Hermenéutica
Georges
Reyes
HERMENEUTICA DEL PODER
Foucault, Calvino, Contexto y Texto
"En los decenios pasados
se dio una hegemonía del marxismo
(durante los años cincuenta y sesenta) y del estructuralismo
(en los años setenta) hoy, del mismo modo, y si hubiera
un idioma común dentro de la filosofía y de la cultura,
éste habría de localizarse en la hermenéutica”.
Vattimo 1991
Introducción
La debilidad de casi la mayor parte del
pensamiento crítico de la modernidad, opina Touraine (1994:164), está en el
hecho de suponer la existencia de un único poder: el del estado o el de la
clase dirigente. De ahí que, prosigue este autor (Op. cit.:165), la
fuerza, relevancia e influjo del pensamiento de Foucault está en rechazar no
sólo la suposición anterior, sino también la represión generada por el
ejercicio del poder, el cual, lejos de estar centralizado en el estado, está
en todas partes permitiendo que la organización social se rija por el mismo.
Foucault, entonces, deconstruye la
concepción moderna del poder y contribuye a la vez tanto a la crítica de la
modernidad como a la consolidación del pensamiento filosófico-hermenéutico
posmoderno.
Siendo, junto a J. Derrida y R. Rorty, una de sus voces más paradigmáticas e
influyentes,
no es de extrañar por qué el revuelo levantado en el mundo académico
occidental por sus perspectivas epistemológicas haya estado en su punto más
alto en el año (1984) de su muerte (cp. Grenz 1997:181-182).
Es que Foucault deconstruye, junto a la
idea de un poder central, aquello arraigado profundamente en la mentalidad
colectiva occidental: la neutralidad del conocimiento y sus presupuestos
legitimadores construidos cuidadosamente por los gigantes de la filosofía
moderna: R. Descartes (1596-1650) y E. Kant (1724-1804). Entre esos
presupuestos están que el conocimiento es no sólo objetivo —y libre, por lo
tanto, de los efectos políticos del poder—, sino también beneficioso para
todos.
Foucault arguye que es imposible
presuponer lo anterior, ya que los juicios de valor juegan un papel decisivo
en la construcción del conocimiento o del saber. De ahí que, según él, entre
el saber y el poder haya una relación dialéctica y cómplice estrecha, por lo
cual el primero es siempre un producto del segundo. Foucault, además, arguye
que los mecanismos de poder están activos tanto dentro de los aparatos de
estado como, minuciosa y cotidianamente, fuera de los mismos. Esto hace,
afirma él, que esos mecanismos sean ejercidos en todo lugar y en todos los
ámbitos, incluso el cotidiano.
Pero, ¿cuál es la filosofía política y
práctica del poder en el contexto occidental, incluyendo el latinoamericano
contemporáneo? Y algo más decisivo aún: ¿cuál es la perspectiva
ideológica bíblica
del poder? ¿Cómo ella deconstruye y reorienta a la vez la práctica
contemporánea del poder? Estas son algunas de las interrogantes que espero
responder en este ensayo, con un sentido pastoral y misional y basado en los
propósitos, metodología y limitaciones hermenéuticas siguientes.
Un propósito es leer el pensamiento
hermenéutico-filosófico-político del poder en el contexto antiguo
protestante y en el contemporáneo “secular” occidental, representados por
Calvino y Foucault respectivamente. Otros propósitos son: leer la práctica
del poder en el contexto actual latinoamericano, pasando por el religioso
protestante; leer la perspectiva ideológica del texto sagrado
canónico en torno a ese mismo tema mediante una lectura breve del mismo en
clave hermenéutica narrativo-poética;
y, finalmente, deslindar de esa ideología algunas implicaciones, incluso
para nuestro trabajo como líderes de la misión e intérpretes del texto. Así,
corolariamente, y de algún modo, se podría ver cómo la espiral hermenéutica
juega un papel decisivo en la lectura del contexto y del texto sagrado.
Sin pretender agotar la riqueza del
pensamiento de Foucault y Calvino, y sin distinguir entre el pensamiento
temprano y tardío de ambos,
comienzo leyendo casi acríticamente al primero y luego al segundo;
seguidamente, hago una lectura de la práctica del poder en el contexto
“secular” y religioso actual latinoamericano; después procuro leer
brevemente
la ideología del texto, para finalizar con una síntesis interpretativa
donde defino las respuestas a las interrogantes y las implicaciones de esa
ideología.
Dialogando dentro de un contexto
posmoderno como el actual —de evanescencia de la realidad y de la “ilusión
referencial”—, y cuando es necesario un diálogo serio entre las ciencias
sociales, el contexto y el texto sagrado, no estaría por demás subrayar algo
que, aunque pueda ser obvio, es fundamental; ésto es que la epistemología
implícita en todo el proceso de lectura, incluyendo del texto sagrado, parte
de una “metafísica de la presencia”
y de una teoría “analógica” de la verdad, es decir, de una que adjudica a
ésta una dimensión objetiva y otra subjetiva, esencial para superar la
tendencia univocista objetivista moderna y frenar la equivocista relativista
posmoderna (ver Reyes 2007).
Finalmente, analizo el tema, incluso el texto, con base a las ciencias
sociales “interpretativas”,
pero el producto final está lejos de ser exhaustivo ni acabadamente
científico-sociológico.
Filosofía del poder: El
pensamiento de Michel Foucault
Se podría argumentar que la filosofía
hermenéutico-política de Foucault hunde sus raíces en la escuela de
Frankfurt, Alemania
Es que los filósofos de esta escuela, opina Touraine (1994:152, 154), veían
que la caída de la visión racionalista del mundo —convertida en una acción
puramente técnica— estaba en proceso y que la cultura de masas no era sino
un instrumento de represión y sometimiento. Por ejemplo, M. Horkheimer
―quien fuera alguna vez director de dicha escuela y sospechara de la razón
instrumental―, en términos que preludian a Foucault, habría de criticar al
movimiento moderno de subjetivación, afirmando que “el despertar del sujeto
se paga con el reconocimiento del poder como principio de todas las
relaciones” (Touraine 1994:153, citando a M. Horkheimer, Dialectique
de la raison, pp. 26-27).
Foucault habría de profundizar la
perspectiva y crítica de Horkheimer. Es que, según él (1992; 2001:37-59;
2003 cp. Grenz 1997:193-203; Pereira 2003), como ya lo mencioné, en la
mentalidad colectiva occidental persiste un mito: que el conocimiento,
escondido y esperando ser descubierto, es objetivo y beneficioso para todos;
además, sostiene Foucault, desde Platón se ha creído que entre el saber (o
la verdad) y el poder existe una férrea incompatibilidad, a tal punto que
quien posee saber no ejerce poder o quien lo ejerce no posee saber, pues
éste es algo que compete sólo a la ciencia.
Foucault (1992; 2001 cp. Reyes 2007)
deconstruye ese mito. Para ello analiza La Ilíada y Edipo Rey
no como mitologías —las que, según Freud, hablan del deseo sexual incestuoso
y originaron la religión—,
sino como estrategias discursivas que permiten ver cómo la verdad solía
salir a luz en el contexto griego clásico. De ese análisis concluye que el
saber es producto del poder político que posee facultad para crear y
legitimar discursos, saberes y sujetos de conocimiento. Lo recalca en otro
lugar:
El poder produce saber... poder
y saber están implicados directamente... no hay relación de poder
sin creación consecuente de un campo de saber, ni saber que no
suponga y no crea al mismo tiempo relaciones de poder. Estas
relaciones de “poder-saber” no deben ser entonces analizadas a
partir de un sujeto de conocimiento libre del sistema de poder...
Resumiendo, no es la actividad del sujeto de conocimiento lo que
produce un saber... sino que son el poder-saber y los procesos de
luchas que lo atraviesan y que lo constituyen los que determinan las
formas y los campos posibles de conocimiento (Grenz 1997:195,
citando a M. Foucault, Vigiar e punir: Nascimento da prisão,
trad. por L. M. Pondé V.; Petrópolis, Brasil: Vozes, 1984,
194).
Esta perspectiva de Foucault explica
por qué para él la realidad es construida ―llegando a ser cómo es hoy― por
el saber, y por qué éste y la ciencia son construcciones sociales, aliados
al poder, legitimados por el mismo y de naturaleza subjetiva (Foucault
1992:31, 178-93; 2003:229 cp. Reyes 2007; Grenz 1997:193-97).
De ahí que, según él, a pesar de adoptar una apariencia positiva ingenua, el
saber sea un instrumento de la “voluntad de dominio” que funciona como juego
de exclusión contra aquellos de quienes se piensa no poseen derecho de saber
o que si lo tienen es sólo a un determinado tipo de saber;
ésto explica a la vez por qué para este filósofo el acto de conocer y de
comunicar es un acto de violencia sobre los individuos y no sólo de poder
sobre la naturaleza como arguyera el filósofo renacentista inglés F. Bacon
(1561-1626).
No es de extrañar por qué, entonces, a partir de Foucault, pareciera estar
dándose en Occidente un giro epistémico en lo que atañe a las relaciones
poder-saber/saber-poder, por ejemplo, en las ciencias, el sistema penal, la
sexualidad y, se podría agregar, la religión.
Es que Foucault (1992:2-29, 178-193) no
sólo sospecha de las estructuras sociales contemporáneas —denominadas por él
“discursos sociales”—, sino que también deconstruye su ideología de poder. Y
lo hace usando no el método tradicional marxista de lucha de clases, sino el
deconstructivista nietzscheano: el genealógico.
Este complejo y oscuro método consiste en indagar el modo cómo ciertos
conceptos habrían sido construidos a través de la historia, a fin no sólo de
entender cómo el presente ha venido a ser lo que es, sino también de
interpretar y deconstruir el modo en que la sociedad occidental moderna ha
sido regulada como producto del enfrentamiento de fuerzas.
Entre los principales focos de su
indagación están aquellos discursos considerados “verdaderos”. Uno de ellos
son los denominados metarrelatos modernos
a los que acusa de funcionar como regímenes o políticas de la verdad
—rituales y mecanismos producidos por cada sociedad, a fin de aceptar lo
“verdadero” y rechazar lo “falso”— y de ser, por un lado, legitimadores de
las estructuras sociales actuales y, por el otro, encubridores de las luchas
de poder que se dan en esas estructuras.
El intento de Foucault —y de todos los
genealogistas— es, entonces, como bien arguye Grenz (1997:1999, 201),
desenmascarar toda forma de “discurso verdadero”; su intento es, además,
traer a luz sus efectos políticos en las estructuras sociales y en la vida
cotidiana, ya que el poder funciona aliadamente tanto con el saber como con
su propio ejercicio y, más aún, con la resistencia al mismo (Foucault
1996:240 cp. García Canal 2001).
De ahí que Foucault desafíe el orden socio-político y religioso actual y,
con la fuerza emancipadora de la genealogía, procura, como bien opina Elorza
(1999), más que liberar al saber del poder —ya que el saber mismo es poder—,
separar al segundo del primero y de las construcciones hegemónicas sociales,
económicas, culturales y religiosas en que funciona y produce sus efectos.
Se podría argumentar que es así cómo el problema del poder/saber conduce a
Foucault finalmente a la política.
Pero, ¿qué es el poder para Foucault?
¿Quién lo posee? ¿Dónde reconfigurarlo? Lejos de ser un discurso emitido
desde lo alto de una tribuna o estar localizado sólo en el estado, el poder
es para él discursos producidos autónomamente en todas las instituciones que
ponen en juego las relaciones entre individuos y grupos y actúan sobre sus
acciones,
cuya eficacia es mayor cuando apelan no a una voluntad soberana sino a la
observación “objetiva” y a la ciencia. Ciertamente, opina Foucault (1996),
el estado occidental moderno representa un tipo de poder político, mucho más
al aliarse a esa antigua e individualizadora técnica de poder como es la
pastoral católica.
Sin embargo, arguye él (1992:85), el poder no debe ser localizado únicamente
en el estado ni identificado únicamente con éste:
La teoría del Estado, el
análisis tradicional de los aparatos de Estado no agotan sin duda el
campo del ejercicio y funcionamiento del poder. La gran incógnita...
es: ¿quién ejerce el poder? Y ¿dónde lo ejerce? Actualmente se sabe
prácticamente quién explota, a dónde va el provecho, entre qué manos
pasa y dónde se invierte... Se sabe bien que no son sólo los
gobernantes los que detentan el poder... Por todas partes... el
poder se ejerce. Nadie... es el titular de él... se ejerce siempre
en una determinada dirección... no se sabe quién lo tiene
exactamente; pero se sabe quien no lo tiene.
Para Foucault (1992:85, 88, 105-112,
156-65; 2001:169), entonces, es imposible hablar de un poder central en
Occidente. Lo es porque hay que tomar en cuenta algo complicado que se
podría analizar desde el ángulo, por ejemplo, de la psiquiatría, la sociedad
y la familia: las relaciones múltiples y sutiles de poder que se dan
en todos los niveles y en pequeños focos, que se apoyan y cuestionan
mutuamente y alrededor de los cuales se llevan a cabo denuncias y
resistencias contra la imposición o el control.
De ahí que sus mecanismos estén presentes en cada ámbito público, privado o
cotidiano en que nos movamos, por lo cual es imposible librarse de ellos,
pues operan incluso sobre el cuerpo
y en las relaciones sexuales.
Pensar lo contrario, opina Foucault (1996:17), es olvidar que no existe
sociedad sin relaciones de poder y que vivir en sociedad implica, por ende,
experimentar ese tipo de relaciones de unos contra los otros.
Entre cada punto del cuerpo
social, entre un hombre y una mujer, en una familia, entre un
maestro y su alumno, entre el que sabe y no sabe, pasan relaciones
de poder que no son la proyección pura y simple del gran poder del
soberano [o del estado] sobre los individuos; son más bien el suelo
movedizo y concreto sobre el que ese poder se incardina... La
familia, incluso hasta nuestros días, no es el simple reflejo, el
prolongamiento del poder del Estado; no es la representante del
Estado respecto a los niños... Para que el Estado funcione como
funciona es necesario que haya del hombre a la mujer o del adulto al
niño relaciones de dominación bien específicas que tienen su
configuración propia y su relativa autonomía (Foucault 1992:160).
Sin embargo, arguye Foucault
(1996:17-18), argumentar que no existe sociedad sin relaciones de poder no
quiere decir que las que se experimenten sean necesarias o que “el poder sea
una fatalidad en el corazón de las sociedades, tal que éste no pueda ser
minado”. Al contrario, afirma él, es cada vez urgente no sólo cuestionar las
relaciones de poder en una sociedad, sus formaciones históricas, sus
fortalezas y fragilidades, sino también crear las estrategias políticas más
adecuadas, a fin de resistirlas, transformarlas o abolirlas.
Así, pues, para Foucault, la fuente o
acumulación de poder no está únicamente en el estado ni debe, por lo tanto,
preguntársele sólo a éste sobre todos los dispositivos de poder.
La reducción del poder ya sea a una cosa única o a algo que se posee o
alberga es ingenua como lo fue también, arguye él (1992:109-110;
2001:169-70), la “toma de poder” promovida otrora por los movimientos
revolucionarios marxistas y marxistizados, ya que privilegiaron el aparato
de estado y el jurídico de la clase dirigente como blanco único de la lucha,
con el fin de arrebatarles el poder y entregárselo al proletariado. Es más,
prosigue Foucault, esa toma fue alentada pensando que el poder es algo
sencillo de identificar y derribar, y olvidando que las relaciones de
dominio practicadas, por ejemplo, a nivel familiar, sexual, laboral y
escolar de la ex Unión Soviética eran las mismas de Occidente.
Como se podría ver, para Foucault el
poder existe como relación y no como cosa-en-sí. De esa cuenta, lejos de ser
sustancial, el poder es relacional, por lo cual sus mecanismos van a estar
solapadamente presentes en todos los niveles, incluyendo las relaciones
sujeto-sujeto.
De ahí que para él, como ya dije, urja un compromiso político que procure
nuevas estrategias de acción, a fin de desenmascarar esos mecanismos
solapados, luchar contra ellos e imprimir, consecuentemente, cambios en la
realidad social.
Este es precisamente el papel del
intelectual, opina Foucault (1992:78-88, 186-93). El es el responsable por
luchar contra toda forma de sujetización, subjetivación o sumisión impuestas
desde siglos, y contra todo efecto de poder allí donde éste es el objeto y a
la vez el instrumento del saber, de la verdad, de la conciencia y del
discurso; su responsabilidad es, además, concientizar o deconstruir aquellas
cosas que, a través de la historia, se han considerado y aceptado como
“verdaderas”; su responsabilidad es, en suma, resistir, acción que,
subrayándolo de nuevo, funciona lado a lado con el ejercicio del poder y
puede llevarse a cabo de varias formas y aparecer en distintos puntos del
entramado social.
Este papel, sin embargo, afirma
Foucault, no ha de confundirse con el del intelectual configurado a la luz
del enciclopedismo de la Ilustración: el “universal” concientizador.
Es que mientras éste se percibía, quijotescamente, y al puro estilo
marxista-sartreano, un profeta concientizador de las masas (los sin voz y
que aún no tienen el poder) y detentador de la conciencia verdadera y de un
saber universal — ¡pero ejerciendo, paradójicamente, relaciones burguesas de
dominio!—,
el intelectual foucaultiano se ve y lleva a cabo hoy su papel profético como
agente “específico”.
Como agente “específico”, este
intelectual trabaja en una disciplina determinada, pero es capaz a la vez de
usar su competencia en otros campos concretos en los que lo puedan situar
sus circunstancias de trabajo o de vida. Así, entre otras cosas, arguye
Foucault, puede adquirir una conciencia más cercana y precisa de las luchas,
comprender mejor la realidad y, por lo tanto, percibir dónde se ha
implantado camufladamente el poder; así, además, puede ofrecer instrumentos
de análisis, reconfigurar las tendencias epistémicas y hacer una genealogía
de las mismas, a fin no sólo de desenmascarar sus rumbos y construir nuevas
políticas del saber y nuevas formas individuales y colectivas de poder, sino
también de deconstruir los modos habituales de realización y concentración
de estas últimas y cualquier complicidad con el saber de parte suya.
Filosofía del poder político: El pensamiento de
Calvino y la práctica contemporánea del poder
En su segunda etapa, después de la
persecución, el cristianismo se habría de convertir en la religión del
Imperio Romano, con lo cual se inicia la era de la cristiandad o de la
religión institucionalizada. En esta era, los emperadores, comenzando con
Constantino (306-337 d.C.), habrían de gobernar en concertación con el poder
religioso católico-romano. Y es con base a esta concertación que habría de
irse construyendo la teocracia papal medieval hasta alcanzar su clímax con
Inocencio III en el siglo xiii.
En la tercera etapa del cristianismo
(siglo xvi), el evento más importante habría de ser la Reforma Protestante.
Es que éste daría fin a esa teocracia papal al servicio del poder secular y
más interesada en incrementar y conservar su poder y riqueza mediante la
venta de indulgencias. Y en ello, Martín Lutero (1843-1546), el principal
protagonista de esa Reforma, habría de tener un papel destacado, pues su
visión era reformar la iglesia y menguar con ello su poder, mundanalidad y
corrupción. Así, arguye Padilla (2007), el interés de Lutero no sólo habría
de ser esencialmente religioso, sino que también
con este interés concordaría
plenamente la doctrina luterana de los “dos reinos”, que concibe al
Estado en términos de contención del pecado humano en función de la
preservación de la sociedad, y deja muy poco espacio para la
participación de los cristianos en la vida política en función de
una sociedad más justa. Por decirlo así, se reserva la justicia de
Dios para el acto mediante el cual Dios justifica al pecador, pero
no se ve su importancia fundamental en el ámbito de las relaciones
humanas.
Padilla, sin embargo, olvida que
Lutero, como se podría leer en sus escritos, habría de criticar los abusos
del poder clerical y replantearía a la vez la relación estado-iglesia,
limitando la acción del primero a la esfera pública.
Con todo, habría de surgir posteriormente otro tipo de protestantismo
asociado con los nombres de Zuinglio (1484-1531) y Calvino (1509-1564), en
la Suiza alemana y francesa respectivamente.
Este protestantismo adoptaría una
posición más optimista sobre la posibilidad de transformar la sociedad con
base a principios cristianos. Teniendo como su base principal la ciudad de
Ginebra, sería, además, el más influyente a tal punto que habría de
constituirse en una fuerza de cambio político-social a partir de una
revolución espiritual.
Es que Calvino habría de ser uno de los más influyentes escritores políticos
del siglo xvi y uno de los constructores de la moderna democracia
institucional, cuyo pensamiento es seguido aún por pensadores contemporáneos
(cp. Reid 1973:247-62; Roldán 2006:24-26).
La jurisdicción de la iglesia, según
Calvino (1977:337-42;1986:1168-194), recae sobre los asuntos doctrinales y
espirituales, en tanto que la del poder temporal —el gobierno civil
establecido por Dios— sobre los netamente temporales, ésto es, sobre la
promoción de la justicia social y la reformación de las costumbres y la
conducta social; además de velar para que los mandamientos de Dios sean
obedecidos y la iglesia conserve su integridad moral, a este poder temporal,
opina Calvino, le compete estar dedicado al servicio de Dios. Para entender
su papel y límites, propone Calvino, hay que ver que el poder temporal
incluye los siguientes entes: el magistrado, las leyes y el pueblo.
La función del magistrado, cuya
vocación y autoridad le vienen de Dios y están sujetas a las Suyas, es hacer
cumplir la ley bíblica y natural; sólo así, agrega Calvino puede, íntegra,
clemente y diligentemente,fomentar la justicia, la reformación, el orden y la paz para
bien incluso de la iglesia y su misión. Pero, advierte Calvino, ha de evitar
abusar del poder en el cumplimiento de su función, ya que el poder que
detenta es prerrogativa de Dios, quien se lo delega para que procure el bien
común en vez del personal.
Calvino opina que las leyes son el alma
de los estados, ya que sin ellas los gobernantes no podrían subsistir.
Aunque estas leyes sean diversas en cada circunstancia, tiempo y contexto, y
no convengan con las bíblicas, han de reflejar teonómicamente sus
características y han de tender a su fin: servir a la justicia, la equidad y
la caridad.
En cuanto al pueblo, en el que se
incluye la iglesia, opina Calvino, es su deber y obligación respetar las
autoridades, ya que ellas no sólo son necesarias para el bien común, sino
que también, de nuevo, ejercen su tarea por delegación divina. Siendo, pues,
representantes de Dios, se debe orar por ellas e incluso, por causa de
conciencia, obedecérselas, respondiendo favorablemente a sus disposiciones
que apunten al bien común. Es así cómo, en la filosofía de Calvino, la
iglesia y el estado se sirven mutua y recíprocamente, aunque son dos entes
distintos y separados.
Para Calvino, sin embargo, la
obediencia a las autoridades tiene un límite. Este límite llega cuando,
optando por la tiranía, la injusticia e impiedad, ellas se degradan, pierden
su autoridad, incumplen su deber y dejan de reflejar así el “rastro... de un
ministro del Señor, que ha sido puesto para alabanza de los buenos y castigo
de los malos” (1986:1188). Calvino opina que, si bien con frecuencia y sin
sabérselo este tipo de gobernante ejecuta la justicia de Dios,
la resistencia al mismo es un deber en tales casos.
Esta resistencia ha de llevarse a cabo
también cuando un gobernante y, agregando, su red de poder, decreta hacer
algo en contra de lo ordenado por Dios, ya que estaría impulsando así a
desobedecer a “Aquel bajo cuya voluntad es razonable que se contengan todas
las disposiciones de los reyes, y que todos sus mandatos y constituciones
cedan ante las órdenes de Dios...” (1986:1193-194). Es que, para él, es sólo
Dios a quien incondicionalmente se debe obedecer, ya que El gobierna incluso
sobre el estado.
Así, pues, podría argumentar que —al
leer las Escrituras en clave de poder, y en un contexto donde el
cristianismo estaba aliado al poder y éste era detentado por la monarquía—
Calvino se inclina a favor de una teocracia y de un poder teocrático a la
vez: Dios gobierna sobre todo y, al detentar poder absoluto, establece
relaciones complicadas de poder entre los seres humanos.
Pero éstos, incluyendo los gobernantes, han de recordar que El desecha
aquellas relaciones opresivas que minan el poder delegado. Así, a mi juicio,
con un antianarquismo y antiabsolutismo, Calvino procuró impulsar la
democratización en su contexto, pero tendió tanto una actitud casi
legitimadora
como, contrariamente a Foucault, a identificar el poder sólo con el estado,
descuidando así los micropoderes que operan veladamente en toda la malla
social; quizás sea por eso que olvidó la crítica aguda del texto bíblico
contra el poder “perverso” de su tiempo (contra Gatis 2007), la misma que
debe aplicarse también a ese contemporáneo al cual me referiré a
continuación.
La historia política republicana de
Latinoamérica es de regímenes caudillistas dictatoriales perpetuados en el
poder (cp. Oppenheimer 2007). Girando alrededor de líderes carismáticos,
demagogos, mesiánicos y aliados a las élites militares y civiles, y cuyo
modo de acceder al poder y asegurarse en el mismo era incluso endiosando su
persona, estos regímenes suprimirían hasta el congreso; por eso, y por lo
que argumentaré, la democracia auténtica en nuestro países sigue siendo un
espejismo manchado de alto costo social, de lo cual también la poética y la
narrativa latinoamericana ha venido dejando constancia.
Si bien, en la historia reciente, las
dictaduras habrían de dar espacio a líderes civiles, nuestros países,
sometidos cada vez más a la economía de mercado, siguen siendo no sólo
inestables y caóticos en lo político y económico, sino también
disciplinarios, de control, vigilancia, competencia y consenso social.
En ellos, la democracia suele definirse sólo como la ausencia de poder
totalitario, la presencia de partidos políticos divergentes y el acto de
elegir gobernantes, olvidando que la auténtica no consiste sólo en eso y,
menos aún, cuando ese acto de elegir es, además de espectáculo audiovisual
manipulador, obligatorio y realizado en contextos de corrupción, desigualdad
económica, violencia y abuso de poder.
Touraine (1994:319-44) arguye que la
democracia auténtica incluye elementos constitutivos que no son exclusivos
de las sociedades occidentales modernamente desarrolladas, aunque sea en
ellas donde se los encuentra más fácilmente. Estos elementos son: a) el
reconocimiento de los derechos fundamentales, b) la representatividad social
de los dirigentes y de su política, y c) la conciencia de sujeto, de
ciudadanía y de pertenecer a una sociedad fundamentada en el derecho,
decisivo no sólo para elegir libremente a los gobernantes, sino también para
limitar el poder político y para restablecer la unidad de los pueblos
quebrantada por los conflictos y la distancia entre las clases sociales.
¿No es acaso lo que ha olvidado y
olvida la política tradicional aliada a la economía de mercado
y a los grupos de poder? ¿No es lo que también la política emergente y en
construcción, el “socialismo del siglo xxi”, corre el peligro de olvidar? Es
que, como he opinado en otro lugar (2007), si bien este socialismo,
autodefinido como democrático participativo, prioriza al ser humano pobre
sobre el capital (Dieterich 2007:3),
ya deja ver su ambivalencia. Es que, para algunos analistas, y aún
simpatizantes, este socialismo tiende, con talante carismático y mesiánico,
al totalitarismo (Oppenheimer (2007:223-63).
¿Y qué decir de lo que está ocurriendo
en ciertas tendencias eclesiológicas protestantes latinoamericanas? Pese a
que en su historia inicial el protestantismo habría de contribuir en gran
medida a la cultura democrática en Latinoamérica (cp. Bastian 1990:264;
Gutiérrez 2005:68, 99-117), en los últimos años se ha venido intensificando
un liderazgo pastoral caudillesco de autoridad ilimitada y mando
autoritario, especialmente en el ámbito posdenominacional.
Un ejemplo suigéneris es el paradigma neoapostólico (cp. Reyes
2005:6-9; 2006b; Roldán 2006:34-39; Gutiérrez 2005:65-67).
Se podría argumentar que este paradigma
es un hijo del marco-espacio temporal posmodernamente disciplinario, dentro
del cual se viene gestando. Es que, en amplios sectores de este paradigma,
las personalidades autodefinidas como “apóstoles” suelen practicar un estilo
de liderazgo que subraya la figura del empresario-ejecutivo de “éxito”,
semejantemente al de su homólogo secular; además de centralizar gran parte
de los privilegios en su persona, estas personalidades orientan su liderazgo
a la obtención y conservación del conocimiento, jerarquía, autoridad, mando
y estatus socioeconómico que, de algún modo, conduce a relaciones de
dominio.
Frecuentemente, todo ello, sacrificando la ética, el discipulado y la
conciencia social, y sin instancia alguna a la cual rendir cuentas, algo que
es de esperarse de un poder autónomo como el suyo.
Al igual que el denominacional eclesial
e institucional de la cultura disciplinaria moderna, este liderazgo amenaza
al sujeto, la sensibilidad y, más aún, la cultura democrática, la cual
debiera ser hoy más pronunciada, visible y concreta dentro de los contextos
protestantes otrora contribuidores de la misma.
De ahí que, con criterios reformadores y bíblicos, se deba seguir
reorientando su práctica del poder y prestando mayor atención a sus desafíos
(cp. Gutiérrez 2005:68).
Junto a Touraine (1992:319-44), opino
que la democracia es la forma política que se define por dos elementos
fundamentales en todos los contextos. Esto es por la libertad y por la
participación, y, como es obvio, por aquello que las posibilita: la ausencia
del poder “perverso”. Este concepto, sin embargo, no privilegia la
posanarquía de Foucault;
lo que privilegia es la subjetivación de los individuos cuando se pone
límites a la dominación visible o encubierta del poder político y religioso
y cuando se permite y respeta, basado en el derecho, la identidad, la
individualidad y la libertad para la crítica y la participación social o
religiosa responsables de cada uno de ellos pese a sus diferencias.
Ideología bíblica del poder: El discurso deconstructor y reorientador
del texto narrativo y su efecto poético en el lector
La ideología bíblica narrativa del
poder incluye un discurso crítico y orientador contra el mal uso del mismo.
En el contexto narrativo novotestamentario, Jesús de Nazaret es portador de
ese tipo de discurso, pues, de su entorno y época, hace una lectura crítica
del uso del poder y lanza a la vez una ideología orientadora sobre ese uso.
Pero antes conviene ver algo de esa ideología en el narrativo
antiguotestamentario como en 2S 13:1-22.
Amnón viola a su media hermana Tamar
—de quien se había enamorado, vs. 1c, 4b—, “pasado algún tiempo” (v. 1a) del
adulterio del rey David, del asesinato que cometió, de su reprensión y de
otros sucesos (2S 11-12) que fueron parte del caos que le sobrevino por su
pecado, si nos atenemos al juicio que contra él profirió el profeta Natán en
2 S 12:10-12 (cp. Long 1993:170). Además, Amnón viola a Tamar en el contexto
de una pugna familiar por el poder político, pues en los últimos días de
David como rey de Israel reverberaba la duda en cuanto a quién sería su
sucesor: ¿Salomón, Amnón o Absalón? (Ramírez 2006:96).
Pero, ¿es esa lucha por el poder lo que lo movió a semejante acción de
dominio y violencia? ¿Cuál es la postura ideológica del texto? ¿Cómo hace
justicia a esa acción?
El episodio —que termina con el
asesinato justiciero de Amnón, vs. 23-39— podría ser analizado a nivel de
técnica de narración, lo que mostraría cómo el narrador/autor/editor lo
habría estructurado insertando el diálogo de los personajes entre sus
propios informes.
Así, pues, antes de hundirse en el enmarco temporal del episodio, él inicia
su narración informándonos sobre detalles que, de algún modo, justificarán
los eventos posteriores: el parentesco de Tamar con Absalón, la belleza de
ella, la pasión de Amnón y su angustia por no poder “llevar a cabo sus
intenciones con su hermana” por ser ella virgen (vs. 1-2). El nos pone al
tanto, además, sobre Jonadab, de quien dice era primo y amigo de Amnón, de
su “astucia”, nombre y parentesco con David (v. 3); posteriormente, el
narrador/autor/editor registra un diálogo entre Jonadab y Amnón (vs. 4-5);
luego viene otro informe suyo (v. 6a) y así sucesivamente.
La estructura poética del episodio, entonces, queda así:
-
Informe del narrador
(13:1-3)
-
Diálogo de los
personajes (13:4-5)
-
Informe del narrador
(13:6a)
-
Diálogo de los
personajes (13:6b)
-
Informe del narrador
(13:7-9a)
-
Diálogo de los
personajes (13:9b)
-
Informe del narrador
(13:9c)
-
Diálogo de los
personajes (13:10b)
-
Informe del narrador
(13:10c-
-
Inclusio
Diálogo de los personajes (13:11b)
-
Informe del narrador
(13:12a)
-
Diálogo de los
personajes (13:12b-13)
-
Informe del narrador
(13:14-15a)
-
Diálogo de los
personajes (13:15b-16a)
-
Informe del narrador
(13:16b-17a)
-
Diálogo de los
personajes (13:17b)
-
Informe del narrador
(13:18-20a)
-
Diálogo de los
personajes (13:20b)
-
Informe del narrador
(13:20c-22)
Una lectura cuidadosa de estos informes
y diálogos, dejaría ver que el evento central de la narración —el acto
llevado a cabo por Amnón— y su mundo literario no sólo exhalan una profunda
atmósfera sico-pasional violenta y terrorífica como manifestación del poder,
sino que también lanzan luz sobre la conflictividad de esta familia y, como
observa Smith (1969:327), la condición social de los personajes. Esa lectura
haría ver, además, que es por el trato prepotente al débil (Tamar) que del
contendiente al trono (Amnón) será proyectado por parte del
narrador/autor/editor un perfil indirecto y realista como político y
persona, que tipifica la realidad humana universal y con el cual el lector
podrá sólo disentir. Es que su real intención con Tamar pareciera quedar
clara en el consejo dado por Jonadab (v. 5), y, sobre todo, como sugiere
Ramírez (2006:96 nota 1; 102, 104), en la alternativa que ella misma le
ofrece, a fin de ganar tiempo y librarse de esa situación (contra Smith
op. cit.: 329, quien opina que el propósito es otro) o evitar que él
cometiese esa “infamia” cananita en Israel (vs. 12-13 cp. 1S 25:24-31) y no
se juegue así irracionalmente el trono:
-
Apelo: ¡No, hermano mío! No me
humilles
-
Argumento 1: Esto no se hace en
Israel. ¡No cometas esta infamia!
-
Argumento 2: ¿A dónde iría yo
con mi vergüenza?
-
Argumento 3: ¿Y qué sería de
ti? ¡Serías visto en Israel como un depravado!
-
Alternativa: Yo te ruego que
hables con el rey...no se opondrá que yo sea tu esposa.
Mas Amnón “no quiso escuchar su voz”
(הוּקב עמשּׁל, v. 14a cp. v. 16b) —acto que evoca sutilmente la imagen de
Proverbios 1:20-33— y, aprovechándose de su fuerza, la somete sexualmente
(v. 14b). La narración continúa diciendo que, después de semejante barbarie,
el odio que sintió Amnón por ella fue mayor que el amor que antes le había
tenido, a tal punto que, como un acto de proyección,
la echa de su presencia (v.15), sin escuchar nuevamente su voz (vs. 16-18).
Acto seguido, Tamar desconsolada se refugia en la casa de su hermano Absalón,
quien termina odiando a Amnón, y David, al enterarse de lo sucedido, se
enfurece sin tomar cartas en el asunto (vs. 19-22).
Así, pues, el perfil polifacético y
negativo violento, prepotente, irracional, oportunista, inestable e
insensato de Amnón y hasta su propio punto de vista ideológico
despreciativo—que acentúa su perfil anterior— son evidentes. Esto último es
así, ya que el versículo 17 contiene detalles con los cuales él busca
intencionalmente humillar a su hermana: 1) la persona que expulsa a la
princesa es un sirviente, 2) ella es referida simplemente como “ésta” y
“mujer”, apelativos despectivos que la despersonalizan y minan su identidad,
y 3) Amnón pide expulsarla a la intemperie y cerrar la puerta tras ella.
Este tipo de actitud en personalidades
que ostentan poder es común en el Antiguo Testamento. “La víctima es siempre
una figura ‘débil’”, arguye Ramírez (2006:106), “poca diferencia hace que
sea éste un campesino (Naboth), un soldado (Urías) o una mujer (Tamar [y
Dina]. Lo decisivo es la preocupación del Señor por ellos, y el hecho de que
no tolerará los abusos de los poderosos en su contra”.
¿Es debido a ésto y al menosprecio por la vida del débil que hay en la
narrativa un movimiento que poéticamente busca vindicar la justicia? ¿Es por
casualidad que al acto de violación corresponda otro que crea un balance
simétrico: el asesinato de Amnón maquinado por su hermano (vs. 23-39)?
La violación de Tamar no quedó, pues,
impune. Así se reivindicó su dignidad, lágrimas y gritos (v. 19), y así se
desmintió el aparente “consenso de terror” de Absalón (v.20), David, del
narrador/autor/editor y hasta de Yahvé (contra Andiñach 2004:41, quien
afirma lo contrario). Es que al haber actuado con voluntad de
poder y contra la justicia, Amnón se acarreó la pena de
muerte, ya que “la ley no es una telaraña que atrapa al mosquito ‘débil’,
pero se rompe cuando intenta atrapar al pájaro ‘fuerte y poderoso’ (Ramírez
2006:112). Aunque aún se trate del primogénito del rey, la sentencia en
defensa de la víctima de esa voluntad debía ejecutarse, y cumplirse, además,
la sentencia de Yahvé contra quienes, como el rey David, violan
despóticamente el pacto (2S 12:10-12).
La micronarrativa clásica donde Jesús,
el Maestro,
hace una lectura crítica del uso del poder en su tiempo es Mateo 20:20-28.
El narrador/autor/editor inserta esta micronarrativa cerca del clímax del
conflicto (Mt 26:4) que Jesús y los líderes religiosos mantuvieran entre sí,
y después del tercer y último anuncio de la muerte del primero (Mt
20:17-19), incrustándola a la vez dentro del cuarto bloque de discursos (Mt
18-20) que alternan con bloques de narración (Whittle 1993:377). Y él hace
brillar en ella la personificación y otros artificios poéticos por medio de
los cuales impregna en el texto la ideología del poder de Jesús de Nazaret y
la suya propia,
y le sugiere sutilmente al lector/a que su relato será hecho desde un ángulo
interpretativo personal y que es necesario un cambio de mentalidad.
Consciente de la inminencia del
“todavía no” del reino y, quizás, basada en la promesa previa de Jesús
(19:28), la madre de Jacobo y Juan, junto con ellos, se habría de acercar a
pedirle de rodillas un favor: que por anticipado permita a sus dos hijos
sentarse en el trono, uno a cada lado suyo (20:20-21). La respuesta de
Jesús, que incluye a los personajes anteriores (Jacobo, Juan y su madre) y
no refleja favoritismo alguno, los personifica, indirecta y
polifacéticamente, como insensatos,
atrevidos, arrogantes e inclinados al control y dominio: “No saben lo que
están pidiendo. ¿Pueden acaso beber el trago amargo de la copa que yo voy a
beber? Ante la respuesta positiva de ellos (v.22c), Jesús acota:
“Ciertamente beberán de mi copa,
pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo.
Eso ya lo ha decidido mi Padre” (vs. 22-23).
Saliéndose fuera del mundo del texto,
el narrador informa que, al oír del asunto, los restantes discípulos se
indignan contra ellos (v. 24). Y deseando comunicarnos el interés de Jesús
que su discurso sea oído hasta por la madre de Jacobo y Juan,
él informa enseguida del llamado que Jesús les hiciera a venir a su
alrededor (v. 25a).
Acto seguido, Jesús les recuerda algo
que a ellos mismos les consta. Esto es que los gobernantes de las naciones
oprimen a los gobernados y sus altos oficiales abusan de su autoridad (v.
25b). En otras palabras, según él, estos gobernantes y oficiales de su
alrededor y época —los emperadores romanos como Herodes— se enseñorean sobre
el pueblo y lo mantienen bajo el peso de su poder, reflejando ellos así un
perfil polifacético de dominio, despotismo y oportunismo.
Jesús, entonces, marca la diferencia
que debe prevalecer en sus discípulos al argumentar con fuerza imperativa
que entre ellos “no debe ser así” (v. 26a).
Y haciendo uso de un paralelismo sinonímico, que connota paradoja e ironía
invertida, él va más allá de Foucault y Calvino, pues les lanza una
ideología y práctica política revolucionaria propia del “ya” del reino y que
debe prevalecer en ellos y en todos quienes participen en el mismo:
-
v. 26b: Al contrario, el que quiera
hacerse grande entre ustedes deberá ser su
servidor,
-
v. 27: y el que quiera ser
el primero entre ustedes deberá ser su
esclavo.
En otra apalabras, lejos de controlar,
dominar y servirse a sí mismos, sus discípulos han de servir, abnegada,
voluntaria y sacrificadamente, a beneficio de todos en sus respectivos
liderazgos.
Es que para hacer algo igual y, más aún, para dar su vida en rescate o
beneficio de muchos fue que se encarnó (v. 28). ¡Tremendo símil! ¡Y tremenda
ideología y perfil de líder-siervo que Jesús reflejó en su misión y propuso
a sus discípulos!
Así, pues, la ideología del texto
enjuicia, deconstruye y reorienta poéticamente la ideología y práctica no
sólo de quienes ejercieron dominio o se orientaron a éste, sino también de
quienes tienden hoy a hacer lo mismo, pisoteando al débil y buscando el
usufructo personal y el de un círculo reducido. Consecuentemente, el
lector/a actual disentirá con ellos, y querrá evitar reproducir en su vida
el perfil y espiritualidad que los caracteriza, pero concordará y se
alineará a la ideología del texto y luchará por encarnarla en su vida,
liderazgo, misión y hermenéutica.
Tras
la ideología del texto
¿Cuál ha sido y es, entonces, la
filosofía del poder en el contexto antiguo y contemporáneo? ¿Cuál su
práctica en el secular y protestante latinoamericano actual? ¿Cuál es la
ideología bíblica del poder? ¿Y cuáles sus implicaciones?
Comienzo nuevamente con Foucault, para
quien el poder es una red de micropoderes presente en todos los niveles del
entramado social, incluyendo el cotidiano y el académico-científico. De ahí
que, contrariamente al marxismo e intelectual de ese talante, piense que el
poder no está localizado sólo en el aparato de estado y que éste opera a
nivel sujeto-sujeto, permanece sutilmente aliado al saber y procura mantener
el orden social, “normalizar” la vida
y, con su función productiva, erotizar la sociedad. Es contra toda esa
biopolítica o biopoder que el/la intelectual ha de luchar desde su campo
específico de saber.
Basada en la Biblia, y a la luz de los
acontecimientos y pensamientos de la época, la filosofía política del poder
de Calvino incluye una distinción entre iglesia y estado; controles y
balances del poder; obediencia limitada al estado; responsabilidad de éste
ante Dios; y, corolaria e implícitamente, una perspectiva teocrática y
teonómica del poder y un programa para el estado. Es que el poder central,
el gobierno civil constituido por Dios, según él, opera con base a las leyes
y al pueblo, y tiene su propio campo de acción: los asuntos temporales. El
estado contribuye con la iglesia y es de naturaleza religiosa, pese a ser
ambos entes diferentes y poseer distintos campos de acción.
Como institución providencial, sirviendo al bien común, el estado merece
obediencia condicional, ya que es sólo Dios, gobernando incluso sobre el
estado, a quien se debe la incondicional, razón por la cual también éste
debe estar rendido ante El.
En un contexto, moderna y
posmodernamente, disciplinario, de control y vigilancia social como el
actual latinoamericano, las relaciones de dominio han caracterizado a los
gobiernos del pasado y tienden a caracterizar a los del presente como el
“socialismo del siglo xxi”. En este contexto, los mecanismos de poder operan
con frecuencia encubiertamente también fuera del aparato de estado, es
decir, en toda la malla social y en todos los ámbitos incluyendo el
cotidiano y el religioso-protestante posdenominacional.
De ahí que la democracia auténtica sea todavía en Latinoamérica un espejismo
empañado de alto costo social.
Frente a este telón de fondo, la
ideología del texto se yergue deconstructura y orientadora a la vez, incluso
para hoy.
Es que ella critica y enjuicia el mal uso del poder y va más allá de
Foucault y Calvino, al proponer un principio revolucionario propio del
reino, que ha prevalecer en el mismo: quien lidere en ese ámbito, ha de
hacerlo no sólo distintamente de aquellos que tienden a volverse violentos,
prepotentes y oportunistas con el débil, sino también, por ende, y en virtud
del efecto poético del texto, reflejando el perfil ideal bíblico: el de
humilde líder-siervo. En este sentido, quien lidere, incluso fuera de ese
ámbito, ha de caracterizarse, sobre todo, por el servicio humilde y abnegado
a beneficio de todos tal como Jesús de Nazaret lo hiciera.
Las sociedades latinoamericanas han de
estar conscientes, por un lado, que junto al poder político central
subsisten y operan con frecuencia sutilmente otras fuerzas coercitivas o
microtiranías públicas y/o privadas; por otro, que el poder político,
religioso-protestante y otros se deben a Dios en cuanto no sólo a su origen,
sino también a su servicio y obediencia, por lo cual no escapan de su juicio
frente a cualquier degradación. De esa cuenta, todos los poderes
que operan en su entorno debieran experimentar el efecto poético del texto.
Experimentar ese efecto significa
abrazar su principio ideológico anterior. Sólo así sería posible tanto la
democratización y la subjetivación positiva del sujeto como la encarnación
de los valores del reino, la disminución del costo social y la resistencia
sabia frente a cualquier neocolonialismo en el continente. Es que abrazar
esa ideología, un acto nada fácil,
significa a la vez encarnar la hermenéutica de Jesús y verla como un
movimiento por el cual el sujeto se atribuye el derecho y deber de leer
críticamente la verdad acerca de sus efectos de poder y el poder acerca de
su discursos de verdad y de denunciar el modo cómo el saber y el poder
operan aliadamente por doquier, incluyendo el liderazgo, la misión y aún la
hermenéutica.
Se ha argumentado, y con razón, que
también el texto sagrado ha experimentado una historia triste (Támez
2006:35). Esa historia tiene que ver con el sometimiento que ha venido
experimentando por el influjo, directo o indirecto, consciente o
inconsciente, ya sea del racionalismo moderno o del irracionalismo
posmoderno contemporáneo. Esto ha permitido que haya sido y siga siendo
leído (léase sometido) hoy con base a una hermenéutica de la
fragmentación-mecanización y a otra que llamaría de la imposición subjetiva
posmoderna.
Al acercarse al texto como si fuese
éste un sistema mecánico cuyo sentido textual puede ser alcanzado con la
aplicación precisa del método “científico-neutral-correcto” —el inductivo—
la primera encarna la mentalidad dicotómica racionalista occidental
antisobrenatural de “dividir y conquistar” (cp. Salinas 1997:17-19; Reyes
Archila 1997:30-33).
Ejemplo de ello serían la sociohistórico-crítica, propia de los círculos
ecuménicos,
y la histórico-gramatical del protestantismo conservador tradicional, ambas
caracterizadas por su alto nivel de racionalismo, mecanización y
fragmentación (ver Reyes 1999:53-78).
Y al acercarse al texto como si fuese
éste menos prioritario que la intuición o la experiencia,
la segunda le impone sentidos ajenos a la intención de su autor, por falta
de una adecuada información sobre la naturaleza especialmente histórica,
literario-artística y hasta ontológica del texto, y de un proceso exegético
y espiral hermenéutico sustentable, analógico y comunitario. La hermenéutica
neoapostólica y otras antrópicas posmodernas que subrayan la autonomía del
texto y sobredimensionan el rol del lector y su reacción en el proceso de
lectura vendrían al caso (ver Reyes 2006ab cp. Van Engen 1996:53-54).
Así, además de someter al texto, y de
deconstruir su sentido inherente original, estas hermenéuticas hacen lo
siguiente respectivamente. En su búsqueda de la palabra original auténtica
del texto, ellas lo fragmentan —asignándole, consecuente, hipotética,
ideológica e infructíferamente, un sinnúmero de incongruencias, fuentes y
autores/redactores/editores; cp. Smith 1969:327-31— y radicalizan la
hermenéutica analógica, es decir, aquella que, crítica y constructivamente,
dialoga con los aportes valederos de las nuevas teorías
filosófico-hermenéuticas y recupera al lector viéndolo como realmente es:
sujeto intencional con un horizonte de vida o de intersubjetividad.
Urge, pues, que estas hermenéuticas, y
cualquier otra, reconozcan sus limitaciones;
que hagan un uso crítico de los aportes valederos de otras; que procuren que
en ellas dialogue el intérprete con el texto y su autor; y que respeten la
autoridad del texto sobre el lector y su impulso histórico-sociológico/
teológico/ literario-artístico
así como también su naturaleza incluso ontológica inherente y su derecho de
hablar sin imposición o asalto.
Entonces, también en hermenéutica, la relación dialéctica cómplice
saber-poder-poder-saber sería debilitada y el perfil y espiritualidad de
líder-siervo afirmados.
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George Reyes
Actualizado: Diciembre de 2007
© José Luis Gómez-Martínez
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