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Pintura neoclásica y romántica
En
todos los tiempos han existido pintores que nos atraen por las
emociones y recuerdos sensuales que despiertan, mientras que otros
prefieren proyectar orden, permanencia; es decir, pintores a quienes
podríamos aplicar los calificativos de "románticos" y de "clásicos".
Durante el siglo XVIII, sin embargo, parece que las divisiones entre
ambos se hace más fuerte. El autor "neoclásico" da preferencia a la
imitación de la naturaleza, a la grandeza, a la calma, a la
idealización en un intento de aproximar lo que pinta al estado de
perfección implícito en la naturaleza. Pero "imitación" de la
naturaleza no implica en el artista neoclásico "copia" de la
naturaleza.
Esteban
Arteaga (1747-1799) nos dice a este propósito en su obra La
belleza ideal, "que la labor del artífice debe ser imitación y
no copia; y que la idea de imitación incluye necesariamente la de
levantarse sobre la naturaleza ordinaria, acomodándola al fin que el
arte se propone." Arteaga define
la belleza como "el arquetipo o modelo mental de perfección que
resulta en el espíritu del hombre después de haber comparado y
reunido las perfecciones de los individuos," por ello, continúa
señalando, la belleza ideal "no es más que el modelo mental de
perfección aplicado por el artífice a las producciones de las artes"
(véase |