; evitando la intromisión en el gobierno indígena de elementos que no cuenten con la voluntad de las mayorías [Aguirre Beltrán, 1991: 261].

Respecto a la ideología, Aguirre señala que en las regiones del refugio la ideología de la casta dominante emerge; entiende por práctica de la ideología, cuando una persona o grupo sostiene ideas en cuyo origen ha desempeñado papel importante algún interés, cuando el pensamiento no es genuino, por ser la expresión de estados mentales de dominación.

El término ideología lo nutre de la interpretación del materialismo dialéctico, que la califica de falsa conciencia. Esas fuerzas que permanecen ocultas en el subconsciente, son intereses de la clase o casta que determinan un pensamiento engañoso. Advierte, que entre la cosmovisión y la ideología existe la misma distancia que hay entre los intereses sociales genuinos y los espurios.

Otro valor que resalta Aguirre, es el de la fiesta, como ejemplo, cita a Durán quien hace referencia de un pequeño barrio: “Si hay quinientas personas todas... están ocupadas. Ellas en moler y hacer pan... Ellos en traer agua, leña, soplar, atizar el fuego, asar gallinas, barrer, enramar, componer aposentos, recoger la comida que de casa en casa se ha hecho... y si hubiese de contar lo que he visto y entendido, siento sería nunca acabar” [Aguirre Beltrán, 1992: 155]. Este valor es congruente a lo que sin medida ha enfocado en su obra sobre el trabajo cooperativo, el tequio y la guelaguetza que son actividades de ayuda mutua.

Conclusión

En la obra antropológica de Gonzalo Aguirre Beltrán, se puede constatar, que no es obstáculo la variabilidad ecológica y sociocultural, sino las relaciones asimétricas o desiguales, para la construcción de una nación. Para Aguirre, el Estado tiene que construir la nación, es decir, la conciencia y el deseo de pertenencia a un territorio, ocupado por la variabilidad de grupos étnicos y sus culturas. Para lograrlo, propone erradicar la desigualdad, problema básico que nos hace diferentes y no la variedad del hábitat y lo socio-cultural.

Gonzalo Aguirre Beltrán, fue unos de los hombres que intentó la igualdad de los indígenas por medio de una acción integral, estructural, sin menoscabo de la esencia de sus manifestaciones culturales y de sus modos de vida. Por todo lo anterior, también integral fue su proyecto político, teórico, metodológico y práctico. Concluyo, suscribiendo las ideas de Arturo Warman: “Al doctor Aguirre se me ocurre que más justo sería identificarlo con la justicia, pero me temo que el doctor Aguirre no le gustaría ser caracterizado como el investigador de la injusticia” [Aguirre Beltrán, 1991: 9].

 

Bibliografía

Directa

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Indirecta

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Sofía Lilí Reyes Serrano
Universidad Autónoma del Estado de México
Actualizado, octubre 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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