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Gerardo Bolado
Transición y recepción: La Filosofía Española
en el último tercio del siglo XX.
CAPÍTULO 3.3
3.
La construcción de una cultura común.
La asignatura pendiente de nuestra democracia es hacer efectivo el pacto
político entre partidos nacionales y nacionalistas que dio cierre al
Estado de las Autonomías. Creo llegado el momento para empezar a
liberar la cultura en España de ese proteccionismo de las políticas
culturales y lingüísticas nacionalistas, que vayan en detrimento de la
cultura común. Nadie amenaza las diferencias culturales y lingüísticas
en España, pues sus Nacionalidades y Regiones tienen la autonomía política
suficiente para revitalizarlas. En la actualidad lo que está amenazado
es la cultura y la lengua común de los españoles por excesos
nacionalistas, que no pretenden preservar su cultura, sino más bien
utilizarla para conseguir metas políticas, como justificar cierta
“soberanía” y, con ella, el “federalismo” o el
“secesionismo”. Se hace necesaria la crítica sistemática de estas
políticas culturales nacionalistas, que reconstruyen su propia historia
y su propia cultura, incluso a costa de seccionar productos de sus
mejores creadores, para evitar nuestra historia y nuestra cultura común.
La Constitución española del 78, punto de referencia obligado en el
debate actual sobre nuestra cultura, convirtió en mandato para el
Estado, y en su competencia, la promoción de nuestra cultura común
sugerida por Laín Entralgo:
"Sin prejuicio de las competencias que podrán asumir las
Comunidades Autónomas, el Estado considerará el servicio de la cultura
como deber y atribución esencial y facilitará la comunicación
cultural entre las comunidades autónomas, de acuerdo con ellas". (art.
149.2)
De los dos o tres libros dedicados a estudiar el tema de la cultura en
nuestra constitución, el de Jesús Prieto de Pedro
pese a no tomar en consideración nuestro debate antropológico
e histórico sobre el tema, y pese a ser normativista, me parece el más
acabado y concluyente. Voy a seguirle parcialmente.
En nuestra constitución se distingue entre nación política como sede
de la soberanía que se identifica con el pueblo español, y nación
cultural, diversificada entre los distintos pueblos de España. Mientras
que, en relación a la nación política, se parte de la identidad
nacional española, unidad de soberanía, y de ella se pasa a la
diversidad de autonomías por cesión de competencias, en relación a la
nación cultural se parte de la diversidad cultural (patrimonio
cultural, lengua, instituciones, usos y costumbres) de las distintas
nacionalidades y regiones, y se ordena al gobierno promover la
comunicación cultural entre esas diferencias para llegar a una cultura
común. No se supone una identidad cultural a la base de la identidad
nacional española, ni tampoco identidades culturales a la base de las
nacionalidades y regiones autonómicas, pero sí se constata la
diversidad cultural y se ordena el protegerlas y comunicarlas a los
gobiernos autonómicos y al gobierno central. La constitución no
reconoce la existencia de naciones (políticas) sin Estado en España,
ni tampoco que tengamos una diversidad de identidades culturales.
Reconoce diversidad cultural y pide su cuidado y su comunicación hacia
una cultura común.
Este mandato de cultura común no puede interpretarse como un mandato de
coordinación cultural. Armonizar 17 órdenes legislativos de ejecución
y administrativos paralelos habría exigido un esfuerzo excepcional, según
Prieto poco menos que imposible, de cooperación y coordinación entre
el Estado y las Comunidades Autónomas. Hay materias como educación,
investigación, patrimonio cultural, medios de comunicación, propiedad
intelectual, que están sujetos a un sistema de reparto competencial inclusius
unius, exclusius alterius. Se trata de hacer posible un plano
instrumental común para la vida cultural en todo el territorio nacional
a instituciones de creación (investigación), difusión (medios de
comunicación), conservación (patrimonio), transmisión (educativa) de
cultura. La investigación científico-técnica requiere una coordinación
especial.
Prieto, resumiendo el debate histórico y entrando en una posición
normativa, dice de la naturaleza de esa cultura común lo siguiente:
"Esa cultura global ha de
entenderse y ha de ser hacia el futuro -este es el tiempo en que se sitúa
el precepto- el sedimento cultural común precipitado por las partes (se
habló en este debate a voces de la "comunidad de convergencias
históricas") en el marco de la convivencia libre y democrática a
la que da cauce la fórmula de pluralismo cultural que ilumina el modelo
de Estado compuesto español".
Estamos ante la perspectiva de construir una cultura común, según el
principio de pluralismo cultural, en un proceso espontáneo y continuo
de comunicación, libre de directrices políticas nacionales o
nacionalistas. La cultura común se proyecta desde unas diferencias
culturales, que se necesitan, y que no niegan ni amputan lo que las une
ya, después de cinco siglos de convivencia. Aquí tendremos que
superar, dentro del juego democrático, la oposición de los
nacionalistas que niegan nuestra historia, nuestra tradición cultural y
nuestra lengua comunes, mientras cuentan su propia historia al margen y
proyectan espacios culturales independientes. Porque estos autores, lo
sepan o no, llevan nuestra cultura a la fragmentación en
particularismos provincianos, colonizados por la tecnocultura en inglés.
Por el contrario, tendremos que trabajar aquí con los nacionalistas que
parten de las diferencias y de un desarrollo diferenciado de las
culturas, pero que reconocen nuestro pasado, nuestra cultura y nuestra
lengua comunes, y quieren seguir vitalizando y viviendo de uno de los
espacios de cultura universal, que ha conocido la historia de la
humanidad.
En nuestras culturas democráticas, el ejercicio de la libertad
cultural, la disponibilidad de productos culturales identificadores, es
cosa de tamaño, de dimensión. El número de consumidores potenciales
decide la viabilidad de los productos culturales. En este sentido, sólo
las culturas con suficiente dimensión son capaces de hacer plenamente
efectiva la libertad cultural de sus naturales. Esta dimensión cultural
es privilegio de las culturas de los Estados que han entrado en la
historia, por su proyección imperial, como es el caso de España. La
cultura española, uno de esos grandes espacios culturales del presente,
es históricamente inseparable de las diferencias culturales que, a lo
largo de cinco siglos de convivencia política, han contribuido a
engrandecerla, a la vez que se nutrían con ella Las diferentes culturas
de España harán efectiva la libertad cultural de sus naturales, en la
medida en que sigan construyendo la cultura española común, formando
vasos comunicantes mediante la lengua española común. Fuera de ese
espacio común propio, sólo nos espera un futuro de provincianismo
cultural y colonización por parte de la tecnocultura en inglés.
El español no es la lengua española común
porque la consagre nuestra Constitución como lengua del Estado, que
todos los españoles tienen el derecho y el deber de conocer, sino que
por ser de hecho la lengua común de los españoles es la lengua del
Estado. La lengua española es común, porque todos los españoles, con
catalanes, vascos y gallegos a la cabeza, han entrado en el lenguaje
universal de la cultura creando (algunos) y comunicándose en ella (la
mayoría) durante más de cinco siglos. La lengua española es el
soporte que sostiene un espacio cultural común, un auténtico espacio
de la cultura universal, del que forman parte todas las naciones
americanas conectadas a Occidente por España. La tendencia nacionalista
a afirmar la identidad de su diferencia, conduce muchas veces al exceso
de afirmar su lengua autóctona como única, propia y exclusiva, y a
negar la lengua española, como si fuera exclusiva de Castilla, una
lengua extraña y sobrevenida. ¡Como si después de cinco siglos de
historia de la lengua española común pudiera hablarse de imposición y
de colonización lingüística en alguna parte de España! ¡Como si
pudiera negarse ese soporte de un espacio universal de cultura, que es
el español, a catalanes, mallorquines, vascos, gallegos, etc, cuando
han sido muchos de sus mejores creadores y comunicadores quienes han
contribuido a desarrollar ese espacio! Desde el punto de vista de la
integración social y de la proyección cultural resultan difíciles de
explicar las actitudes contrarias a seguir construyendo nuestra lengua
común, cuando está normalizado el desarrollo libre de todas las
lenguas y culturas de España.
El estado presente de los planes de estudio de las Filologías
Hispánica, Catalana, Gallega y Vasca, en las universidades españolas
refleja la falta de sensibilidad para la cultura común, con los
consiguientes absurdos de sus formatos. Debería de haber una única
facultad de Filología Hispánica, donde la lengua española y las
literaturas hispánicas apareciesen como comunes, y se diesen las
especialidades de lengua y cultura española, lengua y cultura catalana,
lengua y cultura gallega y lengua y cultura vasca. Y esto debería de
ser así en todas las universidades españolas, con las diferencias
pertinentes a las variedades lingüísticas de los distintos
territorios. Entre otras cosas, porque resulta imposible reconstruir la
historia de las diferencias culturales sin tener presente la tradición
cultural común, en relación a la cual se han desarrollado.
La construcción de una cultura común está necesitada de una
historiografía rigurosa, que nos dé la realidad
histórica de España. Porque tanto la historiografía nacionalista
del periodo franquista, como las historiografías nacionalistas de estos
últimos veinte años, en las comunidades históricas con pretensiones
de ser “nación”, han inventado su historia,
han enfocado su curriculum según su voluntad. Juan Pablo Fusi
es, tal vez, demasiado optimista al pensar que puede haber una
historiografía nacionalista critica. No sólo carecen de sentido histórico
y están condenados a repetir el pasado, quienes persisten en soñar con
las glorias pasadas, sino también los que intentan romper con él,
novelándolo a la medida de sus “proyectos” (sueños) de futuro.
El rigor histórico requerido por la argumentación que libera de
nacionalismos la historiografía, en favor de la cultura común, nos
obliga a desenmascarar las aplicaciones históricas falaces de categorías
que, en realidad, proceden del pensamiento político nacionalista, o que
son meras categorías o símbolos literarios. Tenemos que desmontar la
manipulación de la historia, tanto del pasado como del futuro, con
categorías político ideológicas, o con categorías literario simbólicas.
Un ejemplo paradigmático de ello pueden ser las interpretaciones históricas
basadas en la reducción de España a “Castilla” en contraposición
a “Cataluña”, que, confundiendo nuestra realidad política con el
ideario de algún poeta o de algún partido político, contraponen la
visión política de España, propia del nacionalismo catalán, a la
realidad histórica de España durante la Restauración.
Esta contraposición ahistórica e ideológica, procedente del
nacionalismo catalán del tercer cuarto del siglo XIX, y del
nacionalismo de la Restauración, a través del Regeneracionismo, se
convirtió en categoría literaria y símbolo con la generación del 98,
confundió a la generación del 14, con Ortega a la cabeza, y está
presente en Menéndez Pidal, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Vicens
Vives, etc, hasta en el mismísimo Julio Caro Baroja; se exaspera, sin
duda, en autores progresistas, hasta llegar al delirio en un autor como
Rubert de Ventós.
En este sentido, no necesitamos una tendencia historiográfica hacia el
narrativismo, que ponga excesivo acento en el momento literario de la
metodología histórica, en detrimento de su principal momento científico,
hasta el extremo de verse incapacitada para distinguir entre la realidad
y la ficción histórica. Como tampoco nos ayuda una historiografía
marxista ideologizada hasta el punto de perder toda sensibilidad para la
realidad socio política española y confundir la interpretación de los
datos económicos con categorías teóricas ahistóricas y aberrantes en
nuestro contexto socio político. Se ha criticado la historiografía de
los vencedores, que silencia las razones de los perdedores. Se ha
defendido el momento narrativo de la historia, y se ha dejado a los
perdedores contar sus historias. ¿Resulta, sin embargo, inocuo el
choque de todas estas historias con la realidad histórica?. Necesitamos
una historiografía de dato y documento interpretada a la luz de
nuestras propias categorías histórico políticas.
El rigor histórico nos llevará también a descubrir las
falsificaciones históricas del futuro común que nos une, e. d.,
falsificaciones de nuestro destino europeo y de la modernización. El
tejido social europeo lo están tejiendo en torno al mercado único los
Estados, los viejos y los nuevos, con acuerdos económicos y políticos,
que equilibran en la medida de lo posible los intereses de sus
ciudadanos. Esta es la realidad que va a condicionar, que está
condicionando ya, nuestra cultura. Ni España, ni Europa son dos
entidades neonatas para poder prescindir de su historia, ni ha sido la gauche
caviar quien ha inauguró nuestra aventura europea. La historia de
las relaciones de España con el resto de los Estados europeos es una
historia de amores y desamores larga y dramática, hasta la gran
tragedia de la Guerra Civil. Europa no es un tren al que baste
engancharse y dejarse llevar, Europa no es una tierra de promisión para
países inmigrantes, Europa no es una madre en cuyos brazos dejarse
confiadamente. Europa es un espacio social sobre un mercado único
configurado por Estados, sin duda con la voluntad firme de una Europa
unida, pero entre los cuales el siglo xx ha conocido dos guerras
mundiales, y que abandonaron a su suerte a la España posible de la
Segunda República. Estamos teniendo que tejer nosotros con creatividad
y con esfuerzo, con inteligencia y fuerza, el espacio que nos correspondía
ya por nuestra historia.
Aunque queramos, por tanto, no podemos renunciar a nuestra historia, o a
nuestra cultura, ni cuartearlas sin derivar inexorablemente en
provincianismos, tanto más provincianos cuanto más pretenciosos, sino
seguir revitalizándola y enriqueciéndola, modernizándola, para que
genere el tejido español europeo. Las generaciones presentes tienen el
compromiso histórico de desarrollar el debate, la comunicación, con la
urgencia de la empresa, para reconducir la regionalización de la
cultura hacia una cultura común, que modernice en profundidad la plural
vida española. El rigor histórico e historiográfico, la lengua y la
historia literaria comunes, han de estar a la base de esa comunicación.
De convertir este objetivo en uno de sus puntos críticos, la cultura
filosófica contribuirá de manera específica a la construcción de
nuestra cultura democrática común.
Notas
PRIETO DE PEDRO, J., Cultura,
Culturas y Constitución. Centro de Estudios Constitucionales.
Madrid 1992.
' La antropología filosófica no parece haber discutido el tema de
la identidad cultural [SAN MARTÍN, J., La
situación de la antropología filosófica y la teoría de la
cultura en España, Anthropos
77(1987) I‑XII]. Las últimas publicaciones de Mosterín,
de Carlos París y de Javier San Martín siguen sin atender a este
tema. La antropología cultural tiende a considerar a la identidad
cultural como algo ideológico y a dejarla de lado (Lisón Tolosana,
J. L. García García, etc). Hay quienes estudian este tema como
Juan José Pujadas, A. María Rívas, etc. Y hay quienes desde la
etnografía o desde la Antropología cultural hacen ideología
nacionalista, como Claudi Esteba Fabregat en Estado,
etnicidad y biculturalismo.
PRIETO DE PEDRO, P., Cultura..., p. 184.
) SECO, M. y SALVADOR, G. (Coord.),
La lengua española hoy. Fundación Juan March. Madrid 1995.
La revista I:Avenc ha discutido en el Dossier El fruit
de la dicordia. Sis raons sobre la historia la compatibilidad o
incompatibilidad de la historiografía con la ideología
nacionalista (núm. 175, noviembre 1993), en el que participa un
cuadro representativo de historiadores catalanes: David Martínez
Fiol, Pere Anguera, Angel Duarte, Ricardo García Cárcel, Joaquim
Nadal, Borja de Riquer i Permanyer, Antoni Simon. En otro Dossier
reciente de la misma revista titulado Inventors o descobridors?: els “altres” nacionalismes (núm.
204, junio 1996) se encuentran algunos artículos en torno a la
conocida tesis de Hobsbawn sobre la ideología nacionalista como
inventora de tradiciones, recogida entre otros por Ion Juaristi.
Juan Pablo Fusi tiene valiosos trabajos dedicados al nacionalismo
vasco; pero aquí nos referimos a su artículo Revisionismo
crítico e historia nacionalista. A propósito de un artículo de B.
de Riquer (Historia social,
núm. 7, 1990, pp. 127-134), con el que pretendía dar respuesta
al artículo de Borja de Riquer Sobre
el lugar de los nacionalismos‑regionalismos en la historia
contemporánea española (Historia social, núm. 7, 1990, pp. 105‑126). La revista L'Avenc
dedica un Dossier al tema Nacions
i Nacionalismes A DEBAT (núm. 158, abril 1992), en el que
incluye una conversación entre Jordi Calvet y Juan Pablo Fusi sobre
esta cuestión.

©
Gerardo
Bolado Transición y recepción: La Filosofía Española en el último
tercio del siglo XX. Santander: Sociedad Menéndez Pelayo / Centro
Asociado a la UNED en Cantabria, 2001. Edición digital autorizada para
el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital
se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción
destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.
Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.