George Reyes
"REPENSANDO EL PAPEL DEL INTELECTUAL EN
EL CONTEXTO DE RELACIONES DE PODER"
El propósito de este ensayo
es reflexionar brevemente en torno al papel del intelectual
latinoamericano y de su producción cultural
dentro del contexto actual de relaciones de poder. Lo haré a la
luz del pensamiento del filósofo deconstructivista nietzscheano
y francés Michel Foucault (1926-1984), lanzado en el marco de
una década contestataria y revolucionaria como fue la del
sesenta del siglo anterior y que lo he estudiado y criticado en
otro lugar (2007ab).
Sin agotar descriptivamente toda la riqueza de ese pensamiento,
y sin crítica alguna del mismo, primeramente, resumo el papel
del intelectual en el contexto ideológico moderno; seguidamente,
en el neocolonial posmoderno; finalmente, resumo mi opinión.
El
papel del intelectual en el contexto ideológico moderno:
El intelectual representante y concientizador “universal”
En el contexto ideológico moderno, el
intelectual y su papel habrían de ser vistos y analizados bajo el influjo
del enciclopedismo de la Ilustración. Haciendo una clara alusión al
pensamiento de J. P. Sartre, Foucault (1992:30-44, 78-88, 186-190; 2001)
arguye que este intelectual, de talante marxista, solía percibirse como un
profeta concientizador de las masas (los sin voz, que aún no tienen el
poder) y detentador de la conciencia verdadera (respecto, por ejemplo, al
problema que entraña el poder) y de un saber o verdad universal.
En este sentido, prosigue Foucault,
este intelectual veía que su papel era ser no sólo el portavoz de esas
masas, sino también su consejero, con la facultad de cambiarles su
conciencia, sugerirles lo que se debe o no hacer y sintetizarles sus
necesidades e intereses, que verán satisfechos el día cuando cobren la
conciencia verdadera. En suma, este intelectual, como técnico del saber
práctico, ejercía su liderazgo en función de los intereses de las masas que
representa o que, en su imaginario, creía representar.
Este es el intelectual “universal” y
su papel, y es así cómo, según el escritor guatemalteco Arturo Arias, se ha
visto y desempeñado el intelectual en Centroamérica. Explorando algunos de
los rasgos más significativos del papel jugado por Mario Payeras (1940-1995)
¾quien
como revolucionario-escritor (poeta y cuentista) guatemalteco es un modelo
de las contradicciones vividas por los intelectuales/ militantes
centroamericanos en el período que va aproximadamente de 1955 a 1985¾,
Arias argumenta:
Conformados con las nociones
enciclopedistas de la ilustración y bajo un romántico entendimiento
de la cultura maya, los intelectuales centroamericanos de izquierda
se autoconstituyeron, se imaginaron a sí mismos, como especie de
shamanes de su tribu. Para ellos, el intelectual era una especie de
oráculo: hablaba por los muchos que no se podían hacer escuchar, por
los que “no tienen voz”. Prácticamente desde la independencia hasta
las guerras revolucionarias de los años ochenta, consideraban la
suya una función patriótica de naturaleza social. Según ésta, el
intelectual, el escritor, llevaba a sus espaldas el peso de su
pueblo. El (o ella) no escribían para transformar la conciencia del
mismo, pues sabía el pueblo no los podía leer. Por el contrario,
escribían para crear la memoria colectiva del mismo. Armados con la
fuerza moral que esto conllevaba, luchaban para transformar las
estructuras mentales de los sectores dominantes y por ejercer una
nueva hegemonía cultural que contribuyera decididamente a la
transformación de la sociedad y del estado (Arias 2007). (Enfasis
mío)
Esta concepción y papel del
intelectual, prosigue Arias, implicó que la gran mayoría de intelectuales
siempre terminaran muertos, en prisión o en el exilio
y que las diferencias entre intelectual y político, poeta y guerrillero o
acción revolucionaria y quehacer artístico se fueran borrando. Es más, añade
Arias, como intelectuales, su práctica concreta pasó a ser semejante a la
del intelectual engagé definido por Sartre, pero que, en un marco
eminentemente marxista, esa práctica reflejaba ser “una especie de híbrido
entre un intelectual gramsciano y un escritor de vanguardia, que buscaba
sistematizar la producción cultural dentro de un nuevo paradigma
revolucionario, por medio de su propia praxis más que por la
autorreflexibilidad” (2007). (Enfasis suyo).
Posteriormente, Foucault no sólo
rebautizaría a este intelectual como “representante universal”, sino que
también criticaría y rechazaría esta concepción y papel sartreano-marxista.
Es que, según él, por un lado, esta concepción y papel suponen que el poder
es substancial en vez de relacional; es decir, suponen que el poder es una
cosa-en-sí ¾poseída
y ejercida sólo por el aparato de Estado y por el jurídico de la dirigencia¾
en vez de una red de micropoderes camuflados y ejercidos a nivel
sujeto-sujeto en toda la malla social, que mantienen una relación cómplice y
legitimadora mutua con el saber.
Suponer lo uno y olvidar lo otro,
arguye Foucault, implica que el intelectual “universal” es ingenuo. Lo es
porque al suponer que el poder es algo que posee y ejerce
contra el sujeto sólo el Estado y la clase dirigente, contribuye no sólo,
como si eso bastase, a derrocar esas viejas estructuras, sino también a
construir sobre las mismas otras refuncionalizadas. Con ello, observa
Foucault, olvida que esas estructuras refuncionalizadas seguirían siendo
iguales a las anteriores, ya que es imposible reutilizar un dispositivo de
poder burgués (las viejas estructuras/ el aparato de Estado) con fines
revolucionarios, sin verse atrapado en el sistema de poder
¾contra
el cual lucha¾,
mucho más cuando éste no es revolucionado totalmente, aunque promueva el
cambio de su ideología; con ello, además, intenta alinear entre sí
ideologías opuestas (la burgués y marxista), por lo que es necesario
aplicarle a este intelectual “universal” la hermenéutica de la sospecha
tanto a su tentativa como a su “conciencia verdadera” y papel de mediador
entre ambas perspectivas ideológicas.
Por otro lado, observa Foucault, la
concepción y papel sartreano-marxista del intelectual son incongruentes. Es
que este intelectual reproduce y practica las relaciones de poder propias
del sistema contra el cual lucha, cuando, al suponerse detentador de la
“conciencia verdadera” y de un saber universal “objetivo”, deja entrever una
jerarquía de conciencia y sapiencia que va del más concientizado y sapiente
(el intelectual) al sombríamente concientizado y sapiente (las masas). De
modo que esta conceptualización ve al intelectual en una escala jerárquica
superior en cuanto a conciencia, sapiencia y universalidad respecto a las
masas. El posee otra cosa fundamental que ellas no poseen: la verdad
“objetiva” (la ideología, por ejemplo); de ahí que se vea en la obligación
de conducirlas hacia su estadío de conciencia verdadera, derribarles toda
conciencia falsa de su lugar privilegiado y cantar a todo mundo esa verdad
en las calles. Pero esto no es todo.
Con sus operaciones y prácticas
discursivas sugerentes y orientadoras, este intelectual tiende a dominar y,
con su excesivo idealismo, optimismo y sapiencia, a embelesar la voluntad de
las masas. Con todo lo anterior, y con el hecho de aceptar y legitimar el
mito occidental que entre el saber (como el suyo) y el poder no existe
relación cómplice y legitimadora mutua alguna (a fin de mantener la
explotación capitalista), no hace sino, concluye Foucault, reproducir o
refuncionalizar sobre las masas las relaciones y mecanismos tradicionales de
poder que él intenta deconstruir y desearía rechazar.
Estos son, pues, algunos de los
peligros que entrañan los intelectuales “universales” y su papel. No es de
extrañar, entonces, por qué Foucault los critica y rechaza ácidamente:
Ahora bien, lo que los
intelectuales [“universales”] han descubierto después de la
avalancha reciente, es que las masas no tienen la necesidad de ellos
para saber; saben claramente... mucho mejor que ellos... Pero existe
un sistema de poder que obstaculiza, que prohíbe, que invalida ese
discurso y ese saber. Poder que no está solamente en las instancias
superiores de la censura, sino que se hunde... más sutilmente en
toda la malla de la sociedad. Ellos mismos, los intelectuales,
forman parte de ese sistema de poder, la idea de que son los agentes
de la “conciencia” y del discurso pertenece a ese sistema. El papel
del intelectual no es el de situarse “un poco en avance o un poco al
margen” para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar
contra las formas de poder allí donde éste es a la vez el objeto y
el instrumento: en el orden del “saber”, de la “verdad”, de la
“conciencia”, del “discurso” (Foucault 1992:80).
El
papel del intelectual en el contexto neocolonial
posmoderno: El intelectual “específico”
Foucault opina que el intelectual
“universal” ha venido siendo sustituido por el “específico”. Esto es
evidente, arguye él, porque los intelectuales procuran trabajar ahora “no lo
‘universal’, lo ‘ejemplar’, lo ‘justo-y-verdadero-para-todos’, sino sectores
específicos, puntos precisos en los que los situaban sus condiciones de
trabajo, o sus condiciones de vida (la vivienda, el hospital...la
universidad, las relaciones familiares o sexuales)” (1992:187). Esto quiere
decir que su papel, el cual, según la poeta guatemalteca, Premio Nacional de
Literatura, Margarita Carrera (1998:42), viene teniendo repercusiones en el
discurso poético,
y que, según Foucault, se ha venido articulando a partir de la segunda
guerra mundial, no es luchar hoy, embelesada y optimistamente, para que las
masas tomen conciencia, ya que, como saber, ésta hace tiempo ha sido poseída
por ellas.
Como “sabio-experto” o técnico de un
saber o campo específico de investigación, opina Foucault, el papel del
intelectual es ahora participar desde su propio campo en las luchas
políticas contra el poder, a fin de “hacerlo aparecer allí donde es más
invisible y más insidioso” (1992:80). Desde su saber o campo específico,
además, y a fin de construir nuevas formas de saber y de minar la relación
cómplice y legitimadora de los saberes con el poder, este intelectual ha de
cuestionar epistemológicamente también a los primeros e intentar, por lo
tanto, hacerles su genealogía, ésto es, una investigación de su historia que
le permita desenmascarar la forma cómo ellos se habrían ido constituyendo
como tales al servicio sutil del poder.
Consciente de que el poder es una red
de micropoderes, que atraviesa incluso la vida cotidiana, el intelectual
“específico” ha de luchar en todos los frentes del sistema (1992:41).
Colocándose en esos frentes y en los centros de poder más sutiles o
camuflados de esa red, ha de ofrecer instrumentos de análisis y hacer un
croquis topográfico y genealógico de la batalla, a fin de comprender mejor
la realidad presente. Así, arguye Foucault, obtendría, entre otras cosas,
una conciencia mucho más concreta y real de esa batalla, que le permita
percibir dónde se ha implantado el poder y cuáles son sus líneas de
fragilidad; así, además, al cuestionar y revolucionar desde su saber
específico ese mismo saber y cualquier otro dominante y legitimador del
poder, estaría también no sólo teorizando, sino también, por ese mismo
hecho, ejerciendo su praxis (1992:80).
El intelectual “específico”, implica
Foucault, no es como el “universal” solamente un teórico-técnico del saber
ni, mucho menos, un espectador privilegiado, “cabeza” o representante alguno
de revolución, que desciende a las masas para elevarles su nivel de
conciencia o comunicarles, por escrito o verbalmente, “la” verdad
indiscutible. Habría que recordar aquí otra implicación de Foucault: “la
figura en la que se concentran las funciones y prestigios de este nuevo
intelectual, no es ya la del ‘escritor genial’, no es la del ‘sabio
absoluto’, no es aquel que lleva sobre sí mismo los valores de todos...
Vivimos la desaparición del ‘gran escritor’” (1992:190).
El
intelectual: Sujeto “íntegro” contra las relaciones de poder
El papel del intelectual es también ser
un crítico del poder, incluso del que Foucault estima positivo: el
productivo. Pero le será difícil cumplir este papel, si formase parte de los
círculos de poder y fuese un ideólogo de los mismos.
Por eso, no sólo para el ejercicio de la crítica, sino también para una
mayor efectividad de la misma, la integridad del intelectual es fundamental.
La figura de un intelectual honesto,
solidario, humilde, equilibrado y que, contrariamente a esa mayoría o, como
la llama N. Chomsky, “fábrica de consenso”
¾que cree
saberlo todo, tener razón en todo, que piensa y acciona rígida e
independientemente y reclama para sí una genialidad, “nombre” y privilegios
caros¾,
está orientado a renunciar y desenmascarar al poder, es urgente frente a ese
neocolonialismo posmoderno: la globalización, amparada y legitimada
por la ideología de mercado y sus mitos (cp. Hughes 2003:126-152). ¿Y no lo
sería también frente a la ambivalencia de lo que parece ser la nueva
ideología política y económica alternativa en Latinoamérica y a la cual los
poderes tradicionales temen y rechazan: el “socialismo del siglo xxi”?
Aclarando el papel que el intelectual
debe desempeñar en el entorno social, y desde su experiencia al servicio de
los movimientos sociales, el lingüista y ensayista estadounidense H. D.
Steffan (2001), opina algo fundamental. Esto es que, para ser ese
intelectual y desempeñar ese papel, es necesario situarse lejos del poder
central y comprometerse con las fuerzas populares que luchan por mejorar las
cosas y, agregaría, por la instauración de la auténtica democracia y por una
integridad ético-moral y coherente, fruto de un compromiso con esa
“metafísica de la presencia” ignorada por la filosofía posmoderna: el Dios
Trino.
Mucho más hoy cuando el intelectual
“universal” sartreano-marxista y sus presupuestos, pretensiones y genialidad
como escritor siguen siendo cada vez más anacrónicos y estando bajo
sospecha, él ha de tener presente por lo menos lo siguiente: que,
contrariamente a lo que se piensa incluso en ciertos círculos religiosos
posmodernos, las palabras por sí mismas carecen de poder mágico
transformador;
que el poder corrompe, aunque sea neutral y dependa de su uso;
que el “nombre” que le pueda otorgar ese papel ha de estar subordinado al
poder de la integridad, a fin de estar así capacitado moralmente para luchar
contra las relaciones de dominio que privilegian el chantaje, la injusticia,
el discrimen, la indiferencia y la muerte; finalmente, que una forma de
ejercer cierta hegemonía es no sólo orientando y concientizando, sino
también sabiendo, escribiendo o hablando por los demás, pues en Occidente la
relación dialéctica poder-saber-saber-poder no es un mito como sí lo es en
verdad el apoliticismo.
Como bien opina Foucault (1992:190 cp.
H. D. Steffan 2001), este intelectual y su papel nada adulador del poder es
quien, cual Payeras, termina, si no en la muerte y la prisión, en el exilio,
la miseria, el discrimen o el olvido; o, en su defecto, es quien más corre
el peligro de ser “asimilado” por el poder, por carecer de apoyo o ser
seguido sólo por unos cuantos, ya que otra de las paradojas del/ de la
intelectual dentro del contexto neocolonial es que su voz suele tener
validez y repercusión en tanto es legitimada por los centros de decisión
cultural nacionales e internacionales, que deciden la canonicidad (léase
fama) del sujeto-escritor diría en el sentido foucaultiano: que sojuzga y
constituye al sujeto.
A la luz de lo argumentado, se hace
necesario, pues, seguir repensando hoy el papel del intelectual-escritor, de
las prácticas discursivas literarias y, por ende, de aquello que se ha
entendido como literatura por mucho tiempo. Así, entre otras cosas, se
podría deconstruir la presuposición que todo discurso literario incluso
narrativo es “pura literatura”, es decir, además de irrelevante a la
realidad sociopolítica y misión, egocéntrico y subjetivo (léase sustentador
del statu quo y, epistemológicamente, asociado a la sinrazón y
fantasía y por eso carente de racionalidad y quizás de valor).
Pero al privilegiar la relevancia del
discurso literario habría que tener cuidado de no limitar ni, mucho menos,
eliminar la expresión y brillantez estético-lírico-polisémico que debiera
poseer. Es que, en última instancia, ésto es lo que lo identifica y define
como aquello que es en realidad: literatura artístico-cultural. Desde
esta perspectiva, ¿no sería necesario repensar también la crítica literaria,
a fin de que se base menos en la naturaleza autónoma del texto y más en su
analógica? (cp. Reyes 2005; 2006).
Bibliografía
-
Arias, A. (2007). Repensando el predicamento del
intelectual neocolonial. Recuperado el 14 de mayo del 2007, de http//:www.literaturaguatemalteca.org/arias23.htm.
-
Carrera, M. (1998). Los nuevos cánones literarios. En
Prensa Libre (p. 42). Guatemala, Guatemala, C. A.
-
Foucault, M. (1992). Microfísica del poder. J.
Varela y F. Alvarez-Uría (Trads.). Madrid, España: Las Ediciones de la
Piqueta.
-
_________. (2001). La verdad y las formas jurídicas.
E. Lynch (Trad.).
Barcelona, España: Gedisa.
-
Hughes, R. T. (2003). Myths America Lives By.
Illinois, Chicago, USA: University of Illinois Press.
-
Juaristi, F., y otros, (2002). ¿Qué puede la poesía?
A. Del Río, L. Etxenike y M. Fernández (Trads.). Bilbao, España:
Basarai.
-
Reyes, G. (2005). El poder de la palabra poética: Hacia
una hermenéutica filosófica literaria. Recuperado el 4 de junio del
2007, de http//:www.realidadliteral.net/palabrassinvoz.htm.
-
_______. (2006). Discurso poético lírico y analógico. En
Antología de la poesía protestante Hispanoamericana, por
publicarse.
-
_______. (2007a). Verdad y racionalidad hermenéutica
analógica: Búsqueda e implicaciones. Por publicarse.
-
_______. (2007b). Hermenéutica del poder: Foucault,
contexto y texto bíblico. Por publicarse.
-
Steffan, H. D. (2001). Los
intelectuales (¿críticos o servidores del poder?). Recuperado el 30 de
mayo del 2007, de http//:www.lanacion.com.ar/suples/cultura/0133/P01.HTM.
-
Tazo, F. (2007). Michel Foucault: Sobre el intelectual.
Recuperado el 14 de mayo del 2007, de http//:www.monografías.com/trabajos28/Foucault-intelectuales/Foucault-intelectuales.shtml.
-
Vargas Llosa, M. (2007). La utopía política es
catastrófica. En El Comercio (p. 29), Quito, Ecuador.
[Autor: George Reyes, poeta y crítico
literario ecuatoriano]
Actualizado: 2 de julio
de 2007
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso
correspondan.