Luis Villoro

 

Luis Villoro: el valor de la inteligencia
o de las virtudes intelectuales

 

Pedro Joel Reyes

Luis Villoro Toranzo nació en 1922, es un profesor con una característica peculiar en tanto que los temas que aborda en sus textos son aparentemente muy diversos y la forma de abordarlos no se constituye en la defensa de una concepción filosófica específica. La formación que obtuve de él ha sido siempre a través de su obra escrita. Sin embargo, su influencia ha sido notable. En una circunstancia en la cual existían concepciones definidas y enfrentadas de manera irreconciliable, la lectura de sus libros abrió a muchos la posibilidad de saber que lo importante no era pensar exclusivamente desde una sola perspectiva, sino aprender a analizar los problemas en los términos en los que se presentan. Su estilo de pensamiento constituyó una liberación frente a esquemas que sin proponérselo caían en el dogmatismo o en un escepticismo.

El motivo de fondo de su pensamiento lo constituye la defensa de la emancipación, la igualdad y la justicia de los seres humanos a través del pensamiento crítico. El modo de concebir el ejercicio de la crítica, que por ponerle un membrete suele denominarse como “filosofía analítica”, parecía un procedimiento muy alejado de estas preocupaciones. Pues en la repartición de temas, la justicia social y la emancipación correspondían al marxismo; la metafísica, la ontología y los problemas del conocimiento a vertientes de los grandes filósofos alemanes; y los problemas de la lógica y del lenguaje a la filosofía analítica. Así, pues, el descubrir que Villoro no estaba limitado ni comprometido por esa distribución, constituyó de por sí una gran contribución.

Así mencionar cuál es su concepción de los seres humanos remite necesariamente a la importancia del pensamiento crítico.

La influencia más notoria que recibí de Luis Villoro consiste en reconocer que la tarea de la filosofía es el uso de la inteligencia a través de un análisis cuidadoso y sistemático. Villoro no cuenta con una teoría que le proporcione la certeza en el estudio de un tema, ya se trate de la filosofía de Husserl o Descartes, ya se trate del proceso ideológico de la Revolución de independencia, o del problema del indigenismo, o de los problemas clásicos de la teoría del conocimiento, o de la ética, el poder y los valores, o del problema de la democracia y el multiculturalismo. Su propuesta es el análisis de los conceptos centrales de cada tema. La filosofía es un análisis de los conceptos que articulan los discursos y las prácticas sociales. Esta disposición para analizar temas concretos, que parecían ser territorios vedados si no se cuenta con las credenciales teóricas suficientes, constituye una gran aportación, tal vez hasta una novedad en tanto que, si bien podrían formar parte de una trayectoria ensayística frecuentemente recorrida en el pensamiento en lengua hispana, los textos de Villoro se construyen a partir de argumentos sólidamente estructurados y, sobre todo, abiertos a la crítica. La claridad de sus exposiciones permite seguir al detalle los vericuetos de cada argumentación, lo cual amplía el horizonte y permite la crítica. La diferencia fundamental de la obra de Villoro respecto al género “ensayo” consiste en que su valor de verdad no depende del prestigio del autor sino de la claridad y pertinencia de los argumentos.

“Confiar en las propias capacidades analíticas” es el principio de su obra y esto constituye una novedad. La confianza en la capacidad analítica, como el desarrollo de cualquier otra virtud, no es espontánea ni automática, requiere de conocimientos y paciencia y se enfrenta a la tentación del dogmatismo y el esceptismo.

El pensamiento de Villoro no se desarrolla al lado de los grandes pensadores de la historia de la filosofía, sino que analiza y utiliza sus ideas para iluminar, para aclarar, aquello que por evidente y obvio se presenta como una comprensión correcta, pero al analizarlo surgen dudas respecto a su valor. Si bien es frecuente encontrarse con textos filosóficos que emplean estrategias argumentales que se sirven de las obras y los nombres de los grandes pensadores como una forma de ocultamiento, como una forma de ausencia de verdad cuyo contenido parece una verdad: por el contrario, en la obra de Villoro las ideas y los grandes autores son utilizados para poner a prueba su verdad. La actualidad de la filosofía se mide por su vigencia, por la posibilidad que nos abre para pensar con ella, no por ella.

La crítica requiere de “espacios” en los cuales podamos tomar distancia de lo ya dicho, de lo ya repetido, para alcanzar una suerte de “extrañamiento” a partir del cual podamos formular preguntas, revisar las razones por las cuales algo es aceptado como verdadero, o rechazado como falso. La claridad y el rigor constituyen las coordenadas que regulan el espacio de la crítica. La ausencia de ellas es el primer indicador de su falta de verdad, pero no son los únicos. La repetición de puntos de vista como un afán de formar parte de una comunidad es un obstáculo frecuente para el pensamiento crítico. Desde sus orígenes en Grecia, y en especial con Sócrates, el pensamiento crítico ha tenido que luchar por sus espacios, el daimón socrático representa una fuerza que supera al propio Sócrates quien lo utiliza como un referente que le exige no conformarse con argumentos insuficientes, ir más allá exige abandonar por un momento formas de cortesía social que voluntariamente nadie abandonaría, si no fuese por alcanzar un nuevo conocimiento o, al menos, una forma distinta de ver las cosas. La crítica puede lograrse mediante una vuelta al origen de un planteamiento, o con el rompimiento parcial de una tradición que conduce al descubrimiento de nuevos horizontes.

La crítica es fundamental en tanto que constituye un elemento emancipador, en tanto que permite recobrar la dignidad de nuestra existencia pues disuelve ataduras intelectuales y prácticas.

De allí la importancia libertaria de la actividad científica y del análisis filosófico: establecer los límites y fundamentos de un saber objetivo, frente a las creencias personales, permite revelar la maniobra del pensamiento dogmático. La ciencia y la filosofía crítica han cumplido ese papel desmitificador frente al fanatismo religioso y a la intolerancia moral, deberán seguir cumpliéndolo frente al dogmatismo ideológico [Villoro, 1982: 292].

El análisis de conceptos no es una tarea simple, establecer cuáles son los conceptos claves de un problema exige necesariamente una aproximación analítica acompañada del conocimiento del área, por ejemplo, en el “Prólogo” a Creer, saber, conocer, Luis Villoro sostiene:

... Hace tres años me propuse estudiar las relaciones entre el pensamiento y las formas de dominación. ¿Cómo opera la razón humana, a través de la historia, para reiterar situaciones de dominio o, por el contrario, para liberarnos de nuestras sujeciones? Para ello tenía primero que intentar precisar conceptos fundamentales como “creencia”, “saber”, “conocimiento” y ponerlos en relación con sus motivos, causas y razones. El análisis se extendió y me pareció prudente dejar que formara un libro autónomo [Villoro, 1982: 9].

Así, al tratar el tema de la ideología, propio de la tradición marxista y en ámbito de las ciencias sociales, Villoro considera necesario un tratamiento especial sobre las actitudes cognitivas de los seres humanos que lo conduce al análisis de los problemas clásico de los problemas del conocimiento.

Un concepto como el de “condición humana” a “seres humanos” puede ser un punto de partida del análisis como lo indica en Los linderos de la ética:

Desde su nacimiento, el individuo está inmerso en un mundo social que imprime en su comportamiento usos y costumbres establecidos, en sus creencias e intenciones, preferencias consensuadas. Éstas se expresan en reglas, tácitas o proclamas, cuyo cumplimiento permite la realización de virtudes aceptadas. El individuo sigue esas reglas, se adecua a las convenciones morales sin tener que ponerlas en cuestión. En el seno de la moralidad social existente, la persona adquiere las actitudes sociales que permiten una convivencia ordenada y una colaboración recíproca; hace así coincidir sus impulsos egoístas con actitudes de beneficio a la colectividad. En la moralidad consensuada, sin necesidad de la crítica, el individuo se socializa; al socializarse, desarrolla una dimensión moral [Villoro, 2004: 4-5].

Esta descripción de los seres humanos no incluye ningún concepto “teórico”, o que incluya compromisos teóricos sino que se limita a indicar rasgos básicos de nuestra existencia como individuos sociales. El no referirse en primera instancia a una teoría no constituye un rechazo a ellas; por el contrario, la posibilidad de alcanzar un nivel adecuado de abstracción depende del análisis de aspectos que no estén sujetos a duda. En este sentido, el método de Villoro es constructivo, se inicia con una descripción básica, luego tematiza o generaliza los aspectos relevantes de esa descripción para establecer, por último, las relaciones y los conceptos que las explican. Así, en esta descripción de la condición humana, se indica la presencia de las creencias e intenciones, que guían nuestras acciones en tanto que suponen la aceptación de reglas de comportamiento que controlan impulsos egoístas. Acepta un conjunto de reglas implica la aceptación de la autenticidad de las reglas y el reconocimiento de que efectivamente producen beneficios, tanto para el individuo como para la comunidad. Cuando esto no ocurre se inicia la crítica a la situación vigente, pues las reglas de comportamiento se viven como un poder inauténtico, como ilegitimo, pues son mayores los males que provoca, que los bienes que ofrece. El fundamento de toda crítica, tanto teórica como práctica, consiste en reconocer que nuestra existencia se enfrenta a males de entre los cuales algunos no son necesarios. O dicho en los términos del propio Villoro: “... la moralidad social constituye sólo un primer nivel, precrítico, de la ética. La ética crítica empieza cuando el sujeto se distancia de las formas de moralidad existentes y se pregunta por la validez de sus reglas y comportamientos. Puede percatarse de que la moralidad social no cumple las virtudes que proclama” [Villoro, 2004: 6-7].

Así, pues, la inteligencia y la crítica no son atributos exclusivos de los intelectuales y los científicos, sino que forma parte de nuestra condición como seres sociales. Sin embargo, como lo mencione anteriormente, el uso de la inteligencia requiere tanto de condiciones que permitan su ejercicio, como virtudes que lo orienten para alcanzar resultados fértiles y estimulantes. La honestidad, la tolerancia y el respeto son virtudes intelectuales fundamentales que Villoro ha defendido a través de su obra y por lo mismo ha cumplido a cabalidad. Esta es, para mí, su mayor aportación.

 

Bibliografía

Directa

  • Villoro, L. (1981). El proceso ideológico de la Revolución de Independencia. Universidad Nacional Autónoma de México. México.

  • ________. (1982). Creer, saber, conocer. Siglo XXI Editores. México.

  • ________. (1985). El concepto de ideología y otros ensayos. Fondo de Cultura Económica. México.

  • ________. (2003). El poder y el valor. Fundamentos de una ética política. Fondo de Cultura Económica/El Colegio Nacional. México.

  • ________ (coordinador). (2004). Los linderos de la ética. Siglo XXI Editores/UNAM. México.

Indirecta

  • Garzón Valdés E. y F Salmerón (editores). (1993). Epistemología y cultura. En torno a la obra de Luis Villoro. Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. México.

Pedro Joel Reyes
Facultad de Filosofía y Letras/UNAM
Actualizado, octubre 2006

 

© 2003 Coordinador General para México, Alberto Saladino García. El pensamiento latinoamericano del siglo XX ante la condición humana. Versión digital, iniciada en junio de 2004, a cargo de José Luis Gómez-Martínez.
Nota: Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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