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El carácter dialogal del ensayo
Cuando hablamos del
carácter dialogal del ensayo no nos referimos a la forma, rara vez
encontramos un ensayo en un texto con la forma externa de un diálogo
entre dos o más personas. Lo dialogal en el ensayo se encuentra en
el tono conversacional que emplea el ensayistas. Pérez Ayala no dice
sobre su actitud al escribir ensayos que "consiste en suponer, al
momento que estoy escribiendo, no tanto que manejo la pluma cuanto
que mantengo una conversación, de innumerable radio, con [...] los
lectores".
* * *
Si hay alguna expresión común a los
ensayistas de todos los tiempos, es aquella que hace referencia al
carácter dialogal del género. El ensayista conversa con el lector,
le pregunta sus opiniones e incluso finge las respuestas que éste le
da: "Oído lo que hemos dicho y visto lo que hemos contado, pregunto
ahora yo al lector de esta escritura: ¿qué es lo que le parece
debería escribir de estos tiempos mi pluma?", nos dice Antonio de
Guevara en los comienzos de la ensayística española. Ángel Ganivet,
más moderno y directo, señala: "Para terminar esta conversación
excesivamente larga que he sostenido con mis lectores... ". Tal
compenetración y aparente intercambio de ideas con el lector es tan
intenso, que el ensayista con harta frecuencia evita hacer
referencia al proceso de escribir al referirse a su obra, y prefiere
suponer que ha estado "conversando" con el lector (como Ganivet), o
alude a lo que éste ha "oído" (como Guevara). Incluso, a veces, se
dirige al lector con fingido enojo, así dice Montaigne: "Si mis
comentarios no son aceptables, que otro comente por mí". Y es que el
ensayista no presenta nada terminado, sino que desarrolla sus ideas
al escribirlas, y no lo hace en la forma sistemática del que expone
algo preestablecido, sino al modo del que piensa en el proceso mismo
de escribir, y cuyo texto se presenta como un producto en el que el
lector está ya colaborando. De ahí que la lectura del ensayo no
pueda ser pasiva. Nada hay en él seguro. Todo parece provisional y
sujeto a revisión. De hecho el ensayista espera la participación
activa del lector y le exige que proyecte aquellas sugerencias
apenas apuntadas en el ensayo y vueltas a dejar en el rápido
cabalgar de la "conversación". Por ello son frecuentes las ocasiones
en que el ensayista interpela al lector: "Pues bien; yo pregunto a
los lectores desapasionados" (Altamira). O se excusa: "Perdón,
lector, por la mucha largura y prolijidad que va explayando este
ensayo" (Pérez de Ayala). Es decir, su ideal queda expresado en las
palabras de Unamuno: "Mi empeño ha sido, es y será que los que me
lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido
nunca el darles pensamientos hechos" (Mi religión).
En realidad, la diferencia intrínseca entre
el diálogo como forma literaria y el ensayo se encuentra en que el
primero indica explícitamente una posible interpretación de lo
expuesto por el autor, mientras que en el ensayo hay varias
interpretaciones a distintos niveles que se hallan sólo implícitas
en la obra. Por ello, en tanto el diálogo se limita en la calidad
del público a quien se dirige, el ensayo deja abierto su radio de
acción. En el diálogo, uno de los personajes se identifica con el
autor, pero los dialogantes secundarios establecen el carácter de
los lectores a quienes se destina. En el ensayo, por el contrario,
como la interpretación depende del lector individual, sea cual fuere
la agilidad mental de éste, encontrará en él un fértil campo de
ideas; y sólo el resultado final podrá variar en las diversas
categorías de lectores. El propósito del ensayo, incitar al lector a
la meditación, se cumplirá independientemente del nivel de
respuesta. En otras palabras, el ensayo es un diálogo donde uno de
los personajes es el autor y el otro es el lector.
Bien mirado pues, si el ensayista en una
proyección de su misma personalidad, transmite sus pensamientos con
la naturalidad que le impone el hacerlo al mismo tiempo que los
piensa y según estos son pensados; es decir, el ensayo trata de
proyectar la naturalidad y espontaneidad de una conversación. Para
conseguirlo, no puede ni debe evitar las expresiones coloquiales que
con sencillez emanen en su proceso. Cortázar asume en el texto que
su lector hace signos de cansancio por la prolongación del ensayo y
añade: "Soy sensible a estas insinuaciones pero no me iré sin una
última reflexión" (I: 157). Unamuno, del mismo modo, nos dice en un
momento de excitación: "Y a quien le pareciere esto una paradoja,
con su pan se lo coma, que yo no voy a explanarlo aquí ahora" (Viejos,
11). Y lejos de producir en nosotros una mueca de rechazo, nos une,
no ya sólo intelectual, sino emocionalmente también, a lo que nos
comunica, con la sensación de que nos hace confidentes de algo que
le oprime y que necesita desahogar ante el amigo.
[Fuente: José Luis Gómez-Martínez.
Teoría
del ensayo. México: UNAM, 1992. La versión que incluimos aquí
está resumida y la hemos modificado para ajustarla mejor a los
objetivos de esta Introducción a la literatura. Para un desarrollo
más extenso de este tema véase
"El carácter dialogal del ensayo "]
(Gómez-Martínez) |