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Rosario Castellanos

(1925-1974)

Rosario Castellanos nació en la ciudad de México en 1925, pero hasta los dieciséis años residió en Comitán y San Cristóbal de las Casas, poblaciones en el sur de México en el estado de Chiapas. Nació en el seno de una familia pudiente de terratenientes de Chiapas, aunque relegada a segundo plano por sus propios padres por su condición de mujer. En 1941, a raíz de la reforma agraria que expropia gran parte de las tierras de su familia, los padres de Rosario Castellanos se trasladan a la ciudad de México donde ella continúa los últimos años de secundaria para estudiar luego literatura y filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (1945-1950). Una beca del Instituto de Cultura Hispánica le permitió estudiar estética en Madrid y hacer un viaje por varios países europeos en 1951. Desde muy joven tomó conciencia de las estructuras de opresión que mantenían postergada a la mujer y de la extrema discriminación con que se controlaba y subyugaba a la población indígena. En su vida y en su obra domina un deseo de liberación y denuncia (véase información más precisa en “Rosario Castellanos: ser por la palabra”).

Aunque ejerció posiciones públicas (Directora Cultural en Chiapas, Directora de Información y Prensa en la UNAM, Embajadora de México en Israel), su vocación fue de escritora y maestra: ejerció la docencia en numerosas instituciones mexicanas, en Estados Unidos (universidades de Wisconsin, Colorado e Indiana) y en Israel. Rosario Castellanos muere electrocutada en un trágico accidente en Tel Aviv en 1974.

Rosario Castellanos inicia su creación literaria en la poesía (Al pie de la letra, 1959; Lívida Luz, 1960; Poesía no eres tú, 1972, entre otros libros), y es en este género que cultivó durante toda su vida donde mejor se marca su evolución como persona y como escritora. Ella misma nos dice a este propósito:

“Yo tuve un tránsito muy lento de la más cerrada de las subjetividades al turbador descubrimiento de la existencia del otro y, por último, a la ruptura del esquema de la pareja para integrarme a lo social, que es el ámbito en que el poeta se define, se comprende y se expresa.”*

Este es también el proceso de toma de conciencia del ser humano ante su entorno, pero que raras veces llega a la plenitud que reclama Rosario Castellanos y que su obra ejemplifica. Por eso nos dirá en su ensayo “El escritor y su público” (1958) que “el escritor no lo es si no pone en entredicho lo que ha heredado”. Pero esta afirmación debemos entenderla en el contexto de la práctica literaria y de las tres preguntas fundamentales en el acto de escribir que ella misma formula del siguiente modo:

¿Cómo escribir? ¿Acerca de qué escribir? ¿Para quién escribir? [...] Hay quienes opinan que lo importante de la escritura es el estilo, el pulimento, la posesión segura de la técnica, el dominio de los recursos. [...] al arte purista le preocupa el "cómo" y no le importa mucho el "qué" ni el "para quién" [...]. El escritor comprometido [...] enarbola una teoría cualquiera y se convierte en su propagandista. [...] La literatura comprometida está hecha de pruebas, de alegatos, de refutaciones. [...] ¿Quién de los dos ‒el arte purista o el escritor comprometido‒ está en lo justo? En nuestra opinión ninguno. Al escoger un aspecto de la creación y descuidar los otros, ambos mutilan sus capacidades, cercenan la realidad expresada y excluyen virtuales interlocutores. Y en el escritor auténtico la plenitud debe ser, si no un logro, por lo menos una constante aspiración.

Rosario Castellanos logra este equilibrio en su obra literaria, especialmente en la narrativa (Balún Canán, 1957; Oficio de tinieblas, 1962; Rito de iniciación, 1965; Album de familia, 1971), con la que se inicia su reconocimiento internacional, y en sus obras de teatro (Tablero de damas, 1952; El eterno femenino, 1974). Su pensamiento maduro se encuentra diseminado en los distintos géneros literarios que cultivó, pero especialmente en sus ensayos que aparecían regularmente en los periódicos y revistas más prestigiosas de su momento, y que la misma autora fue luego recogiendo en libros (Juicios sumarios, 1966; Mujer que sabe latín, 1973; El mar y sus pescaditos, 1975).

Para la sección de antología de esta apreciación/introducción a la literatura hemos seleccionado el ensayo "Y las madres, ¿qué opinan?", que muestra con precisión las cualidades que Rosario Castellanos reclama para el texto literario y que por ello mismo ejemplifica las características del ensayo como género. Es decir, se trata de la reacción de una persona ante una problemática actual, pero cuyo tratamiento transciende al tiempo, a la vez que razona, con cierta ironía, pero sin tratar de imponer su posición; la escritora busca mostrar la problemática desde una perspectiva nueva e invitar a la reflexión.

 (Gómez-Martínez)

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*Obras II. México: Fondo de Cultura Económica, 1998, pág. 1001.

 

Proyecto Ensayo Hispánico