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Mario Roberto Morales |
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"Guerra popular y concientización indígena" Una de las claves para explicarse la dinámica del activismo político-cultural indígena en Guatemala es el esclarecimiento del proceso de metamorfosis que los movimientos populares inspirados en la revolución socialista sufrieron en los años noventa, transformándose en "nuevos movimientos sociales." Esta transformación, que va desde la incorporación masiva de los indígenas al proyecto de guerra popular prolongada, hasta la reacción antiladina de los indígenas contra los revolucionarios, pasando por el horror de la guerra constrainsurgente y la posterior proliferación de ONGs "mayas," hizo que a fines de la década ochenta el capital social de la izquierda armada se viera de pronto convertido en una constelación de nuevos movimientos sociales de marcado perfil etnicista y culturalista, los cuales revestían, ya entonces, dos rasgos distintivos: eran discriminatoriamente indígenas y, por lo mismo, antiladinos; y hacían girar su organización antes que alrededor de reivindicaciones económicas, sociales y políticas, en torno a una esencia ideal: la de la identidad cultural "maya." Este desplazamiento de la política a la cultura, y de la centralidad del criterio clasista al de la relatividad de lo que hasta entonces se consideraron sus variables o epifenómenos (etnia-cultura), tuvo su raíz tanto en el desenlace militar de la lucha armada y la guerra popular que las vanguardias revolucionarias ladinas condujeron desde los años sesenta, como en el volcamiento de la cooperación internacional hacia los países centroamericanos que entraban en su era posrevolucionaria. El lapso que va de los primeros meses de 1982 (cuando se concreta la derrota militar de las guerrillas) hasta el 29 de diciembre de 1996 (día en que éstas capitulan ideológicamente por medio de la firma la paz), es el lapso de la conformación y florecimiento de esta miríada de nuevos movimientos sociales étnicamente esencialistas que ahora perfilan "lo popular étnico" de Guatemala ante la llamada comunidad internacional, proponiendo al "pueblo maya" como un conglomerado inmerso en un desarrollo ininterrumpido de carácter trans y suprahistórico, trans y supraclasista, que lo ha mantenido inalterado en el tiempo sobre todo en su cosmovisión. Esto, como parte de una lucha, iniciada en sus fases más organizadas desde la contraconmemoración del Quinto Centenario en 1992, por la obtención de fondos para el mejoramiento de la vida de los indígenas, lo cual, desde el 29 de diciembre de 1996, pasa por la puesta en práctica de los acuerdos de paz, ya que la cooperación internacional logró, mediante la promesa de una ya mencionada ayuda económica (2, 500 millones de dólares) para la puesta en práctica de estos acuerdos, que la paz se firmara sin que las causas que motivaran el llamado conflicto armado interno tuvieran siquiera visos lejanos de solución. Actualmente, las demandas indígeno-populares al día tienen que ver, en lo cultural, con la restauración de una serie de esencias que, se arguye con sobrados casos históricos como ejemplos ilustrativos, han sido vejadas por colonialismos, neocolonialismos, racismos y otras fuerzas de dominación a lo largo de cinco siglos. Por todo, se denuncian innumerables cuanto sistemáticas exclusiones sufridas por la esencia cultural-étnica "maya" respecto de todo tipo de centralidades dominantes, y la responsabilidad de tal atrocidad histórica se hace recaer sobre otra esencia no menos compacta: la ladinidad, que aparece actuando como contraparte complementaria del binarismo que anima toda esta visión ideológica indianista. Las demandas, que parten de la pertinaz insistencia en el reconocimiento de la existencia de la diferencia cultural como denominador común de la subalternidad indígena (Acuerdo sobre identidad), van desde la reivindicación de la igual inclusión de los indígenas en la centralidad social, planteando con ello la lucha por la entronización de los imaginarios subalternos esencializados "mayas" en la centralidad ladina, hasta la construcción de espacios en los que las esencias perdidas puedan reconstruirse y actualizarse, es decir, construirse o hacerse. Estos espacios son también espacios sociales, políticos y geográficos, y no sólo estrictamente culturales o letrados, y a todo esto se aboca el Acuerdo sobre identidad y derechos de los pueblos indígenas, que forma parte de los acuerdos globales de paz mencionados. La "mayanidad," al funcionar como eje esencializador de las demandas étnico-culturales, a la vez sirve como punto de referencia, por parte de los activistas indígenas, de la reivindicación de la pluralidad étnica y el pluralismo político como parte de su agenda general, postulando que la diferencia no sólo opera entre indios y ladinos, sino también en el seno del pueblo "maya," el cual, en Guatemala, está (como se dijo) conformado por 22 grupos étnicos con otros tantos idiomas vivos, de los cuales los principales son cinco: el quiché, el cakchiquel, el tzutuhil, el mam y el kekchí. Se reivindica, pues, una esencia y, al mismo tiempo, una pluralidad, la cual depende del previo reconocimiento de aquella esencia otorgadora de sentido ideológico y político (Fisher-McKenna). En todo esto, la invención de tradiciones y de una religiosidad y espiritualidad "mayas" esenciales, juega un papel fundamental en el que los antropólogos norteamericanos han sido un elemento clave. Nota 4 Cómo se llegó a este estado de cosas, es algo que tiene que explicarse a partir, dijimos, del desenlace del esfuerzo de guerra popular desencadenando por las vanguardias ladinas marxistas-leninistas en los años setenta y ochenta, el cual, como se sabe, se caracterizó por la incorporación masiva de población indígena a la estrategia de guerra popular prolongada, y por la respuesta contrainsurgente del Ejército la cual logró neutralizar al apoyo popular-indígena de las guerrillas y aislarlas en el terreno para neutralizar su efectividad. Nota 5 La población sobreviviente de la táctica de "tierra arrasada" fue confinada en aldeas estratégicas llamadas polos de desarrollo, y organizada forzadamente en patrullas de autodefensa civil (PAC), contrainsurgentes. Se calcula que, entre 1982 y 1984, entre 100 y 150.000 indígenas fueron muertos por la contrinsurgencia, y un millón de ellos fueron desplazados de sus comunidades sin salir del país. Asimismo, unos 40,000 se refugiaron en México y otros países. La cauda de "desaparecidos" fue también de unos 40,000, contando a las víctimas ladinas (Jonas; McClintock; Frank and Wheaton; Black). Este llamado "holocausto maya" constituyó una convulsión cultural y psicológica mucho mayor que la conquista española, y sus efectos políticos se expresan en el autonomismo étnico (antiladino) y en la autoafirmación identitaria de los indígenas posrevolucionarios, todo lo cual los llevó a buscar en la cooperación internacional y en la solidaridad de iglesias y universidades euronortemericanas, el apoyo para sus proyectos reivindicativos. Nota 6 Luego de la neutralización de la posibilidad de una victoria militar guerrillera, mediante el aniquilamiento del apoyo popular a la guerrilla, el Ejército dio inicio a las etapas civiles de su plan contrainsurgente, las cuales consistieron, primero, en mentalizar a las masas indígenas confinadas en los llamados polos de desarrollo (o aldeas estratégicas) y en las aldeas "pacificadas," por medio de la entronización de toda suerte de evangelismos cristiano-fundamentalistas, cuyas iglesias convirtieron de la noche a la mañana a amplias poblaciones indígenas del catolicismo sincrético que practicaban desde tiempos de la colonización, al puritanismo fundamentalista de toda suerte de súbditos de Jehová, dando al traste así con muchas tradiciones religiosas que servían de elemento de cohesión, legitimación e identidad a las comunidades. Un ejemplo notorio de esto es, como vimos, el caso de Santiago Atitlán y de su deidad, Maximón. Santiago Atitlán es también un pueblo emblemático por su rechazo indígena de guerrilla y Ejército como instituciones ladinas, y de afirmación de su indianidad por la vía del evangelismo fundamentalista. Por todo ello, nos sirve para ilustrar un fenómeno generalizado (aunque no siempre tan explícitamente) en los años ochenta en el altiplano occidental, que es la región más densamente poblada por indígenas en el país: el del antiladinismo indígena. Después de culminadas las campañas militares, las etapas civiles de la contrainsurgencia recorrieron el camino de la democratización del juego político local, lo cual se tradujo en elecciones cercanamente vigiladas por los militares; en la delegación del poder del Estado en manos de civiles y, finalmente, en la firma misma de la paz entre guerrilla, Gobierno y Ejército. Los militares se retiraron, victoriosos, del control del Estado respondiendo así a una estrategia continental para las instituciones armadas, las cuales, mucho más tecnificadas, cualificadas y profesionalizadas, ejercen ahora su influencia y control sobre las democracias latinoamericanas de una manera oblicua y tras bambalinas, compartiendo las decisiones con la clase política local de que se trate. Así fue como se llegó a la firma de la paz en Guatemala. El mencionado lapso que va de 1982 a 1996, fue uno en el que el Ejército permitió la existencia y el accionar guerrillero para poder tener una carta de negociación que le permitiera el retiro airoso de la política. A su vez, la guerrilla vio este espacio concedido por su enemigo como la oportunidad de sobrevivir políticamente como élite de dirigentes apoyados por un puñado de jóvenes guerrilleros idealistas y por la cooperación internacional, las iglesias y organismos de derechos humanos. Esto resulta obvio si se tiene en cuenta que ya a mediados de 1982, las guerrillas estaban militarmente neutralizadas e incapacitadas para un accionar que no fuera circunscrito a los territorios que el Ejército tenía delimitados. La paz se firma por presiones internacionales y bajo la vigilancia de la cooperación internacional, alrededor de cuyos dineros el Gobierno ha hecho ahora girar su plan de desarrollo económico, y la guerrilla la formación de su partido político, equiparando el proceso de democratización y de desarrollo sostenible, que son obligados para el país, con la puesta en práctica de los acuerdos de paz. Los actores, pues, entrarán al nuevo milenio bailando al son de la cooperación internacional, en una tradición dependentista que dejó de ser moderna para pasar a ser posmoderna, sin pena ni gloria.
[Esta edición electrónica es una adaptación de la obra de Mario Roberto Morales, La articulación de las diferencias o el Síndrome de Maximón (Los discursos literarios y políticos del debate interétnico en Guatemala). Guatemala: FLACSO, 1998.] |
| © José Luis Gómez-Martínez Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan. |
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