Carlos Fuentes

 

La visión del hombre en la obra de Carlos Fuentes*

 

Eugenio Núñez Ang

Los personajes son, como el vaso en el poema de Gorostiza,
forma transparente, molde pasajero del agua verbal que apenas
dicha, derramada, se convierte en palabras escritas: nadie
sabe cuánto dice, cuánto evoca, cuánto escribe al hablar:
una palabra dicha -dicha de la palabra- libera una constelación
de palabras, de cifras, de ayuntamientos verbales nuevos
y antiguos, latentes, premonitorios u olvidados.
Cervantes o la crítica de la lectura
Carlos Fuentes

La obra de Carlos Fuentes, indudablemente contemporánea desde el punto de vista de las estructuras, el estilo, el manejo de los recursos técnicos que definen la literatura del siglo veinte, es también una demostración de dominio sobre los temas más tradicionales de la literatura latinoamericana, que se inserta en la producción literaria de todos los tiempos y todas las latitudes. A través de estos temas, estructuras, técnicas aflorará una concepción de lo humano, de los hombres y las mujeres que retrata. El hombre, como lo establece Octavio Paz, son los hombres y la caleidoscópica representación de los personajes creados por Fuentes nos permite darnos buena cuenta de la complejidad inextricable del ser humano, de sus quehaceres, de sus circunstancias, de su personalidad y de las sociedades en las que se inserta.

Carlos Fuentes, escritor de nacionalidad mexicana, nació en Panamá el 11 de noviembre de 1928. Este hecho circunstancial se debió a que su padre, D. Rafael Fuentes Boettiger, se desempeñaba en ese momento como Encargado de Negocios de México en la capital panameña. Debido al desempeño dentro del Servicio Exterior Mexicano, la familia de Carlos Fuentes se trasladará frecuentemente de una ciudad a otra, por tanto sus estudios los realizará en Estados Unidos, México, Montevideo, Buenos Aires, Santiago de Chile, Río de Janeiro, México y Ginebra. En 1948, en la Universidad Nacional Autónoma de México, iniciará sus estudios de Jurisprudencia. Su obra es muy amplia y abarca relatos, novelas, ensayos y obras de teatro. Ha sido delegado de México ante los organismos internacionales con sede en Ginebra y embajador en Francia. Ha recibido numerosos premios literarios entre los que destacan el Nacional de Literatura de México, en 1984; el Cervantes, en 1987, y el Príncipe de Asturias de las Letras en 1994. Ha sido condecorado con la Legión de Honor francesa en 1992.

Desde sus inicios como escritor, Carlos Fuentes se ha caracterizado por mover conciencias y azuzar a la opinión pública. Sus escritos y sus participaciones públicas son francas provocaciones para repensar el aquí y ahora bajo ópticas cuestionadoras. En uno de sus primeros artículos, encabezado con el título “¿Pero usted no sabe lo que es Basfumismo?”, publicado en la revista Hoy del 29 de septiembre de 1949, Fuentes señala las bases teórico-filosóficas de la sociedad, con especial hincapié en el rechazo del optimismo, del tiempo lineal y con una propuesta de retorno a la exploración de la interioridad humana como matriz real del universo:

... para SER, el hombre debe asesinar al Tiempo... El hombre actual vive, no para él, sino para su proyección en el futuro. No existe el hombre. Existe SU participación en el Tiempo... Y así nunca trascenderá el Hombre al Hombre, sino al vacío. El Tiempo debe detenerse, el Hombre debe salir del océano asfixiante de relojes suizos en el cual diluye su promesa. Al perder al Tiempo el Hombre encontrará al Hombre (Fuentes, 1949: 24).

A lo largo de su obra, Fuentes conservará buena parte de estas ideas expresadas en su juventud. En su obra narrativa, como una exigencia para caracterizar la estructura interna de la novela en una relación orgánica de la forma y el fondo, la multiplicidad de lenguajes nos remite a un discurso impersonal y, a la vez, multipersonal, de obra abierta que implica una arquitecturación de los elementos contenidos en cada uno de los núcleos y subnúcleos estructurantes. Así la trama ya no se constituye en una simple imitación o copia fotográfica de la vida: los acontecimientos se suceden en un cierto orden en relación con la problemática dada. Por ejemplo, el orden de los episodios carece de lógica en el tiempo y en el espacio, puesto que una realidad superficial implica otra realidad profunda. Cada personaje con su propia voz nos conduce a su particular existencia, pero a la vez a la del grupo social al que pertenece. Los extensos monólogos de Catalina o de Artemio en La muerte de Artemio Cruz o de Asunción en Las buenas conciencias o los de Federico Robles o Ixca Cienfuegos en La región más transparente, muestran un derrumbamiento de planos donde se renuncia a una cronología de los hechos para presentar simultáneamente vidas distintas o momentos distintos de la misma vida. Para ello, Fuentes aprovecha un punto de vista móvil o variable e imprevisible, va de un cambio de persona narrativa, de sujeto, a persona narrada, objeto, de un personaje central a uno periférico o a un omnisciente o a un ubicuo. Así cualquier recurso es válido para descubrir la conducta humana: los personajes carecen de identidad concreta, rasgo típico de la novela contemporánea es la ausencia de caracteres tipificados, el resultado son personajes más elaborados, más confusos y complejos. Los personajes son representaciones de la realidad humana en toda su complejidad, en toda la gama de personalidades. Fuentes, como muchos de los autores contemporáneos más representativos, nos entrega personajes no sólo perimetrales, vistos desde sus conductas externas sino que también penetramos mediante finísima autopsia a conductas cerradas e imprevisibles aun hasta para el mismo personaje: sus monólogos internos, sus sueños, sus deseos inconscientes, requieren de muchos lenguajes porque para Fuentes el hombre, los hombres, son su lenguaje, sus lenguajes. El estrato de significaciones apela a la ecuación autor-realidad representada- lector in mente para abrirnos a esa imagen del mundo que nos da una caleidoscópica visión del ser humano, capturado, analizado o revisado desde diversos ángulos posibles como en un juego de espejos que multiplican un instante sin asidero real y concreto, como una propuesta existencialista donde el ser y el parecer se conjugan en la angustia de vivir.

Todos estos recursos de articulación han motivado la idea de la muerte de la novela. Pero para Fuentes “lo que ha muerto no es la novela, sino precisamente la forma burguesa de la novela y su término de referencia, el realismo que supone un estilo descriptivo y sicológico de observar a individuos en relaciones personales y sociales” (Fuentes, 1969: 17).

Carlos Fuentes adoptará las técnicas de renovación literaria como el fluir de la conciencia, el monólogo interior, el collage, la técnica cinematográfica, elementos del realismo mágico, diferentes lenguas extranjeras (francés, inglés, alemán, latín, etc.) y la nacional en sus diferentes voces y modalidades (los lenguajes coloquiales de diferentes estratos, slangs o lenguas de clase, como el caifanesco, el espanglés, el especializado y hasta de la propia invención de autor o de los personajes que han sido liberados de la tutela autoral para dejarlos manifestarse por ellos mismos...). Fuentes desarrolla de esta manera los temas que han preocupado a autores de nuestro tiempo. Sus personajes son el vehículo para enfrentar al lector a su realidad circundante.

Si Comala, Macondo, Yoknaptthawpa, Santa María son lugares míticos para nombrar el mundo, el Distrito Federal, Guanajuato o Cholula son igualmente Praga, Venecia, Aix-en-Provence, Manaos, Hamburgo, Weimar: las pasiones humanas son iguales o semejantes, los mismos colores, las mismas tesituras, las mismas histerias, los mismos goces, el hombre es los hombres, nada más cambian los nombres, las circunstancias, los tiempos, los lugares, las lenguas para decirlo. Como Ixca Cienfuegos otros igualmente repetirán “Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer...” Octavio Paz nos dice que Fuentes es un

“escritor apasionado y exagerado, ser extremoso y extremista, habitado por muchas contradicciones, espíritu exaltado en el introvertido país del medio tono y los chingaquedito, paradójico en la república de los lugares comunes, irreverente en una nación que ha convertido su historia trágica y maravillosa en un sermón laico y que ha hecho de sus héroes vivos una asamblea de estatuas de yeso y cemento” (Paz, 1972: 8).

Una posible imagen de Fuentes es la de un luchador, la de un francotirador animado por una fuerte voluntad de renovar la literatura y, en consecuencia, el mundo. Parecería, por los mundos narrados, una visión pesimista; sin embargo y a pesar de los contradictorios retratos expuestos en su obra, adivinamos en él una postura optimista, solidaria. Sus creaturas cubrirán un extenso mural en el que la naturaleza humana se representará en sus múltiples formas, en la búsqueda de una identidad nacional pero realmente en una búsqueda dentro de una trascendencia planetaria. Las reconocidas y visibles influencias en la obra de Fuentes abarcan autores de diversa índole: John Dos Passos, James Joyce, Aldous Huxley, William Faulkner, Marcel Proust, demasiado notables pero que gracias a la preocupación por lo mexicano se universalizan, Fuentes sienta carta de ciudadanía universal en la denuncia, la ferocidad creativa y el uso de recursos, técnicas, teorías literarias contemporáneas, colocándose en un nivel bastante aceptable de lo que se estaba haciendo y se hace en el mundo entero. La literatura de Fuentes evoluciona con la propia evolución de la literatura.

En La región más transparente, Fuentes nos describe una gran ciudad: México. Rosario Castellanos señala que en esta novela:

...se proponen dos posibilidades para definir a México y a lo mexicano. Una que encarna Ixca Cienfuegos y que pretende una vuelta al origen, un renacimiento de los ídolos prehispánicos, una purificación de los enormes pecados de nuestra historia a través del sacrificio humano... y otra la que propone Zamacona: ‘un hombre nutrido de cultura occidental, heredero de las tradiciones europeas, quien traza la ruta del país arrojando por la borda el peso muerto de la arqueología, de los inoperantes e inasimilables civilizaciones prehispánicas, para incorporar a México al vasto movimiento mundial de desarrollo, apoyado en la técnica, en la planificación, en el ejercicio de los atributos intelectuales... (Castellanos, 1984: 121-122).

Pero además, a través de sus diversos protagonistas encontramos las múltiples caras de la ciudad: Federico Robles, el plutócrata de origen campesino que se enriqueció gracias a la revolución; Norma, hija de un comerciante refugiado español, que se casó con Robles para obtener la posición social que deseaba; la familia Ovando, aristócratas venidos a menos durante el movimiento de 1910; Rodrigo Pola, un estudiante pobre lleno de ambiciones que termina cediendo a los imperativos de una sociedad castrante; Ixca Cienfuegos y Manuel Zamacona, las dos caras de una ciudad poblada por seres tan disímbolos y tan semejantes como los Régules, los Pola, los Robles, los Ovando, Charlotte, Bobó, Natasha, Casseau por un lado y por el otro los miembros más humildes de la sociedad: braceros, taxistas, sirvientas, postitutas baratas. Todos ellos seres que padecen o se divierten, seres enajenados envueltos en la madeja de una ciudad que los crea y los destruye; seres que entrecruzan sus destinos sin advertilo porque ellos mismos son seres en búsqueda de un rostro en una muchedumbre que se niega a sí misma ocultándose tras de una, de mil máscaras.

En Terra Nostra, los personajes purgan las penas de la tierra: descubren la identidad de la frustración y enloquecen. México queda definido como un infierno sin historia ni otra función que el prehistórico terror fascinante y caníbal que vieron Lawrence y Lowry; el despotismo como destino ineludible y la resignación a apoyar el mejor de los despotismos posibles.

Fuentes nos presenta a sus personajes mediante un neonaturalismo donde las situaciones no son narradas ni descritas por un narrador que cuida y protege a los habitantes de su novela. Al contrario, los deja existir y sus posibilidades y límites de realización son consecuencia de su propio actuar. Dios, la religión, la familia, el gobierno, la escuela serán para algunos el refugio o la salida de sus preocupaciones; otros serán víctimas de un determinismo contra el que nada pueden, todos finalmente serán sujetos y objetos de la informe fealdad antinovelesca de la vida de todos los días. Otros serán incapaces de gobernar su destino, de crecer y adoptar decisiones propias. Por un lado, Fuentes ve la necesidad de la autorrealización, de la maduración por la democracia; por la otra, niega la posibilidad de despojarse de un patriarcado, de dar paso a una modernidad democrática. Esta realidad absurda es subrayada en personajes apenas entrevistos pero desnudados por las técnicas del fluir de la conciencia, pues aunque ellos se oculten tras la máscara, su intimidad los delata. En la representación del tiempo, el orden cronológico y el orden espacial se confunden, así la vida transcurre con alteraciones, con múltiples perspectivas, de acciones simultáneas, retrospectivas, entrecruzamientos de planos, como reflejo de integración de lo uno y lo otro, de lo semejante y lo diverso, de lo propio y lo ajeno, de lo individual y lo colectivo. Como un concierto barroco, las voces de la ciudad se mezclan con el silencio de una región de máscaras y transparencias donde el lenguaje testimonial a veces bastante desagradable sólo puede nombrar ese mundo inevitable, aquí, así y en este momento nos tocó que le vamos hacer, ¿sería igual allá y en otro momento? Desamparados, los unos y los otros, vivirán entre la realidad y el deseo, entre la utopía del mejor de los mundos posibles y la miseria de este aquí y ahora.

En una conversación con Emir Rodríguez Monegal, Carlos Fuentes declara que “vivimos en países donde todo está por decirse, pero también donde todo está por descubrirse cómo decir ese todo... Si no hay voluntad de lenguaje en una novela en América Latina, para mí esa novela no existe” (Fuentes, 1969: 31). A Emmanuel Carballo le había dicho: “no hay una construcción lógica de la verdadera realidad, tal como se presenta en la vida. Por el contrario, es ilógica y solo un esfuerzo intelectual, lógico, le da a esa realidad una semblanza comprensible. La vida cotidiana no está ordenada lógica ni intelectualmente...” (Carballo, 1986: 428). Fiel a sus palabras, Carlos Fuentes va a construir cada obra suya con una sintaxis diferente, a fin de descubrir aquello que le duele, a fin de que lo dicho permita extrapolar aquello que no se pudo decir.

La literatura de Fuentes es un buen reflejo de la personalidad de Fuentes. Los datos biográficos de sus Obras completas lo retratan como una conciencia nacionalista; sin embargo, su búsqueda de identidad de lo mexicano, por la creación de una mitología nacional, refleja asimismo una apertura multicultural. Si Fuentes como persona es

...más mexicano que cualquiera, más parisién que cualquiera, a la última moda en el vestir y al calce del último manifiesto de la izquierda cardenista y joyceano. Su lucha: acabar con el provincianismo de la cultura y de los mitos nacionales. Con métodos desarrollistas la misma materia del nacionalismo podría presentarse de otro modo: por esencialmente mágico, surrealista y disparatado, México podía estar a la vanguardia del más reciente “ismo” cultural siguiendo a Lawrence, Artaud, Lowry, Breton, etc. (Blanco, 1980: 425).

Esta multifacética personalidad permea la visión sobre Fuentes, un autor muy profesional, culto, ambicioso, audaz, en la búsqueda constante, con propuestas innovadoras; virtudes que despertarán recelos y rechazos. Como plantea José Joaquín Blanco, “Sin Fuentes, la nueva generación de lectores y escritores no tendría contra quien ensañarse en la ineludible obligación de ‘matar a papá” (Ibíd.: 247). A Fuentes lo definen defectos y virtudes que reflejan su personalidad, pero asimismo tiñen su visión de los mexicanos, pero de lo que el hombre universal no está exento: el escepticismo, la disidencia, el pensamiento independiente, la postura crítica, que apocalípticamente se convierten en su antítesis transformándose en dioses carniceros, que traen consigo la destrucción. Las páginas finales de Terra Nostra contienen simbólicamente esta visión desesperanzada:

Te preguntas -escribe Fuentes- si al revelarse cada mañana, el sol sacrifica su luz en honor de nuestra necesidad, si esa luz de alguna manera autosuficiente, gasta su transparencia revelando nuestra opacidad. Pero la luz da contorno y realidad a nuestro cuerpo. Debes despertar de esta pesadilla. Gracias a la luz sabremos quienes somos. Pero sin ella, acabaríamos por inventarnos antenas de la identidad, detectores de los cuerpos que deseamos tocar y reconocer...” (Fuentes, 1975: 739).

Es evidente que Carlos Fuentes ha desarrollado una literatura en constante evolución. Su imaginación, su sensibilidad y su cultura quedan manifiestas en sus obras en las que se nos revela como un ser en búsqueda, de la que se desprende su necesidad básica de integración: la preocupación por el ser del Hombre y su identificación con y a través del Hombre, de los hombres. Como él mismo lo expresa en “Por una educación incluyente”:

Somos una nación multicultural, tanto en el extremo indígena como en el occidental. La diversidad nos invita a no saltar etapas, a no excluir a ningún componente de civilización, a no olvidar ninguno de los caminos de la relación entre saber, hacer y ser. Pues aprender a saber supone aprender a hacer y aprender a hacer supone extender el aprendizaje individual al trabajo compartido, a la prueba de una mayor acumulación de la enseñanza mediante experiencias de trabajo y labor social. Pero saber y hacer conducen al cabo al aprendizaje del ser mismo y por esto entiendo, mas que otra cosa, la voluntad de tender la mano de la educación a todos, que no se pierda ningún talento de ningún niño, joven o adulto mexicano. Sólo así daremos respuesta humana, respuesta mexicana, a los desafíos del nuevo milenio (Fuentes, 1997: 126).

Bibliografía

Directa

  • Fuentes, C. (1949). “¿Pero Usted no sabe lo que es el Basfumismo?” Hoy, 29 de septiembre. México.

  • ________. (1969). La nueva novela hispanoamericana. Joaquín Mortiz. México.

  • ________. (1973). La muerte de Artemio Cruz. Fondo de Cultura Económica. México.

  • ________. (1958). La región más transparente. Fondo de Cultura Económica. México.

  • ________. (1959). Las buenas conciencias. Fondo de Cultura Económica. México.

  • ________. (1975). Terra Nostra. Joaquín Mortiz. México.

  • ________. (1997). Por un progreso incluyente. Instituto de Estudios y Sindicales de América. México.

Indirecta

  • Blanco, J. J. (1980). La paja en el ojo. Centro de Estudios Contemporáneos del Instituto de Ciencias de la Universidad Autónoma de Puebla. México.

  • Carballo, E. (1986). Protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX. Consejo Nacional de Fomento Educativo. México.

  • Castellanos, R. (1984). Juicios sumarios. FCE/CREA. México.

  • Paz, O. (1972). “La pregunta de Carlos Fuentes”, Plural N° 14. Noviembre. México.

*La versión impresa apareció en el libro: Alberto Saladino García (compilador), Humanismo mexicano del siglo XX, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2004, Tomo I, págs. 239-248

Eugenio Núñez Ang
Universidad Autónoma del Estado de México
Julio 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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