José
Luis Gómez-Martínez
"Hacia
un nuevo paradigma:
El hipertexto como faceta sociocultural de la
tecnología"
5. El
sentido liberador del hipertexto
Una vez caracterizado el hipertexto en las secciones anteriores, podemos ahora
aproximarnos a uno de los puntos más debatidos en los discursos teóricos
de la década de los noventa. Por una parte, se habla del poder liberador
de la tecnología, de que la “información quiere ser libre” y por la
otra, se previene de que el hipertexto nos está llevando a la pérdida de
las estructuras, a la desaparición de las jerarquías cualitativas, a una
proyección caótica que impide el acto de significar, a trivializar, en
fin, la información. Ambas posiciones, aunque influidas, es verdad, por
el entusiasmo o el miedo a la tecnología, se fundamentan filosóficamente
en el discurso de la modernidad. Y las conclusiones a que llegan, reflejan
ante todo su conformidad o repudio de los presupuestos de la modernidad.
Analicemos por separado ambas posiciones, para poder así despejar el
camino a una intelección de la dimensión liberadora que pueda aportar el
hipertexto.
Desde el
pensamiento de la modernidad, dominado, como hemos señalado ya, por los
conceptos de estabilidad del texto, trascendencia del significado, jerarquía,
linealidad, presencia física individualizada, entre otros muchos, el
hipertexto se asocia con libertad “anárquica”, eclipse del autor,
indiferencia a la individualidad y con una sensación de desamparo. Pero
coloquemos estos conceptos en el contexto de una cita de Silvio Gaggi:
Internet y la WWW
representan espacios complejos que no son espacios físicos, pero que se
navegan con rapidez y seguridad, sin tener que mudar nuestro cuerpo físico.
Por otra parte, en este espacio el individuo, según él o ella ha
existido, puede perderse, y la consistencia de su identidad inspirada en
sus propias asociaciones con su nombre o cuerpo material se desvanecen.
Maravillosamente indiferente a la raza, al género, a la belleza y a
nuestra etapa en la vida fuera de la red, Internet absorbe al
individuo en un diálogo interactivo en el que la conversación asume su
propia vida y amenaza con eclipsar a los participantes que proveen su
contenido. Además, Internet, democratizador y emancipador por la
libertad anárquica de información y las relaciones que posibilita, no
se encuentra ciertamente inmune al control y a la censura; de tal modo
que la libertad e igualdad que se puede conseguir en él, puede, en
efecto, ser vaga, ofreciendo a los usuarios una gran cantidad de
opciones cualitativamente insignificantes. (xiii)
Esta
cita de Gaggi se formula desde las dos premisas citadas anteriormente:
desconfianza ante las nuevas técnicas y el pensamiento lineal y jerárquico
de la modernidad. Toda la cita, por otra parte, refleja aquellos escritos
que se hicieron en su momento contra las implicaciones de la imprenta, o
de la libertad de prensa o la alfabetización de las masas. Por ejemplo,
la primera frase de la cita, con pocas modificaciones, podría haberse
dicho ante la aparición de la imprenta. La multiplicidad de ejemplares
independizó al lector, posibilitó lecturas simultáneas, permitió las
posesiones múltiples del mismo texto, desvaneció el control sobre el
texto... Por otra parte, la afirmación de que el mundo digital no ocupa
espacio físico es engañosa. Sí que ocupa un espacio físico, sólo que
es desigual y de repercusiones diferentes. Un libro en un disquete o en
papel impreso es simplemente un texto en dos medios diversos pero
semejantes. Es posible que una página en la red sea “indiferente a la
raza, al género, a la belleza”, pero ¿qué diferencia hay entre dicha
página en la red y una página de papel? Veamos una nueva cita que nos
ayudará a comprender lo que está sucediendo: “La complejidad de la red
y la posibilidad de tener que tomar decisiones sin suficiente información
sobre dónde nos va a llevar una opción, puede resultar en una
desorientación que imposibilitará una libertad significativa” (Gaggi
105). ¿Aceptaríamos la afirmación de caótico de una persona que
presencia sin comprenderlo un juego de béisbol? Una pequeña anécdota
personal puede explicar esta situación. Al salir de un cine, después de
ver una película proyectada en un pequeño pueblo español a principios
de los cincuenta, oí el siguiente comentario de una persona que había
venido al cine por primera vez. “No sé..., no sé..., no comprendí
nada. Iba muy rápido. Me mareaban las imágenes.” Estamos en el umbral
de una nueva lectura y de una nueva escritura que va a requerir un proceso
de aprendizaje. Estamos en los inicios del hipertexto, y así como el
texto impreso ha seguido un proceso de desarrollo que no habría sido
posible predecir a finales del siglo XV, igualmente nos sucede con el
hipertexto.
En el
otro extremo, los paladines exaltados del hipertexto, ven en él la
posibilidad de llevar de la teoría a la práctica el espíritu
iconoclasta de la posmodernidad. El hipertexto supone para ellos la
liberación absoluta:
En el futuro no habrá cánones fijos de textos ni fronteras epistemológicas
fijas entre disciplinas, sólo caminos de investigación, modos de
interacción y momentos de encuentro. Las nociones de escritor y lector se
redefinen asimismo dentro de este lenguaje temporal. [...] Han
desaparecido las categorías sociales (cultos frente a populares), políticas
(público versus privado) o económicas (gratuito frente a no
gratuito) que en su día describieron los componentes de la vida
literaria. Los lectores-escritores imaginados de la era electrónica se
conciben según su modo de acción en el tiempo. [...] Me gustaría
sugerir que existe algo sin precedentes en esta posibilidad de escapar de
la estabilidad de la escritura. La digitalización de los textos parece
haber abierto la posibilidad de que la escritura opere en un modo temporal
exclusivamente posible para el discurso hablado, como parole
(palabra [habla]) más que como langue (lengua)” (Hesse 36-37).
Apenas
han pasado tres años desde que se hicieron estas afirmaciones y ya vemos
surgir nuevos cánones y el emerger de nuevas expresiones genéricas. El
texto digital no es, después de todo, tan temporal, y persiste la
estabilidad del texto como irónicamente atestigua el litigio, basado
precisamente en textos digitales, entre el gobierno federal de Estados
Unidos y la compañía Microsoft. Como venimos señalando a lo largo de
este estudio, estas posiciones entusiastas ante el hipertexto están
arraigadas en el discurso de la posmodernidad; en un discurso que
privilegia el texto y lo ve como un infinito de posibles relaciones
intertextuales. Desde esta premisa, se ve en el libro impreso la imposición
de un proceso lineal, la dificultad de seguir relaciones intertextuales,
la estructura jerárquica de su contenido, la subordinación de lector al
autor... Es así como el debate se convierte en una contienda entre los
que desean mantener el privilegio del autor y los que buscan el privilegio
absoluto del texto. De un lado podríamos colocar la posición de Paul
Duguid y del otro la de George Landow. Las siguientes citas muestran los
parámetros que se buscan y que se combaten:
(Landow) Los
hipertextos enlazados sitúan el presente texto en el centro del
universo textual, creando así un nuevo tipo de jerarquía, en la cual
el poder del centro domina la infinita periferia. Pero como en el
hipertexto ese centro es siempre un centro virtual des-centrable,
transitorio –o sea, uno creado únicamente por el acto de leer ese
texto en particular–, nunca tiraniza otros aspectos de la red en el
modo que lo hace el texto impreso. (1992 85)
(Duguid) Otorgar prioridad al texto circulante hace que la información
parezca autosuficiente y el libro, por el contrario, una cárcel. En el
pasado, los críticos “prácticos”, “nuevos” y estructuralistas lo
hacían desde ese punto de vista, otorgando al texto una autonomía
distinta de su producción o consumo. Y éste es básicamente también el
punto de vista de los liberacionistas que se remiten a la integridad autónoma
de la información. (89)
Nuestra
tesis a través de este estudio mantiene que el hipertexto es, ante todo,
una creación socio-cultural, que asume y así supera el debate entre
modernos y posmodernos. Es cierto que la técnica posibilita el
hipertexto, pero su esencialidad gira en torno a un nuevo proceso de
lectura. Se trata de una lectura dinámica que responde a lo que venimos
denominando discurso antrópico. El hipertexto viene a privilegiar el acto
de leer y por lo tanto al lector. Pero ello no implica que desaparezca el
autor ni sus prerrogativas: el autor crea el texto, decide las relaciones
itertextuales a destacar, elige dónde y qué enlaces colocar, señala, en
fin, lo que incluye como principio y fin de su estudio. El texto tampoco
pierde su papel substancial. Los múltiples enlaces proporcionan cierto
protagonismo a cada una de las lexias que visita un lector, pero éstas sólo
ocasionalmente se podrán convertir en centrales. La dimensión
multisecuencial quizás pudiera parecer caótica desde unos presupuestos
basados en la forma del libro impreso (que nos impone una forma lineal de
concebir el mundo), pero no desde la perspectiva del lector, en definitiva
la única que cuenta, la única que lo valida. El lector, al establecer la
secuencia que se propone seguir, establece también unos objetivos, a los
cuales se subordinarán las distintas lexias que pueda visitar. Es decir,
es el lector quien establece el centro del hipertexto, influido, por
supuesto, por el concepto del creador (autor), y por la estructura creada
(texto).
Ahora
podemos ya regresar al enunciado de esta sección. Cuando hablamos del
proceso liberador del hipertexto no nos referimos, por tanto, a una
tecnología liberadora. El libro en su forma actual es también el
resultado de muchos años de perfeccionamiento tecnológico. Además, algo
parece fallar en el proceso de argumentación cuando personificamos a la
tecnología –o al hipertexto–. Ni la escritura vino a liberarnos
(excluirnos) de la comunicación oral, ni la imprenta del manuscrito, ni
el hipertexto busca liberarnos (alejarnos) del texto impreso. Todos ellos
son procesos complementarios que han de continuar existiendo. El proceso
de liberación que proyecta el hipertexto hemos de buscarlo en nuestro
desarrollo socio-cultural. Es decir, en nuestra proyección hacia procesos
más perfectos de democratización. En este sentido el texto impreso
permitía la difusión de los conocimientos hacia esferas cada vez más
amplias de la sociedad humana, aunque el control sobre la alfabetización
hiciera
que su potencial tardara siglos en generalizarse. El libro, empero, impone
limitaciones en nuestra sociedad actual: no sólo en cuanto a las
relaciones de poder (quién publica los libros), sino también en cuanto a
disponibilidad de la información, a
relaciones económicas y cuestiones de control, entre otros muchos
aspectos. En el contexto socio-cultural de nuestros días, las humanidades
se ven forzadas igualmente a modificar su concepción romántica del autor
y el proceso positivista de continua acumulación. Dejan de ser asimismo
patrimonio de una minoría y símbolo de la separación de clases. Nuestra
sociedad sigue valorando el contexto humanista, pero ahora se privilegia
el proceso de lectura y la participación activa del lector.
Tal es
el ambiente en cuyo seno surge el hipertexto. Viene a satisfacer, entre
otras, dos necesidades fundamentales: dar la palabra a quienes les era difícil
o imposible participar en el mundo del texto impreso y promocionar la
libertad del lector a forjar el camino de su propia lectura y a tener
acceso a la información. Ambas
dimensiones llevan implícitas un posible proceso democratizador
(semejante a aquél que proporcionó y siguen proporcionando los programas
de alfabetización). El texto impreso propiciaba el monólogo (participación
pasiva del lector), mientras que el hipertexto favorece una lectura que
podemos considerar liberadora, pues predispone al diálogo (participación
activa del lector). Contra los temores que se divulgaron a comienzos del
siglo XIX ante los intentos de alfabetización de las masas, no todos los
que aprendieron a leer hicieron de la lectura una carrera. Del mismo modo,
aunque el hipertexto facilite que todos participen en la producción de
textos, no todos harán de ello una profesión. El hipertexto, pues, se
comienza a hacer en función del lector.
Una vez
señalada la dimensión liberadora, democratizadora, implícita en el
hipertexto, debemos apresurarnos a indicar que, aun cuando su esencia es
liberadora (como lo fue el texto impreso ante el manuscrito), el
hipertexto al igual que la versión impresa, posee igualmente el reverso
de la moneda. Lo mismo que el hipertexto destaca relaciones intertextuales
y procesos de contextualización, puede también omitirlos o ponerlos en
función de principios ideológicos que distorsionen cualquiera de los
procesos de lectura que pudiera seguir un lector. Es decir, el hipertexto
es únicamente un medio de comunicación que responde a nuestra situación
socio-cultural; es más incluyente que el texto impreso y potencia mejor
el desarrollo individual, pero su contenido y sus objetivos seguirán
siendo creaciones humanas y, como tales, capaces de distorsión, de
manipulación, de censura.
© José Luis Gómez-Martínez
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