Hermenéutica
Georges
Reyes
EL GIRO HERMENÉUTICO CONTEMPORÁNEO:
LECTURA DE TENDENCIAS
George Reyes
A
la crisis de meta, opina un autor, sigue la de caminos. En tanto la primera
caracterizó al pensamiento moderno, la segunda caracteriza al posmoderno,
incluso en el campo de la hermenéutica, la ciencia y arte de la
interpretación y el idioma actual de la filosofía occidental. Hoy asistimos
a una explosión fenomenal de ella y, por lo tanto, a un perfil suyo
múltiple, variado y de matices diferentes.
Por medio de una lectura limitada,
pretendo aquí simplemente apuntar algunas de las principales tendencias
hermenéuticas contemporáneas. Se espera que esta lectura deje al descubierto
algunos de los perfiles de esta ciencia y arte, que sirva como trasfondo
para una propuesta que considero puede ayudarnos a marchar hermenéuticamente
de un modo sensato por la actual crisis de caminos.
El giro
filosófico: del positivismo objetivista moderno
al existencialismo y subjetivismo posmoderno
Tradicionalmente la hermenéutica ha
sido considerada como ciencia y arte de la interpretación de textos tanto
escritos como hablados, actuados y aún de otra índole que van más allá de la
palabra y el enunciado. Valiéndose de ella, y de los clásicos métodos
filológicos, la meta del intérprete, válida tanto para las obras literarias
clásicas seculares como para la Biblia —ya que con el comienzo de la
historia de la hermenéutica en su acepción moderna en el siglo xviii se
abandona toda distinción entre hermenéutica “profana” y “sacra”—, era
discernir el contenido textual total plasmado en el texto, pero asociado a
la intención de su autor enraizada permanentemente en su contexto histórico
original.
En este sentido, el intérprete se acercaba al significado del texto,
al cual se consideraba como una entidad objetiva y autónoma cuya “verdad”
podía ser desentrañada fácil y totalmente.
Ya que, según esta filosofía
hermenéutica, era posible una inmersión total en el autor, es decir, a una
aclimatización a su mundo cultural, de pensamiento y de representación, en
términos generales,
se imponía una premisa fundamental que aseguraban al intérprete el éxito en
esta empresa, la misma que incluía una fusión de subjetividades y, aún más,
un rebasamiento de la del autor y entender a éste incluso mucho mejor de lo
que él se habría entendido así mismo;
esta premisa era el concebir la hermenéutica como una tarea metódica
científica, racional, objetiva (neutral), práctica y que, consecuentemente,
garantizaba la interpretación correcta.
Entre estas premisas fundamentales estaban también otras dos: a) considerar
la intención del autor como la única base de la identidad textual y meta de
la interpretación correcta, y b) considerar el lenguaje de un modo contrario
a la actual posfilosofía de esta área: un medio de comunicación objetivo,
idóneo y, por lo tanto, capaz de comunicar ideas claras y distintas y una
verdad verbal literal, invariable o unívoca.
Aunque se podría argumentar que, a la
luz de su metodología y filosofía hermenéutica, los métodos
socio-histórico-críticos no siempre tendrían como meta la intención original
y la contextualización de ésta, constituyen, entre muchos otros, incluso
conservadores, un ejemplo concreto, especialmente de la primera premisa.
Haciendo uso de las ciencias sociales, la crítica de las fuentes, de las
formas, de la redacción, de la ideología y otras herramientas, estos
métodos, que beben del paradigma racional occidental, recorren varias etapas en el estudio del texto, con el
fin de recobrar aquello que subyace detrás de éste y que, según sus
seguidores, especialmente los comprometidos con el paradigma de liberación,
otras exégesis han escondido: el contexto histórico de producción o
desarrollo del texto y la ideología de las élites de la época impresa en su
forma canónica final.
Los criterios considerados “objetivos” y usados
en todo este proceso crítico son los de la ciencia moderna, tales como la
precisión, la inducción y la verificación; no es de
extrañar, por lo tanto, que éstos sean críticos de los acercamientos
literarios acríticos y ahistóricos (que deshistorizan al texto), y estén
naturalmente condicionados por un enfoque conceptual, racionalista y,
frecuentemente, antisobrenatural.
Con el advenimiento de la posfilosofía
del lenguaje y la hermenéutica filosófica no sólo el concepto tradicional de
hermenéutica y su meta—la intención del autor—, sino también los
presupuestos teóricos—como aquellos del lenguaje y de la verdad— y
metodológicos tradicionales han venido experimentado un giro a partir de los
últimos años del siglo xix. Robert C. Holub
considera que este giro está asociado
mayormente con el trabajo de uno de los autores considerados heraldos del
nuevo énfasis hermenéutico filosófico posmoderno: Martín Heidegger
(1889-1976), pero posteriormente también con el de su discípulo Hans-Georg
Gadamer (1900-2002), en el campo de la gnoseología y de la filosofía del
lenguaje, eje del pensamiento filosófico contemporáneo. Estos y otros
autores protagonizaron cambios radicales, complejos y criticados por, entre
otros, J. Habermas y J. Derrida, que por ahora los resumo, aún con riesgo de
simplificación.
En primer lugar, en contraste con la
tradición del período cultural de la Ilustración, el objetivo primordial de
la hermenéutica ya no será la interpretación ni la comprensión de textos
escritos y orales. Su objetivo será investigar la función de la expresión
verbal, con la cual el existente—el ser humano—comunica su experiencia,
interpretación y comprensión de su mundo; su objetivo será también
explicitar lo que ocurre en esta operación humana fundamental del comprender
interpretativo, el mismo que se manifiesta como una experiencia
antropológica o antrópica, es decir, como experimento de realidad. Así, la
hermenéutica se constituye en una función del entendimiento humano y una
práctica adjunta al acontecer histórico. Ya en las páginas introductorias de
su magna obra, Verdad y Método, en la cual discute el alcance
metodológico y filosófico de la hermenéutica, Gadamer anuncia este giro
radical, al resistir críticamente la pretensión monopolizadora del método
científico. Es que para Gadamer este método, que busca un saber exacto y
objetivo, no es el único camino para una tarea que es propia de las ciencias
humanísticas o “del espíritu”, o, más claramente, de la misma vivencia
humana: explicar la experiencia del comprender, mediada por el agente
existencial por excelencia: el lenguaje como el eficaz conductor que permite
la experiencia interpretativa y la comprensión del acontecer de la verdad.
En segundo lugar, el objetivo de la
comprensión será contrario al de la teoría hermenéutica romántica,
historicista y sumisa al método científico, pero deshistorizadora del
proceso interpretativo,
que va de F. Schleiermacher a W. Dilthey. Ese objetivo ya no estará sobre la
comunicación con otra persona (el autor, por ejemplo) ni sobre la sicología
e intención de ésta.
Y en tercer lugar, la neo-hermenéutica
de Heidegger y Gadamer incursionará en una área que es más importante que
aquello que Dilthey propuso: la separación entre las ciencias naturales y
las “del espíritu”. Esta área es la “ontología fundamental”, en la cual se
busca el acontecer de la verdad y el método adecuado para llegar a ese
acontecer. Es así como la hermenéutica del siglo xx se sale de la arena
epistemológica en la que habían operado las anteriores teorías de la
comprensión.
Lo anterior significa, afirma Holub,
“que la comprensión ya no será concebida transitivamente; nuestro interés ya
no estará en comprender algo, pues la comprensión está implícita en nuestra
manera de ser-en-el-mundo, como el modo fundamental de nuestra existencia
que antecede a cualquier conocimiento o actividad intelectual”.
Así, pues, la hermenéutica toma un giro radical ontológico y, con su énfasis
en el ser-en-el-mundo, entenderá la comprensión como exclusivo conocimiento
del mundo. Ya que esta ontologización también ha influido en la tarea
hermenéutica bíblica, es necesario estar consciente de sus implicaciones
tanto en el concepto de hermenéutica como en la meta y la tarea
interpretativa a las que estábamos acostumbrados.
La hermenéutica deja de ser metódica y
abandona su meta tradicional. Pasa a ser una profunda investigación de la
función hermenéutica de la comunicación verbal; en otras palabras, toma un
giro hacia el lenguaje y la experiencia humana que precede a cualquier modo
de proceder metódico. El interés, por lo tanto, ya no está en algún método
que someta los textos a un estudio científico. Cuando se comprende la
tradición no sólo se comprenden textos, sino que también se adquieren
perspectivas y se conocen verdades, pues la comprensión, según Gadamer,
no se dirige a un “tú” como objeto, sino que se reduce a un contenido de
verdad que penetra y actúa en el ámbito de nuestra existencia. Comprender es
estar expuesto a un hacer y a un actuar tanto de la historia como de la
tradición, las cuales, entre otras cosas, estimulan al diálogo el que a la
vez es comprensión.
De modo que es así cómo, en el proceso
de comprensión, el influjo del condicionamiento histórico, la “historia
efectual” sobre el intérprete, viene a tener preeminencia. Pero para la
hermenéutica filosófica contemporánea este condicionamiento y su producto:
las precomprensiones o los prejuicios, lejos de ser un obstáculo para la
comprensión, son una fuerza productiva que la beneficia, por lo cual hay que
estar consciente de los mismos, permitirles ensancharse y, por medio de un
mutuo diálogo dialéctico (círculo hermenéutico) y del lenguaje (el hilo
conductor de la ontología hermenéutica), fusionarse con el horizonte del
objeto (la tradición histórica) que se desea comprender, a fin de alcanzar
mancomunadamente la verdad: el acontecimiento de sentido y apertura a éste.
Es que, para Gadamer y sus seguidores, la comprensión y la verdad se
alcanzan siempre a través de esa fusión de ambos horizontes, el personal y
el de la tradición.
De lo anterior se puede deducir algunas
consecuencias fundamentales. Primero, el conocimiento objetivo es
deconstruido; segundo, el proceso interpretativo no implica desentrañar del
texto algún significado verbal colocado por su autor, sino que envuelve la
tarea de desarrollar la posibilidad del ser; tercero, la interpretación no
implica discernir la relevancia contemporánea del texto, sino clarificar
nuestra condicionamiento histórico, el cual antecede a nuestra comprensión
del mundo; y cuarto, la verdad hermenéutica ya no es conceptual ni se la
entiende como coherencia con la realidad, sino como un acontecimiento de
sentido y un acto de apertura, es decir, un acto de concientización de
nuestro condicionamiento histórico.
Bien se podría concluir esta parte
argumentando lo siguiente. La tendencia hermenéutica contemporánea incluye
un giro hacia una hermenéutica ontológica existencial, en la cual la tarea
interpretativa viene a ser básicamente una experiencia. No es de extrañar
que ella deconstruya y abandone, entre otras cosas propias de la
hermenéutica tradicional, la importancia de la intención del autor como meta
legítima del proceso interpretativo, y los presupuestos mediando en el
mismo, tales como el de la objetividad. Al fin de cuentas, es así como este
giro filosófico contemporáneo implica un desplazamiento radical a la
subjetividad, en el cual será central, entre otros conceptos, la polisemia
de los textos.
El giro
literario: del énfasis sobre el autor al énfasis sobre el lector
En cierta medida, y en términos
generales, las hermenéuticas literarias surgen en reacción contra los
estándares filosóficos, epistemológicos y metodológicos hermenéuticos
modernos, que han marcado la exégesis y la teología occidental, incluso en
Latinoamérica.
La gama de métodos cobijados bajo estas hermenéuticas es múltiple, cada uno
con su propia filosofía y epistemología subyacente. Algunos de ellos son,
teórica o prácticamente, pluralistas o multidisciplinarios, pues dialogan
con otros métodos e incorporan sus válidos aportes en su proceso
interpretativo. En este sentido, se podría argumentar que aquellos son
métodos eclécticos.
El giro
hermenéutico literario no se limita a lo anterior. Tiene que ver con algo
más decisivo: los presupuestos tanto filosóficos como epistemológicos e,
incluso, ideológicos, semejantes a los de la hermenéutica ontológica y la
neo-ortodoxia alemana, que inciden en el modo cómo se leen los textos.
Al estar también influidas por ciertos presupuestos filosóficos,
epistemológicos e ideológicos de la crítica literaria secular, estas
hermenéuticas tienden a ver y leer el texto como un “artefacto” verbal
autosuficiente.
Es así como ellas, en el mejor de los casos, suelen relegar a un segundo
plano el referencial histórico del texto, la intención del autor y otros
factores fundamentales en el proceso de lectura. Por lo tanto, también en el
campo de los estudios bíblicos, además de declararse y defenderse la
autonomía semántica del texto, se le aplicará una lectura sincrónica
deshistorizadora y se sobredimensionará el papel de sus lectores.
Por razón de la anterior
sobredimensión, una de las características distintivas de estas
hermenéuticas es hacer de los lectores los inventores finales del
significado del texto. En ellas, de los tres componentes esenciales del
literario proceso comunicativo: autor →texto lector, es éste último la
fuerza controladora y determinante. Mientras las hermenéuticas modernas en
general, incluyendo aquí las conservadoras, se han centrado sobre el autor y
su intención (el mundo “detrás” del texto), las literarias lo hacen sobre el
texto (el mundo “dentro” del texto), y aún otras, las más antrópicas, sobre
los lectores, comunidad de lectura y sus propios intereses (el mundo
“delante” del texto). Sin embargo, no habría que generalizarse, pues así
como no todas las hermenéuticas literarias serían, como argumentan
erróneamente algunos autores, retóricas o estructuralistas, ahistóricas o
antrópicas radicales, tampoco todas ellas tendrían uniformidad filosófica,
epistemológica y metodológica.
Al respecto, valdría la pena
señalar dos corolarios importantes. El primero, que el significado del texto
se constituye un evento que acontece no sobre la página, en la que estamos
más acostumbrados a discernirlo, sino más bien en la interacción entre el
flujo de lo impreso o del sonido y la activa mediación creativa del lector u
oyente. En este sentido, no existirá un neutral encuentro con el texto, ya
que éste será leído, reconstruido, inventado o actualizado por diferentes
lectores según, entre otras cosas, su género, trasfondo cultural u
horizonte; de modo que también en este giro la subjetividad, las
precomprensiones y la indeterminación del significado del texto vienen a
estar en el centro del debate y a ser algo inevitable.
El segundo corolario es que el
influjo unidireccional rígido tradicional de los dos primeros componentes
del proceso comunicativo (autor y texto) sobre el tercero (el lector) es
deconstruido y, diríase, hasta revertido: autor ↔ texto ↔ lector. El lector
no es, si acaso, el único influido; el texto y su autor también lo son por
éste y con mayor fuerza, a tal punto que pueden “morir” (perder su
centralidad) y su intención puede llegar a ser ajena e incluso diferente de
la original.Ahora bien, de acuerdo con una corriente moderada de esta
tendencia antrópica (el lector como ser humano es el eferente central), el
propósito que el lector tenga al acercarse al texto es algo fundamental, ya
que abre las puertas no a cualquier lectura, sino a aquellas posibles y a
las que el discurso hermenéutico moderno negaba validez.
El giro hermenéutico contemporáneo
incluye, pues, un giro en relación también con el locus del
significado: del autor y el texto al lector. Es así como, a semejanza del
anterior, este giro implica, además de un abandono del diálogo hermenéutico,
del autor y su intención, un desplazamiento del objetivismo al subjetivismo.
El giro
multidisciplinario: del monocientificismo
al pluralismo, interdisciplinariedad y eclecticismo
Más que en cualquier otra época pasada,
en estos últimos años la hermenéutica ha venido ampliando sus recursos
metodológicos, filosóficos y epistemológicos en la tarea interpretativa.
Esta tendencia es reflejada incluso en las hermenéuticas
socio-histórico-críticas. Mark G. Brett es un
ejemplo que viene al caso, quien a propósito de su estudio de Génesis 17
argumenta:
Ningún estudioso de la Biblia puede argüir que domina todas las
disciplinas que son potencialmente relevantes a la lectura del libro de
Génesis. Los eruditos se enfrentan al dilema de escoger: considerarse
pertenecientes a una específica tradición de investigación, o intentar
un diálogo entre las diferentes disciplinas. Mi acercamiento a Génesis
es quizás un ejemplo extremo de ésto último: combino los antiguos
estilos de la erudición histórica con elementos de narratología, crítica
orientada en el lector, antropología, el denominado nuevo historicismo y
teoría poscolonial. El pluralismo propuesto aquí no pretende ser un
nuevo método, sino un estilo de diálogo relacionado con el texto que
comienza confesando la variedad de inquietudes, contextual
preocupaciones y estructuras interpretativas, a fin de entrar en un
proceso de lectura que espera enriquecerse con el diálogo...
De modo que la hermenéutica
bíblica en general, incluyendo las conservadoras y la denominada “popular” o
“comunitaria” latinoamericana y caribeña, no parece hoy limitarse a estudiar el texto con base
a una sola herramienta o disciplina. Al contrario, procura dialogar e
integrar a la vez los aportes filosóficos, epistemológicos y metodológicos
de otras disciplinas y tradiciones hermenéuticas.
Aunque el uso de los acercamientos
sociológicos y otros afines—como los antropológicos— no es algo nuevo en el
estudio del texto, éstos son unos de los más usados recientemente en
conjunción con los literarios y otros acercamientos contemporáneos.
En términos generales, estos acercamientos tienen como fin no sólo explicar
las complejas realidades socio-culturales descritas o reflejadas en varias
maneras en el texto bíblico, sino también explorar las sociales dimensiones
del proceso interpretativo. Por eso es que para M. Daniel Carroll R.,
el aporte de ellos es fundamental, ya que ayudan a iluminar la
interpretación y apropiación (contextualización) del texto e incluso otras
áreas frecuentemente olvidadas, tales como la producción del material
bíblico y su recepción, y el contexto de misión.
Resumiendo,
el giro hermenéutico contemporáneo incluye uno multidisciplinario. Y éste
implica a la vez un diálogo tanto constructivo como crítico con una variedad
de teorías, modelos y métodos hermenéuticos, lo que está permitiendo cada
vez más un movimiento a un pluralismo, interdisciplinariedad y eclecticismo.
Es mi opinión que este movimiento puede enriquecer a lo menos la lectura del
texto y estimular a una mayor inquietud e investigación en los estudios del
Antiguo y Nuevo Testamento.
Hermenéutica
bíblica analógica para el contexto posmoderno:
Abriendo camino
Para muchos podría ser desconcertante
el actual y creciente giro hermenéutico y la plétora de tendencias
metodológicas, filosóficas y epistemológicas. Considero, sin embargo, que
podría ser saludable a lo menos por las siguientes razones. Primero, como ya
dije, porque permitiría un mayor enriquecimiento mutuo, a través del diálogo
crítico y constructivo. Segundo, porque enriquecería y estimularía aún más
la inquietud y la investigación en los estudios bíblicos. Y tercero, porque
permitiría cuestionar y a la vez reorientar determinados presupuestos
filosóficos, epistemológicos y, de algún modo, metodológicos que pesan
todavía sobre la hermenéutica y exégesis de los espacios académicos y
eclesiales, incluso latinoamericanos.
Reorientar la hermenéutica y exégesis
es urgente por los desafíos que plantean el nuevo contexto cultural del
intérprete. Entre estos desafíos están, además de los sociopolíticos y
económicos, los de carácter filosóficos y epistemológicos. Por eso es que en
un espacio cultural como el nuestro que intenta deconstruir incluso la
metafísica, me gustaría destacar aquí que la hermenéutica y exégesis
debieran poseer, entre otras cualidades fundamentales que subrayaré en
próximos trabajos, las siguientes. Además de adecuadas y respetuosas tanto
de la ontología analógica intrínseca del texto sagrado como de la intención
de sus autores, integradoras de otras posibilidades de sentido.
Ellas también debieran ser contextuales porque toman en serio el contexto
del intérprete. Esto significa no sólo que asumen la preocupación del texto
por la justicia y la paz y que son metodológica, filosófica y
epistemológicamente pluralistas y multidisciplinarias,
sino también que saben hacer algo que urge en nuestro contexto: equilibrar
la tensión entre epistemología moderna y epistemología posmoderna e incluso
“popular”.
Lo anterior es un desafío complejo.
Pero, al ser asumido, el resultado será una hermenéutica y exégesis
filosófica y epistemológicamente analógica.
Pero lo anterior no es todo. De asumirse el desafío, ellas serán también
propiamente latinoamericanas y a la vez universales, es decir, menos
europeas, anglosajonas o regionales. Este resultado es importante y merece
destacarse aún más.
Es mi convicción que la analogía, un
concepto filosófico de la escolástica medieval, es relevante y urgente hoy
como clave hermenéutica. Lo es porque la analogicidad está en el centro
mismo del conocimiento humano y, algo más importante, porque con ella se
podría reorientar la hermenéutica univocista moderna de línea positivista y
a la vez sujetar la equivocista posmoderna de línea relativista en franco
camino hacia el escepticismo y el nihilismo. Además, la mentalidad analógica
o, mejor, la analogicidad se hace necesaria y urgente porque, corolariamente,
ella permitiría un acercamiento al texto con base a una racionalidad y
epistemología no sólo equilibrada, sino también sensata y humilde.
Se sabe que la tradición occidental ha
hecho hincapié en una visión disociada de la razón humana con respecto,
entre otras cosas, a sus emociones, experiencias, cultura y realidad social.
De esa cuenta, como ya dije, la reducción de la razón a su aspecto técnico
instrumental ha permitido que ámbitos de la experiencia humana como las
expresiones estético-literarias queden excluidos bajo sospecha y asociación
con la sinrazón, lo altamente subjetivo y aún lo supuestamente “infantil”.
Esa reducción habría también permitido que el énfasis en el conocimiento
científico claro, distinto y “objetivo”, incluso en las ciencias del
“espíritu”, haya tenido connotaciones de poder.
Conclusiones
Como alguien ha sugerido la figura, el
movimiento hermenéutico contemporáneo es como un jardín lleno de flores de
todos los tamaños, formas, colores y perfumes. Consiguientemente, antes de
mi propia contribución, aquí y más detalladamente en los próximos ensayos,
quise leer casi acríticamente apenas aquellas tendencias que están más al
alcance, o que por su impacto llaman la atención. Ya que siempre se lee
desde un horizonte, es de suponer, además, que esta lectura habrá sido “así
y no de otro modo”.
Pese a estas limitaciones, la lectura
de ese gran texto, las tendencias hermenéuticas contemporáneas, evidencia un
rasgo primordial, aunque no exclusivo, de la cultura posmoderna: el
pluralismo y la fragmentación. Es que la hermenéutica y la exégesis poseen
hoy un perfil, en suma, múltiple, variado y de matices diferentes, que,
epistemológicamente, va del univocismo al equivocismo, consecuencias de la
entronización, por un lado, del cientificismo metódico objetivista moderno
y, por el otro, del subjetivismo antrópico posmoderno, mayormente
deconstructivista y relativista.
A mi modo de ver, lejos de ser
desconcertantes, este perfil y polaridad epistemológica pueden ser
saludables. Primero, porque enriquecería el diálogo mutuo; segundo, porque
enriquecería y estimularía la investigación en los estudios bíblicos; y
tercero, porque estimularía una reorientación de la hermenéutica y la
exégesis y, consecuentemente, permitiría conformar un método hermenéutico y
exegético propio y relevante a nuestra realidad, incluso epistemológica. De
ahí la necesidad de amalgamar la hermenéutica bíblica metodológica con
filosofía y epistemología, a fin de abrir camino hacia una hermenéutica y
exégesis, en suma, analógicas, capaces de poner límites a la univocidad y a
la equivocidad radicales, o capaces de poner un “centro” más equilibrado
entre ambas.
Así se podría recuperar, corolariamente,
algo de la perspectiva bíblica en cuanto a la experiencia humana, que es más
amplia que aquella canonizada por la epistemología positivista moderna; así
también se podría corregir ciertas perspectivas de esa misma experiencia que
la epistemología posmoderna ha sobrevalorado y distorsionado. Habría que
recordar que, con el arribo de la posmodernidad, predomina hoy en los
círculos tanto académicos como culturales y aún en algunos eclesiales la
idea de que no hay centros, convicciones ni fundamentos; en todo caso,
paradójicamente, hay muchos de ellos, ya que cada quien puede tener o
inventar el suyo no para consumo universal, sino para el que hoy es válido:
el personal.
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Notas
3Esto es así, ya que había
también en aquella época excepciones notorias. Una de ellas fue
Schleirmacher (1768-1834), considerado el padre de la hermenéutica
moderna y un racionalista moderado, quien habría no sólo de ampliar
el uso de la hermenéutica a otras clases de textos, además de los
escritos, sino también precursar su teorización filosófica, en línea
con el romanticismo alemán posterior a la Ilustración. Este erudito
ya habría de enfatizar inquietudes propias de la hermenéutica
filosófica contemporánea: ¿cómo es que se entiende un texto? ¿Cómo
ocurre la comprensión en sí? El habría de proponer, entonces, que la
tarea de la comprensión es una tarea que debe ir más allá de la mera
exégesis gramático-filológica. Según algunos de sus críticos, el
resultado fue una “Nueva Hermenéutica” filosófica teniendo como
clave el sentimiento religioso y anclada mayormente en la
subjetividad del autor y del lector; cp. P. Ricoeur,
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Bovon y Grégoire Rouillir, (eds.), Exégesis: Problemas de Método
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Sciences to Biblical Interpretation”, M. Daniel Carroll R. (ed.),
Rethinking Contexts, Rereading Texts, JSOT Supplement Series
299, Sheffield Academic Press, Sheffield, 2000, pp. 75-105.
Un presupuesto subyacente en este
modo de concebir y leer el texto es que éste es la única y
privilegiada fuente de significado, y que, una vez escrito, su autor
ya no es accesible al lector; por lo tanto, el lector debe analizar
minuciosamente (“close reading”) el lenguaje del texto, pues
lo relevante es su contexto lingüístico, no el histórico ni el
cultural en que fue escrito ni, mucho menos, su intención autorial;
de esa cuenta, sus múltiples sentidos, que se van generando en el
devenir histórico, hay que definirlos a partir de criterios sólo
lingüísticos y con base a la propia intuición o vivencia. Es la
tendencia deconstructivista, en boga en la mayoría de los actuales
círculos literarios seculares y bíblico-teológicos, que deshistoriza
el texto y afirma la denominada “falacia de la intención”; ver H.
Simian-Yofre, “La naturaleza de la teología bíblica”, Revista
Bíblica 1-2 (2004):15-16; ver una crítica en mi ensayo “El poder
del discurso poético: Hacia una hermenéutica filosófica literaria y
contextual”, http://www.realidadliteral.net/palabrassinvoz5.htm.
Un ejemplo sui géneris de
esta tendencia es la hermenéutica “Reacción del lector”; ver mis
ensayos “La historicidad del texto y el papel del texto en la
interpretación poética”, Kairós 29 (2002): 41-75, y “El
desafío hermenéutico posmoderno”, Revista Bíblica 3-4 (2003):
133-156. Esta hermenéutica que constituye una plétora de
acercamientos diferentes y divergentes, posee, en el proceso de
lectura de obras literarias como la Biblia, otro denominador
constitutivo común: centrar su atención sobre la reacción de los
lectores, los mismos que pueden pertenecer a determinados círculos,
tales como el de género y el liberacionista. De ahí que considero
que este giro hermenéutico es reflejado también en las hermenéuticas
latinoamericanas denominadas “específicas”, aunque no sean
propiamente literarias; ver el artículo de Reyes Archila,
“Imaginación y exégesis”, RIBLA 28 (1997): 53-65.
Lang, en “A Brief History of
Literary Theory III. The Reader-Response
Theory of Stanley Fish”, http://www.xenos.org/essays/litthr10.html,
nos recuerda que aún dentro de esta hermenéutica hay diferenciación
entre una corriente y otra.
[Ficha bibliográfica: George
Reyes es pastor, profesor, investigador, poeta y crítico literario
ecuatoriano. Ha publicado en diversas revistas teológicas y literarias
especializadas.]
George Reyes
Actualizado: julio de 2005
© José Luis Gómez-Martínez
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