José Luis Gómez-Martínez

 

"El discurso antrópico y su hermenéutica"

La obra literaria se realiza en la comunicación antrópica, aun cuando el péndulo de la crítica académica haya pasado en las últimas décadas del énfasis en un sentido depositario de la misma a la negación de la posibilidad de un significar transcendente.

1. El discurso antrópico y su hermenéutica.

El lenguaje del escritor, como el de cualquier artista, surge siempre en tensión en el seno de una lengua; es decir, de una estructura externa convencional de signos que lo aprisiona, que en cierto modo lo determina, pero a la que también supera y modifica por el solo hecho de contextualizar en ella una práctica creadora. Todo acto de escribir supone, además, un proceso de codificación de un pensamiento: se trata de expresar, exteriorizar, pronunciar una idea a través de un sistema externo de signos, aun cuando convencional y por ello dinámico, es decir, en constante transformación. Pero sucede que dichos signos, en sí mismos, a su vez, son incapaces de significar en el sentido de la estructura que los hace posibles, cuando ésta se enjuicia desde un centro —sistema de codificación— externo a ella. La exterioridad fuerza, resalta, coloca el énfasis en la diferencia que crea el nuevo procedimiento codificador. Como la "diferencia" no satisface nuestro deseo de significar, de atrapar —desde el discurso de la modernidad— lo que suponemos sentido unívoco de la idea, posponemos su pronunciación, pero con ello sólo iniciamos un proceso (teóricamente indefinido) de diferir el acto de significar en una cadena interminable. Tal es la deconstrucción posmoderna del discurso narrativo de la modernidad: Cada significante, se dice, parece ser a la vez significado de otro significante en una sucesión repetitiva/circular que se convierte en un fin en sí misma y que nos impide/pospone el llegar al significante original, con lo que la búsqueda se convierte en un juego intelectual, eso sí, dialógico, pero que se niega a sí mismo valor cognoscitivo. Nuestra experiencia, sin embargo, atestigua la existencia del diálogo y, por tanto, la posibilidad de significar en un discurso antrópico.

La falacia del discurso posmoderno se encuentra en la pérdida del referente humano que lleva implícito, en el no querer reconocer la inherente antropocidad de todo discurso axiológico. A fuerza de diferir y diferenciar en un progresivo intento de precisión, pero siempre a través de un centro gobernante prefijado e inmóvil, se vela el objeto de la búsqueda. El proceso es, en verdad, ilimitado en el sentido del discurso de la modernidad que repudia su propia contextualización —en cuanto a la limitación espacio/temporal que ello implica—, pero no lo es porque no llegue a alcanzar el primer "significante", resabio metafísico que atrapa al discurso de la modernidad, sino porque el referente humano, en lugar de ser un algo hecho, es un estar siendo. Con esto queremos simplemente aplicar una dosis de "realidad" a la abstracción racional de la modernidad y a la perplejidad del discurso posmoderno: en nuestra experiencia cotidiana no hablamos de "Pedro I" para referirnos a Pedro cuando tenía cinco años y de "Pedro II", cuando tenía diez; Pedro no es una acumulación de planos yuxtapuestos, cada uno significando un momento en su vida, sino que lo es en su transformación, en su devenir. La característica radical que lo identifica es la de movimiento. Su comprensión del mundo es, igualmente, una compresión dinámica, nunca repetida ni repetible. Pero este es el concepto que vamos a ir desarrollando en las páginas que siguen. El ser humano, pues, no puede definirse —en el sentido de una perfectividad, de una estructura unívoca—-- precisamente por ser un siendo. Este "definirse", que buscaba el discurso de la modernidad y que se problematiza en la transición posmoderna, requería un observarse fuera de sí mismo y por tanto dejar de ser. El estar siendo es lo que causa en el proceso deconstructivo posmoderno la serie indefinida de significantes/significados que, por supuesto, dentro del discurso axiológico de la modernidad se prolongará tanto como el ser humano mismo.

El significante original, el primario, el raíz, del cual derivan todos los demás, en la complejidad significante/significado, es lo humano, cuya esencialidad, de la cual todos participamos y que fundamenta la posibilidad dialógica, al mismo tiempo que así se reafirma, se pospone en la propia dinamicidad de su antropismo. Es decir, se reafirma en cuanto a su implicación como posibilidad de significado en un sentido antrópico y se difiere en cuanto a la imposibilidad de una definición externa a ella misma, de poder quedar enmarcado en una estructura con un centro dominante prefijado e inmóvil que significaría su perfectividad, o sea, la paradoja de verse hecho desde un estar siendo. Durante siglos hemos estado atrapados en la prisión de la razón y el proceso de liberación, en la reflexión teórica, se nos presenta arduo. Hemos convivido con la ilusión de poseer la verdad en el sentido universal y atemporal que nos imponía la modernidad; y hemos construido un mundo de "racionalidad" independiente e indiferente de nuestra realidad humana. La revolución en las comunicaciones, la apertura de la "otredad" en nuestro ineludible proceso de globalización, nos conduce en el último tercio del siglo XX a la perplejidad posmoderna: la modernidad, el mundo creado por la razón nos parece ahora insuficiente, pero anclados todavía en él nos sentimos incapaces de superarlo. El dualismo explícito entre el mundo "externo" (creación de la razón), considerado como "objetivo", o sea transcendente, y el mundo "interno" (el devenir humano), considerado como "subjetivo", o sea pertinente únicamente al individuo, resulta hoy día postizo. La modernidad se nos queda, pues, pequeña, pero buscamos una substitución desde los mismos presupuestos que la hacen insuficiente. Hemos perdido el referente originario y se hace imperativo recuperarlo para encontrar en él una nueva pauta de conocimiento: la posibilidad de diálogo. Y si la ambición racional se encuentra ligada a esta pérdida, es tiempo entonces, como propone Cassirer, de problematizar la definición del ser humano como animal rationale, y considerarle, ante todo, un animal symbolicum (1). En cualquier caso hablamos de un diálogo entre seres humanos, de un algo anterior al símbolo y que como tal lo condiciona en su forma más íntima. Podemos ejemplificar lo que aquí queremos implicar, y que desarrollaremos más adelante, con el dicho coloquial que considera los ojos "reflejo del alma": una mirada de alegría, tristeza, angustia, o un grito de pánico, son expresiones anteriores a toda contextualización cultural; "simbolizan" estados humanos de un referente raíz —de su universalidad en el discurso humano—, de la posibilidad de la comunicación que el discurso posmoderno se empeña en negarnos.

Implicamos, por tanto, al ser humano como referente original y necesario; y con ello problematizamos la negatividad del pensamiento posmoderno y hacemos posible un discurso cognoscitivo, esta vez en una dimensión antrópica, que supera el diálogo depositario de la modernidad (2), pues establece su legitimidad en la transformación, o sea, en un referente interno y dinámico, aunque eso sí, siempre constreñido por la ineludible contextualización de todo discurso. Afirmamos, pues, como desarrollamos más adelante, la esencialidad de la narratividad como interiorización/exteriorización del tiempo antrópico. Es decir, la complejidad significado/significante deja de ser un fin en sí misma para convertirse en un método problematizador que fecunda el diálogo al nivel antrópico. En nuestra condición de seres humanos todos participamos, pues, de ese primer referente, en el sentido de una contextualización matriz que posibilita la codificación de un discurso que a su vez nos confiere acceso a una primera dimensión en el acto de significar.

Pero antes de continuar, parece conveniente hacer un paréntesis en el desarrollo que venimos siguiendo, y adelantar aquí —aunque de modo esquemático— lo que entendemos por discurso de la modernidad y de la posmodernidad, y lo que proponemos con discurso antrópico:

    1. Discurso de la modernidad: mi centro como universal.
      La modernidad se ordena a través de un centro incuestionable, que se erige en paradigma de todo acto de significar y que se proyecta en imposición logocentrista: la verdad transciende su contexto y se presenta como algo transferible. Se puede así hablar de "proponer la verdad", como señala Feijoo en su Teatro crítico universal, para añadir: "Doy el nombre de errores a todas las opiniones que contradigo". El error y la verdad en el discurso de la modernidad son algo tangibles e independientes del sujeto conocedor, o sea indiferente a su contextualización: la modernidad impone significado.
    2. Discurso de la posmodernidad: deconstrucción de todo centro —mientras se busca el centro transcendente— con lo que se difiere su definición.
      La posmodernidad es la duda de la modernidad, es la perplejidad ante el descubrimiento de lo fatuo y quimérico de suponer la existencia de un centro cultural unívoco que se proyecte como referente de toda significación, pero se hace sin problematizar el concepto mismo de "centro". O sea, el blanco del proceso es la estructura, la narratividad del discurso de la modernidad, que ahora, sin el apoyo del centro transcendente que en un principio la hizo posible, se convierte en fácil blanco de una implacable crítica deconstruccionista proyectada en una orgía destructiva: la posmodernidad difiere el acto de significar, al anhelar y negar a la vez la posibilidad de un significar transcendente.
    3. Discurso antrópico: definición en la transformación
      La antropocidad implica una abstracción del concepto de "centro cultural" que aporta la modernidad (de todo centro que se proyecte como transcendente), para colocar en primer plano la "estructura" misma. El centro antrópico es un centro dinámico, móvil, un centro sujeto a la continua transformación propia de todo discurso axiológico. Es un centro que sólo se concibe en el proceso dinámico de su contextualización y como núcleo de constante re-codificación de dicha contextualización. Aunque más adelante desarrollamos estos conceptos, podemos anotar aquí un ejemplo que sitúe a los tres en perspectiva. Consideremos el lugar de la "otredad" en las tres etapas: 1. Desde el discurso de la modernidad la "otredad" era juzgada desde mi contextualización y en función a mi contextualización: no se considera la existencia de un discurso de la "otredad". 2. La deconstrucción posmoderna reconoce el derecho de la "otredad" a su propio discurso, pero no cuenta con él: ambos discursos se erigen como independientes. 3. En el discurso antrópico, la "otredad" pasa a ser un punto más en la contextualización de mi discurso y, como tal, esencial en el momento de pronunciarme: el discurso antrópico asume la "otredad" como paso previo al acto de significar.

Coloquemos ahora estas afirmaciones en perspectiva a través de un doble desarrollo: en la primera parte, mediante una reflexión sobre la estructura de la modernidad que nos permita superar la fase negativa de la reacción deconstructiva de la posmodernidad; en la segunda parte trataremos de fundamentar una nueva aproximación al texto literario de acuerdo con una estructura dinámica previamente establecida y que corresponda a la ineludible antropocidad del discurso axiológico que surge del derrumbe de las estructuras de la modernidad.

 

Índice

 

Ficha bibliográfica: José Luis Gómez-Martínez. "El discurso antrópico y su hermenéutica". Más allá de la pos-modernidad. El discurso antrópico y su praxis en la cultura iberoamericana. Madrid: Mileto, 1999: 23-104. Una primera versión, más breve, de este estudio se publicó en Cuadernos Salmantinos de Filosofía 22 (1995): 283-313.

© José Luis Gómez-Martínez
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