María del Carmen
Ruiz de la Cierva
LOS GÉNEROS
RETÓRICOS:
DESDE SUS ORÍGENES HASTA LA ACTUALIDAD
Les voy a hablar, como indica el
título, de los géneros retóricos desde sus orígenes hasta la actualidad.
Ante un contenido tan amplio, sólo me detendré en algunos puntos que
considero esenciales, y el recorrido histórico del comportamiento de los
géneros, lo realizaré a pinceladas que permitan entender su evolución,
pero sin profundizar.
Para poder entender adecuadamente
el origen y la formación de los géneros retóricos, es imprescindible
empezar explicando qué significa exactamente el término retórica, en qué
consiste, dónde y por qué se inició.
Se considera, como conocimiento
generalmente admitido, que la retórica nació en la antigua Grecia
alrededor del año 485 a. de C. en la ciudad siciliana de Siracusa debido
a que Gelón y su sucesor Hierón I, expropiaron las tierras a sus
ciudadanos para adjudicárselas a miembros de su ejército personal. Más
tarde, con la llegada de la democracia y el derrocamiento de los
tiranos, los perjudicados pretendieron recuperar sus propiedades. Esta
situación provocó una serie de pleitos en los que se puso de manifiesto
la importancia de la elocuencia en la consecución de las recuperaciones
pretendidas. Su origen primario no tiene ningún vínculo con la
literatura, es claramente judicial (Murphy, 1988: 9-13) y estrechamente
relacionado con lo político (Laborda, 1993: 12): “Los tiranos habían
sustraído las tierras y las habían dado a mercenarios y secuaces. Cuando
se reinstauró la libertad, se instaló la palabra pública y libre, es
decir, la retórica”.
Ante la eficacia de la
argumentación oral adecuada, Córax de Siracusa, en el siglo V a. C.
(hacia el año 450) elaboró un sistema de comunicación para hablar ante
la asamblea política o ante los tribunales con fines claramente
persuasivos que se puede considerar el primer tratado de retórica. Un
discípulo suyo, Tisias, lo divulga por Grecia (Albaladejo, 1991: 24).
Algunos investigadores consideran que Tisias y Córax eran la misma
persona y afirman que el primer rétor de la antigüedad sería Tisias, el
Córax, o dicho de otra forma, Tisias el cuervo, (κόραξ kόρακος
significaba en griego antiguo cuervo) (Kennedy, 1994: 34). De este modo,
quedan ya apuntados dos de los tres géneros clásicos de la retórica
desde sus orígenes: el judicial y el deliberativo. Pronto se unió un
tipo de discurso de elogio funerario en el que se trataba de alabar las
virtudes del difunto y se puede considerar el inicio del tercer género
retórico, el demostrativo o epidíctico que, más adelante, se referiría a
cualquier persona no necesariamente fallecida o a diferentes aspectos de
la vida o de la sociedad desde un punto de vista positivo o negativo.
En cuanto al término retórica, su
origen procede del griego (ρητορική) y surge como un conjunto de reglas
y conocimientos para adquirir una exposición convincente y con una
finalidad claramente establecida para adecuar su elaboración a ella, es
decir, como arte o técnica (τέχνη), de la persuasión con la base
científica de lo verosímil o lo probable.
Saltando la aportación a la
retórica de alguna corriente vinculada a los pitagóricos, que se basaba
únicamente en las posibilidades emotivas
que los discursos pudieran ejercer sobre los oyentes, no en su
verosimilitud, sino en su irracionalidad, intentando movilizar el
espíritu y el alma de los receptores a través de sentimientos o afectos,
sin necesidad de una explicación racional (Pitágoras, Parménides y
Empédocles),
vamos a reflexionar brevemente sobre la influencia de los sofistas
(Protágoras y Gorgias) que tuvo consecuencias mucho más trascendentales
porque consideraban esta disciplina, desde un punto de vista filosófico
y moral, como una técnica al servicio de la obtención de un fin
determinado, con independencia de la verdad.
Por eso Platón ataca a la retórica
en algunos de sus diálogos (Platón, 1981, 1983). No hay que olvidar que
Platón encontró su verdadera vocación en la filosofía, asumiendo la
moral socrática y basando la enseñanza de los jóvenes “en el ideal
clásico de la areté, un ideal humano en el que se integran cuatro
virtudes soberanas: la sabiduría, la fortaleza, la justicia y la
templanza” (Bobes, comp., 1995: 67). Su finalidad siempre debe estar
ligada a la verdad porque su filosofía, de vocación metafísica, se
encuentra comprometida con la educación del hombre para favorecer su
acceso al “mundo inteligible”. Gorgias, en el diálogo platónico que
lleva su nombre, define la retórica como “la capacidad de persuadir con
los discursos tanto a los jueces en el tribunal de justicia, como a los
consejeros en el consejo, como a los asambleístas en la Asamblea, así
como en cualquier otra reunión de ciudadanos”. Platón teme que, ante la
seducción de la brillantez retórica, los jóvenes se aparten de la
auténtica búsqueda de la verdad mediante la filosofía.
Isócrates (nacido en el 436 a. de
C.) tuvo una influencia decisiva en estos momentos de configuración
inicial de la retórica por su planteamiento de la prosa artística
vinculada a la prosa retórica, contra las limitaciones de la sofística,
y “por su programa de educación racional” (Albaladejo, 1991: 24). Se
puede observar ya la relación de la retórica con la literatura desde muy
temprana edad. Se trata de entender la retórica como un arte de pensar,
un arte de vivir y un arte de hablar que pueda partir de una base
científica y combinar, sin violencia alguna, verdad, belleza,
persuasión, técnica y seducción.
Estos diferentes puntos de vista y,
a pesar del origen científico de la retórica, dieron lugar a una
valoración contradictoria del orador; para unos, negativa, como
charlatán, manipulador y virtuoso de la palabra a cualquier precio, para
otros, positiva, de hombre culto capaz de conjugar el saber con la
expresión acertada. El enfrentamiento entre retórica y filosofía,
personalizado en las figuras de Isócrates y Platón, se modera con el
tiempo y Platón admite en su vejez, gracias a los escritos de Isócrates
contra los propios sofistas, que “la retórica puede ser una ciencia
necesaria para convencer al pueblo, aunque no le reconoce valor para la
enseñanza verdadera” (Bobes, comp., 1995: 154).
Sin embargo, hay que atribuir a los
sofistas una aportación fundamental en el desarrollo de la retórica y en
la sistematización de sus diferentes géneros: el papel primordial que
desempeña la consideración del auditorio para la eficacia comunicativa
del discurso. Ellos fueron los primeros en elaborar teorías sobre el uso
de la palabra y su influencia en cualquier asunto judicial, social,
político o humano, partiendo de las peculiaridades del auditorio como
eje central del proceso. Les importa la verosimilitud de su discurso, no
su verdad. “Su preceptiva se apoyaba en el principio siguiente: lo que
parece verdad cuenta mucho más de lo que es verdad. De ahí la búsqueda
sistemática de las pruebas y el estudio de las técnicas adecuadas para
demostrar la verosimilitud de una tesis” (Mortara, 1991: 18).
En un interesante artículo de Juan
Carlos Iglesias Zoido, se plantea el problema de la falta de testimonios
en cuanto al estudio y conocimiento del origen de la retórica griega, lo
cual nos conduce, según él, “a una serie de afirmaciones que la fuerza
de la costumbre ha convertido en categorías”. Y sigue diciendo: “Así,
por ejemplo, la continua repetición de las mismas ideas nos hace centrar
la mirada en Sicilia a la hora de señalar el origen de la retórica, o en
la llegada de Gorgias a Atenas en el 427 a. de C., como hito fundamental
para su desarrollo posterior” (1992: 399). Considera que sería necesario
un estudio más riguroso que pudiera confirmar algunas de las
afirmaciones que se aceptan como ciertas sin su exacta comprobación. Por
esta razón afirma que, en la Historia de la Guerra del Peloponeso,
hay que buscar el origen de la retórica de género deliberativo, “género
al que pertenecen la mayor parte de los discursos escritos por el
historiador aportando un medio que permite vislumbrar las reglas
retóricas de unos años que conocemos más por referencias que por pruebas
palpables” (Iglesias Zoido, 1992: 403). Evidentemente, los límites entre
un tipo de discurso u otro no estaban clarificados y no existían normas
sistematizadas ni establecidas. Simplemente, la experiencia de las
posibilidades del uso del lenguaje, día a día, y su repercusión en los
diferentes ámbitos de la convivencia, permitió ir desarrollando una
disciplina y creando lugares y métodos comunes que irían siendo
aceptados por la fuerza de la costumbre
y que, a lo largo del tiempo, se han ido consolidando y convirtiendo en
una ciencia y en un arte (Albaladejo, 1991: 11)
esenciales en la comunicación, desde la Antigüedad griega hasta nuestros
días, atravesando diferentes vicisitudes a lo largo de los siglos y
partiendo de diversos orígenes (como podemos observar en los discursos
de Tucídides cuyo testimonio se conserva), sin limitarse a los
primitivos discursos de la ciudad de Siracusa y a la llegada de Gorgias
a Atenas en el 427 a. de C. y comprobando, además, ya desde estos
orígenes, la relación del texto retórico con el literario.
Lo cierto es que la elocuencia fue
una virtud cuidada en Grecia que incluso se destaca en los héroes de sus
epopeyas y que, con la democracia, adquiere una dimensión fundamental
para los políticos y para los ciudadanos en la demanda de sus derechos.
“No es por ello de extrañar que fuera en Grecia donde los discursos –ya
políticos o jurídicos- recibieran su forma concreta y se desarrollaran
en sus reglas y modelos propios: los sofistas, con su enseñanza
enraizada en la facultad de la elocuencia y en el debate, propugnaron la
oratoria como un arte consciente que alcanzará categoría y forma
literaria” (Iáñez, 1989: 116-117).
El primer testimonio que tenemos
documentado de la clasificación de los géneros retóricos está en La
Retórica a Alejandro de Anaxímenes de Lámpsaco
(debió vivir entre los años 380 y 320). Se puede fechar sobre el año 340
a. de C., siendo así algo anterior a la Retórica de Aristóteles
y, por tanto, el tratado de retórica más antiguo que conservamos
completo.
“La Retórica a Alejandro
supera a los anteriores manuales en amplitud de miras y
desarrollo técnico; abarca, además del judicial, los otros dos
campos que ya Platón echaba en falta, el deliberativo y el
epidíctico, y que a partir de Aristóteles (si no de la propia
Retórica a Alejandro) se establecen definitivamente como
géneros oratorios. Además, en la Retórica a Alejandro se
da un tratamiento más amplio de la argumentación, que por
primera vez ofrece la división entre argumentos técnicos y no
técnicos. Por último, se interesa por cuestiones estilísticas,
lo que con el tiempo se llamaría elocutio” (Sánchez Sanz,
1989: 19).
El capítulo 1 se inicia
clasificando los géneros de discurso en tres: el deliberativo, el
epidíctico y el judicial. Sin más explicación sobre los géneros dice que
sus especies son siete: suasoria, disuasoria, encomiástica,
reprobatoria, acusatoria, defensiva e indagatoria. Y añade que se
utilizarán para intervenir en las deliberaciones públicas, en los
juicios a propósito de contratos o en las relaciones particulares, tanto
cada una por separado o en combinación de unas y otras (Anaxímenes:
47-48).
Si bien es cierto que ya no vuelve
a hablar de géneros, parece evidente que las especies suasoria y
disuasoria podrían referirse al género deliberativo (persuadir o no),
las especies encomiástica y reprobatoria serían las propias del género
epidíctico o demostrativo (alabar o vituperar) y las especies acusatoria
y defensiva se usarían en el género judicial (acusar o defender). Todo
el libro trata de definir cada una de las especies y de explicar cómo y
cuándo deben usarse según el tipo de discurso que se realice y teniendo
en cuenta las partes que deben componerlo.
La última especie, la indagatoria, no es propia de ninguno de los
géneros mencionados al principio. De ella dice:
“No suele constituirse por
sí sola, sino que se combina con las demás especies, resultando
sobre todo útil en las réplicas. Sin embargo, para que no
ignoremos tampoco su disposición, por si alguna vez tuviéramos
que indagar un discurso, una vida, una acción humana o una
cuestión administrativa de la ciudad, la voy a explicar
brevemente [...] Iremos exponiendo e indagando una tras otra
cada cosa dicha, realizada o pensada, e iremos demostrando que
son contrarias a lo justo, a lo legal y a lo conveniente, tanto
particular como públicamente; observaremos cada cosa, a ver si
son contradictorias entre sí, o lo son con el carácter de los
hombres honrados o con lo probable [...] La indagación no ha de
hacerse con carácter agrio, sino suave; de esa manera el
discurso les resultará más convincente a los oyentes, al tiempo
que el orador no dejará una mala impresión de sí mismo. Una vez
que hayas indagado cada cosa con claridad, lo amplificarás; y,
al final, haz una concisa recapitulación y recuérdales a los
oyentes lo tratado. Usaremos todas las especies técnicamente
disponiéndolas de esta manera” (Anaxímenes: 89-90).
Me ha parecido interesante
detenerme en la Retórica a Alejandro por tratarse del testimonio
más antiguo de que disponemos en cuanto a la clasificación de los
géneros retóricos se refiere, pero la establecida por Aristóteles es la
que se ha consolidado como punto de referencia clásico a través de la
rhetorica recepta o retórica recibida. “Fue Aristóteles el que la
sistematizó y el que estableció una tipología correspondiente que
constituiría el modelo de la preceptiva posterior” (Mortara, 1991: 28).
Para Aristóteles es el público
quien determina la estructura del discurso y, partiendo de dos grupos de
receptores, los que tienen que tomar una decisión sobre el tema
planteado en el discurso (género deliberativo y género judicial) y los
que no tienen que actuar ni decidir sobre la cuestión tratada (género
demostrativo), realiza una clasificación tripartita de los géneros.
Además, la decisión de los oyentes puede referirse a hechos pasados
(género judicial), a hecho futuros (género deliberativo), o a
valoraciones sobre personas o hechos pasados o presentes (género
demostrativo). Por tanto, el momento temporal también es decisivo para
la clasificación de los géneros.
Dice Aristóteles en su Retórica
(1358a37-1358b8):
“Tres son en número las
especies de la retórica, dado que otras tantas son las clases de
oyentes de discursos que existen. Porque el discurso consta de
tres componentes: el que habla, aquello de lo que habla y aquél
a quien habla: pero el fin se refiere a esto último, quiero
decir al oyente. Ahora bien, el oyente es, por fuerza, o un
espectador o uno que juzga; y, en este último caso, o uno que
juzga sobre cosas pasadas o sobre cosas futuras. Hay en efecto,
quien juzga sobre lo futuro, como, por ejemplo, un miembro de
una asamblea, y quien juzga sobre sucesos pasados, como hace el
juez; el espectador, por su parte, juzga sobre la capacidad del
orador. De modo que es preciso que existan tres clases de
discursos retóricos: el deliberativo, el judicial y el
epidíctico.
Lo propio de la
deliberación es el consejo y la disuasión; pues una de estas dos
cosas es lo que hacen siempre, tanto los que aconsejan en
asuntos privados, como los que hablan ante el pueblo a propósito
del interés común. Lo propio del proceso judicial es la
acusación o defensa, dado que los que pleitean forzosamente
deben hacer una de estas cosas. Y lo propio, en fin, del
discurso epidíctico es el elogio y la censura...” “Cada uno de
estos géneros tiene además un fin, que son tres como los géneros
que existen: para el que delibera, el fin es lo conveniente o lo
perjudicial. Para los que litigan en un juicio, el fin es lo
justo y lo injusto. Para los que elogian o censuran, el fin es
lo bello y lo vergonzoso...”
Así pues, al género deliberativo (genus
deliberativum) pertenecen los discursos que se pronuncian ante una
asamblea para decidir sobre la conveniencia o no de realizar lo que se
propone. El orador pretende aconsejar o disuadir en términos de utilidad
frente al rechazo, si considera perjudicial la realización de la
cuestión planteada sobre un hecho futuro. Son los discursos típicos de
las relaciones sociales y políticas, elecciones de jefes, votaciones de
una ley o cualquier otra decisión que sea necesario tomar con la
intervención de los oyentes. En estos discursos puede haber discusión
dialéctica mediante la exposición a favor o en contra de lo que se
propone decidir o votar (Albaladejo, 1991: 55) y su argumentación suele
ser inductiva, es decir, de lo particular a lo general. En ocasiones, el
auditorio del discurso ya está decidido en un determinado sentido y la
dialéctica disminuye considerablemente en intensidad, bien porque los
receptores ya tengan conocimiento previo sobre lo que se les va a
proponer y acudan a dar su voto favorable, o bien porque los que no
están de acuerdo no lo manifiesten si no lo consideran oportuno. En
estos casos, el orador no hace más que afianzar la opinión compartida
con el público, de tal manera que, en tal situación retórica, el
discurso de género deliberativo se parece bastante al de género
demostrativo al disminuir la dialéctica, aunque no deben confundirse por
tratarse de géneros diferentes, como veremos más adelante (Lausberg,
1966-68: 63). Su finalidad es determinar lo útil y provechoso o lo
perjudicial y dañino de la decisión que se propone aceptar o rechazar.
El género judicial (genus
iudiciale) es el que corresponde a las exposiciones realizadas ante
un juez con el objetivo de acusar o defender algo o a alguien respecto
de un asunto del pasado. Se plantea una causa para demostrar su justicia
o su injusticia. Es el primer género retórico que ocupa un lugar
preponderante en la oratoria griega, pues, desde sus orígenes, los
juicios democráticos exigieron la exposición de discursos orales con un
fin persuasivo, trayendo consigo la aparición de los primeros manuales
con un tratamiento sistemático y técnico de las pautas del discurso
judicial e, incluso, con una terminología muy específica, como sigue
ocurriendo en la actualidad. En Roma los procedimientos primitivos
tenían un fuerte componente formulario; desde mediados del siglo III a.
de C., aproximadamente, se instaura un gran tribunal civil (centurini),
y desde mediados del siglo II se conforman comisiones judiciales
especiales (quaestiones) que terminaron entendiendo de procesos
criminales, sirviendo de lugar de expansión de las tensiones sociales y
políticas y generando el hábito de hablar en público, si bien, en la
mayor parte de los casos, la exposición corría a cargo de oradores
profesionales, llamados patrones (en su origen un patricio que
tenía ciertas responsabilidades sobre sus clientes) (AA. VV., 1998-1999:
18).
En este género la disputa es
esencial, hay una acusación y una defensa ante un juez o tribunal que
debe decidir, según las argumentaciones expuestas en cada caso, sobre
unos mismos hechos y llegar a una conclusión o dictar una sentencia.
“Éste es el género más caracterizado dialécticamente, puesto que se
enfrentan dos partes que proponen decisiones opuestas y que intentan
influir en el destinatario a favor de sus respectivas posiciones” (Albaladejo,
1991: 56). Además, no basta con que el orador defienda su tesis, sino
que debe ocuparse de destruir la postura defendida por el contrario, con
lo cual, tiene que sumar, a la justificación de los argumentos válidos
en su defensa, otros que demuestren la invalidez de los usados por el
orador contrario. El juicio resultante de dichas exposiciones
dialécticas está sometido a la aplicación de una ley o unas leyes y
están sujetos a la interpretación y a la aplicación de esas leyes.
En este sentido se pueden considerar dos variantes dentro del género
judicial el genus rationale y el genus legale (Lausberg,
1966-68: 141-142). “En el género racional se enjuicia un acto de acuerdo
con las leyes y en el género legal el objeto es la ley, entendida en
sentido amplio, es decir, las normas legales que se aplican a los
hechos, produciéndose en este subgénero la interpretación y el
enjuiciamiento de la ley a propósito de unos hechos determinados” (Albaladejo,
1991: 55-56). La finalidad del género judicial es determinar lo justo o
lo injusto y los razonamientos de la argumentación deben ser más
rigurosos, no solamente porque hay leyes establecidas que deben conocer,
sino porque el auditorio es más culto y suelen aplicar el método
deductivo, es decir, de lo general a cada caso particular.
El género demostrativo o epidíctico
(genus demonstrativum) es el que se usa para elogiar o denigrar
algo o a alguien. Consiste en alabar o vituperar a una persona, pero
también admite contemplar actuaciones de los hombres o hechos concretos
dignos de alabanza o de rechazo. Normalmente se tratan asuntos pasados,
aunque igualmente se puede referir a sucesos del presente, y se dirige a
un público que no tiene capacidad para influir en los acontecimientos ni
debe tomar ningún tipo de decisión sobre ellos. El auditorio estará o no
de acuerdo con la alabanza o vituperio que realiza el orador y con la
forma de hacerlo. Se valora lo bello o lo feo, lo digno de admiración o
lo despreciable y vergonzoso de una persona o de unos hechos, tanto en
el aspecto interno de las cosas referidas al alma, al cuerpo o a
aspectos externos de cualquier clase (Beuchot, 1998: 75). “Este tipo de
discursos es el que tiene menos marcado el carácter dialéctico, pues
solamente habla un orador y no existe réplica discursiva de la parte que
defienda lo contrario; sin embargo, el orador en estos discursos actúa
implícitamente de modo dialéctico al tener en cuenta al construirlos
cuáles pueden ser los puntos objetables de su planteamiento” (Albaladejo,
1991: 55). Aristóteles considera que la dialéctica se ejercita en todos
los géneros en mayor o menor medida. Dice al principio de su libro: “La
retórica es análoga a la dialéctica. Ambas se ocupan de objetos cuyo
conocimiento es, en cierto modo, propio de todos los hombres, y no de
una ciencia específica” (Retórica, I, 1, 1354a). Es también el
género en donde el orador puede embellecer más el discurso, sobre todo
si es de tipo laudatorio, y poner de manifiesto sus aptitudes como
orador “tratando de convencer al público de las cualidades o de los
defectos de la persona o de la cosa que constituyen el objeto de su
discurso” (Spang, 1984: 61). El oyente no es más que un espectador “que
goza pasivamente con el resultado del interés estético de oyente en el
asunto (res) y la formulación literaria (verba) del
discurso” (Lausberg, 1966-68: I, 106). Al tratar hechos ya sucedidos y
acabados, pasados o presentes, se valora exclusivamente el talento del
orador con independencia de que se comparta o no lo que comunica en su
discurso. Y, en ocasiones, puede resultar ambiguo si la alabanza o
reprobación está vinculada en alguna medida a acontecimientos sociales,
políticos o judiciales.
Es esencial que el orador determine
de qué clase de género va a realizar su exposición, porque de ello
dependen los diferentes recursos textuales que necesite elegir para su
eficacia comunicativa y la consecución de su finalidad persuasiva.
“La retórica puede ser
definida desde dos puntos de vista, el práctico (como praxis) y
el teórico. Desde el primer punto de vista, la retórica es el
empleo del lenguaje, auxiliado por la voz y el gesto, con el fin
de persuadir de algo a un auditorio. Desde el segundo, la
retórica es el estudio y clasificación de los medios de la
persuasión que existen para cada caso particular (ésta es la
definición aristotélica). El modo de persuadir, no obstante,
varía a tenor de lo que el orador persiga, y ello da lugar a los
géneros del discurso” (Asensi Pérez, 1998: 151) que acabamos de
exponer.
La evolución de la retórica en
Roma, partiendo de la herencia griega, se puede explicar a través de
tres fuentes esenciales: La Rhetorica ad Herennium, las obras de
Cicerón y las de Quintiliano. La Rhetorica ad Herennium, de autor
desconocido, es el tratado más antiguo escrito en latín y realiza una
adaptación de la retórica griega a las necesidades romanas. Es Cicerón
quien “suscita la vieja controversia entre filosofía y retórica abogando
por una prudente conciliación de las dos” (Spang, 1984: 26). Considera
que la retórica no es sólo un arte de hablar sino, sobre todo, de
pensar. En sus obras Orator y De oratote nos muestra su
concepción filosófica de la retórica en la que destaca su definición del
orador como hombre de amplia sabiduría que le permita comunicar un
discurso moralmente bueno. Hay que destacar la vinculación que realiza
Cicerón de la retórica con la literatura, especialmente con la poesía
por la valoración de las capacidades innatas de los oradores y la
necesidad de unir delectare, docere y movere, es decir,
enseñar deleitando. Resulta interesante la distinción que realiza
Cicerón -ya expuesta en la Rhetorica ad Herennium (4.11)-
atendiendo al asunto tratado y al receptor a quien va dirigido, entre
tres estilos diferentes: el humilis o modesto (caracterizado por
recurrir a un lenguaje sencillo y puramente latino, imitando a la lengua
ordinaria, claro y correcto, pero sin excesivo ornamento), el grandis
o sublime (caracterizado por poner en juego todos los recursos
ornamentales de la elocuencia, elegante y abundante en figuras y en el
léxico, capaz de persuadir a cualquier auditorio) y el medius o
mediocre (caracterizado por su intento de provocar una sensación de
agrado en el auditorio, con un discurso fluido y equilibrado sin
sobresaltos), intermedio entre los otros dos. “Son distinciones que van
a tener una larga vida y que reaparecerán en cientos de tratados
posteriores, así como el postulado del aptum, las reglas del
ornatus y la exigencia de la adecuación del estilo al asunto tratado
y al efecto deseado” (Spang, 1984: 27; Asensi Pérez, 1998: 217).
Pero la culminación de la retórica
clásica la encontramos en Quintiliano (Spang, 1984: 28). Su obra
Institutio Oratoria “es el tratado de retórica más ordenado y
extenso de los conocidos y resume la tradición y los textos griegos y
los latinos que la consolidaron en Roma (la Rhetorica ad Herennium
y los diálogos de Cicerón)” (Bobes, 1995: 161). Es la referencia
obligada de la rhetorica recepta, más amplia y completa que la
aristotélica. Concibe la retórica como el arte de hablar bien y de
escribir bien y no se limita al ejercicio de los discursos específicos
de cada género, deliberativo, judicial o demostrativo (Albaladejo 2003a:
51-58), sino que se considera fundamental en la educación de los jóvenes
desde niños y se orienta hacia la formación integral de la persona. “La
reflexión sobre la retórica está unida históricamente a la atención a la
comunicación lingüística entre los seres humanos” (Albaladejo, 2003:
27). Por eso Quintiliano investiga los orígenes de la retórica y su
relación con el inicio del lenguaje en las sociedades humanas (Albaladejo,
2003: 27).
La misión del rhetor
consistía en formar personas cultas, sabias y educadas en su
comportamiento cívico social y moral, con conocimiento adecuado de su
forma de expresión y del control de su espíritu. A lo largo de los doce
libros de la Institutio Oratoria, Quintiliano realiza un tratado
completo sobre la retórica considerada como arte o técnica y con
categoría de ciencia del “bien decir”. Analiza para ello todas las
operaciones que el orador debe realizar para que su discurso resulte
eficaz,
“…pues aunque hablar bien
es tarea del orador, la ciencia del hablar bien es la retórica
[...], propio del orador es hallar argumentos y disponerlos,
propias de la retórica son la invención y la disposición [...]
Para hallar los argumentos es necesaria la invención, para las
palabras la elocución; en ambos hay que considerar la
colocación; a ambos los abarca y retiene la memoria, y los
realza la pronunciación” (Instituciones Oratorias, III,
3, 12 y VIII).
Como cita el Profesor Albaladejo
(1991: 121) a propósito de la operación de la elocutio,
Quintiliano “ofrece una bellísima formulación de esta operación”: “En
efecto, hacer elocución es expresar todas las cosas que hayas concebido
en la mente y hacerlas llegar a los oyentes, sin lo cual las cosas
anteriores son inútiles y semejantes a una espada guardada e inmóvil
dentro de su vaina”. La importancia que tiene la elocución y su
expresividad para comunicar el discurso con elegancia, relacionan
estrechamente el texto retórico con literario. “El hecho de que el
ornatus también se dé en el texto literario es motivo del
acercamiento entre elocutio retórica y elocutio literaria
y es un elemento favorecedor de la caracterización de esta clase de
textos artísticos por medio de esta cualidad elocutiva” (Albaladejo,
1991: 128).
Durante la Edad Media, a los
genera clásicos se añadirán las artes que fueron apareciendo
sucesivamente en el tiempo a partir del siglo XI en que la retórica
cambia sustancialmente y adquiere una orientación eminentemente
práctica: ars dictandi o dictaminis (siglo XI) sobre el arte de
escribir cartas; ars poetriae o poeticae (siglo XII) sobre
preceptos gramaticales, métricos y retóricos para escribir poesía y
ars praedicandi (siglo XIII) sobre la técnica de elaborar
sermones (Murphy, 1986) y una coexistencia de todas ellas alrededor del
siglo XIV.
Hasta ese momento los tratados
retóricos medievales estaban incluidos en obras enciclopédicas y se
estudiaban como habilidad de la expresión sabia y efectiva de los
hechos, junto a la Gramática como posibilidad de comprenderlos y a la
Lógica
o capacidad de razonar la relación entre los mismos; o bien, aunque era
menos frecuente, adoptaban la forma de un tratado monográfico sobre la
retórica en general o sobre alguna de sus partes. La novedad principal
de estas incorporaciones radica en que, salvo en el último caso, estas
nuevas modalidades no son orales, sino que implican la escritura.
Además, el ars poetriae supone la entrada explícita de la
literatura en el terreno de la reflexión teórica retórica.
“Existen numerosas
coincidencias entre los distintos tipos de ars, pues, con
frecuencia, proponen principios idénticos para las diversas
especies de discurso. Sin embargo, es lógico estudiarlas por
separado, dado que cada una de ellas tiene una finalidad
específica (la composición de una variedad de discurso) y unos
receptores concretos” (Bobes, 1998: 155-161).
El ars dictandi o
dictaminis es el arte de escribir cartas. Esta modalidad está
integrada por repertorios de fórmulas fijas, que, dependiendo de su
selección de la materia tratada y del destinatario, permiten configurar
mecánicamente los escritos. Tienen de original que el emisor y el
receptor no están presentes en el momento de la comunicación. Se produce
un espacio temporal entre la recepción del mensaje y la respuesta y, por
tanto, no cabe más canal de comunicación que el escrito.
Las artes poetriae son
tratados teóricos que conjugan preceptos gramaticales, métricos y
retóricos, cuya aplicación permitirá al lector sutil convertirse en un
buen poeta. Retórica y poética confluyen explícitamente en este género.
El ars praedicandi es la
técnica de elaborar sermones. Los tratados sobre esta disciplina están
constituidos por consejos de tipo práctico dirigidos al orador
cristiano, que, como adoctrinador, debe construir sermones elocuentes y
atractivos para los fieles. La retórica sacra utiliza los géneros
retóricos ya existentes para llenarlos de contenidos nuevos de tipo
espiritual.
La situación de la retórica
posterior inicia un declive en todo lo que se refiere a su planteamiento
dialéctico originario.
Los tres géneros oratorios, el judicial, el deliberativo y el
demostrativo, entraron en decadencia, especialmente estos dos últimos
porque la militarización del imperio, en los siglos anteriores, había
hecho inútil los conocimientos de la oratoria. Acaba por reducirse a la
práctica de la elocución produciéndose un fenómeno denominado
“retorización de la poética” (Albaladejo, 1991: 33), es decir, sus
conocimientos se transvasaron a la literatura general. La creación
estética carecía de la sistematización y organización de la retórica
clásica y se sirve de la ellas para adornar su texto y enriquecerlo
artísticamente. De este modo la retórica queda reducida al uso del
lenguaje figurado y se estudia junto a la poética. Las figuras usadas en
la creación literaria, se llaman “figuras retóricas” y no “figuras
literarias”. De modo parecido ocurre un proceso paralelo de “poetización
de la retórica” (Albaladejo, 1991: 33). Así, el ornatus, es la
base de ambas disciplinas que se estudian conjuntamente, aunque ni el
hecho del ornatus textual garantizase el valor de arte verbal o
poeticidad de la creación literaria, ni el ornatus textual
garantizase ningún tipo de finalidad persuasiva del discurso retórico.
Incluso se llega a minusvalorar las tareas de la retórica a favor de una
poética cuya función sería exclusivamente instrumental.
En el renacimiento, los estudios
humanísticos se centran en la retórica, la poética, la historia y la
filosofía, manteniendo un equilibrio inestable que permitía la
prevalencia de una u otra disciplina atendiendo a criterios éticos,
pragmáticos o estéticos. “La retórica llega a ocupar el lugar preminente
en una larga etapa (1350-1550), en la que evoluciona según factores
políticos, religiosos y culturales, y luego inicia su decadencia y es
desplazada por la poética en el interés de los humanistas” (Bobes, 1998:
227). Se producen discursos del género deliberativo y judicial, pero
razones de tipo social inclinan el discurso retórico, especialmente el
de género demostrativo, hacia su conexión con el literario, de tal forma
que convergen retórica y poética en el renacimiento, destacando la
segunda sobre la primera en el balance final.
El antirretoricismo romántico y sus
efectos negativos, había contribuido al descrédito total de la retórica
como disciplina del discurso, en todas partes.
“Se simplifica la cuestión,
aunque sin falsearla, cuando se afirma que al igual que fue la
preeminencia conferida a la elocutio (a la teoría del
ornatus) la que determinó la obsolescencia del antiguo arte
del hablar, fue la vuelta a la concepción de la retórica como
teoría del discurso persuasivo que tiene en la argumentación su
eje y razón de ser la que determinó el gran renacimiento de la
disciplina a mediados de este siglo” (Mortara, 1991: 57).
En efecto, a mediados del siglo XX,
la retórica resurge con una fuerza inusitada y en gran medida con la
implantación bastante generalizada de los sistemas políticos
democráticos, la libertad de expresión y la pluralidad de la sociedad
actual, desde muy diferentes puntos de vista, que conviven gracias a las
múltiples relaciones que permiten los modernos medios de comunicación.
Los géneros retóricos clásicos, que nunca se dejaron de usar
absolutamente, se recuperan y se actualizan de acuerdo a las
circunstancias de las nuevas tecnologías, pero, se puede afirmar, que
siguen siendo válidos y mantienen su concepción primitiva en lo
esencial.
El término retórica que designaba
una técnica comunicativa y el modo de ponerla en práctica de forma
persuasiva, apropiada, elegante y adornada, degeneró en algo falso,
redundante, hueco, pomposo, como sugestión engañosa o artificio
literario. No es raro oír con sentido despectivo expresiones como “es un
retórico” o “no me vengas con retóricas”, referidas a la falta de
sinceridad, a lo insustancial, a lo vacío o a lo rebuscado y artificial.
Pero, es la primera acepción del término la que se recupera como
conjunto de técnicas y normas para pensar bien, hablar bien y expresarse
correctamente con una clara intención de influir en los receptores de
acuerdo a los diferentes géneros del discurso. Sus definiciones no han
cambiado, sí su forma de manifestarse y comunicarse, especialmente a
través de las posibilidades que ofrece el mundo de Internet, revolución
actual comparable a la que supuso la aparición de la imprenta por la
permanencia del texto escrito y su amplitud divulgativa.
La nueva retórica se rehabilita
como retórica de la argumentación y como retórica de la ornamentación.
Es el Tratado de la Argumentación de Perelman y Olbrechts-Tyteca
(1994) el libro más importante en esta recuperación como nueva retórica
o teoría de la argumentación.
La base de esta actualización está en la relación de la retórica con la
filosofía.
“Para ello retoma la
distinción aristotélica entre lógica como ciencia de la
demostración y dialéctica y retórica como ciencias de lo
probable, es decir, de la argumentación. La retórica forma
parte, por tanto, de la filosofía, ya que ésta no contiene
demostraciones sino argumentaciones; la diferencia entre
filosofía y retórica es sólo de grado: mientras que la
argumentación retórica va siempre dirigida a un auditorio
concreto y particular, al que pretende “persuadir”, la
argumentación filosófica se dirige a un auditorio ideal y
universal, al que intenta “convencer”. Persuadir y convencer
son, pues, las dos finalidades de la argumentación en general
que corresponden, respectivamente, a la retórica y a la
filosofía. Mientras la persuasión connota la consecución de un
resultado práctico, la adopción de una actitud determinada o su
puesta en práctica en la acción, el convencimiento no trasciende
la esfera mental” (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1994: 15-16).
En cuanto a la rehabilitación como
teoría de la ornamentación es fundamental el libro del Grupo μ
Rhétorique générale, del año 1982, porque la retórica, definida como
una actualización de los medios de expresión, tenía que sacar provecho
del estudio de los procedimientos lingüísticos destinados a embellecer
dichos medios de expresión (1987: 18-21).
Otros manuales de retórica, como el
realizado por Lausberg en la década de los 60, se limitan a investigar
la tradición clásica y a recuperarla, realizando un trabajo muy valioso.
Pero, tanto el “rescate” de la retórica argumentativa, como el de la
retórica ornamental de base estructuralista, como la actualización de la
retórica clásica, siendo muy válidos, resultan incompletos a la luz de
las disciplinas dedicadas al estudio del texto en el siglo XX, en
opinión de García Berrio (1989: 140 ss.).
Por eso la propuesta más completa
de la rehabilitación de la retórica en el siglo XX es, precisamente, la
planteada por García Berrio como Retórica general situada en el centro
de las disciplinas del discurso, en la que se recupere adecuadamente
todo el pensamiento histórico (García Berrio, 1989: 141) y se desarrolle
dentro de la expresividad textual del lenguaje, integrando en ella todas
las posibilidades del discurso moderno y las actuales ciencias que se
ocupan de su producción y comunicación. “Quizá el grado de mayor
atractivo en las expectativas de actualización científica de la Retórica
lo ofrece la posible reinstauración de esta disciplina como técnica de
la expresividad persuasiva” (García Berrio, 1989: 158).
Sobre esta propuesta opina el Profesor Albaladejo lo siguiente:
“La Retórica general
textual es la más sólida y coherente vía de utilización del
sistema retórico, puesto que permite la activación de éste en
todas sus secciones, incluidas las que, como casillas vacías,
habían quedado desconectadas en algún momento de la evolución de
la Retórica. Considero necesario expresar que esta Retórica
general de carácter textual no consiste solamente en la
reactivación e interpretación de la Rhetorica recepta,
sino que también supone una ampliación del instrumental teórico
con las contribuciones retóricas producidas desde los actuales
planteamientos textuales, con la consiguiente extensión del
instrumental teórico. La Retórica general contribuye, pues,
decisivamente a la formación del sistema retórico” (1991:39-40).
“Desde una perspectiva
pragmática, García Berrio aboga por un acuerdo de intereses
interdisciplinares, por un compromiso en el que confluyan
especialmente la Dialéctica, la Lógica, la Teoría de la
comunicación, la Lingüística y la Teoría de la Literatura
(Hernández Guerrero, 1991: 22).
De los géneros retóricos actuales,
el llamado género argumentativo de modo general, incluye lo que se
entiende hoy día como ensayo y prosa doctrinal, donde se encuentran
tipos de textos en los que hay especies literarias y no literarias. La
función de estos textos consiste en informar al receptor de algo,
intentar que modifique su forma de pensar o que actúe de una manera
determinada. Este género argumentativo incluye muy variados géneros
subordinados, como el ensayo propiamente considerado, la oratoria, la
historia, el diálogo, la epístola, las memorias o la biografía. En todo
caso no resulta fundamental resolver el problema de los límites entre lo
literario y lo no literario. “La solución a estas vacilaciones viene
expresada por una gradatoria de literaridad, que si de una parte
aproxima este género de escritos a la depuración estilística de la prosa
de arte, resiente en ellos la ausencia de los complementos imaginarios
de construcción ficcional y de representación lírica del mundo” (García
Berrio y Hernández, 1994: 158). Con independencia de su nivel de
conexión con el texto literario, no siempre, por el hecho de ser
discursos argumentativos, se pueden considerar retóricos si les falta la
intención de persuadir o de convencer, es decir, de influir, en mayor o
menor medida, en la opinión o actitud de los receptores. El ensayo, por
ejemplo, es básicamente una comunicación reflexiva que no suele
concluir, no necesariamente vinculada a la persuasión, pero tampoco
ajena a ella por definición. Depende de lo que el ensayista pretenda.
“El ensayo moderno es en
realidad la forma terminal de una serie de manifestaciones que
vienen desde los diálogos clásicos y que se han denominado
habitualmente en su conjunto prosa doctrinal. La característica
de ser manifestación de una verdad no absoluta y objetiva, sino
sólo relativa a la opinión del autor, que define el género del
ensayo moderno desde Montaigne y F. Bacon, le comunica una
cierta proximidad al modo peculiar de las “verdades” en
literatura, que son también en buena medida generalizaciones del
“punto de vista” individual de un autor. Frente a la historia o
al tratado científico, que aspiran a comunicar la certeza de
verdades objetivas, el interés del ensayo es que no oculta la
parcialidad del punto de vista, manifestado en términos de
opinión. El ensayo comunica, por tanto, la visión parcial de un
solo individuo sobre alguna verdad de debate general, con lo
cual, lo que nos interesa en realidad es el perfil de esa
personalidad individual definiéndose en el contraste de la
cuestión debatida” (García Berrio y Hernández, 1994: 159).
Resulta, pues, fundamental, el
punto de vista del que formula la argumentación. En realidad, el diálogo
y la prosa doctrinal son los antecedentes clásicos del ensayo moderno.
La estructura dialogada del ensayo es una convención para representar la
voluntad literaria de ese género de discurso. Es como una obra dramática
sin acción. El gran descubrimiento de Montaigne es la relatividad
inevitable de la opinión individual producida en el seno de una sociedad
plural, culta y numerosa. Bajo esas condiciones, el diálogo como forma
literaria de opinión relativista frente a la movilidad del absoluto
científico, cede definitivamente su lugar al ensayo. Como explica el
Profesor García Berrio, “la conceptuosidad barroca en la oratoria y en
la prosa didáctica y doctrinal, productora de una inmensa proliferación
de glosas y de antologías, de dichos y refranes, es otra de las grandes
palancas que hacen bascular la forma autoritaria del tratado escrito u
oratorio, hacia la forma relativista del ensayo moderno” (1994: 161).
También se consideran escritos de
tipo argumentativo o género argumentativo, las memorias, confidencias
íntimas o a la exposición autobiográfica de los autores. “La epístola
era el género literario clásico que deja muestras tan famosas como las
de Horacio y Ovidio en la clasicidad, o las de Garcilaso y Boscán en el
renacimiento” (García Berrio y Hernández, 1994: 161). Los autores de
epístolas literarias son conscientes siempre de la perpetuación y de la
condición diferidamente pública de sus escritos. Esto se traduce
automáticamente en una serie de cautelas formales y de contenido, que
permiten diferenciar estos epistolarios ejemplares, de condición e
intenciones marcadamente literarias, de la carta perecedera con fines
exclusivamente prácticos y concretos. Las epístolas modernas ofrecen
diversas manifestaciones subjetivas y sugerentes. Subjetivismo que
conecta con los géneros de las memorias y de la autobiografía.
Participan estas obras literarias de esa misma modulación personal y
relativista, opuesta a la objetividad de la historia científica. La
autobiografía y las memorias son narraciones no ficcionales; pero con
mucha frecuencia utilizan todos los demás recursos propios de la
narración novelesca o se aproximan al tono sentimental de la novela
lírica y sicológica (García Berrio y Hernández, 1994: 163). Todos estos
textos pueden o no tener matices retóricos, según la intención del
emisor.
Las variedades argumentativas
típicas de la persuasión son las propias de la oratoria eclesiástica y
civil como modalidad tradicional, y el periodismo literario como
prolongación moderna de la persuasión retórica.
“Pocas dudas hay sobre la
condición literaria de la oratoria, cuando la misma literatura
clásica, encontró en la teoría retórica el cuerpo doctrinal
sobre el estilo y la constitución expresiva del discurso. La
retórica clásica, arte de la expresividad, canonizó y estructuró
los principios del arte literario, el cual, conscientemente al
menos, no entendió nunca diferenciarse de la argumentación
retórica, más que por la modalidad ficcional y verosímil de la
mímesis. [...] En la actualidad la permeabilidad literaria a los
fenómenos de propagación de la oratoria política y, sobre todo,
de los “mass media” es bien conocida y estudiada. Se habla de la
retórica fascista como estilo perfectamente identificable; pero
no lo es en mayor grado que la comunista o la liberal. No hay
retórica conservadora y antirretórica progresista como
comúnmente se piensa, sino retórica de derechas y retórica de
izquierdas, ambas igualmente tópicas y dominadas por exigencias
de persuasión muy semejantes” (García Berrio y Hernández, 1994:
164-165).
El periodismo es, en consecuencia,
el ámbito de comunicación verbal que “ha heredado en la sociedad moderna
el papel fronterizo de la oratoria entre la lengua artística y el uso
práctico del lenguaje” (Lázaro Carreter, 1977: 7-32). “Con el poderoso
predominio actual de la prensa entre los medios de comunicación escrita,
resulta artificial e insostenible en el caso de la mayoría de los
escritores, incluso de los más grandes, separar la escritura
periodística de la propia y tradicionalmente literaria” (García Berrio y
Hernández, 1994: 165). Por otra parte, si se difuminan las posibles
fronteras entre la antigua retórica y la actual Teoría de la
Comunicación (López Eire, 2001: 3) hasta su desaparición, es posible
hablar hoy día de una única disciplina que abarca tanto el estudio del
lenguaje desde un punto de vista humanístico como el orientado hacia las
ciencias sicosociales, de tal manera que “se podría incluir, dentro del
término retórica, todo el conocimiento y toda la investigación en torno
al proceso de la comunicación humana. Y lo que tiene que ver con la
comunicación humana es mucho, o tal vez mejor dicho, es todo” (López
Eire, 2001:3)
Desde el punto de vista retórico,
la publicidad ha sido entendida como un nuevo género retórico dentro del
campo periodístico, un campo amplio de posible convicción y persuasión.
Género que plantea muchas dificultades a la vez que promete mayores
adelantos, radicales incluso. Según esta línea de opinión, la publicidad
se transforma en la novedad más impactante a la que debe atender la
retórica en todos sus siglos de existencia (Spang, 1984: 106-1189).
Ahora bien, decimos que se trata de una línea de opinión, pero no hasta
la fecha, de una línea de investigación que plantee principios
originales a la medida de la misma proposición inicial que defiende: el
carácter completamente nuevo del género. De hecho, los mismos
investigadores que plantean la novedad buscan de inmediato un asidero en
la propia retórica. La publicidad se considera, entonces, como un género
retórico que queda adscrito a uno de los géneros tradicionales, el
demostrativo, en la media en que desempeña la función de elogiar el
producto para venderlo (González Bedoya, 1990: 54), con independencia de
la decisión que tomen los receptores. “Retórica de la publicidad
significa por tanto para nosotros retórica del lenguaje publicitario, en
cuanto es doctrina y enseñanza de la persuasión a través de la palabra”
(Spang, 1984: 107).
Su diferencia esencial respecto a
los géneros clásicos, incluso como considerada dentro del género
demostrativo, es su respeto incondicional a la ley de economía
lingüística. Las técnicas retóricas deben reducirse para producir un
impacto inmediato y no prolongar con su lectura una posible distracción
sobre el objeto de atención propuesto. Y, por supuesto, debe funcionar
dentro de una ética que permita una publicidad honesta, respetuosa de la
dignidad humana, sin trampas ni engaños que desfiguren el anuncio
propuesto y conduzcan al receptor a una decisión errónea creyendo las
falsas expectativas que le ofrece el producto que le “venden”. Además,
la publicidad es un fenómeno interdisciplinario en el que intervienen
otros factores no retóricos, aunque su finalidad persuasiva es esencial
y en ese aspecto coincide plenamente con la finalidad retórica. No es
igual la publicidad impresa, la radiofónica, la televisada o la
cinematográfica, pero, en todas ellas, hay un hueco esencial para el
mecanismo de comunicación retórica (Spang, 1984: 85 ss.) y las
diferentes técnicas retóricas deben adecuarse a las distintas
características de cada género pues, en cada uno de ellos, el marco
concreto del discurso determina unas fases de elaboración que afectan en
variada forma a la materia retórica.
El discurso retórico está, pues,
estrechamente vinculado al periodístico en la medida en que comparten
una organización análoga (Albaladejo Mayordomo, 1999, 2000; Ayala, 1985;
Villanueva, 1995). Algunos críticos consideran que los géneros
periodísticos en sus múltiples manifestaciones, junto con la publicidad,
son los discursos retóricos modernos que sobrepasan la antigua retórica,
sin excluirla, ante las posibilidades de los actuales medios de
comunicación. Se trata siempre de llamar la atención y de conseguir la
adhesión. Y los procedimientos usados para “llamar la atención” que pone
en práctica el discurso retórico con una finalidad de persuadir o
convencer, deberán ser, al menos en parte, los mismos que articula la
literatura con una finalidad estética. He ahí el territorio común
(Garrido Gallardo, 2004: 163-165) entre retórica, estrechamente
vinculada al periodismo en nuestro siglo y literatura. En todos los
casos se producen actos de poiesis textual, es decir, creaciones
realizadas con el lenguaje (Ruiz de la Cierva, 2007).
Es un hecho unánimemente admitido
hoy día que los medios de comunicación desarrollan un papel fundamental
en la acción cultural porque no sólo son canales de expresión de los
escritores y de los artistas, y reflejo de las identidades colectivas,
sino que, además, sirven de puentes entre los agentes culturales, entre
sus obras y entre los públicos a las que se destinan. Pero, junto a esa
labor de mediadores culturales, son en sí mismos productos culturales
acabados que ejercen un papel social imprescindible.
En definitiva, la eficacia de la
comunicación del discurso periodístico respecto de su deseo de persuadir
o convencer, dependerá de la capacidad del creador para establecer
modelos de buena retórica dentro de la finalidad pragmática perseguida
por el periodismo y la publicidad en su intención de influir sobre la
opinión pública y de su adecuación a las posibilidades de la técnica
actual en la emisión de su mensaje, porque, si es importante tener algo
que decir, es fundamental y definitivo saber decirlo adecuadamente,
según el género al que pertenezca el discurso (Ruiz de la Cierva, 2006:
90). Así, los géneros periodísticos en general y, especialmente, los
relacionados con el artículo de opinión, la crónica o la columna, en
donde cabe una intervención personal del escritor (excluyendo la simple
información que debe estar despojada de cualquier tipo de connotación
ideológica), y la publicidad, como comentaba anteriormente, son los
textos retóricos de hoy día no limitados a la exposición exclusiva,
inmediata y directa, dirigida a un público en una asamblea, en un
parlamento o en un tribunal, sin trascendencia más allá del lugar de su
pronunciación presencial. “En la oratoria tradicional, los oyentes o
espectadores acuden para escuchar al orador, en la actualidad, es el
orador el que, a través de la electrónica se reparte e invade los
espacios de los oyentes: le puede hablar en el salón de su casa, en el
comedor, en el dormitorio e, incluso, en la cama” (Hernández Guerrero,
2006: 21).
También resulta imprescindible no
olvidar el mundo digital como un nuevo modo de comunicación que la
retórica no puede dejar de tener en cuenta. La retórica como arte de
hablar y de escribir con eficacia, atiende a todas las formas de
exposición discursiva, incluida la digital, a las que aplica su sistema
históricamente configurado. No cambian los géneros, cambia la forma de
comunicación de los mismos y la extensión del auditorio, que ya no queda
reducido al discurso oído por los presentes o recibido por los antiguos
medios de comunicación escritos, muy limitados respecto a los actuales.
“En el discurso digital el
propio sistema retórico se transforma al desarrollar componentes
y nociones, a partir del consolidado en la Rhetorica recepta,
que son necesarios para el tratamiento de un tipo de discurso
que es nuevo para la retórica [...] La retórica de la
comunicación digital tienen las partes artis u
operaciones retóricas de intellectio, inventio, dispositio,
elocutio, memoria y actio o pronuntiatio, un potente
y exhaustivo instrumental para el estudio y para la praxis de la
comunicación digital, tanto en la producción como en la
recepción; pero también son desarrolladas nuevas nociones
necesarias para explicar el discurso digital, como la de la
multimedialidad retórica y la de la hipertextualidad retórica” (Albaladejo
Mayordomo, 2006: 26; 1994: 57; 2006a; 2006b).
Especialmente es necesario destacar
que la clasificación de los géneros en cuanto a que el auditorio tuviera
que tomar o no una decisión, como vimos al principio, queda totalmente
alterada, sin cambiar por ello la clasificación genérica inicial, por el
hecho de que los discursos, a través de los medios de comunicación
actuales, llegan a unos receptores muy variados y muy numerosos. La
recepción se amplía en el espacio y en el tiempo y un determinado
discurso, por ejemplo, deliberativo, que se pronuncia para que se tome
una decisión sobre una hecho presentado, no sólo lo reciben aquellos que
van a tomar la decisión que se les pide, sino que también va a llegar a
un auditorio que lo recibe mediante la radio, la prensa, la televisión o
Internet y al que no se le exige ninguna decisión. Es fundamental que el
orador tenga esto muy presente en nuestra sociedad actual, en la que las
comunicaciones permiten que cualquier discurso, del género que sea,
llegue al conocimiento de los miembros de una sociedad plural, tanto
desde el punto de vista cultural como ideológico, social, económico,
moral, religioso o político.
De tal manera, un discurso
deliberativo o judicial que solicita la intervención del auditorio que
lo percibe como tal, es recibido por otro auditorio no presente que lo
recibe como demostrativo o con un matiz demostrativo, porque no tiene
que intervenir en la decisión propuesta por el discurso. Esta mezcla
genérica de matices entre la clasificación tradicional de los géneros
basados en la intervención o no del auditorio, debe acomodarse a las
transformaciones producidas en la recepción plural producto de los
actuales medios tecnológicos ya aludidos (televisión, radio, prensa e
Internet) en la comunicación extendida ampliamente en el espacio y en el
tiempo de la recepción (Albaladejo, 1997: 13-14). En este sentido es
fundamental la distinción que realiza el Profesor Albaladejo entre
género oratorio o retórico y componente genérico, explicación que ya
observa insinuada en sus múltiples y profundos estudios sobre
Quintiliano en cuanto a su concepción del discurso retórico como una
idea global en la que los elementos de los diferentes géneros se
relacionan entre sí, pudiendo formar parte de un mismo discurso:
“Em cada discurso
retórico concreto podem-se encontrar componentes dos diferentes
géneros, normalmente um deles será a componente dominante e fará
com que o discurso pertença ao género a que corresponde a dita
componente. Um discurso que tenha componentes de géneros
próprios do género deliberativo, do género judicial e do género
demonstrativo pertencerá ao género cuja componente seja
predominante” (Albaladejo, 2002: 211).
Cada discurso pertenece, pues, a
uno de los tres géneros clásicos tal como ha quedado explicado y,
además, tiene un componente genérico que le es propio a cada género en
concreto y que no le puede faltar para ser considerado del género
elegido. Pero, además, en función del orador, del auditorio destinatario
del discurso, del nivel de lenguaje que se use en su expresión y del
medio a través del cual se comunique, el componente genérico específico
de un determinado género puede unirse al de otro género, que no le
corresponde por necesidad. De tal manera que a cada género se añade uno
o varios componentes genéricos de otros géneros que le permiten, sin
perder su definición genérica original, una concepción del género más
amplia y menos rígida, en la que tienen cabida variaciones de recepción
diferentes y más extensas de las exclusivamente propias del género de
que se trate.
“La distinción entre género
oratorio y componente genérico supone que en los discursos
políticos deliberativos, tanto parlamentarios como electorales,
hay un componente central, un componente dominante, que es el
componente genérico deliberativo, pero también puede haber un
componente genérico epidíctico. El componente deliberativo está
relacionado con la persuasión y con la adopción de decisiones,
mientras que el componente epidíctico lo está con la convicción.
Por otro lado, la susodicha distinción supone que en los
discursos políticos epidícticos hay, a su vez, un componente
genérico epidíctico como componente central o dominante y puede
haber un componente genérico deliberativo, relacionado aquél con
la convicción y éste con la persuasión” ((1997: 18-19).
Del mismo modo el género judicial
debe tener su componente genérico propio y puede tener también, sumado a
él, otro de un género distinto en los discursos judiciales que son
recibidos por auditorios sin capacidad para decidir sobre la cuestión
que se plantea emitir una sentencia. Estas interferencias de componentes
genéricos entre unos géneros y otros es un hecho muy común en la
sociedad actual por los diferentes y múltiples medios y modos de
comunicación de los discursos a través de las tecnologías del siglo XXI.
“La retórica se presenta,
pues, como una ciencia del discurso con una tradición y una
actualidad no sólo perfectamente compatibles, sino totalmente
integradas. El planteamiento de estos retos responde, ante todo,
a la idea de que la retórica, lejos de constituir una disciplina
cerrada, busca constantemente respuestas a la problemática de un
complejo objeto de estudio al que accede por medio de la
reactivación, renovación, adaptación y ampliación de su sistema”
(Albaladejo, 1994: 60).
Interesa ahora aclarar el concepto
del término retórica y su relación con el uso de la palabra oratoria,
porque se habla indistintamente de géneros retóricos o de géneros
oratorios para referirse a los mismos géneros del discurso. Se podría
decir que la retórica es el conjunto de reglas que el emisor pone en
práctica para la creación de su discurso oratorio. La retórica es el
arte o técnica de hablar bien y se asocia, por tanto, a la oralidad.
“La relación entre retórica
y oralidad se hace patente en la expresión latina y española
‘oratoria’. Sin embargo, las inicialmente equivalentes
expresiones ‘retórica’ y ‘oratoria’ presentan una divergencia en
la medida en que el término ‘retórica’ se ha ido especializando
para la configuración teórica de la técnica del discurso
lingüístico persuasivo y ‘oratoria’ se ha concretado en la
práctica comunicativa oral propia de esa técnica, si bien se
trata de una divergencia que no es absoluta, pues pueden
encontrarse empleos de ‘retórica’ y de ‘oratoria’ como
sinónimos. La divergencia entre ‘retórica’ y ‘oratoria’ tiene
sus implicaciones en la asociación con la oralidad. Mientras que
el sustantivo ‘oratoria’ mantiene en exclusividad su relación
con lo oral, el sustantivo ‘retórica’, que no pierde dicha
vinculación, adquiere también relación con la escritura. Puede
hablarse, consiguientemente, de retórica de los textos
periodísticos escritos o de retórica de los textos legales, así
como de retórica parlamentaria o de retórica académica, por
ejemplo, pero no puede hablarse de oratoria de los textos
periodísticos escritos ni de oratoria de los textos legales y
sí, en cambio, de oratoria parlamentaria o académica. ‘Retórica’
se presenta así como un término más amplio que ‘oratoria’” (Albaladejo
Mayordomo 1999b: 7-8).
En consecuencia, la retórica
implica también la posibilidad de texto escrito por lo que se refiere a
la estructuración completa del discurso y de sus géneros, tanto en su
comunicación oral como en su comunicación escrita, aunque las normas o
técnicas siempre se escriben para su utilización en la elaboración del
discurso que se pretenda crear.
Por otra parte, hay que considerar
que el uso del término ‘oratoria’ no puede aplicarse simplemente al
hecho de hablar. Todo el mundo habla, pero no es orador cualquier
persona que habla por el hecho de comunicarse oralmente. Los analfabetos
hablan sin saber escribir y no podrían ser nunca ‘oradores’. Esto lo
explica el Profesor Albaladejo con el concepto de “oralidad secundaria”
(1999b: 8): “La oralidad de la retórica no es, en general, oralidad
primaria, es decir, oralidad de una cultura desconocedora de la
escritura, sino oralidad secundaria, esto es, oralidad que se da en una
cultura con conocimiento de la escritura”.
Incluso se puede afirmar que no todo el mundo puede ser un gran orador
por mucho que se esfuerce en comunicar su discurso con eficacia. Se
necesitan unas cualidades comunicativas especiales para la práctica
oratoria que, de algún modo, se acercan a la poesía (Del Río Sanz y
Fernández López, 2000). Es decir, que el simple uso de las técnicas
retóricas o literarias no garantiza la conexión espiritual, afectiva y
emotiva con el auditorio en el primer caso, ni el valor de poeticidad en
el segundo. Y, además de las palabras, en la comunicación oral, la
presencia física del orador y su aspecto pueden influir decisivamente en
su éxito receptivo. Sin embargo, cualquiera puede realizar un texto
retórico de comunicación escrita o un texto literario de creación
estética, de más o menos valor y con mayor o menor esfuerzo, según sus
cualidades naturales para ello.
La voz y los gestos deben adecuarse
perfectamente entre sí y con el destinatario, siendo decisiva tal
coordinación para la consecución de la finalidad que el orador pretende,
pues así culmina la compleja estrategia retórica articulada en todo el
proceso de construcción y comunicación del discurso retórico oral y,
como norma general, se puede afirmar que, tanto un tono de voz
convincente como una expresión gestual agradable, pueden compensar
algunas deficiencias de otro tipo e incluso realizar milagros en la
comunicación (Ruiz de la Cierva, 2004: 168), ya se trate de un discurso
del género deliberativo, judicial o demostrativo, expuesto a través de
cualquiera de los medios disponibles en nuestra cultura actual.
Para finalizar quiero recordar que
la vieja virtud que nuestros clásicos llamaban aptum o decorum,
sigue de plena actualidad. Era la base fundamental de la estética y de
la retórica desde sus orígenes y consiste en lo que es conveniente y
adecuado, es decir, en la perfecta armonía del contenido con la forma de
expresarlo, hablado o escrito, atendiendo al auditorio que lo va a
recibir, al fin que se pretende con la exposición según el género de que
se trate, al oportuno registro de lenguaje, al canal de transmisión y al
contexto de su recepción. En definitiva, a la completa coherencia de
todos los elementos textuales y extratextuales que deben tenerse en
cuenta para la realización y eficacia comunicativa del discurso. La
adecuación es la cualidad primordial y esencial que impregna, o debe
impregnar, el interior del discurso, sus entrañas, y ha de proyectase
igualmente en su dimensión externa. En el primer caso, se la puede
considerar como la piedra de toque, mediante la cual se valoran todos
los elementos que se van integrando en la construcción de un texto: cada
uno de ellos ha de resultar apropiado y su posición, justificada. En el
segundo, los factores que el orador ha de considerar abarcan las grandes
cuestiones sobre las que se fundamenta todo el proceso, es decir,
atiende a una correcta relación entre el discurso y su realidad
extra-lingüística.
Por último, esta cualidad atañe
también a la dimensión ética: en ella se valora el compromiso del orador
con lo expuesto y su vinculación con la verdad. Lo apto exige, en este
nivel, la coherencia del orador y su credibilidad porque la audiencia
requiere una correspondencia entre expresiones y acciones (lo dicho y lo
hecho), así como la máxima aproximación entre palabras, pronunciadas o
escritas, y realidad.
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Notas
Se considera una fecha
histórica en la rehabilitación de la retórica el año 1952, en el
que se publica Rhétorique et philosophie, (Perelman,
1952), a la que siguió Traité de l’argumentation en 1958
(Perelman 1994: 13-15).
En este sentido dice
textualmente Garrido Gallardo (2006: 163): “No cabe duda de que
el género periodístico o los géneros del periodismo, por ser más
exactos, junto con la publicidad, por supuesto, son los
discursos retóricos de la actualidad por encima de la retórica
centrada antaño tan solo en la práctica (naturalmente, aún
subsistente) de la “oración”, de la pieza oratoria inmediata
dirigida a un público en una asamblea, en un parlamento o en un
tribunal”.
[Texto de la conferencia: “Los
géneros retóricos desde sus orígenes hasta la actualidad”, pronunciada
en las Jornadas Questões de Retórica Contemporânea, Universidade
da Beira Interior, Departamento de Comunicaçāo e Artes, Covilhā
(Portugal), 9 de noviembre de 2007. Organizaçāo: Labcom – Projecto de
Persuaçāo e Informaçāo na Web. Revista Rhêtorikê e da wiki
QuickRehêtorikê.]
María del Carmen
Ruiz de la Cierva
Universidad CEU San Pablo de Madrid
Universidad Autónoma de Madrid
[Actualizado: 7 de abril de 2008]
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
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correspondan.
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