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Las digresiones en el ensayo

Una de las diferencias más relevantes del ensayo frente al artículo académico, al tratado o incluso al artículo periodístico se encuentra en su estructura. Mientras estos últimos poseen una estructura externa, lógica, la estructura del ensayo es orgánica. Es decir, la estructura del ensayo es interna, emotiva. Esta característica proporciona al texto una sensación de espontaneidad, de sinceridad, de estar expresando algo sentido.

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El ensayo es como un paseo intelectual por un camino lleno de contrastes, en el que la diversidad de paisajes motiva abundancia de ideas que emanan con naturalidad en el discurso. Su supuesta incoherencia es la misma del ser humano pensante ante la inmensidad de lo creado. Es, sin duda, el "yo" que reacciona, pero también un "yo" consciente de ser sólo un compuesto de innumerables fragmentos de vida, hechos propios al reconocerse en lo que le rodea en un esfuerzo por sentirse ser. De ahí que la unidad estructural en el ensayo no sea la lógica, en cuanto producto únicamente de un sistema racional externo, sino la orgánica, la emotiva, procedente de la experiencia que nos muestra el "yo" a través del sentirse reaccionar ante "lo demás" o ante "lo otro" en sí mismo. Naturalmente, ello no significa que la unidad estructural externa no tenga cabida en el ensayo, ya que ambas pueden coincidir y de hecho así sucede en sobradas ocasiones. Lo que sí conviene tener presente es que ésta queda subordinada a la unidad interior, emotiva.

Del mismo modo que en un paseo por la montaña, la montaña misma puede ser algo secundario si nos entretenemos en observar los árboles, o en el correr rápido de un arroyo, o en el revolotear de unas aves, así también en el ensayo el tema propuesto puede llegar a ser secundario en relación a las posibles digresiones en las que el ensayista se proyecte. Tales las reflexiones sobre México en el ensayo "Discurso por Virgilio" de Alfonso Reyes. Virgilio y su obra se convierten en el marco que contiene y proyecta el pensamiento de Reyes sobre México y que motiva las palabras finales de "¡Virgilio me ha llevado tan lejos! La ausencia y la distancia nos enseña a mirar la patria panorámicamente". Desde esta perspectiva todo el ensayo puede ser considerado como una serie de digresiones: "No puedo nombrar al padre Hidalgo, en ocasión que de Virgilio se trata, sin detenerme a expresar...". Pero el ensayo no trata sobre Virgilio; la conmemoración de Virgilio proporciona el punto de partida y el punto de apoyo que da unidad externa al ensayo. La conformación interna es el pensamiento de Reyes sobre México: interpretación y confrontación de su pasado y presente. Esta característica, tan común en los ensayos, es tan antigua como lo es el género ensayístico mismo.

En la introducción al ensayo hemos ya mencionado el carácter conversacional del ensayo, el cual se consigue precisamente mediante su estructura interior, orgánica, emotiva, que hace que las ideas emanen unas de otras como los eslabones de una cadena, sin que la dirección de ésta se encuentre de ningún modo predeterminada. De ahí expresiones —muchas más veces implícitas que explícitas en los ensayos— como la siguiente: "Lo que acabamos de decir nos conduce a hablar de...". Esta es la unidad estructural por excelencia en la obra de Montaigne, el primer escritor en denominar a sus escritos ensayos, cuya fórmula él mismo expresa con las siguientes palabras: "Lo extraño de tales invenciones me trae a la mente esta otra divagación".

Lo más común, sin embargo, es que el ensayista no avise al lector en el momento de internarse en una digresión, y que éste no sea consciente de ello hasta el final de la digresión misma, cuando el ensayista hace, con frecuencia, referencia a su deseo de regresar "al momento" que quedó interrumpido. Es como si estuviéramos soñando despiertos y sacudiésemos la cabeza para interrumpir el hilo de nuestras divagaciones.

Antes de finalizar esta sección conviene hacer algunas observaciones en torno al término "digresión". El Diccionario de la Real Academia lo define como "efecto de romper el hilo del discurso y de hablar en él de cosas que no tengan conexión o íntimo enlace con aquello de que se está tratando". Tal definición resulta inoperante cuando se analiza. Quizás los mismos académicos lo comprendieron así, cuando se sintieron obligados a añadir que "la digresión para no ser viciosa ha de ser motivada". ¿Motivada? ¿Para quién? La experiencia nos enseña que las digresiones, y esta es la naturaleza del concepto, siempre son motivadas para el que habla o escribe; para el que lee o escucha lo serán sólo en la medida en que la persona que habla o escribe sea la causa del interés. Y como las experiencias vivenciales de una persona no se encuentran en el ámbito de lo objetivo, busco la digresión como el vehículo que me permitirá llegar al "autor(a)". Considerada de este modo, la digresión podrá ser positiva o negativa, y su valor dependerá únicamente de la fuerza del autor y de su capacidad por interesarnos en su persona, en sus sentimientos, en lo que un tema cualquiera pueda hacerle meditar.

 

[Fuente: José Luis Gómez-Martínez. Teoría del ensayo. México: UNAM, 1992. La versión que incluimos aquí está resumida y la hemos modificado para ajustarla mejor a los objetivos de esta Introducción a la literatura. Para un desarrollo más extenso de este tema véase "Las digresiones en el ensayo"]

(Gómez-Martínez)

Proyecto Ensayo Hispánico