Sírio López
Velasco
EL
INDIVIDUO Y LOS “POSMODERNOS”
(MODERNIDAD Y POS-MODERNIDAD)
Apoyándonos
en la tradición de la Historia de la Filosofía que refiere la
discusión-opción entre los “antiguos” y los “modernos” podemos situar la
Modernidad como el período histórico que se abre en el siglo XVI, teniendo
como figuras filosóficas fundadoras a Francis Bacon y René Descartes, y cuyo
eventual fin está en discusión a partir de la consideración del pensamiento
auto-denominado Posmoderno cuya aparición data de los años 1970.
Habrá de
notarse que Jürgen Habermas cuando se ocupa del discurso filosófico de los
Modernos en el libro que lleva ese título [Der Philosophische Diskurs der
Moderne, Suhrkamp, Frankfurt, 1985] define a partir de Max Weber la
característica propia de la Modernidad como siendo la “diferenciación de las
esferas de valor”, de tal forma que las “cuestiones relativas a la verdad,
las cuestiones relativas a la justicia y las cuestiones relativas al gusto
pueden ser tratadas y desarrolladas según la lógica que en cada caso les es
propia”. [op.cit., versión en portugués, p.114].
Con esta
definición Habermas parece aludir al período iniciado explícitamente por las
tres “Críticas” de Kant y ello se confirma cuando leemos que Habermas,
analizando las ideas de Michel Foucault, dice que “Con Kant se abre la época
de la modernidad”, denominando “época clásica” al período que se sitúa entre
el Renacimiento del siglo XVI y Kant. [Op.cit., p.245].
Ahora bien,
retomando las ideas de Martin Heidegger, quien dijera que “La época que
designamos moderna [...] está determinada por el hecho del Hombre ser la
medida y el medio del ente. El Hombre es lo subyacente a todo ente, o sea, a
toda objetivación y representabilidad de los tiempos modernos, el subiectum”
[M.Heidegger, Nietzsche, Pfullingen, 1961, Vol.II, p.61; citado por
Habremas, op.cit., p.132], es preciso entender que nuevamente estamos siendo
remitidos a Descartes, en tanto que precursor de la filosofía trascendental
kantiana. En efecto después de afirmar que con Kant se abre la Modernidad,
Habermas prosigue diciendo: “Luego que se quiebra el sello metafísico que
garantizaba la correspondencia entre la lengua y el mundo, la propia función
representativa de la lengua se transforma en un problema: el sujeto
representante tiene que tornarse objeto para poder ver con claridad en el
proceso problemático de la representación. El concepto de auto-reflexión es
adoptado y la relación del sujeto representante consigo mismo se torna el
único fundamento de las últimas certezas”. [Op.cit, p. 245].
A ese mismo
auto-descubrimiento del sujeto (ahora bautizado pura y simplemente “Hombre”)
identifica Foucault como característica distintiva de la Modernidad, pero
ahora para referirse nuevamente a la época de Kant, cuando dice que “Antes
del siglo XVIII el hombre no existía [...] Ciertamente podrá decirse
que la gramática general, la historia natural, el análisis de las riquezas
eran maneras de reconocer al hombre [...] pero no había conciencia
epistemológica del hombre como tal” [los subrayados son de M.Foucault,
in A Ordem das Coisas, Efm, 1971, p.376; citado por Habermas, op.cit.,
p.245].
Según
Habermas, para Foucault “la Modernidad se caracteriza por una forma
contradictoria y antropocéntrica de saber de un sujeto estructuralmente
sobrecargado, un sujeto finito que se trasciende en lo infinito”; un sujeto
postulado por la filosofía de la conciencia de forma tal que éste se halla
duplicado y considerado “según dos aspectos contrarios, según el caso, e
incompatibles el uno con el otro”. Esa contradicción pretende ser resuelta,
según Foucault, por la forma moderna de saber, “determinada por la
peculiaridad de una voluntad de verdad para la cual cada frustración
es apenas un incentivo para una renovada producción del saber”, siendo esta
voluntad de verdad para Foucault “la llave de la relación interna que existe
entre el saber y el poder” (op.cit., p.246).
Y ahora es mi
turno de destacar que por estas palabras somos re-enviados a Francis Bacon,
cuando éste en el Aforismo III de la Segunda Parte del Novum Organum
dice: “La ciencia y el poder humanos vienen a ser lo mismo porque el ignorar
la causa nos priva del efecto. En efecto no es posible vencer la naturaleza
más que obedeciéndola y lo que en la contemplación tiene el valor de causa
viene a tener en la operación el valor de regla” [Bacon 1620, La Gran
Restauración, Alianza Editorial, Madrid, 1985, p.88].
Y Bacon habrá
de encontrar eco en Descartes: “Puesto que ellas (las nociones generales de
Física) me han hecho ver que es posible llegar a conocimientos que sean muy
útiles a la vida, y que en vez de esa filosofía especulativa, que se enseña
en las escuelas, se puede encontrar una (filosofía) práctica, mediante la
cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, el agua, el aire, los
astros, los cielos y de todos los otros cuerpos que nos cercan, tan
distintamente como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos,
podríamos emplearlos de la misma manera a todos los usos a los cuales son
adecuados, y así hacernos como amos y poseedores de la Naturaleza”.
“Car elles (las nociones
generales de Física) m´ont fait voir qu´il est possible de parvenir à des
connaissances qui soient fort utiles à la vie, et qu´au lieu de cette
philosophie spéculative, qu´on enseigne dans les écoles, on en peut trouver
une pratique, par laquelle, connaissant la force et les actions du feu, de
l´eau, de l´air, des astres, des cieux et de tous les autres corps qui nous
environnent, aussi distinctement que nous connaissons les divers métiers de
nos artisans, nous les pourrions employer en même façon à tous les usages
auxquels ils sont propres, et ainsi nous rendre comme maîtres et possesseurs
de la Nature”;
(Descartes, 1637, Sexta parte, 1972, p. 97).
Con esta
observación se agrega a nuestro perfil de la Modernidad otro elemento, a
saber, la proclamación-tentativa del control y uso planificado de la
naturaleza a través del conocimiento de sus leyes.
Ahora bien,
¿qué fin atribuye Bacon a ese dominio?
La respuesta
explícita a esa pregunta aparece, entre otros pasajes, en aquel en que Bacon
aclara que su crítica de los “ídolos”, y la “depuración del entendimiento”
que de ella resulta, aguarda y desea el nacimiento de “una estirpe de
inventores que domen y sometan, al menos en parte, las necesidades y
miserias humanas” [op.cit., Distribución de la Obra, p.69 y 70].
Así es
colocada la razón instrumental al servicio de la satisfacción de las
necesidades humanas con la consiguiente erradicación de las miserias de la
Humanidad.
De esa manera
llegamos a un estadio en que podemos tratar de sintetizar los rasgos
característicos de lo que se podría llamar el “pensamiento-sentimiento
(filosófico) de la Modernidad”.
Esas
características son:
-
1. Constitución del Sujeto
como fuente de todas las certezas y, por esa vía, constitución del
propio “Hombre” como realidad epistemológica.
[Debe notarse que esta primera característica supone una
antropomorfización del mundo, con la consiguiente ruptura de la imagen
teocéntrica del mismo que caracterizaba a la Edad Media].
-
2. Establecimiento de la
Razón, entendida como el “lugar” del conocer (por argumentación, en la
forma en que ésta es entendida por el paradigma de la lógica clásica, o
sea, pautada por la relación de consecuencia entre la verdad de las
premisas y la verdad de la conclusión), constituido en tribunal
inapelable.
-
3. Mas esta Razón:
3.1 Será primero identificada explícitamente en Bacon y también en
Descartes, con una de sus facetas, a saber, la relativa al
conocimiento-dominio instrumental de la Naturaleza, en función y para
fines de la satisfacción de las necesidades humanas y la erradicación de
las miserias que afectan a la humanidad (sin que ni las “necesidades” ni
las “miserias” sean caracterizadas a la luz de normas éticas
argumentativamente deducidas y fundamentadas).
3.2 Luego será subdividida, en Kant, en los tres componentes que son: a)
el orden puro-instrumental, b) el órden práctico-moral, y, c) el órden
estético.
-
4. La constitución
epistemológica del sujeto y la puesta a luz de lo que sean necesidades y
miserias humanas acontecen a través de la auto-reflexión que se
constituye en mecanismo (necesario aunque no suficiente) de la
emancipación, en actitud de “iluminación de las tinieblas medievales”
(recordemos el nombre que el movimiento de la “Aufklarung” reservó para
sí mismo) que supone el (re)tomar el destino del hombre en las manos del
hombre mismo.
-
5. Con todo lo anterior la
Historia pasa a ser vista como el escenario de la marcha progresiva de
la emancipación humana a través del conocimiento en todos los órdenes y
la organización racional (o sea planificada) de los espacios de
convivencia social.
Así se dan la mano la lectura progresiva de la Historia tal como la
presenta Hegel y la consigna de “orden y progreso” que Augusto Comte
deduce de los estadios de la evolución humana y de la voluntad de
conciliación entre lo que él juzgaba ser el resumen de los méritos del
“Ancien Regime” y del nuevo régimen salido de la Revolución Francesa (Cfr.
Comte 1844, 1963 en especial p. 109, 127, 129, 137).
El
pensamiento auto-denominado “Posmoderno” que presentaremos a través de las
ideas de uno de sus padres, a saber Jean-François Lyotard, quien publicara
La condition postmoderne en 1979 (Paris, Éditions de Minuit), puede
ser resumido como una contra-cara crítica de estas cinco características.
-
A. Siguiendo la fórmula
escueta del pos-estructuralismo la tesis defendida por los Posmodernos
es que “el hombre ha muerto”.
En Lyotard esta tesis es defendida a partir de las consideraciones
hechas por Ludwig Wittgenstein en su segunda filosofía (el “segundo
Wittgenstein” de las Investigaciones Filosóficas) sobre el hecho
de que el lenguaje no se restringe al juego del “enunciar” (así como lo
estudia y analiza la lógica clásica) sino que se compone de una multitud
de “juegos de lenguaje” que guardan entre sí un “parecido de familia”
pero que son mutuamente irreductibles y sobre la cual no puede operar
como instancia unificadora ningún meta-lenguaje. (cfr. Philosophische
Untersuchungen # 65, 67 y siguientes).
Lyotard dirá que caracteriza a la condición posmoderna el hecho de que
el supuesto sujeto se distribuye en una multitud de roles, usando en
cada uno de ellos el correspondiente “juego de lenguaje”, en una vida
plural que significa en realidad la muerte de aquel sujeto homogéneo
postulado por la Modernidad.
-
B. Para Lyotard este sujeto
que es no-sujeto es la causa y el efecto de una característica que
define la condición posmoderna, a saber, la desconfianza y des-creencia
en las meta-narrativas. Y él entiende por tales las grandes teorías
unificadoras de la Historia con la finalidad de descubrirle un supuesto
sentido progresivo, principalmente las relativas al “progreso” y a la
“emancipación”.
Con estas meta-narrativas lo que es sometido a crítica, según Lyotard,
es la propia “razón” y la idea del “consenso” apoyada sobre ella y
considerado como inevitablemente bueno.
El motivo que justifica tal denuncia del “progreso” y de la
“emancipación” y del culto de la “razón” y del “consenso”, es el hecho
de que, según Lyotard, las meta-narrativas propugnadoras de tales
conceptos han llevado al Terror (manifiesto en el período de la
Revolución Francesa identificado precisamente por ese nombre, en el
nazismo simbolizado por el campo de exterminio de Auschwitts y en el
“socialismo real” por el Gulag).
-
C. De esta crítica extrae
Lyotard el fundamento de la defensa de la diferencia y del pluralismo,
que constituyen según él los pilares de una aptitud-actitud de justicia
en las relaciones interhumanas en la condición posmoderna.
Para tanto el culto de la diferencia y del pluralismo renuncia a
cualquier utopía histórica y en la época del saber informatizado,
elevado a fuente indiscutible del poder (a comenzar por el económico),
proclama, (y esta es la única propuesta de Lyotard en estos tiempos de
supuesta condición posmoderna, si lo entendimos bien) la apertura
irrestricta a cualquier demandante de los “bancos de datos” que
centralizan el saber acumulado y en producción permanente.
Por mi parte
prefiero abordar la Modernidad como un fenómeno de pensamiento y de vida
dotado de una cara y de una contra-cara que engloba en su devenir la
supuesta condición posmoderna.
En una óptica
simplificadora y por razones didácticas intentaré sintetizar ese carácter
dual a partir de las cinco características con las que antes intenté trazar
el perfil de la Modernidad.
-
1. Si en el acto de
constitución del sujeto como realidad epistemológica que abre las
puertas en la dinámica de auto-reflexión que él supone e instala está
implícita la posibilidad de la emancipación (que definimos como siendo
sinónimo de la auto-determinación consensual de la especie humana en
convivencia ecológica preservadora-regeneradora de la naturaleza
exterior), no es menos cierto (y eso ya quedó claro en Descartes cuando
no pudo resolver la cuestión de la relación inter-subjetiva entre los
diferentes sujetos encerrados y aislados mutuamente en su “yo pienso”)
que ese acto posibilita también la objetivación del otro ser humano, o
sea su rebajamiento a la condición de objeto.
No otra cosa es lo que sucede en el plano geopolítico cuando, como lo
dijo E. Dussel, el “yo pienso” cartesiano se manifiesta en el “yo
conquisto” de una Europa que cuestiona la humanidad de los pueblos
colonizados por ella y de hecho los reduce a objeto en un trato que
tiene en la esclavización de esos pueblos el símbolo extremo pero
revelador de esa visión.
En el plano de las relaciones económico-políticas “internas” a esa
Europa conquistadora, el mismo acto es contemporáneo de la objetivación
de los seres humanos que pasan a ser “cosas” que al igual que los medios
de producción pertenecen al capitalista naciente en la relación
asalariada establecida entre éste y aquellos.
-
2. La misma razón devenida
tribunal inapelable violenta y reprime la sensibilidad, o sea, la
erótica y la estética.
-
3. En la doble situación antes
descripta (en “1”) la “Razón” se identifica de hecho en manos de los
dominadores (los detentores del poder económico, político y militar) con
la razón instrumental, controladora-explotadora por medio del cálculo y
de la planificación, de la naturaleza y de los seres humanos dominados,
razón puesta al servicio de la manutención del poder por parte de los
primeros.
-
3.1 El propio concepto de
“razón” se escinde luego en compartimentos estanques que no permiten ni
a los dominados ni tampoco a los dominadores unificar en un conjunto
armónico los procederes instrumentales que adoptan en su día a día con
los preceptos morales que como auto-proclamados seguidores de la
tradición cristiana que pregona el amor y el servicio al prójimo, dicen
acatar.
-
3.1.1 Esa situación de
desgarro en la que, además, el Arte es objeto de comercio para los
dominadores y lujo inalcanzable para los dominados, es la que recibe
acogida e intento de solución en la tripartición de las “Críticas”
kantianas.
Es esa misma situación la que aflora en el hecho de que Bertrand Russell
no haya sido capaz de imaginar una coordinación racional entre sus
opciones éticas y su filosofía (pautada por el paradigma enunciativo que
domina la lógica clásica).
Y es una vez más la misma situación la que está por tras del sujeto
disperso en los múltiples roles gobernados por distintos juegos de
lenguaje que Lyotard se apresura a endiosar como modelo del correcto
proceder, sin detenerse a pensar en lo que esa situación supone como
“pobreza” del ser humano desarticulado en cuestión si se admite que es
una riqueza el que el ser humano sea el gobernante lúcido del
conjunto de su vida (que sólo así se constituye como “vida” para
trascender la mera “colección de eventos”) y no simplemente el
administrador de expresiones dispersas de su persona. (Para decirlo con
palabras de Freud cuando éste define la finalidad perseguida por el
análisis: “Su propósito (del psicoanálisis) es robustecer el yo,
hacerlo más independiente del super-yo, ampliar su campo de
percepción y desarrollar su organización, de manera que pueda apropiarse
nuevas partes del ello. Donde era ello, ha de ser yo”;
“La división de la personalidad psíquica”, in Nuevas aportaciones al
psicoanálisis, “4”, 1932, in Obras Completas, Vol. II, p.
916).
-
4. Lyotard respondería ante
esta última consideración que ella hace parte de la meta-narrativa de la
“emancipación”, que estaría supuestamente superada en la condición
posmoderna por cuanto ésta reconoce la multiplicidad de los juegos de
lenguaje incluidos en los roles dispersos de los individuos como
instancia insuperable.
A ello respondo con una crítica hecha al segundo Wittgenstein y que
Lyotard parece desconocer.
Tal crítica consiste en mostrar que la simple perspectiva panorámica
sobre la multiplicidad de los juegos de lenguaje supone la posición
meta-lingüística que precisamente Wittgenstein pretende negar. O sea, la
propia obra de Wittgenstein es la refutación de esa tesis de
Wittgenstein. Dicho de otra manera, el juego de lenguaje del
Wittgenstein-filósofo es el meta-lenguaje que hace posible la
percepción-descripción de la multiplicidad de los juegos de lenguaje en
cuyo nombre pretende desautorizarse la existencia del primero.
(A la luz del operador de “condicional” diremos que damos por verdadera
la sentencia “Yo uso de un meta-lenguaje panorámico es condición de yo
percibo-describo la multiplicidad de juegos de lenguaje existentes en la
lengua ´x´”; siendo ´x´ mi lengua materna u otro lenguaje natural
cualquiera).
Así, venida abajo la tesis de la imposibilidad del meta-lenguaje
superador de la multiplicidad de los juegos de lenguaje, cae el
fundamento lógico-lingüístico-epistemológico de Lyotard contra las
meta-narrativas, incluidas la referente a la emancipación.
-
4.1 Esto no quiere decir, como
lo veremos, que la meta-narrativa de la emancipación pueda obviar el
hecho real de los terrores que se han cometido en su nombre.
Tampoco quiere decir que la emancipación deba pensarse exclusivamente en
el terreno de lo económico-político, aunque a este terreno sea dada una
importancia fundamental por lo que él representa como “matriz” donde se
inscribe el día a día de las personas ; a partir de Foucault y Paulo
Freire sabemos que la crítica de las relaciones de dominación
(entendiendo por tales todas aquellas que impidan la auto-determinación
de un agente) debe extenderse a otras dimensiones específicas como son,
por ejemplo, los de las relaciones eróticas, pedagógicas
(educador-educando), entre mayoría-minorias, entre médico y paciente (y
en general entre prestadores y receptores de servicios), y aquellas
existentes entre el individuo y su propio cuerpo y persona.
-
4.2 Lyotard podría argüir que
la idea que presentamos de la emancipación como siendo la
auto-determinación consensual de los seres humanos en convivencia
ecológica, preservadora-regeneradora, con/de la naturaleza exterior, se
apoya en la idea de “consenso”, que la condición posmoderna
supuestamente ha superado en provecho de la idea del “disenso”,
fundamento del culto de la diferencia.
A ello respondo en primer lugar con Karl-Otto Apel que Lyotard no
percibe la “contradicción performativa” (tal vez sería más correcto a la
luz de Austin decir “contradicción ilocucionaria”) que significa en su
proceder el escribir un libro para defender la muerte del consenso.
En efecto, la defensa no-contradictoria de la muerte del consenso no
puede ser otra que la renuncia a la argumentación.
Ahora bien, Lyotard argumenta.Y al argumentar defiende con su postura la
idea de que cree que puede ponerse de acuerdo con el destinatario de sus
reflexiones; o sea, en resumen, que al publicar su reflexión no sólo
cree que el consenso es posible sino que lo busca deliberadamente.
Deberíamos recordarle, con Apel, que en cualquier acto argumentativo
está incluida la aceptación, junto a otros, del principio ético que
estipula la renuncia al egoísmo en una actitud de busca colectiva y
consensual de la verdad.
En resumen: con su libro Lyotard quiere crear consenso acerca de
la importancia del disenso, pero se equivoca (de hecho contradice lo que
hace con su libro) al creer que la actitud de la época, reflejada en su
libro, representa la superación del consenso por el disenso.
En segundo lugar me opongo a Lyotard mostrándole que la búsqueda del
“consenso” es un obligativo estipulado de la segunda norma de la ética,
deducida por procedimientos estrictamente argumentativos (con la ayuda
del operador de “condicional”) aplicados a la gramática profunda de la
pregunta que sin duda él se hace para guiar su vida y aún para
movilizarse hacia la escritura de su obra, pregunta que instaura el
ámbito de la ética y la moral, a saber, “¿Qué debo hacer?”.
A la luz de este hecho la negación del consenso por parte de Lyotard se
revela como una conducta anti-ética porque ignora la gramática de la
pregunta “¿Qué debo hacer?”, instancia del lenguaje que sin duda
organiza (gramaticalmente) su pensar, en particular el volcado en el
libro de marras.
-
5. Parece claro que la
condición posmoderna descripta por Lyotard refleja un “estado de
espíritu” que, grosso modo, podríamos caracterizar como siendo el de la
desilusión sufrida por algunos de los participantes de los levantes de
1968 que vieron al mismo tiempo derrumbarse la imagen paradisíaca que
tenían del “socialismo real” (cuyo Gulag se revelaba al unísono de la
invasión de Checoeslovaquia por las tropas del Tratado de Varsovia) y la
resistencia triunfante del capitalismo que permanecía vivo y dinámico en
el presente de la Historia más allá de las modificaciones pos-68
acontecidas, en particular en la órbita de la sexualidad y la familia.
La realidad sobre la que se asienta tal estado de espíritu y que combina
ambos aspectos es un dato indiscutible de los tiempos.
También es indiscutible el hecho de que tal realidad destruye para
siempre la ilusión de que el proceso de emancipación pueda ser una
triunfal marcha linear de acontecimientos felices.
Ahora bien, tales constataciones lejos de cuestionar la vigencia de la
emancipación lo que hacen es cuestionar la lucidez de aquellos que la
confundieron con esta simplista marcha triunfal.
Lo que quiero decir es que, a mi modo de ver, la propia historia se ha
encargado de mostrar que la Historia no es el teatro de acontecimientos
dotados de un sentido pre-establecido sino que ella es el escenario
donde permanentemente se juega el juego de dados de las diversas
posibilidades abiertas por y a través de la acción de los seres humanos.
Esto quiere decir que si por un lado, como lo ha mostrado Apel, a menos
que renunciemos a todo enunciado y toda argumentación ya estamos
comprometidos con la búsqueda de una comunidad ideal de comunicación (y
de vida, agrego yo; cfr. Lopez Velasco 1994, Cap. I) en que todas las
necesidades de los hombres que sean compatibles con las de los demás y
con la postura preservadora-regeneradora de la naturaleza tienen que ser
objeto de la decisión consensual de todos los afectados (o por lo menos
de sus representantes), por otro lado esto no quiere decir, como también
lo ha mostrado Apel, que esta comunidad sea una fatalidad de la
Historia. Al contrario, ella depende en última instancia de cada acción
y omisión de los seres humanos en la medida en que, en la época de la
ciencia aplicada masivamente a las artes productivas y destructivas y de
los macro-efectos potencialmente destructores de toda la especie humana
que de esta época hacen parte, cada acción y omisión es una “jugada”
capaz de determinar la sobrevivencia de esta comunidad humana presente,
la cual, al mismo tiempo en que se articula en base a relaciones de
dominación, mentira y violencia, es condición para que aquella otra
comunidad ideal pueda un día venir-a-ser o por lo menos de ella la
Humanidad pueda aproximarse tanto como sea posible en el transcurso de
la Historia.
Para concluir
y a la luz de lo que precede quiero decir que comparto con David Harvey (“The
condition of Postmodernity.An Enquiry into the Origins of Cultural Change”,
Basil Blackwell, Oxford, 1989) la idea de que la supuesta “condición
posmoderna” descripta, entre otros, por Lyotard, no es más que una peripecia
de la Modernidad y, más específicamente, de la condición humana en el
contexto de las relaciones capitalistas de vida, pero que también esa
descripción enriquece la crítica emancipatoria de la “contra-cara” de la
Modernidad al señalarle algunos elementos desdeñados o ubicados en situación
muy secundaria anteriormente.
Entre éstos
destacaría los siguientes:
-
1. Que la alteridad es
categoría indisociable de cualquier teoría de la emancipación que
postule como legítima toda aspiración que no sea incompatible con
aspiraciones ajenas y con la postura preservadora de la naturaleza. Ello
porque tal ejercicio de la alteridad hace parte de la auto-determinación
en el seno de la consensualidad, tal como lo estipulan las dos primeras
normas de la ética.
-
2. Que la crítica y la
superación de las micro-dominaciones en las relaciones eróticas,
pedagógicas, de mayoría-minorías, inter-raciales, las existentes entre
profesionales y receptores de sus servicios (como la relación
médico-paciente, entre otras) y la relación vigente entre cada individuo
y su propio ser, es indisociable de la crítica y la superación de las
macro-dominaciones instituidas a través del poder
económico-político-militar-cultural, a partir del monopolio clasista de
los medios de producción.
-
3. Que la faceta estética de
la vida debe ser recuperada de su ostracismo o fragmentación en relación
a las facetas orientadas por la razón instrumental (que debe ser puesta
a servicio de la decisión comunitaria consensual) y por la razón
práctica (que debe re-articularse en base a los Cuasi-Razonamientos
Causales, así como yo los defino).
O sea, que la estetización de la existencia va a la par con la
domesticación consensual y ecológica de la razón instrumental y la
re-articulación argumentativa de la ética y que para los seres humanos
el vivir placenteramente es la razón y el destino del vivir.
-
4. Que, de manera similar a lo
que sucede con cualquier hipótesis científica, la “meta-narrativa de la
emancipación” es una hipótesis incierta y condenada a ser corregida
incesantemente a la luz de los acontecimientos en una dinámica de
falseación en que la verdad es una idea reguladora inalcanzable.
[Fuente:
Este texto es un fragmento del cap. III del vol. 2 de Sirio López Velasco,
Ética de la Liberación, C. Grande, 1997.]
Actualizado: 21 de marzo
de 2007
© José Luis Gómez-Martínez
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