José Luis Gómez-Martínez

 

"El discurso antrópico y su hermenéutica"

2. El texto en la comunicación antrópica

Las reflexiones que hemos seguido en las páginas anteriores nos han permitido deslindar el discurso de la modernidad del proceso transitorio deconstruccionista de la posmodernidad, y así iniciar un acercamiento a la ineludible antropocidad del discurso humano. El propósito de esta segunda parte es el de considerar las implicaciones que ello conlleva cuando se aplica a un discurso particular. Las reflexiones que siguen intentan establecer esa primera aproximación al discurso literario.

La estructura comunicativa tradicional, aquella que rige en el discurso de la modernidad, implícita en todo signo, y que supone un emisor, un mensaje y un receptor, es también válida, con las modificaciones que luego estableceremos, en el discurso antrópico (es decir, en un discurso que asume y supera la duda posmoderna, al definirse en la transformación). La aporía que presentaba dicha estructura en el esquema de la modernidad surgía por su aproximación mecanicista; es decir, cuando independiente de la naturaleza del signo y del objetivo que le dio existencia, se quería primero determinar "científicamente" las leyes que regulaban los tres elementos del proceso y establecer una relación unidimensional e inequívoca de causa-efecto. Este primer paso, sin duda necesario en la dimensión superficial de una comunicación depositaria, es siempre mediatizado y marginal en el discurso antrópico implícito en todo texto literario que, al igual que el ser humano se define en la transformación y que busca una comunicación humanística.

Pero antes de proceder en nuestro desarrollo, quizás convenga primero detenernos en los conceptos de "comunicación depositaria" y "comunicación humanística" para establecer con más precisión sus parámetros. En un primer nivel podemos decir que comunicación depositaria es aquella que aporta los signos, los símbolos, la materia prima (el alfabeto, los números, las fórmulas matemáticas, los datos geográficos, etc.), que luego va a hacer posible la comunicación humanística (a través del texto escrito en nuestro caso). En el contexto de la historia intelectual occidental, la comunicación depositaria nos refiere también al discurso de la modernidad, mientras que la comunicación humanística pertenece al discurso antrópico; es decir, la comunicación humanística como el principio dinámico que significa en su transformación, en su continua contextualización; y la comunicación depositaria —simple acto de depositar— como la codificación primaria, estática, fijada por un centro que se acepta independiente de su contextualización originaria (y que en este sentido si que se pudiera decir que transciende su propia contextualización) o por una estructura fijada en el tiempo, y que por ello mismo transciende igualmente su propia contextualización: las transformaciones químicas, las leyes físicas, una ecuación matemática, las precisiones geográficas, la fecha de publicación de un libro o la atribución legal de dicho libro a su autor, así como la misma contextualización de todo código (el sistema fonético del castellano), son apenas unos ejemplos que muestran la amplitud de lo que yo denomino, inspirado en terminología de Paulo Freire, comunicación depositaria (el uso y significado que atribuimos al sistema arábigo de numeración, por ejemplo, se proyecta en nuestros días independiente de su origen).

Al interpretar ambos conceptos de este modo, implicamos también cierta medida de legitimidad al discurso de la modernidad. En efecto, si bien el discurso de la modernidad era incapaz de establecer la comunicación humanística o de concebir el referente humano —la dimensión antrópica— de toda comunicación, conseguía, sin embargo, mediante su concentración en las realizaciones humanas que caracterizan el contexto mecánico, estático, depositario, de sus estructuras, establecer un marco para recoger los actos humanos fijados en el tiempo. Me refiero, por supuesto, a aquellos aspectos del discurso que al pronunciarse, al contextualizarse en una estructura concreta, lo hacen en una dimensión que si bien es producto de dicha contextualización, se puede proyectar indiferente a la misma; así, por ejemplo, "Miguel de Cervantes Saavedra" únicamente en cuanto nombre de un escritor, o "El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha" como título de una obra escrita en 1605, o la misma fecha de "1605" en cuanto referencia al año en que se publicó dicha obra. Nótese que no hemos dicho, incluso en estos casos que poseen una referencia denotativa obvia, que puedan transcender a su contextualización, sino simplemente que pueden proyectarse indiferentes a la misma en una comunicación depositaria. Todo intento de comunicación supone siempre una contextualización en estructuras convencionales, lo que a su vez implica una transformación dinámica y, por tanto, un continuamente renovado valor connotativo.

Del mismo modo que la concepción dinámica de Einstein no anula las teorías estáticas de Galileo y Newton, pues únicamente las enmarca, en el sentido de regresar de nuevo el centro a la estructura que rige, o sea, de contextualizarlo en ella. De manera semejante, el discurso antrópico, que fundamenta la comunicación humanística, no anula la necesidad de la comunicación depositaria, únicamente demarca su dominio en el campo de los datos, de los procesos de codificación de las estructuras de que antes hablábamos; es decir, la comunicación depositaria, con su valor denotativo, nos permite una primera aproximación a la decodificación de cualquier estructura en el proceso de pronunciar nuestro discurso. Claro está, ello no impide, como decíamos antes, que el dato depositario esté ineludiblemente contextualizado en la estructura donde se originó, sólo que en la comunicación depositaria se usa en su simple dimensión denotativa: tal es el caso, por ejemplo, del libro elemental de gramática que expone las formas del pretérito del verbo ser; tal es el símbolo de la plata (Ag) en un tratado de química sin que importe el origen latino de la palabra; tal es también la entrada del diccionario enciclopédico que bajo "Cervantes" nos dice: "Escritor español; nació en Alcalá de Henares (Madrid) en 1547, y murió el 23 de abril de 1616; autor de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha". El sentido depositario puede imponerse incluso en situaciones en las cuales la connotación cultural parece ser la marca que antecede al significado depositario: sucede así, por ejemplo, cuando hablamos de pies o millas en un mundo en el que domina el sistema métrico.

Hagamos uso de nuevo de un ejemplo: dentro del esquema de la modernidad el sistema copernicano sustituyó al sistema ptolemaico; ambos sistemas establecieron su estructura de significado mediante un centro que transcendía su propia contextualización y que, por tanto, se proyectó en su día con un sentido unívoco en su significar; el dislocamiento del centro del primer sistema al del segundo, sólo supuso una anulación del primero al instalarse el segundo en la "verdad". En el discurso de la modernidad, simplemente la verdad ptolemaica se sustituye por la verdad copérnica. En el discurso de la posmodernidad, entra en crisis el valor paradigmático de ambos sistemas, que se colocan ahora en entredicho, a la vez que se les regresa a su propia contextualización; es decir, se les niega la transcendencia que sin duda no tienen, pero, propio del acercamiento deconstruccionista posmoderno, no se les concede una dimensión afirmativa en la que puedan significar. En el discurso antrópico, ambos sistemas representan, es cierto, estructuras depositarias, cuya "verdad" depende de los presupuestos convencionales que sostienen sus centros de significado. Pero a la vez, la historicidad de ambos sistemas hace que ocupen igualmente un espacio propio en el discurso antrópico. Es decir, por una parte proyectan una comunicación depositaria: se estudia la verdad ptolemaica únicamente como un eslabón en nuestro desarrollo intelectual. Por otra parte, una vez contenida la verdad ptolemaica en su propio contexto y por lo tanto anulada su pretensión de trascendencia, descubrimos de nuevo su actualidad antrópica, tanto en la individualidad del discurso axiológico del ser como en la convencionalidad del discurso axiológico del estar. De ahí que en la comunicación humanística del discurso antrópico se dé cabida a la estructura copérnica al mismo tiempo que se puede instalar nuestro devenir en la estructura ptolemaica: así hablamos, por ejemplo, de que sale el Sol, de que avanza, de que pasa, de que está muy alto, de que se pone, etc., y estructuramos nuestro quehacer cotidiano de acuerdo con su paso "alrededor de la Tierra".

Al reincorporar, contextualizar, todo centro en el seno de la estructura que determina, lo que denominamos pensamiento de la modernidad pasa ahora a desempeñar una nueva función; se renuncia, por supuesto, a que pueda transcender su propia contextualización, por lo que se reconoce en su ineludible conceptuación depositaria. Su discurso deja, por tanto, de ser un fin en sí mismo para convertirse en una herramienta del diálogo: no aporta significado, genera significado. Así entendido, el discurso de la modernidad se constituye en el vehículo del diálogo; es decir, su estructura depositaria proporciona los medios para la comunicación. Regresemos ahora de nuevo a la obra literaria para ejemplificar con ella como se despliega el discurso antrópico.

En primer lugar, cuando hablamos de una obra literaria hacemos comúnmente referencia a un texto escrito. En el nivel más elemental nos referimos con ello a un discurso depositario: una estructura de signos que representan relaciones convencionales. Se trata, en efecto, de un discurso depositario en el sentido que es depositario el aprender a leer: el proceso mecánico de aceptar una estructura convencional de correspondencias entre signos y sonidos. Es igualmente depositaria la clasificación de una obra como perteneciente a un género literario determinado, o la atribución de dicho texto escrito a su autor legítimo o la mención del título del mismo, en cuanto dichos datos nos ayudan a su identificación. Recordemos que a este nivel del proceso no estamos estableciendo relaciones de significado; los datos anteriores, por ejemplo, nos sirven para diferenciar una obra entre otras (Cien años de soledad), atribuirla a un autor legal (Gabriel García Márquez), y añadir que por la convención aceptada en la composición de su texto, la obra está escrita en español. El verdadero acto de significar vendrá luego, en la comunicación humanística, que se realiza en el lector en cuanto ser humano y que no depende necesariamente de un grado determinado de asimilación depositaria. Aunque consideraremos al "lector" más adelante, conviene ya constatar desde ahora esta diferencia radical, desde la perspectiva del lector, entre el propósito de la comunicación depositaria del discurso de la modernidad y la comunicación humanística del discurso antrópico que ahora implicamos: la dimensión del significar de una obra literaria depende de los datos depositados previamente, aunque el acto mismo de significar pueda ser independiente de cualquier discurso depositario (independiente de cualquier proceso de codificación). Detengámonos por un momento en esta afirmación.

La concepción depositaria del discurso "crítico" de la modernidad, preocupada por establecer la "verdad" de dicho discurso, se aproximaba al texto escrito de un modo mecanicista. Se aspiraba un significar que transcendiera su contextualización; de ahí que se procediera a través de una acumulación de "verdades" parciales que se iban depositando en el texto como piezas de un rompecabezas, que poco a poco irían descubriendo la "verdad del texto". Así era necesario no sólo conocer el código que implica saber el idioma en que la obra está escrita, sino que se requería ¾ siempre en nombre de captar la verdad transcendente— ser depositario igualmente del código literario —poesía, novela, teatro, ensayo—, de la contextualización cultural, social, política, etc. del signo y del significado que se atribuía al signo. Por ello era prerrogativa del especialista el acto de enunciar "la verdad". Es decir, se requería, antes de poderse pronunciar sobre el significado, proceder a una acumulación mecánica de estructuras depositarias, inagotable en su misma problematización según descubre el discurso de la posmodernidad, que por ello mismo impedían llegar al acto de significar. La perplejidad ante este proceso es la que ejemplifica la duda posmoderna; pues, a la problemática que planteaba la imposibilidad de considerar todos los códigos (procesos de contextualización) de una estructura, se añade ahora la proyección deconstructiva que conlleva la sucesiva contextualización desde estructuras siempre diferentes.

La comunicación humanística, por su parte, se puede realizar independiente de las acumulaciones depositarias. Consideremos una situación límite con relación al texto escrito: el texto jeroglífico de un monumento egipcio o su reproducción en un museo o en nuestra mente, lleva en sí mismo la posibilidad de significar en la comunicación humanística del discurso antrópico, con independencia de la "verdad" depositaria (sistema de códigos) de su sentido arqueológico o del contenido de dichos signos en cuanto escritura (su posible dimensión estética o de asociaciones históricas o ficticias, son apenas ejemplos conspicuos de dicha comunicación humanística). Por eso señalábamos anteriormente que el acto de significar es independiente de la acumulación depositaria, aun cuando la dimensión de dicho significar guarde cierta correlación con las estructuras depositadas.

Nos enfrentamos, pues, a un complejo proceso de distanciamiento entre el texto y sus contextos (los diversos planos de codificación bajo estructuras convencionales, tanto en una proyección sincrónica como diacrónica). En el discurso de la modernidad, texto y significado son inseparables en el sentido de identificar un contexto que define al texto; el paso que da la posmodernidad consiste en reconocer la historicidad de todo texto y la multiplicidad de contextos que ello conlleva. Pero la posmodernidad, como hemos señalado ya en otros lugares, es precisamente eso: "pos-modernidad"; es decir, una crítica de la modernidad sin lograr liberarse de ella: como el discurso de la modernidad, busca pronunciar el texto, pero al no conseguir un contexto omnímodo, se queda únicamente en el plano de la perplejidad deconstruccionista. El discurso antrópico rechaza el concepto de "verdad transcendente" de la modernidad, para encontrar la "verdad" en la transformación. De una "verdad estática" (tenida por independiente no sólo del lector sino también de los múltiples planos de contextualización), se pasa a una "verdad dinámica" (significado en la mudanza), que lo es precisamente en sus contextualizaciones y por lo tanto en continua transformación. En cualquier caso, ni el ser humano en su estar siendo ni el texto, se presentan fuera de un contexto, es decir, fuera del discurso axiológico del estar que supone su existencia en el tiempo; y es justamente en los sucesivos discursos axiológicos del estar donde se forja el significado. Convertido así en herramienta, en sedimento, para la comunicación, todo texto se realiza como acumulación de estructuras depositarias que fijan un contexto. Y estas estructuras, contextualizaciones, como veremos más adelante, se asumen y generan a la vez en el autor, en el texto y en el lector, incluso independientemente unas de otras. Pero regresemos de nuevo a la estructura tradicional implícita en todo texto, que supone un "emisor" (autor), un "mensaje" (texto) y un "receptor" (lector) y detengámonos brevemente en cada uno de estos aspectos.

Antes, sin embargo, conviene problematizar dichos términos para eliminar de ellos la máscara depositaria que proyectan. En la estructura de la modernidad el énfasis recaía en el intento de proyectar el significado como exterioridad, como un proceso mecánico cosificado en un "emisor-mensaje-receptor". O sea, se equiparaba el acto de comunicación humanística con el de causa-efecto de las producciones humanas. De ahí que se hablara de un: A) "emisor" en el sentido de una máquina que codifica un sistema de signos (como lo hace por ejemplo la computadora en nuestro mundo); B) de un "receptor" en el sentido igualmente de la máquina al otro extremo que recibe la información y reproduce (decodifica) de nuevo exactamente el mensaje emitido; C) y por último, de la idea de un "mensaje", es decir, de una decodificación unívoca que hace coincidir al "emisor" en el "receptor". Sin duda este es el esquema depositario que podemos observar en la "comunicación" entre las producciones humanas (el teléfono, la televisión, las computadoras, son buenos ejemplos de dicha precisión), pero esta transmisión de información (o comunicación en un sentido metafórico), lo es sólo en el plano lineal de la comunicación depositaria que fija un proceso siempre repetitivo y reproducible (la pronunciación, por ejemplo, de la palabra "guiño" según la codificación del idioma español). La comunicación humanística se efectúa en un discurso antrópico que reconoce al ser humano como un estar siendo y por lo tanto inmerso en su propia contextualización, cuyas características, como veremos más adelante, difieren marcadamente de las transmisiones mecánicas que tienen lugar entre las producciones, también mecánicas, del ser humano: se trata de una comunicación en la cual la asimilación del llamado "mensaje" puede ser independiente a su contextualización (indiferente a los diversos procesos de codificación que lo originaron), aun cuando, como señalamos anteriormente, la dimensión de la comunicación dependa de su nivel de contextualización en el lector. La superación, pues, del discurso implícito en los términos de "emisor, mensaje y receptor", me parece fundamental para comprender la dimensión dinámica, dialógica, de toda comunicación humanística. Por ello, en el desarrollo que sigue hago uso de términos más difíciles de capturar, de encerrar, en un discurso depositario, y que ejemplifican en sí la dimensión dialógica que ahora implicamos. Así hablaremos de un "autor", de un "lector" y de un "texto", es decir, de significantes que proyectan movimiento, o mejor dicho, que proyectan la antropocidad del discurso axiológico del ser, al mismo tiempo que transcienden la dimensión mecanicista al aparecer sin significado externamente fijado (o fijable), más allá de la convención depositaria que los hace posible.

 

Índice

 

Ficha bibliográfica: José Luis Gómez-Martínez. "El discurso antrópico y su hermenéutica". Más allá de la pos-modernidad. El discurso antrópico y su praxis en la cultura iberoamericana. Madrid: Mileto, 1999: 23-104. Una primera versión, más breve, de este estudio se publicó en Cuadernos Salmantinos de Filosofía 22 (1995): 283-313.

© José Luis Gómez-Martínez
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