José
Luis Gómez-Martínez
"Hacia
un nuevo paradigma:
El hipertexto como faceta sociocultural de la
tecnología"
4. El
hipertexto y su naturaleza
Una vez introducidas las reflexiones anteriores, que trasladan el contexto
social que implicamos con la analogía del río (mutua relación entre
orilla y caudal) al campo del hipertexto, podemos ahora centrarnos en qué
entendemos por hipertexto. Vamos a continuar aproximándonos a dicho término,
en diálogo con algunas de las interpretaciones propias de este periodo de
transición. Esta confrontación se hace necesaria para ir deslindando los
juicios precipitados que se originan de identificar el hipertexto con técnicas
o modelos incipientes, o aquellas afirmaciones que se originan en el
recelo a lo desconocido o, en fin, de aquellos criterios que proceden de
interpretar el hipertexto desde el discurso de la modernidad o de la
posmodernidad. Vamos a discutir el hipertexto con relación, entre otros,
al concepto de intertextualidad, de hipotaxis, parataxis y fragmento, de
lineal, no-lineal y secuencial, de centro y descentralización.
4.1.
Texto, intertextualidad, hipertexto
El
hipertexto surge en los primeros usos experimentales en Internet con un
aura iconoclasta. No sólo se veía el hipertexto como una posible
liberación de las reglas a las que la academia había sujetado el texto,
sino también como un borrar la separación (distancia) entre el autor y
el lector, sin mediación ahora del crítico. Desde ciertos sectores del
mundo académico se veía, pues, que el texto, cimiento de su poder, se
“convertía” en hipertexto y proclamaba su independencia. Con base en
estos primeros intentos, en efecto anárquicos, se inicia su descalificación.
En este sentido nos dirá Riffaterre que la “intertextualidad, una red
estructurada de limitaciones generadas e impuestas por el texto a la
percepción del lector, es exactamente lo contrario a la red [hipertexto]
sin estructura de asociaciones libres generadas por el lector” (781).
Conviene
que nos detengamos en esta afirmación. Ante todo importa señalar que se
formula desde el discurso de la modernidad, que atribuye al texto un
significado independiente del lector o del contexto de la lectura
(“limitaciones generadas e impuestas por el texto”). Esta postura
lleva también implícita la necesidad de mediación académica para
alcanzar la “justa” interpretación del texto, o sea, la interpretación
académica del texto. Más importante todavía para perfilar el concepto
de hipertexto, es la suposición que hace Riffaterre de que el hipertexto
no posee estructura y de que ésta, en cualquier caso, depende de la libre
asociación del lector. Muy al contrario, el concepto de hipertexto
regresa al sentido original de texto, de textere, en su significado
de trenzar o entretejer. Es decir, encuentra su razón de ser precisamente
en la intertextualidad y potencialidad de contextualización latente en
todo texto. El hipertexto, en efecto, está formado por una serie de
lexias (bloques de textos enlazados). Su estructura, lejos de ser caótica,
simplemente actualiza un elemento en potencia en todo texto: su
posibilidad de ser complementado a través de múltiples contextos y de
posibles proyecciones intertextuales implícitas en él, y que en el
hipertexto se representan a través de lo que ya se conoce con el nombre
de lexias, o sea textos enlazados.
Más
reveladora todavía es la afirmación de Riffaterre de que el hipertexto
es un conjunto de “asociaciones libres generadas por el lector.”
Aunque desde el código de la modernidad lo que quiere decir es que se
trata de asociaciones no previstas por la ortodoxia académica, esta
afirmación tiene también otros alcances. Nos encontramos todavía en la
infancia del hipertexto, y podemos muy bien imaginar hipertextos
colectivos de múltiples proyecciones según el genio de cada
participante. Pero eso no dejaría de ser una de las muchas expresiones
posibles en el uso del hipertexto. El hipertexto, sin embargo, en su uso
generalizado, no conlleva la destrucción (anulación o desaparición) del
autor ni del texto. Lo que de momento aporta es una posible apertura a la
perspectiva de múltiples lecturas y del lector múltiple. Es decir, el
autor del hipertexto (y sí, sigue habiendo un autor que crea y por tanto
controla a su modo el texto), escribe ahora contando con los
deseos/necesidades del lector, y potencia su autonomía a través de
enlaces que llevan a otros hipertextos, que llevan a otros hipertextos...
Incluso, según la técnica y el avance del hipertexto incremente su
fiabilidad, la red creada por un hipertexto incluirá enlaces a otros
hipertextos en otros lugares en Internet, creados por otros autores y
posiblemente con propósitos diversos.
Ahora
podemos comprender mejor las limitaciones de la afirmación anterior de
Riffaterre que habla “de asociaciones libres generadas por el lector.”
La red original de un hipertexto es siempre creada por un autor desde una
perspectiva dialógica (desde lo que venimos denominando discurso antrópico).
El autor del hipertexto busca comunicar no sólo un concepto, sino también
las relaciones intertextuales y procesos de contextualización que le
permiten enunciar su concepto. El lector ahora es libre de seguir los
enlaces a una u otra lexia, según sus propios intereses o según las
asociaciones que el mismo texto le han sugerido. La libertad del lector
es, en cierto modo real, pero sólo en el sentido de la percepción de
poseer la opción de seguir uno u otro camino. El hipertexto, con toda la
complejidad de lexias que pueda incluir, sigue siendo una estructura y
obra de un autor (o equipo de autores).
Repitámoslo
de nuevo. Comprender la naturaleza del hipertexto es tomar conciencia de
que nos estamos moviendo hacia un nuevo paradigma. Lo que desde los
discursos de la modernidad y posmodernidad nos puede parecer
incomprensible, cuando no absurdo, encuentra su explicación y razón de
ser desde el discurso antrópico. Es decir, lo que parece incongruente
desde unos discursos que privilegian al autor o el texto, fluye natural
desde la perspectiva del lector que se impone ahora con el nuevo
paradigma. Analicemos las implicaciones de lo anteriormente dicho a través
de la siguiente afirmación: “La dispersión conceptual de la
textualidad que tiene lugar en el hipertexto, puede ser reflejo de un
sujeto descentrado que se aproxima a dicha textualidad descentrada”
(Gaggi 111). Pasemos por alto la imposibilidad de una “textualidad
descentrada,” puesto que todo texto entraña una textura, o sea un armazón,
un entrelazado. Y aunque más adelante trataremos este tema, conviene
ahora señalar que cada uno de los discursos anteriormente mencionados
aportaba también un concepto propio de “centro”. En el discurso de la
modernidad el autor proporcionaba el centro. Comprender un texto era
comprender lo que el autor deseaba comunicarnos. En el discurso de la
posmodernidad el texto se independiza del autor. El centro ahora está en
el texto mismo (y claro, en el académico convertido en crítico y con
autoridad para deconstruir dicho texto). En el discurso antrópico,
ejemplificado en nuestro caso por el hipertexto, es el lector quien, en el
mismo acto de la lectura, construye el centro; y por centro se entiende
ahora el contexto desde el cual se efectúa la lectura. El hipertexto, con
sus múltiples lexias enlazadas entre sí, facilita también una
multiplicidad de lecturas. Pero que la lectura (el centro desde el cual se
lee) no coincida con el centro del autor (discurso de la modernidad), ni
con los múltiples centros que el crítico ve en el texto (discurso de la
posmodernidad), no significa que el lector proceda de un modo arbitrario,
ni que el recorrido seguido sea incoherente. Significa únicamente, que el
orden, la estructura, el centro, es ahora construcción del lector.
Observemos también que el hipertexto (desde el discurso antrópico) no
anula la perspectiva del autor ni el sentido medular del texto, que ahora
se impone no sólo por su inherente intertextualidad, sino también por la
red hipertextual (las lexias enlazadas), que responde directamente al
centro establecido por el autor. El hipertexto únicamente potencia,
privilegia al lector en el momento de establecer su relación con el autor
y el texto.
4.2.
El hipertexto y la fragmentación (hipotaxis y parataxis)
Parece
inevitable que nuestra aproximación al hipertexto esté influida por la
presencia del libro impreso. Especialmente por la sensación de unidad que
aporta su realidad física: una forma definida y reconocible, cierta
separación entre texto, imagen y sonido, la percepción de poseer un
principio y un fin, un surco estructural desde la primera a la última página...
El hipertexto, que borra todas esas líneas de separación, se nos
presenta entonces como mezcolanza, como fragmentos yuxtapuestos. La
necesaria contextualización e intertextualidad, que se produce al situar
las unidades individuales de lectura dentro de una red de fáciles rutas
de navegación, produce el efecto, nos dice Landow, de “debilitar y quizás
destruir el sentido de la singularidad textual” (1992: 65). Y de modo más
directo señala que “el hipertexto fragmenta, dispersa, o atomiza el
texto en dos maneras relacionadas. Primero, al remover la linealidad del
[texto] impreso, independiza a los distintos segmentos de un principio
ordenador –secuencial– y amenaza en transformar el texto en caos.
Segundo, el hipertexto destruye la noción de un texto fijo indiviso”
(1992: 65).
En
realidad, tanto quienes promueven el uso del hipertexto (Landow), como
quienes lo combaten, parecen estar de acuerdo en el carácter fragmentario
del hipertexto. Unos lo ven como liberación, pues “la estética del
fragmento implica un escurrirse, eludiendo el centro y responde a una
expresión de lo caótico, y a la necesidad de alejar el monstruo de la
totalidad” (Rodríguez). Otros ven, precisamente en esta situación, el
peligro del hipertexto:
“¿Puede
llegar el hipertexto, con su tendencia a privilegiar infinitas hipotaxis
en lugar de parataxis, a desalentar el rigor intelectual de entretejer
las ideas de los demás en un argumento coherente? ¿Estamos adjudicando
nuestra herencia de inquisición filosófica por un revoltijo de
enlaces?” (Brent 2001).
La
posición de Brent parece legitimarse en el proceso de su argumentación.
Parte de la premisa de que el hipertexto “privilegia infinitas
hipotaxis” (lexias subordinadas unas a otras por carecer de unidad
propia), para concluir que “el hipertexto, simplemente, quizás no sea
el medio correcto para estimular la disciplina mental e indagación social
madurada a lo largo de tres mil años de interacción retórica en el
leguaje y en la escritura.”
Y sin
embargo, no es únicamente nuestro convivir con la realidad física del
libro la que motiva que se asocie el hipertexto con una red de fragmentos.
Se trata, como venimos subrayando desde el comienzo de este estudio, de
una perspectiva filosófica, de un modo de vivir e interpretar nuestra
realidad desde el discurso de la modernidad. Desde el campo de la lingüística,
el texto impreso es también una serie de hipotaxis y parataxis; es decir,
frases (fragmentos) unidos en relación subordinada o coordinada. La crítica
posmoderna ha demostrado igualmente el sentido fragmentario de todo texto
desde la visión holista que proyecta la modernidad. No es, por
tanto, la posible calidad de “fragmento” la que individualiza al
hipertexto. Se trata, de nuevo, de la perplejidad ante un nuevo paradigma,
ante un nuevo modo de ver la realidad, ante la posición privilegiada que
ahora adquiere el lector.
Desde el
discurso de la modernidad el hipertexto se presenta ciertamente como algo
tenebroso, pues, como señala Brent, “estamos acostumbrados a leer el
texto impreso en su totalidad,” ya que, “sentimos miedo de perder algo
importante, alguna parte del argumento que es clave para comprender el
sentido del autor.” Brent busca al autor en el texto; su lectura es una
pregunta por “la verdad del texto”, por su proyección universal, por
su sentido trascendente. El hipertexto, como reconoce con acierto Brent,
“permite al lector escoger no sólo lo que va a leer, sino también el
orden en el que lo va a leer.” Y es esta peculiaridad, creen los críticos
de la modernidad, la que lleva a una situación caótica: “¿Cómo
podemos ser críticos si no podemos ya leer? ¿Cómo pueden los reseñadores
del hipertexto confrontar el hecho de que probablemente no llegaron a leer
un gran número de lexias? Y, peor aún, no sólo tendremos que reconocer
que apenas hemos escarbado la superficie, sino que en la exploración de
un número indeterminado de hipertextos, lo que estaremos reseñando es el
resultado de nuestra propia estrategia e iniciativa creadora” (Aarseth
1994: 82).
Las
posiciones y preocupaciones anteriores, provienen de la creencia de vivir
en un mundo estático, de la creencia en la estabilidad del texto, de la
creencia, en fin, de que el texto posee un sentido unívoco, independiente
del espacio y del tiempo, es decir, independiente del lector. Sólo desde
tal perspectiva puede causar temor el hipertexto y puede tener sentido la
siguiente afirmación de Gaggi: “Cuando un lector se pierde en un
laberinto de nodos y enlaces hipertextuales, ese lector se encuentra
realmente extraviado” (122). Si Silvio Gaggi se refiere a un lector que
no sabe leer hipertextos, su conclusión es correcta, pero lo mismo podríamos
decir de una persona que no sabe leer el texto impreso. Si por el
contrario, se refiere a que dicho lector sigue en su lectura un camino no
previsto por el autor o el crítico, nos enfrentamos aquí a las distintas
visiones del mundo que nosotros hemos ya identificado, y discutido, a través
de lo que hemos denominado discurso de la modernidad, discurso de la
posmodernidad y discurso antrópico. No se trata, como queda ya implícito
en las páginas anteriores, de simplemente privilegiar ahora al lector en
lugar del autor o del texto como en los discursos anteriores. El cambio es
mucho más profundo. Nos trasladamos de concebir el mundo como realidad
estática, a entenderlo como transformación. La lectura, por tanto, ya no
trata de encontrar el significado del autor en el texto (aunque no anula
esa posibilidad). La lectura ahora es un proceso íntimo en el cual el
texto se contextualiza en el devenir del lector. Parafraseando a Antonio
Machado diríamos que no hay texto, que el lector hace el texto al leer.
Desde la
atalaya del discurso antrópico, las consideraciones anteriores sobre el
hipertexto empiezan a adquirir una dimensión diferente. El concepto de
fragmento pierde su sentido. Por supuesto, desde una perspectiva integral
del conocimiento, no existe el hipertexto “completo”, por lo que todo
hipertexto será en este sentido un “fragmento”. Ahora bien, desde la
perspectiva del discurso antrópico, o sea, desde una posición que
privilegia al lector como último eslabón en la creación de significado,
el hipertexto deja de ser un fragmento. Expliquemos esta afirmación.
Hemos indicado ya que un hipertexto es una serie de lexias mutuamente
enlazadas que siguen múltiples procesos de intertextualidad en diversos
planos de contextualización (en una analogía con el mundo del libro, diríamos
que cada lexia es un volumen en un estante de una biblioteca). La lectura
que ahora se va a hacer, en potencia, no responde ya a la posible visión
original que tuvo su autor, ni a aquella estructura que quisiera imponer
el “especialista”, sino a la propia interacción (quizás inédita en
cada caso) de un lector con el texto. El hipertexto con sus múltiples
enlaces facilita, en cierto modo, que el lector abra su propio camino, de
acuerdo a sus intereses, a sus intuiciones, a las asociaciones pertinentes
a su propio devenir. Visto de este modo, el hipertexto es todo lo
contrario de una “colección de fragmentos”, como se le caracteriza
desde el discurso de la modernidad, pues las distintas lexias que sigue el
lector se actualizan en él como unidad, como estructura. En cierto modo,
como el lector adquiere una percepción de autonomía, al avanzar según
una u otra opción, la estructura a seguir puede tener más sentido
personal, que aquella tradicional que le imponía el libro impreso.
De un
modo semejante podemos confrontar aquellos juicios que ven al lector
desorientado en la red de enlaces y posibles caminos que proporciona el
hipertexto y que articula Gaggi con precisión en la siguiente cita: “El
sujeto se traslada de punto a punto a lo largo de varios canales, de nodo
a nodo a través de varios enlaces. Habrá abundancia de opciones
posibles, pero el sujeto actúa sin conocimiento de dónde está y sin
base suficiente para determinar dónde querría o debería ir” (100).
Tal afirmación conlleva una postura elitista que deposita la posibilidad
de leer (interpretar “correctamente” un texto) en el concepto original
del autor o en el especialista. En efecto, cuando se habla del
desconcierto del lector, se implica que sin una guía (la disposición
lineal del texto impreso que impone un camino forzado al lector), o del
previo descubrimiento de la “verdad” del texto que realiza el
especialista, el lector no va a ser capaz de saber lo que quiere, sus
pasos serán balbuceos producto de la desorientación. En el discurso antrópico,
sin embargo, el objetivo de una lectura legítima no tiene por qué ser el
tratar de descubrir lo que el autor pensó en el contexto de su vida, ni
la interpretación que uno u otro crítico puedan dar a dicho texto, sino mi
diálogo con el texto. Y con diálogo implicamos la propia experiencia de
la lectura, y la de forjar desde ella el camino a seguir, que es siempre
personal, independiente de que pueda o no coincidir con el de otros
lectores.
4.3.
La naturaleza multisecuencial del hipertexto
Uno de
los términos que más se repiten en el momento de describir el hipertexto
es el de no-linealidad. En esta caracterización coinciden también tanto
los defensores del hipertexto como los detractores. Desde la definición
lacónica de que “el hipertexto es simplemente una forma no-lineal de
presentar información” (Amaral), a otras más precisas, se enfatiza una
y otra vez este sentido del término: “El rasgo fundamental del
hipertexto es su discontinuidad –el salto– el desplazamiento repentino
de la posición del lector en el texto” (Aarseth 1994: 69). En tales
definiciones domina, como ya señalamos en apartados anteriores, la
perspectiva del libro impreso, pero interpretado éste como “natural”
y como lineal. En esta afirmación de continuidad no se considera, por
supuesto, la posible secuencia o falta de secuencia intertextual del libro
impreso; el aserto alude simplemente a la aparente estructura secuencial
de las páginas o de los capítulos. Consideremos por un momento tres
caracterizaciones del hipertexto, expuestas por estudiosos que han
producido textos seminales sobre el tema. Jaime Rodríguez lo juzga como
parte de una estética anarquista, “en cuanto se opone al universo
hierarco: jerarquizado, linealizado y prescrito.” Para Nielsen “el
hipertexto es nosecuencial; no posee un orden singular que determine la
secuencia en que se haya de leer el texto.” Landow nos dice al
particular que “el concepto (y experiencia) de un principio y un fin
implica linealidad. ¿Qué sucede a tales conceptos en una forma de
textualidad que no esté gobernada directamente por la linealidad? Si
consideramos hipertextualidad una estructura con múltiples secuencias en
lugar de carecer por completo de linealidad y de secuencia, entonces la
respuesta a tal pregunta es que el hipertexto posee múltiples comienzos y
finales en lugar de uno sólo” (1992: 77).
Desde el
comienzo de este estudio venimos reiterando la necesidad de superar el
discurso de la modernidad (la definición sin establecer el punto de
referencia que la hace posible), o el discurso de la posmodernidad
(aceptando múltiples perspectivas, pero sin contar con ellas). El
hipertexto ejemplifica el funcionar del discurso antrópico, por lo que
debemos aproximarnos a su caracterización señalando no sólo las
premisas que nos permiten llegar a dicha caracterización, sino también
completando su conceptuación a través de las distintas perspectivas que
lo complementen. Regresemos ahora a las tres citas anteriores. La afirmación
de Rodríguez, por ejemplo, no tiene sentido desde la perspectiva del
autor de una red de hipertextos. El autor construye su red según una
estructura predeterminada. Tanto las lexias como los enlaces que las unen,
el lugar donde se colocan, lo que se incluye como lo que se omite,
presupone no sólo una estructura, sino también un proceso de jerarquías.
Desde la perspectiva del autor de un hipertexto el contenido posee
definitivamente una secuencia lineal, o mejor dicho, multilineal, pues
construye su red visualizando una multiplicidad de posibles trayectos. La
afirmación de Nielsen asume igualmente el discurso de la posmodernidad.
Descubre en el hipertexto el potencial de múltiples posibles secuencias
en el acto de leer y por ello afirma su carácter no-secuencial. Como señalamos
al comentar la afirmación de Rodríguez, la característica de
no-secuencial, como la de falta de jerarquía, se refiere únicamente al
carácter abierto del texto, al hecho de que ciertas dimensiones de
intertextualidad y procesos de contextualización estén explícitamente
desarrollados a través de lexias enlazadas. Pero una vez que nos
trasladamos al campo del autor que crea la red del hipertexto, o al del
lector que la re-crea en la lectura, de nuevo tendremos que reafirmar el
carácter secuencial con que lo construyó el autor, y la interiorización
secuencial que adquiere en el proceso de lectura.
La
afirmación anterior de Landow se aproxima más al discurso antrópico.
Toda lectura es una experiencia individual y secuencial en la intimidad
del lector. Necesitamos, sin embargo, reflexionar sobre los conceptos de
“principio” y “fin”. Y debemos afirmar de modo inequívoco y desde
el comienzo, que todo texto, o hipertexto, posee un principio y un fin.
Estos conceptos simplemente implican características diversas según se
juzguen desde la perspectiva del autor, del texto o del lector. Como
indicamos ya, el autor del hipertexto lo construye según una
predeterminada estructura. En el discurso antrópico, en el mundo del
hipertexto, los conceptos de principio y de fin no coinciden con aquéllos
a que estamos acostumbrados en el texto impreso y que generalmente
corresponde a la primera y última página. Hemos señalado ya repetidas
veces el sentido de complementariedad que adquieren las distintas
posiciones en el discurso antrópico. Ahora podemos ejemplificarlo a través
de los conceptos de “principio” y de “fin”. El autor de
hipertextos necesita combinar su estructura de lo que quiere comunicar,
con las posibles necesidades, asociaciones, intereses, de los múltiples
lectores. Si el lector dispone ahora de cierta libertad de trayectoria a
través de los enlaces existentes en el texto, el autor debe considerar en
todo momento que cada lexia pueda ser potencialmente la primera o la última
en la trayectoria de un posible lector. El hipertexto, si está bien
construido, tendrá en cuenta este factor. (Quizás sea necesario recordar
aquí lo obvio: existen buenos y malos hipertextos, del mismo modo que
existen malos y buenos libros impresos. Las reflexiones expuestas en este
estudio se refieren al concepto ideal del hipertexto).
Desde la
perspectiva del texto, lo primero a tener en cuenta es que se trata de dos
medios diferentes: el impreso y el digital. Lo que en el mundo del texto
impreso, dimensión física y en cierto modo atemporal, puede tener
validez, resulta inoperante en la dimensión digital. En el hipertexto, el
principio y el posible fin, vendrán estructurados a través de los
enlaces. Cada lexia deberá tener en cuenta esta situación. El lector será
quien decida dónde ir, pero el autor es quien va a colocar los enlaces
que guiarán el juicio del lector. A través de estos enlaces se
resaltará
a la lexia que el autor considera el comienzo, y se podrá reiterar, en
los lugares que el autor crea pertinentes, aquella otra lexia que concluye
lo enunciado en dicho comienzo. En el texto impreso el lector está
subordinado al texto. Los párrafos, las páginas, se suceden de forma
predeterminada. El lector se sitúa en actitud pasiva, se encuentra
atrapado en las dimensiones físicas del libro. Su única opción es
aceptarlo o rechazarlo. Cualquier intento “activo” de contextualizar
lo que lee, le lleva fuera de los límites de la unidad física de lo
impreso. El hipertexto se construye desde una perspectiva abierta que
permiten los múltiples enlaces a lexias con distintos procesos de
intertextualidad (incluyendo enlaces a hipertextos afines pertenecientes a
otras estructuras en la red).
El polo
final, por supuesto, es el lector. El concepto de “alfabetización” en
el mundo del texto digital ha cambiado; no basta ya con reconocer las
letras; el hipertexto exige también un lector activo. La misma estructura
del hipertexto requiere que el lector decida qué enlaces va a seguir.
Siempre existirá la opción de elegir un enlace al azar, como ahora la
tenemos de hojear un libro impreso. Por esta misma razón se ha impuesto
ya el hipertexto en los manuales técnicos. El lector de estos textos
siempre fue activo, hoy su función se facilita enormemente, pues
cualquier referencia se encuentra ahora en la “siguiente página”, es
siempre el enlace a la siguiente lexia. El futuro del hipertexto en las
humanidades es potencialmente mucho más rico, pues deja de ser mecánico.
Pero es precisamente en el campo de las humanidades, que asume un lector
reflexivo, donde se encuentra más resistencia al uso del hipertexto. El
objetivo del libro técnico o de una enciclopedia es difundir
conocimientos. En las humanidades la situación es más compleja. El
conocimiento se convierte en imagen de poder a través del texto impreso;
o sea, es fuente de control y mercancía en el sentido económico. El
libro simboliza esos factores culturales en la estructura rígida que
impone al “guiar” a los lectores del principio al final del libro.
Después de todo, como señala Silvio Gaggi, “un libro posee un eje de
desarrollo claro, con un principio un medio y un final” (101). Y aquí
reside la percibida amenaza del hipertexto: el temor a que pueda debilitar
dicho control. Regresemos de nuevo a las palabras de Gaggi que expresan
con claridad esta situación: “La facilidad con que se pueden seguir los
enlaces alejándonos del texto a otros textos y la facilidad de seguir
rutas alternativas dentro del texto, no sólo debilitan el privilegio del
texto original, sino también el sentido de que exista un sólo eje
dominante que dirija al lector desde el principio por el medio hasta el
final” (102). Este texto de Silvio Gaggi es de 1997, pero su posición
todavía prevalece hoy día. Es una posición de arrogancia académica. ¡Pobre
lector! abandonado a sus propias fuerzas:
“Este tipo de sistema tiene implicaciones radicales para el sujeto. En el
escenario más utópico se le entrega al sujeto el poder de una forma
nunca antes posible. En el hipertexto no hay un eje central, ni una ruta
clara para entrar o salir, ni coordinadas que tenga prioridad sobre otras
coordinadas –excepto las que el lector determina. De este modo,
careciendo de una autoridad o guía, el lector queda arrojado en sí
mismo. Quizás encuentre instrucciones señalando cómo ir de un lugar a
otro, pero no hay fuentes de valores ni de prioridades que le indiquen al
lector que dirección o ruta debe seguir.” (Gaggi 103)
Como señalamos
anteriormente, el hipertexto es secuencial (multi-secuencial) en cuanto al
autor que lo crea y en cuanto al lector que realiza la lectura. Sólo
desde la perspectiva del crítico que reconoce únicamente una lectura válida
de un texto, pueden los enlaces a las diferentes lexias parecer un
laberinto innecesario. El hipertexto es lineal (multi-lineal), tanto desde
la perspectiva del autor, como desde la perspectiva del lector, aun cuando
no coincidan en el orden en que las distintas lexias debieran leerse. El
hipertexto se distingue, precisamente, por ser un texto abierto a múltiples
posibles secuencias y por exigir una participación activa por parte del
lector.
4.4.
El hipertexto como espacio dinámico
Una de
las notas características, tanto de los defensores como de los
detractores del hipertexto, es considerarlo subordinado a la técnica que
lo posibilita. Se afirma así que “en la red electrónica el espacio
–dónde uno está y dónde se localiza el texto– se convierte cada vez
más en algo irrelevante” (Gaggi 112). En estas afirmaciones, por
supuesto, se tiene en mente la facilidad con que un texto en la red puede
ser capturado por personas en cualquier lugar del mundo y que el
hipertexto a su vez puede estar alojado en un servidor localizado en
cualquier parte. Pero, en realidad, únicamente ha cambiado la facilidad y
la rapidez con que tenemos acceso a un texto. También el libro impreso se
puede enviar de uno a otro continente, y la imprenta que lo produjo y el
lugar de residencia del autor son, en este sentido, igualmente
secundarios. Una vez establecida esta relación con la técnica, debemos
reiterar de nuevo que el hipertexto (como el texto impreso) es producto de
un autor, de un contexto, y como tal, localizado y localizable en el
espacio y en el tiempo. El texto de El Quijote, independiente de la
lectura que pueda provocar o del lugar donde se encuentre el libro
impreso, se halla ineludiblemente inmerso en un espacio y tiempo (la España
de los siglos XVI y XVII), y en un contexto cultural (el desarrollo de la
cultura occidental hasta nuestros días). El posible hipertexto que pudiéramos
construir hoy día a través de El Quijote (multiplicidad de lexias
donde se establezcan los distintos contextos del texto así como sus
proyecciones intertextuales), estaría del mismo modo insoslayablemente
unido al autor(es) del hipertexto y a su contexto cultural. Y sin duda
incluiría diferencias notables si su autor es un filólogo o un filósofo,
si es español o japonés. Es decir, el hipertexto, como el texto impreso,
es también producto de un contexto cultural y, por tanto, posee
igualmente implicaciones espacio-temporales.
Una vez
establecidos estos ejes de comprensión, podemos superar la obsesión que
puede imponer la técnica. No proponemos, por supuesto, separar técnica y
contenido; recordemos la analogía del río que usamos al comienzo. (El
medio digital facilita el hipertexto y éste a su vez está modificando el
modo en que leemos y las expectativas ante un texto). Sólo buscamos que
en nuestro análisis coloquemos en su propio lugar “el agua” y las
“orillas” que forman el río del discurso del hipertexto (discurso
antrópico). Hagamos uso de nuevo de una afirmación de Silvio Gaggi:
“En ese espacio [espacio virtual] no hay ejes claros ni direcciones
establecidas, no hay puntos que desvanezcan para ayudar al lector a
posicionarse” (114). En apartados anteriores nos hemos referido ya a lo
inoperante de tal posición desde la perspectiva del autor o del lector
del hipertexto, pues en ambos casos (uno al concebirlo y escribirlo y el
otro al determinar la pauta de la lectura) se procede según un eje
establecido o que se establece al leer.
Aquí
queremos más bien detenernos en el concepto de espacio. Se trata, por
supuesto, de un concepto cultural, o sea, de un concepto que necesitamos
problematizar para regresarlo a la cultura que en cada momento lo hace
posible. No es ahora necesario ni este es el lugar para proceder a un análisis
detallado, nos basta para nuestros propósitos con establecer un eje de
transformación. En las culturas basadas en la transmisión oral, el
“espacio” del “texto” era dinámico. Se trataba de un texto
potencialmente en constante transformación. La escritura y sobre todo la
imprenta trajeron consigo la apariencia de la estabilidad del texto (real
en cuanto a la inmutabilidad de los signos impresos). Poco a poco, la
estabilidad del signo escrito se vino a interpretar como estabilidad de
texto en cuanto a su “mensaje”.
La estabilidad del signo, es verdad,
facilitó el avance acelerado en las ciencias que dependían de la
posibilidad de reproducir exactamente las estructuras a través de las
cuales ellas mismas se iban auto-desarrollando. En las humanidades se fue
aceptando la aproximación científica basada en la acumulación, repetición
y percepción de universalidad. Lo que en la ciencia apoyaba el avance, en
las humanidades creó un discurso dogmático, en cuanto a la percepción de
la universalidad del mensaje, en cuanto a la creación de un canon, en
cuanto a la formación de una estructura de poder de los que “podían
hablar” (los especialistas). El discurso de la posmodernidad, que
culmina la rebelión romántica ante la modernidad, problematiza esa
situación a la vez que destaca la ineludible intertextualidad de todo
texto. El discurso de la posmodernidad introduce de nuevo el factor dinámico.
Se reconoce que tanto las relaciones intertextuales como los procesos de
contextualización se encuentran en constante transformación. El
resultado es una perplejidad ante nuestro momento de transición. Se añora
la percepción de seguridad, de estabilidad, la universalidad del
pensamiento de la modernidad, pero se le reconoce a la vez como
inoperante. La versión impresa de los textos se presenta ahora como
incompleta, como deficiente. Si todo texto plantea una serie de relaciones
intertextuales, se exige ahora un “texto dinámico” difícil (quizás
imposible) de representar en la versión impresa de un libro.
Lo que el
discurso de la posmodernidad reclama con su concepto de un “texto dinámico”
es, en verdad, un lector activo. O sea, el texto se va a actualizar a través
de la lectura y cada lectura va a ser única, pues, si es auténtica,
responderá a la individualidad del cada lector. Se va creando así la
necesidad de un nuevo espacio, pero de un espacio potencialmente dinámico;
es decir, un espacio que facilite (quizás se pretende que requiera) la
participación de un lector activo. Este es el espacio que viene a ocupar
el hipertexto. Se trata, pues, de una respuesta a la pregunta posmoderna.
El hipertexto se construye como el nuevo espacio. Como una recuperación
de la oralidad (la dimensión dinámica que caracteriza nuestro devenir),
sin rechazar por completo la estabilidad del signo.
Conviene
que nos detengamos por un momento en las implicaciones del desarrollo
anterior. El hipertexto surge aquí como una respuesta a una problemática
intelectual que caracteriza el proceso de la cultura occidental. En la
analogía del río que venimos usando en este estudio, el hipertexto podría
ser la orilla que ahora modela el caudal de nuestro devenir social. Esta
orilla, el hipertexto, se relaciona, sin duda, con la calidad del terreno
que la forma (la técnica digital), pero, en definitiva, responde a una
necesidad sociocultural (la fuerza del caudal que labra la orillas). Hemos afirmado también que se trata de un nuevo
espacio, dinámico ahora, que recupera la oralidad que el texto impreso
había ido poco a poco desplazando. Con el concepto de oralidad queremos
rescatar la dimensión dinámica de la comunicación oral, que en el
hipertexto se ejemplifica, ante todo, a través de privilegiar al lector
en el momento de conferir significado. Usemos de nuevo una metáfora que
caracterice el naciente espacio del hipertexto. Con frecuencia se ha
hablado, en otros contextos, del “gran libro de la naturaleza”.
Descubramos ahora la naturaleza como hipertexto, como un texto en
constante transformación sin perder su esencialidad. La naturaleza
observada como un texto (hipertexto) con innumerables relaciones
intertextuales con múltiples enlaces. La naturaleza como un hipertexto en
el cual cada lexia (cada elemento) puede ser el comienzo o fin de una
exploración: del agua a la tierra, a la humedad, a las raíces, al árbol,
a las ramas, a los pájaros, al aire, a las nubes, al agua... El
privilegio de una parte sobre otra no lo da el “libro de la
naturaleza” (el hipertexto), sino el contexto de quien la observa (el
lector). En este sentido, la naturaleza es el hipertexto holista
ideal: todas sus partes se encuentran enlazadas en una relación que nunca
es caótica. Todas sus partes se incorporan también en un proceso dinámico
explicable desde nuestro propio devenir como seres igualmente en constante
transformación. Cada una de sus partes podría constituirse en el foco
central y comienzo de nuestro viaje por la naturaleza. Tal es el espacio
dinámico, holístico, ideal del hipertexto. En la realidad práctica,
como examinaremos más adelante, el hipertexto, lo mismo que el texto
impreso, responde a una multiplicidad de objetivos, que sin duda darán
lugar a formas peculiares, en respuesta a las retóricas ya establecidas y
a aquellas otras que puedan desarrollarse.
El
considerar el hipertexto, “el libro de la naturaleza”, en el contexto
desarrollado anteriormente, nos permite también comprender los aciertos y
limitaciones de algunas caracterizaciones del hipertexto. En la obra
clásica de Landow, que sigue siendo la base de los estudios hasta ahora
existentes sobre el hipertexto, se dice:
Comparado con el texto,
según existe en la tecnología impresa, las formas del hipertexto ponen
de relieve diversas combinaciones de atomización y dispersión. A
diferencia de la fijación espacial del texto reproducido a través de
la tecnología del libro, el texto electrónico siempre tiene variación,
pues ninguna presentación ni versión es nunca final; siempre puede
cambiar. Comparado a un texto impreso, uno en forma electrónica parece
relativamente dinámico, puesto que siempre permite corrección,
actualización, y modificaciones semejantes [...] En los enlaces, el
hipertexto añade una segunda forma fundamental de variación,
dispersando o atomizando más todavía el texto. (Landow 1992: 64)
La
afirmación de Landow, propia del pensamiento de la posmodernidad,
privilegia al texto; es decir, se construye desde la perspectiva del
texto. Por ello puede hablar de dispersión y atomización. Incluso los términos
que usa, como “corrección”, “actualización” o “modificación”,
provienen de la deconstrucción que el discurso de la posmodernidad hace
de la modernidad. Son términos cuyos conceptos nos refieren a una
realidad inmóvil, que se puede corregir, actualizar o modificar. En el
contexto de nuestra metáfora del “libro de la naturaleza”, diríamos
que Landow se fija en los diferentes elementos (el texto) y de ahí que
vea la dispersión, la atomización. Visto el hipertexto desde un discurso
dinámico (el discurso antrópico), cada elemento se presentaría como una
de las partes de un ecosistema. Es decir, como unidad dinámica en mutua
transformación y cuyos enlaces lejos de denotar dispersión, establecen
relaciones que complementan. Regresamos así de nuevo a lo desarrollado en
secciones anteriores. Es decir: tales conceptos, como los ya comentados de
"no-lineal", "no-secuencial", "descentrar el
texto", entre otros, no se pueden
aplicar ni al autor del hipertexto ni al lector. El lector lo ve,
regresando a nuestra metáfora, como un ecosistema. La “atomización”
se convierte en multiplicidad de relaciones, la llamada “dispersión”
se percibe como proximidad, pues el enlace en lugar de dispersar une,
complementa.
Nos
encontramos en un momento de transición peculiar. Se trata de uno de esos
momentos que jalonan la historia de nuestra civilización, por significar
el fin de un paradigma y el inicio de otro. Como momento de transición
vislumbramos un nuevo orden, pero todavía nos encontramos en la prisión
conceptual del sistema que abandonamos. Por ello nos encontramos en la
situación paradójica de tener que hacer uso, al caracterizar el nuevo
orden, de los mismos conceptos que deseamos superar. El proceso va a ser
lento. Pero mientras tanto tenemos que seguir haciendo uso del sistema
conceptual que poseemos. Desde esta perspectiva podemos percibir que el
hipertexto nos lleva de un espacio físico (considerado a-temporal) a un
espacio temporal (en el sentido de potencialmente dinámico); de la
estabilidad del texto en el libro como objeto, a un ser en la transformación
(el texto abierto a una permanente actualización). Pasamos de la
permanencia de un lugar a través del tiempo (una plaza, una estatua, un
libro), a un tiempo presente en cualquier lugar.
Quizás
podamos apreciar un poco mejor la complejidad de lo que pretendemos
describir, señalando que a través del hipertexto recuperamos ciertas
características del discurso hablado sin renunciar a las características
que nos ha proporcionado el discurso de la modernidad y su creencia en la
estabilidad del texto impreso. Quizás también el ejemplo de la música
proporcione un símbolo oportuno para comprender este proceso (y para
recordarnos que nuestra situación actual lleva ya tiempo gestándose).
Tanto la música como las cadencias de la palabra hablada, no habían
podido ser capturadas en la técnica del texto impreso. Los intentos de
“atrapar” el sonido tienen ya una larga historia, pero sólo a través
de la técnica digital parecen llegar a su madurez. Antes era un acto
fugaz, limitado a un lugar y tiempo concretos. El medio digital, y su
posible integración en el hipertexto, consigue la estabilidad del
signo-sonido, pero lo hace al mismo tiempo en un espacio dinámico, y por
lo tanto abierto a la transformación o a las relaciones intertextuales a
que pueda dar lugar una composición musical determinada. En este sentido,
la expresión y potencial digital de la música ejemplifica el proceso de
simbiosis que aporta el hipertexto: a) se da estabilidad al sonido (se
asume la modernidad), b) se mantienen ciertas características temporales
propias de la tradición oral (se asumen las posibles diversas
perspectivas de la posmodernidad), c) se potencia la condición dinámica
(por ejemplo, el poder “corregir” una nota o intercalar una variante
sin modificar el resto de la ejecución musical).
© José Luis Gómez-Martínez
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