José
Luis Gómez-Martínez
"Hacia
un nuevo paradigma:
El hipertexto como faceta sociocultural de la
tecnología"
Introducción
La globalización, y creo que en esto estamos todos de acuerdo, constituye el
tema de nuestro tiempo. Nos fascina y a la vez nos asusta. Con frecuencia
el término aparece asociado a los nuevos sistemas de producción y
consumo, pero lo económico es únicamente una de las facetas de la
globalización y quizás no sea la más interesante. La toma de conciencia
de su dimensión cultural me parece mucho más apremiante. El auge de los
ordenadores a finales de los años ochenta como instrumentos prácticos en
el mundo académico y, sobre todo, la difusión pública y global de
Internet como medio de comunicación, conlleva una transformación
socio-cultural radical. Vivimos unos momentos de rápida evolución hacia
un nuevo paradigma: del contexto socio-cultural del texto-impreso
al entorno digital que ejemplifica el hipertexto. En Estados
Unidos, que institucionaliza ya en la década de los ochenta el uso de
Internet en el medio académico, han surgido libros seminales sobre una
nueva forma de textualidad, sobre un nuevo modo de comunicación que se
empieza ya a conocer como el hipertexto. Los libros de Bolter,
Landow, Aarseth, entre otros, crearon a comienzos de la década de los
noventa una atmósfera de expectativa ante la transformación rápida de la
nueva tecnología.
Algunos
sectores de la academia han interpretado la posibilidad del hipertexto en
el medio digital como una liberación de la tiranía que, según ellos,
imponía el texto impreso. Para Carla Hesse, por ejemplo, el hipertexto
abre la “posibilidad de que la escritura opere en un modo temporal
exclusivamente posible para el discurso hablado” (37). Con ello, cree
Hesse, desaparecerán “categorías sociales (cultos frente a populares),
políticas (público versus privado) o económicas (gratuito frente a no
gratuito)” (37). Por lo que en su visión utópica predice que “en el
futuro no habrá cánones fijos de textos, ni fronteras epistemológicas
fijas entre disciplinas, sólo caminos de investigación, modos de
integración y momentos de encuentro” (36). Y ello será así, señala
Landow, porque el “hipertexto no permite una voz tiránica, unívoca”
(1992: 36). Se concibe el hipertexto, en esta posición optimista, como un
campo abierto en el que “el lector de hipertexto, además de contar con
una libertad de itinerario, puede convertirse también en coautor de la
obra” (Rodríguez). Desde esta perspectiva se tiende a ver el hipertexto
“como punto de partida y no de llegada” (Rodríguez), es decir, sin
pasado, como ruptura.
Por el
contrario, otros sectores de la academia ven el proceso con cierto
pesimismo apocalíptico. Coinciden en gran medida con la evaluación del
hipertexto que proyectan los entusiastas de su uso, pero lo perciben como
deshumanización. “El texto pierde gradualmente su autoría y la
percepción de que es el producto de un autor disminuye”, nos dice
Simone, para concluir que “en un futuro próximo será cada vez más difícil,
casi imposible, decir quién es el autor de un texto” (255). Lo que
sucede es que los detractores proyectan el hipertexto como una proliferación
exhaustiva de textos anónimos que “expone al lector a una gran riqueza
de material irrelevante” (Riffaterre 186). Sienten también que el
crecimiento acelerado del mundo digital en general, y el uso del
hipertexto en particular, va desplazando aquellos instrumentos de poder
que conformaban el mundo académico. El nuevo discurso vuelve obsoletas las
estructuras tradicionales sin tener tiempo a institucionalizar las nuevas
categorías. Por ejemplo, ven desarticularse el cuidadoso club de los
autores, celosamente preservado para mantener la posición de prestigio
académico. Ahora se lamenta de que “aumenta drásticamente la proporción
de escritores a lectores” (Nunberg 133). Se trata, además, de escritos
que no siguen la “aprobación” académica y que, por lo tanto,
presentan, según el canon, un problema de fiabilidad. Es decir, en
palabras de Nunberg, que “cuando se derriban los muros de la biblioteca,
no debe sorprender encontrarse la sala de lectura llena de gente de la
calle” (136).
Los
debates entre estos campos encontrados recuerdan las clásicas polémicas
entre “los antiguos y los modernos” que jalonan la historia
intelectual de occidente y que surgen renovadas en los momentos de
transición. En definitiva, el tema del hipertexto, como señala Landow,
“crea cuestiones políticas –cuestiones de poder, de estatus y de
cambios institucionales. Todos estos cambios tienen contextos políticos e
implicaciones políticas” (1992: 273). Ambas posiciones, defensores y
detractores del hipertexto, coinciden también en ver la tecnología como
causa de las transformaciones, como anterior a las mismas y como neutra.
Este determinismo tecnológico oculta, como señala con acierto Murray,
“la necesidad de que los académicos y otros consumidores de la tecnología,
asuman el debate sobre las responsabilidades éticas y sociales implicadas
en su uso” (54).
© José Luis Gómez-Martínez
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