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El autor
El autor implícito
Desde una perspectiva
legal se denomina autor al creador de una obra —escritor,
pintor, programador, escultor, etcétera—; aquí nos ocupamos del
escritor de obras literarias. En la crítica literaria se establece
una diferencia entre el autor y el autor implícito.
Con el término autor hacemos referencia a la persona real que
escribe un texto. Con el término autor implícito hacemos
referencia al autor que se proyecta desde el texto y con quien el
lector dialoga; el autor implícito —creación al fin del
lector— puede o no coincidir en sus ideas con la persona que creó la
obra, incluso cuando se trata de poesías líricas o ensayos. Tampoco
debemos confundir al autor implícito con el narrador de una obra.
Todo texto se origina en
un autor(a) —no importa para nuestros propósitos si es individual o
colectivo— y, en situaciones extremas, con la intención de
transmitir información objetiva o de estimular, inducir, una
comunicación de estados anímicos. En el primero de los casos, que
podemos denominar comunicación depositaria —en el sentido de
depositar información—, se parte de una estructura fijada
(establecida) en el espacio y en el tiempo. Este es el propósito de
un libro de geografía cuando nos informa que el río Ebro está en
España y que pasa por Zaragoza; o el de un libro de matemáticas
cuando nos señala que 3+5=8.
En el otro extremo, por
ejemplo un poema lírico, colocaríamos la expresión de una emoción,
de un sentimiento, en el devenir del autor —o del autor implícito
desde la perspectiva del lector—, que se exterioriza como
irrepetible:
Dos rojas
lenguas de fuego
que, a un mismo tronco enlazadas,
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama;
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden…
eso son nuestras dos almas.
(Gustavo Adolfo Bécquer, Rima XXIV)
En esta situación límite
la única relación entre el autor implícito y el lector —la
comunicación entre autor y
lector— se da fuera del
texto, se da en
el lector mismo en cuanto es capaz de asumir la experiencia emotiva
del autor. Podemos representar gráficamente estos dos casos extremos
colocando el primero en el punto "O" y el segundo en el punto "S"
para representar el extremo objetivo y el subjetivo en
una línea que simboliza las infinitas posibilidades de matices del
uno al otro extremo:
a b c d... z
O_________________________________S
Con el término objetivo
queremos decir que el autor manifiesta explícitamente el centro —las
reglas— de la estructura que permite su afirmación. Por ejemplo,
cuando hablamos de la altura del Monte Everest no usamos sólo un
número —8.848 o 29,029—. Al usar el número señalamos también la
estructura que lo hace posible, así decimos que el Monte Everest
tiene 8.848 metros o 29,029 pies. Cada una de estas afirmaciones es
sólo válida cuando señalamos el
código de la estructura que lo hace
posible: metros o pies en este caso. Según nos alejamos de las
ciencias exactas, poco a poco se omite cada vez más la estructura
—las reglas, la base que hace posible una afirmación— Cuanto más nos
aproximamos al extremo que hemos denominado subjetivo y
hacemos uso de experiencias, sensaciones, emociones, resulta más
difícil precisar las bases que justifican una afirmación.
(Gómez-Martínez) |