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Gerardo Bolado
Transición y recepción: La Filosofía Española
en el último tercio del siglo XX.
CAPÍTULO
4.4
La generación de Filósofos Jóvenes
y el triunfo de la analítica
La generación de filósofos jóvenes, rupturistas con su propio pasado
cultural y filosófico, orientó de manera decidida a la filosofía académica
española hacia corrientes contemporáneas analíticas y dialécticas, postestructuralistas y hermenéuticas. Convencidos de no depender de
ninguna tradición filosófica propia digna de consideración, ni de
ninguna clave historiográfica o hermenéutica para interpretar de
manera adecuada las tendencias del presente, se aplicaron al estudio,
traducción y comentario de autores analíticos anglosajones y dialécticos
alemanes, franceses y centroeuropeos, en orden a normalizar la institución
filosófica en España.
El predominio creciente de la generación de filósofos jóvenes en la
institución filosófica española, coincidiendo con el dominio
socialista en la democracia española, traería consigo el predominio de
la filosofía analítica y de la consiguiente interpretación analítica
de las relaciones entre la filosofía y las ciencias. Ni las críticas
contra la analítica lanzadas por autores irracionalistas
del grupo, como Savater o Rubert de Ventós, ni las discusiones de la
primera mitad de los años setenta entre analíticos y dialécticos,
tanto los marxistas como los buenistas, seguidores de la teoría del
cierre categorial, serán obstáculo a que la lógica y la filosofía de
la ciencia de orientación analítica se vayan consolidando en
universidades, congresos y publicaciones, hasta establecerse las
correspondientes sociedades filosófico científicas.
De hecho, Tierno Galván, y Sacristán situaban la dialéctica en la práctica,
como algo extrínseco a la lógica y a los métodos teóricos de las
ciencias. Lógica y dialéctica no son compatibles desde el punto de
vista teórico. Valeriano Bozal, siguiendo a aquellos, veía la dialéctica
como algo extrínseco a la ciencia, como el método de la praxis empeñada
en hacer compatible la actividad científica con la totalidad concreta,
con la vida humana.
La oposición de Quintanilla
a la concepción analítica de la filosofía, en concreto a la filosofía
de la ciencia positivista, con su propuesta de una teoría materialista
de la ciencia, en línea con la concepción del cierre categorial y con
la visión materialista de la historia, tampoco logró ganar claridad ni
acogida. Por otra parte, el éxito de la Transición democrática en
España, el irse haciendo efectivo mal que bien del Estado de Derecho,
la llegada de la oposición al poder, todo esto corrió paralelo con el
predominio de la socialdemocracia y del libertarismo en la práctica,
con la consiguiente reducción del marxismo y del anarquismo. La
tecnología, la economía, la sociología, la historia y sus ciencias
serán objeto de reflexión por algunos autores procedentes del marxismo
analítico.
Por otra parte, el tiempo mostró que la propuesta de complementariedad
entre razón dialéctica y razón analítica, hecha por Garrido en su
artículo Metafilosofía del
racionalismo, era más bien una fórmula retórica conciliadora, no
tanto una hipótesis de trabajo fructífera. Así mismo, la revisión de
los esfuerzos de algunos lógicos (Baer, Rogowski, Günter, Kosek,
Gauthier) en formalizar la dialéctica hegeliana, por parte de Velarde
Lombraña,
no habían descubierto resultados para hablar con propiedad de lógica
dialéctica. Como tampoco tuvieron repercusión en la discusión otros
estudios de la dialéctica idealista hechos desde la historia de la
filosofía, como Del yo al
nosotros de Ramón Valls, o el estudio de Spinoza por parte de Vidal
Peña.
Javier Muguerza, de las personalidades más carismáticas de este grupo,
adoptó una de las posiciones de salida más determinantes en la discusión
entre analíticos y dialécticos. Análisis es una actividad teórica
que se ha concretado en una serie de métodos lógicos formales e
informales
con un alcance limitado y que dejan las cosas como están; pero no cabe
hablar de razón analítica, sino de métodos analíticos de la razón
en su uso teórico. Dialéctica es la práctica negativa de quien se
opone y critica para cambiar las cosas; pero no cabe hablar de ninguna
razón dialéctica, sino de razón práctica. Ni ninguna información o
teoría puede determinar el uso práctico de la razón sin incurrir en
la falacia naturalista o en alguna suerte de neonaturalismo. Los métodos
de la filosofía teórica son lógicos, analíticos, en ellos no cabe
hablar de dialéctica, ni puede haber ningún método analítico capaz
de asumir la negación dialéctica. Los métodos de la filosofía práctica
tienen que asumir la negación de la oposición y la crítica, en otras
palabras, la dialéctica es cosa de la razón práctica. La razón práctica
tiene autonomía con respecto a la razón teórica.
Las cosas para Muguerza estaban claras de entrada, la dialéctica es
negativa, análisis en sentido estricto es lógica formal, aunque su
alcance sea limitado, y no hay manera teórica ni práctica de
compatibilizar ambos. Lo que verdaderamente le interesaba, era mostrar
la insuficiencia del análisis en el uso práctico de la razón; de
manera especial, se aplica en desenmascarar el carácter falaz y
reductor de la razón instrumental propuesta por Mosterín, para
delimitar la racionalidad de la acción humana como campo específico de
reflexión filosófica, como objeto de la filosofía moral. El proyecto
de razón instrumental comete la falacia naturalista, al pretender que
la razón práctica sea una teoría lógico matemática de la decisión
fundada en la razón teórica, y es reductora al confundir la
racionalidad de medios con la racionalidad de fines o de valores. La razón
instrumental propuesta por Mosterín es una tentación tecnocrática de
la analítica.
Sin esperanza, desde la perplejidad más adelante, Muguerza ha hecho
predominar en la escena filosófica española una filosofía moral, que
parece haber pasado del primado de la acción al primado de la razón práctica,
cuando no a la reducción de la filosofía a moral, y que, desde el
dogma de la falacia naturalista, ha abierto un discurso de racionalidad
específicamente moral, el ámbito propio de los valores decisivos en la
praxis humana, no sólo frente a las ciencias y técnicas naturales,
sino frente a ciencias y técnicas históricas y humanas. Aunque no
pertenezca directamente a nuestra perspectiva, menciono esta filosofía
práctica, a la que me referiré más adelante, porque nos conviene
tener en cuenta tanto su predominio, como el hecho de haber sido
desarrollada por los filósofos morales en el área de “Filosofía del
derecho, moral y política”, al margen del área de los lógicos y filósofos
de la ciencia.
Miguel Ángel Quintanilla terció en la discusión de la racionalidad práctica
con un escrito A favor de la razón
en el que se pone del lado de la razón instrumental de Mosterín y
considera irracionalista y abstracta a toda filosofía práctica que,
desarrollada al margen de la racionalidad tecnológica, entre en
contradicción con su criterio de eficiencia o poder de realización.
Aquí caracteriza los sistemas tecnológicos, siguiendo la ontología de
Mario Bunge, como “un sistema de acciones (generalmente cooperaciones
múltiples) planificadas, algunas de las cuales utilizan artefactos como
instrumentos” y discute el problema de la racionalidad de la acción
concluyendo que un sistema de acciones es racional si puede ser objeto
de un sistema tecnológico. En La utopía racional, M. A. Quintanilla complementa su opción por la
racionalidad tecnológica con la propuesta de compromiso político con
la utopía socialista de un Estado social de Derecho. La racionalidad
tecnológica es un instrumento en manos del poder político, del Estado,
que puede y debe utilizarla en pro de los valores constitucionales que
le legitiman. En este contexto cabe una filosofía práctica ocupada de
la racionalidad de valores
.
Miguel Ángel Quintanilla es uno de los autores decisivos al hablar de la
recepción de lógica y de la filosofía de la ciencia y la tecnología
en estos últimos 25 años, uno de los autores determinantes de su
generación en estos campos. Ha desarrollado su labor tanto mediante la
docencia y la participación en congresos, como a través de sus
publicaciones, que incluyen comentarios de corrientes, manuales, artículos
y traducciones. Su obra y su labor editorial es un buen reflejo del
avance en la recepción de estas materias. Por otra parte, es importante
su labor como director de la revista Arbor, a la que dotó de una línea y de gran nivel, así como su
participación como subdirector en la segunda navegación de Theoria. Por otra parte, su actividad política como senador del
PSOE le ha colocado en importantes cargos, como el de Secretario de
Estado para Universidades, con el consiguiente conocimiento directo
tanto de la institución científica y filosófica española, como de
nuestro sistema de ciencia y tecnología. De aquí también su creciente
interés, mediados los años ochenta, por el sistema español de ciencia
y tecnología y la puesta en marcha, desde el área de Lógica y Filosofía
de la ciencia de la Universidad de Salamanca, junto con Fernando
Broncano entre otros, de un proyecto de filosofía de la tecnología
positiva,
efectivamente ocupado con la determinación de variables que permitan
medir y dinamizar nuestro sistema.
En 1980 publicó Aplicaciones del
algebra de Boole al análisis de teorías y en 1981 su manual Fundamentos
de lógica y teoría de la ciencia, en el que parecen quedar atrás
algunas de sus propuestas de los años setenta. Se observa un
acercamiento al pensamiento de Mario Bunge, con el que pasará a
interesarse también por la filosofía de la tecnología. La ciencia se
entiende en ese manual ante todo como un sistema deductivo, y la lógica,
en cuanto teoría de los sistemas deductivos, viene a ocupar un lugar
esencial en la teoría de la ciencia. De hecho este manual de teoría de
la ciencia, aunque alude brevemente a los presupuestos ontológicos,
epistemológicos y metafilosóficos de la teoría de la ciencia, se
limita a exponer la lógica matemática en cuanto teoría de sistemas
deductivos. Se considera que no hay ningún método específico de la
filosofía, sino que ésta tiene que hacer suyos los rasgos del método
científico: análisis, construcción conceptual (teoría de conjuntos,
etc) y la discusión crítica (provisionalidad, etc). La filosofía debe
dar continuidad a las ciencias y hacerse desde éstas, de manera que sea
adecuada y compatible con ellas. A. Hidalgo recensionó duramente este
manual en El Basilisco.
En escritos posteriores, El concepto
de verdad parcial y Temas y
problemas de la filosofía de la ciencia (I) y (II), ha perfilado su concepción
de la filosofía de la ciencia como análisis y fundamentación de la
estructura de las teorías científicas. Sus presupuestos epistemológicos
serían la crítica, el realismo y el monismo. La lógica formal y la
semántica serían sus métodos de análisis. La fundamentación se
refiere a la evaluación de teorías, en la que entran en juego también
los aspectos pragmáticos. En este punto se entiende que explicar es
deducir, que el problema de la verdad es el problema de los método
correctos de evaluación, que el problema del aumento del conocimiento
se aborda comparando teorías en relación a determinados tipos de
problemas y abandonando la idea platónica de un conjunto de enunciados
verdaderos, por la de un conjunto borroso de enunciados.
Quintanilla ha sido partidario de que la teoría de la ciencia no pierda
su tensión filosófica ni el contacto directo con las ciencias, de aquí
su tendencia interdisciplinar, que convierte los congresos de teoría de
la ciencia en foros de encuentro y diálogo entre científicos y filósofos,
no en reuniones endogámicas de especialistas en filosofía de la
ciencia que han acotado un campo y han perdido su contacto con las teorías
científicas y sus creadores y exponentes; idea esta compartida por
Gustavo Bueno, Sánchez Mazas, Mosterín, entre otros. En esa línea ha
organizado algunos congresos desde su departamento en la Universidad de
Salamanca.
En el debate entre cultura humanística y cultura científica, este catedrático
de Salamanca ha insistido en el valor cultural de la ciencia y de la
tecnología en sociedades como las nuestras, dominadas por la
racionalidad tecnológica. La normalización de la vida ciudadana exige
que la educación incorpore la cultura científico técnica. No se puede
pretender humanizar la cultura desde posiciones historicistas, sean
hermenéuticas o filológico historiográficas, sino en una confrontación
de los valores humanos con las exigencias de la racionalidad tecnológica.
La mediación de la cultura científico técnica es una exigencia para
cualquier humanismo contemporáneo, y, en este sentido, hay que tomar en
consideración la orientación cientista llamada tercera cultura, que
tiene en Sánchez Ron a uno de sus exponentes más destacados entre
nosotros.
Además de sus abundantes trabajos de estudio y medición con el grupo
EPOC, dedicados al sistema español de ciencia y tecnología, ha
planteado una filosofía de la tecnología en distintos escritos, siendo
su obra más sistemática Tecnología.
Un enfoque filosófico, donde expone una ontología,
una epistemología y una axiología de la técnica. Entiende por
tecnología un sistema intencional de acciones orientado a la
transformación de objetos concretos para conseguir de forma eficiente
un resultado valioso. En este autor se pone de manifiesto el
desplazamiento del interés en muchos lógicos y filósofos de la
ciencia hacia la filosofía de la tecnología desde mediados de los
ochenta, La filosofía de la tecnología ha ido ganando un número
considerable de especialistas entre autores más jóvenes
.
Jesús Mosterín es otro de los autores decisivos para reconstruir el
avance de la concepción analítica de las relaciones entre la filosofía
y las ciencias entre nosotros. Este profesor enseñó lógica matemática
desde la segunda mitad de los sesenta en la universidad de Barcelona, y
fue colaborador asiduo de Teorema. Caracteriza a este autor el rigor y
la claridad expositiva en temas de gran aridez y dificultad. Resultado
de su aprendizaje con Hans Hermes en Münster, y de su propia docencia
universitaria, es su manual de Lógica
de primer orden(1970), que abre la serie de manuales españoles de
los años setenta, y en el que se expone el cálculo de Kalish y
Montague (1964), y una versión rigurosa de la semántica tarskiana de
los formalismos de primer orden. Una considerable influencia tuvo también
su estudio de la Teoría axiomática
de conjuntos (1971).
La lógica matemática es una ciencia independiente, piensa Mosterín, con
un cuerpo de conocimientos consolidados y en continuo incremento. Aunque
dispone de lenguaje matemático, los lógicos que la han desarrollado y
desarrollan proceden tanto del campo de la matemática como de la
filosofía. Considera, además, que la lógica y la teoría de conjuntos
son los instrumentos de análisis básicos en la metodología de la
filosofía de la ciencia y en la filosofía del lenguaje.
Resultado de una recopilación de sus artículos de los años setenta y
principios de los ochenta es su texto de filosofía de la ciencia Conceptos
y teorías en la ciencia (1984), en el que estudia la estructura de
los conceptos científicos, la taxonomía formal, la estructura de las
teorías matemáticas y físicas, el método axiomático, el concepto de
modelo, algunos problemas en torno al concepto de función, etc. Esta
obra introduce en temas arduos y difíciles como la definición, la
clasificación, la teorización, la noción de modelo, etc, con un
claridad y un rigor notables. En el prólogo de esta obra cree que no ha
llegado el momento de sintetizar los trabajos de los años setenta,
desarrollados para superar la crisis causada, en la concepción
heredada, por los estudios de Hanson Toulmin, Kuhn, etc. Todavía a
finales de los años ochenta consideraba que, a diferencia de lógica,
que estaba bien establecida como ciencia matemática, la filosofía de
la ciencia seguía dando tumbos y demasiado alejada de la ciencia.
Su teoría analítica de la racionalidad en Racionalidad y Acción humana(1978) es una propuesta tecnocrática
ciega ante los objetivos jurídico políticos de justicia, para no
hablar de las exigencias morales. Los juicios morales, según Mosterín,
son expresión de emociones. El concibe la racionalidad como una
capacidad caracterizada por ser lingüística, lógica, evaluadora y
optimizadora. Considera como primaria y determinante a la racionalidad
teórica, que tiene como condiciones formales la coherencia, la clausura
(aceptación de todas las consecuencias) y probabilidad (compatible con
la teoría de la probabilidad), y como condiciones materiales el
adecuarse a las observaciones sensibles y a las teorías científicas
establecidas. En lo referente a la racionalidad práctica, determinada
por la teórica, debe cumplir las condiciones formales siguientes: la
programación lineal en las decisiones bajo condiciones de certeza, la
regla de Bayes (maximiza tu utilidad esperada, utilidad esperada es el
sumatorio de la función de utilidad de las consecuencias posibles u(c)
por su probabilidad p(c)) en las decisiones bajo condiciones de riesgo;
emplea las reglas disponibles p. e. MAXIMIN (minimiza el máximo
riesgo), o MAXIMAX (maximiza la máxima utilidad). Dado que el sujeto no
siempre sabe lo que quiere, hay que aceptar condiciones materiales de la
racionalidad práctica, que serán condiciones biológicas, determinadas
por la biología, como el placer y el dolor, o la autosatisfacción. Si
generalizamos a toda la vida (individual o social) generalizamos la
estrategia de maximización de la felicidad a lo largo de toda nuestra
vida.
A partir de los años ochenta Mosterín se ha venido ocupando de manera
versátil en otros proyectos como la Historia
de la filosofía (El
pensamiento arcaico, La
filosofía oriental antigua,
La filosofía griega prearistotélica, Aristóteles,
El pensamiento clásico tardío),
una por fuerza excéntrica Teoría
de la escritura (1993). y una Filosofía
de la cultura (1993), que define la cultura por analogía con la genética
y en sentido amplio (aplicable a animales, homínidos y hombres) como
información transmitida por aprendizaje social. Si la naturaleza es lo
vital y problemático, la tecnocultura es la solución y la vía hacia
una cultura universal tolerante con las diferencias. Se interpreta la
cultura, en analogía con la información genética, como un mundo autónomo
de información (menes), que ha de responder y adecuarse a las
exigencias de la naturaleza. La racionalidad científico técnica, que
juega un papel decisivo en la (tecno)cultura, se impondrá, como una
extensión, en la medida en que los individuos la hagamos nuestra. En
este biologismo reduccionista no se diferencia cualitativamente lo histórico
social, ni lo jurídico político, menos aún lo moral, como propios de
la cultura humana. Desde el año 1999 Mosterín ha puesto en marcha y
dirige una escuela de filosofía de la ciencia en la Universidad
Internacional Menéndez Pelayo, que ofrece un curso de verano de una
semana de duración.
El matemático, filósofo de la matemática, catedrático de lógica y
filosofía de la ciencia en la Universidad de Valladolid, Javier de
Lorenzo ha colaborado asiduamente en congresos, publicaciones y grupos
con la comunidad de lógicos y filósofos de la ciencia. Tanto estas
colaboraciones, como sus obras dedicadas a teoría de conjuntos, teoría
de modelos, o a otros temas de lógica y fundamentos de las matemáticas
han jugado un papel digno de mención en esta historia.
Por su vinculación al desarrollo de la filosofía de la ciencia en España,
voy a referirme también al autor venezolano Ulises Moulines, que estudió
en Barcelona, aunque pronto pasó a desarrollar su carrera académica en
Munich. En consonancia con su programa estructuralista de filosofía de
la ciencia, considera que esta filosofía es una actividad de segundo
orden, una metateoría que tiene como objeto a las teorías científicas;
por ello, no ha de ser confundida con la psicología o la sociología de
la ciencia, que se encargan de los científicos o de las instituciones
científicas y los valores que las presiden.
La filosofía de la ciencia es una ciencia de la cultura que busca
analizar las teorías científicas para reconstruir con precisión su
estructura propia. Para ello se vale de la lógica formal, pero también
de la teoría de conjuntos y de la teoría de modelos. Dos serían las
tareas del análisis o interpretación de la filosofía de la ciencia:
por un lado, reconstruir rigurosamente las estructuras de las teorías
científicas, y, por otro, definir el marco suficiente para reconstruir
las relaciones entre las distintas teorías científicas. La ciencia es
una red de teorías científicas, el filósofo de la ciencia no sólo
tiene que reconstruir las estructuras de las distintas ciencias, sino
reconstruir los holones o
familias de teorías en base a las relaciones que hay entre ellas. El
programa propuesto por este autor, tan claro y atractivo,
han tenido una difusión considerable entre nosotros.
A finales de los años setenta, según E. Bustos,
había tres núcleos donde la concepción analítica estaba establecida,
y donde se aplicaban, a la filosofía de la ciencia y a la filosofía
del lenguaje, los métodos de la lógica de primer orden, semánticos y
teoría de conjuntos, además de métodos de análisis del lenguaje
ordinario: la Universidad de Valencia, Universidad de Barcelona y
Universidad Autónoma de Madrid. En Valencia, en torno a Garrido, que
con R. Beneyto enseñaba métodos lógicos, se enseñaba filosofía del
lenguaje (García Suárez, L. Valdés) y filosofía de la ciencia (J.
Sanmartín). En filosofía del lenguaje se utilizaba el segundo
Wittgenstein, sobre el que García Suárez publicó La
lógica de la experiencia. Wittgenstein y el problema del lenguaje
privado (1976), así como el análisis pragmático de J. L. Austin y
J. Searle. En Barcelona los discípulos de Mosterín imponían en
filosofía de la ciencia una línea de análisis basada en la lógica y
en teoría de conjuntos, mientras la filosofía del lenguaje era
desarrollada principalmente por D. Quesada, conocedor de la obra de
Montague y autor de un libro pionero La
lingüística generativa transformacional: supuestos e implicaciones
(1974), y por el divulgador de la obra de Hintikka J. J. Acero. En
filosofía de la ciencia hay que destacar al ya mencionado U. Moulines
quien ganará seguidores del estructuralismo en la Universidad de
Barcelona, de Santiago de Compostela y del País Vasco. En la
Universidad Autónoma de Madrid Alfredo Deaño, prematuramente muerto en
estos años, con influyentes obras Introducción
a la lógica formal, El resto
no es silencio, Filosofías de
la lógica. Pero no hay que olvidar la labor de M. A. Quintanilla en
Salamanca, a la que me he referido con anterioridad.
En los años ochenta, como supo ver desde el año 82 Alberto Hidalgo, se
asistió a un avance en la institucionalización de la filosofía de la
ciencia, por las cátedras de filosofía de la ciencia, por el aumento
del número de cultivadores de este campo, por la publicación de obras
generales de esta especialidad, responsabilidad de autores españoles.
Se van creando facultades de filosofía y se forman grupos de profesores
e investigadores: U. Complutense de Madrid (J. Hierro Sánchez Pescador,
M. Garrido), Granada (J. J. Acero), Santiago de Compostela (R. Beneyto),
Málaga (P. Martínez Freire), Salamanca (M. A. Quintanilla, Muñoz
Delgado, Pérez Laborda), La Laguna (J. Chamorro), Oviedo (Gustavo
Bueno, Velarde Lombraña, A. Hidalgo; más adelante, García Suárez),
Universidad del País Vasco en San Sebastián (Sánchez Mazas en lógica,
V. Sánchez Zavala en Filosofía del Lenguaje, J. Echeverría en Filosofía
de la Ciencia, Víctor Gómez-Pín). El área de Lógica y Filosofía de
la Ciencia tenderá a afianzarse como departamento en las facultades de
filosofía tras la LRU y ganará un amplio número de estudiantes, que
se incorporarán a los grupos de investigación y a la docencia en estas
materias.
En los años ochenta aparecen también los primeros tratados generales de
filosofía del lenguaje. Fruto de diez años en la docencia de la
filosofía del lenguaje en la Autónoma, primero, en la Complutense de
Madrid después, José Hierro S. Pescador publicaba en 1980 su visión
general y sistemática de esta materia en dos volúmenes con el título Principios
de Filosofía del lenguaje. Teoría de los signos, Teoría de la gramática,
Epistemología del lenguaje. La constitución de la lingüística,
la nueva conciencia lingüística de la filosofía, entre otras razones,
motivarían el interés de la filosofía por el lenguaje. En esa obra,
Hierro intenta sintetizar, sin descuidar cuestiones metodológicas, las
aportaciones de las distintas ciencias del lenguaje, como la Lingüística,
la Lógica, la Semiótica, y
la Sociolingüística. En el segundo volumen estudia la cuestión del
significado en distintos autores desde Frege hasta Quine. Por otra
parte, J. J. Acero, Daniel Quesada y E. Bustos publicaron en 1985 un
influyente tratado sistemático de temas y problemas de filosofía del
lenguaje, sin eludir su relación a la lingüística, con el título Introducción
a la filosofía del lenguaje. José Lluis Blasco y Francisco Vera
publicaron una Filosofía de lenguaje: bachillerato lingüístico en 1988.
El profesor de la Pontificia de Salamanca, Vicente Muñiz, publicó
por estos años en Anthropos su Introducción
a la filosofía del lenguaje. En 1987 E. Bustos publicó en la UNED Filosofía
contemporánea del lenguaje, I, (Semántica filosófica), y una Introducción
histórica a la filosofía del lenguaje; su Filosofía
contemporánea del lenguaje, II, (Pragmática) (1992). En Abril de
1995 se estableció la Sociedad Española de Filosofía Analítica
(SEFA) presidida por Carlos Moya (U. Valencia) y con J. J. Acero como
Vicepresidente.
Alfonso García Suárez publicó en Tecnos su Modos
de significar: una introducción temática a la filosofía del lenguaje(1997).
En 1984 ganaba José Sanmartín la primera cátedra de Filosofía de la
ciencia abierta en España, la de la Universidad de Valencia. El había
estudiado lógica con Garrido en Valencia, donde presentó su trabajo de
licenciatura dedicado a The
Consistency of the Continuum Hypothesis de Kurt Gödel. Amplió
estudios en Erlangen, con los constructivistas Lorenzen y Thiel,
investigando la posibilidad de una aproximación constructuvista al método
del forcing de Cohen, de donde
resultaría su obra Una introducción
constructiva a la teoría de modelos (1978).
Sin embargo, desde su interés por la filosofía de la biología (Gould,
Lewontin) desarrolló un enfoque distinto de la filosofía de la
ciencia, que no se limita al análisis sea axiomático o sea estructural
de las teorías, ni tampoco al estudio psicológico o sociológico de la
evolución de las teorías, sino que hace centro de atención las
cuestiones éticas y los problemas sociales que lleva consigo el sistema
de ciencia y tecnología en el que se inscribe la práctica científica.
Desde una concepción espistemológica que ve las teorías como mera
representación lingüística del sistema efectivo de ciencia y tecnología,
plantea una filosofía crítica de la ciencia que considera su entramado
económico político y critica sus consecuencias éticas y sociales.
Esta teoría crítica no es ideológica, no se hace desde ninguna teoría
o doctrina filosófica, sino científica, es decir en base a métodos y
teorías científicas. La filosofía crítica de la biología es uno de
los centros de interés de este autor.
Si en su obra Filosofía de la
Ciencia (1983) distingue la concepción dinámica de la ciencia
(Popper, Lakatos, Kuhn, Toulmin, Feyerabend) que pretende descubrir las
reglas que sigue el cambio científico, de la concepción estática
(Carnap, Suppes, Sneed) que busca clarificar las aserciones empíricas y
las relaciones lógicas entre las teorías; en su artículo Un
panorama crítico de las principales concepciones actuales de la filosofía
de la psicología (1984) llega a ordenar dichas filosofías en base
a tres coordenadas normativismo-reconstruccionismo,
sintactismo-semanticismo, convencionalismo-referencialismo. Así, por
ejemplo, un Carnap plantearía de manera reconstruccionista y
sintactista, y más tarde también semanticista, mientras el
estructuralismo sería reconstruccionista y semanticista extensional.
Esta filosofía de la ciencia es ante todo crítica, que atiende a las
implicaciones tecnológicas y a las consecuencias sociales de las
ciencias, y entiende que las teorías son representación lingüística
de la práctica científico técnica; por eso, podemos decir que es a la
vez filosofía de la ciencia y de la tecnología, y ante todo de la
tecnología. Esta concepción crítica de la Filosofía de la ciencia,
defendida por J. Sanmartín y Manuel Medina, que evoluciona a finales de
los ochenta hacia la filosofía de la tecnología, ha sido atendida por
una serie de autores de distintas universidades, agrupados en el
Instituto de Investigaciones sobre Ciencia y Tecnología (INVESCIT),
que, sin embargo, no siguió adelante.
La obra de Manuel Medina De la
Techne a la Tecnología (1985) puede ser considerada como un intento
de justificar históricamente la argumentación epistemológica que
pretende convertir la filosofía de la ciencia ante todo en una filosofía
de la tecnología. En la obra editada en Anthropos por Medina y Sanmartín
Ciencia, Tecnología y Sociedad
(1990), se recogen trabajos representativos de este enfoque, algunos de
ellos por autores más jóvenes del grupo del 55, que trabajan en esta línea,
J. L. Luján, E. Aibar, Gómez Ferri, M. M. Peña, algunos de los cuales
muestran también interés por la filosofía crítica de la biología.
La historia de las ciencias, nucleada con el predominio tradicional de la
historia de la medicina, se ha institucionalizado en nuestras
universidades con independencia de la filosofía de la ciencia (en 1998 había 64 profesores universitarios del área de
“Historia de la Ciencia”, de los cuales 16 eran catedráticos)..
Tienen sus propias asociaciones,
entre las que mencionaría la Sociedad Española de Historia de las
Ciencias y de las Técnicas (1974), con sus congresos, y su propia
publicación en la revista LLull.
En general, estos autores desconfían de la historia de la ciencia
anglosajona, procedente de la filosofía y/o de la sociología de la
ciencia, en manera especial de aquella, por su tendencia a utlizar
esquemas simplificadores.
Interpretan de manera positivista la historia de la ciencia integrada en
la historia general como una de sus partes, precisamente aquella que se
ocupa de reconstruir rigurosamente los hechos del conocimiento científico
técnico, sin tomar en consideración definiciones filosóficas de lo
que sea la ciencia ni de su sentido histórico. La organización en
Zaragoza del XIX Congreso Internacional de Historia de la Ciencia, en
1993, representó un gran éxito.
En los grupos de historiadores de la filosofía española predomina el
hispanismo filosófico que, más que investigar la filosofía que se
hace en España, intenta reconstruir la filosofía española dispersa en
la literatura y el ensayo, teniendo presente el momento jurídico político;
es decir, que se inclina del lado de lo nacional, cultural y literario,
dejando al margen lo científico técnico. Esta orientación se inclina
por ello al irracionalismo. Diego Nuñez, con su trabajo en el
positivismo y el evolucionismo en España, representa una excepción.
Por otra parte, son pocos los autores españoles que procedentes de la
filosofía de la ciencia se han aplicado a la historia de la ciencia. En
general fue el giro sociologista producido en aquella por la obra de
Toulmin, Hanson, Lakatos, y, en especial, de Khun, lo que llevó a una
apertura de los teóricos de la ciencia a las consideraciones histórico
sociales, en especial a la sociología de la ciencia. Hay que mencionar
al grupo de la Autónoma de Madrid con Carlos Solis, Javier Ordóñez,
Alberto Elena a la cabeza que publicaron desde Abril del 87, y por
algunos años, Silva Clius.
Revista de Historia de la Ciencia, que se proponía aparecer tres
veces al año. Esta revista, que nació del interés de estos autores
por la historia de la ciencia y sin apoyo institucional, ya en el tercer
número quiso convertirse en un medio de publicación para los
historiadores de la ciencia, en especial españoles.
Carlos Solís, actualmente profesor de la UNED; es autor de Razones
e intereses. La historia de la ciencia después de Kuhn(1993), una
obra sensible a la consideración histórico social de la ciencia y que
se hace eco del tope de la tendencia racionalismo versus sociologismo en
nuestra filosofía de la ciencia a comienzos de los noventa. No se puede
hacer historia de la ciencia sin tener idea de lo que ésta sea, sin
suponer una filosofía de la ciencia; y no se puede clarificar lo que
sea la ciencia sin considerar, además de sus teorías, argumentos y lógicas,
los intereses e instituciones que la practican, y que no son meramente
externos a ella. De hecho comenta los autores tópicos de la concepción
heredada y del giro historicista, y presenta trabajos representativos de
las tendencias en la investigación histórica, para que el lector
cuestione y se decida por razones
y/o intereses al ocuparse con la historia de la ciencia y su
correspondiente filosofía.
Algunos autores influyentes, críticos
con la carencia de una concepción coherente y afianzada de esta
materia, piensan que la “lógica y metodología de las ciencias”,
por un lado, y la “sociología de la ciencia y la filosofía de la
tecnología”, por el otro, ofrecen perspectivas complementarias,
considerando decisiva la tendencia a especialización en filosofías de
las ciencias particulares. Estos autores tienden a entender la filosofía
de las ciencias como una ciencia de las ciencias y no excluyen la
intervención filosófica en el conocimiento científico.
A comienzos de los años noventa se ha reconsiderado la filosofía de la
ciencia del Círculo de Viena en distintos encuentros y publicaciones.
La recepción española
de esta corriente en los años sesenta, tal vez por tardía y en
momentos de su decadencia, parece haber atendido más a sus críticos
que a sus creadores. Y no parece que vaya a correr mejor suerte en el
futuro, si hacemos caso de Javier Echeverría, quien considera parte de
la historia a las posiciones teóricas del Neopositivismo lógico.
Precisamente este autor propuso mediados los años noventa en su Filosofía
de la Ciencia (1995),
convertir la filosofía de la ciencia ante todo en una axiología de la
práctica científica real, tal y como se desarrolla en los sistemas de
ciencia y tecnología de las sociedades capitalistas, teniendo presente
el impacto social y tecnológico de esa práctica. La ciencia sería
ante todo una práctica transformadora del mundo. Sensible a los
argumentos histórico sociológicos de Kuhn y la sociología de la
ciencia posterior, propone dejar las teorías científicas en un segundo
plano, y centrarse en la tematización del núcleo de valores que da
racionalidad a la práctica científica real, sus actitudes y criterios.
Abandona así la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto
de justificación, y pasa a estudiar el núcleo axiológico en los
cuatro contextos, interactivos, en los que el sentido común encuentra
inmersa la actividad científica: el educativo, el innovativo o de
descubrimiento, el de aplicación y el de evaluación (justificación).
Las leyes científicas son consideradas como normas de la práctica
científica real, no como elementos de las teorías. Esta filosofía de
la ciencia no pretende decir nada sobre las teorías científicas, ni
sobre sus métodos, sino sobre el núcleo de valores que de hecho está
ordenando la práctica científica o, si es el caso, la que debería
ordenar esa práctica (e. d. puede ser normativa).
Este planteamiento, que viene a centrarse en la racionalidad de fines o
valores, desatendida por la razón analítica, instrumental y tecnocrática,
no analiza ni precisa de manera suficiente lo que hemos de entender por
núcleo de valores, término al que auguro sorpresas, ni el método de
esa axiología, que ha de trabajar conjuntamente con la historia y la
sociología de la ciencia, así como con la filosofía de la tecnología.
Además, esta filosofía de los valores de la práctica científica
tiene ante sí problemas de subjetivismo y relativismo. Por otra parte,
no parece muy conveniente a una filosofía tanta distancia de los
conocimientos y métodos científicos, menos aún a la filosofía de la
ciencia. Javier Echeverría sometió a discusión esta propuesta en la
revista Isegoría La filosofía de
la ciencia como filosofía práctica
e intentó animarla desde el Instituto de Filosofía del CSIC, mediante
el desarrollo de un proyecto de trabajo, en el que participarían
distintas universidades; sin embargo, estos planteamientos no parecen
haber registrado mayores avances.
En los enfoques sociohistóricos
y axiológicos de la Filosofía de la Ciencia, la lógica como
instrumento de análisis filosófico ha perdido su protagonismo en las
discusiones de los filósofos de la ciencia, mientras, por el contrario,
la historia de la ciencia y su sociología han pasado a un primerísimo
plano. Hasta el punto de que, por los años 92-3, algunos filósofos de
la ciencia de esta orientación
pensaron en romper este área de conocimiento en “Lógica y Filosofía
del lenguaje”, por un lado, y en “Filosofía de la Ciencia y de la
Tecnología”, por el otro, de manera que quedasen unidos los estudios
de Filosofía e Historia de la Ciencia, y los de lógica y filosofía
del lenguaje, pasando a considerarse la ciencia como parte integrante de
los sistemas tecnológícos. En los estudios de filosofía entre
nosotros ha cristalizado la filosofía de la lógica como una materia
perteneciente a este área.
La lógica se ha establecido como un campo autónomo y en expansión de
investigaciones, con métodos matemáticos y objetos diversos, en el que
investigan matemáticos y filósofos, aunque su docencia ha quedado en
manos de éstos. Velarde Lombraña
ha visto en esto último un factor de estancamiento de la lógica entre
nosotros, por considerar que un auténtico desarrollo se consigue con su
aplicación a la fundamentación de las matemáticas, habiendo sido
matemáticos quienes la han creado y desarrollado, como también quienes
la introdujeron en España. Y, sin embargo, no son muchos los matemáticos
que se interesan por la lógica, que, por otra parte, se ha mostrado
como un instrumento de análisis y construcción imprescindible en
filosofía de las ciencias, en filosofía del lenguaje, en deontología
y derecho, en inteligencia artificial,
incluso en intentos de replantear lógica filosófica en sentido
especulativo. En las universidades españolas no sólo se imparte la lógica
con una enseñanza de gran calidad, como lo muestra la nómina de
docentes y los manuales disponibles, no meramente traducidos sino de
producción propia, sino que hay autores y grupos con aportaciones
originales y potencialmente comercializables.
Velarde Lombraña, docente en Oviedo, es uno de los autores omnipresentes
en la lógica y la teoría del conocimiento de este periodo. A comienzos
de los años ochenta Velarde publicaba su Lógica
formal. Tratado de Lógica (1982), con una presentación de Gustavo
Bueno. A esto se añade su gran labor como historiador de la lógica Vida y obra de Juan Caramuel (1988), Historia de la Lógica (1989), campo en el que destaca de manera
especial. No se ha prestado suficiente atención a su obra de filosofía
de la lógica Gnoseología de los
sistemas difusos (1991) , ni a su teoría del conocimiento Conocimiento y Verdad (1993).
Una presentación de la lógica elemental, con su aplicación a la filosofía
del lenguaje, la encontramos en el libro de Daniel Quesada La Lógica y su filosofía (1985). Las Nociones de Lógica de Javier de Lorenzo incorpora en su presentación
de lógica a las lógicas no clásicas, aunque se limite, en la segunda
parte, a desarrollar el sistema formal lógico de orden cero o cuaterna.
Las Lliçons de lògica matemática
de Josep Pla i Carrera, que expone el cálculo proposicional, el cálculo
de predicados y la teoría de modelos, por una parte, y la Teoría de
conjuntos, por otra, es un buen instrumento de filosofía analítica. Una introducción a la lógica modal, de Ramón Jansana, expone la
teoría de la completitud, la teoría de la correspondencia y la teoría
de la dualidad. Lorenzo Peña con el interés filosófico especulativo,
que ya mostró en sus Fundamentos
de ontología dialéctica (1987), hace una presentación de la lógica
en el sentido amplio que impone su aceptación de las lógicas no clásicas
en Introducción a las lógicas no
clásicas. Newton C. A. da Costa ha sugerido en un breve estudio
de la obra de Lorenzo Peña, que este autor no está teniendo la atención
que merece su planteamiento lógico filosófico. Mencionaré también la
obra de María Manzano Teoría de
Modelos (1989), prologada por Mosterín, y los trabajos de José M.
Méndez sobre la lógica de la relevancia.
Entre nosotros hay un grupo muy amplio de investigadores en lógica
borrosa, que se han agrupado en la Asociación
española de tecnologías y Lógica Fuzzy, la rama española de la
IFSA (International Fuzzy Systems Association). Según algunos cálculos
la producción española en este campo ocupa el sexto lugar, tras Japón,
USA, Francia, Alemania y China.
Destacaría la Introducción a la
lógica borrosa (1995) de Trillas E., Alsina C., Terricabras J. M.,
que introduce al lector en distintos ámbitos teóricos de esa lógica,
dando continuidad a la línea iniciada por Enric Trillas en Conjuntos
borrosos (1980). Estas investigaciones parecen tener prometedoras
aplicaciones en IA.
Estos desarrollos de la lógica en relación a la Filosofía de la
Ciencia, Filosofía del Lenguaje, al Derecho y las Normas, y a la
Inteligencia Artificial se pusieron de manifiesto en el primer Congreso
y fundacional de la Sociedad de Lógica, Metodología y Filosofía de la
Ciencia en España, que tuvo lugar en la Universidad Complutense de
Madrid en Diciembre de 1993. En los distintos simposios de este Congreso
se expusieron trabajos centrados en filosofías particulares de las
ciencias: filosofía de las matemáticas, filosofía de las ciencias
sociales, filosofía de la economía, filosofía de la psicología.
Algunas de estas filosofías de la ciencia particulares están teniendo
desarrollos considerables, como la filosofía de la psicología en
relación a las ciencias cognitivas, y la filosofía de la economía (A.
Barceló, A. Aznar, S. Barberá, J. Masó).
Algunos autores marxistas que incorporaron métodos analíticos y se
interesan por las ciencias sociales, Félix Ovejero entre otros, han
publicado artículos de crítica de la economía política y participado
en distintas reuniones, como las Jornadas de Economía Crítica, que
tuvieron lugar en Madrid el año 87, o la discusión sobre filosofía de
la economía, celebrada en el Instituto de Filosofía del CSIC en 1990,
coordinada por Fernando Quesada y Antoni Domenech.
En la producción española dedicada a la lógica y la filosofía de la
ciencia siguen predominando las traducciones, los comentarios y las
exposiciones de autores y corrientes anglosajonas. Un sucursalismo que
en ocasiones se hace manifiesto, y que no logran paliar ni la
publicaciones de autores españoles en inglés o en alemán, ni las
escasas recopilaciones de artículos de autores españoles publicadas en
inglés. Los desarrollos propios, que se apartan de los comentarios a
autores anglosajones aceptados en los circuitos expuestos aquí, suelen
quedar al margen, aislados. Los artículos en estos campos tienen entrada en
todas las revistas de filosofía, pero hay revistas especializadas como Teorema,
Theoria, El Basilisco, Arbor, Contextos, Endoxa,
Ágora, y Argumentos de Razón Técnica, principalmente;
además las asociaciones de que hemos hablado tienen boletines, actas de
congresos, y tienden a crear su propio órgano de publicación.
Notas
Resulta
de utilidad en la perspectiva de este trabajo mantener la distinción
entre racionalistas e irracionalistas que propuse en mi trabajo “Filosofía
tradicional y tradiciones filosóficas en España”,(En
El reto europeo: identidades culturales en el cambio de siglo,
J. L. Abellán), Trotta, Madrid, 1994. pp.218-34.
Valeriano
Bozal, “La
problematicidad de la dialéctica”, Teorema, núm. 1
(1971). EL número uno de la revista Teorema se dedicó a
esta discusión entre analítica y dialéctica. Ver “Dialéctica
y ciencias sociales”, (En Filosofía
y ciencia en el pensamiento español contemporáneo(1960-1970),
Tecnos, Madrid, 1973.
“Formalismo y epistemología en la obra de Karl R.
Popper,” Teorema, núm. 4 (1971): 77-83. En Idealismo
y Filosofía de la Ciencia. Introducción a la Epistemología de
Karl R. Popper, Tecnos, Madrid, 1972 - que tiene un
significativo prólogo de Gustavo Bueno- Quintanilla rechaza la
epistemología de Popper, a la que considera positivista (por
formalista, individualista y abstracta), porque no es capaz de
explicar el problema que ella misma considera fundamental: el
aumento del conocimiento. Se muestra partidario de la teoría del
cierre categorial. Propone la dialéctica como un programa de
investigación ordenado a resolver el problema del aumento del
conocimiento. En “Notas
para una teoría postanalítica de la ciencia”, Revista
de Occidente, núm. 138 (1974) - número que está dedicado a
esta discusión y dirigido por Alfredo Deaño - Quintanilla reconoce
un núcleo de ideas filosóficas en torno a las cuales se da el
cierre categorial de las ciencias, y en relación a la dialéctica,
concluye:” Si la metodología dialéctica puede presentarse como
una forma de entender la racionalidad de la acción (incluyendo no
solo la esfera de los medios -praxiología- sino también la de los
objetivos), entonces es posible que la dialéctica colabore de forma
eficaz a la comprensión sobre todo del objetivo de la ciencia, el
aumento del conocimiento, y a desvelar el sentido (posiblemente
relativo, histórico) de la objetividad del mismo” (p.277). En Ideología
y Ciencia,- que reúne resultados de su artículo anterior, de
su trabajo dedicado al término Analítica
y a Ciencia en el Diccionario de Filosofía Contemporánea (Ed. Sígueme,
Salamanca, 1976), coordinado por el mismo, y de su ponencia en La
Semana de Filosofía Contemporánea organizada en La Laguna en Enero
de 1976, de su “Sobre el
concepto marxista de Ideología”, (Sistema, Octubre
1974)- vuelve a oponerse a la analítica desde la propuesta de una
teoría materialista de la ciencia, con apelación a la teoría del
cierre categorial, y a las bondades de la dialéctica para explicar
el aumento del conocimiento. No se avanza en claridad.
Velarde Lombraña, “Lógica
y Dialéctica”, Teorema, núm. 2 (1974); “La
Lógica dialéctica” (1), núm. 2 (1977).
Tres
fronteras de la ciencia.
Simposio de Burgos, Tecnos, Madrid, 1970. pag.161; Esplendor y miseria del análisis filosófico,
Alianza, Madrid, 1974, vol. I, p. 15-138.
A
favor de la razón,
Taurus, Madrid, 1981. Es también una recomposición de conferencias
y artículos. Yo me he referido al capítulo VII “El
problema de la racionalidad tecnológica”, que dice ser
resultado de una conversación tenida con Bunge y Seni. La
polémica del materialismo, Javier Esquivel (rec.), Madrid,
Tecnos , 1982, contiene de Quintanilla “La
crítica del materialismo”.
La
utopía racional,
escrita en colaboración con Vargas Machuca, Espasa Calpe, Madrid,
1989, fue premio ex aequo Espasa-Mañana de Ensayo 1989. La cita está
traída del cap. IX, p.170, y es responsabilidad de Quintanilla.
Maltrás,
Bruno; Quintanilla, Miguel Ángel Coaut. Producción
científica española 1981‑89 (SCI CD‑ROM) Informe EPOC, Universidad de Salamanca Madrid, CSIC, 1992.
Quintanilla, Miguel Ángel (coord.), Evaluación
parlamentaria de las opciones científicas y tecnológicas.
Seminario Internacional Madrid, Centro de Estudios
Constitucionales, 1989. Quintanilla, Miguel Ángel(comp.), Seminario
de teoría de la ciencia .(1978‑1979),
Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1982.
Maltrás, Bruno; Quintanilla, Miguel Ángel, Indicadores
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Solana, L.,Nadal, J., Quintanilla M. A., “Progreso y nuevas tecnologías”, Cuadernos de Alzate, núm.
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consiste la comprensión científica de los fenómenos naturales?”,
Agora, núm. 6 (1988): 01-06, 0175-0181; “La
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y tecnológicas”, Círculo de Empresarios. núm. 46
(1989): 04-06, 0039-0052; “El
interés económico y social de la investigación en Ciencias
Humanas”, Arbor, núm. 124 (1986); “El
debate de la ‘Ley de la Ciencia’ en el Senado”, Política
Científica, núm. 4 (1986); “El
valor cultural de las nuevas tecnologías”, Arbor, núm.
121 (1985); “Problemas epistemológicos del reduccionismo biologista en las ciencias
del hombre”, Informaciones Psiquiátricas, núm. 103
(1986); “Ciencia para la
industria”, Nuevo Siglo. Cuadernos de Innovación, núm.
4 (1988): 7-8,10-16; “Modelos
de desarrollo científico-técnico. Situación y opciones de futuro
en España”, Telos, núm. 14 (1988): 06-08.
0015-0024; “El dictamen
parlamentario sobre el plan nacional”, Política Científica,
núm. 14 (1988).
Ambos textos editados por la
Universidad de Salamanca. Ver Mario Bunge, “Method, Model and Matter”, Teorema, 1 (1974): 147-151. La recensión de Alberto
Hidalgo Tuñón “Lecturas
españolas sobre la teoría de la ciencia” se encuentra en
la crítica de libros de El Basilisco, (1982): 80-84, y en
ella hace la observación acertada de que los años ochenta
representarían una nueva fase en la institucionalización de la
teoría de la ciencia, en la que se verían manuales de autores españoles.
Hidalgo valora negativamente el manual de Quintanilla, el de Nicanor
Ursúa, y hace alusión al de Ulises Moulines.
“Concepto de verdad parcial”,
Theoria, núm. 1 (1985): 129-141. “Temas
y problemas....(I)”, Arbor, núm. 501 (1987),
p.75ss. “Temas y
problemas...(II)”, Theoria (1987).
“La
responsabilidad social del investigador científico”, Sistema,
núm. 22 (1978): 0107-0114; “El mito de la neutralidad de la
ciencia. La responsabilidad del científico”, El
Basilisco, núm. 1 (1978): 52-56; Tecnología.
Un enfoque filosófico, Fundación para el Desarrollo de la
Función Social de las Comunicaciones, Madrid 1989; Quintanilla,
M.A., Breve diccionario filosófico, Verbo Divino, Estella, 1991.
Pienso
en Broncano,
y en otros autores más jóvenes, como Vega, Maltrás, Cerezo, este
último en Oviedo, etc, Los más consagrados pertenecen al grupo de
los nacidos en torno a 1955.
Entre
las obras de Javier de Lorenzo, mencionaré La filosofía
de la matemática de Jules Henri Poincaré; Introducción al estilo
matemático; El método axiomático y sus creencias; La matemática
y el problema de su historia; Iniciación a la teoría intuitiva de
conjuntos, etc.
Moulines
expone su programa estructuralista en obras como Exploraciones metacientíficas: estructura, contenido y desarrollo de la
ciencia (1982) y Pluralidad
y recursión (1991), así como en sus artículos de Teorema, etc.
E.
Bustos, “La evolución de la lógica y la filosofía del
lenguaje en la filosofía española después de Ortega y Gasset”,
Theoria, núm. 16.17-18 (1992).
En
cuanto a la publicación de obras de carácter general sobre Filosofía
de la Ciencia, además de las ya aludidas, mencionaré Fundamentos
de Lógica y Teoría de la Ciencia obra sobre filosofía de la
ciencia y metodología crítica, de la que es coautor el profesor de
la Universidad de Deusto Nicanor Ursua (con W. K. Essler, D.
Antisieri, E. De R. Martins y A. Ortiz Osés). Alfonso Pérez
Laborda, que era por entonces profesor de Filosofía de la Ciencia
de la Universidad Pontificia de Salamanca, publicó ¿Salvar
lo real?. Materiales para una filosofía de la ciencia (1983) y Las
implicaciones filosóficas de la ciencia contemporánea (1986).
En su libro Filosofía actual
de la ciencia (1986), el profesor Andrés Rivadulla, que se
incorpora a la universidad española mediados de los ochenta,
entiende que la Filosofía de la Ciencia (estudia a los filósofos
de la ciencia, pero no a Hanson, Toulmin y Feyerabend) tiene como
función ordenar y clarificar las cuestiones lógicas, semánticas,
metodológicas y epistemológicas de las ciencias empíricas. Para
éste autor la filosofía de la ciencia ha de compartir con las
ciencias la exigencia de rigor, consistencia, comprobabilidad
intersubjetiva y progreso. En los Cuadernos de la UNED encontramos
un curso de Filosofía de la
Ciencia en dos partes: en el volumen I (1989), de Julio Armero y
Eloy Rada se expone una metodología de la ciencia, encargada de
conceptos, teorías, explicaciones y contrastación; en el volumen
II, se pretende una epistemología de la ciencia.
José
Hierro Sánchez-Pescador ha publicado el mejor informe de que
disponemos sobre la evolución de la Filosofía del Lenguaje en España
durante los últimos años “La
Filosofía del Lenguaje en España (1975-1995)” Revista de Hispanismo Filosófico, núm.
5 (2000): 59-66.
La
sociedad naturalizada. Genética y conducta, Tirant lo Blanch, Valencia, 1986; Los nuevos redentores. Reflexiones
sobre la ingeniería genética. La sociobiología y el mundo feliz
que nos prometen,
Anthropos- Universidad del País Vasco, Barcelona, 1987. En la
colección Nueva Ciencia dirigida desde INVESCIT; “Puesto
el gen, puesto el engaño”, Arbor, núm. 481 (1986);
Genes “ejecutivos” y ejecutivos “genéticos”, Publicaciones
de la Universidad de Zaragoza, 1986; “Somos
monos, pero menos”, Theoria, núm. 4 (1986-7); “Reflexiones
en torno a la cuestionable primacía de lo teórico, o semblanza del
cachibache”, Arbor, núm. 507 (1988).
La
revista Anthropos en su núm. 82/83,1988; José Sanmartín. Filosofía crítica de la ciencia: Problemas actuales
y propuestas plurales, publica una interesante selección
bibliográfica dedicada a la filosofía de la ciencia en España según
esas coordenadas.
De
este Instituto y de su proyecto TECNAS, que no parece ir adelante
cuando escribo este artículo, da cuenta la revista Anthropos,
“Filosofía de la
Tecnología. Una Filosofía Operativa de la Tecnología y de la
Ciencia” (núm. 94/95,
1989).
Alberto
Gomis, “Sociedades de
Historia de las ciencias. Ayer y hoy de estas asociaciones en el
Estado español”, Mundo Científico, 7 (1996):
752-9. En este artículo se encuentran detalles de todas las
instituciones de filosofía de la ciencia, sus actividades y
publicaciones en España. Mariano Hormigón hizo algunas
consideraciones sobre la situación institucional y la docencia de
la Historia de la ciencia en “Espacio
académico y parcelación del saber. La Historia de la Ciencia en
España en el aspecto docente”, Theoria, 16-17-18
(1992): 535-555.
Esta
desconfianza positivista frente a la filosofía de la ciencia se
expresa de manera paradigmática en el recomendable artículo de José
Mª López Piñero, “Las
etapas iniciales de la historiografía de la ciencia. Invitación a
recuperar su internacionalidad y su integración”, Arbor
558-9-60, (1992): 21-67. Este posicionamiento que, con matices, está
generalizado en la comunidad de historiadores de la ciencia, se
percibe también en Antonio E. Ten, “Sobre
algunos tipos de acercamiento a la Historia de la Ciencia y de la
Tecnología”, Arbor, Junio (1988).
E.
Bustos, J. C. García Bermejo, et a., Perspectivas
actuales de lógica y filosofía de la ciencia, Siglo XXI, Madrid, 1994. Aquí se publican trabajos
presentados en un encuentro homenaje a Carnap y Reichenbach, que
tuvo lugar en 1991. El Simposio El
Círculo de Viena Reconsiderado en 22-29 Octubre 1993. Filosofía
de la ciencia hoy, Fundación Vidal i Barraquer, Colección
Ensayos, Barcelona, 1994. Aquí se encuentran revisiones de
Neopostivismo de Javier Echeverría, y Manuel García Doncel.
Jesús
Padilla, Die spanische
Rezeption des Wiener Kreises, En Simposio El
Círculo de Viena Reconsiderado, CSIC, 1993. Resulta
significativo leer la nota preliminar de Fernández de Castillejo a
su traducción de la obra Weinberg Examen
del Positivismo Lógico, de 1959, en los inicios de la recepción
de esta corriente, para ver las expectativas de renovación de la
filosofía que despertaba por entonces en España.
En
esta obra de Javier Echeverría, que completa su Introducción a la Metodología de la Ciencia: la Filosofía de la
Ciencia en el siglo XX, Barcanova, Barcelona, 1989, se encuentra
una bibliografía de filosofía de la ciencia en español bastante
completa y significativa para un estudio de nuestra recepción de
filosofía analítica. Este autor actualmente forma parte del
Instituto de Filosofía del CSIC.
)
Isegoría, núm. 12 (1995), en el que recoge trabajos de
Moulines, Bruno Latour, Marcelo Dascal, Paul T. Durbin, J. M. Sánchez
Ron y del propio Javier Echeverría. Se hace una recensión de
varias obras de retórica de la ciencia.
Javier
Echeverría aportó este dato en su conferencia titulada La Lógica y la Filosofía de la Ciencia en España
(1975-1995),
dentro del curso “Transición y Recepción. La institucionalización
de la Filosofía en España (1975-1995)”, que coordiné yo mismo.
La conferencia tuvo lugar en la Fundación Botín de Santander el día
3 de Marzo de 1999.
Entre
otros autores mencionaré al malogrado Alfredo Deaño, Las concepciones de la lógica
(1980), y al profesor de la UNED Luis Vega, Análisis
lógico: nociones y problemas,
I y II, (1987).
“Panorama de la lógica en España”, Theoria VII,
16-17-18 (1992): 339-345.
Agustín
Arrieta Urtizberea, “Un
giro en lógica: De la matemática a la informática”, Arbor,
CLI, 596 (1995): 87-106. Verificar programas, estudios de tipos
abstractos de datos, la programación lógica, son campos en los que
la interacción de la lógica con la Inteligencia artificial está
siendo fructífera; José Cuena, Lógica informática, Alianza, Madrid, 1985; José Cuena y otros, Inteligencia
artificial. Sistemas expertos, Alianza. Madrid, 1986.
“La filosofía de la lógica de Lorenzo Peña”,
Arbor, 520 (1989): 9-33.
“Una crítica inmanente de la lógica de la relevancia”,
Crítica, 18.52 (1986): 61-94; “Introducción
a los conceptos fundamentales de la lógica de la relevancia”,
Arbor, 520 (1989): 75-95.
Recientemente
Enric Trilla ha presentado esta lógica en un número de Arbor,
en el que colaboran Miguel Delgado, José Luis Verdegay, María
Amparo Vila, Llorenç Varverde, Josep MªTerricabras, Alejandro
Sobrino, Claudi Alsina, Joan Jacas, Ramón López Mantarás, Julio
Gutiérrez Ríos, María Teresa De Pedro Lucio, Ricardo García
Rosa, Joseba Quevedo.

©
Gerardo
Bolado Transición y recepción: La Filosofía Española en el último
tercio del siglo XX. Santander: Sociedad Menéndez Pelayo / Centro
Asociado a la UNED en Cantabria, 2001. Edición digital autorizada para
el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital
se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción
destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.
Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.
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