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| Roberto A. Follari |
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"Estudios
sobre posmodernidad |
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Por
supuesto, los límites entre estas dos modalidades de tratamiento no son
discretos ni definidos. Todo desarrollo filosófico supone una cierta
condición histórica que a la vez opera como espacio de constitución y
como referente discursivo; y todo análisis de las modalidades culturales
específicas, implica presupuestos teóricos definidos acerca de su
categorización e interpretación. Pero de cualquier modo la diferencia no
deja de ser notoria: a tal punto esto es así, que por ejemplo, en un
reciente libro con diversos artículos que recopiláramos sobre el tema
(Follari y Lanz, 1998), las “reconfiguraciones culturales” han
requerido ser ubicadas en un capítulo diferente a “Repensando la
posmodernidad”. Tal
categorización diferencial no ha sido caprichosa. Vale la pena constatar
la disimilitud de criterios operando en concreto: por una parte, en un
cuidado libro sobre la posmodernidad latinoamericana, editado en Alemania,
se compila a muy diversos autores (García Canclini, Martín-Barbero, B.
Sarlo, H. Achugar, R. Ortiz, N. Richard, entre otros) (Herlinghaus y
Walter, 1994). Si se advierte, se trata en todos los casos de autores que
vienen trabajando la cuestión cultural, desde puntos de vista en algunos
casos mutuamente convergentes (G. Canclini con M. Barbero y R. Ortiz, por
ejemplo), en otros conflictivo (los anteriores respecto de B. Sarlo).
Aquellos que hemos abordado la posmodernidad desde el punto de vista
propiamente filosófico, probablemente no aparecíamos aún en el
horizonte de visibilidad para una discusión relevante del tema (1).
Sin embargo, actualmente ya existe un acervo no menor desarrollado en la
temática (R. Lanz, S. Castro-Gómez, J. Jaramillo, R. Follari), con
numerosas publicaciones tanto en libros como en revistas, e incluso polémicas
internas considerablemente desplegadas. Por
su parte, Rigoberto Lanz propone como parcial subtítulo de uno de sus artículos
el interrogante siguiente: “Posmodernidad y estudios culturales: ¿son
intercambiables?”. A lo que responde de inmediato, por vía de
argumentación: “...lo que parece discutible es asimilar sin más el fenómeno
de la posmodernidad a lo que encierra la expresión estudios culturales. En este sentido tales términos no son
intercambiables, designan objetos y ámbitos diferentes, son conceptos
—o categorías— con rango epistemológico distinto” (Lanz, 1998). Como
se advierte, la cuestión queda allí planteada. En
los hechos, y sin tematización específica al respecto, los estudios
culturales han aparecido como el ámbito específico y exclusivo de la
discusión respecto del tema posmodernidad: al menos para muchos analistas
teóricos y grupos de lectores. Queda
por aclarar que de ningún modo esto aparece como una especie de propuesta
surgida del seno mismo de quienes realizan los estudios culturales. En
ellos, sin duda se ha apelado permanentemente a la discusión sobre lo
moderno, la modernización, lo posmoderno, etc., pero en ningún momento
se ha pretendido que sea esa la única aproximación posible a la problemática.
Por lo contrario, los títulos de artículos o libros de estos autores (B.
Sarlo —cuya excepcionalidad ya hemos sugerido para los fines de este artículo—,
sería en este caso también diferente del resto) no suelen hacer específicamente
referencia a la cuestión posmodernidad.
Diríamos que no sólo los autores no han sostenido que lo que escriben
sea la única palabra legítima sobre el tema: tampoco han pretendido que
la legitimidad de su palabra obre fundamentalmente sobre este
tema. De
cualquier modo, se hace inevitable que las múltiples referencias a la
cuestión en los textos, operen como una apertura de facto a la problemática. Es más: la inespecificidad epistemológica
de los estudios culturales en
cuanto a la definición de los límites de su objeto (reivindicada explícitamente
por García Canclini en diferentes ocasiones) (2), promueve
inevitablemente un efecto paradojal. Si se la entiende como modo de
enfrentar los límites rígidos de los poderes burocráticos instalados en
los límites establecidos de las disciplinas académicas, aparece como una
modalidad pluralizante y democratizadora de la palabra científica. Pero
en los hechos, opera a menudo de modo exactamente contrario. Al margen de
la intencionalidad de sus autores, la inespecificidad temática de los estudios culturales lleva a que estos muchas veces no operen como un
discurso nómade que rompe con las divisiones departamentales, sino más
bien uno que —manteniéndolas, pues no promueve efectos políticos
desorganizadores de tal estructura disciplinar— las ocupa a todas a la
vez, operando como una especie de discurso “universal” por fuera de la
peculiaridad de los diferentes objetos. Esto es lo que permite que
influyan simultáneamente en ámbitos como la teoría literaria, la
antropología, cierta sociología y teoría política, la comunicología,
etc. Ello dice de la riqueza y vastedad de aplicaciones del aporte
efectuado, pero también promueve cierta homogeneización conceptual, más
que una proliferación de las heterogeneidades: además de suscitar
algunos inconvenientes epistemológicos en cuanto a la tipificación de la
peculiaridad de tratamiento temático requerido en cada caso. Una situación
parecida —podemos hipotetizar— hace a la temática posmodernidad,
aunque ésta, por supuesto, no se corresponda expresamente con una
disciplina académica determinada. |
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2. Hay
quienes han planteado airadas críticas en relación con el desarrollo de
los estudios culturales que se hacen en Latinoamérica, y son autores que
toman a la misma Latinoamérica como objeto. Veamos qué se señala en un
caso ligado a los estudios genéricamente llamados poscoloniales (3): Abril
Trigo señala, ante la noción de “hibridez” trabajada por G. Canclini
a partir de su notable y difundido libro Culturas híbridas,
que: “No obstante proponer un enfoque transdisciplinario, el
eclecticismo metodológico de García Canclini, en lugar de trascender y
subvertir las disciplinas, o de crear un nuevo espacio, se desempeña en
varias a la vez, de modo de mantener cierta tensión entre las epistemologías
anarquistas (posmodernas) y neopositivistas
(modernas). Pero lo concreto es que la densidad fenomenológica de la
hibridez reduce obviamente su precisión analítica, al punto que al
abarcar todo no califica nada, con lo cual podríamos conjeturar que si la
hibridez satura todo lo cultural. El adjetivo en culturas híbridas no se
reduciría a un puro pleonasmo, a un gesto trivial y tautológico?”
(Trigo, 1997: 74). Vamos
aquí a distinguir varias cuestiones. Una, es desde dónde se hace esta crítica, lo que nos sirve para aludir
brevemente a otros interlocutores virtuales en esta discusión sobre la
posmodernidad latinoamericana, aquellos autores que desde la Academia de
los Estados Unidos han decidido proponer una teoría sobre las condiciones
de la poscolonialidad en nuestro subcontinente: según ellos afirman, con
fines de aportación política. En otro trabajo hemos realizado la crítica
de un autor paradigmático en este sentido, el argentino W. Mignolo
(Follari, 1998), y no vamos a repetir aquí los argumentos. Lo curioso del
gesto de pretender operar sobre la política latinoamericana desde
“arriba y afuera”, la reducción de la materialidad social al análisis
textual, y la mezcla inconsistente de decontruccionismo derrideano con
apelaciones al telurismo kuscheano o la revolución social práctica de F.
Fanon, son puntos de por sí elocuentes respecto de la validez política
y/o teórica que pueda globalmente asignárseles. Como
investigadores de la posmodernidad latinoamericana, no nos quedan dudas de
que los estudios culturales han aportado considerablemente al análisis de
nuestras actuales condiciones, tanto en lo cultural como en lo político;
y que lo han hecho mucho más que los trabajos de quienes se sostienen en
el amplio espectro que podemos denominar poscolonial. Quedamos,
por tanto, suficientemente deslindados en cuanto al desde
dónde se ha realizado estas críticas a los trabajos de García
Canclini (quien es sin dudas aquel de los realizadores de estudios
culturales latinoamericanos que más influencia ha alcanzado en los
Estados Unidos). Veamos —hecha tal aclaración— si, poniendo entre paréntesis
el específico marco conceptual de las afirmaciones de Trigo, nos
centramos en el valor referencial que pudiera asignárseles. Es decir,
discutamos la plausibilidad de sus contenidos proposicionales. Respecto
de la supuesta superación de las disciplinas que se lograría por vía de
los estudios culturales, coincidimos con Trigo, según los términos por
nosotros mismos señalados más arriba, los cuales responden en nuestro
caso a mucho más pormenorizados desarrollos que hemos realizado en torno
a la crítica de la —a menudo simplificada— noción de
interdisciplinariedad (4). Cuando se acusa a García Canclini de neopositivismo,
no es factible coincidir, dado que en la formación del teórico argentino
radicado en México podemos encontrar muy diversas influencias (marxismo,
una temprana fenomenología, la sociología de Bourdieu), pero nada que se
adecue a la denominación referida. En realidad, el encuentro de un
supuesto positivismo en G. Canclini diría más de las anteojeras
conceptuales de Trigo, que de aquel a quien hace su objeto de análisis.
Seguramente para las pretendidas epistemologías “nómades” de autores
poscoloniales, casi todo lo que no coincide con ellos mismos merece la
denominación de “neopositivismo”. Pero ese rótulo hace alusión
solamente a una muy precisa e identificable escuela epistemológica. Análogamente,
he advertido —en estudios sobre educación, por ejemplo— que se ha
puesto incluso a P. Bourdieu bajo esa calificación, lo cual constituye
una enorme indistinción, si es que se advierte la derivación
bachelardiana de las posiciones de Bourdieu (P. Bourdieu et al., 1975),
las cuales son decididamente antiempiristas y antiobservacionalistas. En
todo caso, esta crítica formulada no puede compartirse, y resulta fácilmente
refutable. Sin
embargo, la referencia a una supuesta oscilación de G.Canclini entre
“anarquismo”y “positivismo” da cuenta —aunque en términos nada
precisos desde el punto de vista epistemológico— de cierta real
vacilación advertible en los escritos del autor, en relación a qué
punto de partida epistémico asumir. Es innegable que en determinados
escritos él sostiene una posición de epistemología radicalmente
antinormativa y disolvente de los criterios de objetivación (5),
mientras en otros encontramos, por el contrario, el mantenimiento de tales
criterios, e incluso una crítica a toda forma de deconstrucción o
desestructuración discursiva (6). Es
esta una oscilación en buena medida filosófica presente en los textos del autor (aunque sus
consecuencias afectan al tratamiento de lo empírico y de las categorías
sobre lo sociocultural), pero sobre la que no encontramos tematizaciones
explícitas. Entendemos que ellas no están, porque precisamente ha
desaparecido en gran medida la referencia a criterios metateóricos en los
textos, respecto de definir el propio punto de vista y sus supuestos,
particularmente en cuanto a la problemática de lo moderno y posmoderno;
para en cambio centrarse en lo referido al objeto empírico de
tratamiento, la cultura, las modalidades de constitución de las
identidades, la conformación de políticas culturales en torno a
configuración de la idea de nacionalidad, etc. 3. Los
estudios culturales incluyen teoría, la suponen y también la construyen.
No son una simple descripción de la realidad cultural actual en nuestros
países (lo cual, por cierto, sería en cualquier caso imposible). Y de
ningún modo pretenden la ingenuidad de serlo: de hecho se encuentra en
ellos autoconciencia del rol fundador de la teoría sobre el dato, y por
tanto se asume que la referencia a las nuevas modalidades culturales es
siempre una referencia conceptualmente mediada. Además,
en estos trabajos teóricamente mediados, se hace explícita referencia a
la posmodernidad. En textos de García Canclini, y también de Martín-Barbero
por ejemplo (los acercamientos entre ambos autores son visibles, pero
también lo son sus diferencias. El sesgo crítico-político nos parece
claramente más marcado en los escritos de Barbero), se habla de
modernidad y posmodernidad —tal cual ya lo hemos señalado— de manera
prolongada y explícita. ¿Y
qué debemos desde los análisis de estos autores al entendimiento de lo
posmoderno en América Latina? Ciertamente, mucho. Textos de una capacidad
previamente insospechada para amplificar la mirada sobre el mundo de lo
microsocial y de los fenómenos de constitución y modificación de las
identidades; sobre las modalidades de agrupamiento y de asociación; sobre
los procedimientos de producción y de consumo cultural; sobre la invención
de las tradiciones, y configuración de la autocomprensión promovidas por
los Estados nacionales. Una perspectiva previamente no trabajada —o muy
poco trabajada— en el subcontinente para readvertir lo presente en la
literatura popular, las fotonovelas, los culebrones televisivos, el cine
de barrio, las asociaciones vecinales. En este sentido, la riqueza
supuesta en De los medios a las mediaciones (Martín Barbero, 1987) es
realmente notable. Probablemente, debamos inscribir ese libro en la senda
abierta en su momento por Mariátegui para pensar la cotidianeidad, el
folklore, las costumbres y creencias populares, dentro del entendimiento
gramsciano de lo que es la hegemonía, de cómo se constituye la trama
intrincada y heteróclita de los hábitos y las convicciones de los
sectores sociales subordinados. Y
esto resulta fácil de calificar con brevedad aquí, pero nada fácil de
construir analíticamente como objeto de conocimiento. El trabajo supuesto
en ese texto fundante de los estudios culturales en Latinoamérica, es
detallado e incisivo: rubro por rubro, se disecciona la literatura de
cordel, los novelones de la radio, algunas de las múltiples modalidades
de lo televisivo, para deconstruir la forma en que el poder fluye a través
de los sujetos de lo popular, esos que padecen influencias y a la vez las
promueven. Más
cabe aún destacar el punto de vista abierto por el libro de Barbero, en
cuanto sabemos cuán difícil es para los intelectuales superar las
oposiciones de la “razón dualista”, salirse del ámbito cerrado de lo
académico e intelectualizado, poder dar una mirada que no resulte
descalificadora sobre los mitos, gustos y creencias populares. Cierto es
que estamos hartos de los novelones sobre empleadas pobres en mansiones de
millonarios, esas que en realidad serían las hijas secretas del patrón y
no lo saben. Las que se enamorarán del hijo del propietario y —con
total inverosimilitud— este último de ellas, etc. Cierto es que la
repetición fastidia. Pero cierto también es que su invariable éxito en
los sectores populares (incluso los europeos, hacia quienes exportamos)
continúa siendo indiscutible, que su capacidad de penetración en la
mentalidad popular no tiene casi límites. Los
intelectuales no solemos tener otra respuesta para estos fenómenos que el
desprecio con aires de superioridad, el ignorarlos (como si así dejaran
de tener influencia) o minimizarlos. Generalmente, no nos proponemos
explicarlos, y menos aún determinar qué puede hacerse con ellos si es
que buscamos constituir un pensamiento social y político alternativo.
Pues es evidente que un culebrón tiene casi siempre más influencia en la
mentalidad popular que muchísimos encendidos discursos ideológicos: en
todo caso la ideología admite una llegada de eficacia muy diferente
cuando va vehiculizada por el culebrón —por Chayanne o Thalía—, que
cuando lo es por los políticos o los intelectuales. Y
la pereza para explicar lo popular y lo masivo por parte de los
intelectuales, impide pensar que la repetición es el principal mecanismo
del inconsciente, según lo explica el psicoanálisis de Lacan; es decir,
que no podemos esperar que algún día estos recursos de la TV o la
historieta se agotarán, o que su simplicidad hará que a largo plazo los
sectores populares los abandonen, según una ingenua expectativa
iluminista altamente difundida. El éxito de estos recursos de lo masivo
está asegurado, y es eso precisamente lo que resulta digno de estudio y
análisis. Por
ejemplo, cabe explicar el éxito de la reiteración de culebrones sobre
las hijas que desconocen su origen parental, en relación a la articulación
de dos aspectos: la cuestión de la identidad (central para la constitución
subjetiva, según también lo muestra el psicoanálisis; es la identidad
una construcción puramente simbólica, pero sin la cual el ser humano se
disloca psíquicamente), en entrecruzamiento con el mito del pobre que
llega a rico, con la idea de que la paciencia y la espera harán algún día
justicia, por vía de una especie de escatología que asegura el final
feliz (por cierto, tal final feliz es lo propio de todas las escatologías,
ya sea religiosas o laicas; ese futuro que restituirá el origen, aquel
que se nos escapó en la caída, por ejemplo, la del pecado original. Por
ello, el final feliz en las ficciones resulta menos torpe de lo que a
menudo solemos imaginar). En
fin, los argumentos que acabamos de esgrimir son exclusivamente nuestros
(no cabe responsabilizar de ellos al impecable trabajo de M. Barbero),
pero lo cierto es que con sus propios ejemplos y apoyaturas, su libro nos
presenta la densidad y peso del tejido cultural popular, conceptualiza el
hecho de que este no resulta un pasivo espacio depositario de lo
dominante, y —en todo caso— que lo dominante nunca se expresa para los
sectores populares con los mismos contenidos y conformaciones que en los
sectores sociales hegemónicos. En
parecida senda podemos también ubicar el trabajo fundante de García
Canclini dentro de esta línea de estudios: Culturas híbridas abre un campo de comprensión novedoso, al
proponer por un lado la conformación contingente y políticamente
interesada de las identidades sociales y nacionales. Por otro, la ambigüedad
inevitable en que las identidades se establecen hoy, conformando mezclas e
hibridaciones cada vez más intensas entre lo modernizado y lo arcaico,
entre lo urbano y lo rural, entre el territorio y las redes
internacionalizadas de la comunicación electrónica. La claridad con la
cual se desarma el andamiaje —no por conocido menos férreo— de
defensa de identidades entendidas como esenciales y puras; ahistóricas y
preconstituidas (sobre todo en relación con los grupos indígenas de
Latinoamérica), es un paso adelante de importancia, tanto en lo teórico
como en cuanto a los efectos políticos que pueden desencadenarse (la posterior
irrupción del zapatismo ejemplificó de alguna manera esa dinámica entre
lo territorial y lo globalizado, a través de la figura a la vez nueva y
legendaria de Marcos, y al uso del Internet y la prensa internacional, en
la defensa genuina de intereses locales, instaurados sobre sólidas
tradiciones e identidades culturales y étnicas). Los
estudios culturales han removido el espacio de supuestas certidumbres que
solíamos dar por sentadas. Y han realizado una considerable contribución
al servicio del análisis del mundo simbólico de los sectores sociales
subalternos en nuestros países. Estudios, por otra parte, que no eran
“sospechables” a partir de previos puntos de vista: es decir, que han abierto
una vía de interpretación, un campo de lectura de lo real/social en el
subcontinente. Hay
producción de teoría,
entonces, en estos textos: sobre la identidad, sobre la comunicación,
sobre los agrupamientos sociales y el “nosotros” nacional o lo
“internacional popular” (R. Ortiz). Y también hay considerable
aportación conceptual sobre cómo viven los sujetos latinoamericanos “en”
la posmodernidad. Pero no hay
teoría sobre la posmodernidad. Es decir, esta no aparece
por sí misma como objeto específico del análisis teórico. Podría
realizarse una cuidadosa disección de los textos de los autores de
estudios culturales para demostrar el fuerte aserto que acabamos de
proponer. Realmente, no nos parece imprescindible para el caso (sería
practicar lo que algún amigo mexicano solía denominar “una penosa
investigación de lo obvio”). Es por demás evidente que los autores
referidos no ignoran en ningún caso la filosofía (por el contrario, es
esa la formación inicial de García Canclini, y está también muy
presente en M. Barbero), pero también lo es que sus discursos ya no se
referencian principalmente a ese ámbito. No hay discusión diseccionada
sobre el significado de la expresión posmodernidad, ni sobre qué implica
esta desde el punto de vista de la subjetividad contemporánea en cuanto,
por ejemplo, a la superación o no de la metafísica, en cuanto a la
constitución de nuevas modalidades de la ética, en cuanto a la
posibilidad o no del pensamiento negativo y de la crítica, etc. Para
sostener lo anterior, basta con subrayar lo siguiente: la mayoritaria
ausencia en la bibliografía de los autores de estudios culturales, de las
referencias corrientes en la discusión internacional sobre la cuestión
de la posmodernidad. No hay Nietzsche ni Heidegger, ni están fuertemente
presentes epígonos actuales como Derrida. Y los que podemos señalar como
propiamente posmodernos, no son discutidos en profundidad, ni referidos
como base de la explicación, ni tampoco como objeto de crítica. ¿Por qué
no se hace alusión a Vattimo, y a nociones suyas como pensamiento
débil o lo posmoderno como rebasamiento
de lo moderno? ¿Por qué no es Baudrillard uno de los autores más
presentes, de aquellos que muestra el espíritu de eso que llamamos
posmoderno? ¿Cómo es que —si de estos tiempos se trata— no se hace
una disección de las consecuencias de la descripción de Lipovetski sobre
el neonarcisismo y la posmoral? Nada
de esto aparece en los estudios culturales, y ello es simplemente porque
estos son estudios de lo que hay en lo posmoderno, pero no “sobre” lo
posmoderno. Son estudios sobre identidades, sobre comunicación, sobre
teoría literaria y su relación con la cultura, o sobre los modos de
constitución de lo nacional o lo internacional/compartido. Pero su objeto explícito no es lo moderno/posmoderno, sino la cultura
contemporánea. La cual está, obviamente, atravesada por los efectos del
paso de lo moderno a lo posmoderno. Pero la tematización de ese paso en
tanto que tal, es decir, la tematización de qué son modernidad y
posmodernidad, no es (ni se ha pretendido que lo sea) el objeto de estos
trabajos. De modo que la adjudicación a los estudios culturales de la temática
de la posmodernidad les es externa, y ha surgido de la evidencia de que lo
que dicen, dice acerca de la posmodernidad. Pero no por ello se implica a esta
tomada como objeto. El recorte temático —aun cuando pueda ser muy
amplio— es otro. No
está de más al respecto retomar lo señalado más arriba (a partir de A.
Trigo) sobre cierta oscilación de parte de G. Canclini en el tratamiento
epistémico de sus propios trabajos. Y esto remite precisamente a la
cuestión moderno/posmoderno, dado que el sujeto epistémico es una de las
cuestiones que están en juego en la discusión sobre el abandono de las
supuestas certidumbres propias de la modernidad. En
Culturas híbridas
se nos habla de “La modernidad después de la posmodernidad” (p.19).
Pero no encontramos en el desarrollo que se sigue bajo este título una
tematización expresa de qué es aquello a lo que se llama modernidad y
posmodernidad, y cómo juega en relación con cada una de ellas la cuestión
de la modernización. A nuestro juicio, en estricto sentido, puede haber
modernización dentro de la posmodernidad, pero esta es una etapa globalmente
diferente de la modernidad, y posterior a aquella. No cabe la modernidad luego de la posmodernidad. Por cierto, alguien
podría decir que esto es una forma “demasiado moderna” de visualizar
la cuestión, que entiende a esta por etapas subsiguientes entre sí (pero
es precisamente la impronta heideggeriana, véase si no el trabajo “La
época de la imagen del Mundo” en su libro Sendas
perdidas. Y sin duda, nadie puede consistentemente tildar al
pensamiento heideggeriano de teleológico). En todo caso, si alguien
sostiene que no existe algo como “la posmodernidad” sino rasgos, fenómenos,
etc. a los que singularizadamente puede llamarse modernos o posmodernos,
tendría que establecerlo teóricamente de manera explícita (7). O
si en cambio se trata de etapas discretas, pero que pueden volver una
luego de la otra recurrentemente, también sería necesario establecerlo.
En cambio, el acento del texto de García Canclini está puesto sobre los fenómenos culturales que están en juego en cada caso, y la cuestión
modernidad/posmodernidad resulta de hecho un telón de fondo. Es por esto
que probablemente no se ha visto necesario determinar a esta con más énfasis.
Es así que más adelante —en el mismo libro— leemos cómo se va “de
lo moderno a lo posmoderno” (p.305), y ya no estamos regresando de lo
posmoderno a lo moderno como se proponía en las páginas iniciales. 4. Se
discute mucho hoy otros aspectos de los estudios culturales, que si bien
no hacen inmediatamente a la problemática de su tematización sobre la
posmodernidad, viene al caso poner en curso para una mejor comprensión
del contexto de la cuestión. Uno
de ellos es la crítica a cierta despolitización
de la teoría. Tal vez ello pueda entenderse en los términos en que
lo plantea G. Yúdice en un reciente artículo (Yúdice, 2000): los
sectores populares pueden ser el referente del hablar de los académicos,
pero no es por ello que los sectores populares hablen directamente allí.
Esto es simplemente imposible: todos los atajos de los teóricos por
expresar directamente lo popular fracasan, porque lo académico supone backgrounds
específicos y no universales, privilegios sociales para poder acceder a
ellos, y diferenciación inevitable con quienes no los tuvieron. Lo académico
es siempre mediación. Por
cierto, los autores de los estudios culturales no suponen otra cosa. Pero
ello sí puede ocurrir con los lectores: podría adscribirse una lectura
directa de lo popular que, por eso mismo, hubiera implicado renuncia a
todo privilegio epistémico por parte del intelectual. Tal vez en esa
clave pueda leerse la sugerencia de G. Canclini de atenerse a “la
epistemología implícita del shopping” (G. Canclini,1998), donde
ya este no constituye sólo objeto privilegiado de análisis, sino campo
específico desde el cual organizar la propia mirada, y que debiera servir
incluso como modelo a la misma Universidad. Es innegable que la audacia de
la propuesta no logra oscurecer su peligrosidad: ni epistemológicamente
es sostenible una noción de mezcla indiscriminada como la que ofrecen los
objetos del shopping para oponerse a la compartimentación
disciplinaria del conocimiento (Follari, 2000), ni políticamente
pareciera aconsejable abandonar toda vigilancia ideológica para asumir el
campo del mercado generalizado como propio punto de miras. Es
bajo este último punto de vista que G. Canclini ha sido criticado con
fuerza en diversas ocasiones (8). Sin duda, el texto Consumidores
y ciudadanos es el que más ha abonado la posibilidad de esa crítica,
en tanto resulta muy ambigua la idea de que “el consumo sirve para
pensar”. Por cierto que la afirmación dista de ser falsa: a menudo no
hemos pensado al consumo en su densidad y peso actuales, en su creciente
polivocidad, en la multiplicidad de sus formas y sus consecuencias. Pero
cuando se nos llama a “pensar”: ¿se está interpelando a los científicos
o a los consumidores? ¿A ambos a la vez (aduciendo, quizá, que también
los científicos resultan inevitablemente consumidores)? ¿Se trata de
pensar “sobre” el consumo o pensar al consumir? Esta segunda opción
nos parece menos plausible, y ciertamente confusa en cuanto a sus
consecuencias desde un punto de vista crítico. No podemos dejar de
recordar allí los devaneos de Lipovetski para proponer a la moda como
elemento altamente valioso de nuestra cultura, o suponer que la elección
de una marca de camisas es una forma de aplicación de la libertad en
sentido kantiano (9). Lo
dicho también afecta al señalamiento de que el tejido social actual
estaría constituido desde el mutuo reconocimiento como sujetos de
consumo, y ya no como ciudadanos, según fue la manera clásica en la
modernidad. Esta observación, sin duda fecunda para pensar los modos de
la politicidad (o a-politicidad) de nuestro presente, se desliza sin
embargo hacia la posibilidad de imaginar que el consumo puede
integrarnos tal como antes lo hacía la ciudadanización. Pero si hoy se
nos interpela como consumidores más que como ciudadanos, ello no
significa que todos podamos unánimemente participar del consumir, o que
todos necesariamente nos entendamos primariamente en los términos de
dicha interpelación. Sobre todo, que aún cuando así fuera, ello sería
precisamente una excelente ocasión “para pensar”. Para inquirir qué
puede hacerse contra un mundo del mercado que ya no sólo nos habría
quitado la soberanía sobre el campo de las prestaciones económicas vía
librecambismo y privatización, sino habría también colonizado el
espacio de lo político, al punto de diluirlo en el sentido de su reducción
a la compra/venta tal cual es el “tipo ideal” de sujeto construido en
la utopía liberal pura (que es, sin duda una concepción ideal y
abstracta, por ello mismo siempre irrefutable. Cuando se muestra los males
acarreados por los planes neoliberales, se nos responde que ellos
subsisten porque el liberalismo no ha ido aún suficientemente lejos. La
crítica de este mecanismo autojustificatorio ha sido bien planteada por
F. Hinkelammert) (Hinkelammert, 1984). Por
cierto no creemos que haya sido la intención de G. Canclini plantear esta
reducción de la ciudadanía al consumo, pero puede afirmarse que el
trabajo dejó espacio para esa interpretación. Sin duda, textos
posteriores del mismo autor suponen una crítica clara de la concentración
económica y de los procesos de privatización hechos en nombre del
neoliberalismo (10). En ellos, el autor señala con claridad su
intención de “alejarse de cualquier optimismo consolador”, y de
asumir las dificultades extremas por las que pasa la Latinaomérica
actual. Sin embargo, las dificultades de interpretación sobre el sentido
“crítico o adaptacionista”de los estudios culturales no han
desaparecido. Es
que —sobre todo en el campo de la comunicología— se ha difundido
ampliamente un nuevo “sentido común” al respecto. Ocurre que la
comunicología está de moda, como expresión del peso social actual de su
objeto (los mass media). Por
esto mismo, la distancia académica con el objeto de referencia no está
suficientemente construida. Fue precisamente G. Canclini quien, con toda
precisión, advirtió esto en el último Congreso de FELAFACS (Lima,
1997), señalando que en ese encuentro se fluctuaba “entre lo académico
y lo mediático”. Lo cual era fácilmente visible, pues se pedía autógrafos,
se filmaba permanentemente a los panelistas, había ovaciones y abucheos,
etc. Y tan curioso fenómeno es muestra de la principal expectativa que
albergan muchos estudiantes de comunicación: el pasaje a la publicidad y
al mundo mediático, expectativa por cierto muy alejada del acceso a la
cientificidad, y a la posibilidad consecuente de crítica social (es
evidente que esta última se construye desde la negación del presente, y que ello requiere de la abstracción teórica
y el abandono de las aparentes evidencias de lo inmediato). Si a esto se
agrega el escaso peso de la tradición académica en un área científica
de reciente aparición, no es difícil advertir que ella tiende a
legitimar discursos de débil peso teórico (en ese sentido debe
entenderse la abjuración fácil y repetida hacia la Escuela de Frankfurt,
a la cual se pretende exorcisar con el infaltable mote de apocalípticos
sin siquiera sospechar su densidad conceptual, y menos aún entender que
estuvieron entre los primeros críticos sistemáticos de la razón
moderna, a la cual se cree atacar en ellos). Lo
anterior explica por qué la teoría de la recepción activa planteada por
M. Barbero, ha sido receptada como lo ha sido. La recepción de la teoría de la recepción por parte de receptores
con poco sentido crítico e intereses inmediatistas, ha devenido a menudo
en una lisa y llana defensa del statu
quo. Si cada televidente decodifica a su manera, hay quienes concluyen
que no hay nada que criticar en el mundo mediático, no hay nada de qué
preocuparse. Como señala Morley en un libro que hace un lúcido análisis
de la cuestión, esa sería la doctrina del “No te preocupes, sé
feliz” (Morley, 1996). Esto, por cierto, tiene muy poco que ver con lo
que muy explícitamente los autores de estudios culturales sostienen: M.
Barbero mantiene una cuidadosa intervención sobre las políticas
culturales, en un país convulsionado y difícil como Colombia, lo cual
implica un compromiso social y político directo (11). García
Canclini sostuvo en aquel encuentro de Lima, y también en otros textos
relativamente recientes, un abierto rechazo del optimismo fácil, en épocas
particularmente conflictivas como las que nos tocan (12). Sin
embargo (y he podido ratificarlo con muchos de mis alumnos), la lectura
simplificadora continúa. Los alumnos interpretan de estos autores, sólo
lo que es funcional a sus esquemas explicativos previos, y a los específicos
intereses que los mueven como estudiantes. Poco
ha ayudado en esta polémica la difusión de un texto que se basó en M.
Barbero para hacer una comprensión en buena medida adaptacionista de los
medios en la Argentina. O. Landi en su conocido Devórame otra vez propone desde el subtítulo (“Qué hizo la
TV con la gente, qué hace la gente con la TV”) (Landi, 1992), la tesis
de una gran libertad del receptor, desde la cual cualquier crítica hacia
la TV tiende a aparecer como “hipercrítica”, apocalíptica,
etc. Si bien su lectura es por momentos matizada, la tesis central libera
a los medios de responsabilidad en cuanto a la debacle generalizada de la
resistencia política a la concentración económica habida en los últimos
años. El libro agradece especialmente a un comunicólogo que ha trabajado
abiertamente al servicio del gobierno de Menem (p.203) (13), y no
toma explícita distancia de esa tendencia, para así hacer plausible la
lectura de que el autor está lejos de “ponerse en la vereda de
enfrente” de dicho proceso. Por
cierto que M. Barbero no es personalmente responsable de la interpretación
que de él hace Landi, y menos de los vericuetos políticos a que da lugar
ello en la peculiaridad argentina. Pero ello no impide que la lectura
comunicológica de los estudios culturales haya sido particularmente
“integracionista”, y que sea esta una situación que aún debiera
saldarse, dado la importancia estratégica que la formación de los
comunicadores sociales tiene para el presente y futuro del subcontinente. Por
cierto, hay quien podría afirmar que resulta demasiado moderna la crítica
que hemos planteado, pues se la hace desde la politicidad y la negación.
Seguramente no estaría del todo errado, aunque cabría la explicación de
que creemos (según lo hemos expuesto en diversos textos) que ya ha pasado
el tiempo de la “fiesta posmoderna”, y que lo posmoderno muestra hoy síntomas
de vacío de sentido y carencia de esquemas de legitimación. Es por ello
que nuestra posición consiste en sostener determinados principios
modernos (la crítica, la politicidad global), en formato posmoderno: la
simple retirada al goce narcisista, o a la micropolítica y la sola
“sociedad civil”, impide lisa y llanamente cualquier resistencia
efectiva a un presente de políticas crecientemente marginalizadoras y
asimétricas. 5. Es
conocido que la argentina B. Sarlo se ha enfrentado a esta lectura integrada
sobre los medios (Sarlo, 1992), y que desde su posición ideológica ha
sostenido una fuerte defensa de los intelectuales clásicos sobre el
predominio actual del periodismo y los medios masivos. En su momento,
polemizó con O. Landi, y fue frontal para alejarse de posiciones que
justificaran a la TV actual, la cual, por cierto, es en la Argentina
particularmente mediocre y chabacana. También
sabemos que ha hecho crítica de los estudios culturales mismos, de los
cuales está alejada sin duda por las razones ideológicas que acabamos de
esgrimir. Por nuestra parte, diríamos que coincidimos con Sarlo en la
no-aceptación festiva de la TV, y en la indignación moral frente al
triste espectáculo de nuestros intelectuales light,
que se justifican en las dificultades para formular una alternativa
posible, al fin de no poner resistencia alguna a los poderes cada vez más
concentrados. La capitulación política está en boga, y por cierto Sarlo
ha tenido la grandeza de no ceder para nada al respecto. Pero
desde otro punto de vista —y
aquí reasumimos la cuestión de la posmodernidad— B. Sarlo puede ser
considerada como muy cercana al bloque de autores de los “estudios
culturales”. Por una parte, también se acerca a la problemática de lo
posmoderno desde el específico campo de la cultura: en su caso, no desde
una antropología cultural, o una sociología de los consumos culturales,
sino de una estética de la cultura contemporánea. Esa estética es la
que ofrece a la autora recursos axiológicos para excluirse de la barahúnda
del mundo mediático, y rechazarlo frontalmente. No encontramos aquí
filosofía, ni teoría social en sentido estricto. Y ello se trasunta en
el tratamiento que hace de la temática en su muy difundido libro Escenas
de la vida posmoderna (Sarlo, 1994). Por una parte, no coincidimos con el recurso asumido para la crítica ideológica. El rechazo del predominio mediático surge de una estética de lo sublime, sostenida por ejemplo en casos de personalidades bohemias, excepcionales, próximas al héroe excéntrico de la modernidad. Esto implica sin duda un elitismo cultural desde el cual se interpreta, como desde un pedestal, a la cultura visual como cultura de la decadencia. Lo
anterior también nos lleva a deslindar un matiz importante: la criticidad
hacia la TV y los fenómenos de masas, de ningún modo la sostenemos de
manera unilateral. Si criticamos la televisión, es porque le asignamos
poder. Por tanto, no la satanizamos:
creemos que constituye un espacio válido para disputar, lo cual se hace
imposible a partir de un rechazo global y absoluto. A su vez, no podemos
dejar de advertir que —como medio, y al margen de los mensajes específicos—
la TV promueve algunos efectos lamentables (aislamiento mutuo de los
espectadores, disminución de la lectura y la reflexión, tendencia a la
satisfacción inmediata de la demanda, etc.) (González. Requena, 1992),
pero también otros positivos: acceso a información antes distante,
imposibilidad de clausura territorial del universo del discurso (lo cual
es una fuerte restricción para cualquier dictadura), percepción del
rostro de los emisores, discusión política visible, etc. Es decir, la TV
y también los videojuegos, el Internet, etc., cada uno de ellos
diferencialmente deben ser analizados con el matiz suficiente como para
evitar la unilateralidad del análisis. Tal
unilateralidad lleva a B. Sarlo a lindar con la nostalgia de la modernidad
perdida, y por ello llamar de alguna manera (así resultó en una mesa de
discusión que nos tocara compartir en FLACSO Buenos Aires, 1997) a un
retorno de la modernidad. Pero esta no
puede en ningún caso regresar, pues no está sostenida sobre equívocos
de interpretación, sino sobre efectivas condiciones materiales (como son
las nuevas tecnologías informáticas, las nuevas posibilidades turísticas
o el tamaño de las megalópolis). Además, ni siquiera sería deseable
que regresara, porque hoy recordamos privilegiada y sesgadamente sus
aspectos “positivos” (capacidad de crítica, de compromiso ideológico,
de ruptura estética vanguardista, etc.), pero pareciera que hemos
olvidado que estos surgían por oposición a la hegemonía de los
“negativos”(autoritarismo familiar y político, creencia en verdades
únicas, carencia de horizontes informativos variados, inexistencia del
respeto por las diferencias, etc.). En
todo caso, creemos que la posición de Sarlo se da porque —aunque en su
caso sí se titule
un libro a partir de la referencia a lo posmoderno—
no aparece una noción teórica suficientemente sistemática sobre la
cuestión. El libro es una impecable y detallada muestra de diversos
mecanismos de la vida cotidiana contemporánea, diseccionados con la
maestría de quien ha hecho de la estética un medio no sólo conocido,
sino familiar. Pero estamos situados como ante un gran fresco, una especie
de descripción generalizada. Por qué están instalados estos fenómenos,
por cuánto tiempo se supone que podrán imponerse, cuáles son las
causalidades anudadas allí, cómo se relacionan lo moderno y lo
posmoderno (que, por cierto, están muy lejos de ser simples polos
opuestos), todo esto está ausente del libro precitado. De
modo que encontramos —desde este punto de vista— una analogía con lo
hallado en los textos de estudios
culturales, y en este restringido sentido podemos sostener que Sarlo
no difiere de ellos. Porque lo que tiene en común con aquellos textos a
los que se ha opuesto explícitamente (dentro del campo discursivo de una
discusión que los ha considerado como polos diferenciados en una
misma área de polémica),
es su proveniencia del campo de lo cultural, y su interés por los temas y
modalidades expositivas que son propios de dicho campo. Es decir, tampoco
ella toma como referentes a los autores que son propios de la temática de
la posmodernidad a nivel internacional, dado que la mayoría de estos se
instala en el campo de la
filosofía. 6. Para
finalizar, qué valoración hacer de los estudios culturales en relación
a lo posmoderno? Lo primero a decir, es que esto no hace justicia a un análisis
de los estudios culturales in toto,
sino sólo en lo que hace a lo moderno/posmoderno, y tangencialmente a los
efectos ideológicos de sus postulaciones. Cómo operan estos estudios en
lo literario, en lo antropológico, aún con más detalle en lo comunicológico
mismo, sería objeto de otros estudios. También ha sido marginal la
referencia a la interdisciplina —o transdisciplina— como supuesto
epistemológico, aspecto que hemos tratado en otros textos, y que aún
podría profundizarse (y que por cierto constituye uno de sus postulados más
débiles). También
podría discutirse —y ello no está alejado de la polémica sobre la
cuestión de lo crítico y lo ideológico— el origen de los estudios culturales, pues si bien suele enfatizarse su
inicio latinoamericano, es cierto que nosotros ya teníamos estudios
culturales previos, pero no exactamente lo que se llama estudios culturales (cultural
studies). La disputa no remite a un simple dato legitimatorio de
originalidades (en todo caso, sería torpe —justamente en cuanto a lo
posmoderno— pretextar originalidad: como señala Derrida, hoy “todo
original es copia”), sino más bien a la
deriva de los estudios culturales a partir de su inicio en el marxismo
anglosajón (R. Williams, S. Hall), hacia su progresivo despegamiento de
la problemática política y de la noción de hegemonía de clases. Pero
no es esto lo central ahora, sino la cuestión modernidad/posmodernidad.
Al respecto, cabe indicar que nada de lo aportado desde los estudios
culturales, ha tenido paralelos o siquiera desarrollos germinales, dentro
de trabajos de los autores “filosóficos” o más directamente sociológicos
(tal vez cabe entender en este último sentido a J. J. Brunner, en su
intrincada relación de interioridad/polémica con los autores de los
estudios culturales). Podría decirse que no se puede colegir ni suponer
nada de lo allí trabajado, desde el exclusivo horizonte de las filosofías
de lo posmoderno (Lanz, Jaramillo, Castro-Gómez, Mansilla, etc.). Dicho
de otra manera, se han establecido condiciones de la realidad cultural
posmoderna, que son fruto específico de ese trabajo, y que jamás
hubieran resultado deducibles de alguna teoría general sobre lo posmoderno, o de
esquemas teórico-filosóficos sobre la cuestión. Por
lo dicho, el aporte de los estudios culturales se hace en cuanto al tema,
original e imprescindible. Sin él, no se entendería gran parte de las
condiciones simbólicas en que nos desempeñamos en el presente. Esto es
quizá lo que ha llevado a un filósofo como M. Hopenhayn a establecer su
peculiar situación “intermedia” entre estudios culturales y filosofía
de la posmodernidad (Hopenhayn, 1996), desde donde ha buscado no perder la
riqueza aportada a partir de estos dos polos diferenciados de producción.
Las características de la cultura de los jóvenes, de las tribus urbanas,
del universo de las bandas de rock, de los fanáticos del deporte o los de
la música salsa, todo esto se hace discernible a partir de los estudios
culturales y, lo que es más, prácticamente sólo a partir de ellos. A
su vez, los desarrollos “filosóficos” sobre posmodernidad cubren
aspectos teóricos irrenunciables, que los estudios culturales no toman
como objeto. Qué es lo posmoderno, cuál su relación con la modernidad,
con el modernismo, con la modernización, con el tema del sujeto y de la
ciencia... Estas cuestiones o no son tematizadas, o lo son solamente al
pasar, dentro de los llamados estudios culturales (y a este exclusivo fin,
incluimos en la categoría también a B. Sarlo). Para estos enfoques a los
que para simplificar hemos llamado filosóficos,
se trata de teorías de lo
posmoderno que no tratan sobre el contenido concreto de la vida social
o cultural posmoderna, sino sobre el concepto mismo de posmodernidad. Por
ello, resultan por su parte imprescindibles, cualquiera sea el juicio que
pueda hacerse sobre sus logros o su validez. Ocupan un espacio que pudiera
llenarse mejor o peor, pero que en ningún caso puede quedar vacío si
queremos alcanzar una conceptualización del fenómeno en el
subcontinente. Tampoco
se podría deducir estos
conceptos de lo que existe a partir de estudios culturales. Nos
encontramos con dos universos discursivos ajenos el uno al otro, y que no
han hecho mutuas relaciones explícitas de peso. Sin embargo, si son
suficientemente sólidos, deberán encontrar al menos su mutua compatibilidad. Es decir: no se volverán discursos que ocupen un
terreno referencial coextensivo,
y por tanto su diferencia mutua va a sostenerse (y sería saludable que así
suceda). Pero su relación de casi total exterioridad debiera ir reduciéndose:
cada uno debiera tomar cuenta de la existencia del otro, e intentar
cotejar con él sus supuestos. De modo que la cultura de lo posmoderno
aparezca consistente con una teoría específica de la realidad
posmoderna, y esta se muestre capaz de ser coherente con los hechos
concretos que surjan de una descriptiva conceptualmente mediada de la
contemporaneidad. Es
este el punto en que estamos. Los actuales entrecruzamientos de
hecho entre autores de estos dos grupos (por cierto ambos son conjuntos
ideales, no fácticos), van augurando un mutuo fecundamiento
conceptual. Tal vez ya no esté lejana la hora de una interpretación de
lo posmoderno en que confluyan sopesadamente, para Latinoamérica, los
aspectos filosóficos, los sociales y los culturales. Notas
Referencias bibliográficas
[Este estudio se publicó originalmente en Revista RELEA (CIPOST, Univ. Central de Venezuela, Caracas), 10 (2000): 79-101.]
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| © José Luis Gómez-Martínez Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan. |