Juan Carlos Dido
"Teoría de la fábula"
Si es cierto que cada
época prefiere determinado género literario, por razones
sociales y culturales no bien establecidas, la fábula hace
siglos que no cuenta con el favor del público. Al parecer,
nuestra época prefiere la novela, del mismo modo que hubo
períodos en que los lectores distinguieron a la poesía, la
comedia o el ensayo. Es evidente que la fábula no ocupa un lugar
de privilegio en la literatura actual, no sólo entre los
lectores, tampoco entre los autores, aunque hay más escritores
de los que se supone que siguen escribiendo fábulas.
En una época muy
lejana la fábula disfrutó del favor del público. Pero ese
período esté en un tiempo muy remoto en que la realidad se
confunde con la leyenda. Si vamos a creer todo lo que se cuenta
de Esopo y sus fábulas, deberemos admitir que llevó el género a
un notable nivel de esplendor y asombró a personajes llanos y
encumbrados con el ingenio y la sabiduría de sus composiciones y
las ajenas que repetía y difundía. Y algo parecido sucede con
Lokman en la geografía árabe, de quien se narran peripecias
similares a las del griego, con influencia en otro ámbito. Si
bien estos fabulistas son representativos y prestigiosos, la
época de oro de la fábula se localiza en la India, casi en los
comienzos de la historia. Si alguna condición resulta innegable
en la fábula es su antigüedad. Desde su nacimiento, acompañó a
la humanidad en sus avatares dando voces de alerta, ejerciendo
la crítica o afinando el elogio. La fábula es un poco la vida de
la humanidad.
Género o especie
¿Es la fábula un
género literario o se trata de una especie, según las
clasificaciones de la preceptiva? La cuestión, en realidad, no
constituye un problema de fondo. La moderna crítica literaria no
distingue en forma terminante géneros y especies. A nadie se le
ocurre hoy sostener que la novela es una especie del género
épico. Se la nombra como género novelesco o simplemente novela.
Entre los estudiosos de la fábula, los criterios no son
unánimes, aunque predomina la denominación de género, con una
acepción elástica que no tiene el mismo significado que la
palabra “género” aplicada tradicionalmente a la lírica, la épica
y la dramática.
El vocablo “fábula”
designa dos fenómenos emparentados pero diversos. Aristóteles
llamó fábula o mitos a la manera particular de disponer las
acciones en un texto literario. En este sentido, el término
designa la trama o argumentos de una obra. El significado
todavía es más amplio si apelamos a la etimología. Deriva de
fari, el idioma en sentido genérico. De fabulare proviene el
término hablar. Si extraemos de estos orígenes las consecuencias
inevitables, debemos convenir que siempre que hablamos,
tabulamos, y que nuestro lenguaje no es más (pero tampoco menos)
que un constante fabular.
El otro significado,
más restringido, aplica el nombre fábula a un tipo de
composición literaria que se admite estuvo estrechamente
vinculada, en sus orígenes, con las supersticiones, tradiciones,
creencias, ritos e idiosincrasia de los pueblos en que aparecía.
Las fábulas iniciales de toda cultura seguramente fueron mitos
integrados a la vida cotidiana del pueblo, que expresaba
actitudes fundamentales de la vida social mediante personajes,
metáforas e imágenes.
Acerca de esta
cuestión, Carlos Ayala expresa: “Las fábulas han nacido con el
lenguaje y por ello es inútil fijarles una única cuna: como el
lenguaje, han aparecido por doquier y como él manifiestan una
unidad estructural que no es otra cosa que el reflejo de la
unidad estructural de la mente humana.” [1]
Por su parte, María
Alicia Domínguez explica: “La tradición ha objetivado la
experiencia humana; así nació la fábula, hija del mito y de la
poesía.[...]
La fábula es el balbuceo literario de la humanidad niña. Tiene
profundas raíces en lo popular, en esa tendencia a explicar las
cosas y la naturaleza, tan común al hombre de todos los tiempo y
países.” [2]
Sobre el mismo tema,
Bernardo Canal Feijoo hizo agudas
observaciones. “La fábula es género del pueblo y constituye el
instrumento típico de expresión de un sentimiento filosófico,
quizá épico, de la vida. Por razones de remoto atavismo
religioso y mágico -que acaso reviven infusamente para el hombre
culto ante los dibujos animados- el pueblo sigue sintiendo la
necesidad de delegar a los animales la enunciación de sus
esquemas me tales de juicio. Un rastreo del oscuro linaje de
este género, hace forzoso ligarlo, en última línea, a la razón
de los cultos zoolátricos y al primitivo relato totémico. Pero
quede aquí postulado sólo ese hecho de ser del pueblo, de su
patrimonio espiritual auténtico; la forma ingenua y necesaria de
proyectar un pensamiento filosófico empírico.” [3]
Desde aquellos
orígenes lejanos ligados a la génesis de las comunidades
humanas, la fábula se desarrolló en una doble vertiente. Por un
lado, la fábula popular, creación anónima arraigada en los
núcleos sociales, conservadas, transformadas y multiplicadas por
la tradición oral; por otro, la fábula literaria, escrita por un
autor con una intención artística íntimamente unida a otra de
índole preceptiva, sociológica, ética o filosófica que, con
ciertas reservas, caracteriza al género.
Esta vinculación entre
la fábula popular y la literaria fue perdiendo fuerza y, con el
tiempo, cada tipo identificó a una forma de creación diferente.
El correspondiente a la tradición oral se manifestó en abundante
creación de cuentos populares, y el tipo literario encontró en
todas las épocas y países cultores que reformulaban los ejemplos
tomados de autores anteriores y agregaban sus aportes
originales. Por otra parte, la fábula fue afianzando su
estructura propia, consolidando su identidad frente a otras
piezas que tenían con ella algún punto de contacto, pero se
diferenciaban en aspectos específicos.
La
fábula y la ética
Es común asociar la
fábula con la moral. En la defensa de la función ética de la
fábula se argumenta el papel que en ese sentido cumplieron las
composiciones más antiguas en la India y Arabia, dentro de la
tradición oriental, y en el mundo occidental alcanzado por la
tradición grecolatina. También se menciona a prestigiosos
fabulista modernos, La Fontaine, Samaniego, Iriarte,
adjudicándoles una intención moralizante presuntamente
definitoria del carácter de sus obras.
Precisamente, la
identificación del propósito fabulístico con el fin ético,
sustentó la convicción de que la fábula configuraba un tipo de
literatura pedagógica adecuada para la formación moral de los
niños. Sin embargo, la función ética de la fábula no es ni
evidente ni obligatoria. El carácter preceptivo de la moraleja
no es razón suficiente para considerar a la finalidad moral como
el objetivo principal. Es verdad que se podría conformar una
amplia colección de ejemplos en los que la enseñanza ética es la
intención dominante. Pero también es posible integrar otra
colección igualmente significativa en la que el contenido moral
no tiene peso decisivo e, inclusive, poseen carácter francamente
antiético. Contenido apológico no significa principio ético;
enseñanza, en el sentido de precepto, no significa educación;
moraleja no significa moral.
La moraleja es
elemento constitutivo de la fábula, Pero no siempre tiene
expresión proverbial ni es necesario que figure explícita.
Ciertas connotaciones adquiridas por el vocablo contribuyen a
confundir. Por un lado, moraleja alude a principio moral. Por
otro, apunta a una observación poco sólida, próxima a la
moralina más que a la ética. Principio, sentencia, conclusión,
tesis, traducen mejor el espíritu que alienta en la fábula y que
el vocablo moraleja apenas roza.
Ese espíritu de las
fábulas no siempre estimula una conducta edificante. Si se
quiere poner de relieve el contenido ético de la fábula,
previamente se deberán escoger aquellas que pueden considerarse
fábulas morales. El fabulista no da normas de conducta para que
adopten los lectores. Su actitud consiste en mostrar los
principios, intereses, valores, relaciones que observa en los
comportamientos humanos. El fabulista no dice: hagan esto. Sólo
plantea: esto sucede entre las personas: reflexionen.
La
fábula y la infancia
La fábula ha sido
interpretada como parte de la literatura infantil. Lo prueba la
abundancia de ediciones del género dedicadas a la infancia. De
hecho, la publicación de fábulas en nuestra época se realiza
principalmente en volúmenes dirigidos a los niños. Se adapta el
lenguaje de los textos si los originales tienen léxico difícil y
se agrega generosa ilustración en atractivos colores. Todo esto
está muy bien. Pero ¿es la fábula un género literario infantil o
se le adosó el público pequeño por motivos extraliterarios?
Muy pocos autores han
escrito sus fábulas específicamente para los niños. Samaniego
declara que las suyas estaban destinadas a los alumnos del
seminario vascongado. Pero no eran aquellos estudiantes lo que
son ahora nuestros infantes. Si hubiera escrito pensando
exclusivamente en adultos, no las habría redactado diferentes.
Únicamente pertenecen a la literatura infantil las fábulas
infantiles. Ocurre que algunas resultan útiles por sus
intenciones o por su simplicidad para ponerlas al alcance de los
niños. Pero hay pocas con tales requisitos. Por eso es tan
reducido el número de fábulas que se publican para ellos. Son
las mismas, no más de cincuenta, que varían la presentación en
formato e ilustraciones. Esta minúscula proporción es indicio
claro de que la fábula no es un género infantil.
Cuestión diferente es
preguntarse si las fábulas agradan a los chicos. Hoy, la
literatura infantil, como especialización de la creación
literaria, ha alcanzado un desarrollo interesante. Responde al
funcionamiento de la fantasía propia del niño y atiende sus
expectativas y requerimientos con el auxilio de la psicología
infantil. La estructura y los contenidos fundamentales de la
fábula no responde a las exigencias de su imaginación. Historias
fantásticas, cuentos maravillosos, relatos de ciencia ficción,
aventuras extraordinarias se ajustan mejor a sus expectativas.
La fábula, en general, es un género severo, ascético. Necesita
de una imaginación fértil, pero controlada, que estreche la
libertad de maniobra de los personajes y los mantenga en línea
directa con el contenido demostrativo.
Vossler asegura,
refiriéndose a las fábulas de La Fontaine, que no son para
niños. Su juicio es terminante. Dice que La Fontaine no era
educador y tal vez no haya ningún poeta auténtico que lo sea en
verdad. Al recordar conceptos de Saint Beuve, afirma: “Este La
Fontaine que se da a leer a los niños es como un vino rojo
viejo, que cuando mejor sabe es cuando se ha pasado ya de los
cuarenta.” [4]
Tal vez no resulte
indispensable tener esa edad para disfrutar de las fábulas. Pero
es seguro que los niños no gustarán de ellas ni descubrirán
valores literarios, a menos que se trate de fábulas infantiles.
Y entonces el mérito reside en el respeto al género infantil, no
al fabulístico. La fábula es género que se dirige al adulto, por
su estructura y por actitudes que los autores transfieren al
texto como ingredientes inseparables: sutileza, ironía,
amargura, decepción, recelo, crítica.
Los
elementos de la fábula
La fábula se construye
sobre una estructura básica definida. El esquema no es tan
preciso como el que los especialistas han elaborado para el
cuento maravilloso a partir de Vladimir Propp. El fabulista se
mueve con mayor libertad en recursos y contenido. Sin embargo,
aunque numerosos ejemplos queden fuera de la estructura
elemental, la configuración es válida y comprende los principios
técnico-literarios del género.
Intervienen en la
fábula:
-
a) Personajes.
-
b) Acciones (actos o
sucesos).
-
c) Objetos
demostrativos.
-
d) Moraleja
(principio, precepto, axioma, tesis...).
Personajes
Los animales son los
personajes más abundantes, pero no los únicos. Tal vez razones
históricas expliquen la preferencia. Al emplearse la fábula como
herramienta para la crítica política y social, velar los juicios
tras la fantasía de animales que razonan constituyó un hecho en
cierto modo razonable, aunque no dio el resultado esperado como
mecanismo de protección. El trágico final de Esopo y de Lokman
lo atestiguan. Hay otro motivo a favor de la preferencia
zoológica. A los animales se les puede adjudicar cierta
caracterología, como a los seres humanos, en relación con sus
hábitos, genio, condiciones anatómicas, ambiente. Esto los hace
sumamente aptos para asignarles papeles en los que, a través de
sus particularidades, se manifiesta el funcionamiento práctico
de un principio cuya demostración se procura.
Por lo demás, en la
fábula tienen cabida todo tipo de personajes: personas, plantas,
fenómenos, la más amplia variedad de objetos imaginables. Entre
estos personajes, empleados en menor cantidad, y los animales,
no existe diferencia funcional alguna. Desempeñan en la fábula
idéntico papel: ejecutar los actos ejemplares. Generalmente, la
fábula enfrenta a dos personajes principales. Uno de ellos
plantea una situación ; el otro presenta una resistencia y, de
esa tensión, surge el desenlace. Actúan como protagonista y
antagonista. El primero realiza una acción, a la que el segundo
opone una reacción.
Considerados como
ejecutores de acciones particulares, los personajes de las
fábulas tienen valor individual. Sin embargo, la dimensión puede
extenderse y adquirir sentido arquetípico. Determinados
personajes, por ejemplo el zorro, el asno o el león en las
fábulas antiguas alcanzan ese valor representativo. La zorra
siempre representa la astucia. Puede ganar o perder en las
peripecias, pero sus actos van siempre guiados por la astucia.
Del mismo modo, el asno se identifica con la tontería o la
torpeza y el león con la fuerza y el poder. Obran, en
consecuencia, como arquetipos de contenido alegórico.
Por otro lado, el
carácter generalizador del precepto opera en la misma dirección.
Si leemos una fábula sin tener en cuenta su moraleja, los
episodios se presentarán como sucesos ejecutados por personajes
individuales. El incluir la sentencia, los personajes extienden
su dimensión hasta donde los impulsa el alcance genérico del
axioma. Cuando la serpiente muerde y mata a su bienhechor, actúa
como un animal cruel, pero su reacción es acto individual, en
todo caso conforme a su naturaleza. Pero cuando la moraleja dice
que “así obran los malvados con aquellos que los ayudan”, la
serpiente se convierte en el sujeto de ese predicado simbólico y
ya no es sólo una serpiente, sino que representa a todas las
personas malvadas. Se ha convertido en arquetipo.
Acciones
En una fábula ocurren
muy pocas acciones. La escasez no se debe a la brevedad de la
composición sino al revés: la brevedad resulta del reducido
número de acciones. Precisamente, el exponer mínimas acciones es
parte de la identificación del género. Una sola o dos son
suficientes. Y puede admitir unas pocas más. Loa actos pueden
ser ejecutados por un solo personaje o por varios. Cuando son
realizados por más de uno, generalmente se manifiesta un
enfrentamiento entre ellos. Hemos convenido en llamar acciones a
los actos del protagonista y reacciones a los del
antagonista. Ambos son los personajes principales. En la fábula
de la zorra y el cuervo, todo lo que hace la zorra son acciones;
lo que hace el cuervo son reacciones. Entre los dos se plantea
un conflicto que deriva en un desenlace.
En la fábula del perro
que lleva un hueso en la boca, ve reflejada su imagen en el agua
y deja el hueso para intentar obtener el que ve en el reflejo,
sólo actúa el protagonista y, por lo tanto, cumple acciones.
Pero en ellas es evidente la diferenciación de dos partes: lo
que sucede antes de soltar el hueso y lo que ocurre a partir de
allí. En este caso, acción y reacción están a cargo del
protagonista, que es también su antagonista.
Si bien hay
excepciones, la estructura binaria de la fábula parece una
característica definidora del género. El juego de acción y
reacción, simple o múltiple, conforma el desarrollo del texto
fabulístico. El conflicto entre una y otra es el núcleo de la
fábula.
Objetos demostrativos
El conflicto gira en
torno a un eje que recibirá el efecto del desenlace. Ese centro
puede estar constituido por otros personajes o por objetos que
obran como soportes de aquello que la fábula intenta probar. Por
eso la denominación de demostrativos. El trozo de queso es
objeto demostrativo en la fábula de la zorra y el cuervo. El
hueso lo es en la otra que mencionamos como ilustración. En la
fábula del león, el oso y la zorra, los dos primeros disputan
una presa, la zorra aprovecha la pelea y se queda con ella. La
presa es el elemento demostrativo.
La
moraleja
Ya indicamos que el
término no resulta el más adecuado para designar al componente
preceptivo de la fábula. De modo que vamos a precisar su
significado, aunque no a cambiar la designación, ya muy
arraigada. La primera advertencia se refiere a poner distancia
con la ética, según ya lo expresamos. Porque moraleja se vincula
con moral, y no siempre las fábulas ni sus moralejas son morales
(las hay francamente inmorales). La moraleja es la tesis de la
fábula, expresada en un juicio, precepto, observación,
proverbio, conclusión, axioma, instrucción, sentencia y otros
términos próximos.
El desarrollo de la
fábula es la demostración de la tesis. La moraleja puede ser
explícita o tácita. Cuando no está expresada, el lector dispone
de una mayor libertad de interpretación, porque del relato
pueden surgir más de un sentido. La moraleja explícita puede
presentarse el fina, como remate, y la así la utilizó Esopo, o
al principio, como lo hizo Fedro. Puede exponerse como una
reflexión del autor o manifestarla uno de los personajes.
Iriarte suele incluir una doble moraleja: la primera de sentido
personal; la segunda, de inmediato, más genérica. Además de
revelar la intención del autor, la moraleja opera también como
orientación en los casos en que la fábula permitiría obtener
diversas conclusiones.
Observemos esta fábula
de Esopo:
LA ZORRA QUE LLENÓ SU
VIENTRE
Una raposa hambrienta
vio en el tronco de una encina los pedazos de pan y de carne que
habían dejado los pastores escondidos en una hendidura, y
entrando en ella, se los comió. Pero se le hinchó el vientre y
no pudo salir por donde había entrado, empezando a gemir y
lamentarse del percance. Pasó otra zorra por el lugar y,
oyéndole sus quejas se acercó y le preguntó el motivo; cuando lo
supo, dijo:
-Pues sigue ahí hasta
que vuelvas a estar como estabas, y entonces saldrás fácilmente.
Ese es el texto
narrativo. Ahora viene la moraleja. Pero antes de leerla,
intente el lector ponerle una que considere apropiada. Después
compárela con la que colocó Esopo, que es la siguiente:
Enseña esta fábula que
el tiempo resuelve las dificultades.
Seguramente, el lector
apuntó su moraleja en otra dirección, orientada tal vez a
censurar la gula de la zorra. Pero a Esopo le interesaba más
destacar el papel de la paciencia.
Los elementos de la
fábula y su articulación se resumen en este esquema:
Moraleja, entre
paréntesis, significa que puede faltar en forma expresa. El
esquema procura sugerir la idea de la partición binaria de la
fábula desde el núcleo conflictivo. Conviene considerar el
esquema como una síntesis provisional y no tratar de aplicarla
como un modelo rígido. Sólo intenta ofrecer una propuesta
instrumental para el estudio de la fábula.
Para la fábula tiene
validez el lema nada humano le es ajeno, porque toda
actividad, preocupación, interés, esperanzas, dudas, certezas,
vicios y virtudes de las personas han entrado y siguen entrando
en su ámbito. En cuestiones literarias, las definiciones suelen
dejar afuera muchos de los fenómenos que intentan definir. Pero
si se quiere arriesgar una definición, aceptando el peligro,
puede concluirse que:
La fábula es un texto
literario breve, de estructura generalmente binaria, que expone
una tesis en desarrollo dinámico y demostrativo.
Obras citadas
[1] AYALA, Carlos
(1982): Prólogo a Antología de fábulas, Círculo de
lectores, Barcelona.
[2] DOMÍNGUEZ, María
Alicia (1969): Qué es la fábula, Columba, Buenos Aires.
[3] CANAL FEIJÓO,
Bernardo (1960): Burla, credo, culpa en la creación anónimaNova,
Buenos Aires.
[4] VOSSLER, Karl
(1947): La Fontaine y sus fábulas, Espasa Calpe, Buenos
Aires.
[Fuente: © Juan Carlos Dido.
"Teoría de la Fábula." Espéculo. Revista
de Estudios Literarios,
2009.
Universidad Complutense de Madrid: http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/fabula.html
]
© José Luis Gómez-Martínez
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