Hermenéutica
George Reyes
"Analogía y hermenéutica:
hacia una epistemología analógica para el texto narrativo
bíblico y su teología"
Introducción
Como observa Chaves Tesser (1999:7), en el discurso o
pensamiento crítico contemporáneo es posible ahora no sólo oír o
leer neologismos y muchos otros términos equívocos, sino también
constatar diferentes tendencias, por ejemplo, literarias,
sociales, sicológicas, científicas con las que, queramos o no,
debemos aprender a convivir y dialogar críticamente. El caso es
igual en el campo de la hermenéutica. No es por casualidad,
entonces, que desde su propio contexto el hermeneuta francés,
Paul Ricoeur (2003), se haya referido al conflicto que puede
detectarse hoy entre las diversas hermenéuticas; es que cada
tendencia en ese campo, es articulada y practicada según la
mentalidad epistemológica prevaleciente hasta la fecha, a la que
cada intérprete se incline, sea ésta moderna o posmoderna.
Aunque de ambas epistemologías ―moderna y posmoderna― nos
podríamos beneficiar,
ellas tienden respectivamente hacia un duro fundacionismo y
antifundacionismo epistemológico que, entre otras cosas,
promueve la voluntad de poder e impide frecuentemente el diálogo
en la tarea de interpretación. ¿Cómo, pues, beneficiarse
críticamente en la interpretación bíblica
de los aportes valederos de ambas? ¿Cómo evitar en ella la
tendencia dura univocista-objetivista totalitaria y la
equivocista-subjetivista escepticista, que caracteriza
respectivamente a la moderna y posmoderna?
Considero que en la hermenéutica bíblica la respuesta no puede
ser otra que ésta: mediante la exploración y aplicación al texto
sagrado de ese modelo que procura prudencialmente colocarse en
el punto intermedio de las dos tendencias epistemológicas
anteriores, pero sin predominio de ninguna de ellas;
la razón fundamental es porque, además de ayudarnos a superar
los dos extremos anteriores, este modelo nos permite una
objetividad suficiente para poder así recuperar aquello que
habría intentado comunicar el autor, aunque no como lo
quisiéramos; así, además, nos ayudaría a identificar una verdad
textual que haga mejor justicia al texto. Este modelo es el
analógico, el cual empieza a ganar hoy un espacio cada vez mayor
en diversas ramas del saber.
Luego, el resultado sería una hermenéutica analógica bíblica
que, entre otras cosas, reconoce y acepta la injerencia natural
de la subjetividad en ella y provee una salida viable que urge
en nuestros tiempos posmodernos.
Mediante un diálogo constructivo y crítico, en este ensayo me
propongo explorar brevemente ese modelo epistemológico anterior,
orientado a la interpretación del texto bíblico narrativo. Para
ello analizo primeramente la propuesta hermenéutico-analógica en
el campo filosófico, tal como la expone Mauricio Beuchot,
profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
Autónoma de México (UNAM), investigador de esa misma casa de
estudios y pionero de la propuesta analógica en América Latina.
Seguidamente, exploro lo que sería una hermenéutica analógica
bíblica. Finalmente, con base a este modelo, y a modo de
conclusión, formulo algunas implicaciones generales del modelo
analógico en relación con el texto narrativo.
Mauricio Beuchot:
Un nuevo modelo de epistemología hermenéutica
Frente a la crisis de la epistemología univocista cientificista
positivista moderna todo parece indicar que el mundo occidental
actualmente marcha hacia otra extrema promovida por la cultura
posmoderna. Esta es la equivocista responsable del relativismo
nihilista que va predominando cada vez más en nuestra sociedad
occidental.
Frente a esta tendencia epistemológica, Beuchot (2005ab cp.
1996) propone que la mejor alternativa que se pueda dar es una
epistemología hermenéutica analógica, aunque, aclara él, ésta se
caracteriza por ser preponderantemente abierta.
Con base a esta epistemología, prosigue Beuchot, es posible no
sólo acercarse más a la verdad textual, sino también restringir
las interpretaciones infinitas que se alejan cada vez más de esa
verdad.
Para sustentar su punto de vista, Beuchot recurre a un principio
epistemológico de origen griego y medieval, el mismo que, según
él, ha recorrido la historia y se mantiene viva en el presente.
Este principio es el analógico, el cual, afirma él, enfatiza la
diferencia o la diversidad, pero sin renunciar a la semejanza,
lo que permite lograr así cierta universalización y cierto
balance en cuanto a objetividad se refiere.
Antes de ver en qué consiste este principio, y cómo es que éste
lograría ese balance, es conveniente ver someramente un par de
cosas también propuestas por Beuchot. Me refiero a lo que él
entiende tanto por hermenéutica como por acto hermenéutico y sus
pasos respectivos.
Hermenéutica y acto hermenéutico
Naturaleza, propósito y finalidad de la hermenéutica
La
hermenéutica, opina Beuchot, nació entre los griegos
y se la puede definir como ciencia (episteme) y a la vez
como arte (tecné) de interpretar textos. Es ciencia
porque, al igual que la lógica —de la cual, según él, y de algún
modo, la hermenéutica se habría desprendido— tiene principios
que le ayudan a estructurar lo que va aprendiendo acerca de la
interpretación de los textos; esto quiere decir, entre otras
cosas, que en ella juega un papel determinante la argumentación
intelectual. Por otro lado, arguye Beuchot, ella es arte porque
en el proceso de interpretación predomina la intuición y en el
mismo lleva implícito “un conjunto de reglas que se va
incrementando al paso que la experiencia interpretativa nos
enseña y alecciona, y como una aplicación bien adaptada de los
principios y leyes generales que la hermenéutica va agrupando en
cuanto ciencia” (2005:19-20);
así, pues, aunque Beuchot pareciera dar un amplio lugar a la
intuición,
contrariamente a otros hermeneutas como Gadamer privilegia el
método en la tarea hermenéutica de interpretación.
Siguiendo a los hermeneutas medievales y contemporáneos, Beuchot
considera que, entre los textos a los que la hermenéutica presta
mucha atención, están los escritos, que es la propuesta
tradicional; él también incluye a los hiperfrásticos, es decir,
aquellos que no sólo son mayores que la frase, sino que también,
por lo mismo, van más allá de la palabra y del enunciado y,
además, se caracterizan por ser altamente polisémicos: los
hablados (Gadamer), actuados (Ricoeur) y pensados.
Además, Beuchot (2007b cp. Ricoeur 2006:58-82) incluye al
símbolo, el cual es también un texto polisémico, pertenece a
varios y diversos campos de investigación y conjunta dos
dimensiones: una lingüística y otra no lingüística. Sin embargo,
aunque éste es polisémico, arguye Beuchot, posee una naturaleza
analógica por excelencia.
Es que el símbolo, prosigue él, tiene un componente icónico,
pues “no es sólo el signo más rico, porque siempre tiene
múltiples significados, también es un signo que manifiesta una
semejanza con lo significado, por eso era llamado ‘signo
imagen’, es decir, contiene algo icónico” (2007b: 9). Por eso,
opina este autor, el ícono es el signo híbrido, el análogo y el
que ayuda a conocer el texto.
Beuchot opina que todos los textos anteriores son los que más
demandan del ejercicio de la interpretación y en los que la
hermenéutica analógica, asociada a la sutileza,
se ve obligada a interpretar por ser tanto su principal objeto
de atención como los más difíciles de interpretar y hacérselo
frecuentemente con base a los parámetros de la ciencia o de la
razón. Es sólo con base a la analogía, prosigue Beuchot, que se
puede rescatar de todos ellos su riqueza y plenitud, ya que de
otro modo, si el caso fuera el símbolo, “nos quedaremos a
medias: con el regocijo de la metáfora, pero sin la seguridad
cognoscitiva de la metonimia” (2007:33).
De ahí que Beuchot sostenga que la hermenéutica nace donde se da
la polisemia y que el objetivo de ella es no sólo la
contextuación aproximada del texto —situarlo en la medida de lo
posible dentro de su original contexto de vida y producción, el
“detrás” del texto —, sino también la comprensión intelectiva,
traductiva, explicativa
o, agregando, interpretativa de su mundo (ficticio o real)
y del mensaje o la intención del autor, como resultado de esa
contextuación. Según este mismo autor, esta comprensión será
mejor si el lector conoce la identidad de los destinatarios, el
momento histórico, el condicionamiento cultural de los mismos
así como también el propósito del autor. Además, sostiene
Beuchot, esta comprensión será mejor, si el lector es consciente
de lo que realmente él es: un lector; pero es un lector,
agregaríamos nosotros, que sabe lidiar de la mejor manera con su
subjetividad y conocimiento anticipado del texto, porque
reconoce sus propios intereses, incluso políticos y religiosos,
a la hora de interpretarlo.
Como tarea interpretativa, la hermenéutica procura y tiene como
finalidad comprender o conocer, traducir o hacer entender y
normar el obrar.
Esta es la razón, piensa este autor, por qué ella está
relacionada íntimamente con la ética ―comenzando con la del
propio lector― que es lo que caracteriza precisamente al sentido
analógico. Además, continúa Beuchot, esta relación con la ética
la conecta con la hermenéutica anagógica o mística, es decir,
con aquella que procura ofrecer un proyecto a futuro y abrir un
espacio a la esperanza política (2006:54, 57).
Es que, opina Beuchot (2006:54), la hermenéutica no puede
ignorar ni destruir la ontología o metafísica que es atenta al
contexto,
la situación, al tiempo, a la historia o, en suma, al ser humano
en general y sus derechos que lo dignifican. Al contrario, la ha
de recuperar analógicamente. En sus propias palabras:
La hermenéutica ha de abrir las perspectivas ontológicas y
metafísicas, como lo hizo Lévinas, pero con una medida
proporcional que impida que nos quedemos sin ontología
alguna, sin suficiente metafísica. Y requerimos un
fundamento débil, es decir, analógico, para la hermenéutica
misma, para que no se nos ahogue en el relativismo que no
conduce a ninguna parte. Sería, en todo caso, como se ha
dicho, una ontología analógica, que es muy parecido a lo que
pretende Vattimo con su ontología débil, ya que es
consciente de que una negación fuerte de la metafísica
conduciría a una postura igualmente fuerte y en
contradicción con su pensamiento débil.
Así, pues, podríamos argumentar dos cosas importantes sobre la
perspectiva de Beuchot. La primera es que su hermenéutica
desemboca finalmente en el contexto y esto hace que ella sea
contextual y solidaria, aunque él no lo subraye como sí lo hace
Vattimo, quien arguye colocarse al lado de los marginados, esto
es, al lado de la diferencia, en contra de la identidad
homogenizada que procura la globalización actual. La segunda es
que, con su defensa de la metafísica en la hermenéutica, Beuchot
se sitúa en línea con Derrida, Foucault, Trías, los seguidores
de Wittgenstein y Vattimo, quienes desde muchos frentes, a su
propio modo y a través de la hermenéutica, piden la recuperación
de la metafísica, aunque ésta, al igual que la hermenéutica en
sí, sea débil y distinta de la prepotente y violenta univocista
moderna que procuran combatir.
Al
parecer, es lo anterior que motiva Beuchot a luchar por la
recuperación de una metafísica análoga, incluso una que tenga
que ver con el símbolo, es decir, una metafísica simbólica que
procure recuperar la experiencia vivencial ―sentimental o
emocional― e intelectiva (Beuchot 2007b). El resultado sería una
hermenéutica metafísica analógica que, no siendo racionalista
dura, es una que respeta “las diferencias, sin caer empero en el
equivocismo… y que pueda universalizar válidamente, sin caer en
la univocidad que quiso la filosofía científica y que se mostró
irrealizable” (2005a:107).
Su metodología
Para el fin anterior, arguye Beuchot, la hermenéutica requiere
de una metodología, aunque ésta sea muy general, ya que tiene
que ver con principios y reglas demasiado amplios. Pues bien,
debido a que la hermenéutica estuvo tradicionalmente asociada a
la sutileza, siguiendo a Ortiz-Osés, él propone que esta
metodología consiste en tres pasos que son a la vez tres modos
de sutileza: 1) subtilitas implicandi, 2) subtilitas
explicandi, y 3) subtilitas applicandi. Al igual que
Ortiz-Osés, Beuchot traslada estos tres momentos a la semiótica
de la siguiente manera: el primero a la sintaxis ―coherencia
entre los signos―, el segundo a la semántica ―sentido textual― y
el tercero a la pragmática ― relevancia contextual. Pero nótese
que, contrariamente al autor a quien sigue y que traslada el
primer momento a la semántica, Beuchot (2005:24) lo traslada a
la sintaxis, pues “en ese primer paso se va al significado
textual o intratextual e incluso intertextual”. Esto es así
porque, como él arguye acertadamente, es el significado
sintáctico el que se analiza en primer lugar en el proceso
interpretativo; sin él no puede haber semántica ni pragmática o,
más claramente, sin él, en primera instancia, no puede conocerse
el sentido del texto ni puede contextualizárselo, sin que se lo
viole o imponga uno ajeno al suyo.
En sus propias palabras:
En efecto, la implicación es eminentemente sintáctica, por
eso la hacemos corresponder a esa dimensión semiótica, y en
verdad ocupa el primer lugar. Después de la formación y
transformación sintácticas, que son implicativas por
excelencia, vendrá la subtilitas explicandi
correspondiendo a la semántica. Aquí se va al significado
del texto mismo, pero no ya como sentido, sino como
referencia, es decir, en su relación con los objetos, y por
ello es donde se descubre cuál es el mundo del texto, esto
es, se ve cuál es su referente, real o imaginario. Y
finalmente se va a la subtilitas applicandi,
correspondiente a la pragmática (lo más propiamente
hermenéutico), en la que se toma en cuenta la
intencionalidad del hablante, escritor o autor del texto y
se lo acaba de insertar en su contexto histórico-cultural.
Esto coincide además con tres tipos de verdad que se darían
en el texto: una verdad sintáctica, como pura coherencia,
que puede ser tanto intratextual (interior al texto) como
intertextual (con otros textos relacionados); una verdad
semántica, como correspondencia con la realidad (presente o
pasada) o con algún mundo posible (futuro o imaginario) a
que el texto alude, y una verdad pragmática, como convención
entre los intérpretes (e incluso con el autor) acerca de lo
que se ha argumentado y persuadido de la interpretación, a
pesar de que contenga elementos extratextuales (subjetivos o
colectivos) (2005:25).
De
modo que, aunque pareciera limitar la contextualización ―o, como
él la llama, aplicación del mensaje del texto― al contexto
histórico de su autor,
Beuchot sostiene que el método de la hermenéutica es la sutileza
y la penetración en sus tres dimensiones semióticas que se van
constituyendo y ampliando de manera viva: 1) implicación o
sintaxis, 2) explicación o semántica, y 3) aplicación o
pragmática. Si para Beuchot el acto interpretativo es un acto en
el que el intérprete es un sujeto activo frente al texto, es de
esperarse que, siguiendo a Peirce y a Popper, vea este acto como
abdutivo, hipotético-deductivo, de conjetura-refutación o de
ensayo-error; obviando los elementos semióticos a los que hace
alusión constantemente —pues considero que poco aportan a la
discusión y al acto interpretativo en sí—,
esto significa que el intérprete, siguiendo lo que en la
interpretación bíblica se denomina “espiral hermenéutica”,
emite sentidos hipotéticos del texto a los que hay que aplicar
la sospecha hermenéutica.
Se
puede ver, entonces, que, según Beuchot, en el acto
interpretativo confluyen los tres elementos clásicos del acto
hermenéutico: 1) el intérprete (oyente o lector), 2) el autor (o
hablante), y 3) el texto (o mensaje); obviamente, es en éste
último en que los dos primeros se dan cita, ya que es el
vehículo para la transmisión del mensaje. Es aquí donde la
propuesta hermenéutica de Beuchot muestra más claramente su
naturaleza analógica; contrariamente a los hermeneutas
objetivistas y subjetivistas radicales, aún dando cierta
prioridad al lector y, por ende, a la subjetividad, Beuchot
procura llegar “a una mediación prudencial y analógica en la que
la intención del autor se salvaguarda gracias a la mayor
objetividad posible, pero con la advertencia de que nuestra
intencionalidad subjetiva se hace presente” (2005a:28).
Ahora bien, esta mediación prudencial y analógica significa,
entonces, una opción por la intención del texto y, por supuesto,
del autor, pero consciente de que la interpretación queda
incompleta cuando se explora sólo aquella o se privilegia la
univocidad y se castiga con ello la equivocidad. Es que, arguye
Beuchot, al texto y al autor se los lee desde nuestra situación,
marco de referencia o, como diría Gadamer, tradición actual
propia;
ésto implica que es imposible evitar inmiscuir la propia
subjetividad y los errores de comprensión, y recuperar la
intención exacta y total del autor. Sin embargo, lo anterior no
significa, acota Beuchot, que el lector ―empírico, que no
siempre es el hermeneuta― deba tener prioridad, de tal manera
que pueda sentirse libre de crear o recrear el sentido del texto
a su antojo y conveniencia, sin esforzarse por captar de la
mejor manera posible el intencionado por el autor —como lo
haría, según Beuchot, el lector ideal— olvidando que ese mensaje
(el más fácil de captar comparado con la intención cuando ésta
no es explícita)
aún le pertenece a ese autor. Es que,
si hemos de hablar de alguna “intención del texto”, tenemos
que situarla en el entrecruce de las dos intencionalidades
anteriores [la del autor/texto y lector]. Tenemos que darnos
cuenta de que el autor quiso decir algo, y el texto —al
menos en parte— le pertenece todavía. Hay que respetarlo.
Pero también tenemos que darnos cuenta de que el texto ya no
dice exactamente lo que quiso decir el autor; ha rebasado su
intencionalidad al encontrase con la nuestra [la del
lector]. Nosotros lo hacemos decir algo más, esto es,
decirnos algo… Así, la verdad del texto comprende el
significado o la vedad del autor y el significado o la
verdad del lector, vive de la tensión entre ambos, de su
dialéctica. Podremos conceder más a uno o a otro (al autor o
al lector), pero no sacrificar a uno en aras del otro (Beuchot
2005:28).
De
modo que, para Beuchot, el desligamiento total del texto del
horizonte finito vivido por su autor es relativo. Esto es así,
ya que, coincidiendo con Ricoeur (2006:38-50), afirma que el
texto sigue siendo un discurso contado por alguien (autor) para
alguien (lector/es) acerca de algo (referencia o asunto del que
trata); consecuentemente, éste aún le pertenece a su autor (ese
alguien), quien lo escribió enclavado dentro de su propio
contexto histórico y cultural, con un fin comunicativo y no sólo
estético-literario. Es así como Beuchot contribuye a un balance
analógico que no sólo limita la liberación total del texto de su
autor y su contexto, sino que también deconstruye ciertas
tendencias hermenéuticas posmodernas, incluyendo algunas
bíblicas (ver De Wit 2002).
Los pasos del trabajo
hermenéutico
El
trabajo hermenéutico de interpretación es otro elemento
sobresaliente y complementario en la propuesta
hermenéutico-filosófica de Beuchot. Deconstruyendo la tendencia
univocista y equivocista, Beuchot sostiene que interpretar un
texto no es un trabajo instantáneo ni definitivo, sino “un
proceso de comprensión, que cala en profundidad, que no se queda
en la intelección instantánea y fugaz” (2007:12). El trabajo de
interpretación es, pues, según él, un proceso durante del cual
el intérprete se da a la tarea de comprender un texto
determinado, profundizar en su comprensión y ser capaz de
explicar, pero también, agregaría, de sospechar de esa
comprensión.
En
ese proceso, donde comprender es explicar y explicar comprender,
lo primero que surge ante ese dato y sujeto que es el texto es
una pregunta interpretativa que requiere a la vez de una
respuesta igualmente interpretativa; mientras la pregunta es un
juicio en prospecto o proyecto, la respuesta es un juicio
interpretativo, ya sea una hipótesis que debe comprobarse
mediante una argumentación interpretativa y, posteriormente, ser
elevada a nivel de tesis.
El
fin de la anterior pregunta es ayudar al intérprete a comprender
el texto, y ésta puede ser: ¿Qué significa ese texto? ¿Qué
quiere decir? ¿A quién está dirigido? La respuesta,
especialmente a las dos primeras preguntas, como ya se dijo,
exige una argumentación interpretativa por medio de la cual lo
que se afirma es el sentido del texto deja de ser mera
hipótesis, ya que éste se vuelve tesis una vez que ha sido
comprobada o avalada mediante la ayuda de la prudencia (phrónesis).
De
modo que para Beuchot los pasos del trabajo hermenéutico de
interpretación parecieran reducirse a uno solo.
Además, como ya lo he argumentado, él opina que el sentido o
mensaje del texto será siempre aproximado, pues, según él, la
hermenéutica analógica tiende a dar mayor espacio a la
intromisión del intérprete y, por ende, de su subjetividad.
Síntesis
La
hermenéutica es arte y ciencia de la interpretación de, incluso,
textos que van más allá de la palabra y el enunciado. El objeto
de la hermenéutica son principalmente esos textos y su objetivo
es la comprensión de los mismos. Ella posee una metodología que
se resume en tres modos de sutileza: la subtilitas implicandi
(búsqueda de una comprensión de la sintaxis del texto), la
subtilitas explicandi (búsqueda de la semántica o una
comprensión del sentido del texto) y la subtilitas applicandi
(búsqueda de la pragmática o una contextualización del
texto). Aunque es imposible recuperar exacta y totalmente la
intención del autor, en todo el proceso interpretativo ―en el
que siempre está presente la subjetividad del autor y del
lector― confluyen tres elementos que son claves para recuperar
algo de esa intención, si se acepta que el texto aún le
pertenece a éste. Estos tres elementos son el texto, el autor y
el lector.
Los
pasos del trabajo hermenéutico de interpretación constituyen
básicamente en estar consciente de que frente al texto lo
primero que surge es una pregunta interpretativa que exige a la
vez una respuesta interpretativa. Esta pregunta interpretativa
específica es: ¿qué significa o qué quiere decir ese texto? La
respuesta a ella, que es un juicio interpretativo, es en primera
instancia una hipótesis que debe comprobarse por medio de la
prudencia; una vez comprobada, es elevada a nivel de tesis, es
decir, pasa a ser considerada como un posible y aproximado
sentido del texto, y del cual hay que sospechar.
El
énfasis en el equilibrio analógico-epistemológico que se puede
percibir a lo largo de toda la propuesta hermenéutica de Beuchot
es uno de sus aportes más sustanciales. A lo largo de toda ella,
sin embargo, y aunque se propone una hermenéutica contextual,
pareciera olvidar dos elementos sustanciales del trabajo
interpretativo: la sospecha hermenéutica y la contextualización
del sentido posible del texto como la fase final de ese trabajo
interpretativo.
Hermenéutica y epistemología
analógica bíblica
Hasta donde le sea posible, como discípulo/a del Señor y siervo/a de la Palabra
de Dios, el/la exégeta se esfuerza por entender con fidelidad el
mensaje original del texto dentro de su propio contexto
histórico original,
a fin de encarnarlo finalmente en el mundo contemporáneo.
Esta tarea, no obstante, es compleja, ya que median en ella
problemas hermenéuticos que exigen ser clarificados y tomar una
postura en relación a los mismos. Entre esos problemas está el
epistemológico.
Dentro del campo protestante evangélico, se acepta generalmente
que lo dicho anteriormente debe ser la meta del intérprete y de
su tarea interpretativa; esto es, hasta donde le sea posible, su
meta debe ser discernir el mensaje tal como lo habrían entendido
los lectores originales. El presupuesto que subyace detrás de
este principio hermenéutico filosófico es no sólo que es posible
entender el mensaje del texto, sino que también Dios ha
comunicado a su pueblo un mensaje en ese texto, del cual espera
una respuesta como efecto de ese mensaje (cp. Kaiser, 1981;
Klein, y otros, 1993:187).
Ciertamente, como cualquier otro ser humano, y con la lente
cultural propia, cada escritor/editor bíblico habría querido
comunicar por medio del texto que escribió un contenido
entendible que pueda producir un efecto transformador en los
lectores de todos los tiempos. Es que Dios quiso que su
revelación escrita funcionase como una ventana a través de la
cual se pudiesen ver el mundo textual y cultural e ideológico
del texto y su mensaje.
Desde una perspectiva hermenéutica, lo anterior es innegable
como lo es también el tener como meta de la tarea interpretativa
el discernir y entender de la mejor manera posible ese mensaje
histórico original.
Sin embargo, habría que preguntarse si cada uno de estos
autores/editores habría querido realmente comunicar un único y
claro mensaje o, en su defecto, múltiples, contradictorios y
hasta místico o escondido, como proponen respectivamente las
hermenéuticas univocista y equivocista. Responder a estas
preguntas es uno de los grandes desafíos con el que se enfrenta
hoy la hermenéutica contemporánea, incluyendo la bíblica. Con
todo, considero, aunque no sea una receta totalmente fácil, que
la hermenéutica analógica nos puede ayudar a responderlas
responsablemente y hasta donde sea posible. Hagamos el intento.
A
través de la historia, opina correctamente Beuchot (2007a:24-37,
40-142; 2006:16), en la tarea interpretativa ―añadiría, incluso
bíblica― la hermenéutica analógica ha acompañado sutilmente a la
univocista y equivocista. Y en los años recientes, gracias a la
recuperación y potenciación que de ella hicieran, por ejemplo,
Gadamer, ella ha venido a posicionarse tanto en la hermenéutica
como en la filosofía, sicología y otros campos contemporáneos
del saber.
Por esa razón, se podría argumentar, la interpretación analógica
estaría contribuyendo tanto a evitar las debilidades y peligros
de las interpretaciones univocistas y equivocistas extremas como
a impulsar el equilibrio analógico que tanto se urge en todos
esos campos. Antes de ver esta contribución que la analogía
podría hacer en nuestro campo de interés ―la hermenéutica
bíblica―, veamos primero lo que se entiende por analogía y,
posteriormente, su aporte en este campo.
La
analogía es una virtud. Y ella puede ser de proporción y de
atribución; la primera, opina Beuchot (2007a:40-41 cp.
2007b:20-24), se denomina así porque
Establece relaciones entre las porciones, a:b::c:d, y puede
ser propia, como cuando se dice: “El instinto es al animal
lo que la razón al hombre”, así como también puede ser
impropia o [analogía] metafórica, como cuando se dice: “La
risa es al hombre lo que las flores al prado”, y así
entendemos la metáfora “El prado ríe”. La segunda, la de
atribución, establece una jerarquía de propiedad en la
atribución de un predicado o varios sujetos, como cuando se
dice “sano” se atribuye primariamente al organismo, así
puede decirse que un hombre está sano [analogado principal o
atribución más propia]; pero también se puede atribuir,
secundariamente, al alimento, a la medicina, al ambiente e
incluso a la amistad [analogados secundarios o atribución
por relación], pues llegamos a decir que una amistad es
sana, o que no lo es; pero esto ya es en sentido impropio.
Por eso vemos que hay una jerarquía de atribuciones, en la
que la salud se predica de modo más propio al organismo, y
de modo menos propio al alimento, y de modo menos propio a
la medicina, y de modo menos propio al ambiente, y de modo
menos propio aún a la amistad, así: descendiendo desde el
más propio al menos propio. Y, sin embargo, es válida la
atribución en todos los casos, sólo que en unos más y en
otros menos.
Todos esos tipos de analogía ―de proporción propia y de
proporción impropia o metafórica, y de atribución principal y
secundaria― constituyen el modelo analógico. Aplicada al trabajo
hermenéutico bíblico, la analogía de “proporción” ―que asocia
términos que tienen un significado en parte común y en parte
distinto―
permitiría discernir varios sentidos válidos del texto, porque
cada uno de ellos serían proporcionalmente semejantes los unos a
los otros. De este modo, es posible aplicar en varios de ellos
la “proporción propia”, a fin de que se pueda rescatar el lado
literal u objetivo de la analogía; en otros, se podría aplicar
la “proporción impropia”, a fin de que se pueda rescatar el lado
metafórico o subjetivo de esa misma analogía (analogía
metafórica). De esa cuenta, tendríamos del texto, por un lado,
sentidos que podrían ser legítimos, y, por el otro, sentidos de
los que, aún siendo posibles, se tendría que sospechar, por ser
productos del lado subjetivo de la analogía. Es aquí donde ese
ángulo artístico y prudencial de la tarea interpretativa entran
en función; es aquí también donde se debiera aplicar, además de
la sospecha y la prudencia, las pautas que, por ejemplo, Klein,
Blomberg y Hubbard (1993, pp. 201-209) sugieren para validar una
interpretación.
De
igual modo, aplicada a la hermenéutica, la analogía de
“atribución” nos permitiría discernir varios sentidos legítimos
del texto. Pero esta vez jerarquizados, por decirlo de algún
modo, según se desprendan legítimamente del texto, sin
imponérselos.
Esta jerarquización es llevada a cabo priorizando aquellos que
sean más legítimos que otros, aún cuando todos puedan pertenecer
al conjunto de sentidos considerados válidos, como sucede cuando
se interpreta un texto narrativo desde ángulos diferentes. Así,
se podría evitar una interpretación excesivamente subjetivista y
equivocista, es decir, una que tienda tanto a basarse
excesivamente en la experiencia o la intuición como a legitimar
sentidos extraños al texto y aún absurdos o contrapuestos.
Para evitar tal interpretación y tendencias, también aquí es
aconsejable validar especialmente aquellos sentidos
jerarquizados o considerados más válidos que otros.
Aunque falta mucho por desarrollar en cuanto a la estructura, la
función y el aporte de la hermenéutica analógica, considero que
es en este punto donde se puede ver cómo ella contribuye
filosóficamente, en suma, de dos maneras valederas en nuestro
proceso de interpretación bíblica. La primera es proveyéndonos
de varios sentidos legítimos del texto, no solamente de uno
claro, preciso y objetivo; así, nos impide caer ingenuamente en
lo unívoco, que considera se puede recuperar el significado
total y exacto de un texto, autor o hablante. La segunda,
permitiéndonos en ese mismo proceso ese equilibrio o punto
intermedio prudencialmente analógico, al ayudarnos a evitar no
sólo el univocismo, sino también dispersarnos en el equivocismo
extremo que prolifera en la hermenéutica actual, mucho más si se
sospecha de nuestras interpretaciones y se las valida
responsablemente. Consiguientemente, demuele las tendencias
univocistas y equivocistas extremas, y suaviza la polémica
existente entre ellas.
Así, se entiende que la hermenéutica analógica es un afán tanto
de domeñar lo que es dable del texto y su interpretación como de
dar lugar a lo que frecuentemente la hermenéutica tradicional ha
pasado por alto, siendo algo legítimo: la participación
consciente de la subjetividad del intérprete. Así, además, según
mi opinión, la interpretación analógica permite una mayor
objetividad interpretativa, que la que postula la univocista
pragmatista, y una menor y controlada subjetividad respecto que
la hermenéutica equivocista relativista (cp. Beuchot, 2005b, p.
28).
Epistemología analógica y género
narrativo bíblico
El
modelo epistemológico analógico de interpretación, que evita la
univocidad y la caótica equivocidad, puede ayudarnos en nuestra
búsqueda de una hermenéutica narrativa bíblica juiciosamente
equilibrada que evite, en la interpretación especializada o no,
una epistemología tanto subjetivista, relativista, pluralista,
alegórica
y de otra índole
como una idealista, absolutista y objetivista a ultranza, que
pretende hacernos creer que podemos conocer exhaustivamente y
que todo lo conocido está dado, sin la participación responsable
del intérprete del texto. Esto es porque al optar por un punto
de vista que haga mayor justicia al conocer y al ser que
interpreta también se hará mayor justicia al texto cuyo mensaje
se quiere conocer.
El
resultado de la opción anterior será una hermenéutica analógica
relevante para el contexto socio-cultural, hermenéutico y
teológico que nos ha tocado vivir. Esta será una hermenéutica
bíblica que se esfuerza por discernir, juiciosa o
responsablemente, el mensaje del texto con fines
transformadores; esta tarea es importante hoy cuando se nos
quiere convencer no sólo que no hay criterios, reglas ni
principios capaces de guiar la ética del ser humano y procurar
su transformación como agentes de la misión de Dios,
sino también que el conocimiento es irrelevante.
Ya que nuestro campo de interés es el texto narrativo bíblico,
nos enfocaremos en el mismo; para ello, es conveniente primero
discutir sobre la naturaleza de ese género.
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George Reyes
Actualizado, diciembre 2010.
© José Luis Gómez-Martínez
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