Hermenéutica
Paula Winkler
¿Dónde está el sujeto?
Acerca de la relatividad de los datos inmediatos.
[Resumen: Este
artículo se propone establecer algunas cuestiones previas a
la articulación entre las Ciencias sociales y el
Psicoanálisis sobre la base de considerar que el sujeto
constituye la primera unidad mínima social, en tanto el lazo
social con el otro es siempre vivido como tal en las
instancias subjetivas. Cuando “el sujeto” es un colectivo
social y la sociedad evita considerar su dimensión y la del
inconsciente se termina por anular toda resistencia
epistemológica posible a los mecanicismos positivistas
estériles y se repite el síntoma.]
1.-
Ciencias Sociales y Psicoanálisis
Las Ciencias
Sociales, es decir las que estudian los fenómenos humanos de la
sociedad en su conjunto, forman parte de lo que podríamos
considerar como las “Humanidades”, las “Ciencias Humanas”, a
diferencia de las Ciencias Naturales y las Formales, como la
Matemática. Usualmente, se ha dado en distinguir las Ciencias
duras de las “blandas” sobre la base del prejuicio de afirmar la
posibilidad de un método explicativo con resultados verificables
en las primeras, antepuesto al comprensivo cualitativo de
interpretación del sentido en las segundas.
El paradigma
hermenéutico de la comprensión se sustenta en la cuestión del
verstehen que busca interpretar (deuten) los textos o
los hechos, a diferencia del explicativo (die Erklärung),
supuestamente basado en rastros, indicios o pruebas objetivas y
no domésticas. La hermenéutica se elabora como una doctrina
general de la interpretación con Schleiermacher en 1819 y
acuerda fundamento al proyecto de las Ciencias sociales (Geisteswissenschaften)
al que Dilthey adhiere en 1883.
Cualquiera sea la
idea que se postule acerca de la naturaleza sustancial del
Psicoanálisis – como ciencia o como hermenéutica – lo cierto es
que, en principio, las Ciencias Sociales se distancian del
Psicoanálisis puesto que mientras las primeras atienden a la
sociedad en su conjunto, a los fenómenos sociales y a los textos
y objetos de la cultura, el segundo se ocupa del sujeto y del
inconsciente. Y si bien ambas disciplinas admiten
generalizaciones, no es lo mismo ocuparse de los asuntos del
conjunto social que del sujeto, para quien el lazo social al
Otro se verifica desde su propia mirada subjetiva.
Con estas
aproximaciones preliminares, la articulación entre Ciencias
Sociales y Psicoanálisis parece constituir una mera expresión de
deseos, un oxímoron. Pero no se trata de pasar,
epistemológicamente hablando, del nivel individual del sujeto al
social del Otro sino de comprender de qué manera las prácticas
sociales instituyentes juegan un papel en la conformación del
sujeto para que este permanezca, sobre todo hoy, innombrado en
una brecha supuestamente indescifrable.
Desde la posición
fijada por Lacan, el Psicoanálisis debe de poder ubicarse en el
reverso de su época. Y una época no puede definirse
adecuadamente si no se lo hace desde lo opuesto, lo subyacente,
lo invisible, lo paradojal. He ahí el valor que aportan las
lecturas psicoanalíticas a los fenómenos sociales si se reconoce
que el inconsciente puede también aportar lo suyo, pues no
necesariamente todo conocimiento proviene de la razón. Tanto más
en una época en la cual no puede negarse la violencia de lo
real. Y si bien no constituye análoga experiencia la que deviene
de la razón que la que es consecuencia directa del peso violento
de lo real, no puede desconocerse que en nuestro tiempo el lazo
social se ve debilitado por varias razones: la “forclusión” del
Padre-del-Nombre /Nombre-del-Padre/ debido a un decaimiento de
las instituciones y a la experiencia histórico colectiva de las
dictaduras y tiranías. Lo dicho, con todas sus consecuencias en
el lenguaje (devaluación y (di)famación de la palabra;
sustitución de la metáfora por la metonimia; anulación de la
representación social y presencia acentuada de lo imaginario;
sacralización de las mercancías, para las cuales sus marcas
publicitarias le otorgan un valor “simbólico” de intercambio;
conversión del consumo en el consumismo del consumo mismo y la
consiguiente fetichización de la mercancía; el aplastamiento de
toda oportunidad en el sujeto de simbolizar desde su propia
experiencia y relato familiar; etcétera) y en lo institucional
(autoridad deslegitimada o vacilante, autoridad abolicionista
por principio; descreimiento generalizado que relativiza los
roles; relativismo extremo de las normas como reglas sociales y
sus anomias, es decir el “hacer uso de la norma” subjetivo sin
ánimo de internalizarla
–ni aun para cuestionarla–, o el goce
implicado en el “hacer uso” jurídico de la norma en su dimensión
meramente positiva y desinteresada de su rasgo social;
etcétera).
Si el sujeto es
empujado hacia el goce, la instauración de que nada parece estar
prohibido –que no es lo mismo en la mirada subjetiva a que todo
se encuentre permitido– con más el sobredimensionamiento del yo
(no, del “moi”) parecen llevar a la sociedad a necesitar de
herramientas epistemológicas que puedan complementar los ya
existentes estudios sistémicos, culturales, semiológicos y
políticos. Hablo de la construcción de una mirada que vire hacia
el sujeto como modo de comprender por qué lo colectivo
globalizado parece haber anulado en el sujeto toda resistencia a
aquello que le deviene impuesto desde el afuera como si se
tratara de un hálito de inspiración divina. Situación ésta,
asimismo, en la que el sujeto queda desvirtuado de sus
posibilidades sublimatorias, sumido en el desespero de su
despersonalización por la imposibilidad de hacer lazo social con
los demás, con el otro.
2.-
Cultura, sociedad y sujeto
¿Qué es la cultura y qué ha sido la
cultura hasta ahora si no el producto de una tensión sempiterna
entre el deseo propio y el del Otro? La cultura, en la que
subyace el malestar que atisbara Freud pues siempre unos se
civilizan con menos gasto psíquico que otros debido al
narcisismo de las pequeñas diferencias[ii],
constituye una forma social de superación del agrupamiento en la
horda, cuyo jefe solía ser arbitrario al actuar conforme su
propia ley.
El interrogante
obligado es cómo conformaremos cultura en la época y a partir de
este nuevo siglo en el que los semblantes del padre conllevaron
a un abandono del sujeto por la ausencia del límite ancestral,
el de la prohibición del incesto. Esta marca fundadora de
occidente se ha ido desdibujando, pues todo está permitido y se
ha ido democratizando supuestamente; cada individuo puede
elegir, así, su propia vida como si los horizontes del afuera
constituyeran un desafío solipsista permanente, y el diseño ha
ganado nuestras vidas.
Cuando se intenta
hablar aquí de “resistencias epistemológicas” no se trata,
claro, de ordenar súbitamente este caos anómico, o de restaurar
un orden perdido sea con burocracias “psi” del castigo,
represiones, o intentando –como el padre del psicótico– imponer
todos los nombres. Más bien se trata de comprender el
surgimiento de una nueva sociedad en la que el Padre falta, el
Amo no se sabe dónde está, y por tanto no hay figura que encarne
lo simbólico para transmitir los relatos que nos abren al lazo
social. ¿Se dejará por consiguiente de buscar la carnadura en lo
simbólico para aceptar sólo lo real, a lo sumo conformarse con
lo imaginario? ¿Qué se espera de la ley –como regla social–
cuando la doméstica, la de la familia, prácticamente se ha
extinguido?
El Psicoanálisis
puede ayudar a responder estas preguntas. No es cuestión de
psicoanalizar la sociedad, lo cual constituye un imposible
lógico, un absurdo en tanto se psicoanaliza al sujeto, al
uno-a-uno. Ni tampoco hay que caer en los solipsismos de
considerar que todo es interpretable subjetivamente. Pues los
hechos pertenecen al ámbito de lo ontológico y cada sociedad
resolverá lo suyo. Sin embargo, no se puede comprender
cabalmente el sentido social evitando al sujeto.
Es este la
unidad mínima social.
Las Ciencias
Sociales, como ciencias, se caracterizan por tener un objeto
específico de estudio (los fenómenos humanos y todas sus
manifestaciones, los discursos compartidos en sociedad). El
objeto es observado con un método. Cualquiera sea tal método, si
hay algo que las hace distintivas a las ciencias de los dogmas
de la religión, de los misticismos, y de lo que podríamos llamar
incluso como la “protociencia” (la filosofía, eminentemente
especulativa), es que aquéllas se deben estrictamente a un
objeto propio y se pretenden objetivas. Esto es, que desechan la
interpretación de tal objeto propio, por naturaleza, y buscan la
acreditación de sus dichos mediante pruebas falseables que
encaminen a los científicos a decir una verdad demostrable y
particular, verdad que no depende del juicio del investigador
sino que se expone fuera de él y que muta, va cambiando. El
científico “no dice verdad”, no se vincula a un “saber verdad”
sino que explica y demuestra hipótesis, falseables, a fin de
perfeccionar su conocimiento y aplicarlo a la sociedad.
3.- Objetividad, razón y sujeto
La objetividad
–campo preferido de la ciencia– se relaciona con la razón y la
razón, como imperativo kantiano, gobierna el mundo externo sobre
la base de categorías lógicas. La ciencia, que viene del
paradigma de la “Erklärung”, no se interesa en los
juicios subjetivos. Si bien en el siglo XIX se sientan las bases
para las llamadas “ciencias sociales”, su máximo esplendor
positivista aparece en el siglo XX. Pero con la muerte de Dios
(de todos los idealismos) –anunciada por uno de los filósofos de
la sospecha: Nietzsche– se descentraliza al sujeto de todas las
formas divinas de los iluminismos y todo, sea humano sea del
orden de lo biológico y natural –incluso los hechos– parece ser
pasible de interpretación. El positivismo también es puesto en
duda, y se da paso al deconstructivismo de Derrida: hay que
desmontar los significados, nada existe en sí, todo se construye
–cuestión que, de alguna manera, es revaluada por Foucault–.
(Hasta el sujeto queda descentralizado en la contemporaneidad,
pues a partir del Psicoanálisis es a través del inconsciente que
éste puede “decir verdad”.)
Sin embargo, aún
hoy persisten la distinción y el debate entre los denominados
“nominalismo” y “sustancialismo”, los cuales convienen en
considerar, respectivamente, que ningún sentido está para ser
develado sino que todo nos es dado por la cultura (lo que da
lugar a la ciencia del signo, la semiótica), y en advertir que,
al contrario del anterior, existen capas sígnicas que se
acumulan históricamente para ser reinterpretadas en el tiempo
(lo que da lugar a la hermenéutica, la ciencia de la
interpretación). Tal persistencia sincrónica (y antagónica)
demuestra a las claras que nada es novedoso jamás, nos vemos
siempre analógicamente dando vueltas alrededor de lo mismo. El
significante humano no puede evitarse. Es que continúa todavía
(con variantes más o menos sofisticadas) la polémica entre
Parménides, Platón y Heráclito del Éfeso, Aristóteles. Es decir,
con todos los avances instrumentales de la tecnología y de la
ciencia, los humanos no hemos podido superar los avatares de la
vieja cuestión ideológica debatida entre los presocráticos.
Hermeneutas, semiólogos y semiotistas del siglo XXI continúan
dando sus razones para encontrar un método científico (o no) que
avale, respecto de los fenómenos sociales, un determinado
resultado o mirada. Y otros se valdrán del método estadístico,
del cualitativo no experimental, del operativo sintáctico, la
genealogía conceptual, de la retórica, la investigación
antropológica, etcétera.
Cuando Sócrates
(en la versión de uno de los diálogos de “El Banquete”),
refiriéndose a la virtud y al amor, deja la palabra (para ser
dicho) a la pitonisa y filósofa Diótima de Mantinea, es en tal
instante cuando comienza a gestarse lo que podría llamarse “la
voz de un tercero y ajeno al hablante”, la tercera persona. El
discurso científico es un discurso analítico de tercera persona;
parte del conocimiento; no de aquel saber de la docta ignorancia
a que aludiera el filósofo renacentista De Cusa (con sustento en
el dicho inductivo de Sócrates “sólo sé que no sé nada”). Así,
la ciencia construye sus juicios como consecuencia de una
falseación constante de sus hipótesis y es independiente de la
opinión del sujeto. Mientras que en el Psicoanálisis el sujeto
analizante, a través de la asociación libre, “será dicho verdad”
en las distintas instancias como aflore el inconsciente (sueños,
bromas, actos fallidos, gestos, etc.).
La interpretación
que se formula aquí acerca de la intervención de Diótima a
propósito de la ética y de la virtud en esos diálogos que recrea
Platón tal vez no se ajuste exactamente a los distintos estudios
filósoficos, filológicos y psicoanalíticos relativos a esta
intervención de la sacerdotisa (vgr., Lacan, Seminario 8).
Incluso, podría pensarse que cuando Sócrates cede la palabra a
Diótima, lo hace para ser dicho en su saber, con lo cual no se
posiciona entre la subjetividad y la objetividad, sino en algo
más en lo que abreva el Psicoanálisis y que se encuentra más
allá de la lógica aristotélica: como se dijo, en el
inconsciente. Y este inconsciente como función del ello no
refiere a la voluntad ni a la conciencia del sujeto. Porque el
sujeto del Psicoanálisis es el sujeto del inconsciente, es dicho
por este (lalengua), donde el ello está, yo advengo…
La pregunta que se
impone es qué valor puede tener tal inconsciente en la dimensión
social. Para los cientistas (obsérvese que digo “cientistas”;
no, “científicos”) poco, quizá ninguno. Sin embargo, aun dentro
de las Ciencias Sociales, de la Sociología y de la Antropología,
resulta innegable el hecho que las representaciones sociales se
instalan en el imaginario social (concepto este último que se
debe a Castoriadis), es decir fuera del sujeto y fuera del
inconsciente político, que es precisamente el envés de la
representación social, dejando en esa brecha entre
representación e imaginario un exceso o un faltante.
La representación
social, como su nombre lo sugiere, constituye una nueva
presentación de algo para alguien. Es decir, en la
representación social existe una mediación que ya implica un
forzamiento del sujeto y le produce malestar. Ahora bien, ¿surge
la violencia de la época sólo de las representaciones sociales
del capitalismo globalizado, o más bien de una combinación
(letal) entre éstas y el inconsciente del sujeto que acumula lo
que todavía no es dicho?
Si se considera
que, desde el punto de vista de las Ciencias Sociales, el
discurso constituye algo más que el texto semantizado
(definición estática), vale decir, la actualización de todos los
sistemas de significación en un momento y en una sociedad dada
(definición dinámica), no se debería olvidar al sujeto de tal
discurso, circunstancia que se amplifica con los aportes “psi”
que pueda hacer el Psicoanálisis.
4.- Filosofía y Psicoanálisis
Si, al decir de
Castoriadis, el sujeto es sólo aquél que puede distinguir entre
lo real y su deseo [”La institución imaginaria de la sociedad”,
38], tal sujeto ni siquiera para la Sociología puede devenir
como abstracto. Todo lo contrario, es este sujeto que hace lazo
social, un sujeto del inconsciente en el cual irrumpen el mundo
y los demás, mientras él hace lazo con el otro nunca renunciando
a su subjetividad.
Es que, como dice
Žižek, “la sustancia social existe sólo en la medida en que los
individuos la consideran como tal, que se relacionan con ella
como tal” [“Visión de paralaje”, 15]. La historia nos ha dado
suficientes ejemplos acerca de que a las tiranías no les
interesa este sujeto; a la globalización, tampoco. Porque el
sujeto es tal, en tanto capaz de suscitar y mantener relaciones
intersubjetivas; aquel posibilitado de hacer lazo social. Así,
no se puede desear la libertad y la autonomía razonable en el
quehacer personal en el mundo si no se la desea para los demás.
Si esto no es
vincular al Psicoanálisis con las Ciencias Sociales y la
Historia, dígase entonces que Castoriadis y Žižek no son
filósofos. Por otra parte, capaz de relativizar el racionalismo
crítico de Popper, el anarquismo epistemológico de Feyeraband o
la propia dialéctica de Adorno, para Castoriadis el ser se
define en términos de caos y abismo, de pulsión. Pues no hemos
venido a la vida con un control racional de nuestros actos, el
tiempo no ha transcurrido como una categoría lógica.
En definitiva, si
se intenta articular al Psicoanálisis con otras disciplinas como
las Ciencias Sociales, habría que partir de eliminar algunos
prejuicios. Como diría Laurent, evitar a los “sociómanos” para
quienes, por ejemplo, como en el caso de los familiarismos
delirantes, se ha logrado evitar todo cuestionamiento a sus
propios semblantes [E. Laurent, “El niño como reverso de las
familias”, 2].
No se trata, pues,
de visiones excluyentes, y la posibilidad de complementarse
deviene, tal vez, de este otro interrogante: si el sujeto
continúa cargando el peso de todos los racionalismos en la
disciplina jurídica, la cual se sostiene en el imperativo del
bien social tutelado y del amor al prójimo como el objeto-a, en
el real social tal sujeto ha sido descentralizado para integrar
como consumidor la cadena productiva en la cual hasta el
pensamiento circula como mercancía, por lo tanto, despojado de
sí mismo y de toda posibilidad sublimatoria y simbólica, ¿no
será que ese sujeto se encuentra preso de un marco
epistemológico que o bien lo trata como al número de una
estadística, como al abstracto de un colectivo, como al sujeto
del deber ser kantiano jurídico, o como al punto de inflexión en
el cual deben converger todos los discursos económicos y
electorales? ¿Quiénes se ocupan entonces verdaderamente del
sujeto? ¿El misticismo, los laboratorios médicos, las recetas
religiosas colectivas, los textos de autoayuda, la astrología?
¿Cuál es la “real objetividad” política y para quién? No se
olvide que la Filosofía surgió de entre los intersticios que se
conformaban entre lo nombrado socialmente y aquello que no
alcanzaba a identificarse con la posición social positiva. El
tábano de Sócrates, la interrogación constante, el deseo de
saber más que de conocer.
5.- Conclusiones
Así como el niño
constituye un envés de su familia, el sujeto lo es de la
sociedad. La sociedad ha instaurado sus reglas, y es esa dike
la que regula los asuntos entre humanos, pero la dimensión
humana no tiene únicamente una base social, se le debe a ésta y
hace lazo social desde su razón, irracionalidad e inconsciente.
La expansión ilimitada de los paradigmas colectivos epistémicos,
mientras se continúa debatiendo una servidumbre a escala
planetaria para poder seguir haciendo cultura, está dejando
abandonado al sujeto a su propia suerte. Un sujeto que cada vez
sublima menos, reducido a la desesperanza del aplastamiento que
imponen las nuevas formas globalizadas, inciertas para muchos y
exitosas y certeras para otros pocos. A ese sujeto se le impone
vivir en un mundo fragmentado con significaciones imaginarias,
que prácticamente han anulado toda forma de representación
simbólica. Y ese sujeto pretende verse agotado hoy por el
conocimiento tecnológico y objetivo de las ciencias y del
derecho, tal cual parece habérselo propuesto Hobbes: el Estado
como manera de evitar la vanidad del ser humano y su miedo a la
muerte. ¿Agota esta concepción política todos los avatares del
significante humano?
No se trata de
instaurar un criterio articulador “psi” de clínica social para
no repetir el síntoma, pero convengamos que una clínica del
sujeto es, al fin, el envés de una sociedad que produjo un
exceso de malestar.
Bibliografía
-
Castoriadis,
Cornelius
(1975) La
institución imaginaria de la sociedad, Fondo de Cultura
Económica, México.
-
Lacan, Jacques
(1973)
El Seminario. Libro 8, La transferencia. Editions
du Seuil, 1973. Edición consultada: 2005, 9ª reimpresión. Paidós,
traducción de Diana S. Rabinovich, Buenos Aires.
-
Laurent, Èric
(2007)
El niño como reverso de las familias. XV Encuentro
Internacional de Campo Freudiano. Boletín 8, Escuela de
Orientación Lacaniana. Traducción: Negri, María Inés.
-
Žižek, Slavoj
(2006)
Visión de paralaje. Fondo de Cultura Económica de
Argentina, Buenos Aires.
Notas
[i]
Este trabajo representa, resumido,
una serie de artículos y charlas compartidas en el
Instituto de Investigaciones Psicoanalíticas y Sociales
de la Universidad Kennedy para graduados en Psicología,
Filosofía y Ciencias Sociales y abierto a la comunidad
(primer semestre del año 2010, sede universitaria de
Pringles, Capital Federal), cuya directora es la Dra.
Amelia Imbriano, decana del Depto. de Psicoanálisis de
dicha universidad, quien dirigiera la investigación "El
niño homicida" (años 2007/2009) con la Universidad de
Antioquia y el Instituto Universitario de Envigado
(Colombia).
El equipo se constituyó por las Dras. Aguirre, Winkler,
y las Licenciadas Grecco y Agostina Illari, el Señor
Javier Cures Sastre, bajo la dirección (argentina) de la
mencionada Dra. Imbriano, y las charlas en el Instituto
de Investigaciones estuvieron a cargo de las Dras.
Imbriano y Winkler y la Lic. Agostina Illari. La
suscrita participó como asesora y diseñó las mismas la
Dra. Imbriano.
[ii]
Sigmund Freud definió el concepto de “narcisismo de la
pequeñas diferencias” en 1917, en su libro “El tabú de
la virginidad”, como la obsesión por acentuar las
pequeñas diferencias que nos distinguen de las personas
(sociedades, países, espacios, etc.) a los que más nos
parecemos como modo de mantenernos cómodamente alejados
de tal analogía. “No es fácil para los seres humanos
evidentemente renunciar a satisfacer ésta su inclinación
agresiva; no se sienten bien en esa renuncia. No debe
menospreciarse la ventaja que brinda un círculo cultural
más pequeño: ofrecer un escape a la pulsión en la
hostilización a los extraños. Siempre es posible ligar
en el amor a una multitud mayor de seres humanos con tal
que otros queden fuera para manifestarles la agresión.
En una ocasión me ocupé del fenómeno de que justamente
comunidades vecinas y aun muy próximas en todos los
aspectos se hostilizan y escarnecen: así españoles y
portugueses, alemanes del Norte y del Sur, ingleses y
escoceses, etc.”, decía textualmente el Padre del
Psicoanálisis.
Paula
Winkler
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Actualizado, Noviembre 2010
© José Luis Gómez-Martínez
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