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El carácter dialogal del ensayo

Cuando hablamos del carácter dialogal del ensayo no nos referimos a la forma, rara vez encontramos un ensayo en un texto con la forma externa de un diálogo entre dos o más personas. Lo dialogal en el ensayo se encuentra en el tono conversacional que emplea el ensayistas. Pérez Ayala no dice sobre su actitud al escribir ensayos que "consiste en suponer, al momento que estoy escribiendo, no tanto que manejo la pluma cuanto que mantengo una conversación, de innumerable radio, con [...] los lectores".

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Si hay alguna expresión común a los ensayistas de todos los tiempos, es aquella que hace referencia al carácter dialogal del género. El ensayista conversa con el lector, le pregunta sus opiniones e incluso finge las respuestas que éste le da: "Oído lo que hemos dicho y visto lo que hemos contado, pregunto ahora yo al lector de esta escritura: ¿qué es lo que le parece debería escribir de estos tiempos mi pluma?", nos dice Antonio de Guevara en los comienzos de la ensayística española. Ángel Ganivet, más moderno y directo, señala: "Para terminar esta conversación excesivamente larga que he sostenido con mis lectores... ". Tal compenetración y aparente intercambio de ideas con el lector es tan intenso, que el ensayista con harta frecuencia evita hacer referencia al proceso de escribir al referirse a su obra, y prefiere suponer que ha estado "conversando" con el lector (como Ganivet), o alude a lo que éste ha "oído" (como Guevara). Incluso, a veces, se dirige al lector con fingido enojo, así dice Montaigne: "Si mis comentarios no son aceptables, que otro comente por mí". Y es que el ensayista no presenta nada terminado, sino que desarrolla sus ideas al escribirlas, y no lo hace en la forma sistemática del que expone algo preestablecido, sino al modo del que piensa en el proceso mismo de escribir, y cuyo texto se presenta como un producto en el que el lector está ya colaborando. De ahí que la lectura del ensayo no pueda ser pasiva. Nada hay en él seguro. Todo parece provisional y sujeto a revisión. De hecho el ensayista espera la participación activa del lector y le exige que proyecte aquellas sugerencias apenas apuntadas en el ensayo y vueltas a dejar en el rápido cabalgar de la "conversación". Por ello son frecuentes las ocasiones en que el ensayista interpela al lector: "Pues bien; yo pregunto a los lectores desapasionados" (Altamira). O se excusa: "Perdón, lector, por la mucha largura y prolijidad que va explayando este ensayo" (Pérez de Ayala). Es decir, su ideal queda expresado en las palabras de Unamuno: "Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el darles pensamientos hechos" (Mi religión).

En realidad, la diferencia intrínseca entre el diálogo como forma literaria y el ensayo se encuentra en que el primero indica explícitamente una posible interpretación de lo expuesto por el autor, mientras que en el ensayo hay varias interpretaciones a distintos niveles que se hallan sólo implícitas en la obra. Por ello, en tanto el diálogo se limita en la calidad del público a quien se dirige, el ensayo deja abierto su radio de acción. En el diálogo, uno de los personajes se identifica con el autor, pero los dialogantes secundarios establecen el carácter de los lectores a quienes se destina. En el ensayo, por el contrario, como la interpretación depende del lector individual, sea cual fuere la agilidad mental de éste, encontrará en él un fértil campo de ideas; y sólo el resultado final podrá variar en las diversas categorías de lectores. El propósito del ensayo, incitar al lector a la meditación, se cumplirá independientemente del nivel de respuesta. En otras palabras, el ensayo es un diálogo donde uno de los personajes es el autor y el otro es el lector.

Bien mirado pues, si el ensayista en una proyección de su misma personalidad, transmite sus pensamientos con la naturalidad que le impone el hacerlo al mismo tiempo que los piensa y según estos son pensados; es decir, el ensayo trata de proyectar la naturalidad y espontaneidad de una conversación. Para conseguirlo, no puede ni debe evitar las expresiones coloquiales que con sencillez emanen en su proceso. Cortázar asume en el texto que su lector hace signos de cansancio por la prolongación del ensayo y añade: "Soy sensible a estas insinuaciones pero no me iré sin una última reflexión" (I: 157). Unamuno, del mismo modo, nos dice en un momento de excitación: "Y a quien le pareciere esto una paradoja, con su pan se lo coma, que yo no voy a explanarlo aquí ahora" (Viejos, 11). Y lejos de producir en nosotros una mueca de rechazo, nos une, no ya sólo intelectual, sino emocionalmente también, a lo que nos comunica, con la sensación de que nos hace confidentes de algo que le oprime y que necesita desahogar ante el amigo.

 

[Fuente: José Luis Gómez-Martínez. Teoría del ensayo. México: UNAM, 1992. La versión que incluimos aquí está resumida y la hemos modificado para ajustarla mejor a los objetivos de esta Introducción a la literatura. Para un desarrollo más extenso de este tema véase "El carácter dialogal del ensayo "]

(Gómez-Martínez)

Proyecto Ensayo Hispánico