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El ensayo y las citas
El carácter de reflexión
del ensayo ante la propia herencia cultural, motiva que sean
frecuentes las referencias a las fuentes que establecen los temas de
actualidad. Pero estas referencias —citas textuales en algunos
casos— se encuentran en función del ensayo; es decir, sirven
únicamente como perspectivas en el desarrollo de un pensamiento. Su
objetivo no es el de corroborar un dato o confirmar una afirmación.
Por esta razón no se busca la precisión en la cita, que es algo
esencial en el artículo especializado o erudito.
* * *
En otra sección quedó ya indicado que el
público presente en la mente del ensayista es el representado por
"la generalidad de los cultos". No se pretende con esto decir que el
ensayo no se dirija también al especialista. Claro que sí.
Precisamente lo ensayístico, al no aspirar exclusivamente a la
comunicación de datos, no encuentra límites en los conocimientos del
lector. Por otra parte puede prescindir de las notas eruditas. El
verdadero ensayista, por ejemplo, sólo en ocasiones muy especiales
hará uso de notas al pie de la página; y esto nos lleva al meollo de
nuestro tema: las citas, numerosas en los ensayos, tienen valor por
sí mismas en relación con lo que el ensayista nos está comunicando;
importa destacar que alguien creó una idea, representada en la cita,
pero el "quién", y el "dónde" carecen en realidad de valor. No son
las citas importantes por quién las dijo, sino por su propia
eficacia. Y el hecho de señalarlas como citas es sólo con el
propósito de indicar que no son de propia cosecha, sino que forman
parte del fondo cultural que se trata de revisar.
La imprecisión en las citas de los ensayos
se relaciona comúnmente con la exactitud en la transcripción de las
mismas; pero son también frecuentes las imprecisiones en el autor, e
incluso en el autor y texto de una misma cita. Desde los comienzos
de la tradición ensayística, los escritores de ensayos podrían haber
dicho de sus citas empleadas, lo indicado por Maeztu: "de cuya letra
me he olvidado, pero cuyo fondo se me ha grabado indeleblemente en
la memoria". La inexactitud, por otra parte, no quita eficacia al
contenido de la cita. Al contrario, la refuerza al darle el peso de
algo espontáneo y sentido profundamente. Nada más oportuno al
propósito que las siguientes palabras de Santa Teresa: "El mismo
Señor dice: Ninguno subirá a mi Padre sino por mí (no sé si dice
así, creo que sí), y quien me ve a mí, ve a mi padre". Y es que el
ensayista no cita con el propósito del científico.
Analicemos, en su contenido, las siguientes
palabras de Pérez de Ayala: "Después de publicar don Miguel de
Unamuno no sé cuál de sus novelas, alguien, no sé quién, le dijo:
'eso no es una novela'. Y Unamuno replicó: 'Pues llámela usted
nivola'" (IV: 909). Pertenecen estas palabras a su ensayo "la novela
y la nivola", en el que trata de probar que lo bien escrito, lo que
tiene personalidad no necesita ser clasificado, pues sea cual sea la
etiqueta que se le ajuste, no por ello aumentará o disminuirá en su
valor. En este ensayo, Pérez de Ayala consigue dar a una cita
particular un valor universal, precisamente omitiendo el autor del
juicio y la obra de Unamuno a la que se refería. Pérez de Ayala no
pretende demostrar si tal o cual obra de Unamuno es o no novela ni
si el crítico que intentaba negarle la categoría de novela llevaba o
no razón. El se propone tan sólo reflexionar sobre la eficacia de
las clasificaciones y sugerir que la obra de arte tiene valor por sí
misma.
La técnica de la cita ha evolucionado desde
los comienzos de la tradición ensayística hasta nuestros días.
Antonio de Guevara (siglo XVI), sin respeto al concepto de la
verdad, no sólo imaginaba fuentes ficticias y creaba escritores y
filósofos, sino que atribuía a éstos y a los conocidos de la
antigüedad, ideas de su propio ingenio. Es decir, subordinaba, hasta
el extremo, la cita al contenido, y su función era sólo la de
convencer al lector con el apoyo de una aparente erudición. Con
Montaigne (siglo XVII) las citas dejan de ser ficticias, pero siguen
siendo un soporte erudito. En Unamuno y Ortega y Gasset (siglo XX)
la cita se encuentra ya incorporada en el texto como parte
integrante de la reflexión, sin que ello motive alteración alguna en
el ritmo de la prosa.
[Fuente: José Luis Gómez-Martínez.
Teoría del ensayo. México: UNAM, 1992. La versión que incluimos
aquí está resumida y la hemos modificado para ajustarla mejor a los
objetivos de esta Introducción a la literatura. Para un desarrollo
más extenso de este tema véase
"Imprecisión de las citas en el
ensayo "]
(Gómez-Martínez) |