José Luis Gómez-Martínez

 

"El discurso antrópico y su hermenéutica"

C) El lector

En el discurso de la modernidad se llega a equiparar al hombre con sus realizaciones, de ahí que se establezca la correspondencia "emisor-mensaje-receptor" como base de toda comunicación. En realidad se opera como si el proceso de codificación/decodificación pudiera ser algo mecánico, capaz de ser repetido en su integridad una y otra vez. Hablamos de "comunicación" y nos referimos al teléfono, a la televisión, a la computadora, y trasladamos este mismo sentido a la comunicación que se efectúa entre dos seres humanos. Así, a fuerza de interpretar como "comunicación" la exacta decodificación del "mensaje" (la imagen que se reproduce en el aparato de televisión) que el emisor (la estación de televisión) ha codificado, cosificamos también al ser humano. El éxito alcanzado en el nivel mecánico de reproducir con precisión el mensaje emitido en el receptor, acarrea un sentimiento de estar en control que se traslada, en el discurso de la modernidad, a las relaciones humanas en busca de capturar igualmente nuestro devenir exteriorizándolo, es decir, ignorando nuestra historicidad, nuestra esencialidad dinámica, nuestra realidad antrópica: nuestro ser en la transformación.

Intentamos superar este anquilosamiento comenzando, al nivel simbólico, con la problematización de los términos "emisor-mensaje-receptor" para devolverles, en un discurso antrópico y especialmente en nuestro contexto literario, la dimensión humana que implicamos en los términos de "autor-signo-lector". En cualquier caso, como señalábamos anteriormente, todo acto de comunicación se conceptúa a través de una contextualización que sólo puede exteriorizarse en estructuras depositarias. La comunicación, por supuesto, se efectúa al reintegrar de nuevo dicha contextualización en la dimensión dinámica del devenir del lector. Es decir, las estructuras depositarias (procesos de codificación) siguen siendo el medio que posibilita la comunicación. La superación del discurso de la modernidad, ahora desde la perspectiva del lector, se alcanza cuando la dimensión depositaria de toda estructura no se presenta como fin sino como medio de comunicación con el otro.

La superación del discurso de la modernidad implica igualmente disolver la estructura de rígida conexión entre el "emisor-mensaje-receptor". En el mundo de las realizaciones humanas tal conexión es necesaria: la emisora y el aparato de radio precisan de exacta coordinación en la emisión y recepción de las mismas hondas. En la comunicación humana, tanto el autor como el lector gozan de absoluta independencia (por supuesto, dentro de los límites implícitos en la imposibilidad de prescindir de los códigos ya establecidos en el momento de articular lo pensado o sentido: recordemos la expresión agónica de Hostos en el ejemplo antes citado). Por ello señalábamos anteriormente que las diversas estructuras depositarias de cualquier contextualización son en realidad secundarias en el momento de la comunicación; es decir, la comunicación se efectúa, como dijimos, a través de dichas estructuras, pero la priorización de éstas, así como el índice de su dimensión no se puede cuantificar, pues llega a ser únicamente en el devenir del lector. Hagamos uso de una situación límite para ejemplificar este proceso: dentro de las estructuras más estables, en el sentido de que sus relaciones convencionales son aceptadas como totalidades depositarias necesarias para comprender el contexto de nuestro entorno, se encuentran aquellas estructuras que refieren al mundo físico (así, por ejemplo, la temperatura de solidificación o vaporización del agua que sirve como punto de partida para la construcción de nuevas estructuras). Pues bien, incluso estas estructuras depositarias que en sí no pretenden aportar significado, pueden ser recibidas por el "lector" en dimensión humanística. Tal sería el caso del discurso científico de Einstein al problematizar y trasladar a una nueva dimensión el discurso también científico de Galileo y de Newton.

Al destruir la correspondencia rígida que caracteriza al discurso de la modernidad, destruimos también la posibilidad de establecer necesarias correspondencias entre el autor, el signo y el lector. Pues incluso en el caso extremo de un autor que se comunique en dimensión depositaria (pretender que su devenir corresponda con el devenir de los demás), y que consiga expresarse igualmente en un discurso que oculte las estructuras depositarias que lo contextualizan, incluso en esta situación límite, el lector puede hacer de ese discurso un discurso humanístico al ver en él únicamente una dimensión de su contextualización, o sea, de su comunicación con el mundo.

Expresada la relación "autor-texto-lector" de este modo, el objetivo de la hermenéutica será la decodificación del texto como un fin en sí mismo. Su realización será independiente de la "intención" del autor y no pretenderá entregar al "lector" una significación particular como si fuera la "verdad" del texto. El signo, en sí, siempre supera en sus probables y renovadas estructuras depositarias, el posible sentido de su contextualización original en el devenir (dimensión dinámica) del ser humano que lo hizo posible. Y el signo se proyectará igualmente en el lector, independiente de los niveles de decodificación, en una dimensión que no reside en el signo como tal, sino en la interioridad de su devenir individual, donde se contextualiza al ser asumido. Colocar el texto en el centro del proceso hermenéutico no significa, sin embargo, proclamar su independencia del autor implícito o del lector, y no significa tampoco convertir la hermenéutica en una experiencia lúdica.

1. El autor importa como un punto de confluencia en la contextualización. Pero su comunicación, que es un proceso dinámico, cae fuera del dominio de la hermenéutica, la cual se ocupa únicamente del texto que nos lega, como contextualización de dicho proceso en el espacio y en el tiempo. Por supuesto, el texto se inicia en el autor, representa cómo éste se comunica con el mundo; es siempre una respuesta a preguntas que surgen de su entorno, y en este sentido se encuentra siempre inserto tanto en las estructuras depositarias de sus otras producciones como también en su propia continua contextualización en el espacio y en el tiempo. Una vez reconocida esta ineludible conexión, conviene de nuevo acentuar que toda comunicación es un acto de contextualización a través de estructuras depositarias; es decir, a través de estructuras convencionales que no significan fuera de sí mismas.

2. El lector importa en dos niveles independientes aun cuando relacionados entre sí, pues en ellos la hermenéutica transciende sus objetivos al explicitar posibles dimensiones de la comunicación. En un primer nivel, el lector en su comunicación con el mundo, en su devenir, se contextualiza y contextualiza a la vez las estructuras depositarias recibidas. En este sentido, cuando un lector contextualiza un texto, su recepción del mismo supone ya una nueva estructura depositaria que de algún modo se añade al texto original (así, por ejemplo, la figura del Don Juan a través de Tirso, Zorrilla, Valle Inclán, Marañón). El Quijote, como personaje, se encuentra ineludiblemente inserto en la tradición cultural de Occidente en una complejidad de estructuras depositarias que, con mucho, superan la contextualización originaria de Cervantes. El segundo nivel se encuentra, precisamente, en este mismo proceso de contextualización —tanto del autor implícito como del lector a través del texto en la creación de nuevos textos— que posibilitan las convenciones de las estructuras depositarias y que a la vez modifica continuamente, a veces de modo imperceptible, pero en ocasiones de modo radical. Y es aquí donde la hermenéutica, en el discurso antrópico, transciende su objetivo, pues su labor problematizadora, a veces deconstructiva, en el sentido de ir exponiendo las diferentes estructuras depositarias implícitas o explícitas en el texto, abre también nuevas dimensiones de comunicación en los posibles lectores. Consideremos ahora de un modo más sistemático el lugar de la hermenéutica en el discurso antrópico.

 

Índice

 

Ficha bibliográfica: José Luis Gómez-Martínez. "El discurso antrópico y su hermenéutica". Más allá de la pos-modernidad. El discurso antrópico y su praxis en la cultura iberoamericana. Madrid: Mileto, 1999: 23-104. Una primera versión, más breve, de este estudio se publicó en Cuadernos Salmantinos de Filosofía 22 (1995): 283-313.

© José Luis Gómez-Martínez
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