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El ensayo como confesión
Lo subjetivo en el ensayo
Aún en las más dispares y
contradictorias definiciones del ensayo siempre ha habido una
característica común: su condición subjetiva, su sentido de
confesión intelectual. Del mismo modo que un buen poema proyecta una
dimensión anímica del poeta, así también un buen ensayo es una
confesión intelectual del ensayista. El valor de las ideas de un
ensayo se juzga por el grado de sinceridad con que su autor las
proyecta.
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Resulta sin duda una exageración el afirmar
que "el ensayo es una relación de disposiciones de ánimo e
impresiones" (Routh), pues si bien es cierto que el ensayista
expresa lo que siente y cómo lo siente, no por eso deja de ser
consciente de su función peculiar de escritor en su doble aspecto de
artista de la expresión y de transmisor e incitador de ideas. Es
decir, el lirismo innato del ensayista queda modulado al ser
sometido a la razón en un proceso más o menos consciente o patente
de organización que lo haga inteligible y convincente, pues aunque
el ensayo no pretende imponer ideas, todo buen conversador desea
persuadir; lo que por otra parte no se puede conseguir sin proyectar
lo que se está escribiendo como algo sentido.
El ensayista escribe porque experimenta la
necesidad de comunicar algo, por la sencilla razón de que al
comunicarlo lo hace más suyo. Cuando el ensayista escribe, nos hace
sus contemporáneos, sus amigos y nos permite penetrar en su mundo al
entregarnos no sólo sus pensamientos, sino también el mismo proceso
de pensar. Esta proyectada sinceridad es en definitiva la que nos
gana. ¿Cómo dudar del ensayista cuando éste nos ofrece la confianza
del amigo al descubrirnos lo íntimo de sus pensamientos?
Si como hemos indicado el ensayista se
expresa a través de sus sentimientos, sólo lo basado en la propia
experiencia (también intelectual) tiene valor ensayístico. De ahí
que en el ensayo no tenga cabida el pensamiento filosófico
sistemático ni el objetivismo científico, en cuanto pretenden una
comunicación depositaria. La verdad del ensayista se presenta bajo
la perspectiva subjetivista del autor y el carácter circunstancial
de la época. "Mi crítica renuncia a ser imparcial", señala
Mariátegui, para añadir más adelante: "Declaro, sin escrúpulo, que
traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones". Por ello no debe
sorprendernos el estilo personalísimo de los grandes ensayistas,
aspecto que, lejos de causarnos confusión, debe reafirmarnos en lo
esencial de esta característica; ya que al mostrarnos lo íntimo del
escritor, su personalidad, forzosamente se proyecta en un estilo
singular. Si los ensayos son producto de la personalidad del
escritor, también lo son de sus circunstancias, de la época en que
éste vive. Son, por así decirlo, el termómetro de la sociedad.
El ensayista, en su doble aspecto de
estilista y de pensador, nos importa por su humanidad, por la fuerza
de su persona. De otro modo no le permitiríamos tratar temas
pertenecientes generalmente al campo de la ciencia o de la filosofía
y evadirse al mismo tiempo de toda barrera que el objetivismo
impone. Incluso podemos decir que es el subjetivismo en la elección
y desarrollo de los temas lo que más apreciamos en el ensayista.
El subjetivismo es, según lo indicado, parte
esencial del ensayo. Es esta motivación interior la que elige el
tema y su aproximación a él; y como el ensayista expresa no sólo sus
sentimientos, sino también el mismo proceso de adquirirlos, sus
escritos poseen siempre un carácter de íntima autobiografía. El "yo"
del autor se destaca en todas las páginas, como estandarte que
anuncia una fuerte personalidad. Dentro de la individualidad
peculiar de cada ensayista, las notas autobiográficas son frecuentes
en todos los ensayos, con independencia del tema de estos.
El tono confesional de los ensayos,
consecuencia directa del subjetivismo, no es nada más que una
manifestación del egotismo connatural del ensayista, pues escribe
sobre el mundo que le rodea y su reacción ante él. El "yo" parece
ser el centro sobre el que giran las ideas del ensayo, y sin embargo
su egotismo no es desagradable, porque sólo ofende quien adopta una
posición de superioridad, y el ensayista es nuestro igual, dispuesto
a considerar nuestras opiniones. Se nos entrega con pensamientos y
reflexiones en voz alta, como el amigo en busca de confidente.
Debemos tener también en cuenta, como señala Alexander Smith, "que
el valor del egotismo depende enteramente del egotista. Si el
egotista es débil, su egotismo es despreciable. Si el egotista es
fuerte, agudo, lleno de personalidad, su egotismo es valioso, y se
convierte en una posesión de la humanidad".
[Fuente: José Luis Gómez-Martínez.
Teoría del ensayo. México: UNAM, 1992. La versión que incluimos
aquí está resumida y la hemos modificado para ajustarla mejor a los
objetivos de este curso de Introducción a la literatura. Para un
desarrollo más extenso de este tema véase
"Lo subjetivo en el
ensayo: el ensayo como confesión"]
(Gómez-Martínez) |