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| José Luis Gómez-Martínez |
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"El discurso antrópico y su hermenéutica" A) El autor implícito. Todo texto se origina en un autor implícito (no importa para nuestros propósitos si es individual o colectivo) y, en casos límites, con un propósito preestablecido de transmitir información depositaria o de estimular, inducir, una comunicación humanística. En el primero de los casos, cuyo objetivo denominamos depositario, se pretende establecer el esquema de una estructura fijada en el tiempo y en el espacio y proyectada como indiferente o independiente de su pronunciamiento, es decir, de su mismo proceso de contextualización. Tal es el propósito de la comunicación depositaria de un libro de geografía física, y tal es el sentido de informar, por ejemplo, que el río Ebro está en España y que pasa por Zaragoza; en esta dimensión, y en cuanto comunicación depositaria, se desea únicamente proporcionar información, que no requiere reflexión y que en sí no significa, fuera de su estructura, hasta que dicha información sea usada para contextualizar un acto de comunicación en un discurso antrópico. O sea, la dimensión depositaria establece los distintos procesos de codificación (idioma español, río, Ebro, España, Zaragoza, etc.), que facilitarán luego el discurso antrópico. Nótese que nos referimos al hecho de "facilitar", pues la inserción del discurso axiológico del ser (siempre discurso antrópico) en el discurso axiológico del estar (dimensión depositaria que permite la decodificación), se realiza en el lector, como luego veremos con más detalle, en una gama de matices que van desde la comunicación con el otro y en función del otro, a la actualización íntima en el peculiar discurso axiológico del ser de un individuo y en un acto de significar independiente e indiferente de los distintos niveles de codificación. En el otro extremo encontramos el acto de pura comunicación humanística, que ni siquiera pretende significar en el sentido de contextualizar una estructura bancaria en el devenir humano: un poema lírico, por ejemplo. Tal sería la expresión de una emoción en la intimidad del devenir de su autor, que se exterioriza ya como irrepetible (incluso en la manifestación externa, y en cierto modo mecánica, de su contextualización en un discurso axiológico del estar, es decir, en un sistema convencional de códigos). Pero, aun en estas situaciones limite, puede al mismo tiempo conservar cierta carga emotiva, cualquiera que sea su dimensión en la apropiación antrópica, al reproducirse en el lector, igualmente como intimidad irrepetible. Gustavo Adolfo Bécquer lo dijo ya con versos que resumen la antropocidad del ser humano y a través de él de todos sus actos y especialmente el acto de la comunicación: Volverán las oscuras golondrinas En esta posible situación límite, repetimos, la única relación entre el autor implícito y el lector, que sólo se da en el sentido dinámico del devenir de ambos, es la de haber vivido una emoción. En esta comunicación humanística el índice o grado de la emoción es inconsecuente, pues sólo es comunicación en cuanto lo es en cada uno de los lectores y en la medida en que lo es en su intimidad. Este nivel de comunicación no es representable en la exterioridad de ningún sistema. Las codificaciones depositarias (por ejemplo, el idioma en que está escrito o los distintos niveles metafóricos), aportan, es verdad, un basamento mínimo que hace posible la comunicación. Lo normal, sin embargo, de toda comunicación es la expresión de una interrelación de matices. Con esto queremos significar que la comunicación se efectúa a través de nuestra contextualización en el mundo, es decir, en diálogo con las estructuras depositarias que forman el discurso "axiológico del estar", que son, por supuesto, las que posibilitan y a la vez proyectan nuestro propio discurso "axiológico del ser" y hacen posible la comunicación, incluso en la individualidad de la dimensión antrópica. Todo acto de comunicación puede además exteriorizar Hayden White lo cree ineludible un acto interesado de producción y distribución de significado. El proceso de codificación creación del texto cuenta entonces con una variante más: la manipulación interesada de los códigos. Es decir, en estos casos, el acto de comunicación encierra ya en sí el círculo hermenéutico completo. El autor, además de enfrentar las estructuras de codificación necesarias para la exteriorizar su pensamiento, cuenta igualmente con la posible contextualización del texto en el "lector". No nos referimos aquí, por supuesto, al uso de los recursos retóricos, que consideramos más adelante, sino a la producción de lo que se conoce con el nombre de textos ideológicos. La concreción de este proceso es, pues, compleja con relación al autor implícito. Bástenos aquí establecer cinco jalones que parcelen y al mismo tiempo proyecten la cadena de matices que, por otra parte, no pretendemos ni es necesario problematizar exhaustivamente en el desarrollo esquemático que aquí formulamos. 1. Consideremos en primer lugar al autor de un texto escrito con el propósito expreso de producir, o reproducir, una estructura depositaria destinada a una comunicación igualmente depositaria: aquellas obras, en las ciencias denominadas exactas, que comúnmente concebimos como didácticas. El objetivo primordial, final, del autor es siempre depositario; la actualización de dicho texto, sin embargo, puede acarrear también consigo una intención dialógica. Y en efecto, en nuestra actualidad consideramos como mejores textos didácticos aquéllos que así lo hacen. Concretemos esta posición en el caso preciso de un libro de texto de matemáticas que, como tal, proyecta una estructura depositaria basada en un código convencional, pero que lo hace a través de un proceso de reflexión, en cuanto que emprende también la exposición del funcionar íntimo de la estructura, o sea, del sistema de códigos convencionales que la posibilita. Se traza en estos casos un discurso depositario (10+5=15), pero se quiere evitar que la comunicación sea únicamente depositaria (memorizar la estructura); y se aspira, por ello, a que la racionalización de dicho proceso sea también parte del lector; se exige su participación activa (dentro de la expresa comunicación depositaria), para que se apropie del centro que fundamenta la estructura, o sea, de las leyes convencionales que la rigen. En este nivel de comunicación la dimensión depositaria es explícita; tanto el centro como la estructura misma se presentan inmersos en su contextualización; pero una vez formulado el sistema (siempre mantenido explícitamente en la contextualización que impone su código convencional), se le hace transcender su propia contextualización, al fijarse, afincarse, ésta, precisamente, en su dimensión de "convencional". Lo convencional, por serlo y por reconocerse como tal, transciende siempre la contextualización de su origen, en cuanto puede significar independientemente. Este es el caso, por ejemplo, de la luz verde de los semáforos, o de la luz roja y el uso posterior de este color en las señales de tráfico. Si una estructura llega a generalizarse en proyección global, puede incluso ser percibida como universal: tal es el caso de la estructura que hace posible la fórmula matemática de 10+5=15. Pero usemos un ejemplo más preciso de estructuras regionales y reconocidas como tales, que se proyectan, sin embargo independientes de su contextualización. Tal es el caso de las diversas lenguas que se hablan en nuestro mundo actual. Tanto la expresión gráfica de las letras como su fonética, semántica, sintaxis, etc., siguen las reglas precisas de la estructura que las hace posible, pero una vez apropiado el idioma este es el sentido de la lengua materna, el significante y el significado parecen identificarse, es decir, su uso se proyecta indiferente de la estructura que lo hizo posible. Entiéndase bien que decimos que se proyecta independiente, y que transcender su estructura significa aquí comportarse indiferente a ella, pues en ningún momento se erige como si poseyera valor universal (como la "verdad" del discurso de la modernidad). La estructura está siempre presente: ante un extraño en un lugar extraño preguntamos como paso previo al inicio del diálogo oral ¿habla Vd. español? Es decir, ¿cómo nos vamos a comunicar? ¿tenemos una estructura común? 2. Cuando nos trasladamos del campo de las denominadas "ciencias exactas" al de las ciencias sociales, políticas, económicas, etc. que con mayor precisión vamos a designar con el término de "ciencias humanísticas", introducimos también una variante en la esquematización que nos proponemos. Ambos discursos, cuando se realizan en un tratado, por ejemplo, implican en su propósito estructuras depositarias. Pero mientras el discurso de las ciencias exactas se reconoce explícitamente como tal, en el sentido de articularse en una serie de relaciones convencionales (de variantes reconocidas como tales y que fundamentan su estructura), el discurso de las ciencias humanísticas implícito en los tratados pretende comúnmente pronunciar la "verdad", al presentarse como articulado por un centro que se proyecta fuera de su propia contextualización. En otras palabras, los dos discursos anhelan situar una "verdad", pero mientras en las ciencias exactas se hace como parte y resultado a la vez de una explícita contextualización, las ciencias humanísticas se han articulado tradicionalmente como si dicha contextualización no existiera o no afectara a su verdad. Tal es el caso de los esquemas de Suárez, Kant, Bello, Marx, Unamuno, Heidegger, los de Spencer o de Lévi-Strauss, los de Gustavo Gutiérrez, Jefferson o Raúl Prebisch. Es decir, en todos ellos se pretende transcender su realidad depositaria (ser parte de una estructura convencional contextualizada en un espacio y en un tiempo concretos), con la intención de pronunciar, definir, fijar, al ser humano en un plano estático. En estos casos el autor sigue un proceso en cierto modo inverso al anotado en el punto anterior. En efecto, se evita considerar el esquema desde la necesaria e inevitable contextualización de su "centro" en un discurso axiológico del estar concreto. Se omiten las relaciones convencionales que posibilitan su estructura y, ante todo, se encubre su insoslayable realidad depositaria. Tal es el esquema que caracteriza al pensamiento de la modernidad. De ahí también el constante reemplazar de una "verdad" por otra. Las "ciencias exactas", al reconocer su existencia en el seno de una comunicación depositaria, siguen un proceso de acumulación de estructuras en formulaciones cada vez más complejas, que muestran una pauta, un avance, en el sentido de una constante perfección de los códigos que posibilitan la contextualización del esquema depositario que se proponen. Las "ciencias humanísticas", por el contrario, cuando se empeñan en negar su realidad depositaria, semejan espectros, quimeras, que en su constante reemplazarse unas por otras parecen marginales al devenir humano y, en definitiva, incapaces de construir la totalidad de su esquema depositario sobre la base de las estructuras ya propuestas. Por supuesto, cuando hacemos uso, en el contexto del pensamiento de la modernidad expresado en este apartado, de expresiones como "evita considerar", "encubre" o "niega" su realidad depositaria, no implicamos intención de fraude, ni manipulación de los códigos con el objetivo de producir un texto ideológico. Nos referimos a que el autor proyecta su discurso fuera de la estructura que lo posibilita: proyección logocentrista. Toda articulación, todo intento de pronunciarse, supone siempre una contextualización, y como tal un primer nivel de diálogo: el diálogo del autor consigo mismo. Se trata también de una exteriorización, de una apropiación, de un discurso axiológico del estar (de un sistema de códigos), a través del cual se formula un preciso discurso axiológico del ser; pero que, como tal, sólo puede ser concebido en la dimensión depositaria de su propia contextualización: el discurso antrópico se articula a través de una narrativa histórica. En el discurso de la modernidad, el autor convierte su propio discurso antrópico (sólo articulable, repetimos, en su contextualización en las estructuras convencionales de un discurso axiológico del estar concreto), en un acto de significar que pretende sea transcendente, y por lo tanto independiente de su propia contextualización. Es decir, se desconoce, o mejor dicho, no se toma conciencia del origen depositario, del hecho de depender de una estructura fundamentada en un código convencional, y con ello se niega la posibilidad de perfección de dicha estructura. 3. Una variante de la situación anterior, que sirve para problematizar la complejidad de lo que aquí expresamos en un plano esquemático, es la del autor que se propone codificar a través del texto un pensamiento ideológico. En el caso del "tratado", con el que ejemplificamos la variante anterior, la estructura que se presenta es totalizadora; refleja, como dijimos, el discurso de la modernidad, que se concibe en la posibilidad de un significar que transciende su propia contextualización y que por tanto pronuncia "la verdad". En el "tratado", pues, no se oculta la estructura que lo posibilita, sólo se proyecta como si ésta no lo limitara. El caso particular de las ideologías, desde esta perspectiva, se pueden interpretar como el disfraz de comunicación humanística, dialógica, con la cual se encubre una estructura depositaria. Cuando la toma de conciencia de la ineludible contextualización de un discurso se usa para manipular el proceso de codificación, nos encontramos ante un discurso ideológico (Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, puede servirnos de ejemplo). El autor de un texto ideológico no pretende superar la comunicación depositaria, aun cuando sea consciente de su limitación como vehículo de significado, únicamente procura manipular los códigos que rigen las diversas contextualizaciones de una estructura para proyectar igualmente "su verdad", con la que pretende también, por supuesto, transcender su propia contextualización. En otras palabras, el autor se propone a través de su texto una manipulación del lector. Desde el discurso de la modernidad, un autor proyecta su logocentrismo a través de una estructura que busca transcender su contextualización; el autor posmoderno reconoce la ineludible contextualización de todo discurso y por ello deconstruye las estructuras de significado con que la modernidad pretendía pronunciarse, a la vez que se siente incapaz de significar fuera de su propia contextualización; el autor ideológico parte de la ineludible contextualización de todo discurso, pero procede selectivamente a una práctica deconstructiva que le lleve a pronunciar una "verdad" que, por lo mismo, pretende proyectar igualmente como transcendente. Tal sería la tesis de que "el subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno" (470), que Galeano desarrolla en el libro anteriormente citado (14). Recordemos que cuando hablamos de manipulación de las estructuras, no nos referimos en estos casos a fraude intelectual (aun cuando esa pudiera ser la intención, como sucede con tanta frecuencia en los panfletos de propaganda política); en el caso más simple, y quizás más generalizado, dicha distorsión está motivada por el deseo de dar énfasis a lo que el autor considera factores esenciales desde su propia perspectiva, como señala Eduardo Galeano a este propósito: "Uno escribe para tratar de responder a las preguntas que le zumban en la cabeza, moscas tenaces que perturban el sueño, y lo que uno escribe puede cobrar sentido colectivo cuando de alguna manera coincide con la necesidad social de respuesta" (438). 4. Las tres calas anteriores forman también parte de lo que hemos venido denominando discurso de la modernidad, y cuyas estructuras se superan cuando se toma conciencia de que su "verdad" lo es únicamente en la mediatización que supone el contexto convencional que las posibilita. En esta cuarta cala hacemos referencia al autor que reflexiona sobre el discurso axiológico del estar, en un proceso problematizador. Se trata ahora de la articulación de un discurso antrópico. La comunicación que se pretende es humanística, aun cuando ésta se consiga a través de los esquemas depositarios del contexto que se problematiza. El autor posmoderno, como hemos señalado ya repetidas veces, duda de las estructuras de la modernidad; se embarca, desde estructuras constantemente renovadas, en un proceso indefinido de deconstrucción de las pretensiones de verdad de la modernidad; y lo consigue a través de un procedimiento sistemático de reintegrar las "verdades" de la modernidad al espacio de contextualización que en un principio las originó. En el caso concreto de lo que actualmente denominamos "discurso antrópico", la superación de las estructuras de la modernidad se efectúa por medio de su problematización. Es decir, poniendo en entredicho su pretensión de significar la "verdad" a través de una exteriorización de los esquemas convencionales que fundamentan toda estructura concebida en términos de la modernidad: una estructura centrada (un centro de significación producto de una contextualización) en el tiempo y en el espacio. En este nivel del discurso, el autor busca una comunicación humanística en el sentido de un significar (es decir, un contextualizarse) en el proceso dinámico del estar siendo del lector o, mejor dicho, de su conciencia de estar siendo. Las referencias a las estructuras depositarias se manifiestan en dos dimensiones complementarias: la primera en el sentido de un proceso deconstructivo y problematizador a la vez, de toda estructura que no se reconozca en su dimensión depositaria; la segunda en la dimensión de un proceso dialógico, en el cual las estructuras depositarias, reconocidas como tales, proporcionan el vínculo de diálogo del autor con su entorno y el medio para contextualizar su comunicación con el mundo, con el lector implícito. En las realizaciones humanas, este es el nivel por excelencia de la comunicación artística. Consideremos un caso extremo en el sentido de un texto anónimo. El autor implícito se nos presenta en un estado virginal: su contexto es el texto mismo y el espacio y el tiempo en que fue creado. Es decir, el discurso del autor se actualiza en el posible lector únicamente a través de una serie de codificaciones sólo circunstancialmente asociadas a su anónimo autor. Sin la intencionalidad explícita de su autor, el texto tiene que significar a través de la explícita codificación de sus estructuras. Demos un paso más concreto y asignemos un texto a nuestro autor anónimo; consideremos por un momento el siguiente soneto: No me mueve, mi Dios, para quererte Tú me mueves, señor; muéveme el verte Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera No tienes que me dar porque te quiera, Una vez pronunciado un pensamiento, es decir, una vez codificado en una estructura, el autor se presenta en dos dimensiones definidas (aun cuando pueda hacerlo, por supuesto, en multitud de matices): A) el autor que el "crítico" trata de reconstruir a través del texto, y B) el autor implícito que el lector crea como interlocutor necesario en su diálogo. En el primer caso, como desarrollaremos más adelante, se trata de una labor de arqueología textual que lleva a cabo el "especialista" del texto y que se proyecta independiente de la antropocidad misma del texto. Es decir, no busca la comunión con el texto, sino ir más allá de las codificaciones explícitas o implícitas para establecer lo que quedó fuera del texto, el pensamiento que el texto por sí mismo no es capaz de comunicar; se busca un origen más allá del texto. En el segundo caso, en el proceso que venimos denominando diálogo antrópico, el autor es creación del lector, es el interlocutor necesario, está más acá del texto, corresponde a la perspectiva del texto con la que se comunica el lector. Los matices en cuanto al autor a los que hacíamos referencia antes, son aquellos que se encontrarían en los diversos puntos de una línea, en cuyos extremos estuvieran instaladas las posiciones aquí mencionadas. El soneto que hemos transcrito es un buen ejemplo de este proceso y son muy numerosos los estudios que van más allá del texto, que tratan de identificar un autor para así intentar establecer lo que la codificación no llegó a capturar. El texto mismo, se contextualiza explícitamente en una tradición cristiana, cuyos códigos de significación sirven a la vez para articular un pensamiento y para problematizarlo, para desde dentro reconstruirlo. El contexto de su tiempo y espacio queda igualmente explícito en lo que expresa: interiorización sentida de una creencia, pensamiento erasmista. Pero el tiempo y espacio original del texto son únicamente eso: punto de origen. Interesan desde luego al "especialista" empeñado en la reconstrucción del pasado, pero ese tiempo y espacio son ya irrepetibles. Todas las demás lecturas se van a enfrentar a nuevas circunstancias que de hecho transforman los procesos originales de codificación: por ejemplo, la lectura de este soneto a partir de la década de los sesenta en Iberoamérica y desde la perspectiva de la teología de la liberación (es decir, desde una postura antropológica que destaca la humanidad de Cristo y que no hace depender el deseo de liberación de un premio o castigo, sino de la aceptación del "otro", y que por ello ve la liberación en la superación del círculo oprimido/opresor). Independiente de su codificación original, el soneto adquiere desde estos nuevos presupuestos los de la teología de la liberación una dimensión social innegable: la búsqueda de una superación de la posición individualista implícita en las relaciones premio/castigo al reconocerse en el "otro" y así problematizar toda acción motivada en razones "egoístas" de premio/castigo (la novela Un día en la vida (1980), de Manlio Argueta, ejemplifica este punto: un día, nos dice Lupe, la protagonista, "le iba a tirar una piedra a un sapo. Entonces conocí la voz de la conciencia [ ]. Yo me quedé como paralizada. Así me di cuenta de esa voz que viene de dentro. Esa voz que no nos pertenece. Sentí un poco de miedo. Y relacioné la voz con el castigo. No ves que es pecado, me dijo. Y la piedra se me fue para atrás" (14-15). En la persona liberada, la razón para la acción no podrá ser negativa temor del castigo esta es la dimensión que, como en el soneto, se problematiza en la novela). El texto visto de este modo adquiere vida, se hace dinámico, recupera, en otras palabras, su antropocidad. 5. En los apartados anteriores hemos considerado al autor en función del texto, detengámonos ahora por un momento en la problemática del autor en el intento de articular un pensamiento. En el nivel más elemental, en aquél que se propone seguir explícitamente un proceso de codificación como sucede en el caso de las ciencias exactas, el pensamiento que se desea articular y el texto que lo articula pueden, en situaciones extremas, ser fieles reproducciones el uno del otro: tal es el caso de la expresión 10+5=15. Por lo general, las estructuras que posibilitan y codifican los avances en las ciencias exactas facilitan este tipo de articulación. Pero incluso en estos casos, según nos adentramos en formas más complejas del discurso, empieza también a ser más notoria la tirantez entre la idea que se desea expresar y el código que posibilita su articulación. Consideremos el caso simple de un libro de matemáticas con el objetivo didáctico de un libro de clase para niños de 12 años: el código está ya establecido también lo está lo que se quiere comunicar y, sin embargo, no todos los productos finales son iguales; lo que se quiere decir, para quién se quiere decir y cómo se quiere decir, puede coincidir y no obstante los diversos autores no son capaces, por ejemplo, de articularlo en el mismo nivel de comprensión. Según nos alejamos, pues, de la simple representación de una estructura depositaria (10+5=15), tanto más problemática se vuelve la articulación de una idea. Por una parte, el ser humano en su comunicación con el mundo, se ve forzado a hacer uso de estructuras preestablecidas que ponen a prueba su dominio de los procesos de codificación (por ejemplo del idioma español), a la vez que limitan también su creatividad; por otra parte, las estructuras a las que nos referimos representan igualmente el contexto en el que fluye su mismo devenir (en el ejemplo del río que venimos usando como analogía, su fluir es a la vez independiente e inexplicable sin las márgenes que lo contienen). Un texto de Hostos de 1863 ejemplifica con claridad este sentirse prisionero, este sentirse ser (conciencia de ser) en cuanto se es en un contexto: "Nada puedo: lo que hay en mí, a pesar de mi orgullo lo confieso, es de ellos [la otredad, el contexto]: las ideas, los pensamientos, la verdad, son una atmósfera, producida por la vida intelectual, como lo es por la vida animal el aire que respiro: envuelto en ella, tengo a mi pesar que respirarla y dar a mi pesar, a mi razón, a mi fantasía, a mi interior, las sombras y la luz, la confusa claridad y las tinieblas que exhala la vida intelectual de los demás [ ]. Confieso mi impotencia; nada puedo: lo que hay en mí, me viene de los otros" (189-190) (15). En cualquier caso, lo que conviene tener presente es que todo texto es un producto de ese forcejeo entre la idea a comunicar y el código en el que se articula. La tirantez entre ambos es la diferencia que sólo en el mejor de los casos queda implícita en el texto. El producto final se independiza, por lo mismo, de su autor, tanto en sus limitaciones como en su poder creador. Es decir, la resistencia implícita en el código puede igualmente causar que un texto sea inferior a la idea que lo genera, o que la supere a través de la riqueza sugeridora de su creatividad. Pero si el acto de comunicación, todavía desde la perspectiva del autor, es siempre un ejercicio creador, lo es ante todo a través del dominio, manipulación y transgresión de los recursos retóricos (16). Conviene hacer hincapié en esta dimensión presente en toda comunicación, sobre todo si hemos de superar la negatividad que implica el proceso deconstructivo de la posmodernidad. Al romper con las estructuras rígidas de la modernidad, que inducían a establecer correlaciones fijas entre retórica y contenido, se ha pretendido borrar también las diferencias genéricas. La posmodernidad deconstruye la modernidad la pretensión de unir forma y contenido, pero luego, en lugar de liberar ambas facetas de la comunicación, da preferencia al contenido con olvido de los recursos retóricos que lo articulan: con olvido del contenido implícito en la forma. En otras palabras, entre los muchos procesos de codificación que intervienen en la producción de un texto, hay dos esenciales: a) el idioma (por ejemplo el español), y b) la retórica del género literario que hemos elegido para la articulación de nuestro pensamiento (por ejemplo, la retórica de la novela, de la didáctica, de la poesía, de la obra testimonial, de la reflexión filosófica, etc.). El primero de ellos es únicamente un código de intelección, neutro en cuanto a la forma y al contenido, el otro afecta la forma y puede influir en el contenido. En el discurso antrópico se reconoce que la retórica facilita procesos, pero que en ningún caso limita contenidos. La retórica de la didáctica sólo en obras mediocres afecta la elegancia en la expresión. La retórica del diálogo en Platón, del aforismo en Nietzsche, del ensayo en José Martí, de la pieza teatral en Jean-Paul Sartre o de la novela en Unamuno, no afecta de ningún modo la profundidad de la reflexión filosófica que proyectan. Por supuesto, dada su condición de segundo "lenguaje común" entre el autor y el lector, la retórica influye, como veremos más adelante, sobre la perspectiva con que el lector se acerca al texto. Las retóricas de los géneros literarios son las más generalizadas, con estructuras precisas más o menos reconocidas globalmente, y por lo tanto las más útiles en el momento de articular un pensamiento; pero reiteremos de nuevo nuestra afirmación anterior, de que todo proceso de articulación se hace a través de una retórica explícita, sea ésta más o menos precisa, más o menos generalizada. Conviene recordar aquí, que las retóricas de los denominados géneros en literatura, como cualquier retórica, son estructuras en constante transformación. Se originan al transgredir un autor un sistema de codificación reconocido. Es más, el desarrollo de la novela, por ejemplo, se articula a través de aquellos textos que por haber hecho uso y transgredido a la vez, lo que en cada caso se concebía como la retórica de la novela, jalonan así su desarrollo a través de los siglos (17). Al señalar anteriormente que "la retórica facilita procesos," queríamos con ello resaltar que la elección de una u otra forma retórica no es algo arbitrario o casual. La retórica de la didáctica o de la filosofía, no parecen en verdad las más propicias para articular la musicalidad de una emoción: la retórica de la poesía, por el contrario, proporciona herramientas más aptas para el autor e incluye además implícitamente una predisposición por parte del lector. Es decir, la retórica implica la opción de una clave que compromete a las tres facetas de la comunicación: a) el autor va a articular sus ideas (o emociones) según la clave retórica elegida, b) el texto se estructura formalmente de acuerdo a dicha clave, c) el lector se aproximará al texto a través de los presupuestos retóricos que anuncia su forma. Pero el hecho de que el uso de una retórica precisa facilite diversos procesos de comunicación, no implica de ningún modo limitación en el contenido. Veamos un caso extremo, que ejemplificamos a través de la crítica a un filósofo según la retórica de la poesía. El poeta es Antonio Machado, y en los dos poemas que transcribimos a continuación, el autor va más allá de expresar un pensamiento filosófico, articula una crítica a la filosofía de Kant (un proceso que con más propiedad se redacta comúnmente a través de la retórica de la filosofía): XXXIX Dicen que el ave divina, LXXVII ¡Tartarín en Köningsberg! La retórica de la poesía no afecta, como ejemplifican estos poemas, la profundidad de la crítica. Afecta, eso sí, la forma de articular dicha crítica y exige que el lector reconozca la retórica de la poesía y haga uso al leer el poema de las diversas retóricas en él implícitas: el consciente juego metafórico, referencias pictóricas, contextos literarios y yuxtaposición de ideas, son apenas algunos de sus recursos.
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| Ficha bibliográfica: José Luis Gómez-Martínez.
"El discurso antrópico y su hermenéutica". Más allá de la
pos-modernidad. El discurso antrópico y su praxis en la cultura iberoamericana.
Madrid: Mileto, 1999: 23-104. Una primera versión, más breve, de este estudio se
publicó en Cuadernos Salmantinos de Filosofía 22 (1995): 283-313. © José Luis Gómez-Martínez |